Catequesis continental

«Tomad el yelmo de la salvación y la espada del espíritu, que es la palabra de Dios» (Eph VI, 17)

Brasil: Tierra de la Santa Cruz

La historia del cristianismo en Brasil se remonta al año 1549. Un sacerdote portugués celebró la primera Misa el 3 de mayo, fiesta entonces de la Invención de la Santa Cruz y, por eso, este trozo del Nuevo Mundo se llamó Tierra de la Santa Cruz. Más tarde, la abundancia de madera de color rojizo que daba a su fisonomía un aspecto casi ardiente, transformó su nombre en el de Brasil.

El 19 de marzo de 1957, llegaron a Brasil los primeros miembros del Opus Dei. Por equipaje traían la bendición del Fundador; como meta, un país inmenso. Ahora, mayo de 1974, la noticia de que el Padre viene ha corrido como la pólvora. Este segundo viaje a América tiene por objeto confirmar a todos sus hijos en el espíritu de la Obra, y encaminar a otras muchas personas hacia Cristo mediante una siembra continua y generosa de su oración y su doctrina.

«Vamos a América porque me mandan mis hijos -dirá antes de partir-; y a través de mis hijos, mi Padre Dios. Yo no quería ir, de modo que por lo pronto no es un capricho (...).

Digite a me!, aprended de Mí, ha dicho el Señor. Yo deseo aprender, en todos los sitios, un poquito. Porque no acabo de hacerlo, no acabo. Tengo ansias de ver a Jesucristo, de conocer su rostro. Tengo hambre de encontrarme con mi Dios»I.

Cuando el avión en que viajan se aproxima a Río de Janeiro, el sol se pone sobre la bahía de Guanábana, iluminando toda la ciudad. En esta época -está terminando mayo- el crepúsculo es corto, y llega precipitadamente la oscuridad de la noche. De pronto, en el aeropuerto Galeáo, los altavoces anuncian la llegada del vuelo. Un pequeño grupo de personas espera al Padre junto a la pista. El avión desciende con todas las luces encendidas sobre las aguas de la bahía, hasta enfilar la superficie de aterrizaje. Los relojes marcan las seis y dieciocho minutos del 22 de mayo. Son muchos años anhelando este momento, el abrazo, el cariño y la presencia del -Fundador en esta tierra de promisión.

El comandante indica, desde lo alto de la escalerilla, a los que esperan, que pueden subir al encuentro de Monseñor Escrivá de Balaguer. Lo hace don Javier Ayala -que es aragonés-, Consiliario del Opus Dei en Brasil, en primer lugar, y se encuentra con los brazos del Padre, que le dice en broma:

-« ¡Baturro! ¡Te has salido con la tuya!».

Parte de la tripulación del aparato se agrupa en el pasillo de salida para despedirle.

-«¡Que Dios os bendiga! ¡Gracias! ¡Muchas gracias!»(2).

En un coche, el funcionario de la compañía aérea traslada al Padre, y a don Álvaro del Portillo, hasta un avión brasileño: el Bandeirantes. Este aparato les conducirá hasta Sáo Paulo. El nombre del pequeño aparato recuerda la gesta de los pioneros que, enarbolando sus banderas, abrieron las primeras sendas desde la costa hasta el interior del Brasil. La torre de control envía sus señales, despega suavemente y se eleva sobre Río, dejando atrás la imagen del Cristo del Corcovado. A la derecha, la espuma juega con las playas de Copacabana, Ipanema, Leblón...

En una hora larga, sobrevuelan Santos, Serra do Mar y Sáo Paulo. Cuando se detienen los motores en la pista de aterrizaje, son las ocho y veinticuatro minutos de la noche. Algunas personas conocen la noticia y aguardan en los portones de salida. Al pasar el coche, entregan una camelia al Fundador: el saludo inicial de bienvenida, la primera flor en esta ciudad de cemento: «Padre, muchas gracias por haber venido al Brasil»(3).

A partir de este momento, el Padre iniciará otra etapa agotadora y entrañable. Se multiplica en afecto y dedicación para dejar a sus hijos, éstos que han crecido a la sombra de su espíritu pero que acaban de conocerle, la seguridad de su camino, la certeza de haber respondido a una llamada de Cristo, a un designio sobrenatural que está por encima de las fuerzas de los hombres. Llega a lo más hondo de su intimidad: les habla de su vida de sacerdote, de los barruntos de su amor, de las etapas históricas de la Obra marcadas por la mano de Dios. Escribe para ellos un capítulo vivo, arrollador, como si presintiera que está cerrando el último documento. Tiene en su horizonte el mundo cuando mira a esta multitud de razas, de situaciones y culturas que se han dado cita entre los hombres y mujeres de la Obra.

Desde el 22 de mayo al 7 de junio habla sin descanso en tertulias de pequeño número y en grandes reuniones. En unos casos los Centros de la Obra como Sumaré, Casa Nova, Río Claro, Aroeira, Casa de Moinho y Centro Social de Morro Velho, acondicionan sus locales para estas tertulias; en otros, los asistentes desbordan la capacidad de aforo y es preciso habilitar grandes salas oficiales, como los Palacios de Convenciones de Sáo Paulo, Anhembí y Mauá. Estos lugares abren sus puertas a una multitud que desea conocerle, oír la palabra de este sacerdote que no habla más que de Dios. Que predica la teología del encuentro con Cristo a través del trabajo de cada día; que sólo expone una revolución: la de proyectar los hechos de la vida ordinaria hasta las alturas de la Gracia. Que invita al proyecto de «hacer, de la prosa pequeña de cada día, endecaslabos, verso heroico»(4). «He venido al Brasil a aprender. Vienen del Viejo Mundo y dicen que vienen a enseñar. ¡No! Yo he venido a aprender. Llevo cuarenta y ocho horas y ya he aprendido mucho.

He aprendido que este país es un país maravilloso, que hay almas encendidas, que hay gente que vale un tesoro delante de Dios Nuestro Señor; que sabéis trabajar y moveros; que sabéis formar familias numerosas, recibiendo los hijos como lo que son: un don de Dios (...).

¡Tanta tierra, y tan feraz, tan hermosa! Yo creo que vuestras almas son como esta tierra: aquí todo es generoso, todo es abundante (...).

Y después tenéis los brazos abiertos a todo el mundo: aquí no hay distinciones. Podríamos repetir palabras de la Escritura: gentes de todos los pueblos encuentran la Patria (...). Yo ya me siento brasileiro. Si no tuviera la obligación de residir en Roma, residiría en el Brasil»(5).

Cuando el número de asistentes se multiplica, procura que sus palabras se acomoden al auditorio:

«Hablaré despacio; nunca ha sido un muro muy recio la diferencia de lengua entre el brasileiro y el castellano (...).

Pero, además, es que siento el latir de vuestro corazón. Con los corazones nos entenderemos. Y entiendo con la mirada que allá, dentro de la cabeza, tenéis muchas cosas nobles, grandes, limpias, sacrificadas. Yo las querría tener también; de modo que coincidimos»(6).

El 6 de junio, víspera de su marcha del Brasil, les dirá:

«Quiero que me habléis vosotros a mí, quiero marcharme con el regusto de vuestras voces en mis oídos (...): porque sentiré las voces vuestras en lo más hondo de mi alma, en los momentos de vida que el Señor me deje, como una gran bendición de Dios. Y diré: ¡en el Brasil y desde el Brasil!... Es la voz de aquellas almas, de aquellos hijos y de aquellas hijas: vuestras voces»(7).

Se refiere el Padre al espíritu apostólico que debe empujar a los brasileiros. Ya que son una confluencia racial, tienen la posibilidad de recibir la doctrina, la vocación de Dios y llevarlas luego a otros países con los que tienen amplios lazos de fraternidad. Además, la vitalidad de estos hombres y estas tierras, les convierte en una gran promesa para el futuro.

« “Ut eatis”!, no sólo al gran continente brasileño. “Ut eatis”!, al Japón; “ut eatis”!, a Africa, que es un continente que nos espera con los brazos abiertos»g.

Ya en 1928 sabía, porque Dios lo había decidido así, que el Opus Dei habría de arrastrar a gentes de todos los pueblos... negros, amarillos, blancos... en una llamada vocacional nueva y vieja como el Evangelio. Y el Cielo envió la noble ambición de este sueño a un sacerdote que sólo tenía veintiséis años, la gracia de Dios y buen humor. Ahora, el sueño se ha hecho realidad.

En la primera tertulia, que tiene lugar en Casa Nova, está rodeado de brasileiras que proceden de muchas y diversas razas: aquí se ven los rasgos orientales de unas, la tez oscura de otras... La representación de Siria, Turquía, Italia, Portugal, Alemania, Austria... y de tantos lugares de Brasil, desde el Amazonas hasta Santa Catarina. A esta mezcla de etnias se referirá más tarde, en una de sus charlas: -«Esta mañana celebraba la Santa Misa, rodeado de un grupo grande de personas, en las que se veían caras de todos los continentes, y me emocioné. Les decía -porque es verdad- que muchos hijos míos de Japón, de China, de varios sitios de Africa -concretamente, más que en ningún otro, en Nigeria y en Kenia-, y de Filipinas, están rezando ahora mismo por la buena labor que hagamos aquí, en esta gran nación brasileña»(9).

Y continúa:

«En Brasil hay mucho que hacer, porque hay gente necesitada de lo más elemental. No sólo de instrucción religiosa -hay tantos sin bautizar-, sino también de elementos de cultura corrientes. Los hemos de promover de tal manera que no haya nadie sin trabajo, que no haya un anciano que se preocupe porque está mal asistido, que no haya un enfermo que se encuentre abandonado, que no haya nadie con hambre y sed de justicia, y que no sepa el valor del sufrimiento».

Luego les impulsa a extenderse por todo el país:

«Tenéis que correr por este gran continente (...), y quiero empujaros a que no dejéis ningún rincón de este país maravilloso sin el calor de un hogar nuestro. Para que desde aquí, después...

¡al mundo entero!»(10)

En el Parque Anhembí, junto al río Tieté, se alza el Palacio de las Convenciones. Es un edificio nuevo, de bóveda elíptica, destinado a congresos y exposiciones. Tiene una cabida normal de cuatro mil personas. El 1 de junio, víspera de Pentecostés, se llenará a rebosar.

«No podéis defraudar a Dios. Este país grande, grande, grande en todos los terrenos -también geográficamente-, tiene ambiente de sobra para todos los hijos de todas las grandes familias: en número y en calidad. De modo que ¡ánimo! (...).

El otro día di a mis hijos una bendición que parecía la de los Profetas y los Patriarcas. Que el Señor os multiplique, les decía, y os digo ahora a los brasileiros: como las arenas de vuestras playas, como los árboles de vuestros bosques, como las flores de vuestros jardines, como el gorjeo de vuestros pájaros...

Necesitáis mucha gente aquí. ¡No tengáis miedo! Recibid los hijos con amor, que siempre son una bendición de Dios. Y bendición especial para el Brasil que necesita muchos brasileiros cristianos y con virtudes humanas como las vuestras»(11)

Les habla con lenguaje de pioneros que entienden, porque éste es un país grande, de caracteres firmes, capaces de entrar, por entre la selva, para erigir Brasilia, la más increíble ciudad de la tierra. Como reza el lema del escudo de Sáo Paulo: «No me dejo arrastrar, arrastro». Y lo subraya el brazo guerrero que sustenta el estandarte de la Cruz.

