Seguir caminando

«Y tú... confirma a tus hermanos» (Lc XXII, 32)

Consummati in unum

Dice el Evangelio que los amigos de Jesús estaban reunidos en un mismo lugar después de la partida del Maestro. Apiñados. Hasta que el Espíritu Santo, Aquel que Jesucristo les había prometido durante tres años, inundó sus almas y se esparcieron, ahítos de valor y de esperanza, por toda la tierra.

El 26 de junio de 1975, una multitud de corazones afincados en las cinco partes del mundo acompasan su latir en un único afecto, un idéntico afán: Roma. El lugar donde duerme el cuerpo del Fundador. Allí donde un sagrario, que preside el oratorio de Pentecostés, muestra las palabras que hiciera grabar Monseñor Escrivá de Balaguer: Consummati in unum(1).

«¡Todos -con Jesucristo- somos una sola cosa! Que, metidos en la fragua de Dios, conservemos siempre esta maravillosa unidad de cerebro, de voluntad, de corazón. Y que Nuestra Madre, por la que llegan a los hombres todas las gracias -canal espléndido y fecundo-, nos dé con la unidad, la claridad, la caridad y la fortaleza»(2).

Ahora que el Padre se ha marchado, empieza a adquirir una gran fuerza su memoria. Sus palabras cobran todavía más certeza; su espíritu se ahonda y ensancha dentro del alma de sus hijos; las dimensiones de su enseñanza desbordan el sonido de su voz que suena, con gran eco, en el interior de cada uno.

Así adquiere su muerte unas características de intimidad, cariño y exigencia que se hacen, si cabe, más personales. El Padre sigue llenando la casa, con toda la arrolladora vitalidad de su estilo humano y de su perfil ascético. Sus escritos adquieren, de pronto, la perennidad de lo esculpido. Como si la muerte misma les hubiera destinado a la más dilatada supervivencia.

Incluso la casa que alberga esta familia de vínculos sobrenaturales parece repetir el eco de aquella gratitud que imponía su presencia:

«De aquí no se va nadie, hijo mío, porque todos estamos, siempre consummati in unum -solía decir cuando despedía a los que se iban fuera de Roma- (...). Nos sentimos tan unidos, hijos míos, porque todos procuramos vivir dentro del Corazón Sacratísimo y Misericordioso de Jesús, al que llegamos por medio del Corazón Dulcísimo de María. De manera que estamos siempre muy bien acompañados, en cualquier lugar donde nos encontremos. No perdáis nunca esta unidad (...).

Dondequiera que se halle uno de vosotros, allí estaremos los demás, con toda nuestra ilusión por acompañarle. No nos decimos adiós, ni siquiera hasta luego; continuamos siempre consummati in unum.

Si alguno piensa que está solo en un momento de su trabajo profesional, que es siempre apostolado, o en una labor cualquiera, también siempre inmediatamente apostólica, deberá rechazar enseguida esa tentación. ¡Nadie puede sentirse solo en el Opus Dei! Con nuestro clamor incesante ante el trono de Dios formamos una sola voz, una misma oración, un único latido, porque todos palpitamos con el corazón de la Obra» (3).

En esta unidad irrompible, se avecina el 15 de septiembre de 1975. Es el día fijado para la elección del sucesor del Padre. Festividad litúrgica de Nuestra Señora de los Dolores. Acuden a Roma los Electores representantes de sesenta mil miembros de la Obra repartidos por el mundo. Ciento setenta y dos en total. Cada uno lleva el sentir de sus hermanos. Una inmensa paz se extiende por esta reunión, la primera después de la muerte del Padre, en la Ciudad Eterna. Aquí están aquellos que le siguieron hace tantos años, cuando el Opus Dei era una locura que nadie se atrevía a aceptar. Algunos, también algunas hijas suyas, acompañan ya a Monseñor Escrivá de Balaguer en su última morada: Guadalupe Ortiz de Landázuri, José María Hernández de Garnica, Salvador Canals... Para otros, es la primera oportunidad de acercarse a la tumba del Fundador en la Cripta de “Villa Tevere”: Francisco Botella, Pedro Casciaro, José Luis Múzquiz, Ricardo Fernández Vallespín...

