Hacia la eternidad

«A la tarde te examinarán en el Amor» (San Juan de la Cruz)'

Cavabianca

El 29 de junio de 1948, está erigido el Colegio Romano de la Santa Cruz. Al extenderse la Obra por el mundo entero, hay una mayor afluencia de alumnos de variada nacionalidad y Villa Tevere ha tenido que estrecharse para dar acogida a los que llegan a la Ciudad Eterna para recibir una formación más intensa, junto al Padre.

Desde 1957 la Obra está en Canadá; en el Salvador desde 1959; y ese mismo año llegan los primeros miembros a Costa Rica. 1960 marca el comienzo de las actividades en Holanda. Un año más tarde se abordan las tierras del Paraguay, y en 1965 la Obra se extiende a Bélgica. También Africa abre su segundo punto de arranque en Nigeria.

Todo ello multiplica el trabajo de gobierno en la Sede Central e incrementa la llegada de nuevos alumnos al Colegio Romano.

Hace tiempo que el Fundador les dice, en broma, que le «estorban» en Villa Tevere y que van a llevárselos a un lugar más grande para que dejen sitio libre. La Obra se hace extensa y las personas que se ocupan de las tareas de gobierno en ala Sede Central, necesitan el espacio que ahora ocupan ellos.

El Padre insiste en la necesidad de buscar una casa espaciosa, porque la llenarán personas de todo el mundo. Les urge con un argumento que cuesta trabajo entender:

-«Se me hace de noche, hijos míos; ¡hay que correr!»(2).

Parece que el Padre barrunta que le queda poco tiempo. Quiere dejarles, firmes, los cimientos de la Obra y cumplir cabalmente aquello para lo que Dios le llamó.

A todos les ilusiona encontrar algo que ya esté construido, con tradición, y que permita contar con una base de partida. Durante mucho tiempo, lo único propio del Colegio Romano será la primera piedra. El Padre llama así a la imagen de un Niño Jesús, réplica a mayor tamaño de la que se conserva en el «Real Patronato de Santa Isabel» de Madrid, a la que tiene un gran cariño.

«Para el Colegio Romano de la Santa Cruz, cuando tenga su sede definitiva. Es la primera piedra que hemos preparado para allá, porque nuestra vida entera ha de fundamentarse en la vida del Señor, desde que nace en Belén hasta que muere en la Cruz»(3).

Terminada en 1960 la construcción de “Villa Tevere” y en 1963 la sede del Colegio Romano de Santa María, la búsqueda comienza a hacerse más activa; sin prisa, pero sin pausa.

Se visitan los barrios de Roma, cribando posibilidades entre las fincas del casco urbano. Pero, de pronto, aparece una nueva opción en unos terrenos situados fuera de la ciudad, que reúnen buenas cualidades: a las afueras de Roma, con un panorama espléndido y, también, con su poquito de historia.

El nombre que se dará a la sede definitiva del Colegio Romano, Cavabianca -cantera blanca-, no es necesario inventarlo. Se llaman así estas tierras. Bordeadas por la vía Flaminia-una de las rutas consulares que confluyen en la Capital del Imperio romano-, se asoman al hondo cauce del Tíber, que en algunos puntos llega a estar casi cuarenta metros bajo el nivel de la campiña. La via Flaminia, después de cruzar el Tíber por el histórico puente Milvio, entra en la ciudad por la Porta Flaminia y, a través de la Piazza del Popolo y Vía del Corso, llega hasta el Capitolio, corazón de la Roma antigua. Cavabianca se encuentra en una zona más amplia llamada Saxa Rubra -rocas rojas-, donde muchos cristianos sufrieron martirio durante los tres primeros siglos: aquí acampó Constantino antes de la batalla del Puente Milvio, en que venció a Magencio en el siglo IV, inaugurando una etapa de paz para la Iglesia.

Un día de noviembre de 1967, el Padre pasa junto a los terrenos. Le gustan mucho. Y comenta a sus hijos:

«A finales del próximo mes quizá se tenga el terreno para el nuevo Colegio Romano (...). Será como un pueblo, lleno de pequeñas villas familiares, con jardín (...). Al decidir esto, pienso en los que vengan detrás: a mí se me hace de noche. Es muy bonito plantar árboles de cuya sombra no gozaremos, para que los disfruten los que nos sigan».

Los arquitectos inician el trazado de sus planos. Mientras tanto, se van reuniendo muebles y elementos decorativos. Serán restaurados y almacenados en espera de futura instalación, a veces con indicaciones precisas del Padre.

«Estoy pidiendo a tantas personas que nos quieren, muebles simpáticos para el soggiorno, para la casa, de modo que sean recreo de los ojos y descanso del alma. Hay gente por ahí que no lo comprende: no se dan, cuenta de que el ambiente de nuestros Centros es un ambiente de hogar, de familia»(4).

En los comienzos de 1971, el Fundador anuncia que se empieza a cimentar Cavabianca.

«Vamos a comenzar las obras allá arriba, en Cavabianca, con dinero que no es nuestro, con el fruto del trabajo de muchos hermanos vuestros, y con la ayuda de muchas personas que ni siquiera son cristianas».

Y algunos meses más tarde:

«En todo el mundo hemos comenzado a preparar instrumentos de trabajo sin dinero. Yo lo había hecho antes muchas veces; pero desde hace años tenía el propósito de no volver a obrar así. Sin embargo, pensando que el bien de la Iglesia y el bien de la Obra (...) hace conveniente que muchos hijos míos pasen por Roma, hemos comenzado a construir Cavabianca con pocas liras. No quería repetir esa locura, pero ya estamos metidos en esta tarea.

Quizá sea la última locura de mi vida; ¡he hecho tantas, por amor de vosotros y de vuestros hermanos!»(5).

Las obras comienzan el 9 de enero de 1971, día en que el Padre cumple 69 años. El 7 de marzo de 1974 ya podrán trasladarse a Cavabianca algunos alumnos del Colegio Romano y el grupo de la Sección de mujeres que se va a hacer cargo de la Administración de todo el grupo de edificios.

Los dos primeros altares que el Padre consagra son los de Nuestra Señora del Buen Consejo y el de de Santa María Reina, en la casa de la Sección de mujeres. La ceremonia tiene lugar el 5 de abril de 1974.