El 2 de junio, día de Pentecostés, se llenará igualmente el Palacio de Mauá. El Padre habla despacio, y sus palabras se traducen con los gestos, con el afecto y con la buena voluntad de muchos que, entre el público, siguen y facilitan el contenido de sus palabras a los que tienen más cerca.

En esta gran reunión se tocarán multitud de temas. Y el Padre irá engastando, en cada uno, junto a la dimensión humana, el espíritu de la Obra que anima toda su voz.

En un momento dado, rompe una lanza por la familia y sus valores cristianos, especialmente por la fuerza moral de la mujer.

«Junto a la Cruz están unas mujeres y un chico joven. Los hombres se han acobardado, y han huido. ¡Da vergüenza! Ellas son más valientes que nosotros, más enteras. Dan la cara por Cristo » (12).

Ha encendido la pasión por salir a los caminos con el fuego apostólico de los primeros cristianos, y le preguntan cómo multiplicar el número de cristianos en este enorme país americano:

«Para lograr toda esa multiplicación de almas que se ocupen de los demás, que sean una siembra de paz, de alegría, de trabajo, de cariño, de comprensión, de convivencia, de fraternidad cristiana; para esto, debes rezar al Señor. Pedirás al Espíritu Santo que venga a las almas de todos»(13).

De pronto se pone en pie un adolescente con el pelo largo, un representante joven de los que rompen moldes y modos anteriores:

-«Padre, ¿qué nos dice a los melenudos?».

-«Oye, hijo mío, a los del pelo largo os digo que me encantáis lo mismo que los del pelo corto. Pelo largo o corto no tiene importancia. Lo que importa es voluntad recia o voluntad floja, vida limpia o vida... porca, como dicen los italianos. Lo que tiene importancia es ojos limpios u ojos que no se pueden mirar» (14) Habla a los padres para que tengan una gran generosidad a la hora de entregar sus hijos a Dios si les llama por el camino de una entrega total a los demás.

Se detiene en un tema esencial en el Opus Dei, como la alegría, la teología del “Omnia in bonum”, todo para bien, cuando se descansa en la filiación divina. En el amor de Dios Padre que mueve los acontecimientos de cada vida.

«Se lee en uno de los Salmos que las montañas se deshacen como si fuesen de cera, si tenemos sentido sobrenatural. No te preocupes nunca por nada (...). ¡Alegre! Porque, después, viene la felicidad verdadera: el Amor sin traiciones y para siempre»(15).

No sabe cómo decir adiós a esta multitud de gentes que llenan la sala y que han venido a conocerle y a oír, a través de sus palabras, el espíritu del Opus Dei.

«Bendigo vuestros corazones, bendigo vuestra sonrisa, bendigo vuestro trabajo, bendigo vuestras guitarras» (16) Cuando llegue a Argentina lo recordará ante sus hijos:

«Hay de todas las clases de colores habidos y por haber. Justamente he estado allí el día de Pentecostés, y era como otra Pentecostés: Partos... Medos... Elamitas»(17).

Cuatro días antes quiso hacer una romería en la Aparecida, la Virgen más venerada del Brasil. Unas rosas son la materialización del regalo que vienen a traer a la Virgen. El Padre se arrodilla en el suelo del presbiterio; a su lado, don Alvaro y don Javier. Se empieza a rezar, en portugués, el Rosario. Con la mirada fija en la pequeña imagen, el Padre responde en voz baja a las oraciones. Pausadamente, al unísono, reza toda la iglesia en voz alta. Cuando termina, el Padre se levanta y rodea el altar por el lado derecho, para subir hasta el camarín de Nuestra Señora Aparecida. Mira unos instantes a la Virgen y besa el escudo. Las rosas se quedan a los pies de la imagen. Al día siguiente, comenta:

-«¡Con qué alegría fui a la Aparecida! ¡Con qué fe rezabais todos! Yo le decía a la Madre de Dios, que es Madre vuestra y mía: Madre mía, Madre nuestra, yo rezo con toda esta fe de mis hijos. Te queremos mucho, mucho... Y me parecía escuchar, en el fondo del corazón: ¡con obras!» (18).

Se acerca el 7 de junio, último día de estancia en Brasil, y todos guardan los recuerdos en el mejor rincón del alma. Todavía no ha partido y ya empiezan a sentir nostalgia. Saudades, como se dice en portugués.

-«Os quedáis muy pensativos. Es que es el último día... Pero os ponéis solemnes y nosotros no tenemos solemnidades...

La nostalgia -sonríe el Padre-. Incomincia la nostalgia. Pero no quiero hablar más de esto, porque os quedáis serios, y también yo me pongo serio sin darme cuenta. Además, no me voy a marchar de aquí. Me quedo. De verdad, me quedo: el corazón os lo dejo muy a gusto. Además, os necesito a cada uno de vosotros: porque os necesita Dios, aunque no necesita de nadie (...).

Me acordaré de cada uno, os pasaré revista; y me ayudaréis a ser mejor con el recuerdo, con el pensamiento... ¡Esto es humano! Hay una especie de canción popular española que dice: la ausencia es aire que apaga el fuego chico y enciende el grande. De modo que cuando me marche os querré, si cabe, aún más; y estaré aquí más que ahora... ».

Y así llega la tertulia de la noche, la última:

«Consummatí in unum! No hay un afecto de uno g9ue los demás no lo tengamos, no lo sintamos, no lo amemos ...»(19).

El día 7 de junio amanece lloviendo. Un coche que cruza Sáo Paulo se lleva al Padre. En el aeropuerto internacional de Viracopos despega el avión para transportarle a la inmensa pampa argentina.

Argentina: suelo fértil

La terraza del aeropuerto internacional de Ezeiza está materialmente llena de un público heterogéneo. Todos los que se han citado en estas horas del mediodía otean el horizonte tratando de descubrir la proximidad de un avión. El tema de conversación es uniforme: el Padre está a punto de llegar, por primera vez, a la Argentina. Hace veinticuatro años, en marzo de 1950, que los primeros miembros de la Obra trajeron a esta tierra su espíritu. Desde entonces, miles de personas se han acercado a la amistad del Opus Dei. Muchos centenares de vocaciones subrayan la protección de la Virgen sobre las tareas emprendidas a este lado del Atlántico.

A la una de la tarde del 7 de junio de 1974, un pequeño punto blanco empieza a precisarse sobre el cielo. Es el esperado Jet en el que viaja el Fundador. El avión rueda por una pista lejana y se acerca lentamente a la zona central del aeropuerto.

Tres semanas durará la estancia de Monseñor Escrivá de Balaguer en Argentina. Durante este tiempo hablará con multitud de personas. El Centro de Congresos General San Martín, el Colegio de Escribanos y el Teatro Coliseo serán el escenario de encuentros -tertulias- muy numerosos. La Chacra, La Ciudadela, Los Arrayanes y Los Aleros ofrecerán un ambiente más íntimo para las reuniones sucesivas y continuas con otros pequeños grupos de Cooperadores y amigos del Opus Dei.

« ¡Estoy en Buenos Aires y no me lo creo! Sois iguales que vuestros hermanos de todos los países, aunque el color y la lengua sea distinta... Pero tienen vuestra mirada, la alegría que se refleja en vuestra cara, la limpieza; este no sé qué, g2ue yo sé lo que es: el Amor de Dios, que se manifiesta en obras» (20).

En La Chacra volcará un profundo cariño sobre sus hijos: los que no le ven desde hace años y aquellos que acaban de conocerle.

«Os recordaremos muchas veces, cuando estemos con vuestros hermanos por ahí. Y sentiremos esa Comunión de los Santos (...). Es una bendita cosa: esparcidos por todo el mundo con un solo corazón y una sola alma, queriéndonos como los primeros fieles. Porque es verdad: pueden decir de nosotros como de los primeros cristianos: ¡ved cómo se aman! Y los que hay alrededor de la Obra, también: ¡cómo se quieren!... »(21).

Les hablará repetidamente de la sobrenaturalidad de la Obra, de su profunda humanidad, del milagro de esta multiplicación a través de todo el mundo, de la felicidad de la vocación a la que han sido llamados como lo fue él desde su juventud.

«He tenido vuestra edad. Fui a la Universidad. Antes hice el bachillerato -el Instituto, se decía en mi tiempo-, la segunda enseñanza. Bien. Pues a veces me encuentro por ahí a mis compañeros de clase -pocos ya, porque van desapareciendo- y nunca he visto a ninguno que haya sido más feliz que yo. ¡Nunca! »(22).

El 12 de junio suena el mejor repique de campanas en el carrillón de Luján. El Padre acude al Santuario de la Patrona de Argentina, Paraguay y Uruguay. El coche ha hecho con rapidez los sesenta kilómetros que le separan de Buenos Aires.

Monseñor Escrivá de Balaguer, don Alvaro y don Javier se arrodillan para rezar el Santo Rosario. Desde las naves, centenares de personas contestan a una sola voz. Se han reunido hoy los que desde la primera hora vinieron a esta siembra de trabajo y esperanza; también, los que han respondido a la llamada de Cristo a través del espíritu de la Obra en Argentina. Y muchos amigos que les acompañan en esta visita a la Señora de Luján.

Después de firmar en el libro de visitantes de honor, pasan al camarín de la Virgen por detrás del Altar Mayor. También está repleto de gente. Un sacerdote de la Basílica se aproxima al Padre. Se pone a su disposición para cualquier cosa que desee. No tiene más que pedir.

El Fundador le da un abrazo y, mirando hacia arriba, donde está la imagen de la Virgen, expresa su única petición: -«Dígale que la quiere mucho» (23).

En Buenos Aires, todos esperan poder ver y oír al Padre en alguna de las grandes reuniones que se han concertado. No resultó fácil encontrar locales adecuados. Gentes de toda condición desbordaron los cálculos previstos: profesores, cirujanos, amas de casa, empleados, futbolistas, artistas, repartidores de periódicos, empleadas del hogar, estudiantes... Cada uno preguntará, desde su lugar de oficio, las cuestiones cruciales del cristianismo en la sociedad actual. Nadie escuchará una respuesta complicada o teórica. Todos reciben ese aliento de vida cotidiano, de simplicidad maestra, que el Padre sabe impartir.

«Quiero comenzar diciéndoos que sois muy oportunos. Habéis traído a Escrivá de Balaguer a hablar a la sede de los escribanos».

El Padre hace un juego de palabras con su apellido -Escriváy el nombre de la Sala donde habla hoy, el Colegio de Escribanos.

«Y yo aprovecho para recordaros que cada uno de vosotros -yo también- hemos de levantar un acta. Un acta sobre algo que los cristianos debíamos saber, y practicar, y tener en cuenta constantemente, y que olvidamos: que Dios Nuestro Señor no está lejos de nosotros; está junto a nosotros y en nosotros» (24).

El sábado 15 de junio comienzan las reuniones generales en el Centro Cultural San Martín:

-«Cuando usted se vaya, Padre, ¿qué quiere dejarnos en el corazón a todos sus hijos sudamericanos?».

