Romero de Santa María

«Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, con las mujeres, y con María, la Madre de Jesús» (Act 1, 14)

Amor al mundo

El 8 de diciembre de 1966, se coloca en la ermita de la Universidad de Navarra la Virgen de mármol estatuario que el Padre ha enviado desde Roma. Es aquella imagen que el Papa bendijo en el Centro ELIS y que hoy se queda, definitivamente, a compartir la vida de esta gran familia universitaria. La ermita se ha construido en el Campus, en lo alto, y sobre una encrucijada de caminos que hace inevitable su encuentro. Para subir hasta la ciudad, los alumnos de todas las Facultades, los profesores del Pabellón Central, los que acuden a los Colegios Mayores, pasan ante el gesto bellísimo, digno y acogedor, de la Madre de Dios, que es también la Madre universal de los hombres. Piedra de Navarra, cristal y verja forjada, encuadran el pequeño recinto desde el que espera, día y noche, el piropo, la petición, la confidencia; el amor, en suma, de sus hijos.

Hoy, bajo el frío pamplonés, vienen masivamente a recibirla. Flores de todos los colores se amontonan a sus pies. Y a los del Niño, que se apoya por igual en María y en los libros que le sirven de pedestal: el esfuerzo, el trabajo, la ciencia para abrir a la Verdad las inteligencias de los hombres.

El amor del Fundador a la Virgen María es un amor apasionado y dulce que es también una constante en la vida de la Obra por el ejemplo del Padre. Jamás este afecto íntimo, pero evidente, se ha teñido con el menor matiz de sensiblería o de beatería trasnochada. En Monseñor Escrivá de Balaguer la devoción cobra el recio y verdadero significado de la palabra. Por curtido en el dolor, en la contradicción, tiene en su alma las heridas de una existencia dura, sin concesiones. Pero conserva las dimensiones de la ternura, del detalle afectuoso y comprensivo. Sabe que, ante cualquier situación extrema, toda criatura desea el cuidado, el recuerdo insustituible de su madre. Y por eso, desvela la presencia de esta Madre de Cristo que Dios ha regalado para los momentos felices y duros de los hombres. El Fundador ha sembrado los Centros del Opus Dei y los corazones de sus hijos de esta presencia que se adentra, como un mensaje continuo, por los ojos del cuerpo y del alma.

«María (...), la Reina de nuestro corazón, cuida de nosotros como sólo Ella sabe hacerlo. Madre compasiva, trono de la gracia: te pedimos que sepamos componer en nuestra vida y en la vida de los que nos rodean, verso a verso, el poema sencillo de la caridad (...), como un río de paz. Porque Tú eres mar de inagotable misericordia: los ríos van todos al mar y la mar no se llena (Eccl I, 7)»(1).

El Padre, y la Obra con él, hará partícipe a la Señora de todas sus vicisitudes. Y su protección es evidente. Hoy, fiesta de la Inmaculada Concepción de 1966, rubrica su desvelo por la Universidad enviándoles la maravillosa escultura que tallara Sciancalepore en la Ciudad Eterna.

Unos meses más tarde, en octubre de 1967, y con ocasión de celebrarse la II Asamblea de Amigos de la Universidad de Navarra, hablará en el Campus, ante una multitud de más de veinte mil asistentes, de los temas que componen el núcleo del espíritu de la Obra. Y al citar el amor de María como algo substancial en la vida del Opus Dei, se refiere a la imagen que acaba de enviar: «Ya lo sabéis, profesores, alumnos, y todos los que dedicáis vuestro quehacer a la Universidad de Navarra: he encomendado vuestros amores a Santa María, Madre del Amor Hermoso. Y ahím tenéis la ermita que hemos construido con devoción, en el campus universitario, para que recoja vuestras oraciones y la oblación de ese estupendo y limpio amor, que Ella bendice»(2).

Desde hace muchos años el Padre, con ocasión de sus repetidos viajes a los países de Europa, se acerca a catedrales y ermitas, a santuarios famosos e imágenes desconocidas, para dejar en todas una palabra ardiente, un piropo amable.

En alguna ocasión le han interpelado:

-«Padre, ¿qué significa la Virgen para el Opus Dei?».

-«¿Qué significa la madre en un hogar? La suavidad, la delicadeza, el amor, la misericordia. ¿No es todo esto? Y cuando esa madre es la Madre de Dios, además de los dones naturales, debe tener todas las prerrogativas de esa maternidad divina»(3).