La nieve del tiempo ha caído sobre sus cabezas. Pero se mantiene viva en la mirada y en el talante interior la misma fe, la misma disponibilidad; la certeza de que el Opus Dei es un «mandato imperativo de Cristo» cuyo depositario fue un hombre elegido por Dios: Josemaría Escrivá de Balaguer.

El día 14, después de una Misa del Espíritu Santo oficiada en Santa María de la Paz, emiten su voto las electoras de la Sección de mujeres de la Obra. Al día siguiente, 15 de septiembre, se reúne y vota del mismo modo la Sección de varones. El escrutinio arroja un plebiscito unánime hacia don Álvaro del Portillo. La Obra entera, en el espíritu de su Fundador, acaba de acogerse a la autoridad y al amor de un hombre fuerte en la fe, compañía del Padre durante cuarenta años. Receptor humilde y constante de sus enseñanzas. Acumulador leal de todas las palabras y actitudes vitales, humanas y sobrenaturales, que constituyen el contenido teológico del Opus Dei. No hay nada que cambiar, nada que modificar. Hay que recoger un tesoro inquebrantable para transmitirlo, intacto, a los que vengan después de esta etapa fundacional que ha terminado el 26 de junio de 1975.

El Romano Pontífice recibirá muy complacido el resultado de la votación. Durante muchos años, don Álvaro pertenece a varios Dicasterios romanos y colabora en los trabajos de la Santa Sede. Enseguida la prensa conoce la noticia oficial. A la pregunta: ¿Qué hará ahora el Opus Dei?, ha respondido el primer sucesor de Monseñor Escrivá de Balaguer:

-«Seguir caminando, hacer lo que hemos hecho siempre, también desde que el Señor se llevó consigo a nuestro Fundador. Seguir caminando con el espíritu que él nos ha dejado definitivamente establecido, inequívoco (...).

En el Opus Dei no hay vértice ni base. Todos somos igualmente hijos de nuestro Fundador, quien nos ha enseñado a poner a Cristo en la propia vida, y que ha dado para siempre a nuestra Institución el carácter sencillo y cordial de una familia bien avenida»(4).

Los días 15 y 16 de septiembre se procede a la elección de los miembros del Gobierno Central de las dos Secciones de la Obra. Quedan constituidos por personas de diversas nacionalidades. El nuevo Presidente General, que es ya el Padre para toda la Obra, habla a sus hijas e hijos de la unidad inquebrantable de todos desde los primeros momentos. Los testimonios recibidos en Roma después del fallecimiento del Fundador han sido un plebiscito de unidad, de amor, de santidad. Y ha añadido:

«He recibido millares de cartas de miembros del Opus Dei de todo el mundo. Es estupendo comprobar que el espíritu es el mismo, independientemente de la raza o la cultura de la persona que escribe» . Don Álvaro dirá, emocionado, que este alud de cariño, este apoyo en unidad «ha sido un río en crecida, pero de agua limpia. Ha sido un diapasón que ha vibrado en toda la tierra con una sola nota muy sobrenatural. Ha sido una maravillosa y divina sinfonía, que no parece de este mundo, la que han cantado al unísono las hijas y los hijos de nuestro santo Fundador»6.

Las rosas se suceden en la Cripta, donde reposan los restos mortales del Padre. Miles de personas acuden para rezar y rendir su afecto. Aquí, más que en ninguna parte, se escuchan las palabras de aquel ruego:

«Sed fieles, hijos de mi alma, ¡sed fieles! Vosotros sois la continuidad. Como en las carreras de relevos, llegará el momento -cuando Dios quiera, donde Dios quiera, como Dios quieraen el que habréis de seguir vosotros adelante, corriendo, y pasaros el palitroque unos a otros, porque yo no podré más. Procuraréis que no se pierda el buen espíritu que he recibido del Señor, que se mantengan íntegras las características tan peculiares y concretas de nuestra vocación. Transmitiréis este modo nuestro de vivir, humano y divino, a la generación próxima, y ésta a la otra, y a la siguiente»(6).

