Como una sintesis

«Camino de Emaús. Nuestro Dios ha llenado de dulzura este nombre. Y Emaús es el mundo entero, porque el Señor ha abierto los caminos divinos de la tierra» (Monseñor Escrivá de Balaguer)(81)

Apartir de febrero de 1931, el Fundador del Opus Dei utiliza en sus apuntes y textos, la expresión «unidad de vida» como un punto de encuentro en el que confluyen las características del espíritu del Opus Dei. Un modo de ser y hacer que constituye la síntesis de su mensaje espiritual. Para un miembro de la Obra es la totalidad de su experiencia espiritual transformada en vida cotidiana, forjada en el molde de su condición laical y secular.

Esta «unidad de vida» se establece en dos vertientes: una interior de oración, de sacrificio, unión con Cristo que lleva a los hijos de Dios a ser contemplativos en medio del mundo; otra, profesional y social de donde arranca la proyección apostólica y que es visible y externa. Como se ha escrito recientemente, este modo de ser fue descrito por el Fundador de modo completo y gráfico en una Instrucción de marzo de 1934. En un párrafo breve, hacia el final del documento, dibuja los «ideales» que dan sentido al Opus Dei: «unir el trabajo profesional con la lucha ascética y con la contemplación -cosa que puede parecer imposible, pero que es necesaria, para contribuir a reconciliar el mundo con Dios-, y convertir ese trabajo ordinario en instrumento de santificación personal y de apostolado. ¿No es éste un ideal noble y grande, por el que vale la pena dar la vida?»(82).

Pero, ¿cuáles son las líneas maestras que configuran esas resultantes finales? Podríamos señalar, en primer lugar, el descubrimiento de que las realidades temporales, el horizonte completo del mundo, puede ser santificado. El espíritu de Cristo, inserto en la vida de los hombres y mujeres cristianos, puede infiltrar capilarmente la actividad de todos los seres humanos. Y lograr así una plenitud de paz, de amor al mundo y a todo el contenido positivo de la historia.

Y, ¿cómo elevar las cosas del mundo a un orden nuevo que las oriente hacia su mejor y último destino en la eternidad?

Por obra y gracia de un gran número de personas, de todos los estados y condiciones, que se sienten llamados por Dios a vivir la fe cristiana con plena radicalidad, mediante un compromiso profundo y decisivo. Este compromiso se establece como respuesta a una llamada de Dios, personal, y que afecta a la totalidad de la existencia.

Por tanto, una persona del Opus Dei se siente llamada por Dios a llenar su vida y el ámbito de su actividad, del espíritu de Cristo.

Son muy sugerentes los pasajes evangélicos en los que se narra la muerte de Lázaro; los caracteres de Marta y de María, el aire cotidiano, afectuoso y propio, con el que Dios Hombre y los suyos cruzan aquel umbral. Todos hemos imaginado el día en que Lázaro vuelve, por la Voz de Jesús, a un nuevo encuentro con la vida.

Esta Voz, que hoy sigue llamando por su nombre a los amigos, suena una vez más por todos los caminos de la tierra. Así lo repetía el Padre a cuantos se acercaron a él desde 1928. Así lo dejó escrito en un importante documento que comenzó a redactar en Madrid en 1935 y concluyó en Roma en septiembre de 1950.

En quince años de vida, la Obra había llegado a su pleno desarrollo y el Fundador dejaba en letra impresa lo que Dios puso en su corazón aquel 2 de octubre: todos, sacerdotes, solteros, casados, viudos, hombres y mujeres de cualquier edad, raza y condición podían ser atraídos por Dios al Opus Dei.

«La vocación a la Obra no crea un estado nuevo; cada uno conserva el que antes tenía. Por eso hemos dicho que se han abierto los caminos divinos de la vida. Ser santos en nuestro puesto, desempeñando nuestra profesión, siendo lo que somos, porque todos los caminos de la tierra pueden y deben ser un (83)encuentro con Jesucristo».

Para eso Cristo quiere servirse de cada uno de los cristianos, en todas las encrucijadas de los hombres. Llegar hasta los que se agotan en el cansancio, y hasta los que buscan, sin encontrarlo, un sentido a su vida. Codo a codo, en idéntico esfuerzo, en colaboración, es donde el cristiano tiene que demostrar la realidad de su vocación humana y divina. A pesar de su debilidad, sus defectos, sus limitaciones claras y evidentes. Pero con la sobrenatural esperanza que el amor de Dios ha grabado en su alma.

«Se comprende, hijos, que el Apóstol pudiera escribir: todas las cosas son vuestras, vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios (1 Cor III, 22-23)»(84.)

Esta doctrina, hoy extendida y consagrada por el Concilio Vaticano II, entrañó en el año 1928 una revolución de conceptos teológicos, ascéticos y Jurídicos. Hasta entonces, vivir en plenitud la vocación cristiana parecía incluir la resolución de apartarse del mundo, de rechazar las cuestiones temporales y eludir el amor humano en el matrimonio. Y es Monseñor Escrivá de Balaguer quien proclama, con el Nuevo Testamento en la mano, que los Hechos de los Apóstoles nos dan una visión de la primera cristiandad llena de vida multiforme. Y sabe, porque Dios así se lo inspira, que es preciso recordar aquel modo de ser primigenio que se expresa rotundamente en el «Discurso a Diogneto»:

«Los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra, ni por su idioma, ni por sus instituciones. Porque no habitan ciudades exclusivamente suyas, ni hablan una lengua extraña, ni llevan un género de vida distinto de los demás... ».

Evidentemente han existido autores cristianos, sobre todo en los dos últimos siglos, que han tratado de llevar hasta la cima del cristianismo a muchas gentes que vivían en medio de las actividades temporales. Entre ellos se encuentran grandes santos. Pero piensan en esta empresa como algo excepcional, ya que el seguimiento absoluto de Cristo les parece exigir la renuncia total para anclarse en una forma de vida religiosa.

La llamada universal a la plenitud de la vida cristiana en el mundo, resonará de nuevo, y en toda su profundidad, gracias a la inspiración divina y a la fidelidad de un hombre enamorado de Dios: Monseñor Escrivá de Balaguer.

La respuesta a esta vocación ha de estar radicada en la santidad personal. Nadie puede transmitir el espíritu de Cristo ni llenar las realidades temporales con su contenido si no desborda primero su alma. En realidad es una llamada a participar de la intimidad de Dios, a vivir de El y para El. Por tanto, el esfuerzo del Opus Dei por dotar a sus miembros de fortaleza, vida interior y fe, va orientado a un encuentro profundo con la verdad del Evangelio. Y esta colisión debe transformar la vida personal en identificación con Cristo y plenitud de vida cristiana manifestada en hechos.

Es evidente que esta vocación no está limitada por ningún condicionamiento humano. Solamente por la voz de Aquel que llama a los que tiene decidido desde la eternidad. Por ello, se dirige tanto a hombres como a mujeres que, en la Obra, se estructuran en dos Secciones diferentes para expresar esta realidad de unidad y distinción, el Fundador habla en sus escritos primeros de «dos Obras», de «dos ramas de la Obra» o, por último, de «dos Secciones de la Obra».

