Un maratón sobrenatural

«Os digo que, si ellos callasen, gritarían las piedras»

(Lc XIX, 40)

Decisión heroica

Otoño de 1972. Roma ilumina de rojo «matone» las fachadas en el atardecer. Desde que se clausuraron las sesiones del Concilio Vaticano II, la Iglesia ha sufrido violentas sacudidas.

Monseñor Escrivá de Balaguer quema su vida en una honda tarea de fundación, conoce los entresijos de la crisis que afecta a gran parte del mundo cristiano y quisiera salir al encuentro de los que se desvían en una pérdida lamentable. Su llaneza y valentía sufren ante la ambigüedad y el silencio de tantos que debieran gritar, hoy más fuerte que nunca, la única verdad del Evangelio.

Siempre ha trabajado por la gloria de Dios, sin pretender ningún aplauso humano. Dotado de gran inteligencia y de vastísima cultura, su energía y talento teológico se vuelcan en cartas y escritos, en palabras destinadas a los miembros de la Obra de Dios, que llenan miles de páginas.

En los últimos años, al presenciar esta crisis que Dios permite en la Iglesia, piensa «lanzarse al ruedo», como se dice en el idioma castizo español. Es decir, salir al encuentro de muchas personas para hablarles de fe, esperanza y amor. Su decisión de presentarse ante millares de personas atenta contra su modo de ser, más inclinado al diálogo personal, a la reunión familiar. Se expone, al comparecer públicamente, a ser objeto de crítica y, ¿por qué no?, también de entusiasmos, de agradecimientos y de afecto. Pero todo pasa rápidamente de sus manos a las de Dios. Ni un solo instante los aplausos de una reunión se quedarán en los bolsillos de su sotana. Se transforman, por obra y gracia de la humildad y el servicio de este sacerdote, en un gran ofertorio a Dios.

A los setenta años de edad, el Fundador del Opus Dei va a librar otra batalla en servicio de la Iglesia. Durante mucho tiempo ha sufrido ante el panorama que presencia. Pero no concuerda su coraje con la congoja o el desaliento. Aquello que le afecta se transforma en fuerza para rezar, para sacrificarse, para ir a la acción como un vendaval pacífico e imparable que no puede contener la necesidad de hablar de Jesucristo.

El verbo catequizar, en su raíz griega significa algo así como «hacer sonar en los oídos». Esta resonancia apasionada es lo que el Padre va a intentar, incansablemente, en dos meses de catequesis por España y Portugal. Gritará despacio, afectuosa y libremente, las verdades viejas y nuevas del Evangelio. Una asamblea multitudinaria se convierte a su alrededor en una tertulia donde todos tienen la libertad y la confianza de exponer sus inquietudes y afectos en voz alta. En estas apariciones en público, jamás se mostrará pesimista ni agorero precursor de calamidades: todo lo contrario. Repetirá incansablemente que para los hijos de Dios, todas las cosas, aun las aparentemente más dolorosas, son para bien. Así, con este ánimo, el Padre inicia un «maratón» de fe este otoño de 1972, cuando Roma arde en uno de sus maravillosos atardeceres

Navarra: punto de partida

El 4 de octubre llega el Padre a Pamplona. La Universidad cuenta ya con los edificios apropiados para cada Facultad; los Colegios Mayores levantan su estructura sobre el Campus, que aparece verde, cuidado, como un toque de suavidad junto a la arquitectura de piedra.

El Fundador va a ofrecer una parte de su tiempo en Pamplona a los profesores de esta Universidad. En un solemne acto académico, confiere el grado de doctor honoris causa a los profesores Ourliac, profesor de Historia del Derecho en las Universidades de Montpellier y Toulouse; el Marqués de Lozoya, profesor emérito de Historia del Arte de la Universidad Complutense; Letterer, profesor de Patología General. Los tres de gran prestigio en el campo del derecho medieval, de la historia del arte o de la investigación genética.

Cuando impone los birretes a los nuevos doctores honoris causa, las normas del protocolo no impiden que se manifieste su condición de afectuosa solicitud.

Habla a los cientos de personas que asisten, durante estos días, al V Consejo de Delegados de la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra. Y atiende con igual dedicación y esmero, a campesinos llegados de los pueblos de la Ribera, del Roncal, Baztán y la Rioja. A las empleadas del hogar, enfermeras y asistentes sociales. A grupos de estudiantes españoles y extranjeros que han venido para saludarle. También los sacerdotes y religiosos ocupan, como siempre, un lugar preeminente en su atención: varios centenares escucharán sus palabras de reciedumbre y optimismo cristiano. Acuden asimismo las autoridades provinciales y locales, incluidas las eclesiásticas, que serán testigos de su afecto y agradecimiento.

Durante su estancia en Pamplona vive en el Colegio Mayor Ara lar, y emplea las últimas horas del atardecer en charlar con los universitarios. Lo hace con la misma juventud de ánimo con que abordaba los problemas en aquellos años de su licenciatura, en las aulas de la Facultad de Derecho de Zaragoza.

Grupos de estudiantes nigerianos, alemanes, latinoamericanos, franceses... se reúnen en estas tertulias.

Días después llegarán cartas agradeciendo las atenciones recibidas. Como este profesor de Física, que escribe desde Rennes:

«Este viaje a Pamplona ha sido algo encantador. Gracias a la Obra -caminos se abren en medio de las montañas-, me siento arrastrado irresistiblemente. Con tu ayuda espero responder a Dios con generosidad»(2).

Durante las reuniones -masivas-, que tienen lugar en los Colegios Mayores de la Universidad, sabe dar doctrina en un tono familiar amable, lleno de humor, que pone una nota de alegría en el ambiente. El silencio y la risa subrayan los momentos de sus tertulias: porque pasa, sin transición, de la exigencia seria, grave, a la gracia que cambia repentinamente el clima. Millares de personas guardarán un recuerdo imborrable.

Estas charlas son todo menos un sermón. Tampoco un escenario triunfalista. El Padre sabe pedir con naturalidad; recordar a los cristianos la honda singladura en que están embarcados. Para cada uno tiene la ambientación adecuada: algo así como una parábola cambiante según la condición y el momento. A los campesinos les pregunta por su trabajo, por las preocupaciones de su vida, por los problemas que acucian su jornada:

-«Tú sabes que hay personas a las que yo quiero mucho, en diversas partes del mundo, haciendo una gran labor en el ambiente campesino, con las Escuelas Familiares Agrarias, por ejemplo, y con tantas otras iniciativas de promoción social. No es para alejar a la gente del campo, sino para facilitarles los medios de llevar una vida espiritual y económicamente sana. Tenéis pleno derecho»(3).

Se refiere el Padre a las EFA, creadas con proyección internacional, como centros de formación permanente y de promoción rural. En ellas, el agricultor tiene el máximo protagonismo y las enseñanzas teórico-prácticas se adaptan al medio concreto sobre el que han de trabajar los campesinos.

La participación de jóvenes y adultos, la práctica del trabajo en equipo y la experiencia multidisciplinar de los técnicos y profesionales agrarios que imparten estas enseñanzas han hecho de más de medio centenar de Escuelas Familiares Agrarias, repartidas por todo el mundo, una realidad de importancia incuestionable a nivel personal y social.