Cada vez que sus hijos parten hacia un nuevo país en cualquier rincón del mundo, el Fundador les entrega lo mejor, la más segura protección que conoce: una representación de la Madre de Dios. Su presencia es suficiente para allanar las dificultades más rotundas:

«Sed audaces. Contáis con la ayuda de María, Regina apostolorum. Y Nuestra Señora, sin dejar de comportarse como Madre, sabe colocar a sus hijos delante de sus precisas responsabilidades. María, a quienes se acercan a Ella y contemplan su vida, les hace siempre el inmenso favor de llevarlos a la Cruz, de ponerlos frente a frente al ejemplo del Hijo de Dios»(4).

Pozoalbero, 1968

«Hijas e hijos míos queridísimos: os habréis preguntado por qué voy, en estos últimos años, de un Santuario de la Santísima Virgen a otro, en una continua peregrinación a través de muchos países, que me da además ocasión de agradecer al Señor el poder conocer a miles de hijas e hijos suyos en el Opus Dei.

¿Qué pide el Padre? Pues el Padre pide a los pies de Nuestra Madre Santa María, Omnipotencia suplicante, por la paz del mundo, por la santidad de la Iglesia, de la Obra y de cada uno de sus hijas y de sus hijos»(5).

Esta carta del Fundador está fechada en Roma, octubre de 1970. Desde 1968, sus viajes por Europa para consolidar los caminos de la Obra de Dios comienzan y terminan con el espíritu de un romero de Santa María. Cada vez que su ruta pasa cerca de una advocación popular, hace escala obligatoria junto al corazón de la Virgen.

«Estoy rezando todo el día, procurando hablar continuamente con Dios, sirviéndome como Intercesora de la Virgen (...). He hecho estos viajes, con el ánimo, con la sencillez y con el gozo de un antiguo romero»(6).

En septiembre de 1968, inicia uno de estos desplazamientos. Antes de llegar a Nápoles, pasan por Pompeya y visitan un primer Santuario, porque aquí se venera una imagen de la Señora muy conocida en Italia. Envía una tarjeta a los que han quedado en la Sede Central de Roma. Desde Nápoles, por mar, llegan a Algeciras. A la mañana siguiente toman el camino de Pozoalbero, la casa de retiros que se alza en España, junto a Jerez de la Frontera. Celebrarán allí el cuarenta aniversario de la Obra.

El 2 de octubre, el Padre oficia la Misa en el oratorio de Pozoalbero. Fuera hay un silencio luminoso, inundado, todavía en esta época, por el olor de los jazmines. En lo alto del retablo, las miradas no pueden apartarse de una hermosísima talla, que reproduce la elegancia, la atractiva y alegre serenidad de la escuela andaluza: Nuestra Señora está radiante en medio de las lámparas que sostienen, en graciosa movilidad, los ángeles laterales. Esta Virgen, de tamaño natural, con el Niño en brazos, la consiguió hace años un Cooperador de la Obra y le tiene un gran cariño. Precisamente por ello, ha querido que estuviera en un lugar donde muchas personas pudieran verla y saludarla.

En una ocasión, un hombre de la tierra le preguntará al Padre:

-«¿Podemos ser exagerados en el amor a la Virgen?».

-«¡Qué vais a exagerar! La queréis con locura; pero aun esa locura vuestra es demasiada cordura. ¡Queredla más! No se exagera nunca en el amor a nuestra Madre... » (7).

Hoy, en la homilía, el Fundador recuerda el caminar de estas cuatro décadas que cuenta ya el Opus Dei:

«Cuarenta años en la vida de una persona, pueden parecer muchos: son muchos años. Pero en la historia de la Iglesia, en la vida de una Institución, es poco tiempo, porque aún hay que extender más y más el mandato de Dios (...).

Me vienen a la memoria las penas, los sufrimientos, las persecuciones por las que hemos debido de pasar: en medio del dolor (...) siempre hemos encontrado el empuje del Todopoderoso. Nunca nos ha faltado su protección fuerte y suave, segura y amorosa; y, con esa protección, el aliento y la caricia de Nuestra Madre del cielo»g.

Cuando la tarde escapa en la primera oscuridad, alguien le pide que sugiera un tema para orientar la oración:

«El otro día me llevé a los dos niños, hijos de Diego -el jardinero-,, al oratorio, y se plantaron delante de la Virgen y le dijeron: ¡guapa!... ¡Qué bonita forma de hacer oración!

Y sigue diciendo:

«No hay hombre más fuerte que el que se hace niño delante de Dios. Cada uno, débil; todos juntos con el Señor, fortísimos»(9).

Unos meses antes, cuando la Navidad tendía el puente de 1967 a 1968, les había escrito desde Roma:

«Gastamos ya los primeros cuarenta años de la Obra, y el Señor espera de nosotros una ilusión nueva, un deseo renovado de realizar esta vocación divina que, en su infinito amor y misericordia, ha querido regalarnos.