Por la misma razón, pueden ser llamadas personas célibes y casadas. Se trata, simplemente, de disponibilidad y de una serie de circunstancias personales que delimitan las funciones y participación diversas en la misma empresa apostólica.

Otro rasgo esencial es la presencia de sacerdotes y seglares en absoluta cooperación. La gran mayoría de los miembros son laicos que ejercen sus profesiones en medio de todos los quehaceres del mundo y, entre ellos, la misión del sacerdote es estrictamente espiritual, sin inmiscuirse jamás en las actividades seculares de los miembros de la Obra. Su cometido empieza y termina en la dimensión espiritual.

La vocación es única, y es lógico, sin embargo, que la mayor parte de los miembros de la Obra estén casados y vivan su vocación en el ámbito familiar propio. No resultó fácil abrir la puerta a este hecho a través de una mentalidad que, durante siglos, había refugiado la perfección cristiana en los claustros y desiertos. El Padre volvió a oír que le llamaban loco. Pero no cortó por ello la anchura del camino que Dios había puesto en sus manos. Insistió, frente a todo evento, hasta que el espíritu de la Obra, fue entendido y ratificado por la Iglesia.

«¿Te ríes porque te digo que tienes "vocación matrimonial"? -Pues la tienes: así, vocación»(85).

Y en el año 1960, repetía:

«Llevo casi cuarenta años predicando el sentido vocacional del matrimonio. ¡Qué ojos llenos de luz he visto más de una vez, cuando -creyendo, ellos y ellas, incompatibles en su vida la entrega a Dios y un amor humano noble y limpio-me oían decir que el matrimonio es un camino divino en la tierra!»(86).

El Fundador del Opus Dei nació en un hogar cálido en el que las contradicciones, el dolor y la muerte no lograron romper la fortaleza y el cariño de sus padres. La inspiración divina que predicó se apoyaba también en esta luminosa realidad para contagiarla a cuantos habían sido elegidos por Dios para crear una familia.

Y también le sirvió para dotar el ámbito familiar en que viven sus hijas e hijos Numerarios -aquellos que habían sido llamados a la santificación de la vida ordinaria pero que dedicarían su vida plenamente al Opus Dei, renunciando al matrimonio- con un ambiente de hogar inconfundible.

Don Alvaro del Portillo subrayaba, un año después de la muerte del Fundador:

«En estos días estoy leyendo cosas de nuestro Padre de los años 30 y 31, escritas de su mano, y decía que la Obra sea siempre una familia. Gracias a Dios, lo ha conseguido: somos una familia, y lo seguiremos siendo: un Padre y unos hijos que ahora tienen a su Cabeza, a su Fundador, en el Cielo»(87).

Jamás torció o intentó influir en una vocación matrimonial que se le hubiera manifestado clara. Durante años rezó y llamó a la puerta de muchas almas que acudían a su dirección espiritual. En los comienzos necesitaba vocaciones con disponibilidad plena y dispuestas a entregarse en el celibato apostólico. Pero nunca desvió la atención de quien estuviera seriamente encauzado hacia el matrimonio.

Tomás Alvira, por ejemplo, conoce al Padre durante la guerra civil española. El ambiente es tenso y la persecución religiosa se halla en pleno apogeo por las calles de Madrid. Tomás tiene la oportunidad de hablar con el Padre de sus deseos de servicio y fidelidad a Dios. Pero también le dice que pensaba haberse casado antes de estallar la guerra. Y entonces Monseñor Escrivá de Balaguer le aconseja:

-«Sí, hijo mío. Tú, cásate»(88).

Les acompañará poco después para cruzar los Pirineos. Y alguno se extraña de que un hombre joven que participa totalmente del espíritu de la Obra siga sin solicitar su admisión. El Padre le explica lo que Dios va a pedir a éste y a otros muchos hombres y mujeres, pero en un futuro para el que aún no ha llegado la hora.

En 1941 conoce el Padre a José María Hernández Sampelayo. Tiene sólo diecisiete años y le lleva hasta la casa de Diego de León un amigo:

-«Padre: aquí esta Chemari».

El muchacho confía en este sacerdote joven que se interesa por sus cosas con gran cariño. Muy pronto acude a un Curso de retiro que el Fundador dirige en Molinoviejo, y anota en una página de agenda:

-«El Padre me ha dicho hoy que tenga mucha alegría (...). Me dice que tengo vocación matrimonial» .

También aporta un testimonio similar Víctor García Hoz, que, en 1941, escucha una conclusión del Padre: «Dios te llama por caminos de contemplación»10. Por aquellos años no se comprende bien que, a un hombre casado, con tres hijos, teniendo que trabajar intensamente para sacar adelante la familia, se le hablara de la vida contemplativa como de algo que él podía y tenía que realizar.

A finales del curso 1947-48, recuerda Vicente Mortes que algunos residentes del Colegio Mayor Moncloa fueron invitados a una charla en la casa de Diego de León. Este día les habla un sacerdote de la Obra sobre la llamada universal a la santidad: hombres y mujeres, jóvenes y viejos, solteros y casados, pobres y ricos, sabios e ignorantes, sanos y enfermos. La Obra es para todos y la vocación única. A cada uno el Señor le quiere donde se encuentra, en el estado en que le ha llamado.

No les dice nada nuevo que no hayan oído antes al Padre. La novedad es que, ahora, después de recibir la Obra el Decretum laudis, se ha hecho realidad el sueño de su Fundador. En 1948 llegan al Opus Dei los primeros Supernumerarios y, durante el año 1950, pedirán la admisión, en Madrid, las primeras mujeres casadas. En enero de 1951, en Molinoviejo, es el Padre quien les explica el carácter universal de la llamada a la Obra.

Esta vocación dentro del matrimonio lleva inherentes unas obligaciones que impone la propia condición de cristianos. La Obra no hará más que reafirmarlas, actualizar la voz de Cristo que llama al amor generoso, al espíritu de servicio mutuo, a la alegría e ilusión para mantener aquel primer encuentro enamorado; a la afirmación que habrá de dar paso a la vida, porque es don de Dios; al trabajo alegre; a la sobriedad y a la responsabilidad de ser, con sus naturales limitaciones y debilidades personales, un ejemplo constante en su medio social.

En el retablo mayor del Santuario de Torreciudad está esculpido, en alabastro, un grupo que representa los desposorios de la Virgen. El Sumo Sacerdote preside la escena. Las manos de María y de José avanzan hasta quedar cercanas. La de José ofrece una alianza de oro que va a sellar el difícil y amable cometido que el Espíritu Santo ha previsto ya para su amor. Es el ejemplo que podrán tener siempre, en los divinos avatares de su camino por la vida.

Con verdad y libertad

«Lo que a ti te maravilla a mí me parece razonable. -¿Que te ha ido a buscar Dios en el ejercicio de tu profesión?