La imagen que preside el oratorio de Santa María Reina. tiene una historia larga y entrañable. Su procedencia es suiza, y la consiguieron algunos italianos de la Obra para llevarla al Padre. Cuando llegó a la Casa Central de Roma seguía siendo una preciosa talla de la Virgen, de tamaño natural, entronizada y con el Niño en los brazos, pero estaba muy deteriorada por el tiempo y la inclemencia.

Cuando el Fundador la vio por primera vez, sintió el aguijonazo de la emoción:

-«¿De dónde te habrán echado, Madre Nuestra? ¡Eres muy hermosa! Quizá estabas en una catedral o en una iglesia muy grande y a ti acudían miles de almas a rezarte. ¡Bienvenida a nuestra casa, Madre nuestra! Te queremos mucho, y procuraremos demostrártelo con obras».

Un pequeño grupo de personas asisten a esta escena de cariño filial y auténtico. Desde ahora hasta su colocación en un oratorio, la imagen tendrá siempre, a sus pies, un jarrón de rosas frescas. Un sacerdote mexicano, artista, se hará cargo de su restauración. Y, en palabras del Padre:

«Como además de ser artista es un hombre de amor, de corazón, como vosotros y como yo -es un enamorado porque la vida nuestra es vida de amor; si no, no vale la pena-, en varios sitios del vestido de la imagen -y casi invisible- escribió: amo-te, amo-te»(6).

En octubre de 1974 la construcción de todos los edificios está muy avanzada a excepción de algunas zonas como el oratorio central, dedicado a Nuestra Señora de los Angeles. Cavabianca es, entero, un recuerdo del Fundador, pero muy en especial este oratorio y la ermita de la Santa Cruz. Porque han pasado por sus manos y su corazón todos los detalles del proyecto.

En el anteoratorio de Nuestra Señora de los Angeles se instala una imagen de San Pío X, el Papa Santo a quien tanta devoción y cariño tiene Monseñor Escrivá de Balaguer. La modeló Sciancalepore en 1971. El Santo Papa aparece revestido con capa pluvial, el rostro sereno, casi sonriente, como se le ve en los comienzos de su Pontificado, y no agobiado por el peso de la Iglesia, con la expresión dolorida de sus últimos tiempos, por los males que afligían a la humanidad.

Todo cuanto el Fundador proyecta está también en función del amor a la Iglesia y a la humanidad, de este deseo de servicio y de verdad que pide para los cristianos del mundo. Los que conviven su presencia cotidiana saben de su sufrimiento, que alivia con la marea de su buen humor, y de la ofrenda aparentemente fácil, pero costosa, de su sonrisa permanente.

El 15 de junio de 1975 visita las obras y ve la imagen de San Pío X, a la que se le van a dorar algunos detalles. Después de rezar una breve oración, le dice amistosamente:

-»¡Qué guapo te van a dejar!»(7).

El oratorio de Santa María de los Angeles tiene planta de cruz griega. El Presbiterio queda tres escalones más elevado que la nave y está rodeado por una barandilla de hierro forjado, recia, en la que destacan los ambones en forma de águila para sostener el atril sobre sus alas. El pavimento alterna el granito con el mármol, en colores de combinación alegre. Los testeros de la nave se cubren con vidrieras emplomadas que apoyan su estructura sobre pilastras de piedra. El vidrio es blanco. Sobre cada tramo, los escudos de algunas obras corporativas del Opus Dei en todo el mundo. En la vidriera central, el sello de la Obra. El techo se cubre por un artesonado.

Bajo el altar se guarda una arqueta llena de saquitos con tierra de los países donde trabaja la Obra. El retablo es de mármol estatuario y acoge diez escenas de la vida de Nuestra Señora.

En el centro del retablo, el óculo por donde se ve el Sagrario. En la parte inferior, la Señora con el Niño en brazos, de tamaño natural. Las figuras de ángeles que flanquean las imágenes principales tocan distintos instrumentos, entre los que destacan las campanas. No en vano sonaban las campanas un 2 de octubre de 1928, en Madrid.

Junto al Santísimo lucen dos lámparas. En la pared del fondo de la capilla del Santísimo, un cuadro representa a María y José con el Niño: protegiendo esta escena de la tierra, la Trinidad del Cielo. Desde la nave del oratorio se vislumbra la presencia de la Sagrada Familia, muy próxima a la presencia de Cristo en la tierra.

Los obreros que fijan el primer Tabernáculo de Cavabianca -varios conocen el Opus Dei desde hace tiempo y trabajaron antes en las obras de Villa Tevere- quieren continuar una costumbre iniciada en aquellos años: escriben sus nombres en una tarjeta, junto a los de algunos arquitectos, y la ponen bajo el Sagrario, encomendándose a las oraciones de los miles de personas que, con el tiempo, rezarán al Señor en este lugar.

El 19 de marzo de 1975, el Padre llega a Cavabianca para celebrar con sus hijos la fiesta de San José, y también día de su santo. Mantiene con ellos una conversación entrañable en la que hace un resumen de su vida. Parece presentir la mano de Dios tirando de su alma. Todos recuerdan esta fecha de modo imborrable.

«No vengo aquí a predicar, sino a abrir un poco mi corazón con vosotros (...).

Esta noche he pensado en tantas cosas de hace muchos años. Ciertamente digo siempre que soy joven, y es verdad: ad Deum qui laetificat iuventutem meam! Soy joven con la juventud de Dios. Pero son muchos años (...).

Veía el camino que hemos recorrido, el modo, y me pasmaba. Porque, efectivamente, una vez más se ha cumplido lo que dice la Escritura: lo que es necio, lo que no vale nada, lo que -se puede decir- casi ni siquiera existe..., todo eso lo coge el Señor y lo pone a su servicio. Así tomó a aquella criatura, como instrumento suyo. No tengo motivo alguno de soberbia (...).

Pasó el tiempo. Fui a buscar fortaleza en los barrios más pobres de Madrid. Horas y horas por todos los lados, todos los días, a pie de una parte a otra, entre pobres vergonzantes y pobres miserables, que no tenían nada de nada (...).

Mientras tanto, trabajaba y formaba a los primeros que tenía alrededor. Había una representación de casi todo: había universitarios, obreros, pequeños empresarios, artistas (...).

Estas son las ambiciones del Opus Dei, los medios humanos que pusimos: enfermos incurables, pobres abandonados, niños sin familia y sin cultura, hogares sin fuego y sin calor y sin amor. Y formar a los primeros que venían, hablándoles con una seguridad completa de todo lo que se haría, como si ya estuviese hecho... ¡Y lo estáis haciendo vosotros! Ciertamente hay mucho hecho,,, pero es poco (...).