En el Instituto de Enseñanza Media y Formación profesional Irabia situado en el barrio obrero de la Chantrea, habla con los profesores y padres de alumnos. El barrio acoge una población flotante, una emigración dentro de la Península. Hay representación de otras regiones españolas, ya que la mano de obra acude a Navarra en busca de un más alto nivel de vida. Son trabajadores que tratan de sacar sus familias adelante después de haber dejado su terruño natal.

Junto a su derecho al trabajo y al respeto de todos, les recuerda que Jesús, un obrero manual, está esperando la santidad... de sus hermanos los hombres. En primera fila está sentado hoy Félix, que es ciego. Sus hijos estudian en Irabía y él es Cooperador del Opus Dei. De pronto levanta su voz:

-«Padre, yo no conozco a mis hijos... ».

El Fundador se inclina hacia él:

-«Sí los conoces, hijo mío. Tú tienes mucha luz, ¿oyes?

Tienes mucha luz de Dios (...). No la rechaces. Recibe siempre con cariño la luz del Señor. Tú tienes más vista que nadie»(4).

Y sabe pedir, también, los medios materiales para llevar a cabo las labores apostólicas. El domingo 8 de octubre habla, en el Colegio Mayor Belagua, con profesores, bedeles, encargados de la limpieza, personal administrativo...

«En estos momentos, en otro sitio, hay reunidas cuatrocientas personas, tratando de encontrar dinero para que todos vosotros podáis salir adelante. Porque la Universidad -lo sabéis como yo- no se sostiene sola. Cuantos más alumnos hay, mejor y peor: mejor, porque hacéis una magnífica labor con estas criaturas. Peor, porque hay más gastos y aumenta el déficit (...).

Vamos a encomendarles para que acierten y saquen cuartos. Ya sabéis que, en la medida de lo posible, no se os paga a nadie por debajo de otras instituciones. Yo querría que ganarais algo más (...).

¿Perdonáis que os haya dicho esto? Es que traigo encima la preocupación de esos cuatrocientos... ».

Pero no quiere que las dificultades económicas frenen las ambiciones buenas:

«Tened miras amplias... Buscad lo mejor para vuestra Facultad, para vuestra Escuela, para vuestro Instituto. Y si os dicen que no hay dinero, insistid. ¡Saldrá! No hemos dejado nunca de hacer nada porque faltara el dinero. No hubiéramos llevado a cabo nada, en ese caso»(5).

Apoyado en la anécdota inmediata de cualquier pregunta, expone de modo diáfano y estimulante el espíritu del Opus Dei. Subraya la necesidad del trabajo serio y profundo. De la perfección en los pequeños detalles que hacen impecable al trabajo total. De la paz de espíritu en el estudio y la investigación, sabiendo que Dios está en el horizonte de todo conocimiento temporal.

En el discurso que ha pronunciado en el acto de investidura de los nuevos Doctores, dice:

«Las ciencias humanas, desarrolladas con principios y métodos propios, avaloradas con el contraste de la Revelación sobrenatural, contribuyen a resolver de modo adecuado los problemas humanos, espirituales y temporales, de todo tiempo y lugar.

La Universidad no vive de espaldas a ninguna incertidumbre, a ninguna inquietud, a ninguna necesidad de los hombres. No es misión suya ofrecer soluciones inmediatas. Pero, al estudiar con profundidad científica los problemas, remueve también los corazones, espolea la pasividad, despierta fuerzas que dormitan, y forma ciudadanos dispuestos a construir una sociedad más justa... » (6).

Concluye la estancia del Padre en Navarra. Docenas de coches toman el camino de regreso a Logroño, Vitoria, San Sebastián, Tudela, Miranda... Algunos han de cruzar fronteras para volver a su país.

Antes de partir, Monseñor Escrivá de Balaguer se acerca a la ermita donde permanece vigilante la Virgen que preside el Campus. Aquí está, con la serenidad grabada en el mármol. Desde su emplazamiento se pueden ver los edificios que ha levantado esta siembra de esfuerzo y de fe.

Un Bilbao con cielo azul

La carretera se empina al llegar a Derio, en las cercanías de Bilbao. Y ya no abandona la cuesta hasta adentrarse en cimas cubiertas de abetos. A la izquierda, de modo casi inesperado, sorprende la entrada de Islabe, la Casa de Retiros dirigida por el Opus Dei. Hoy, 10 de octubre, parece que el cielo se ha puesto de acuerdo para estrenar su mejor azul. Es la fecha en que Monseñor Escrivá de Balaguer llega a la capital vizcaína. Al día siguiente, Vizcaya celebra la Maternidad de la Virgen bajo la advocación de la Madre de Dios de Begoña.

Pasará tres días en la ciudad. Pero durante estas jornadas se reúne con varios miles de personas, en Islabe y en el Colegio Gaztelueta.

Islabe acogerá representaciones de Itxaso, Centro profesional para la formación de la mujer, además de Bertendona, Escuela de Empleadas del Hogar. Una muchacha joven abre el turno de preguntas:

-«Padre, ¿qué es lo que le pide a la juventud?».

-«Yo le pido, a la tuya y a la de todas mis hijas, que sea eterna la juventud. Si os acercáis a Dios, si tenéis trato con Dios, cada día más íntimo; si os hacéis amigas del Señor, si os enamoráis del Señor, tendréis una juventud eterna también, porque estaréis cerca de Dios, que alegra la juventud (...).

En el Opus Dei no hay viejos: todos somos jóvenes. Con esa juventud maravillosa de Jesucristo Señor Nuestro, que siempre es el mismo: ayer, hoy y mañana. Herí, hodíe et in saecula!»(7).

También hablará con alumnos de Gaztelueta y de los estudios nocturnos, chicos de Clubs de Bilbao o Baracaldo y universitarios del Colegio Mayor Abando. Para los alumnos de la sección de estudios nocturnos tendrá palabras de estímulo:

-«¡Son estupendos! Unas criaturas que están trabajando con toda su alma, y que hacen el esfuerzo de venir corriendo aquí -con la lengua fuera- para estudiar, con un cariño inmenso, con un deseo de saber... Yo los quiero con predilección. ¡Que Dios les bendiga!»(8).

Un universitario le plantea las dificultades de la fe frente al espíritu crítico:

-«Padre, la fe del carbonero... »

-«Me parece muy bien la fe del carbonero, pero prefiero la fe ilustrada. Aquí os dan buenas clases de religión; procurad aprender (...). La religión no es una cosa secundaria; no es una asignatura de segunda categoría. ¡Es importantísima! Si vamos a las mejores bibliotecas del mundo, la mayor cantidad de libros son de religión, de teología, que es la ciencia que tiene mayor interés para la humanidad. Por lo tanto, tú aprende y además pide al Señor que te dé también la fe del carbonero; pero, en lo posible, sabiendo, comprendiendo lo que la mente humana puede comprender, que no es todo (...).

Yo doy muchas vueltas, con el entendimiento, al misterio de la Santísima Trinidad. Me enamora leer cosas de k Trinidad y de la Unidad de Dios, y cuando algunas veces me parece que veo una lumbre, una luz, me pongo contento. Y cuando me encuentro sin luces, me pongo más contento y digo: ¡Señor, qué grande eres! ¡Qué pequeño serías, si yo pudiera comprenderte! Es lógico que no lo pueda entender. Y entonces le pido que me deje prácticamente la fe del carbonero, pero... soy doctor en teología, ¿sabes? Del todo carbonero, no» (9).