Así buscó a los primeros: a Pedro, a Andrés, a Juan y a Santiago, junto a las redes: a Mateo, sentado en el banco de los recaudadores... » (11)

Un rasgo esencial del espíritu del Opus Dei es la valoración del trabajo profesional. Esa tarea que vincula al hombre con el mundo. La parcela de tierra y de historia en que los hombres y mujeres desarrollan sus virtualidades y entran en comunicación -comunión solidaria-, con los demás ciudadanos, en igualdad de circunstancias. De ahí la exigencia de que todos los miembros de la Obra trabajen y su apertura a toda persona, de cualquier clase o condición, que desempeñe una tarea u oficio en medio del mundo.

Porque, además, es en el desarrollo de las actividades cotidianas, en el modo de enfrentarse con el esfuerzo, con las situaciones favorables y adversas, con los triunfos y fracasos, donde los miembros de la Obra deben dar testimonio de la luz de su llamada y ayudar a los demás a conocer o redescubrir el amor de Cristo.

Esta necesidad de comunicar aquello que plenifica la propia vida, de ofrecer a los demás lo mejor y más clarividente de la existencia, es la dimensión apostólica del Opus Dei. Porque es preciso comunicar a los demás esta llamada de Dios que pende sobre la vida de tantos que aún ignoran que sus nombres están escritos para una misión de incomparable grandeza.

Al Fundador nada genuinamente humano le es ajeno. Llama, en nombre de Dios, en medio de las circunstancias del trabajo, en el cansancio, en la enfermedad, en la alegría y en el dolor. Rastrea en el oficio de cuantos se acercan a su palabra y abre para todos esa aspillera por la que puede escaparse el pensamiento y anclarse diariamente en el amor de Dios Padre.

Cuando señala a sus hijas e hijos los caminos del apostolado, de la amistad, no limita ni uno solo de los campos donde puede estrenarse el diálogo y la actividad humana de cada día:

«Oradores y conferenciantes, polemistas, productores de películas, escritores para la prensa y la radio, médicos y enfermeras con sentido cristiano de su misión profesional, especialistas de obras sociales (...).

Y en la oficina y en el comercio, en el periódico y en la tribuna, en la escuela, en el taller y en las minas y en el campo, amparados por vuestra oración, por vuestros consejos, por vuestro ejemplo y por vuestro constante trabajo, serán también portadores de Dios en todos los ambientes de los hombres, según aquellas palabras de San Pablo: glorificate et portate Deum in corpore vestro (1 Cor VI, 20), glorificad a Dios con vuestra vida y llevadle siempre con vosotros»(12).

En función de este apasionado amor al mundo se puede describir un templo natural, como él lo hizo, en octubre de 1967, al celebrar la Santa Misa sobre el Campus de la Universidad de Navarra:

«Nos encontramos en un templo singular; podría decirse que la nave es el campus universitario; el retablo, la Biblioteca de la Universidad; allá, la maquinaria que levanta nuevos edificios; y arriba, el cielo de Navarra...

¿No os confirma esta enumeración, de una forma plástica e inolvidable, que es la vida ordinaria el verdadero lugar de vuestra existencia cristiana? Hijos míos, allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo. Es, en medio de las cosas más materiales de la tierra, donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres»(13)

Y en verdad que los más variados oficios y profesiones vendrán a estar representados en la gran familia del Opus Dei. Ningún otro aglutinante más que la realidad de su espíritu y sus fines exclusivamente sobrenaturales podía reunir una tan abigarrada representación.

Un día, al regreso de un viaje de Pamplona a Madrid, en 1964, se acerca al Colegio Mayor Alcor, entonces todavía en construcción. Al llegar el Padre, un albañil cruza la puerta con la herramienta en la mano. Al verle, instintivamente se quita la boina y esconde las manos manchadas de cal. El Fundador, con una sonrisa, le coge las manos, le saluda y se las besa sin afectación alguna, con toda sinceridad:

-«Hijo mío, tus manos son las de Cristo y están ungidas por el trabajo. Merecen todo el respeto, y puedes hacerte santo. Yo trabajo como tú, aunque -le dijo sonriente- yo me mancho de tinta hasta aquí», y señaló el codo. Después, le da un abrazo(14)

De situaciones muy parecidas recoge, sin duda, su comentario el Marqués de Lozoya:

«Y entiendo también que en aquellas tertulias con miles de personas que Monseñor Escrivá de Balaguer tenía en todo el mundo y con todo el mundo, hiciera con frecuencia la señal de la cruz en la frente de tantos estudiantes e intelectuales, o dejara en las manos encallecidas de los trabajadores manuales un par de besos: esos besos que suelen Vedar reservados para las manos consagradas de los sacerdotes» .

En cualquier reunión, es un médico quien le aborda:

-«Padre, ¿cómo empujar a Dios a nuestros enfermos?».

-«Ten presencia de Dios. Invoca a la Madre de Dios, como ya lo haces. Ayer estuve con un enfermo al que quiero con todo mi corazón de Padre, y comprendo la gran labor sacerdotal que hacéis los médicos. Tienes que actualizar ese sacerdocio. Cuando te laves las manos, cuando te pongas la bata, cuando te metas los guantes, piensa en Dios y en ese sacerdocio real del que habla San Pedro. Entonces no tendrás rutina: harás bien a los cuerpos y a las almas»(16)

Y aquel hombretón, todavía joven, que le interpela, desde el fondo de un teatro lleno de gentes argentinas:

-«Padre, yo me crié en la calle, con los muchachos de la esquina, con la barra del café; me convertí a los veinticinco años, y soy de los que dicen que tienen estaño. He conocido la Obra unos años después, y he aprendido a querer a Nuestro Señor con este corazón que tenemos, con este corazón de barro, y a veces tengo miedo de que, como también tengo un idioma de la calle, no sepa expresarme, avisarle al mundo de la felicidad que se están perdiendo al no querer al Señor. ¿Cómo puedo hacer?».

-«Habla con sinceridad con ese idioma, porque te entienden. Tú tienes, de verdad, el léxico mejor para ayudar a que las almas lleguen a amar a Jesucristo. Háblales con su lengua, que es una lengua buena. Si se te escapa alguna palabra fuerte, mientras no sea ofensa a Dios, déjala que se escape. Pero sé sincero, noblote como eres, valiente» .

En otro momento, es una mujer empresaria que le pide un consejo para saber ejercitar a tiempo, y con justicia, la virtud de la firmeza en su trabajo:

-«Tienes que manifestar la fortaleza de un varón, pero con la delicadeza de una mujer (...). Te recomiendo la devoción a San José, el gran empresario de las cosas del alma y de las cosas del cuerpo, porque tuvo que sacar adelante a una familia divina con las fuerzas de un hombre, de un trabajador»(18).

Y ahora es un entrenador, a quien le gusta darle al balón y su mujer se queja porque les atiende poco: a ella y a los hijos. ¿Usted qué dice, Padre?