¿Qué puede hacer una criatura, que debe cumplir una misión, si no tiene medios, ni edad, ni ciencia, ni virtudes, ni nada? Ir a su madre y a su padre, acudir a los que pueden algo, pedir ayuda a los amigos... Eso hice yo en la vida espiritual. Eso sí, a golpe de disciplina, llevando el compás (...).

Hijos míos, toda nuestra fortaleza es prestada. ¡A luchar!, no os hagáis ilusiones. Si peleamos, todo saldrá. Tenéis por delante tanto camino recorrido, que ya no os podéis equivocar (...).

Vamos a dar gracias a Dios. Y ya sabéis que yo no soy necesario. No lo he sido nunca» (8).

Un silencio imponente sigue a este monólogo del Fundador. La luz y el panorama de Cavabianca, la alegría, se les filtra por las ventanas de los edificios. Ninguno es capaz de olvidar las palabras anteriores, que tienen un inquietante matiz de despedida. Aparentemente, no hay ningún motivo físico que lo justifique. El Padre está un poco cansado, pero jovial y animoso como siempre. Su actividad es incesante.

Todavía volverá varias veces más a Cavabianca después del 19 de marzo, para ver el acabado de las obras: el oratorio de Nuestra Señora de los Angeles, y la ermita de la Santa Cruz.

El 15 de junio, bendice en la ermita la imagen de un Santo Cristo en bronce. El Padre ha pedido al escultor que moldee los rasgos y la actitud de un Jesús todavía vivo, mirando y hablando a los amigos que se acerquen a la Cruz, a los que vienen a pedir perdón. A los que quieren aprender el sentido del dolor, la verdad del único triunfo, el punto de arranque de la libertad humana.

«A mí me gustan los crucifijos serenos. He mandado hacer uno de bronce dorado, de tamaño natural... »(9).

Once días después, Monseñor Escrivá de Balaguer partirá, sin preámbulos, al encuentro de Dios. Aunque Cavabianca está prácticamente terminada, no se queda a poner, simbólicamente, la última piedra. Quiso que fueran sus hijos, continuadores de la Obra de Dios, quienes cerrasen ese capítulo del Colegio Romano de la Santa Cruz.

Monseñor Alvaro del Portillo, hablará así después de la muerte del Padre:

«En la última piedra hice poner una frase de nuestro Fundador, que habéis de leer y meditar mucho: vosotros sois la continuidad. Luchad por amor hasta el último instante» (10)

Este punto final de Cavabianca es una lápida de travertino en la que se ha esculpido la imagen del Buen Pastor. Junto a ella, el sello de la Obra y la fecha del 26 de junio de 1975. Quedará empotrada en un muro exterior de la ermita.

«Durante la catequesis por la Península Ibérica, en 1972 -ha narrado Monseñor Alvaro del Portillo-, varias veces contó que le quedaban tres locuras por cumplir. Pero, al explicarlas, hablaba sólo de dos.

Una era Cavabianca, porque verdaderamente resulta una locura haber construido todo- esto: estos edificios se alzan como un monumento de su fe (...). Aquello parecía un sueño, una locura; pero nuestro Padre nos ha enseñado a soñar, y nos aseguraba siempre que nos quedaríamos cortos (...).

Después, hablaba de otra locura: Torreciudad (...). En una ocasión, un hijo suyo portugués le dijo: -Padre, siempre cita tres locuras, pero no conocemos más que dos, ¿cuál es la tercera? ¿Sabéis lo que contestó nuestro Padre?: morirme a tiempo. Y efectivamente (...), ofreció muchas veces su vida por la Iglesia y por el Papa, y Dios le tomó la palabra y se lo llevó»(11).

Aquí, en Cavabianca, queda concluida una de sus últimas locuras de amor por Dios y por los hombres de todo el mundo. Aquí dijo, muy pocas fechas antes de morir, que ya no se sentía necesario. Consumado en el sufrimiento por tantas cosas, puso en manos de Dios la única ofrenda que le quedaba: la alegría de permanecer junto a sus hijos. De verles reunidos en un solo corazón en los lugares que soñó para ellos. Y ésta fue su mejor donación. La que sostendrá siempre firmes los cimientos del Colegio Romano de la Santa Cruz.

Abrid la ventana...

Hay una canción italiana que repite el eco de las calles populares. Canción nostálgica y alegre que camina montada en cuerdas de guitarra bajo la tarde... Muchas veces, algún muchacho la ha cantado con el Padre, en las horas quietas de una tertulia en “Villa Tevere”.

«Aprite le finestre al nuovo sole é primavera, é primavera... ».

Decía Monseñor Escrivá de Balaguer que le gustaría que, unos minutos antes de morir, se la entonaran con la misma alegría... por el aire festivo y optimista de la letra, que habla del encuentro con el nuevo sol y una nueva primavera. Había llegado a decir al que acababa de recitarla:

«Tú me la cantarás, sin lágrimas»(12).

Jamás ha dado a sus hijos una versión trágica y sombría de la muerte, del juicio de Dios o de los errores cotidianos. Todo lo contrario. El amor, la confianza, se apoyan en la seguridad de ser perdonados. Por eso, en sus últimos años, hablaba continuamente de la misericordia de Dios. No se acoge a su justicia: invoca su misericordia. Esa puerta enorme del Corazón de Cristo por donde entran incluso los más lejanos, si tienen la humildad suficiente para solicitarlo.

El Padre vivirá siempre preparado para salir al encuentro de Dios:

«En esta lucha diaria, hay que tratar de vencer todas las batallas, pues el que pierde la última, ése pierde la guerra. Pero no sabemos cuál va a ser la última pelea, porque nos podemos morir en cualquier momento... No os preocupéis: detrás de la muerte está la Vida y el Amor»813)

Nadie como él tan afincado en el amor al mundo y a las realidades temporales de los hombres. Tanto, que solía repetir que le parecía difícil que fueran felices en la otra Vida los que no hubieran sido capaces de experimentar la grandeza de ésta, la de ahora que, con su dolor y sus limitaciones, también es un don de Dios. Interpelaba afectuosamente a Teresa de Avila, advirtiéndole que no estaba de acuerdo con unos versos que aparecen en su mística:

«Que muero porque no muero».