-«Que sembréis la paz y la alegría por todos lados; que no digáis ninguna palabra molesta para nadie; que sepáis ir del brazo de los que no piensan como vosotros. Que no os maltratéis jamás; que seáis hermanos de todas las criaturas, sembradores de paz y alegría, y que les deis esta inquietud de acción de gracias que tú me has dado con tus palabras»(25).

El domingo 16 dirige la segunda tertulia:

«¡Llenad de Amor esta tierra! ¡Que los argentinos se quieran. ¡Que no haya nunca odios! ¡Que se comprendan, que sean generosos unos con otros! Que esta nación tan grande y abundante (...) que abre los brazos y el pecho, como una madre que tiene muchos hijos, ¡que no sufra ya! Y eso depende en parte de vosotros y de mí; de que le pidamos a Nuestra Madre de Luján que bendiga a Argentina»(26).

En estos momentos, Argentina está pasando por un momento político delicado, con cambios de gobierno y una tensión que inquieta a todos los estamentos sociales del país.

Otra vez, de nuevo en el Colegio de Escribanos, a un grupo que impulsa las tareas de la Obra, les deja unas palabras de agradecimiento que son, también, acción de gracias a Dios:

Con el Fundador del Opus Dei en el Teatro Coliseo de Buenos Aires. Argentina, 19741

«Gracias a todos vosotros que hacéis posible que la Obra de Dios haga su Obra de Dios: con vuestra oración, con vuestra simpatía, con vuestros pequeños o grandes sacrificios, con el calor de vuestro cariño, con vuestra piedad, con vuestro trabajo (...) y con vuestras aportaciones. ¡Que Dios os bendiga! Sin vosotros, no podríamos hacer nada. Sois los que dais empuje, eficacia; los que hacéis realidad esta labor apostólica en el ambiente de todas las clases sociales. Por eso os doy las gracias»(27).

Más tarde, reunido con sus hijos en La Chacra -Casa de Retiros cerca de Buenos Aires-, les hará notar la realidad sobrenatural de esta afluencia de las gentes hacia el espíritu del Opus Dei:

«No es razonable. La reacción de la gente en todos los sitios -porque no es sólo en Buenos Aires- no es lógica. La reacción natural de la gente debería ser: ¿y este cura, a qué viene aquí? (...). ¿Por qué? Porque está Dios. Y lo pasan bien, y sacan propósitos de ser mejores. También yo los hago, oyéndoles a ellos. ¡Está Dios en medio de nosotros! Ha estado tantas veces de otras maneras; pero, de manera ordinaria, se encuentra constantemente... »(28).

Y reitera el propósito total de su viaje por estas tierras de América:

«Toda la Obra es una gran catequesis y ¿qué intenta la catequesis? Dar a conocer a Dios, para que se practique la religión verdadera. Religión viene de religare o relígere, que significa ligar el alma con Dios, o elegir Dios a las almas para que le traten a,El. Nosotros intentamos llevar a las almas a Dios, pero no como de cumplido, como una visita que se hace una vez al año, sino con intimidad. Queremos llegar al trato con el Señor, con su Madre, con San José -a quien no separo nunca de Jesús y de María-. Y si hablamos de Jesús, hablamos del Padre, y del Espíritu Santo, porque no hay más que un Dios. Es inefable, no hay palabras para explicar el misterio de la Trinidad, en el que creemos firmemente » (29).

A lo largo de estos días, también Argentina será foco para multitud de temas que surgen en diálogo espontáneo y familiar, lo mismo en pequeñas reuniones que en los llenos impresionantes del Centro de Congresos General San Martín.

En un momento dado habla de la pobreza y sobriedad de la vida en el Opus Dei, que no se ve, no se pregona, pero se practica.

«Tú sabes que nuestro servicio es servicio sobrenatural a Dios y a las criaturas; trabajamos con hombres y con mujeres, no trabajamos con ángeles, y por lo tanto necesitamos medios también humanos, no sólo los medios sobrenaturales de la oración, del sacrificio y de la mortificación; necesitamos de la ciencia, del estudio, del trabajo de las manos»(30).

En el Centro de Congresos General San Martín, que la gente ha llenado a oleadas, habla de la doctrina católica intangible:

« ¡No la toca nadie, no puede tocarla nadie! Hoy es la misma que explicaba, por tierras de Galilea, Jesucristo Señor Nuestro; y dentro de veinte siglos será la misma»(31)

Un clima afectuoso recorre la sala cuando, confiada y familiarmente, surgen preguntas sobre vocación, problemas de trabajo, dolor, alegría y muerte. Todas las coordenadas de la existencia humana a través de la fe.

En el Colegio de Escribanos, el 21 de junio, vuelven a salir los temas esenciales: Sacramentos, ambiente laicista, dificultades para el apostolado. De pronto, una intervención femenina, clara, se hace portavoz del mundo del arte escénico. La respuesta del Padre es inmediata:

«Si os empeñáis unos cuantos, con los medios de los cristianos -y tú eres cristiana y cristiana de punta-, rezando, negándote a lo que no puede hacer, ni decir, ni representar un cristiano, saldréis adelante, estoy seguro. Además te miran todos con simpatía. ¿Por qué no decís esto a voz en grito en la prensa, o desde el mismo teatro? ¿Por qué no buscáis autores que lo repitan?; de modo que, con los medios de tu oficio, estás haciendo un servicio a Dios y una oración»(32).

La última gran reunión en Argentina. De nuevo las preguntas cruzan la sala en todas las direcciones. Desde la enfermedad, hasta el apostolado de un vendedor de revistas; el trabajo del hogar y su repercusión social; la llamada universal a la santidad en el trabajo cotidiano; y el agradecimiento a Dios por esta gran respuesta al espíritu de la Obra en todo el mundo. La Comunión de los Santos que les mantendrá unidos, incluso después de su marcha, por encima de distancias y fronteras.

Argentina recibe su mejor deseo, su más honda bendición este 26 de junio en el Teatro Coliseo:

«Para toda la tierra argentina, para aquellos bosques maravillosos del Paraguay, para aquella tierra del otro lado del Plata, para vuestros hogares, para vuestros hijos, para las guitarras de vuestros hijos, y para la alegría de vuestros corazones: la bendición de Dios Omnipotente, la protección de la Madre del Cielo, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo» (33)

El viernes 28 de junio, a las 12,14 de la mañana, el Padre toma el avión con rumbo a Chile. La siembra de su cariño, de su fe entusiasta, está echada. Ahora, sobre su palabra, el trabajo y la esperanza de sus hijos.

Chile: ¡mar adentro!

El Padre ha cruzado la cordillera de los Andes, el gran coloso nevado, y sobrevuela ya territorio chileno. Una tromba de agua ha caído sobre las calles de Santiago; en siete días ha llovido más que en todo un año. Pero el Boeing de la British Caledonian ha embestido las nubes que ocultan las montañas y toma tierra, suavemente, en esta mañana del 28 de junio.

Hace casi veinticinco años que don Adolfo Rodríguez Vidal llegó, completamente solo, a este confin de la tierra. Hoy se adelanta hacia el avión, para dar el primer abrazo al Fundador de la Obra. El Padre bromea con él:

-«¿Dónde están los Andes?; me estáis engañando. Yo tengo que tener fe, una fe tremenda para tragarme que hay Andes, toda una montaña inmensa ahí. ¡Si no la he visto! »(34)

El coche que ha recogido a Monseñor Escrivá de Balaguer toma la ruta de un Centro de la Obra en Santiago, donde tiene su sede la Comisión Regional.

Desde que llega a la casa tiene deseos de hablar con los chicos de Alameda, una Residencia universitaria cercana. Quiere impulsarles a ser mejores, a emplearse a fondo en la bella y ardua tarea de formarse como hombres cristianos. Recuerda muy bien aquellos comienzos de la Obra, con las Residencias de Ferraz, Jenner, Samaniego... Y su dedicación permanente a la juventud. Podrá verles al día siguiente de su llegada, el 29 de junio.

-«Padre: yo no soy miembro del Opus Dei, pero ¿cómo podría llegar a serlo?

-¡Oye...!, ¿cuántos años tienes? -Quince, Padre.

-A tu edad, tampoco yo era miembro del Opus Dei, ni sabía lo que era el Opus Dei... ¡ni existía el Opus Dei!» Y le sigue explicando:

«Yo tenía las mismas inquietudes tuyas. A tu edad, más o menos, cuando las pasiones empiezan a removerse y le tiran a uno de la ropa, por aquí, por allá y por el otro lado, y la vista se va, ¡barrunté el Amor! No me pongo colorado para decírtelo: éstos no se enteran. Estamos tú y yo solos. Yo tenía tu edad, cuando barrunté el Amor; y di un cambiazo, con la gracia del Señor. No es que antes fuera malo. ¿Quién sabe si no estás barruntando tú el Amor?

El Opus Dei es un camino de amor. En el Opus Dei se puede andar por todos los caminos de la tierra haciéndolos divinos, sin dejar de ser muy humanos, porque Dios Nuestro Señor no nos pide cosas deshumanas. Si te estoy hablando con este cariño de hermano mayor y de Padre, es porque soy hombre lo mismo que tú. Y cuando hablo con mi Señor -con Dios- (...), le digo que le quiero, porque es verdad. Con este corazón, que hubiera podido poner en el cariño de una mujer; con este corazón, con el que he querido a mi madre y a mi padre, te estoy respondiendo a ti y trato con Dios.

Yo creo que barruntas algo. ¡Déjate llevar por la gracia! ¡Deja a tu corazón que vuele! (...). Hazte tu pequeña novela: una novela de sacrificios y de heroísmos. Con la gracia de Dios, te quedarás corto» (35).

Allá atrás se oye un nuevo interrogante:

-«¿Cómo hacer más viva y apasionante nuestra vida espiritual, y cómo contagiar a los demás, a los que nos rodean?».

-«Si tú eres piadoso, no seas beato: sé normal, corriente, agradable, simpático... No te vas a poner a hacer piruetas por ahí; pero si eres deportista, sé buen deportista; si eres estudiante, pórtate con gracia; si alguna vez organizas una barrabasada, que tenga también un poco de salero... » (36).

En la mañana del 30 de junio, se reúne, en el cuarto de estar de la casa de la Comisión Regional, con un grupo. Frente a la puerta de entrada, a la izquierda de la chimenea, está la vitrina llena de objetos entrañables: unos han sido regalo del Padre enviados desde Roma; otros van unidos a la historia de los primeros años de trabajo en Chile.

Les habla de vocación fiel, de amor, de alegría... De todo cuanto debe inundar la vida de quienes Dios ha llamado por su nombre en medio de las tareas del mundo... Como hizo con los primeros discípulos; como hará siempre, a lo largo del tiempo, porque la Iglesia no tiene fin.

«El Señor nos hará felices. Nos quiere felices en la tierra, a sus hijos en el Opus Dei. La alegría nos corresponde como un tesoro inherente a nuestra vocación»(37).

Cuando termina este rato de charla, mira despacio a los que le rodean y les quiere llenar de ánimo apostólico para abrazar Chile desde la primera estribación de los Andes, hasta la Tierra de Fuego.