No faltarán en Islabe, a la cita con el Padre más de un centenar de sacerdotes diocesanos de Vizcaya, Burgos y Santander.

En la mañana del 12 de octubre, los alrededores de Gaztelueta se animan por una concentración inusitada. Hay gentes de Bilbao, de San Sebastián, Burgos y Santander. También un pequeño grupo de extranjeros. La reunión resulta especialmente entrañable porque entre los asistentes hay algunos de los que iniciaron la Obra en Vizcaya. De aquellos que tuvieron la esperanza suficiente para sembrar y dejar la cosecha a punto para los que llegaron más tarde. El colegio se encuentra materialmente abarrotado: todos -obreros, empresarios, profesores- se apiñan para ver y oír al Padre. Las preguntas se suceden sin interrupción. Y queda patente el cariño desbordante del Fundador a cuantos han acudido hasta Gaztelueta.

El número de asistentes a las reuniones con el Padre ha sobrepasado los cálculos previstos. El «hall» del Edificio Central de Gaztelueta se ha llenado a rebosar todos los días. Aquí, en este Centro docente, el Fundador habla especialmente de la importancia del profesor, del maestro, en la tarea de educar a la juventud. A una pregunta en la que alguien necesita saber cuál es la virtud más importante para esta misión, el Padre responde:

«Necesitáis todas, pero sobre todo manifestar a los chicos una lealtad muy grande. Que vean que les queréis, que os sacrificáis, que tenéis la suficiente ciencia y que sabéis comunicársela con gracia, con luz, con don de lenguas, de modo que os entiendan. ¿Está claro? No puedes exigirles lo que tú no tengas. Procura poseerlo y luego exige»(10).

Y también invita a los padres a formar parte de esta tarea apasionante.

«¿Cómo queréis que vuestros hijos salgan adelante, si no formáis vosotros parte activa de la labor? En un colegio, por ejemplo, primero son los padres de familia, luego los profesores y por último los alumnos. Vosotros debéis mantener contacto constante con la labor; si no, no va. No haríamos nada»(11).

Una tarde en Islabe habla con un extenso grupo de matrimonios que han ayudado a la Obra desde su llegada a Bilbao. Ante ellos insiste también en esta labor educativa de la juventud, en todos los niveles sociales. Les pide ayuda para un barrio obrero de Roma en el que se levanta ya el Centro ELIS de formación profesional:

-«La ilusión mía es comenzar este otoño próximo, si el Señor me da vida, a trabajar mucho con los obreros del Tiburtino. Hasta ahora no he podido. Apenas he podido ir a las labores de mis hijos y de mis hijas en Italia, que trabajan maravillosamente» (12).

Al final de cada encuentro hay un aire de alegría en las caras; son amigos que salen de una reunión familiar, hermanos en el trabajo de cada día. Un Cooperador afirma rotundamente, después de una tertulia con el Padre:

-«Dios quiso promover la Obra en 1928, porque la iba a necesitar en 1972»(13)

Este cielo norteño ha cumplido un deber de cortesía: reservar la lluvia y dejar paso a un buen sol para estas jornadas en las que un hombre de Dios habla del amor a la Iglesia, al Papa, y de servicio incansable a todos los hombres.

Madrid: donde nació la Obra

Algunas de las reuniones que el Padre va a convocar en Madrid tendrán lugar en el salón de actos de Tajamar, centro docente promovido por el Opus Dei en el barrio de Vallecas. Más de dos mil personas llenarán diariamente esta gran aula, que se convierte en cuarto de estar por la confianza familiar del ambiente. Tajamar tiene nombre de proa, de oleaje cortado por navegaciones firmes. Y así ha sido, en efecto, la travesía temporal de este Instituto. El Fundador recuerda sus correrías apostólicas por Vallecas desde 1927. Con sacrificio alegre acudía a las llamadas de los enfermos, los pobres, los más abandonados.

«Cuando tenía veinticinco años, venía mucho por todos estos descampados, a enjugar lágrimas, a ayudar a los que necesitaban ayuda, a tratar con cariño a los niños, a los viejos, a los enfermos; y recibía mucha correspondencia de afecto, y alguna que otra pedrada... Hoy para mí esto es un sueño, un sueño bendito, que vivo en tantos barrios extremos de ciudades grandes, donde contribuimos con cariño, mirando a los ojos de frente, porque todos somos iguales» (14)

Tajamar empezó en 1957, con muy pocos medios. Un grupo de profesionales, miembros del Opus Dei, que alquilaron tres pequeñas viviendas y un garaje, en una calle estrecha y húmeda. En 1959 los alumnos aumentaron y Tajamar se trasladó a una antigua vaquería del barrio. Mientras tanto, con la ayuda de muchas gentes, se empezaron las obras del Tajamar definitivo. Hoy, cerca de 1.900 alumnos cursan en el Instituto los ocho años de Enseñanza General Básica, el Bachillerato Unificado y Polivalente, el Curso de Orientación para ingreso en la Universidad y Escuelas Técnicas Superiores. Hay, además, estudios profesionales de forja, soldadura, artes gráficas y electrónica. Estas actividades ocupan los locales desde las nueve de la mañana a las 5,30 de la tarde. Media hora después, las aulas vuelven a llenarse para la enseñanza nocturna de aquéllos que compaginan su trabajo con un noble deseo de aprender y mejorar su nivel profesional. En este aledaño de Madrid que ha costado tanto esfuerzo y trabajo, habla el Padre como en su casa.

La llegada al Cerro del Tío Pío, donde se asienta Tajamar, es hoy una fiesta. Hay saludos y sonrisas. Alegría demostrada en mil detalles y deseos de que todo el mundo lo pase bien junto al Padre. Ante esta riada de personas que acuden al salón de actos, el Fundador va a repetir la misma doctrina, el mismo cariño; un espíritu idéntico al que impartía a los estudiantes y obreros que trataba en los años veinte y treinta: que todos están llamados a la santidad, y que pueden alcanzarla santificando su trabajo y sus obligaciones familiares y sociales.

Recibirá, desde el 30 de octubre, a las familias de alumnos de Tajamar, matrimonios de Madrid, gentes de diversas provincias españolas; varios centenares de sacerdotes de Madrid y de las diócesis vecinas; campesinos, empleados, miembros y Cooperadores del Opus Dei.

Una de sus primeras visitas es a la Residencia Los Tilos, para empleadas del hogar. Este Centro de Formación Profesional se ha inaugurado en 1967. A esta tarea han dedicado su esfuerzo un grupo de mujeres del Opus Dei. Es preciso llenar un vacío de capacitación destinada a estos puestos que requieren, ya, unos conocimientos más adecuados. Dotar de dignidad profesional el trabajo realizado dentro del ambiente familiar y el oficio desempeñado en grandes colectividades.

Unos años después, en un viaje por América, repetirá:

«Es una profesión extraordinariamente grande (...). No hay ninguna profesión humilde: todos los trabajos son grandes, santos, nobles. Yo no sé si es más importante el trabajo del Gobernador del Estado, que el de una chica empleada del hogar. Dependerá del amor que ponga. Puede suceder que aquella que está en la cocina lo hace con tanto amor, que vale más que esté allí que no en el Parlamento» (15).