El solía decir, basándose en palabras de San Pablo:

«¡Que vivo porque no vivo, que es Cristo quien vive en mí! » (14)

Hasta el último momento ha quemad la energía que guardaban su alma y su cuerpo en una incesante actividad. Por eso, su insistente despedida pasó oculta, incluso para cuantos convivían muy cerca de él. Hablaba de su marcha con la naturalidad y el afán de quien se sabe llamado a un encuentro muy próximo.

«Tengo ya setenta y tres años. Los voy a cumplir dentro de unos días, y estoy para irme de este mundo... »(15)

La víspera de sus Bodas de Oro sacerdotales, el 27 de marzo de 1975, hizo su oración en voz alta, en el oratorio de Pentecostés en la Sede Central de Roma. Pareció como si, abarcando con una mirada estos cincuenta años de servicio a la Iglesia exclamara con Jesucristo: consummatuna estl; opus consummavi quod dedisti mihi; he terminado la obra que me has encomendado.

Desde hace tiempo, ha dejado este testamento a todas sus hijas e hijos:

«Para nosotros la muerte es Vida. Pero hay que morirse viejos. Morirse joven es antieconómico -añadía en broma-. Cuando lo hayamos dado todo, entonces moriremos. Mientras, a trabajar mucho y muchos años»(16)

Su último tiempo está marcado por un sufrimiento especialmente intenso. Siente sobre sus hombros el peso de la Iglesia, de las claudicaciones de tantos que deberían ser luz y son oscuridad. Permanece absorto, en una oración continua, que sólo interrumpe su actividad, que también es oración. Desea quemarse en holocausto de la Iglesia y del Papa. Por eso ofrece su vida. Esta vida que aún le bulle en la sangre, este amor que inunda su corazón. Este deseo de otear el horizonte de sus hijos repartidos por el mundo, de asistir a las maravillas que Dios realiza a través de su Obra. Y espera que el Cielo acepte este regalo, último que queda en su reserva de generosidad.

Expresa en voz alta su deseo de conocer a Dios:

«Me ilusiona cerrar los ojos, y pensar que llegará el momento, cuando Dios quiera, en que podré verle, no como en un espejo, y bajo imágenes oscuras... sino cara a cara».

Y deja entrever el amor que llena su corazón:

«Hay una sed de Dios, un deseo de buscar sus lágrimas, sus palabras, su sonrisa, su rostro... No encuentro mejor modo de decirlo que volviendo a emplear las frases del salmo: como el ciervo desea las fuentes de las aguas, así te anhela mi alma, ¡oh Dios mío!... ».

Siempre habla de la muerte con palabras que aculan el temor y dan entrada a la esperanza:

«Si el amor aquí en la tierra da tantas alegrías, ¿cómo será en el Cielo, cuando toda la Grandeza de Dios, toda la Sabiduría de Dios y toda la Hermosura de Dios, toda la vibración, todo el color, ¡toda la armonía!, se vuelque en ese vasito de barro que somos cada uno de nosotros?».

Tiene la esperanza puesta en Dios, pero también en la ayuda de sus hijos. Los necesita santos. Y por lo mismo, enormemente humanos. A todos les ha pedido, desde siempre, la piedad y el afecto.

«Tengo una gran debilidad: y es que os quiero mucho. Pienso que mi Cielo va a consistir en colarme por una puertecita y ponerme en un rincón, mirando y amando a la Trinidad Beatísima. Y desde allí, escondido, ver en el paraíso a mis hijas y a mis hijos muy en alto, muy cerca de Dios» (17).

Otras veces les ha dicho: «No me defraudéis: sed santos de verdad». Y usando una imagen muy castiza, les asegura que tiene la esperanza, con la ayuda de todos, de «saltarse a la torera» el Purgatorio(18)

Solicita de Dios una última gracia: morirse sin dar la lata. Sin que una enfermedad larga obligue a cuidar de él de modo crónico. Alguien le ha oído decir, ya en 1941 que, para «una persona del Opus Dei no existe la muerte repentina; ya que repentina es una cosa que no se espera y nosotros estamos constantemente buscando y esperando a Dios. La muerte repentina es como si el Señor nos sorprendiera por detrás, y, al volvernos, nos encontráramos en sus brazos... »(19).

Hasta los últimos días de junio de 1975, seguirá el ritmo idéntico de sus jornadas. Se levanta muy temprano. Reza su media hora de oración al punto de la mañana. Celebra la Santa Misa y desayuna a las ocho y media de un modo absolutamente frugal: café con leche y un trozo de pan. Su horario de trabajo se extiende de las nueve a la una. Desde las doce, recibe visitas de todo el mundo. Increíblemente, en tan corto espacio de tiempo es capaz de intimar, alentar y llenar de alegría a las personas que acuden a su encuentro: alemanes, mexicanos, españoles, franceses, italianos, africanos... Con la ayuda de un intérprete, cuando el italiano o español no son suficientes, se comunica con todos. Y en muchas ocasiones su gesto, su actitud de acogida universal, es mucho más elocuente que las palabras. Algunos que no comprenden la Obra, salen de la casa de Bruno Buozzi desarmados por la sonrisa y el amor del Padre.

Después de un rápido almuerzo y un rato de tertulia con sus hijos, paladea las Avemarías del Rosario entre las horas de trabajo, que ha iniciado de nuevo a las tres, hasta las siete y media. Antes de terminar la tarde volverá al oratorio para tener media hora de comunicación con Dios en la oración. Después de la cena otro tiempo de trabajo, hasta las nueve y media de la noche. Es el momento de compartir los incidentes de la jornada, las noticias que le llegan de sus hijos, de las tareas apostólicas, y las recogidas a través de la prensa.

Con frecuencia, encuentra unos minutos para pasar a la casa donde viven sus hijas y hablar con ellas, interesarse por su trabajo, por las condiciones en que lo realizan. Va sembrando cariño, confianza. Conoce el nombre, la situación familiar, los pequeños y grandes problemas. Y siempre acude con la pregunta certera, con la frase que hace sentirse, a cada uno, en el primer plano del afecto del Padre.

-«¿Estáis contentas? ¿Estáis alegres?». Y ante la contestación pronta y afirmativa, repite:

-«Entonces, todo va bien. Hemos de estar alegres siempre. ¿Aunque nos abran la cabeza? Sí, Padre, ¡aunque nos abran la cabeza! »(20).

Cuando alguno está enfermo, saca tiempo de su apretado trabajo para charlar con él, animarle, hacer más llevaderas sus molestias. Pide a todos que se esmeren; que cuiden, con el cariño de una madre, a cualquiera que esté pasando un mal momento físico.