Dios Nuestro Señor, Padre, Hijo y Espíritu Santo, confía en que siempre le serviremos de testimonio; en que, cada día y todos los días de nuestra vida, anunciaremos a nuestros compañeros, a nuestros iguales, que El sigue viviendo (...) entre sus hermanos los hombres; recordándoles que el Hijo de Dios ha tomado nuestra carne (...) pilara salvar a todos, y llenar la tierra con su alegría y con su paz» (10).

Y ésta es la oración que hoy, junto al albero llano y encendido de esta tierra andaluza, sube al Cielo desde los cuarenta años de empeño enamorado que ha querido vivir el Opus Dei.

El 9 de octubre de 1968, el Padre llega a Madrid. Al pasar por Sevilla, camino de la meseta, ha lanzado su saeta de despedida a la Virgen Macarena. Tal vez sean estas palabras de amor, repetidas por un pueblo que la quiere apasionadamente, el secreto de la sonrisa mezclada con lágrimas que tiene esta Virgen del Sur de España.

En Madrid, visita la Virgen coronada de la Almudena, patrona de la Villa. Se trata de una imagen venerada desde el siglo XI, y que tiene un nombre con sabor a campo, a trabajo y a pan de trigo. Cuenta la tradición que todos los labradores que se acercaban a vender su cosecha de grano a Madrid dejaban un almud para la Señora. Hoy el Padre reza ante la Almudena por esta siembra de amor que Dios ha puesto en sus manos.

El 16 de octubre se acerca a Ávila, ciudad amurallada donde naciera Teresa de Jesús, y vuelve a la ermita de Sonsoles. Viene de nuevo a su memoria aquella romería que hizo en 1935:

«No era una romería tal como se entiende habitualmente. No era ruidosa ni masiva: íbamos tres personas. Respeto y amo esas otras manifestaciones públicas de piedad, pero personalmente prefiero intentar ofrecer a María el mismo cariño y el mismo entusiasmo, con visitas personales, o en pequeños grupos, con sabor de intimidad» (11).

Cinco días más tarde, pasa por Vitoria y reza ante la Virgen Blanca, que preside la Catedral en su hornacina de jaspe. El 22 de octubre cruza la frontera francesa y saluda también a la Virgen del Santuario de Lourdes.

De regreso a Roma, Monseñor Escrivá de Balaguer tendrá presentes a cuantos intentan olvidar el cariño a María como si se tratara de algo trasnochado, pasado de fecha.

«Los que consideran superadas las devociones a la Virgen Santísima, dan señales de que han perdido el hondo sentido cristiano que encierran, de que han olvidado la fuente de donde nacen: la fe en la voluntad salvadora de Dios Padre, el amor a Dios Hijo que se hizo realmente hombre y nació de una mujer, la confianza en Dios Espíritu Santo que nos santifica con su gracia. Es Dios quien nos ha dado a María, y no tenemos derecho a rechazarla, sino que hemos de acudir a Ella con amor y con alegría de hijos»(12).

Para entender el Rosario en definitiva se requiere ser pequeño. Y «ser pequeño exige creer como creen los niños, amar como aman los niños, abandonarse como se abandonan los niños..., rezar como rezan los niños»(13)

Por eso, el Fundador de la Obra, que mantiene intactos su candor y su esperanza, saca el rosario en los lugares públicos y en los olvidados; en las grandes basílicas y en las ermitas perdidas junto a la montaña. Y reza, con la emoción de quien repite un nombre amado, con la reiteración de quien desgasta una frase feliz mil veces repetida.

Desde el Concilio de Efeso, que proclamó solemnemente la Maternidad divina de María, los Santuarios se multiplican en Oriente y Occidente; los imagineros populares esculpen su afecto en multitud de advocaciones. Y este reguero de cariño es el que busca el Fundador de la Obra en sus viajes.

En 1970 se acerca, una vez más, a Portugal. En abril, cruzará la gran explanada de Fátima para arrodillarse a los pies de esta Virgen que va, también, peregrina de un lugar a otro pidiendo la paz entre los pueblos.

«Tierra de Santa María, donde Ella quiso dejar rastro de su amor por los hombres. Vengo una vez más a decirle que no nos abandone, que se ocupe de su Iglesia, que se ocupe de nosotros » (14)

También visitará a la Virgen de Loreto, bajo cuya custodia puso la Obra en momentos especialmente difíciles. Siempre que su camino cruza esas tierras italianas, sube hasta la loma en la que siguen creciendo los laureles. Y sonríe para decir a la Señora: todos volvemos para darte, una vez más, las gracias.