«¡Que no estemos conformes con ser tan pocos! ¡Que echéis las redes en nombre de Dios! Duc in altum! Mar adentro. Os mandaré un cáliz en el cual voy a poner: duc in altum! Y las redes deben llenarse de almas de Chile, de chilenos bien formados, fuertes como los Andes»(38).

En otro momento habla del gozo en que se torna toda contrariedad si está apoyado en un sentido permanente de filiación divina:

«A Dios lo encontramos en nuestra vida diaria, en nuestros momentos de cada día aparentemente iguales, de hoy, de mañana y de ayer, de anteayer y de pasado mañana. Está en nuestra comida y en nuestra cena, en nuestra conversación y en nuestro llanto y en nuestra sonrisa. Está en todo. Dios es Padre»(39)

El día 5 de julio llega a manos del Consiliario una carta. Es de la Priora de un convento de Carmelitas descalzas:

«Hemos sabido que Monseñor Escrivá se encuentra actualmente en Santiago. Sé que a su paso por España visitó varios conventos de Carmelitas, por el entrañable amor que tiene a nuestra Madre Teresa. Por lo mismo esperamos que, entre sus muchos compromisos, pueda hacerse un ratito para llegar hasta aquí. Pues tanto alcanzas cuanto esperas, esperamos conseguir esta gran bondad del Padre; pero si no le fuese posible, siempre lo tendríamos presente en nuestras oraciones como si hubiésemos recibido su visita».

Y como en la mañana no queda otro hueco, una hora más tarde ya está en el locutorio, dirigiéndose a todas las religiosas.

«La Madre Teresa tenía mucho amor al sacerdocio; quería que los sacerdotes fuéramos muy santos y muy doctos: rezad vosotras para que sea así. Con la oración conseguiréis más que con nada. Necesitamos esa ayuda; no abandonéis a los sacerdotes, no nos abandonéis».

El silencio del otro lado de la reja se hace profundo, el Padre sigue hablando de vida contemplativa:

-«Vosotras seréis dichosas si cumplís vuestras Reglas, si no os apartáis del buen espíritu de la Madre Teresa, que tan mal lo pasó en esta tierra, aun cuando tenía buen humor. Era simpática y agradable. Pero ¡cómo la trataron!, ¿os acordáis? No se pueden decir cosas peores de una mujer. Ahora la veis en los altares, y sabéis que es vuestra Madre, y es doctora y santa».

El Padre parece no tener prisa. Habla con entusiasmo a estas religiosas. Les hace responsables de este inmenso caudal dentro de la Iglesia, de la rectificación de tantas sendas, de la luz necesaria para los que se desvían... Les hace responsables del mundo entero:

«Tengo yo más fe en vosotras que en un ejército».

Han pasado veinte minutos. Le esperan en otra reunión:

«Rezad por el Opus Dei, para que no dejemos de ser esas almas contemplativas que llevan su celda en el corazón, y que recorren los caminos todos de la tierra para hacerlos divinos, santificando el trabajo... ».

Y después de bendecirlas, el Padre se marcha. Pero antes les entrega una gran caja de dulces, que ha hecho comprar para ellas. Camino de la calle sale a su encuentro un fraile capuchino: es el Obispo de Osorno, una diócesis del sur de Chile. Ha escuchado las palabras de Monseñor Escrivá de Balaguer a las Carmelitas. Está asombrado y contento.

-«Ahora no se usa hablar así de santidad».

Unos días más tarde, la Priora escribe al Padre una carta en la que expresa el sentir unánime de la Comunidad:

«No tenemos palabras para agradecerle la visita que nos hizo. En las conversaciones con el Señor esperamos saber decírselo, para que El le pague todo el bien que recibimos de usted (...).

Monseñor, parece que le hubiera conocido toda la vida, y por eso la pluma corre, pero voy a despedirme para no abusar de su paciencia y bondad. Le suplico un recuerdo en la Santa Misa por todas»(40)

Las grandes tertulias de Chile tendrán lugar en la Residencia Universitaria Alameda o en Tabancura, un colegio promovido por varios padres de familia que, como ocurre en tantos países, han encomendado la dirección espiritual al Opus Dei. Durante cinco días, Tabancura dará cabida a miles de personas. Los más jóvenes se sientan en el suelo para aprovechar el espacio. También hay gente madura, matrimonios, estudiantes, empresarios, trabajadores manuales...

«Me ha venido al pensamiento el recuerdo, lejano y próximo, de un sacerdote joven, un querer de Dios, un imposible humano. Y en la soledad acompañada de una capilla, aquel sacerdote levantaba la Hostia Santa para bendecir a un grupito pequeño, heterogéneo, de almas: obreros, empleados, universitarios. Aquello ya era una familia, una familia universal»(41).

Recuerda el Padre, con estas palabras, los comienzos de la Obra en Madrid, cuando los primeros le seguían, en momentos en los que la realidad de hoy parecía un sueño imposible. Pero no quiere alargarse. Desea que le pregunten. Que salte el tema espontáneo entre el público. De la dinámica gozosa de estas reuniones en Alameda o en Tabancura da cuenta el comentario aparecido, pocos días después, en el diario «El Mercurio», de Santiago de Chile:

«El Centro Universitario Alameda y el Colegio Tabancura se hacen estrechos para contener al gentío que, mañana y tarde, a lo largo de casi dos semanas, acude por millares para ver y oír al Fundador del Opus Dei (...). Parejas jóvenes y muchos, muchos estudiantes forman esta abigarrada multitud, que a pesar del número es familia (...).

Cuando ingresa al recinto Monseñor Escrivá de Balaguer, este clima íntimo se arremolina en oleadas de cariño alrededor de su persona: cuando comienza a hablar, parece que no hubiera más que él y un interlocutor único -que es uno, que somos todos fundidos en uno solo- frente al hombre de Dios. Un muchacho le acomoda el micrófono al pecho. "Mi cencerro", bromea. "¿Veis cómo me llevan atado?" (...). Mientras pasea por el estrado con movimientos vivos y calmos a la vez, explica que no le importa hacer el juglar de Dios, si eso aprovecha a las almas (...).

Sus palabras sobre la Eucaristía y la Presencia Real de Cristo en el Sagrario desbordan los sentimientos más íntimos de su corazón sacerdotal. Describe las situaciones cotidianas del hogar y la familia con un realismo picaresco al que es imposible negar el asentimiento. A los esposos les pide que se quieran como novios hasta la ancianidad y la muerte. A los jóvenes les describe la opción entre bestialidad y pureza con acento rotundísimo. De la vocación divina habla con toda la fuerza de la experiencia personal (...).

Como Teresa de Avila, posee el genio del idioma en forma inocente; es decir, el gran orador y el gran escritor que hay en él están disueltos en su misión pastoral (...).

El juglar de Dios ha hecho su trabajo, y el Espíritu Santo que lo lleva y lo trae por el mundo, ha hecho el suyo»(42).

La víspera de su partida de Chile se acerca al Santuario de Lo Vásquez para rezar ante la Inmaculada. Una multitud de hijas e hijos suyos, así como amigos y Cooperadores de la Obra, llenará el templo. La imagen, con manto azul bordado como en los días festivos, recibirá su oración entre una copiosa ofrenda de flores y luces encendidas.

El 9 de julio sale hacia Perú. El aeropuerto de Pudahuel, ubicado en la parte baja del valle de Mapocho, se cubre con una espesa niebla matinal. El avión despegará a las nueve y quince. Durante la espera, los que han ido a despedirle recuerdan sus palabras, su cariño, el intenso sabor de intimidad que ha dado a su estancia en tierras chilenas. En algún hombre mayor, ajetreado por la existencia, ha quedado el eco de frases como ésta:

-«Con sólo una persona que haya llevado una vida un poco abandonada, y ahora vuelva, y se confiese, yo no habré perdido el tiempo».

Y en el alma de muchos jóvenes repican, como invitación heroica y alegre, aquellas palabras finales del Padre:

«Jesucristo (...) os puede echar la mirada que echó a Juan, y entonces apuntaréis la hora en que os miró, y quizá le diréis lo que yo os he contado que le digo a veces: Señor, tengo ganas de ver tu rostro; te quiero tanto, que tengo muchas ganas de contemplarte... Con una juventud eterna -da lo mismo que hayáis cumplido veinte años, que después sesenta, setenta u ochenta, no importa nada- porque seréis jóvenes siempre »(43)

Perú: imperio del sol

Nada más llegar a Perú, Monseñor Escrivá de Balaguer se encamina hacia Los Andes, Centro de la Obra situado en la ciudad de Lima. Hoy se cumplen exactamente veintiún años de la llegada del Opus Dei a esta tierra. Por eso, el Padre va a encontrar, recibiéndole, veintiuna rosas rojas que escoltan estas dos fechas: 9 de julio de 1953 / 9 de julio de 1974.

Los Andes mantiene en su decoración el aire de las viejas casas limeñas; en ella se han acondicionado algunas habitaciones para el Padre y para don Alvaro. Cerca de su mirada, una imagen de la Virgen y otra de San José, de estilo cuzqueño. Un oratorio situado en la misma planta que las otras dependencias, será el lugar de oración y acción de gracias durante su estancia en Lima.

El 12 de julio tiene su primera reunión numerosa en Tradiciones, un Centro Cultural dedicado a la formación de muchachos jóvenes, en el que hoy se dan cita hombres de Lima, Cañete y Piura. También ha venido un grupo de sacerdotes de Yauyos.

Cuando el Padre entra en el vestíbulo, ve en primer término a los sacerdotes:

-«Yo no digo una palabra, si antes no me dan la bendición estos hijos míos sacerdotes. ¡Tengo hambre de vuestras bendiciones! ».

Más de cincuenta sacerdotes le rodean invocando, al unísono, a las Tres Personas de la Trinidad. Después les besará las manos, mientras dedica algunas palabras de cariño a cada uno.

«Estoy orgulloso de vosotros y me da mucha alegría besaros las manos».

Y sigue dialogando con todos:

«¿Qué os voy a decir en este rato de conversación? (...). Unas palabras de Isaías, que se me vienen del corazón a la boca: quoniam bene!, ¡que lo habéis hecho muy bien todo! He visto cómo tratáis al Señor en la Sagrada Eucaristía.

No tengáis vergüenza de ser piadosos. Ha escrito San Pablo en la primera epístola a Timoteo, que la piedad es ad omnia utilis. Es la devoción tierna a Dios Nuestro Señor, el trato, el estar continuamente hablando con El, casi sin darnos cuenta; unas veces con ruido de palabras, y otras veces con esa oración sumisa, honda y ancha, que nos alcanza la paz, que nos trae alegría y fortaleza»(44).

Pero quiere que comiencen las preguntas. Necesita dialogar con todos los que llenan el vestíbulo de Tradiciones. Y se destaca, en primer término, un muchacho que ha venido desde la Universidad de Piura junto con otros profesores, alumnos y empleados. Ha sido toda una aventura cubrir los mil kilómetros que les separaban de Lima.

Más de una hora continuará este diálogo en el que, cada uno, se encuentra a solas con la intimidad del Padre.

Y él sigue haciéndoles participes de las imágenes que cruzan por su memoria. De cómo se dirigía a Dios en su juventud, cuando veía el futuro de la Obra como «un mar sin orillas... ». Y le preocupaba saber si tendría el corazón tan grande como para acoger a todos los hijos que Dios enviaría al Opus Dei.