Durante estos años sigue el horario de la casa, sin más excepciones que las que le impone su actividad: viajes, visitas, compromisos.

A veces lee, detenidamente, cartas de todos los países, hasta las primeras horas de la madrugada. Le sucede lo mismo que contaba ya en 1948:

«La semana anterior, cuando llegó el correo de España -¡vuestras cartas!- andaba con unas pequeñas molestias, que no me dejaban ver normalmente (...). Tenía el paquete de correspondencia en la mano, y sentía una gran tentación -no de curiosidad, de cariño- por leer todo aquello. Por fin, me dieron las dos de la madrugada hablando con el Señor, después de repasar despacio hasta la última carta: flojo estuve. No sé por qué puse una vez más, pero con más detenimiento, la mirada sobre un mueble de la habitación donde estoy escribiendo: hay allí-cuatro borriquitos, que los Reyes me trajeron de España, trotando... Yo me divierto a ratos, haciéndoles ir para aquí o para allí cambiándolos de dirección pero nunca se me ocurre separarlos: van junticos los cuatro, fraternales, con su carga abundante, inalterables, firmes. Hice mi examen, con remordimiento por el desorden: me dormí sonriendo y diciéndole al Señor en nombre de todos:”ut iumentum factus sum apud te”!»(21)

No es fácil describir el cariño de la Obra por su Fundador. Un afecto alejado radicalmente de sentimientos apócrifos, que no podrían darse hacia una personalidad tan auténtica, llana y directa; como la de Monseñor Escrivá de Balaguer.

26 de junio de 1975

Un sol ardiente se abate sobre las calles de Roma. Faltan pocos minutos para las ocho de la mañana y el Padre está celebrando la Santa Misa en el oratorio de la Santísima Trinidad. Le ayuda don Javier Echevarría. Salve Sancta Parens... Salve Santa Madre... se oyen espaciosas las palabras que la Iglesia dedica a la Virgen. El día tiene la nitidez propia de'un cuadro de Fra Angelico. Pocas fechas antes, el Fundador ha comentado a los alumnos del Colegio Romano:

«Tengo la devoción de celebrar frecuentemente -cuando lo permite la liturgia- la Misa de la Santísima Virgen; me parece Ante este lienzo de la Virgen y el Niño transcurrieron hitos de hondo significado en la historia del Opus Dei. que os lo he dicho alguna vez. Y hay una vieja oración, en la que el sacerdote pide la salud mentis et corporis, y después la alegría de vivir. ¡Qué bonito!»(22).

A las nueve y media sale de “Villa Tevere” el coche que conduce a Monseñor Escrivá de Balaguer, don Álvaro del Portillo y don Javier Echevarría, a Castelgandolfo. Falta poco para que el Padre emprenda un viaje a España y quiere, antes de salir de Roma, despedirse de sus hijas en la Residencia Internacional “Villa delle Rose”. Nada más abordar la carretera empiezan a recitar los misterios gozosos del Rosario. El saludo de Gabriel; el brío de María cruzando la montaña ante la Buena Nueva; la Palabra de Dios ha plantado su tienda entre los hombres... Se acompasan las Avemarías con el sonido del motor. Allá queda Via Salaria, desde donde se alcanza a ver Cavabianca: «Podríamos ir esta tarde... »(23), dice el Padre. La autopista de circunvalación y, por fin, la Via Appia. A las diez treinta, llegan al Colegio Romano de Santa María. El lago de Albano tiene hoy una calma inmóvil. Esperan a la puerta del garaje algunas profesoras, que le saludan al descender del coche. Trae unos regalos para las alumnas: un pequeño adorno para la casa y unos dulces. Antes de seguir pasa por el oratorio, se arrodilla pausadamente en el presbiterio y saluda al Señor de la casa. Sube hacia el «soggiorno» hablando, de camino, a cuantas alumnas encuentra: Agatha, vestida con el traje nacional de Kenya, Liz, de Estados Unidos, y una que ha llegado de Filipinas. Este año viven en Villa delle Rose personas de los cinco Continentes.

Un cuadro preside el cuarto de estar: es la Virgen con el Niño que perteneció a doña Dolores Albás y fue testigo de sus últimas horas. El Padre le envía una mirada afectuosa: es un recuerdo de muchos años. Una imagen dulce y sonriente que ha acompañado una buena parte de la historia del Opus Dei. Después se sienta junto a la chimenea y espera que se acomoden todas.

«Tenía muchas ganas de venir. Estamos terminando estas últimas horas de estancia en Roma para acabar unas cosas que tenemos pendientes; de modo que ya, para los demás no estoy: sólo para vosotras» (249).

Les habla del aniversario de la ordenación de los tres primeros sacerdotes de la Obra, que han celebrado el día anterior; y de los cincuenta y cuatro que van a recibir este año el sacerdocio.

«Cincuenta y cuatro: parecen muchos (...). Sin embargo, son muy pocos: enseguida desaparecen. Como os digo siempre, esta agua de Dios que es el sacerdocio, la tierra de la Obra la bebe(25) corriendo: desaparecen enseguida».

Y entonces, les pide que ayuden también ellas desde su condición laical pero con alma sacerdotal. Metidas en el tráfago temporal como cosa propia, pero santificando, elevando las realidades temporales al orden de la gracia. Este es un sacerdocio real, distinto del ministerial, mediante el que los no ordenados pueden cristianizar el mundo.

Habla durante veinte minutos y siente tener que marcharse pronto, pero se encuentra un poco mareado; tal vez, porque el calor ha pegado fuerte sobre la carretera al venir desde Roma. Bromea sobre ello y pasa unos minutos a un despacho para recuperarse. No pide más que un vaso de agua. Tras esta brevísima pausa, baja hacia el coche y sigue poniendo la nota de buen humor por la casa. Se despide del Señor en el oratorio y entra en el coche. Todavía tiene tiempo de excusarse por no haber prolongado más su visita:

«Perdonadme, hijas, por la lata que os he dado (...). Hijas mías, adiós»(26).

El coche rueda por la carretera a las once y veinte de la mañana. Durante el regreso se le nota cansado, pero sereno y contento. Sigue la conversación con toda normalidad y, a punto de dar las doce, entran en “Villa Tevere”. Desciende con rapidez y saluda a los que están abriendo las puertas. Al entrar en la casa, va hacia el oratorio y saluda con genuflexión pausada y sin palabras. Quizá dirá interiormente y del modo habitual: Adoro te, devote, laten deitas.... «Te adoro, divinidad escondida... ».