Les recuerda, de nuevo, la categoría del trabajo, de toda dedicación en servicio a los demás; de la necesidad de una formación certera para huir de la rutina, del desorden. Y el coraje de tener un sano orgullo del oficio bien hecho, santificado por el amor a Dios.

En el Colegio Mayor Moncloa, contesta a un muchacho que quiere «volver el mundo al revés»:

-«Siendo un buen cristiano. Ser un buen cristiano quiere decir ser buen estudiante, alegre, con las cualidades de la gente joven, que son muchas. Cuando oigo hablar contra la juventud de ahora, me enfado: porque vosotros hacéis lo mismo que hemos hecho todos nosotros, los que ya no somos tan jóvenes, cuando lo éramos. De manera que no os preocupéis. Las virtudes de la gente joven son muchas y, además, tenéis impulso, ilusión. Estudiad, no perdáis el buen humor, y emplead también vuestra simpatía, para llevar por todas partes la doctrina de Cristo.

Pero sin emplear nunca la violencia, que eso no sirve para Nada(16)

En la casa de Diego de León se reunirá con un grupo de hijos suyos que ya cuentan muchos años de trabajo dentro de la Obra. Atardece en este octubre madrileño, y la memoria se remonta a cuarenta y cuatro años antes... El mismo tiempo sereno, idéntico cielo, aquel mismo viento que esparció el repique de las campanas de «Nuestra Señora de los Ángeles» en una mañana de gracia de 1928. Le rodean hoy sus hijos en un cuarto de estar, y el Padre pregunta:

-«¿Habéis visto cómo se cumple lo de "soñad y os quedaréis cortos"?» (17).

Las dimensiones de este sueño sobrenatural del Fundador se han materializado estos días en la multitud de gentes que se han acercado a oírle y saludarle.

-«Se os ve a todos contentos. Os quiero con toda el alma. Me marcharé con la pena de no haber estado un rato con cada uno, pero no tengo posibilidad humana de hacerlo».

Les hace reflexionar sobre los tiempos que la Iglesia atraviesa:

-«En estos momentos de deslealtad, hemos de ser muy leales. Para eso sólo hay un sistema: tener vida interior. El que no haga oración, nos estorba. El que se aburguese y no piense en los demás, nos estorba (...). El que no tenga una vida de piedad intensa, con un amor muy grande a Jesús Sacramentado, a la Trinidad Beatísima, a Nuestra Madre del Cielo, nos estorba. El que no sienta, con corazón de carne, limpio y puro, la fraternidad con sus hermanos, nos estorba».

Y concluye:

«En la Santa Misa, nos podemos encontrar cada día. Uníos a la intención de mi Misa, que desde hace muchos años es la Iglesia universal, el Papa, y la Obra... »(18).

Hay temas que ocupan su pensamiento y su palabra casi constantemente. Uno de ellos es la confesión sacramental. Dios, que ha concedido a los hombres uno de los más altos dones de la tierra: la capacidad de desatar las cadenas del pecado. De otorgar esa dimensión tan hablada y tan poco reconocida de la verdadera libertad interior:

«He visto acercarse a la Iglesia a muchos paganos, admirados de esta maravilla que es el Sacramento de la Penitencia. Han considerado a Dios Creador, que nos ha sacado de la nada, y se han pasmado; han pensado en Dios Redentor, que después de la caída de nuestros primeros padres nos ha buscado con tanto amor:

¡qué entrega la suya! Pero, un Dios que perdona continuamente, un Dios con corazón de padre y de madre, que no nos guarda rencor por haberle ofendido... ¡esto ya es el colmo! Y esas personas, al descubrir esta maravilla divina, desean acercarse a Dios, y piden que se les explique la doctrina de la Iglesia, porque quieren recibir el bautismo, y participar luego -una y otra vez- de ese perdón» (19).

En un piso alto de la calle de Zurbano se reúne con un grupo de mujeres profesionales de los medios de comunicación social. El, que ha iniciado un maratón sobrenatural para dar la verdad de Jesucristo a tantas gentes, habla ahora con personas que tienen la palabra como trabajo y dedicación.

«Las mujeres tenéis mucha fuerza. Podéis mover el mundo. Pero con un gran espíritu de oración; si no, no me sirve. Y con prestigio profesional, porque si no, tampoco me sirve(20).

A lo largo de estos días ha hablado de la mujer convertida en objeto por una sociedad embarcada en intereses inadmisibles. Ahora las impulsa a que sean sujeto activo del cambio social, del retorno a valores que están más allá del tiempo histórico y de la moda.

Una mujer de nacionalidad británica que trabaja en televisión, le dice su preocupación por el ambiente que rodea su quehacer habitual:

«Puedes llegar, hasta donde Dios llegue contigo. Hasta donde no pierdas el contacto y la intimidad con El. Si vas siempre con El, no es el ambiente quien influirá, sino tú en el ambiente»(21).

Desde que salió de Roma, muchos miles de personas le han escuchado. Mientras le quede un aliento de energía, seguirá lanzando a voleo su catequesis: este decir y repetir, a cada uno, las maravillas de Dios entre los hombres.

El día 30 de octubre toma el avión en el aeropuerto de Barajas. Va camino de Portugal.

Portugal: país de promisión

Un pequeño grupo sigue con expectación las evoluciones del avión que aterriza en Pedras Rubras: junto con el Consiliario del Opus Dei en Portugal y algunos miembros de la Obra, está también el Gobernador de Oporto. Se apagan los motores, y el

Padre, don Álvaro del Portillo y don Javier Echevarría descienden por la escalerilla.

-«Me siento feliz por estar una vez más en Portugal. Mi única pena es no saber hablar portugués»(22).

Durante siete días, Monseñor Escrivá de Balaguer va a presidir múltiples reuniones; conocerá los nuevos Centros abiertos en Lisboa, Coimbra, Oporto. Las tareas que la Obra aborda sin distinción de edades o de posición social. Desde bachilleres a campesinos pasando por sacerdotes, universitarios y matrimonios...

Enxomíl, la Casa de Retiros en los alrededores de Oporto, se llena en convocatorias sucesivas. La gente joven comparece con sus guitarras a punto de fado, y docenas de preguntas. Tal vez porque se saben objeto del futuro, interrogan acerca de la crisis de fe que sacude el mundo:

«Sí, es cierto que es un tiempo de falta de fe, y también es tiempo de mucha fe. Actualmente hay personas -yo conozco alguna-, que jamás habían hecho tantos actos de abandono en la misericordia de Dios, como ahora. Si rezamos todos juntos, si ponemos un poquito de nuestra buena voluntad, el Señor nos dará su gracia y pasará esta noche oscura, esta noche tremenda. Vendrá el alba, la mañana llena de sol. ¡Como estos días de Lisboa, que son una maravilla! » (23).

En Lisboa recibe a más de trescientos sacerdotes:

Se dirige a uno, después de contestar a una pregunta:

-«Me dan unas ganas de besarte las manos... »(24).

Y el Fundador mira el local del Club Xénon, materialmente abarrotado de hombres cuya vida está consagrada al servicio de Jesucristo...