Y el Padre le anima, de modo divertido, a que haga partícipe a su esposa de las cosas de su trabajo:

-«Digo que, si dejamos hablar a tu mujer, te dirá que sí, que sigas; que lo único que quiere ella es hacer de árbitro alguna vez.

Y si le dejas, lo hará maravillosamente » (19) Más tarde es un artista, que le pregunta cómo se puede santificar un trabajo absolutamente desordenado. No parece fácil.

-«Oí contar una vez que había un sacerdote muy fervoroso -hay muchos sacerdotes santos por ahí, gracias a Dios: los conozco en todos los países-, y estaba hablando a sus parroquianos. Les decía que todas las obras de Dios son perfectas: perfecto el mundo, perfecto aquello, perfecto lo otro... Y de pronto, un pobre parroquiano, que era giboso, se subió al presbiterio y le dijo: señor cura, ¿y yo? Yo... ¿también soy perfecto? El sacerdote le miró un poco y le dijo: en el género de los gibosos, no he visto nada más perfecto.

Mirad... El Señor nuestro tiene unos pinceles más hermosos que los de Velázquez. Todos recordáis (...) la figura de aquel valido de Felipe IV, que era giboso: el Conde-Duque de Olivares. Y habéis visto su retrato en el Museo del Prado: un caballero formidable, maravilloso...; no se le ve la giba.

No hay ningún trabajo honesto, por desordenado que parezca, que no se pueda santificar. Nada tiene gibas»(20).

Un comentarista escribirá acerca de las tertulias con Monseñor Escrivá de Balaguer:

«Los oyentes ríen (...), se dejan llevar felizmente hacia lo alto. Pero, en realidad, él no ha subido ni bajado: él no se ha movido de ese punto donde lo divino y lo humano se encuentran, donde orar y trabajar son lo mismo, donde el buen humor terreno y la alegría de Dios se identifican»(21).

Los más diversos estados, oficios y actitudes se convierten en voz que interroga, con la seguridad de oír una respuesta afectuosa, chispeante, llena de trascendencia, pero también con el calor de lo humano, de lo profundamente enraizado en la cotidianeidad de la vida y del trabajo.

Un día se reúne con muchos hijos suyos, jóvenes. Les dice que tienen que ser santos, alegres, responsables de su profesión, donde Dios les ha puesto.

Y uno levanta el brazo preguntando si alguna profesión como la que él había practicado algún tiempo, la de carterista, podría ser superada con un trabajo digno de ser ofrecido a Dios.

El Padre, riendo, pero conmovido, le dice que a él lo que le ha robado ya es el corazón.

Unos años antes escribía:

«Hemos de conquistar para Cristo todo valor humano que sea noble: estad atentos a cuanto existe de verdadero, de honorable, de justo, depuro, de amable, de virtuoso y digno de alabanza (Phil IV, 8) »(22).

En esta línea de afecto y hondura explica Peter Berglar, Profesor de Historia en la Universidad de Colonia (Alemania), cómo después de una larga y agitada vida -en cuyo centro está el día de su conversión a la fe católica con la búsqueda de Dios, el acercamiento a Cristo y la lucha por alcanzar la verdad-, el Opus Dei se ha convertido en su patria espiritual

Y el de un conocido deportista de nacionalidad argentina:

«Cierto día de junio de 1974, me enteré del arribo de Monseñor Escrivá a nuestras playas (...). Acudí a casi todas sus apariciones públicas, que tuvieron por marco el Colegio de Escribanos de Buenos Aires, los teatros General San Martín y Coliseo, abarrotados de público. Comprobé cómo, con sus primeras palabras, el Padre levantaba la temperatura de la sala, poniéndonos sin dilación frente a las realidades sobrenaturales. Realidades que, sin embargo, lejos de contraponerse a las terrenas, se amalgamaban con ellas, otorgándoles una dimensión diferente. Advertimos pronto que Dios andaba entre las butacas»(23).

Y el Profesor Jeróme Lejeune, profesor de Genética en la Universidad de París y miembro de la Academia Pontificia de Ciencias, que tiene ocasión de conocer a Monseñor Escrivá de Balaguer en Pamplona, en mayo de 1974, cuando le confiere el título de Doctor honoris causa de la Universidad de Navarra, de la que es Gran Canciller.

Lejeune se manifestará encantado de conocer a un hombre de sus años, con tanta vitalidad y, si pudiera definirse así, con una caridad gozosa que se trasluce en su calurosa acogida.

El Fundador, decía a un hijo suyo que había trabajado cerca de ambientes teatrales y cinematográficos en Roma:

«Es necesario trabajar con empeño y seriedad (...). Sé audaz. No te escandalices de nada. Procura conocer y tratar a las personas de este mundo con mucha comprensión y afecto. Muchos no saben lo que es una amistad verdadera, ni un afecto puro y desinteresado. Encomiéndate y encomienda a las personas que tratarás a la Mater Pulchrae Dilectionis -Madre del Amor Hermoso-. Tantas cosas pueden cambiar también en estos ambientes infiltrados de paganismos (...) si trabajamos con inteligencia y con fe (...).

No hay necesidad de hacer obras teatrales y cinematográficas de carácter hagiográfico o sacro para hacer discursos cristianos (...). Basta afrontar con garbo la vida, los temas de la vida común, con los problemas ordinarios del hombre, con sus dramas, con sus comedias... contando las cosas con cierto estilo y con cierto espíritu (...).

Sé audaz en el trato con las personas. Mira si puedes salvar alguna que está próxima a caer en las puertas del infierno (...). Lo importante es que tengas bien firmes los pies sobre la tierra sólida de tu fidelidad»(24).

En este amplio retablo, todos los miembros del Opus Dei tienen la más absoluta libertad y responsabilidad personales, en cuanto atañe a las múltiples opiniones humanas temporales. Su dispersión por los caminos del mundo es tan dispar como lo son las decisiones y dedicaciones de los hombres. Su único nexo, la necesidad de recalar en la doctrina católica y en el espíritu del Opus Dei. De esto es de lo que la Obra se hace responsable. Lo demás es campo abierto a la conciencia de cada uno.

Decía, una vez más, en el Campus de la Universidad de Navarra, en octubre de 1967:

«Interpretad, pues, mis palabras, como lo que son: una llamada a que ejerzáis -¡a diario!, no sólo en situaciones de emergencia -vuestros derechos; y a que cumpláis noblemente vuestras obligaciones como ciudadanos -en la vida política, en la vida económica, en la vida universitaria, en la vida profesional-, asumiendo con valentía todas las consecuencias de vuestras decisiones libres, cargando con la independencia personal que os corresponde»(25).