Sube en el ascensor hasta el segundo piso, donde se encuentra el despacho de don Álvaro, que es también el cuarto donde suele trabajar el Padre. Monseñor Escrivá de Balaguer camina hacia la puerta, se apoya en el quicio: un cuadro de la Virgen de Guadalupe aparece colgado sobre la pared de la izquierda. Apenas una mirada breve, como suele hacer siempre... Y llama con voz débil a don Javier, que está todavía cerrando las puertas del ascensor. Después se desploma en el suelo.

Don Álvaro, que ha llegado inmediatamente, le sostiene con sus brazos. Todavía respira, pero es evidente la gravedad, y se oye la voz de este hijo mayor que recita, entrecortadamente, las palabras de la Absolución y de la Extremaunción.

Han transcurrido sólo unos segundos cuando llegan los médicos. Durante una hora y media larga pondrán en juego todos los medios humanos para retener la vida en ese cuerpo que no responde a ningún estímulo: oxígeno, masaje cardíaco, medicamentos. Todos rodean la escena estremecidos. El Fundador yace, exánime, en el suelo de esta habitación donde ha consumido su vida de trabajo. Sobre una librería corrida, que ocupa la mitad de la pared, un Crucifijo preside la escena. En la mente de todos hay un ofrecimiento implícito: la vida a cambio de los latidos de este corazón que acaba de romperse para siempre.

Mientras esperan contra toda esperanza, a las doce cuarenta y cinco, don Álvaro llama a las personas que forman el Gobierno Central de la Sección de mujeres y pide que recen con mucha intensidad por algo muy urgente. En los oratorios, sin saber cuál es el motivo, se reza intensamente en silencio.

Poco después, a las dos menos cuarto, vuelve a llamar para decir que el Padre acaba de morir. La noticia, como un reguero de hielo, cruza la casa. Inmediatamente se informa a la Secretaría de Estado de la Santa Sede, para ponerlo cuanto antes en conocimiento del Romano Pontífice, y, unos minutos más tarde, se transmite a los Centros de Italia y de todo el mundo. El estupor es absoluto. Nadie hubiera podido imaginar que una actividad tan grande podía encontrarse tan pronto con la muerte. Porque el Padre caminaba por sus setenta y tres años con el vigor de la juventud, aunque muchas veces le acechase el cansancio. Pero volvía a la carga, con la misma jovial intensidad. La mayor parte de sus hijos le han conocido personalmente; han recibido de sus labios una palabra de cariño, de estímulo, de claridad. Todos se apoyan en la fortaleza de su espíritu, de su buen humor imbatible. Y este hecho inesperado ha tenido lugar en unos minutos. En el despacho de don Alvaro, un grupo de hombres llora serenamente sin apartar los ojos de esa figura tendida que viste su traje sacerdotal. Una paz inefable modela sus rasgos. Recuerdan que la Virgen de Guadalupe recibió, allá en Jaltepec, junto a la laguna de Chapala, el deseo apasionado del Padre: «Quisiera morir así: mirando a la Virgen Santísima y que Ella me entregase una flor... »(27).

Apenas le ha enviado un saludo, nublado por la muerte, y el alma de Monseñor Escrivá de Balaguer cruza el umbral de la eternidad.

Hoy precisamente, se cumplen treinta y un años del día en que don Alvaro le impartiera la primera absolución después de ser ordenado sacerdote. También las manos consagradas de este hijo suyo han firmado el perdón, en este 26 de junio de 1975.

A excepción de las pocas personas que han permanecido en el despacho, ayudando las indicaciones de los médicos, el resto se encuentra repartido por los oratorios o en una sala próxima a la habitación donde se ha intentado reanimar al Padre. Cuando todo ha terminado, don Alvaro sale, sereno pero destrozado por el dolor, y les invita a entrar para que puedan rezar ante los restos del Fundador. Uno a uno, van acercándose. Después, colocan el cuerpo sobre una tabla cubierta con una colcha blanca. Los hombres que forman parte del Consejo General de la Obra en Roma, alzan este sencillo catafalco en sus brazos, para transportarlo con infinito cuidado por los pasillos de Villa Tevere hasta el oratorio de Santa María de la Paz, donde se instalará la capilla ardiente. La casa está invadida de un silencio impresionante. Pasillos, escaleras, «cortili»... hasta las paredes parecen escoltar el cortejo en este repentino adiós. Cuántas veces el Padre ha repetido: «Estos muros parecen de piedra, pero están hechos de amor»28. Por el esfuerzo, la fe y la esperanza que ha costado levantarlos. Va tendido con la sotana negra. Los pies calzados. Las manos cruzadas sobre el pecho. El gesto en una entrega de total serenidad.

Sobre un paño negro, cubierto también por una sábana blanca, se deposita el cuerpo al llegar al oratorio. Inmediatamente después, le revisten con los ornamentos sacerdotales: alba de encaje, casulla roja con el sello de la Obra. En las manos, el crucifijo que sostuvo San Pío X a la hora de la muerte.

Don Álvaro del Portillo celebra la primera Misa de corpore insepulto. Se preparan los mejores ornamentos y vasos sagrados que hay en la casa. A pesar del intenso dolor, todos sienten la seguridad de que Monseñor Escrivá de Balaguer ha llegado a los brazos de Dios. El cáliz es el que conmemoró los cuarenta años de la Fundación de la Sección de mujeres de la Obra; la palia, con el dibujo del Buen Pastor, regalo al Padre en sus Bodas de Oro sacerdotales. A partir de este momento, se sucederán los sacerdotes celebrando ininterrumpidamente Misas de Requiem. Las palabras de la liturgia suenan consoladoras y serenas: «Dales Señor el descanso eterno, y brille sobre ellos la luz perpetua». «Bienaventurados los que mueren cerca del Señor, porque sus obras les acompañan... ». El oratorio de Santa María de la Paz brilla como un ascua. Al fondo, la Virgen sostiene al Niño en actitud tranquila. Y allí, en el suelo, la quietud del Padre que estrecha en el dolor esta fraterna unidad de corazones...