-«Os tengo que decir que, cuando estoy rodeado de sacerdotes, me entusiasmo, me conmuevo, y me doy cuenta de que cada uno de vosotros podría darme doscientas docenas de lecciones, que serían de mucho provecho para mí. Por eso no predico a los sacerdotes: hablo con ellos de lo que ellos quieren... »(25).

Alguien le hace notar que están presentes algunos sacerdotes ya mayores:

-«¡Si viérais mi alegría cuando, en esta correría apostólica, he visto sacerdotes de más de ochenta años, que han pedido la admisión en el Opus Dei! Me acercaba furtivamente a besarles las manos, y les decía: tienes todos estos tesoros que has ido recogiendo, con tu trabajo, en las últimas parroquias de la diócesis, y yo debía estar de rodillas delante de ti. ¡Eres maravilloso! (...).

Aquí no hay nadie viejo. Todos somos jóvenes, todos (...). Somos inconmovibles (...). ¿Qué edad tenemos? Pues no lo sé; pero joven, siempre joven».

-«¡La edad del amor de Dios!», apunta don Álvaro.

-«Del amor de Dios, sí. ¡La edad del amor de Dios! La edad de hacer las cosas por amor. La edad de no dividir, sino de unir (...). La edad de ir detrás de los hermanos en el sacerdocio, que se nos han perdido por descuido de todos... »(26).

La tertulia se prolonga. Quieren preguntar los recién llegados al sacerdocio; otros, con años de experiencia; los de Lisboa y los que proceden desde otros puntos de Portugal... El tiempo pasa muy rápido y alguien se acerca al Padre:

-Padre, es la hora.

-« ¡Nos echan! ¿Me perdonáis? Pero quiero aprovecharme de vosotros, porque os he hablado hace un rato de la maravilla que el Señor ha puesto en vuestras manos. Tengo devoción -y algunos de los que están aquí lo saben- a recibir la bendición de mis hermanos sacerdotes. Así que os doy un sablazo. Me pongo de rodillas y me dais la bendición, por amor de Jesucristo (27).

Todos invocan al Padre, Hijo y Espíritu Santo, para que descienda sobre el corazón y los trabajos de este sacerdote, Fundador del Opus Dei.

Y Monseñor Escrivá de Balaguer también les bendice. Después, sale deprisa, mientras se pierden en el aire sus últimas palabras.

El amor por el sacerdocio ocupa el alma del Padre desde sus años de Seminario, en Zaragoza. Ahora, a sus hijos portugueses les ha impulsado a vivir una fraternidad sacerdotal constante, una ayuda mutua sin fronteras en el cumplimiento de esta misión, de esta batalla por la santidad. Y les ha pedido, una vez más, a los sacerdotes de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, la lealtad y la obediencia incondicional a los Obispos de sus diócesis. Y, por encima de todo, cariño. Amor de unos por otros:

«¡Que nos queramos, que nos queramos mucho! Que amemos también a los religiosos, porque todos somos una sola cosa; y veréis cómo la Iglesia florece y los seminarios se llenan; cómo se salvan las almas y cómo seremos felices todos»(28).

No podía faltar el Padre, no faltó, a una cita con la Virgen de Fátima. El día 2 de noviembre viene hasta el Santuario, una vez más, para poner en sus manos las realidades y esperanzas de la Obra. Hace pocos días les ha dicho:

«Siempre que estoy en Portugal me acerco a Fátima para rezar a la Virgen. A veces vengo exclusivamente a eso, y me escapo sin dejarme ver de nadie.

Tengo mucho cariño a todos los santuarios de la Virgen, y prácticamente se puede decir que he recorrido todos los de Europa. Pero Fátima me encanta de modo especial: por vuestro pueblo, que es de una fidelidad a la Virgen que conmueve»(29).

Llega la hora de partir. El 6 de noviembre tomará el avión que ha de conducirle nuevamente a España. Otras distancias le reclaman, pero no puede evitar, camino de la despedida, decir en una breve confidencia al viento:

-«¡Cuesta marcharse! »(30)

Dejar este país que tiene un corazón inmenso y un sentido formidable de la fraternidad universal.

Andalucía: tierra de María Santísima

El 6 de noviembre, en la atardecida jerezana, llega el Padre a Pozoalbero. Comienzan ya los primeros ruidos de la noche: los pájaros agotan sus energías avalados por el silencio campero. Pozoalbero, nombre de arena al sol y de agua fresca, va a ser el escenario de su cita con Andalucía. Porque hasta aquí llegarán, a lo largo de siete jornadas, gentes de Córdoba, Sevilla, Huelva y Cádiz. Todos con su equipaje de alegría; con su guitarra y sus palmas, capaces de convertir el aire en danza.

La verdad es que Andalucía se ha sacado de la manga un sol brillante para recibir al Fundador, después de unos días de lluvia torrencial que han llegado a preocupar a los organizadores de las reuniones.

Como salón de actos, se habilita un patio del viejo lagar. Al fondo se ha colgado un repostero con el escudo de la casa. Y alrededor, un lema: «Siempre fieles, siempre alegres, con alma y con calma». Es el brindis que hiciera el Padre, el 2 de octubre de 1968, en el cuarenta aniversario de la Obra. Cuando lo vea, comentará con gracia:

-«Desde luego, aquí no se puede decir nada: enseguida lo ponéis por las paredes» (31).

Tiene el lagar paredes encaladas y apliques de viejos azulejos. Los portones están pintados de verde; los muebles son oscuros, recios. Las esteras de esparto esparcen un olor áspero y fuerte.

Más de dos mil personas llenarán el recinto, cada uno de los siete días que el Padre permanece en Pozoalbero. Pero el número no importa. Según reza una vieja letra de la tierra, «están los cabales», aunque apenas quepa un alfiler dentro de la nave.

-«Vamos a tener una conversación, una especie de tertulia andaluza. Como si estuviéramos sólo veinte personas»(32).

Un Cooperador le cuenta que ha perdido a su mujer y a un hijo, en un accidente:

-«Vengo por si veo una chispita de luz donde agarrarme».

-«Mira, el Señor nos quiere con locura. Se llevó a los tuyos porque estaban maduros para el Cielo. Para ti es un golpe grande, y lo comprendo. Yo tengo corazón y también lloro, cuando pierdo a las personas queridas».

El Padre explica que se encara con el Señor en estos casos. «Pero no ofendiéndole. Son palabras de amor. Le digo: ¿por qué te llevas a éstos, que hubieran podido servirte, que hubieran sido tan útiles a otras almas? Y, al final, bajo la cabeza: Tú sabes más que yo. Y añado: hágase, cúmplase... »(33).

El Hermano Mayor de una cofradía de Sevilla le trae una imagen de la Macarena en nombre de todos sus cofrades. El Padre la contempla un rato, habla de su belleza y la besa con enorme cariño...

Y luego decide ponerla, bien visible, en algún lugar donde se la pueda rezar mucho...

Se acelera el diálogo y las preguntas parten del auditorio rápidas como saetas: la paz, el miedo, el dolor, la felicidad. Y la cotidianeidad de las pequeñas grandes cosas: el dinero, la faena de cada día, el amor de cada minuto...