Juglares de Dios

Desde los primeros tiempos del nacimiento de la Obra en Madrid, el Fundador llevaba a cabo sus correrías apostólicas con grupos de hombres jóvenes de la más diversa cualificación social: estudiantes, obreros, artistas, empresarios... Siempre apreció el valor de una profesión, de un oficio ejercido con perfección y responsabilidad. De ahí la importancia que va a conceder siempre a una buena formación. Sabe que las ideas sólo pueden defenderse sobre el cauce de una vida seria, de un comportamiento adecuado en el marco humano y social. En cada uno deben armonizarse las materias propias de su oficio junto a un conocimiento de la cultura y de las corrientes que conducen, en cada momento histórico, el comportamiento de los hombres y de los pueblos.

Por las connotaciones que implica, siempre tuvo predilección por los oficios que expresaban al hombre con manifestaciones intelectuales y artísticas.

Durante su viaje a Sudamérica, en 1974, el Fundador del Opus Dei afirmó:

-«El Brasil me está haciendo poeta»`.

La verdad es que el Padre siempre ha sido poeta, en la mejor acepción de la palabra. De raíz griega, el vocablo significa «creador». Y no hay mejor creación de la belleza que el rastrear por lo humano en busca de la huella de Dios. Muchos de los que buscan la dimensión eterna de las cosas en el arte se han cruzado también, y han repostado, en las fuentes del espíritu del Opus Dei. A ellos les decía el Fundador, en más de una ocasión, que «los artistas nunca están contentos con sus obras. Y el cristiano, si lo es de verdad -y nosotros tenemos vocación de cristianos y de vivir como cristianos-, se da cuenta de que le falta tanto, tanto, para parecerse a Jesucristo que es el modelo... Por esa razón se siente la insatisfacción»(27).

La misma insatisfacción permanente del artista que no consigue arrancar de un modo definitivo el secreto de un gesto o el mensaje de un color. Hay que verlo, soñarlo, sufrir para darle forma: crear. Y eso es la transformación de cada persona y cada objeto en un mundo ascendido al orden de la Gracia. Una recreación de la existencia. «Un volver continuamente hacia la casa del Padre», como definiría el Fundador a esta andadura de la vida.

En junio de 1946 moría en Catarroja (Valencia) Bartolomé Llorens, miembro Numerario del Opus Dei. De este hombre joven, poeta, pudo decir Dámaso Alonso -Catedrático de Filología Románica en la Universidad Complutense- en su discurso de Recepción en la Real Academia Española: «El año pasado muere Bartolomé Llorens, la juventud quizá más traspasada de vida y espíritu, que he tenido estos tiempos a mi lado... ».

Cuando Bartolo conoce la gravedad de su estado, escribe a un amigo:

«He recibido carta de Lagasca. Me dicen que vendrán dentro de unos días y que le pida a Isidoro Zorzano mi curación. Se la voy a pedir como un loco a ver qué sale. Lo que pasa es que soy tan pobre persona que quizá no merezca que por mí ocurra nada extraordinario. Pero ¡he alcanzado tantas cosas sin merecerlas!

¿Qué merecimientos, antes bien todo lo contrario tenía yo para que en unos Ejercicios (...) a los que fui con el propósito nefando de salir como estaba, me señalase el Señor con su marca de fuego? Y después, ¿quién era yo para ser hijo de Dios en su Obra divina, en su Opus Dei?»(28).

Y así, haciendo su más logrado poema, como el Padre le dice la última vez que viene a verle, se va en un día de sol, cuando la muerte viene a cortejar su vida joven:

«Me quiere más mi muerte cada día y corteja a mi vida moza y breve que seducida queda a su porfía. Toda mi vida es suya y no se atreve -oh lento amor- a hundir ya mi agonía mientras mi vida pide que la lleve»(29).

José Miguel Ibáñez-Langlois diría de Monseñor Escrivá de Balaguer en el periódico «El Mercurio» de Santiago de Chile, en 1974:

«Explica -el Padre- que no le importa hacer el juglar de Dios, si eso aprovecha a las almas.

El juglar de Dios: es algo más que una metáfora. Porque, desde el comienzo, este predicador encendido en el amor de Dios sabe prodigar la gracia humana, el humor más espléndido, las ocurrencias más inesperadas y chispeantes»(30)

Quien lo escribe, hoy sacerdote del Opus Dei, es un poeta chileno que alterna la edición de sus libros con la docencia de Literatura, Filosofía y Teología en la Universidad Católica de Santiago.

También lo entendió un poeta del color y de la forma: el pintor Fernando Delapuente, que abrazó el espíritu de la Obra, como miembro Numerario, desde el año 1940. Sus lienzos son un símbolo más que un documento. De él pudieron escribir, unos días después de su viaje definitivo:

«Delapuente acaba de morir. Aún está abierta al público la exposición de su última pintura, como él la había titulado. Y ha sido para siempre. Fernando era un hombre de fe profunda y un enamorado del arte. Se ha despedido del mundo con una sonrisa -su sonrisa generosa de hombre-niño- y una exposición de esa pintura en la que ponía tanta pasión» (31)

En la brecha. Desvelando el valor trascendente del último objeto que cruzó su mirada. Como había visto hacer siempre.

Como había aprendido después de andar tantos caminos junto al Fundador del Opus Dei.

Un día, Monseñor Escrivá de Balaguer visita al Santo Padre Pablo VI y le habla de estos hijos suyos que van por la vida cantando las maravillas de Dios. Y ningún ejemplo más plástico que el de una persona cuyo oficio es, naturalmente, cantar. Por eso le habla al Papa de Teresa Tourné, una mujer del Opus Dei que acaba de pasar por Roma en abril de 1967. Va camino de Colonia para cumplir unos contratos con la Opera de Augsburgo. Pero, antes, tiene con el Padre una conversación familiar, entrañable, en una salita de Villa Tevere.

-«Quiero que sepa, Padre, que gracias a la Obra he seguido en mi profesión; sin la ayuda de la vocación, ya la habría dejado».

-«Es bonito, hija mía, que cantes y que, mientras lo haces, alabes al Señor. Es lo que dice en unas palabras del Salmo: alabaré el nombre de Dios con un cantar (Ps LXVIII, 31)».

Luego, le recomienda que se cuide, porque no debe perder facultades por falta de atención. Y en medio de las dificultades del ambiente en que se mueve, que pegue a muchas almas el amor de Cristo...

-«Ilusiónate con tu carrera: es muy bonita. A mí me gusta mucho cantar y canto con frecuencia, ¿verdad Alvaro? Cuando vamos de viaje, suelo hacerlo».

Teresa le cuenta que, poco tiempo después de pedir la admisión en el Opus Dei, interpretaba en la ópera de «Turandot» el personaje de Liu, una esclava que defendía a un rey. El pueblo pregunta por qué defiende con tanto calor a aquel rey, y la esclava, en una frase musical difícil, contesta:

«Perché un di nella reggia mi ha¡ sorriso ...: porque un día, en el palacio, me ha sonreído. Haciendo este papel, yo pensaba que así me había sucedido en mi vida, y que también el Señor me había sonreído» (32).