«Yo había soñado muchas veces, cuando era joven: ¿y cuando tenga sesenta años?, ¿y cuando tenga setenta años, setenta y dos años, me cabrán todos en el corazón? Pensaba en los miles de personas -no en tantos como luego han llegado, empujados por Dios- que habían de venir, y me preocupaba. ¡Claro que cabéis, y hay sitio para más! »(45)

Al doblar las doce se da por terminada la tertulia. En pie, rezan todos el Angelus a María.

Al día siguiente, sábado, el Padre se pone en camino hacia

Cañete. Queda lejano aquel 2 de octubre de 1957, cuando don Ignacio Orbegozo tomó posesión de la Prelatura de Yauyos. El estado de este rincón de los Andes parecía la representación literal de estas palabras del Fundador:

«Desde la cumbre -me escribes- en todo lo que se divisa -y es un radio de muchos kilómetros-, no se percibe ni una llanura: tras de cada montaña, otra. Si en algún sitio parece suavizarse el paisaje, al levantarse la niebla, aparece una sierra que estaba oculta.

Así es, así tiene que ser el horizonte de tu apostolado: es preciso atravesar el mundo. Pero no hay caminos hechos para vosotros... Los haréis, a través de las montañas, al golpe de vuestras pisadas»( 46).

Era la imagen descriptiva de estas cimas sin veredas, sin cultura, sin doctrina, llenas de pobreza. En la vertiente occidental de los Andes, a 2970 metros de altura, está situada la capital. Con la nueva demarcación de 1962, se añade a la Prelatura la provincia de Cañete y se traslada a San Vicente de Cañete la sede del Prelado. La zona confiada a los sacerdotes de la Obra alcanza los quince mil kilómetros cuadrados y tiene más de doscientos mil habitantes.

El tiempo, la oración y el trabajo de los hombres y mujeres del Opus Dei, Cooperadores y amigos han dado un giro a las posibilidades de estas tierras. La formación que se imparte en Valle Grande y Condoray -Centro para la formación de la mujer campesina-, abre hoy un buen surco.

El Instituto rural Valle Grande dirige su actividad a la capacitación de los trabajadores que cultivan sus «chacritas» en los puntos más variados de la Sierra o del Valle de Cañete. En 1968 se creó el Instituto Rural de Formación Acelerada (IRFA); en 1969 aparecieron las granjas experimentales. En una etapa más reciente, se pone en marcha una Residencia para dar alojamiento a los campesinos que siguen estos cursos. Luego, en los viajes por distintos poblados, se atienden consultas, problemas de agricultura, ganadería, plagas. Y también se da un paso ingente en la formación humana y religiosa de estas gentes.

Cuando el Padre llega a San Vicente de Cañete, después de 143 kilómetros de carretera, el auditorio de Valle Grande está repleto. Mirar hacia las butacas equivale a encontrar una muestra del mosaico racial del país: indígenas de rostro anguloso, quemados por el sol de los Andes; blancos y mestizos; mulatos de cabello ensortijado; gente de raza china... Campesinos unos, comerciantes otros; alumnos de Valle Grande y alumnas de Condoray; profesores y maestros; pequeños agricultores. No pasa inadvertida la presencia de un buen grupo de limeños que han viajado esta mañana desde la capital, por el mismo recorrido que ha traído el Padre: desiertos de arena, cultivos fértiles y tramos con vistas al mar. Dos horas por la autopista Panamericana. Los desplazamientos de los habitantes del valle y gentes de la Sierra tienen otras características. Han caminado a pie desde cercados vecinos: Cochahuasí, Boca del Río, San Benito. Algunos vienen de más lejos: Lunahuaná, Pacarán... Y otros han hecho más de ocho horas de viaje, en auto, en mulo y a pie, desde Catahuasí y otros lugares de montaña, de noche, para llegar temprano a Valle Grande: la sala es una explosión de color con las «polleras» y sombreros de paja con cinta negra.

El Padre entra en la sala y se hace un brevísimo silencio que rompe, inmediatamente, un largo aplauso.

Sus palabras iniciales son de aliento y cariño para todos los que promueven y acuden a la formación de Valle Grande y Condoray. Está conmovido ante el auditorio. Deja caer todo su afecto sobre estos hombres y mujeres que trabajan, con sus manos, la dura tierra andina. Todos quieren hacer preguntas. Algunos manejan poco el castellano, pero despacio y con calma logran hacerse entender.

El Padre les habla de promoción humana; de la doctrina de la Iglesia que recibieron de niños y que no pueden olvidar; de las relaciones de amor y servicio entre los hombres. De la igualdad de razas ante Dios.

Y la reunión cobra intimidad por momentos:

-«Nosotros los cristianos vivimos alegres; pero por razones y dificultades que hay en la vida, perdemos esa alegría. Muchos de nosotros, los hombres, recurrimos al licor, al trago, pensando compensar esa pérdida».

-«Oye, hijo mío, si cuando surgen dificultades en la vida hay que recurrir al trago, dentro de esta sotana yo debería tener hectólitros, porque he encontrado muchas -muchas más de las que podéis suponer-, y doy gracias a Nuestro Señor por eso. Cuando aparecen dificultades se va al Dueño, al Señor, que es Todopoderoso, y mejor a través de su Madre y de San José, que hizo las veces de padre del Señor en la tierra. Le presentamos los obstáculos, limpiamos el corazón en la Confesión, y además acudes a un amigo bueno de esos Centros del Opus Dei. Se abre el alma un poquito y se sale decidido a dejar,.el alcohol y a conservar, en cambio, el buen humor de la gracia de Dios».

El Padre ha visto, el día anterior, los cortes bruscos de la tierra en el balneario del Barranco, al Sur de Lima, a causa de un gran terremoto.

Recurre a esta imagen, habitual para estas gentes, para explicarles que las más grandes barreras se deshacen cuando nos apoyamos en la fortaleza que sólo puede darnos Dios.

-«Pues más se deshacen las dificultades, si acudimos al Señor. Se convierte todo en una llanura. ¡Animo, hijo mío!».

Les empuja a mejorar en su trabajo, a realizarlo de un modo digno, eficaz:

-«Si hemos de santificarnos cada uno en nuestro sitio, cada uno a través del trabajo propio, hay que realizar bien ese trabajo. No se pueden hacer chapuzas. No sé si aquí se dice chapuzas. ¿Cómo se dice?».

-« Criolladas » .

-«Criolladas, cosas mal acabadas, donde no se pone el alma y la ilusión. Nosotros hemos de poner ilusión, gusto, en trabajar. Tú puedes realizarlo así, también porque de esta manera ganas dinero y levantas la posición de los tuyos; pero, especialmente, por agradar a Dios, porque el trabajo es oración, porque el trabajo dignifica. Te lleva a ser una persona de categoría, es decir, hace de ti un cristiano cada día más perfecto, santo»(47).

Y de pronto, tercia una campesina; su idioma es el quéchua, pero se esfuerza por preguntar en castellano:

-«Padre, yo he venido de "Condoray", colegio de mi hija (...). Soy Cooperadora y trabajo en el campo. Padre, yo traí naranjas, leche. ¿Cómo puedo hacer, Padre, para que los vecinos y compañeros del campo, no se rían de mí cuando voy a mi Misa?».

-«Oye, hija mía, no se reirá ninguna persona honrada de ti. Es una pena, si encuentras alguna que se ríe. Quizá lo hacen porque sienten envidia (...). Tú no trates mal a nadie; comprende a tus amigas, a todas tus compañeras, a tus vecinas; no te enfades con ellas, ten paciencia. Y luego, como he dicho por ahí, habla con cada una en particular: a solas, de corazón a corazón (...). Verás como te responden. Si están todas juntas no responden bien, porque tienen vergüenza las unas de las otras. Tú y yo hemos perdido la vergüenza, gracias a Dios, ¿oyes?» (48)

Un taxista, que hace el recorrido San Vicente de Cañete-Imperial, se lanza a preguntar:

-«Padre, en nuestro Perú tenemos dos grandes santos: Santa Rosa de Lima y San Martín de Porres. San Martín de Porres, un zambo mulato como yo. Padre, quisiera que usted nos hable respecto de la devoción a los santos.

-¡Está siempre al día! ¡No es verdad que en la Iglesia se enseñe ahora a no tener veneración a los santos! De modo que rézales con mucha piedad (...).

¡Todas las devociones de siempre permanecen! (...). De modo que adelante. Y los que rezáis el Rosario, animaos. Yo siempre hago lo mismo, enseñar mi Rosario».

El Padre enseña su rosario, «con muchas medallas, como mi abuela» y dice:

-«¿Todos los días lo reza usted muy bien? Por lo menos lo rezo con amor. Es como un novio o un buen hijo que quiere llevar un obsequio a su novia o a su madre. Va con la guitarra, y unas veces se da cuenta de lo que toca; y otras, se distrae un momento, pero sigue con la guitarra. La madre o la novia lo agradecen lo mismo, porque eso es una manifestación de amor»(49)

La tertulia se prolongaría indefinidamente, pero no hay más remedio que terminar. El Padre bendice a todos y sale. La alegría de la reunión se desborda ahora en numerosos corrillos. En lo más alto de las montañas -las punas- cae un sol ardiente sobre la nieve.

Por la tarde, el Padre irá a la Residencia para campesinos, al Centro Profesional de la mujer Condoray y a la Academia de San José, un Seminario diocesano donde residen y cursan sus estudios los seminaristas de la Prelatura de Yauyos. Después, regresa a Lima.

El domingo día 14 amanece frío y gris. Está programada una gran tertulia en el jardín de Miralba, un Centro de la Obra. El servicio de altavoces multiplicará la voz del Padre por los ángulos del parque. Mil quinientas personas ocupan totalmente el recinto.

Viene, una vez más, a convertir la concurrencia en una reunión íntima, en una familia grande. Así lo dice nada más subir al estrado:

-«Hijos míos, aquí estamos reunidos para hacer un ratito de charla. Veo que sois bastante numerosos, pero es como si estuviéramos diez o doce. Yo sigo hablando, según mi costumbre, al oído de cada uno. Mi conversación es una conversación corriente, la que tiene un hermano con sus hermanos, un padre con sus hijos; una conversación de intimidad, sin pretensiones, pero siempre sacerdotal.

No sé si me podréis escuchar bien, porque tengo un catarro regular. Esta voz está medio afónica. Pero San Pablo, que no está afónico, ha escrito a los de Efeso: in novitate vitae ambulemos. Y no sólo a los de Efeso, sino a todos nosotros, nos dice que hemos de caminar con una nueva vida. Para que no haya duda, escribe a los Romanos: induimini Dominum nostrum Iesum Christum, revestíos de Nuestro Señor Jesucristo (...).

La vida del cristiano está hecha de renuncias y de afirmaciones. La vida del cristiano es comenzar y recomenzar» (50) En pleno diálogo, Clarita -una incondicional colaboradora de la Universidad de Piura-, coge el micrófono por su cuenta: -«Padre, soy de Piura...

-¡Nada menos! Yo tengo con Piura una deuda inmensa... La próxima vez que venga a esta tierra amadísima del Perú, si el Señor me da esa gracia, lo primero que haré será ir a Piura.