Como escribiría más tarde José María Pemán las respuestas del Padre «parecen dichas desde una torre de varios pisos superpuestos. En el bajo, la gracia humana: la anécdota o el comentario que mueve a esa oración de los sencillos que es la risa. Enseguida el piso central: que es la gracia poética, que expende emoción, que sugestiona tanto como persuade. Pero lo que exige el Padre Escrivá a sus primeras gracias subalternas es que anticipen el aire de familia de la última, que espera en la azotea y que es la Gracia de Dios» (34)

Aquí, como en todas partes, el Padre vuelve a darse sin poner ninguna barrera, con alegría, con alma. Fuera, el albero relumbra y pasa de «soleares» a «bulerías» según el bordón que toca, con cada uno de los temas, la ascética del Padre.

Cuando abandone Pozoalbero, las gentes sencillas de la tierra guardarán entre geranios y jazmines su memoria. El recuerdo de un sacerdote que les hablaba directamente al corazón.

Como don Juan Mateos, cura jerezano de ochenta años de edad y que cree no servir ya para casi nada...

-«Dios está muy contento de ti, y nosotros estamos orgullosos de ti, tenemos el orgullo de tu vocación. Dios te guarde muchos años en la tierra para rezar (...), para decir tu Misa sin prisa, para rezar tu Breviario sin prisa. Y, cuando no lo puedas rezar, no lo reces: reza el Rosario, ¿está claro? ¡Dos besos te doy con toda mi alma!... ».

Ha terminado una tertulia y María, la mujer de Ignacio, el gitano «enchinaor», le dice a un sacerdote:

«Dígale al Padre que le deseo mucha "zalú" para que siga haciendo su Obra... ».

Y un matrimonio de campesinos de Vejer de la Frontera hace una síntesis indiscutible de su reunión con el Padre:

«Siguen siendo malas las cosas que siempre lo han sido, y buenas las que lo han sido siempre. Y, además, hay cosas mucho mejores».

Y fray Alejandro, lego Capuchino que viene desde Sanlúcar de Barrameda a Pozoalbero con una imagen de la Virgen para que se la bendiga el Padre porque quiere que reciba la bendición de un santo.

Los venteros de Casa Manolo, junto a la carretera, gitanos de raza, son interrogados por la policía, asombrada de la cantidad de gente que entra y sale de Pozoalbero. Y María Jesús y Manolín dicen, quitándose la palabra:

-«No se preocupen que en "Pozoalbero", como siempre, sólo se habla de Dios»35

También visitará Sevilla y Cádiz. A las alumnas de Albaydar, Escuela de Secretariado y Decoración, y a los universitarios del Colegio Mayor Guadaira.

«Me he pasado la mayor parte de mi vida enseñando a santificar el trabajo. A los andaluces os han levantado una fama muy mala de que no trabajáis, y no es verdad. Aquí se trabaja, y se trabaja con salero, y con una sonrisa en los labios. ¡Bien! Lo hacéis muy bien todos... ».

Y a un estudiante que le interroga acerca de los que no quieren escuchar, por no complicarse la vida:

«El que no se complica la vida no es buen cristiano. Además, si él no lo hace voluntariamente, la vida misma se encargará de complicarle de todas maneras, y entonces será un desgraciado. Se sentirá cobarde, inútil, ineficaz, un peso muerto que tendrán que arrastrar los demás»(36)

Habla de las razones de justicia que exige el estudio profundo y serio:

«La sociedad (...) espera vuestros servicios: de médicos, de ingenieros, de abogados, de arquitectos... Es una labor que debéis realizar en favor de los demás ciudadanos, en justicia. Y resulta que ahora, a veces, se va a la universidad y no se estudia. ¿En qué quedamos? No parece muy razonable esta actitud»(37).

Le preguntan por el amor humano, por la sinceridad y la lealtad, por el trabajo... Y, en la tierra de María Santísima, por la devoción a la Virgen:

«Ya rezaréis para que también yo vuelva siempre a mi Madre, con el amor que la tenéis vosotros. He venido a Sevilla, una vez más, para aprender a amar a la Virgen. No vengo a enseñar: vengo siempre a aprender»(38).

En Cádiz, visitará a las monjas Carmelitas descalzas. Allí, junto a estos muros que levantara a golpe de fe la santa andariega de Castilla, el Padre viene a recabar oración que se transforme en fortaleza para la Obra de Dios. Y les ofrece, a cambio, el cariño y el agradecimiento de estos otros andariegos del mundo que se empeñan en amar y hacer amar a Jesucristo, en medio de la calle. El Fundador dice adiós a Andalucía. Aunque está muy entrado el otoño, la tierra sigue de gala y saca su mejor luz: es un alarde de blancos, verdes y azules en el paisaje sureño.

Valencia: un bello recuerdo

El Padre llega al aeropuerto de Manises el 14 de noviembre. Valencia está brillante, como en sus días de verano. Esta es una tierra que sonríe al mar, que se llena de azahares, que explota de alegría cada marzo y convierte sus barros en cosechas y cerámicas. Aquí llegó la Obra cuando los primeros miembros salieron de Madrid: Samaniego fue la primera Residencia universitaria, y El Cubil un pequeño piso en el que se forjaron las vocaciones levantinas. Aquí ha rezado mucho el Fundador, frente a las playas, en esta ciudad fecunda y trabajadora que se enclava en un circuito de naranjos.

«Con qué anhelo deseé -hace ya mucho, y durante largo tiempo- que el Opus Dei viniera a esta ciudad: hasta que el Señor concedió generosamente a su siervo que también aquí tuviera hijos e hijas; al regresar a Valencia, eran incontables las acciones de gracias a Dios que llenaban mi corazón de Padre feliz... »(39)

Estas frases de alegría forman parte del acta depositada en el altar del oratorio del Colegio Mayor Alameda, consagrado por el Padre durante estos días de 1972.

Una semana vivirá en La Lloma, una Casa de Retiros a muy pocos kilómetros de Valencia por la carretera de Sagunto. En este Centro recibirá a grupos de personas que acuden desde Albacete, Murcia, Alicante, Castellón y Teruel. Ha saludado, nada más llegar a la ciudad del Turia, a Nuestra Señora de los Desamparados; la voz de que el Padre acudirá a la Basílica ha cundido, y muchos de sus hijos esperan dentro de la iglesia. Son espectadores de la llegada y de su oración ante la Patrona de la ciudad.

También tiene una cita importante con un amigo ya fallecido, y el Fundador no puede faltar a ella. Acude a la catedral para hablar con Dios del que fue Arzobispo de la ciudad, don Marcelino Olaechea:

-«He querido con toda mi alma a vuestro arzobispo anterior (...), y él a mí. Tuvo mucho cuidado de que me avisaran, a mí y a dos parientes suyos, cuando se moría, y yo quiero corresponder, escaparme a la catedral, ponerme allí de rodillas donde está enterrado y rezarle con tanto cariño... Más que rezar por él, le rezaré a él, para que me bendiga y bendiga a este pueblo bendito de Valencia»(40).

Una multitud de jóvenes cruzará la llanura sobre la que se alza La Lloma para oír a Monseñor Escrivá de Balaguer durante sus días de estancia en Levante: miembros de los Clubs Collvert, Sorní, Azarba, Estay, Tetuán, Martí y Diemal.