Y el Padre comentaría, más tarde, a propósito de esta anécdota:

-«Se sabe esclava y amadora de Dios. ¡Es bonito! Muchos hijos míos, en las tablas del teatro, hacen reír y distraerse a los demás, y hacen actos de amor colosales »(33)

Así quería exponerle a Su Santidad la idea de que las mujeres y los hombres de la Obra están en todos los lugares, en todos los trabajos; allí donde se dan cita los más variados oficios del mundo. Y quieren estar con aquél formidable espíritu que San Pablo deseaba contagiar a los de Corinto: «Ya comáis, ya bebáis, ya hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios»(34)

A veces los caminos de Dios dan un rodeo para traer más cerca a un alma. Y pasa el tiempo, hasta llegar a un encuentro feliz. Tal vez éste pueda ser el caso de Ernestina de Champourcin, escritora y mujer de un gran poeta: Juan José Domenchina. Los avatares de la guerra civil española les llevan al exilio, y México se convierte en su segunda patria. Un día, inesperadamente, conoce a Guadalupe Ortiz de Landázuri y comienza a frecuentar el primer Centro de la Obra en aquel país. He aquí cómo describe ella su propia experiencia interior:

«Un camino suave que se abre lentamente y que es distinto a todos los caminos entrevistos (...) hasta entonces. Y Dios sobre todo, que es lo que yo andaba buscando hacía años a tientas y sin saberlo...».

Poco después pide la admisión en el Opus Dei, y el 7 de enero de 1962, en Roma, conoce al Padre:

«Ese viaje en el que se habló de poesía, de aquella poesía mía a la que estaba a punto de renunciar y que se me presentó, al contrario, como una meta importante... Porque el Padre tenía el don de aclarar las sombras y de hacer sencillo lo que (...) se nos hacía incompatible o complicado».

-«No dejes de escribir nunca; en cualquier papel, en cualquier momento... ».

Uno tras otro irán llegando los libros a Roma. Y siempre, el mejor de los elogios:

-«Tus versos son muy buenos y sirven para hacer oración»(35). Aparentemente lejos de México, el Padre, de vez en cuando, leía poemas escritos más allá del mar. Y siempre, rezaba por aquellos que Dios había confiado a la fortaleza de su fe.

Con temple

En noviembre de 1972, Antonio Bienvenida -miembro Supernumerario del Opus Dei- sufre la cornada de un toro. Es una de las muchas faenas que rubricó con sangre en su buen hacer de maestro. El Padre anda entonces por España y se interesa vivamente por el torero. Llama a un amigo de Antonio y le insiste:

-«Dile que tenga cuidado, que me he enterado del percance (36) que ha sufrido, y que se cuide»

Antonio lo sabe y, cuando se restablece un poco, va con su mujer a Pozoalbero, la Casa de Retiros de Jerez de la Frontera, para dar las gracias a Monseñor Escrivá de Balaguer. Le lleva, bien puesta en un marco, la mejor fotografía de uno de sus lances: un momento muy arriesgado y muy torero.

Nada más conocer su llegada, el Padre les recibe y les invita a almorzar. Durante la comida, Antonio cuenta anécdotas de toros, situaciones difíciles y brillantes, miedo y triunfo: las dos caras del peligro. La conversación se acompaña de lances figurados, y le explica los sentimientos artísticos que le animan cuando está sobre el albero de la plaza: eso que los taurinos llaman torear con temple, porque, como es un momento de arte que se va, quieren hacerlo muy despacio para retenerlo el mayor tiempo posible(37).

Sin duda, por la mente del torero desfilan momentos de aquel toreo suyo tan puro, tan de verdad. Y el dolor que le ha causado, muchas veces, colocarse tan cerca de las astas. Se acuerda de un 18 de mayo de 1958 con la Monumental de las Ventas llena hasta la bandera: más de treinta mil aficionados. Un toro le cornea y la sangre sale a borbotones. Está a punto de morir. Tanto, que ha de plantearse seriamente el seguir con el oficio y el arte de una dinastía torera o cambiar de profesión.

Cuando recobra la salud, reaparece en la misma plaza, el 16 de mayo de 1959. Lleva un traje de luces idéntico al de la vez anterior. Brinda el toro, desde el centro, a todos cuantos le miran, en silencio absoluto, desde las gradas nuevamente abarrotadas. Y se lanza con más fuerza que nunca, con el mejor valor. Entre la arena y el cielo de Madrid, liga, esa tarde, la más formidable faena de su vida.

Algún tiempo después, el Padre explica ante una tertulia numerosa:

«Una vez, no os diré cuando, oí a un hijo mío al que quiero mucho -es un torero estupendo- que cuando está con el capote y viene el toro -un toro leal, majo, que hasta le da pena pensar que lo va a matar: él al toro, claro-, se recrea en la suerte, y hace despacio con el capote...».

Y aquí el Padre se marca una verónica... Y continúa, bromeando:

-«Yo no lo sé hacer. No he toreado en mi vida (...). Pues sí, recrearse, recrearse en la suerte, como un artista, ¡con amor!

Esto es también lo que hay que hacer con Dios Nuestro Señor»(38). Este faenar entre lo divino y lo humano tal vez fuera lo que dio contenido a una conversación de Antonio Bienvenida, un día que regresaba de Valencia, junto a un conocido crítico de toros. Este tenía miedo al vuelo en avión, y Antonio bromeaba con ello. De pronto, se puso serio y dijo:

-«La muerte es lo más hermoso de la vida del hombre. A mí me acompaña constantemente. Me es familiar. La llevo dentro de mí como tú, como todos, pero yo la siento más cerca, a veces se palpa cuando se está delante del toro.

-¿Y no te aterra?

-No. Por dos razones muy poderosas: porque estoy acostumbrado a vencerla siempre, y porque tengo una gran fe en Dios, en que esto no se acaba... en que no puede acabarse aquí... »(39)

En otra ocasión, comentaba:

«El último toro que pienso lidiar -si Dios quiere lo mejor posible- es el de la muerte, a la que estoy acostumbrado a tratar. Quisiera darle una lidia alegre y... templada. Despacio, lo más despacio que pueda, hasta que pueda llegar a poderla besar; a poderla besar con alegría. Por eso la fe es importantísima»(40)

Antonio morirá en una «tienta», de una cornada por la espalda que le da uno de los astados, en un momento de descuido. Es el año 1975 y sólo hace unos meses que se ha retirado definitivamente de las plazas. Ese mismo año ha fallecido el Fundador del Opus Dei. Tal vez no olvidó el torero, en sus momentos de agonía, el consejo afectuoso y sincero que recibía siempre, después de cada encuentro con Monseñor Escrivá de Balaguer: «que me cuidara mucho y que hiciera todo con mucho temple»(41)

En olor de multitud, como en las tardes de triunfo, fue llevado a hombros por la Plaza de las Ventas. Dijeron los comentaristas que se había cerrado un capítulo importante. Lo que ignoraban era que, montera en mano, el espíritu de Antonio brindaba su mejor lance al Dios que ha pintado el color de los alberos. Tal y como le dijo el Padre que había que hacer a lo largo de su oficio: despacio, sonriendo, sin miedo.