Empiezan a llegar personalidades eclesiásticas y civiles. Monseñor Benelli, Sustituto de la Secretaría de Estado del Vaticano, es portador del afecto y sentimiento del Papa. Cardenales, Obispos, sacerdotes, embajadores, profesionales, obreros y un sin fin de miembros de la Obra, Cooperadores y amigos. La prensa hace su aparición en grupos sucesivos. Don Álvaro los recibe a todos. A pesar de la intensidad de los acontecimientos, atiende a todo el mundo. Siempre encuentra una palabra de afecto. Santiago Escrivá de Balaguer y su mujer, acompañados por los hermanos de don Álvaro del Portillo, llegarán hacia las once y media de la noche. Durante toda la noche los miembros del Opus Dei velarán al Padre. Todos dejarán, entre sus manos, el más hondo y entrañable propósito de fidelidad.

Un periodista que hasta hoy no ha comprendido muy bien la Obra, escribe:

«Permanecimos unos momentos contemplando la escena solemne, sobrecogedora, cargada de emoción. En los reclinatorios, dispuestos perpendicularmente respecto al altar, los residentes en la casa y algunos llegados de fuera, seguían el Santo Sacrificio con las miradas clavadas en el rostro pálido, extraordinariamente sereno, del Fundador. Algunos hacían un esfuerzo visible para contener las lágrimas. No había ataúd, y el cuerpo estaba tendido, sencillamente, sobre un lienzo blanco: more nobilium, como se dice en Roma: o sea, a la usanza de los nobles que, enaltecidos en vida, se humillan ante la muerte y renuncian a catafalcos»(29).

El día 27 de junio, hacia las doce, don Álvaro del Portillo, en uno de los breves ratos que le permite su atención a cuantos reclaman su consejo, se aproxima al Padre. Toma tres rosas rojas de las que rodean el cuerpo, y las deposita a los pies del Padre mientras los besa y recita en latín las palabras de San Pablo: «¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian el bien!»(30).

La hora de la Misa exequial solemne está fijada para las seis de la tarde. El entierro será en la Cripta de Santa María de la Paz, dentro de la Sede Central del Opus Dei. El coro del Colegio Romano de la Santa Cruz interpreta la antífona In paradisum y el Himno de Zacarías. Don Álvaro preside el cortejo, y el féretro se carga a hombros de seis miembros de la Obra.

«Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá. Y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre» (31).

Se accede a la Cripta descendiendo una empinada escalera que se abre en el oratorio de Santa María, junto al presbiterio. A la entrada de la Cripta, en la pared de la derecha, hay una lápida escrita en latín que el Padre hizo colocar:

«Esta Cripta fue construida en perpetua memoria de todos los difuntos del Opus Dei, para que los que en ella duermen en el Señor -sin que por esto hayan de considerarse distinguidos por un privilegio especial- muevan suavemente nuestro espíritu al santo y saludable recuerdo de nuestros hermanos de las dos Secciones que, en espera de la resurrección, reposan por todas las regiones de la tierra; y nos induzcan a elevar a Dios fervientes oraciones para que, revestidos de cuerpo inmortal, nos alegremos juntamente con ellos en el Cielo; y, consumados en la unidad, nos deleitemos con goces sempiternos; teniendo siempre presente que nadie será coronado si no hubiere combatido con valor. Rogad, pues, por todos nuestros difuntos. Salud para siempre en Cristo»(32).

La arquitectura románica del recinto hace sonreír a sus imágenes desde la ingenuidad de la piedra. En el centro, elevada a pocos centímetros del suelo, la losa de mármol verde oscuro que hoy se ha retirado para dejar paso a los restos de Monseñor Escrivá de Balaguer. El techo de la antecripta muestra un artesonado lleno de luceros.

Unas cuerdas gruesas dejan caer lentamente el ataúd. Van a cerrar la tumba obreros que han construido “Villa Tevere”, Cavabianca y Villa delle Rose. Están emocionados, llorando. Cuando acaban su trabajo, la losa cubre, definitivamente, la sepultura del Padre. El sello de la Obra y dos fechas: 9-1-1902 y 26-VI-1975, delimitan el tiempo de una vida que no tuvo límites para el amor de Dios y del mundo. Con letras de bronce queda escrito, sobre la lápida, su mejor título: EL PADRE. En la intimidad de las mujeres y de los hombres del Opus Dei empieza a desbordarse la ayuda espiritual del Fundador, que ahora tiene -por su intercesión ante Dios-, más que nunca, audiencia libre en todos y cada uno de sus hijos.

Mientras tanto, la noticia ha cruzado la tierra. Se ha intentado comunicar por teléfono, en los primeros momentos, con los miembros de cada país. Pero las demoras imponen la expedición de telegramas.

En Australia se conoce el hecho durante la madrugada del 27 de junio. En Alemania, Francia y Austria el teléfono suena a las cinco de la tarde del día 26. La primera zona de Sudamérica que recibe la notificación es Ecuador, a las 3,45 de la tarde, cuando en Roma apuntarían las diez de la noche. En algunos casos, unos países se hacen cargo de comunicar con los más inmediatos. Así, Montreal puede hablar con Nueva York antes de que llegue la noticia de Roma. Lo mismo ocurre con Suiza. En Japón, no podrán enterarse hasta la mañana del día 27. Argentina, Paraguay y Uruguay lo saben casi al mismo tiempo. Dublín también sufre retraso hasta el día 27. Y Londres se entera a través de una llamada particular que ha llegado de España. Bruselas, Portugal y Brasil conocen la muerte del Padre el mismo día veintiséis. Las respuestas serán inmediatas. Así es la de Kenya:

«Ahora nos vamos a descansar, pero con el corazón vigilante en Roma, velando con vosotros a nuestro Padre. Y nos hacemos miles de preguntas que tendrán que esperar unos días a saber la respuesta: ¿a qué hora murió?, ¿qué dijo?, ¿estaba enfermo?, ¿qué pasó? (...). Inmediatamente empezarán las Misas por el eterno descanso de su alma. ¡Día de gran fiesta en el Cielo!»(33).

Una vez que Radio Vaticano se hace eco del fallecimiento, el mismo día 26, la noticia es ya oficial y del dominio público. Las cartas de personalidades de las letras, de las artes, de las ciencias y de multitud de gentes sencillas, se amontonarán en “Villa Tevere”.

El sábado 28 de junio a las once de la mañana tendrá lugar el Funeral solemne en la Basílica de San Eugenio de Roma. Unas horas antes, ha llegado a Bruno Buozzi un nuevo telegrama del Santo Padre Pablo VI, reiterando su oración por el Fundador de la Obra, con la persuasión de que era un alma especialmente elegida y amada por Dios. También don Álvaro del Portillo recibe una carta personal del Vaticano escrita en nombre de Su Santidad.