-Padre, ya me ha quemado mi pregunta (...). Mi pregunta era ésta: ¿cuándo nos va a dar el gusto, la satisfacción, de verlo en Piura para que bendiga la Universidad?

-Hija mía, en Piura estoy desde el primer momento. Amo la Universidad, y a toda la población de Piura. Quiero con predilección al profesorado, a los estudiantes, a los empleados, a todos. Es una obligación mía, porque soy el Gran Canciller»(51).

Suenan fuertes los aplausos entusiastas de la representación universitaria que asiste.

-«Esos aplausos, para el profesorado. Esos aplausos, para el alumnado, que no hace nunca, jamás, una huelga. ¿Por qué vais a holgar? ¿Por qué? No son dos fuerzas opuestas el profesorado y los alumnos. Son fuerzas que tiran en la misma dirección, del mismo carro, con un espíritu de sacrificio maravilloso. De modo que hemos de pensar que, con la bendición de Dios, se acrecentará, se aumentará esa labor: iremos poniendo todas las Facultades»(52).

Una larga historia cargada de oración, de empeño y sacrificio, se oculta en este cruce de preguntas. La creación de una Universidad en la primera ciudad fundada por Pizarro en Perú, responde a un viejo sueño norteño. Urgía una Institución para que la gente joven no tuviera que abandonar los estudios superiores por carecer de medios para un costoso desplazamiento.

El esfuerzo de varios grupos privados, ciudadanos de Piura, quedó definitivamente orientado cuando, en 1967 algunos miembros del Opus Dei se desplazaron para llevar hasta aquellas tierras peruanas un acervo universitario, fraguado en experiencias anteriores. La Universidad quedó inaugurada, con todos los reconocimientos legales, en abril de 1969. El primer edificio fue un pabellón de tres pisos construidos frente a un arenal inmenso, quemado por el sol y roto en su monotonía por algarrobos verdes y leñosos. El Claustro Académico lo formaron profesores de Perú y de diversos países de Europa y América: México, Uruguay, Italia, España, Argentina y Suiza.

Nada más concluirla reunión del día 14, un médico aconseja al Padre que suspenda sus charlas en público. La gripe, que aqueja a miles de limeños, está haciendo presa en él. No tiene más remedio que someterse a tratamiento. Pero aprovecha estos momentos para hablar con algunos de sus hijos, para conocer, a través de ellos, la ciudad y el ámbito en el que desarrollan su vida y su trabajo.

Cuando en 1535 Pizarro funda la Ciudad de los Reyes -Lima-, lo hace con esquemas urbanísticos modernos que se habían utilizado por los monarcas de España en la ciudad de Santa Fe, en Granada. Las calles limeñas, estrechas y rectilíneas, se pueblan de edificios barrocos y alternan con la alegría de los patios y balcones andaluces.

Desde la Basílica de San Francisco a la Catedral es un paseo de placer en el que se oye hasta el revolotear de las palomas. En una capilla del recinto catedralicio, cerca de la puerta principal, se conservan los restos de Pizarro, momificados por la técnica incaica. Sobre una de las paredes, grabados en azulejos, figuran los nombres de los trece del Gallo: los hombres fieles del conquistador que no le abandonaron en su primer viaje.

Durante más de diez días, Monseñor Escrivá de Balaguer tendrá que guardar cama siguiendo las prescripciones médicas, desde el 25 de julio al 1 de agosto, atenderá nuevas reuniones de matrimonios y sacerdotes. Otras más con gente joven, en los Clubs Saeta y Altea. Y cuatro en Larboleda, la Casa de Retiros en Chosica, a las que asisten grupos de varios miles de personas.

En las tertulias de Larboleda, a cuarenta kilómetros de Lima, brilla un sol radiante, contrastando con las nubes grises que, en esta época del año, permanecen fijas sobre la capital de Perú. Es la última imagen que el Fundador se llevará de estas tierras: árboles y plantas de todos los colores; el césped de un verde intenso. Una multitud que le escucha, ávida de una palabra que oriente su vida, de un gesto humano que alegre el caminar...

A primera hora del 1 de agosto, el Padre sale en vuelo hacia Ecuador. Uno de sus hijos, español y peruano de adopción, escribe unos días más tarde, desde Cañete:

«He querido pasar un momento por la ermita de a la Virgen -Madre del Amor Hermoso- (...). La imagen tenía flores campesinas frescas. Es un regalo de Monseñor Escrivá de Balaguer y da gusto verla -con el Niño Jesús que tiene una manzana en la mano- vestida de cholita del Perú, con trenzas largas delante de la cara. Un "huayno" popular le canta así: "En el Valle de Cañete, hay una ermita, muy linda y chiquita, esperándome"... „ss

Un año después, «Camino» aprenderá un nuevo idioma: el quéchua, la lengua que hablan seis millones de peruanos.

La versión, cuidadosa, será llevada a cabo por un sacerdote nacido en Irlanda, párroco de Huancarama en la diócesis de Abancay. Inicia su empeño en 1972, cuando le regalan una versión inglesa de «Camino».

«Lo leí y quedé impresionado por la riqueza y profundidad espiritual de su contenido. El hecho de haberlo traído -entre los pocos libros que llevé a Sudamérica- indica mi estimación por é1» (54).

La tarea no es fácil, porque el quéchua es preciso pero con un vocabulario limitado. Durante tres años, el párroco de Huancarama comprobará todos los vocablos, para asegurar una traducción fiel.

Cuando la versión esté completa, buscará colaboradores para una edición sencilla y digna. En la portada, un cuadro bellísima de la escuela cuzqueña del siglo XVIII: la Santísima Trinidad y la Sagrada Familia, con el Niño en medio, empezando a caminar.

En esta roca andina, a cuatro mil metros de altura, «Camino» ha cumplido ya dos objetivos entrañables: conducir a don Demetrio, párroco de Huancarama, hacia el Opus Dei hasta pedir la admisión en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, y adentrarse en el corazón de los peruanos para decir, por las veredas de la sierra cotidiana, palabras de santidad.

Ecuador: centro del mundo

El Padre llega a Ecuador convaleciente de una bronquitis gripal. Pesan sobre él semanas de intenso trabajo, y ahora se añade la eventualidad que suele atacar a los que vienen de otras latitudes: el mal de altura, el «soroche», como lo llaman en Quito.

Desde su llegada hasta el 10 de agosto no podrá ver a nadie ni llevar a cabo plan alguno. Miles de personas esperan todavía la posibilidad de conocerle. En la Residencia Illinízas se ha instalado un gran toldo que cubre toda la cancha deportiva. Por si el Padre puede hablar a los hijos suyos de Ecuador.

Acepta esta limitación que le impide llegar a donde había proyectado. Pero lo asume con el humor y la humildad de quien se sabe llevado y traído por el aire de Dios y no de los planes humanos.

«Bueno, el hombre propone y Dios dispone. Yo estaba tan ilusionado -y sigo estándolo- por haber venido aquí, por encontrarme con vosotros y con todos los demás... Pensaba: hemos de pasar cuarenta y ocho horas descansando un poco -porque parecía necesario-, y después... Después han pasado diez días, y aquí estamos. Ya me podíais haber dicho que teníais estas bromas con la altura y con el tiempo... »(55)

Alguien se lamenta de que los tres mil metros de altitud le hayan tratado tan mal:

-«¡Si lo estoy pasando colosalmente en Quito!

-La altura, Padre, la altura...

-Es que no soy un hombre de altura. De manera que Quito no me ha gastado ninguna broma. Ha sido Nuestro Señor, que sabe cuándo las hace, y juega con nosotros. Mira, lo dice el Espíritu Santo: “ludens coram eo omni tempore, ludens in orbe terrarum”, en toda la tierra está jugando con nosotros, los hombres, como un padre con su niño pequeño. Ha dicho: éste, que está tan enamorado de la vida de infancia, de una vida de infancia especial, ahora se la voy a hacer sentir yo. Y me ha convertido en un infante. ¡No deja de tener gracia!»(56)

En otro momento, dice en voz alta:

«Jesús, acepto vivir condicionado estos días y toda la vida, y siempre que quieras. Tú me darás la gracia, la alegría y el buen humor para divertirme mucho, para servirte, y para que la aceptación de estas pequeñeces sea oración llena de amor» (57).

Aquí en Ecuador, el Padre imparte la lección de su abandono en manos de Dios y la alegría del “Omnia in bonum” que tantas veces les ha inculcado. Se siente urgido por tantas almas que le esperan, que desean conocerle y escucharle. Pero no tiene planes personales: su voluntad y sus proyectos se pliegan y coinciden con la Voluntad de Dios.

Había escrito en «Camino»: (58)

«Niño, cuando lo seas de verdad, serás omnipotente».

Y da este ejemplo de confianza y docilidad para cambiar sus planes. Sabe que Dios hará confluir todas las cosas, incluidas sus limitaciones físicas, en una mayor eficacia de su estancia en Ecuador.

Así, echándole alegría, y con la expectación de tantas personas que esperan su recuperación, llega el domingo 11 de agosto. EL Consiliario del Opus Dei en Ecuador anuncia que el Padre asistirá a dos tertulias: una con sus hijos de la Obra, y otra con Cooperadores y amigos.

El primer grupo llegará el día 13. En un lugar sombreado del jardín, el Padre quiere hacerles olvidar su aspecto de enfermo. Habla con ellos animadamente, les hace reír, les impulsa a una lealtad constante y generosa, les da las gracias por su cariño y paciencia, por el amor que han de volcar en Dios, que les mantendrá siempre unidos:

«Por cariño estamos tan a gusto juntos. A mí me parece que os conozco de siempre. A algunos os acabo de conocer; pero estoy tan contento como si os tratara desde que erais pequeños, y os volviera a ver a la vuelta de los años. Y esto lo hace posible el Amor de Dios, el Amor de Jesucristo, la entrega suya. Como El llena toda nuestra vida, se ocupa de que el amor divino se convierta delicadamente en amor humano, limpio, noble, bueno» (59)

Para el día 14 se ha previsto la única reunión algo más numerosa. Monseñor Escrivá de Balaguer ha de realizar un esfuerzo considerable para mantenerse en pie, caminar con naturalidad y encontrar respuesta ágil a todo tipo de preguntas. Una energía que no tiene raíces físicas tira de todo su cuerpo y no le deja resbalar hasta el agotamiento.

Hoy se oye su voz en el jardín, en tono muy bajo y suave:

«Yo pensaba haber danzado de una parte a otra de vuestra hermosa ciudad y de esta tierra encantadora; pensaba haber visto tantas, tantas personas... El Señor no ha querido. Pero os he visto a todos».

En los días que permanece enfermo no ha podido celebrar la Santa Misa, y recibe la Comunión diariamente, de manos de don Alvaro.