La raza de los hijos de Dios

Tajamar, Instituto de Enseñanza que dirigen miembros del Opus Dei en Madrid, está lleno hasta los bordes una tarde de octubre de 1967. El Padre se dirige a una variada multitud de oyentes y les habla, en un momento de este encuentro, de la vocación al Opus Dei:

«Esta vocación, que no es para todos, la entienden perfectamente las almas que tienen el corazón noble, aunque no sean católicas. Y yo logré del Santo Padre Pío XII, en 1950, después de darme dos negativas, que al fin me concedieran traer junto a nosotros como Cooperadores los no católicos, los católicos que no practican y los anticatólicos, siempre que fueran nobles y tuvieran virtudes humanas»(42).

La Obra era así la primera asociación de la Iglesia que abría fraternalmente sus brazos a todos los hombres, sin distinción de credo o confesión.

Este respeto a la libertad de las conciencias es algo que Monseñor Escrivá de Balaguer ha gritado en todos los idiomas del mundo. Ha dicho, repetidamente, que daría la vida por defender la libertad de la conciencia de una sola persona. ¡Libérrimos!... repite constantemente a sus hijos. En la certeza de aquella afirmación de Juan Apóstol: «La verdad os hará libres »(43)

Creer firmemente en las verdades de la Iglesia Católica es situarse en las antípodas de un fanatismo despiadado e inútil. La Obra pregona a los cuatro vientos que, por encima de toda ideología y creencia, mantiene el profundo respeto a la persona y a su libertad. Porque la primera y última vocación del cristiano es la comprensión, la caridad. El Apóstol de Tarso definía así esta virtud y, con ella, todo el talante existencial de los discípulos de Cristo: «paciente, es servicial; no es envidiosa, no se pavonea, no se engríe; la caridad no se ofende, no busca el propio interés, no se irrita, no toma en cuenta el mal; la caridad no se alegra de la injusticia, pero se alegra de la verdad. Todo lo excusa, lo cree todo, todo lo espera, todo lo tolera»(44)

Si el Opus Dei practica esta abierta acogida con todos los credos de la tierra, pide en cambio que se reconozca la libertad de su espíritu. No es más que reclamar la libertad de las conciencias para seguir a Jesucristo de acuerdo con aquella vocación a la que han sido llamados sus miembros.

Y, por otro lado, reclama igualmente, el derecho de cada uno a servir y a ejercer sus oficios individuales con la independencia y responsabilidad de cualquier ciudadano. Es la autonomía del orden temporal respecto a cualquier injerencia de índole eclesiástica.

De ahí que, junto a una flexibilidad en las cuestiones temporales, en las que no existen dogmas, Monseñor Escrivá de Balaguer tenga una seguridad inconmovible en las verdades de fe. Una imposibilidad de manejar asertos que no le pertenecen, que son un tesoro que la Iglesia custodia. Creer en la veracidad de unos dogmas trascendentes no permite concesiones ni recortes, por la sencilla razón de que el hombre no puede crear la verdad: sólo descubrirla y aceptarla.

«La transigencia es señal cierta de no tener la verdad. Cuando un hombre transige en cosas de ideal, de honra o de Fe, ese hombre es un... hombre sin ideal, sin honra y sin Fe» (45)

Los Cooperadores no católicos de la Obra ayudan en las empresas sociales, educativas, culturales, del Opus Dei, y al calor y al ejemplo de esta firme y humana actitud, algunos han llegado a la verdad de la Iglesia Católica por el camino de la amistad, del respeto, de la libertad.

Por esta doble postura de apertura y firmeza, podía escribir el Cardenal Primado de España, unos días después de la muerte del Fundador del Opus Dei:

«Mucho antes del Concilio Vaticano II trabajó Monseñor Escrivá de Balaguer, como nadie, en la promoción del laicado, en la auténtica y profunda promoción, no en las ridículas y tristes experiencias que tanto han abundado y siguen haciendo acto de presencia en los años del posconcilio; y en el campo del ecumenismo, y en el diálogo con el mundo moderno, y en el reconocimiento efectivo de la sana autonomía de las realidades temporales.

Precisamente por eso, ahora, cuando tantos se mueven alocadamente, sin rumbo, porque su frivolidad les priva de la luz, él supo mantenerse tan firme y enhiesto en la roca de la fidelidad sin convertirse jamás en un futurólogo insustancial que, creyendo atisbar el porvenir, consiente en que el presente se le desmorone entre las manos. Porque supo ser un auténtico progresista, fue también -como no puede ser menos- un conservador denodado y valiente, de la raza de los mártires y los confesores de la fe, o simplemente del linaje espiritual de los que, a imitación de María, saben conservar en su corazón de pobres del Reino lo que debe ser conservado siempre para ser feles»(46)

Son múltiples los ejemplos prácticos de esta actitud del Padre. Escenas que se han repetido continuamente en público y en privado. Una vez es un matrimonio peruano que visita al Padre en Roma en 1958. Les acompaña un hijo que no practica ningún género de creencia religiosa. Cuando los padres se arrodillan ante la bendición de Monseñor Escrivá de Balaguer, el muchacho se retira y permanece de pie. A la hora de marcharse, el Padre se acerca, con un afecto natural y sencillo para decirle que aunque no ha querido recibir su bendición de sacerdote, seguramente no tendrá inconveniente en recibir un abrazo de amigo.

Y en una tertulia muy numerosa, aquella voz que surge del fondo de la sala:

-«Padre, nosotros somos una familia ecuménica: mi esposa es metodista...

-¡Dios la bendiga! ¿Está aquí? -Está aquí, conmigo.

-Dile que la quiero mucho.

-Estamos muy unidos en la educación religiosa de nuestros hijos...

-¡Muy bien!

-Dos ya hicieron la Primera Comunión... -¡Bien!

-Me gustaría que dijese algunas palabras a mi esposa.

-¡Hija mía!, te digo lo siguiente: que tienes un marido estupendo y que te quiero mucho en el Señor. Quiero a todas las almas. Pero a una madre que da libertad a los hijos, y que además se ocupa de que se eduquen en esta fe maravillosa, que ve con alegría que se acerquen al Santo Sacramento de la Eucaristía, a una madre así yo ya la admiro. ¡Te admiro! (...). Reza por mí (...). Mañana, en la Misa, me voy a acordar mucho de ti. Allí no soy yo. Tú no tienes por qué creerlo, por ahora; pero pediré al Señor que te dé mi fe, porque -no te enfades- la tuya no es la verdadera. Yo daría mi vida cien veces por defender la libertad de tu conciencia; de modo que seríamos muy amigos, si yo viviera aquí. Pero, claro, yo creo que tengo la verdadera fe; si no, no vestiría esta funda de paraguas».

Y señala su sotana, mientras la gente ríe...

-«¡Reza por mí! Nadie como tu marido para defender la fe tuya. Y nadie como tu marido y como yo, para pedirle al Señor que te dé (...) mucha claridad de ideas. Y gracias, porque eres muy generosa y muy buena»(47).