Desde las diez de la mañana, empieza a llenarse la Basílica de San Eugenio. En la presidencia, don Álvaro del Portillo. Asisten Monseñor Benelli en representación del Papa y también los Cardenales Violardo, Ottaviani, Fürstemberg, Baggio, Palazzini, Mozzoni, Aponte y Casariego. Obispos, sacerdotes y superiores de Ordenes y Congregaciones religiosas.

Los bancos y espacios libres de la iglesia se encuentran repletos. Todos cuantos han conocido el espíritu del Padre acuden a esta despedida oficial. El público reza, sigue la liturgia con piedad, paladea despacio las oraciones de la Misa de Requiem que la Iglesia Católica eleva por los que han llegado ante el juicio de Dios. Durante algunos momentos, el organista pulsa notas de canciones que el Padre ha lanzado al viento por muchos caminos. Canciones con sabor de Navidad en las laderas del Somontano; canciones de amor humano a lo divino; notas que hablan de soles y trigos, de nieves y amaneceres; de paz y coraje. No existe el protocolo para este recuerdo que es, fundamentalmente, entrañable. Por eso suenan, en su Funeral, las alegrías que ha llevado en el alma y que ha dejado, como mejor testamento, a sus hijos.

Cuando don Mario Lantini, Consiliario del Opus Dei en Italia, tiene que pronunciar unas palabras, incoa su homilía con esta afirmación de recia esperanza que el Padre repetía en la Pascua de Resurrección:

«Cristo vive. Esta es la gran verdad que llena de contenido nuestra fe. Jesús, que murió en la cruz, ha resucitado, ha triunfado de la muerte (...), del dolor y de la angustia» 34

Y así es. También hoy, por encima del dolor, brilla el espíritu de la resurrección. Por eso, cuando termina la ceremonia, esta multitud que llena sus naves sale al sol romano sin angustia, con la alegría de una buena nueva; algunos con una rosa roja que han recogido del altar donde se han pronunciado las palabras litúrgicas: «la luz que brilla para siempre».

Mientras, en la Cripta de Santa María de la Paz ha empezado un desfile de visitantes que ya no cesará en los años venideros. Muchos envían rosas a la tumba de un hombre que sólo ha deseado una cosa: hablar de Dios, hacer la santidad asequible, desligarla de imposibles y meterla en las incidencias cotidianas de los cristianos. Y clamar por la exigencia grande y maravillosa de la llamada de Cristo a los hombres. Esta es, en silencio, su última catequesis.

La prensa publica, pocas fechas después de su muerte, multitud de artículos sobre el perfil humano y sobrenatural del Fundador, sobre las dimensiones y finalidades del Opus Dei.

Así, las palabras del Cardenal Ugo Poletti, Vicario General de Roma: «La Diócesis de Roma debe mucho a tantos Fundadores de Institutos Religiosos, Asociaciones y actividades apostólicas que se han desarrollado en la Urbe. Monseñor Escrivá de Balaguer, personalidad de una inagotable riqueza espiritual, se suma a esta admirable serie de hombres de Dios»(35)

Y las del Cardenal primado de España, Marcelo González Martín, Arzobispo de Toledo:

«Me he preguntado cuál sería el secreto de este gran sacerdote del Reino de Cristo en la Iglesia de nuestro tiempo. Y he aquí la reflexión que hago a raíz de su muerte, que hirió su corazón con un movimiento brusco y suave a la vez, como eran los suyos propios. ¡Cuánto ardimiento en aquel hombre excepcional que se pasó la vida sin conocer el sosiego, ni siquiera el que proporciona a tantos otros la última enfermedad! »36

Y las frases del periodista español Manuel Aznar:

«No recuerdo a nadie que, con tanta espontaneidad, con naturalidad tan admirable, uniera en un solo haz lo natural y lo sobrenatural; Dios y el hombre; el hombre y Dios. Esa dificilísima empresa de tener presentes las inspiraciones sobrenaturales en medio de las más menguadas trivialidades de la humana existencia, se cumplía en el Fundador del Opus Dei sin la menor apariencia de esfuerzo, sin rechinamientos a la hora de ajustar las inquietudes del más allá con las realidades del más acá»(37).

Y Raffaello Cortesini, Catedrático de Cirugía Experimental de la Universidad de Roma:

«Al recordar el limpio ejemplo de coherencia humana y de virtudes sacerdotales del Fundador del Opus Dei, creo un deber subrayar -precisamente cuando la sociedad civil y la eclesiástica están sometidas a todo tipo de tensiones- cómo Monseñor Escrivá de Balaguer ayudó a cuantos le conocían a descubrir que el camino de la verdadera libertad y del respeto a la legítima autonomía de cada persona es una premisa indispensable para el encuentro con Cristo, para reconocer a Jesús que pasa a nuestro lado »(38).

Y el Cardenal Sebastiano Baggio:

«El quiso que este camino trazado para sus hijos espirituales, en una síntesis fascinante, sin fracturas y sin diafragmas, de lo que es ser hombre y de lo que es ser cristiano, se titulase "De la Santa Cruz y del Opus Dei". "El Señor -confiaba a los suyos en una de sus homilías- se nos manifiesta cada vez más exigente, nos pide reparación y penitencia, hasta empujarnos a experimentar el ferviente anhelo de querer vivir para Dios, clavado en la Cruz juntamente con Cristo". En medio de dificultades, de contradicciones, de incomprensiones y de hostilidades, era este ferviente anhelo lo que alimentaba la contagiosa serenidad y el inquebrantable optimismo de Monseñor Escrivá de Balaguer»(39).

Y el Cardenal Sergio Pignedoli:

«Por eso lo siento muy próximo, como alguien de la familia. Me vienen a la memoria las palabras de San Juan Crisóstomo ante la muerte de un amigo queridísimo: "Te amamos y te pedimos. Tú ya no estás donde estabas, pero estás en cualquier sitio en donde nosotros estemos"»`.

Las basílicas, iglesias y catedrales del mundo, acogen estos días una multitud. La misma que había acudido a verle y escucharle otras veces. Ahora vienen a rezar por este sacerdote que pertenece ya al acervo del Catolicismo. A la raza -como él repetía-, única raza, de los hijos de Dios.

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