Estos Centros, cuya dirección espiritual está confiada a miembros del Opus Dei, se ocupan de completar la educación de la juventud. Orientan sus métodos de estudio y la elección de sus futuras profesiones; organizan actividades culturales; estimulan la convivencia y el respeto en total libertad. Cuidan de que la dimensión transcendente, cristiana, de la persona, se cultive con conocimientos y prácticas desarrollados en paralelo a su formación profesional. En ellos comparten proyectos e inquietudes, miles de adolescentes en todos los países del mundo. Durante los períodos de vacaciones, este intercambio adquiere dimensiones internacionales.

Igualmente, acuden algunos centenares de sacerdotes de Valencia y diócesis vecinas. Residentes y adscritos del Colegio Mayor Alameda, y más de doscientas universitarias de la Residencia Saomar que van a tener, también, la oportunidad de escucharle.

¿De qué habla el Padre especialmente en esta tierra expansiva y apasionada? De uno de sus grandes amores, que comparte con los valencianos: San José. Un testigo sonriente de la pólvora que la ciudad quema cada año, en un alarde de fuego y música, para festejarle.

«Me habéis dado una alegría al poner en "La Lloma" esos azulejos con San José, a quien tanto quiero. Lo digo descaradamente, llamándole mi Padre y Señor (...). Le quiero mucho, con toda mi alma, porque es el que más ha amado a Santa María y el que más ha tratado a Dios, el que más le ha amado después de Nuestra Madre. San José era un hombre estupendo, un gran trabajador: estoy seguro de que no se quejó jamás a Nuestro Señor por tener que trabajar tan humildemente, para sostener aquella casa de Nazaret, ni por tener que correr de una parte a otra (...). Cuando me lo encontré allí, detrás de esa reja, me llevé una gran alegría, y le eché dos piropos» (41).

En las reuniones que se celebrarán en el Colegio Guadalaviar, promovido por padres de familia que han encomendado la dirección espiritual al Opus Dei, se contabilizan unas diez mil personas.

Ahora es un profesor de educación física quien aborda al Padre, pidiéndole unas palabras acerca de la deportividad en la lucha interior, y le responde con un recuerdo de las Olimpiadas:

«Veía cómo se acercaban aquellos mozos fuertes, con su pértiga dispuesta para saltar. Se concentraban en silencio hasta que ¡por fin! daba la impresión de que se decidían. Pero no: había pasado una mosca por allí, y se acabó la concentración. ¡Tienen más recogimiento que muchos cristianos a la hora de rezar!

Otras veces no se paraban, querían saltar, pero... no podían. Entonces bajaban la cabeza, se iban de nuevo al punto de partida (...). Luego se lanzaban y, quizá al cuarto o quinto intento, saltaban.

Tú debes decir a tus alumnos que en la vida ocurre eso. Diles que no son animales; que, en estos momentos de violencia, de sexualidad brutal, salvaje, tienen que ser rebeldes. Tú y yo somos rebeldes: no nos da la gana ser unas bestias. Queremos tratar a Dios (...). Para eso es muy bueno saber hacer una gimnasia espiritual, que es muy semejante -paralela por lo menos- a la(42) gimnasia física».

Alguien le pregunta qué han de hacer sus hijos en la Obra para que la pujanza y la frescura y el vigor de los primeros tiempos se mantenga durante siglos. Y el Fundador responde, en serio, pero con tono de broma:

«Que sean humildes (...). A nosotros no nos interesan ni la pujanza ni la frescura... Un poquito de frescura, sí.

Me preguntaba un niño de pocos años: oye, tú, ¿no te da vergüenza estar ahí arriba hablando a tanta gente? De modo que un poco de frescura también tengo yo; esa frescura hace falta para poder hablar de Dios (...).

Hemos de ser humildes, y el Señor nos ha pedido la humildad colectiva, que algunos se empeñan en no entender. Desde el principio, miles de personas en todo el mundo la han entendido, y ahora, además, la practican, porque forman parte del Opus Dei y no se les va la fuerza por la boca, sino en obras de servicio a los demás, con manifestaciones de amor a las almas (...). Ser humildes no es ñoñería; es hablar con sinceridad, con naturalidad, y después pensar en aquellas palabras de San Pablo: a mí me importa muy poco el pensamiento de los hombres que me critican; me importa el juicio de Dios. ¿Está claro? Me importa el juicio de Dios: todo lo demás me sale por una friolera»(43)

Antes de partir de Valencia, se reúne en la Casa de Retiros La Lloma con un grupo de hijas e hijos suyos, Supernumerarios, que ayudaron a la Obra en Levante desde los primeros tiempos. Algunos hace más de veinte años que no han visto al Padre. La mayoría le conocieron cuando cursaban sus estudios universitarios; aprendieron a entender, a querer al Opus Dei; descubrieron su vocación de mensajeros y testigos de Cristo sin abandonar su profesión, sus ocupaciones, los deberes de su matrimonio, de su vida familiar. Hoy, ya, alguno tiene el pelo encanecido y el rostro surcado por las huellas del tiempo y del trabajo. La reunión es entrañable por los acontecimientos que encierra este gran paréntesis de tiempo, lleno de lealtad, de fe en la Obra de Dios y en el Padre.

«Me da mucha alegría comenzar dándoos las gracias, por varias razones: la primera, porque correspondéis mucho y bien a la gracia divina; la segunda, porque arrimáis el hombro, y eso es muy bueno para la gloria de Dios, para la felicidad vuestra y para el bien de las almas (...). Veis que todos los cristianos tenéis el derecho y el deber de ser santos. Por eso os doy las gracias: porque lo habéis comprendido y lo estáis practicando. Sin vosotros no se podría hacer nada, absolutamente nada; lo hacéis todo vosotros, con la ayuda del Señor»(44).

El Padre habla con ellos de sus hijos, de sus proyectos, de su vida de entrega a Dios... Todos coinciden en haber vivido, junto al Fundador, una jornada inolvidable.

Y para que no falte una expresión cabal del cariño, los valencianos ofrecerán al Padre un castillo de fuegos artificiales acompasados por la banda de música de Mislata.

En la casa de La Lloma, sobre un viejo arcón de madera arrimado a la pared del patio, hay un ejemplar de «Camino». Se apoya en un atril de metal. En la primera página el Padre ha escrito al llegar:

Electi mei non laborabunt frustra. Valentiae, 14-XI-1972 (45). Mis elegidos no trabajarán en vano. Queda como acción de gracias a Dios y a todos aquellos que iniciaron el trabajo del Opus Dei en la ciudad del Turia.

Barcelona

Cataluña será la última etapa de este viaje de Monseñor Escrivá de Balaguer. Es un terreno duro pero fértil, en el que ha arraigado ampliamente el Opus Dei. Están muy lejos aquellos años en que la contradicción pesaba sobre el Padre y sobre los primeros miembros de la Obra en la Ciudad Condal. Ahora, muchos catalanes generosos con lo que entienden, con lo que hacen suyo por serio, eficaz y trascendente, se vuelcan con el Fundador de la Obra.

Nada más llegar, se acerca a la Basílica de la Merced. Allí donde fue en circunstancias graves a pedir fuerzas, a sentir la protección firme de la Virgen María antes de navegar hasta la Ciudad Eterna. Amor con amor se paga, y el Padre se arrodilla una vez más para decir su acción de gracias.