«Aquí me encuentro alegre, contento. ¡Cien veces vendría con el mismo empeño y la misma ilusión -aun cuando tuviera también que quedarme sin celebrar la Santa Misa- para estar más cerca de vosotros! Pero le pediría a mí Señor que no me exigiera este sacrificio: cada día tengo más hambre de acercarme al altar, para renovar in persona Christi el sacrificio del Calvario. Os aseguro que para mí, y para cualquier católico coherente, la Misa es el alimento del alma y del cuerpo, porque de ahí arranca la razón de mi vida»(60)

Por encima del tiempo, los recuerdos se agolpan sobre estas frases del Padre: aquella primera reunión en el asilo de Porta Coeli, cuando tres universitarios asistían al amor y a la fe de un joven sacerdote ante el Santísimo; los años de trabajo junto a los pobres y enfermos, llevando el alimento material y espiritual para su soledad; aquellos estudiantes que veían el alma con que don Josemaría celebraba el Sacrificio de la Misa... Este amor ha ido creciendo hasta inundar su ser.

«Estos días que llevo aquí han sido para mí de mucha enseñanza. He aprendido tanto de la piedad ecuatoriana, que es una piedad enraizada de verdad en el Evangelio. Me ha conmovido sobre todo (...) el amor que manifestáis a San José. Yo vengo predicando ese amor desde hace años; no lo puedo separar de Jesús y de María. Si el Señor escogió a su Madre desde la eternidad, si nos ha escogido a nosotros también, es justo pensar que eligió al que había de servirle de padre en la tierra: a José (...).

Casi sin moverme en esta casa, me he encontrado con dos o tres imágenes, que aquí son muy corrientes por lo visto, de San José con el Niño Jesús en brazos, y Jesús coronando a su padre adoptivo. ¡Qué bonito!»(61)

A un grupo de sacerdotes que asiste, les dice:

«Rezad por mí, para que sea bueno y fiel. No penséis, por esta voz desmayada, que soy un abuelo. No lo soy; soy joven y me siento joven, puedo tirar todavía en el servicio del Señor, si es su voluntad. Y El me ha dado un espíritu de no desear morir, de mirar la vida con alegría, con optimismo»(62).

El 15 de agosto, fiesta de la Asunción de la Virgen, el Padre vuela rumbo a Venezuela. Ese mismo día, la prensa publica un artículo dando cuenta de la estancia del Fundador del Opus Dei en Ecuador:

«Llegó sin ruido, como suelen llegar los caminantes. Ni un flash para la prensa, ni unas declaraciones televisadas, ni nada de verdadero ruido (...). Como caminante, como apóstol a quien sólo interesa la gloria de Dios y mostrar con su palabra familiar y cálida la manera de santificar la vida por el trabajo y hacer ver la realidad del destino sobrenatural del hombre (...).

Me decían que con un hablar reposado y claro, de un inconfundible matiz aragonés, había elogiado a nuestra ciudad y a nuestras gentes, manifestando ser para él una prueba de Dios no haber podido recorrer la ciudad y tratado al mayor número de personas posibles. Se había referido a las cosas pequeñas, al amor de Dios y de los hombres, a la santidad de la vida, a la participación de los padres en la educación de los hijos y a la libertad del hombre... »(63).

Mientras el avión toma altura, parece oírse en el aire el eco de la última letrilla que cantaron para él los muchachos: «Oye, te digo en secreto que te amo de veras, que sigo de cerca tus pasos aunque tú no quieras».

«No tengáis nunca miedo -les dirá el Padre- de emplear canciones que hablan de amor humano limpio, para tratar del amor divino. Porque se ama con un solo corazón (...). El nos ama de esa manera, con locura, a cada uno, como si no hubiera más que una criatura en la tierra»(64)

Venezuela: en el trópico

Aquí, en Venezuela, y en otros lugares del trópico, sólo hay dos grandes estaciones: la de las lluvias, a la que se llama invierno, y la de sequía, que -aunque sea más fresca- recibe el nombre de verano.

El Padre llega al aeropuerto de Maiquetía, en Caracas, a las cinco de la tarde del día 15 de agosto; el huracán Alma ha mantenido en estado de alerta los aeropuertos nacionales, pero los vientos han pasado rumbo a occidente y la serenidad impera. Monseñor Escrivá de Balaguer viene todavía enfermo, sin recuperar. Un coche le recoge en la misma pista y sale camino de Altoclaro, una casa a varias decenas de kilómetros del aeropuerto 6s

Hacia la mitad del trayecto, los cerros que rodean la ciudad se ven inundados de «ranchitos» -casas muy pobres hechas con materiales diversos: cartón, planchas de zinc donde viven muchas personas que llegan a la capital, desde el interior del país, a buscar trabajo y mejores condiciones de vida. Aunque este fenómeno se da en muchas de las grandes ciudades de Venezuela, en Caracas es muy acusado, por el número de «ranchitos» y las peculiaridades topográficas de la ciudad66

Al verlos desde el coche, el Padre habla a los que le acompañan de la necesidad de no olvidar a estas gentes, facilitándoles formación para adquirir mejores condiciones de vida. Les subraya la urgencia de que muchas personas, con mentalidad cristiana, se ocupen de distribuir bien las inmensas riquezas naturales que Dios ha concedido al país venezolano.

Nada más llegar a Altoclaro se reúne con un pequeño grupo de hijos suyos. Es una hora de emoción. Algunos ven hoy por primera vez al Fundador, aunque lleven años en el Opus Dei. Para cada uno tiene una palabra de afecto, un saludo cercano y familiar. Como si los hubiese conocido desde siempre.

La tarde cae. Hoy, fiesta de la Asunción, el Opus Dei renueva su Consagración al Corazón Dulcísimo de María. El recuerdo vuela hacia aquel otro «ferragosto», cuando el Fundador acudió a la Virgen de Loreto en busca de protección y fortaleza.

En el oratorio, este grupo de hombres, de muy lejana latitud, reza hoy en voz alta la misma confianza, idéntica fe y apoyo en la Madre de Cristo.

A partir del día siguiente empiezan a llegar cartas de sus hijos. De los amigos de la Obra en Venezuela. Todos desean su recuperación: universalmente expresan su cariño. Y tienen la esperanza de poder escucharle.

Durante dos semanas el Padre permanecerá en Altoclaro, sin hacer ninguna salida en público. Son días de intimidad familiar. Pasea por el jardín o por la casa. Toma del brazo al primero que se hace el encontradizo y se lo lleva con él. Le pregunta por su trabajo, por su vida; quizá le cuenta alguna anécdota o le habla de sus hermanos repartidos por todo el mundo; recuerda los detalles chispeantes de cada uno: el oriental que cuida un árbol enano en Brasil con la esperanza de que no crezca; las peripecias de los que se han ido al otro lado de la tierra, Japón, Filipinas, África, para sembrar allí el Opus Dei. Frecuentemente les pide que pongan unas letras a Roma, porque estarán deseando recibirlas.

Tiene deseos de encontrarse con muchos venezolanos. Pero su estado físico no mejora, y les promete que volverá en otra ocasión para pasar horas junto a ellos.

«En Ecuador, toda mi catequesis ha consistido en no hablar, porque el Señor no me lo ha permitido. He sufrido mucho por vuestros hermanos de allí, que me esperaban con tanto cariño. Aquí, en Venezuela, haremos también lo que Dios quiera. Perdonad que no me encuentre del todo bien, y o»alá el Señor permita que podamos tener esas tertulias que decís» .

Los días 29 y 30 de agosto se reúne con dos grupos numerosos en el jardín de Altoclaro. Pero no puede repetirlo más veces.

Cuando se marcha, bromea:

«Me voy como don Quijote de la Mancha: desmantelado el caballo».

Y rápidamente añade:

«Estoy muy contento».

Ya en el aeropuerto, se despide:

«He estado muy a gusto con vosotros, pero no me encontraba bien de salud. ¡Qué le vamos a hacer! A vuestro lado he estado muy a gusto, con la pena de no poder hacer nada»68.

Todo su cariño se afirma en el deseo de volver cuanto antes.

Ultimo viaje a América

El nuevo viaje a Venezuela quedará fijado para las fechas del 4 al 15 de febrero de 1975. El Padre cruzará el Atlántico de nuevo, acompañado por don Alvaro y don Javier. Las personas que viven en la Sede Central conocen la proximidad del viaje desde el 9 de enero.

«Cogeremos el avión, y a América por tercera vez. Padre, ¿tiene usted muchas ganas de ir? La verdad es que nunca tengo muchos deseos de viajar, pero estoy muy contento de ver a mis hijos de aquellos países y de decir la verdad de siempre, en el modo habitual, sin poner obstáculos a la palabra»(69)

El 29 de enero sale de Roma en vuelo hacia Madrid. Durante seis días, permanece en la casa de Diego de León. Antes de emprender el camino del aeropuerto de Barajas, se reúne unos minutos con algunos hijos de España. Les cuenta que no le apetece nada ir a América que «eso quiere decir que las cosas irán bien». Y luego, pide sus oraciones:

-«Rezad por mí para que sea bueno, que no haga el tonto a estas alturas: que tenga buen humor. Nunca he perdido el buen humor, pero he tenido genio, y el Señor se ha servido de mis malas cualidades, ya que no se podía servir de otras. Y no me he arrepentido nunca de haber tenido genio. Porque no me ha faltado cariño; no he maltratado a nadie, quiero a todos. En esto no tengo mérito porque el Señor me ha hecho afectuoso»(70).

A pesar de la resistencia física ante este largo desplazamiento, sube al avión que ha de conducirle nuevamente al trópico sin un gesto de apatía, sin traslucir el menor síntoma de malestar. Con el afán de darse y de cumplir la promesa hecha a sus hijos unos meses atrás.

Del 4 al 15 de febrero de 1975, se reunirá en Caracas con más de veinte mil personas. Han venido de Puerto Rico, Trinidad, Colombia, Estados Unidos y Ecuador.

«Hijos míos, me da mucha alegría estar junto a vosotros. Nos hemos reunido “consummati in unum”, formando un solo corazón, para hablar de Dios, porque los sacerdotes no sabemos hablar más que de Dios»(71).

Los diálogos de estas tertulias numerosas en Altodaro son, si cabe, más ágiles, más agudos que nunca. Como si se hubiera esfumado todo rastro de cansancio. Aunque las huellas del agotamiento aparezcan, sabe ocultarlas, con el afán y el entusiasmo del mejor brío apostólico. Sigue con puntualidad el horario trazado, sin permitir que disminuya el ritmo de estas jornadas.

En una de las tertulias, se levanta un hombre con barba muy poblada:

-«¡Padre, Padre... ! Con todo respeto... -¡Con todo respeto y con barbas...! -Padre. Yo soy hebreo.

-¡Hebreo! Yo amo mucho a los hebreos, porque amo mucho -con locura- a Jesucristo, que es hebreo. No digo era, sino es: Iesus Christus herí et hodie, Ipse et in saecula; Jesucristo sigue viviendo, y es hebreo como tú. Y el segundo amor de mi vida es una hebrea, María Santísima, Madre de Jesucristo. De modo que te miro con cariño»(72).

Otra voz se levanta allá en el fondo:

-«Padre, soy enfermera, y quiero contarle un suceso muy importante que ocurrió en mi vida. Hace dos años, sin saber que me encontraba en estado, me hicieron un estudio radiológico. Cuando se confirmó que iba a tener un hijo todos me aconsejaron abortar, porque pensaban que el hijo iba a nacer completamente deforme (...). Yo acudí a la Obra, como otras veces. Y hablé y me aconsejaron y me ayudaron. Yo recé mucho, y ellos por mí. Y ahora tengo una niña muy linda, Padre, que aunque no esté permitido que entre, yo la traje para que usted me la bendiga».