Ya durante su vida el Fundador decía -poniendo buen humor al hecho de desaparecer de la escena cotidiana- que, cuando muriera, no tenía que ocurrírseles convertir sus habitaciones en una especie de museo. Todo lo contrario. Debía ocuparlas inmediatamente su sucesor. Esta decisión práctica estuvo siempre muy unida a un carácter entrañable para los objetos y las situaciones. Lo que tenía un valor simbólico se guardaba con esmero. Lo que servía para la vida ordinaria, de trabajo, de utilidad para Dios y para los demás, se usaba sin el menor reparo hasta agotar sus posibilidades.

Por eso pidió que las habitaciones del Fundador fuesen siempre un lugar de trabajo, sin reservas. Y por este deseo, don Álvaro del Portillo las ocupará después de su elección. Sobre una pared, enmarcadas, se leen estas palabras: 2Cursum consummavi, fidem servavi2. He terminado mi carrera, he guardado la fe(7).

Y más abajo, otra inscripción en latín: et tu confirma “filios meos”. Confirma a mis hijos.

Don Alvaro explicará en una tertulia, que estas palabras son el eco de aquella historia familiar conmovedora que se remonta a los años cuarenta, cuando don Leopoldo Eijo y Garay, entonces Obispo de Madrid llamó al Fundador de la Obra y le dijo aquellas palabras de Cristo a Pedro: «”ecce Satanas expetivit vos, ut cribraret sicut triticum”: Os removerá, os zarandeará, como se zarandea el trigo para cribarlo. Luego añadió: yo rezo tanto por vosotros... Et tu... confirma filios tuos!: Tú, confirma a tus hijos. 9». Y colgó...

Hoy queda grabada esta frase como un alerta para cuidar de esa multitud que debe recibir la fortaleza de fe.

El 5 de marzo de 1976, el Papa concede una audiencia a don Álvaro del Portillo. Acaban de dar las doce de la mañana. Unos minutos después, es introducido ante Pablo VI. El Romano Pontífice le recibe en pie, apoyado sobre la mesa de trabajo. Levanta sus brazos, cuando le tiene cerca, y le felicita con gran cariño.

-«Santidad, agradezco mucho esta felicitación, pero yo pido al Santo Padre que tenga conmigo la caridad de concederme su Bendición Apostólica y sus oraciones. Porque soy el sucesor de un santo, y eso no es nada fácil.

-“Ma adesso il santo é in Paradiso, e ci pena lui”; ahora el santo está en el Cielo, y él se preocupa de llevar la Obra adelante».

Durante una hora larga el Papa hablará con don Álvaro, afirmando que Monseñor Escrivá de Balaguer es uno de los hombres que han recibido más carismas, más gracias de Dios, a lo largo de toda la historia de la Iglesia, y que siempre ha respondido con generosidad, fiel a esos dones divinos.

Y añadirá que, si quieren ser fieles a la Iglesia... han de ser muy fieles al espíritu de su Fundador. Y continúa: «Usted, siempre que deba resolver algún asunto, póngase en presencia de Dios, y pregúntese: en esta situación, ¿qué haría mi Fundador?; y obre en consecuencia. Diga a todos sus hijos y a todas sus hijas que, siendo fieles al espíritu del Fundador, servirán a la Iglesia -como la han servido hasta ahora- con eficacia, con profundidad, con extensión».

Luego se preocupará de que sus escritos, palabras, enseñanzas estén recogidos y a salvo de cualquier pérdida, porque... «es un tesoro, no solamente para el Opus Dei, sino para toda la Iglesia»(10).