Y en octubre de 1967, con el salón de actos de Tajamar abarrotado:

«Si me permitís, os voy a dar la bendeción (...). El que no tenga fe, que sepa que la bendición de un sacerdote es como la bendición de un padre y de una madre, porque es la bendición de Dios. Y los que tenéis la dicha de tener fe, recibidla como lo que es, como algo santo, grande, bueno:

Que el Señor esté en vuestros labios, en vuestros corazones, en vuestros hogares, en vuestros amores, en vuestro trabajo, y os dé siempre la alegría y la paz. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo»(48).

Y Peter Forbarth, periodista, que acompañado por Javier Ayesta acude a visitar al Fundador de la Obra. Javier describe así sus impresiones:

«En 1967 acompañé a Roma al periodista americano Peter Forbarth que iba a efectuar una entrevista a Mons. Escrivá de Balaguer para "Time Magazine". El Fundador del Opus Dei le invitó a comer, y le trató con su cariño y delicadeza proverbiales.

Yo había hablado con el Padre antes del almuerzo y le informé que mi colega era judío, y que no daba muestras de practicar su religión. Me contestó que la fe era un don que no se podía transmitir con simples razonamientos: había que contar con Dios. Me animó a ser un buen amigo suyo y a no importunarle en materia religiosa para que no se le hiciese odiosa la verdadera fe.

Peter salió muy impresionado de la entrevista y sólo decía: ¡Increíble! ¡Increíble! Estaba lleno de admiración y, horas más tarde, me decía que en el Fundador del Opus Dei se palpaba algo superior... »(49)

Otras veces, la historia es larga y la búsqueda tenaz. Como en el caso de Hilary Schlesinger, inglesa de nacionalidad pero de origen judío, y educada en un ambiente agnóstico. Hilary vive en la capital inglesa todo el horror de la última Guerra Mundial. Siente pasión hacia la música y maneja perfectamente el violín, pero abandona sus estudios instrumentales para dedicarse a la terapia ocupacional de las víctimas de los bombardeos. Un día una mujer joven, paralizada por un ataque de poliomielitis, le pregunta desde el pulmón de acero por el sentido del dolor y de la vida. Hilary no tiene respuesta. Pero se promete a sí misma buscar una finalidad al sufrimiento. Lee apasionadamente el Evangelio y pide fe. Siente profunda admiración por la figura de Jesús de Nazaret.

Siguiendo las líneas de su trabajo tiene que desplazarse a Argentina. Unos meses después, la ONU la envía a Chile. Un amigo le proporciona «Camino», un libro que le ayuda a rezar. Se interesa por la Obra y frecuenta uno de sus Centros en Santiago. El 19 de marzo de 1968 se bautiza en la religión católica. Cuando llega a Colombia, siguiendo su periplo profesional, pide allí, al Padre, su admisión en el Opus Dei.

Si algo ha impresionado su ánimo ha sido la libertad, la universalidad de la Obra a través de los países latinoamericanos que ha visitado. Su origen judío la hace doblemente querida por el Padre que, en más de una ocasión, ha respondido a un hebreo que le quiere porque sus dos grandes amores de la tierra son Jesucristo, que es judío, y su Madre, María, también hebrea.

Confirmando esta actitud, cabe anotar la respuesta de una mujer perteneciente a la Asociación de amistad judeo-cristiana de Madrid. En una reunión celebrada en 1964, en una sinagoga, un participante de origen sefardí, se levantó para preguntar «por qué el Opus Dei perseguía a los judíos». «Yo no era moderadora pero me levanté y dije: Sólo quiero atestiguar un hecho y es que el Opus Dei, lejos de perseguir a los judíos, tiene Cooperadores judíos en Estados Unidos desde 1948. Un aplauso cerrado acogió las palabras (...). Luego hice constar que no pertenecía al Opus Dei, pero que lo defendía por justicia» (50).

Y la simpática historia de aquella señora inglesa, mayor, quien, de pronto, ve cómo se instala un Centro de la Obra en el piso inmediato, al que acudían muchos chicos jóvenes. El Padre lo cuenta, divertido, en una tertulia:

«Había un Centro en una parte de Londres. Y, claro, como los chicos son chicos, y además jóvenes, armaban mucho jaleo con las guitarras y las canciones. En el apartamento contiguo vivía una señora anciana, escritora, periodista, amiga de la tranquilidad y de la serenidad material también, para poder cumplir con su oficio (...). Decía que aquellos vecinos eran unos impertinentes. Los chicos lo supieron y un día fueron a visitarla. La trataron con mucho cariño, sacaron las guitarras y le cantaron unas cuantas cosas. Desde entonces se sintió obligada. Y a la hora del té llegaba siempre un regalito de tía Carolina, como comenzaron a llamarla enseguida los chicos. Y tía Carolina, con la alegría de aquellos hijos míos, y con el empeño que pusieron en la oración, en importunar al Señor, ha tenido la gracia de Dios para convertirse a la fe católica. Yo recibo algunas veces sus cartas, y las contesto. Me decía hace poco que debía ir a Inglaterra, y estoy con el corazón en Inglaterra, porque allí también me encuentro muy a gusto. Cuando vayáis, haced una visita a tía Carolina»(51)

Más tarde, en 1972, esta mujer inglesa viaja desde Londres en avión para saludar al Padre en una gran reunión celebrada en Barcelona. Y como el Fundador acaba de explicar que él se siente joven, como si tuviera sólo siete años, ella le interpela desde el público:

-«Por una parte soy mayor que usted, puesto que yo tengo ocho años y usted siete. Por otra, soy bastante más joven, porque tengo quince meses: los que llevo desde mi conversión, en agosto del año pasado. Soy su hija más pequeña. Por eso quiero pedirle un favor: sentarme a su lado el resto de esta maravillosa tertulia»(52).

Así, con cariño, con seguridad y amor, ha abierto el Padre la amistad de todos los hombres y mujeres del mundo. Cuando Peter Forbarth le interroga en su entrevista del 15 de abril de 1967, la respuesta será afirmación pública de esta alegre realidad de la Obra:

-«¿Cómo se sostiene económicamente el Opus Dei?».

-«Trabajando mucho sus miembros, yo también. Y el que trabaja, gana. Así podemos promover obras corporativas de enseñanza, de asistencia social, etc., que rara vez se sostienen solas. Para mantenerlas, además de los miembros del Opus Dei, hay otras personas que ayudan; algunos no son católicos, y muchos, muchísimos, que no son cristianos. Pero ven la labor, la palpan, y se entusiasman de verdad. Por eso aprovecho para decir ahora que soy deudor a muchas personas, incluso no católicas y no cristianas »(53).

Llevaba el amor a la libertad en la más honda raíz de su ser humano y cristiano. A millones de años luz de todo fanatismo temporal o religioso. Afincado en la verdad revelada por la Iglesia que se proclama heredera de los Apóstoles de Jesucristo.

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