-«Bendecida, y que seas tú mil veces bendita también, porque has obrado como buena cristiana. No tiene otro camino una cristiana. ¡Lo otro es criminal, brutal! ¡Es un asesinato, un infanticidio, y es privar a una criatura del Paraíso!»(73).

Tercia, después, un hombre joven:

-«Padre, los latinos -y en especial los del trópico- tenemos la mala fama de ser un poco flojos. ¿Cómo podemos acabar con esa mala fama?

-¡Yo digo que el trópico es un tópico! No es verdad que seáis Bojos. Es una excusa de comodidad: de esa manera os tumbáis a la bartola, y como somos del trópico... Tenéis que ser fuertes. Sois temperamentos capaces de cualquier cosa grande, de cualquier cosa noble, de cualquier cosa santa; y, como yo, de cualquier cosa vil, de cualquier cosa vergonzosa, de cualquier cosa malvada. Por eso hemos de luchar. Tú y todos los del trópico, yo, que no soy del trópico, pero que me siento ya del trópico»' .

Alguno de estos días la gente joven inunda con su presencia el jardín de Altoclaro. Viene armada de guitarras, y asedian a preguntas al Padre, que pasa un rato formidable en medio de esta vitalidad de colorido indescriptible.

Entre el bullicio, se abre camino una voz seria:

-«Padre: el año pasado, cuando teníamos la ilusión de que llegaba (...) -lo estábamos esperando con tanto cariño-, yo tuve que irme a Colombia a operarme de la vista y ofrecí el dolor de no verlo y las molestias de la operación por los frutos de su viaje (...). Le ruego que me permita cantarle una canción que le compuse para esta fecha».

La muchacha, muy joven, está ciega. Pero maneja bien la guitarra y tiene una bonita voz, templada y firme: «Creo que encontré mi camino. Creo que encontré mi verdad: ¡ah! creo que encontré mi destino y que no hay oscuridad».

La emoción ha cruzado durante varios minutos por entre la luz deslumbrante de la reunión.

Otro día, las preguntas resbalan de la cabeza al corazón y... al bolsillo.

-«Padre, aquí estamos un grupo de puertorriqueños, que hemos venido a verle con mucho cariño. Quisiera preguntarle dos cosas. La primera, qué hacer cuando para sacar obras de apostolado nos metemos en muchas deudas y parece que nos falta la fe; porque, créame, tenemos a San Nicolás ocupadísimo... ».

-«Hijo mío, de eso he sabido yo bastante..., y continúo sabiendo. En Madrid, en la Plaza de Antón Martín, está la parroquia de San Nicolás. Allí fui yo la primera vez que invoqué a San Nicolás para darle un sablazo. Y sigo pidiendo, pero continúo tranquilo y sereno. El Señor bendecirá vuestras labores personales y, además, os sacará de los apuros económicos que tenéis en las obras de apostolado. No te preocupes: no he visto nunca un fracaso por ese motivo, cuando hay amor de Dios. Conque ¡adelante! Métete en más líos, que andarás muy bien... »(74).

Un padre de familia le pregunta, desorientado, cómo educar a sus hijos para el trabajo y la responsabilidad en un ambiente tan materializado por el dinero...

-«Yo los pasearía un poco..., por esos barrios que hay alrededor de la gran ciudad de Caracas. Les pondría la mano delante de los ojos, y después la quitaría para que vieran las chabolas, unas encima de otras (...). Que sepan que el dinero lo tienen que aprovechar bien; que han de saberlo administrar, de modo que todos participen de alguna manera de los bienes de la tierra. Porque es muy fácil decir: yo soy muy bueno, si no se ha pasado ninguna necesidad.

Un amigo, hombre de mucho dinero, me decía una vez: yo no sé si soy bueno, porque nunca he tenido a mi mujer enferma, encontrándome sin trabajo y sin un céntimo; no he tenido a mis hijos debilitados por el hambre, estando sin trabajo y sin un céntimo; no me he encontrado en medio de la calle, tendido sin un cobijo... No sé si soy un hombre honrado: ¿qué habría hecho yo, si me hubiera sucedido todo eso?»(76).

Un médico pediatra le cuenta su preocupación por los métodos anticonceptivos. ¿Qué decir a sus colegas, alumnos y enfermos?

-«Tú sabes, como yo, que hay que decir que no. Se puede decir a grandes gritos y sin gritar; pero siempre: ¡no! Y a los que aconsejan eso, diles al oído, de modo que no se enfaden, que hubiera sido una pena que la madre de ellos hubiera seguido el control»(77).

El Padre, en otra reunión, con jóvenes, muy numerosa, comienza diciendo:

-«Yo venía para aquí y me acordaba de cuando comenzamos la labor hace tantos años. Comencé con tres. Y ahora son tantos miles, cientos de miles... Pero había esperanza... Cuentan de Alejandro Magno que estaba preparándose para una gran batalla y, antes, repartió todos sus bienes entre sus capitanes. Uno de ellos le dijo: Señor, ¿y a usted que le queda? Y Alejandro respondió: a mí, me queda la esperanza».

Mira a los jóvenes que le rodean, y continúa:

«Yo os veo y repito lo mismo: me queda la esperanza. Estoy feliz con vosotros. Las gentes de estas tierras saldrán adelante maravillosamente, tendrán sentido cristiano de la vida, tendrán la felicidad posible en la tierra y la felicidad eterna, si vosotros sabéis vencer. Ya conocéis perfectamente que un cristiano tiene que luchar. Vosotros peleáis y yo también...; y, cuando tengáis mi edad, lucharéis como ahora. Por eso, si no lo hacéis ahora, tampoco lo conseguiréis después, y seréis unos vencidos» (78).

Cuando está a punto de finalizar su estancia, no sabe como despedirse:

-«Siempre os hablo de desprendimiento, y os doy mal ejemplo en esto. Me he apegado a vosotros. Me cuesta irme. ¡Es apegamiento!

-¡Es bueno que el Padre se apegue a sus hijos!, replica don Alvaro.

-Sobre todo cuando se han tenido con mucho dolor»(79).

El 15 de febrero, Monseñor Escrivá de Balaguer sale de Venezuela.

Guatemala: fin de ruta

Hace mucho tiempo que el Fundador del Opus Dei desea visitar Guatemala. Así lo expresan las líneas de una carta escrita al Cardenal Arzobispo:

«Puedo asegurarle, Eminencia, que he llegado a considerar la realización de mi proyecto de irlos a ver a Guatemala, como un regalo que el Señor me hará por los 50 años de sacerdocio, durante los cuales he tratado de servirle con fidelidad».

El 15 de febrero de 1975 cumple este deseo, el tomar tierra en la terminal guatemalteca. El Padre llega agotado por el viaje: se ha entregado de lleno a miles de personas en Caracas, no ha escatimado el menor esfuerzo. Además, este vuelo ha sido especialmente duro, con escala de varias horas en Panamá, bajo un sol tórrido y en un avión sin acondicionar.

El Padre se aloja en una casa de la Avenida Catorce. Se reducen al mínimo las visitas, a pesar de que centenares de personas están deseando conocerle. Pero los bruscos cambios de temperatura han producido en el Padre una afonía que apenas le permite comunicarse.

No ignora que se han preparado muchas cosas para recibirle, para que pueda charlar de un modo familiar con todas sus hijas e hijos guatemaltecos; y con miles de personas que han recibido la noticia de su llegada y han venido de otros países del Continente a esta confluencia Centroamericana.

Conociendo la cordialidad de Monseñor Escrivá de Balaguer y lo inagotable de su entrega a los demás, se puede calibrar lo que ha de costarle esta situación de imposibilidad física. Hasta donde pueda, intentará ver a cuantos se han acercado a Guatemala para saludarle.

Durante la semana que el Padre permanece en este país, será preciso cancelar las grandes reuniones previstas en los campos de deporte del Centro Universitario Ciudad Vieja, para unas cinco mil personas. Muchas veces pedirá perdón porque le han abandonado las fuerzas. Dice que con la enfermedad ha venido a estorbar a Guatemala. Y repite varias veces:

-«Soy un estropajo... »(80).

Pero aún se sobrepondrá, y recibirá a un grupo numeroso de sacerdotes, a muchas de sus hijas en la Escuela Técnica de Hostelería Zunil, y a grupos de hijos suyos en la casa donde vive. Y seguirá repartiendo el caudal de su espíritu evangélico, la sonrisa y el buen humor, la ascética ejemplarizada con su propia vida, el servicio y la entrega, por encima de toda circunstancia desfavorable.

Con la misma alegría, sigue expresando su amor a la Iglesia y al Papa, su defensa de la unidad y pureza del dogma católico, la urgencia de manifestar la dignidad del sacerdocio, el ecumenismo bien entendido...

-«En medio de esta barahúnda, el hecho de amar más cada día a la Iglesia y de estar contentos, ya es un milagro...

Luego, no podemos nosotros distinguir entre este Papa y el otro, y el de más allá. ¡No! A venerar al Santo Padre, sea quien sea, y a rezar por él: que el Señor lo tenga de su mano y le siga ayudando para que gobierne la Iglesia»(81).

Y habla, mientras tiene voz, del amor de Dios como dimensión absoluta de la vida del hombre:

«Hay que acudir al trato con el Señor constantemente, de la mañana a la noche y de la noche a la mañana, también durmiendo. Sí. Antes de dormir, un acto de amor de Dios, una petición, una jaculatoria. Jaculatoria es como una saeta encendida... Y cuando te despiertes, si duermes de un tirón, te despiertas todavía con el sabor de la saeta en la boca».

A sus hijos de Guatemala les anima en las tareas apostólicas por estas tierras centroamericanas. Está muy contento, pero les pide que no cejen en su esfuerzo por multiplicarse, por agrandar el reino de Dios:

«Tengo que deciros, hijos, que el Señor, en estos momentos tan duros para la Iglesia, está bendiciendo la Obra como nunca»(82).

La víspera de su partida pasa un rato a solas con el Consiliario del Opus Dei. Quiere dejarles el regalo de aquello que no ha podido decir, en voz alta, a todos los vientos.

«Saber sentir realmente el peso de la Obra sobre nuestros hombros. Esto se lo debes inculcar a todas mis hijas y a todos mis hijos: todos hemos recibido el mismo mensaje, a todos nos corresponde responder de la misma manera»(83).

Al día siguiente, cuando el coche que lleva al Fundador hasta el avión enfila el aeropuerto, se encuentra con una multitud -pasan de dos mil personas- que acuden a despedirle. Invaden pasillos, corredores y el borde mismo de la pista... Desde el pie de la escalerilla les bendice, y hace un gesto de unión y despedida. Minutos más tarde el aparato despega con rumbo a Roma.

Ha concluido esta ingente catequesis continental: casi 45.000 kilómetros de recorrido. El Padre ha terminado, también, con todas sus reservas físicas. Pero algo inagotable le desborda el alma en este viaje de regreso: la alegría de haber visto y hablado a tantas gentes. De haber prestado su voz para hacerles llegar la llamada de Cristo a la santidad en todos los caminos de la tierra.

Índice: Tiempo de caminar
Siguiente: Como una síntesis