Monseñor Álvaro del Portillo relata a Pablo VI anécdotas del Padre, el carácter de sus últimas y masivas reuniones en el mundo entero, la variedad de hijos que componen la Obra... Y le entrega unas fotografías del reciente terremoto de Guatemala. Una familia, menguada por la desgracia, trabajadores de la tierra, reza junto a los escombros de su casa. Tienen hijos en el Opus Dei.

Cuando don Álvaro regresa a “Villa Tevere”contará algunas de las afirmaciones de Su Santidad. Para ello ha pedido al Santo Padre el correspondiente consentimiento, que le otorga encantado.

Estas palabras del Romano Pontífice son la mejor confirmación de la fama de santidad del Fundador. La Obra sigue su camino, en unidad perenne, sin fisuras. Para servir a la Iglesia «como ella desea ser servida».

«En el Opus Dei tenemos un cariño extraordinario y una gran veneración por la persona del Papa: un cariño y una veneración que queremos que sea mayor cada día. En mi deseo de servir a la Iglesia, yo he procurado siempre que mis hijos amen mucho al Papa» (11).

Por voluntad expresa de Pablo VI, don Álvaro del Portillo eleva hoy su oración por el Vicario de Cristo y por la Iglesia aquí, en la Cripta. En el borde mismo de la tumba del Fundador. Un puñado de rosas rojas simboliza la fecundidad de esta oración avalada por el sacrificio.

Al golpe de vuestras pisadas

Desde el 26 de junio de 1975, la Cripta donde descansa el cuerpo del Padre es visitada sin interrupción: en ese pequeño rincón romano rezan hombres y mujeres, personas de edad madura, jóvenes y niños, que acuden a su intercesión ante Dios. Algunos llegan desde países lejanos para poner, en la orilla de su tumba, las inquietudes del alma, las preocupaciones familiares, las peticiones de salud... En muchos casos, para agradecer favores recibidos por la intercesión del Fundador del Opus Dei. Y envían flores desde todos los puntos cardinales del mundo para testimoniar la presencia del amor junto a su sepultura.

Es frecuente que personas procedentes de tierras muy distantes, depositen sobre la lápida que cubre sus restos rosarios y crucifijos, recuerdos familiares. O que dejen en la Cripta un ramo de flores que simboliza el calor de su cariño, de su recuerdo y de su oración.

En la Cripta han rezado muchos Cardenales y eclesiásticos en los días que precedieron a los dos últimos Cónclaves de 1978 para pedir, por la intercesión del Padre, gracia y luz. Es habitual que se presenten también religiosos, encomendándole el aumento de vocaciones para las respectivas Ordenes y Congregaciones.

Cada año, las Misas que se celebran en el aniversario de su fallecimiento, en todos los países del mundo, requieren un templo más amplio porque la afluencia de fieles aumenta como testimonio universal de su fama de santidad.

En Ciudad de México, en 1978, fueron dos mil personas las que asistieron a la Misa en la iglesia de la Santa Veracruz; en 1979, más de diez mil llenaron la nueva Basílica de la Señora de Guadalupe.

En Guatemala, tres mil fieles ocuparon el templo de La Recolección en 1979. Un sacerdote de la diócesis comentó: «los próximos años esta Misa sólo se podrá celebrar en espacio abierto».

En la Holy Family Cathedral de Nairobi, la iglesia más grande de la Archidiócesis, el 2 de julio de 1975 asistieron mil personas. A lo largo de estos años, el número se ha ido multiplicando.

En Buenos Aires han recurrido a la Basílica de la Merced, una de las más amplias de la capital argentina. A pesar de ello, desde el comienzo de la Misa, la gente invadía ya todos los espacios disponibles.

Su intercesión se ha extendido como una ráfaga de confianza por los caminos de la tierra. Es demostrativa la frase que había escrito un conductor de autobús bonaerense, bajo la estampa editada para la devoción privada al Fundador del Opus Dei:

«Pídeselo -¡escucha siempre!».