Después, un calendario apretado que va a llenar diez días de tertulias, visitas y encuentros con toda clase de personas. Hay que habilitar la pista deportiva de la Escuela Deportiva Brafa, en Horta, para dar cabida a unas seis mil personas cada día. Vienen de Cataluña, Aragón y Baleares.

También Castelldaura -Casa de Retiros junto a San Pedro de Premiá- va a ser testigo de grandes reuniones.

A primera vista, puede suponer una dificultad que estos encuentros tengan lugar en días laborables. Si para todo hombre el trabajo es serio, y tratándose de un cristiano debe ser santo, para un catalán los adjetivos adquieren grados superlativos. Por eso el Padre se conmueve cuando entra en el polideportivo del Brafa y se encuentra el local abarrotado.

«Consideraba esta mañana qué os diría, y me han venido a la mente las palabras de la Sagrada Escritura: que el Señor creó al hombre ut operaretur, para que trabajara... Pero habéis de pensar que el trabajo necesita ser santificado, que os habéis de hacer santos con el trabajo y que habéis de santificar a los demás con vuestro trabajo»(46).

Preguntan al Padre cómo compaginar su profesión, sin horario previsible, con el apostolado, la atención familiar..., y responde que, un hijo de Dios en el Opus Dei «saca horas para todo. A mí me interesan las personas que no tienen tiempo. Vagos, no quiero. Los amo mucho, pero fuera del Opus Dei»(47).

El Fundador toca un tema bien entendido en Cataluña. Pero les habla del espíritu del Opus Dei que ha metido la presencia de Dios en los entresijos del trabajo; del apoyo constante en la filiación divina para encajar los zarpazos de la derrota, del aparente fracaso, o los éxitos del esfuerzo bien hecho.

«Si quieres santificar el trabajo, santificarte con el trabajo y santificar a los demás con el trabajo, no puedes hacer chapucerías. Deberás desempeñar tu trabajo muy bien, de un modo noble, limpio, con empeño y ofreciéndoselo al Señor. ¿Cómo vas a ofrecer a Dios una cosa que sea voluntariamente imperfecta y hasta mala?»(48).

Y ante la dificultad de encontrar tiempo para llevar adelante más de una tarea, el Padre responde:

«El apostolado, para nosotros, no es una cosa superpuesta: lo estamos haciendo continuamente. Con respecto a la familia te diré que, si tienes mucho quehacer, serás de los que tienen capacidad para sacar cuarenta y ocho horas al día. Son los que no trabajan los que no encuentran diez minutos libres»`.

Después, las preguntas en el Brafa se multiplican: sobre cómo ayudar a los amigos que han perdido la fe; cuestiones relativas a la Confesión, a la Eucaristía, a la Santa Misa. La presencia de Dios en las almas de los cristianos; la Cruz de cada día; el dolor en la vida de los hombres; la alegría... Todo va saliendo por los cuatro puntos cardinales de las pistas del Brafa para escuchar la respuesta clara, la doctrina de siempre.

«Me gustaría que tuvierais la devoción de agradecer cada día al Señor todos los bienes que habéis recibido, y también los que no conocéis. ¡Yo lo hago! Medio me confieso con vosotros, perdonad; pero sería un hipócrita si os recomendara una cosa que no hiciera. Yo rezo: “pro universis beneficiis tuis, etiam ignotis”; agradezco también los beneficios que no conozco» (50) Como contrapunto, un hombre interviene desde un rincón de la sala y habla de su hija impedida, que quiere saludarle.

Desde un sillón de ruedas, a través de los altavoces, se oye una voz infantil que dice, lentamente:

-«Padre.

-Dime, hija mía.

-Yo también fui a Lourdes y he vuelto muy contenta. Rezo mucho por usted.

-Oye, guapa, mañana en la Santa Misa te pondré en la patena, con la Hostia, en el momento del Ofertorio. Y le pediré al Señor que te haga muy feliz en la tierra, y que después te dé el cielo. ¿Te parece bien?

-Sí, Padre.

-¡Guapa, te quiero mucho!

-Gracias, Padre»(51).

Y Monseñor Escrivá de Balaguer señala a estos padres y a esta niña como ejemplo de aceptación del dolor. De espíritu cristiano auténtico, no teórico, ante lo incomprensible de los juicios divinos. Porque Dios nos ama infinitamente, por encima de todos los zarandeos existenciales, de la enfermedad y de la muerte. Y la sala entera, sin vacilación, aplaude. Porque es el modo afectuoso y emocionado de subrayar el acuerdo. Parece que, cuando se habla de Dios, los problemas pierden gravedad y el peso se alivia por la fuerza de todos los hermanos unidos en la fe.

En el IESE, Instituto de Estudios Superiores de la Empresa, hablará, también, a un grupo numerosos de empresarios:

«No olvidéis el sentido cristiano de la vida. No os gocéis con vuestros éxitos. No os sintáis como desesperados, si alguna cosa fracasa. Además, si tenéis cien cosas en movimiento, alguna tiene que ir mal, porque las otras noventa y nueve van bien. Acordaos de los que tienen menos que vosotros» (52).

Y les anima a usar del dinero con la magnanimidad exigente del Evangelio.

El día 24 se desplaza el Fundador desde Barcelona a Gerona para hablar en el Instituto Técnico Agrario Bell-lloc del Pla en el que se cursan el Bachillerato y enseñanzas agrarias. Aquí el Padre sigue exponiendo los mismos temas, en el lenguaje universal de los hijos de Dios, sin distinción alguna. Idéntica petición de fe y esperanza, igual exigencia de caridad.

Antes de salir de Cataluña visita a las monjas Clarisas de Pedralbes. Sus palabras se oyen, una vez más, entre los murós góticos de este convento. Días antes, a las carmelitas de Puzol, cerca de Valencia, les ha asegurado:

«La Iglesia se quedaría árida sin vosotras, y no podríamos decir: sacad con alegría las aguas de las fuentes del Salvador. Es aquí donde sacáis las aguas de Dios, para que nosotros podamos convertir la tierra seca en un huerto lleno de naranjos. Sin vuestra ayuda no haríamos nada; por eso vengo a daros las gracias. Estoy persuadido de que muchos sacerdotes que sufren y lloran ahora en el mundo, al escuchar vuestros cánticos -también los de la recreación- se llenarán de gozo. ¡Mil veces benditas seáis!»(53)

En la misma mañana del día 30 de noviembre, Monseñor Escrivá de Balaguer emprende su viaje de regreso a Roma. Antes, se reunirá con algunos hijos suyos en el oratorio de Castelldaura. Las imágenes románicas asisten, en actitudes ingenuas de piedad primitiva y sincera, al Te Deum con que el Fundador del Opus Dei agradece a Dios los resultados de este viaje en el que ha podido hablar a tantos miles de personas.

«Daremos gracias a Dios Nuestro Señor porque en toda la Península Ibérica -en Portugal y en España- hemos encontrado miles, miles y miles de personas estupendas. Algunas estaban un poco alejadas de los sacramentos -por esos líos que pasan, por estas cosas que suceden, que sentimos y lamentamos-, pero ahora se han acercado al Sacramento de la Penitencia, y han recibido a nuestro Señor. Esa riqueza me ha llenado el corazón de alegría»(54)

Por las ventanas -casi aspilleras- del oratorio de piedra, se filtra una luz blanquecina. Es el sol, que parece rubricar las palabras que suenan en la nave.

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