Cardenales, Arzobispos, Obispos, Superiores de diversas Ordenes y Congregaciones, sacerdotes, religiosos, exponentes de asociaciones de Apostolado; y en la esfera civil, jefes de Estado y de Gobierno, ministros, senadores, diputados, así como entidades de todo tipo, personas de los más variados países y niveles sociales, han elevado sus ruegos al Santo Padre, para que se introduzca la Causa de Beatificación y Canonización de Monseñor Escrivá de Balaguer, de la que esperan un gran bien para toda la Iglesia.

En 1978, el Cardenal Albino Luciani, que ocupará la Silla de Pedro con el nombre de Juan Pablo 1, escribía refiriéndose al Fundador del Opus Dei:

«Fe y trabajo realizado con competencia, para Escrivá van del brazo; son las dos alas de la santidad»12.

Ante estas realidades, Monseñor Alvaro del Portillo, nombró Postulador de la Causa de Beatificación y Canonización de Monseñor Escrivá de Balaguer al Rev. don Flavio Capucci. Con fecha 15 de marzo de 1980, se dirige a la Sede Apostólica la instancia de concesión del Nihil obstat para introducir la Causa. El Santo Padre Juan Pablo II, el 5 de febrero de 1981, ratifica y confirma lo que ya era decisión afirmativa de la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos, y el 19 de febrero el Cardenal Poletti, Vicario de Roma, da el Decreto para la introducción de la Causa.

En el número de marzo-abril de 1981, la «Rivista Diocesana di Roma» publica este decreto que contiene una síntesis breve de la vida del Fundador del Opus Dei, de su espiritualidad y de las fases preliminares del Proceso.

El 12 de mayo de 1981 comienza en Roma el Proceso de virtudes para la Beatificación y Canonización del Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, con la primera sesión del Tribunal constituido por disposición del Cardenal Vicario de Roma.

En Madrid, el 18 de mayo, tiene su primera sesión el Tribunal constituido por el Cardenal Enrique y Tarancón que, por disposición de la Santa Sede, recibirá también las declaraciones de los testigos de lengua española.

Tres años más tarde, Monseñor Angel Suquía, Arzobispo de Madrid, clausura, el día 26 de junio de 1984, este Proceso.

El 8 de noviembre de 1986, en la sala de la Conciliazione del Vicariato de Roma, en el Palacio Letrán, tiene lugar la sesión de clausura del Proceso llevado a cabo en la Curia Romana. El Cardenal Ugo Poletti preside la ceremonia como juez ordinario. En lugar preferente, asiste Monseñor Alvaro del Portillo, junto a los miembros del Consejo General y de la Asesoría Central de la Obra. Y más de seiscientas personas entre las que se encuentran numerosas personalidades eclesiásticas: los Cardenales Poupard y Bafile; los Obispos Auxiliares Ragonesi, Marra y Giannini; el Secretario de la Pontificia Comisión para la interpretación auténtica del Derecho Canónico, Monseñor Julián Herranz; y los Embajadores ante la Santa Sede de España.

Se concluye así, a los once años de su muerte, la Instrucción de la Causa de Beatificación del Fundador del Opus Dei, cuya apertura habían solicitado 69 Cardenales y 1.300 Arzobispos y Obispos. Más de un tercio del Episcopado mundial.

En 1985, Monseñor Alvaro del Portillo hacía unas declaraciones a la prensa:

«Nosotros no somos nada, pero con nosotros, que queremos ser miembros vivos de la Iglesia, está la eficacia redentora de Cristo, la omnipotencia suplicante de María, la intercesión de nuestro Fundador, que desde el Cielo vela sobre la Obra que Dios le inspiró el 2 de octubre de 1928. Con este poder llevamos a cabo el fin de la Prelatura Opus Dei»(13).

Desde ese infinito de Dios, que ya no mide el tiempo, el Padre sabe que su espíritu intacto sigue y seguirá vigente en los caminos abiertos al golpe de sus pisadas.

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