Torreciudad

En 1956, don José María Hernández de Garnica, don José Orlandis y José Manuel Casas Torres viajan hasta la ermita de “Torreciudad”, a orillas del Cinca. Van a rezar ante la imagen bajo cuya advocación Josemaría Escrivá de Balaguer, en la infancia, curó de una enfermedad mortal. Tiempo después propondrán a las autoridades eclesiásticas y civiles la restauración del recinto y de la talla, que data del siglo XI. Capas de pintura y vicisitudes históricas han desfigurado la primitiva ingenuidad y elegancia de esta Virgen románica.

La gestión es positiva y, durante años, se prepara la organización de un Patronato promotor de las obras que habrán de acoger, en el futuro, un Santuario en honor de Nuestra Señora y un cuerpo de edificios destinados a diversas actividades sociales.

En 1966, el Obispo de Barcelona, don Gregorio Modrego, escribe al Presidente del Patronato:

«Con íntima satisfacción de aragonés y ferviente devoto de la Santísima Virgen he tenido noticia de la constitución del Patronato del Santuario de Nuestra Señora de “Torreciudad” para restaurar completamente la ermita y devolver a su antiguo esplendor el culto a la venerada imagen, que tan celosamente y con filial afecto han guardado los vecinos de Bolturina.

La tradición y la historia nos recuerdan momentos heroicos y vicisitudes..., en los cuales los cristianos acudieron a la imagen de la Santísima Virgen, en devotas peregrinaciones implorando su maternal protección. Restaurar tales santuarios es ofrecer lecciones de vida cristiana... a las generaciones presentes.

Por eso alabamos el gesto de caballeros de los territorios que integraron la Corona de Aragón, los cuales han emprendido la restauración, a que nos referimos, y nos place que hayan sumado a su esfuerzo al Opus Dei que tanto estima ese lugar aragonés y la advocación mariana de “Torreciudad” por la relación que guarda con su venerable Fundador».

En el mismo sentido se reciben numerosas cartas de personalidades del ámbito religioso y civil: el Obispo de Barbastro, el Presidente de la Diputación de Valencia, el Alcalde de Barcelona. Además, hay testimonios de alegre colaboración por parte de los habitantes de este Somontano que reza y visita, desde hace siglos, a su Virgen de “Torreciudad”. Un campesino de los más entusiastas de la ermita comenta, mientras siembra trigo a voleo en las tierras de su afán:

«Están haciendo un Santuario nuevo allí (...). Está muy bien que haya quien lo haga, que la Virgen y el mundo estarán muy contentos»15

Ya en 1955 el. Fundador de la Obra habla en Roma de la ermita apoyada en la orilla del Cinca y de los proyectos de restauración. En estos años las dificultades económicas son inmensas. No hay dinero, pero la fe del Padre sueña planes de gran envergadura en honor de la Virgen. Les dice que será un lugar de peregrinación al que acudirán personas de todas partes del mundo, para honrar a nuestra Madre.

En 1966 hay ya un anteproyecto por parte de ingenieros y arquitectos. Y se empieza a trabajar con vistas a la futura edificación. El Padre seguirá los planos, dejando a la vez amplia libertad a quienes van a llevar las obras para convertir en realidad uno de sus grandes deseos. O mejor, según dirá él mismo, una de sus grandes locuras: hacer un despliegue de amor para María, la Madre de Cristo.

Ya en los primeros momentos llegarán hasta el Patronato aportaciones económicas de todo el mundo. Desde Japón a Kenia, Filipinas, Argentina, Estados Unidos y los países de Europa, colaborarán en esta universal devoción que no conoce otros intereses ni fronteras. Las regiones de España estarán unidas a este proyecto en el que van a volcarse tantos esfuerzos, tanta dedicación y esperanza.

Para dar constancia de ello, unos grandes carteles escritos en castellano, catalán, francés, italiano, portugués, inglés y alemán, jalonan la ruta montañera de Torreciudad con el siguiente texto:

«El Santuario y las obras sociales anejas se construyen con la generosa ayuda de muchas personas movidas por su amor a la` Santísima Virgen. Agradeceríamos su donativo».

Durante una reunión con universitarias en Roma, en el año 1974, el Padre responde a una pregunta acerca del amor a la Madre de Dios:

«Sé muy devota de Nuestra Señora. A los del Opus Dei nos lo critican a veces. A mí me critican porque estamos levantando una iglesia muy grande, un santuario -el Santuario de Torreciudad-, con muchas obras sociales que están funcionando. Allí no se ha empleado más material que el de aquella tierra: ladrillo de por allí, piedra de por allí; piedras viejas de edificios antiguos que se han tirado y que nos han regalado (...). Se hace con limosnas de todo el mundo. Limosnas pequeñas, y menos pequeñas (...). Ha llegado ayuda hasta del Japón y de Nigeria, para poder hacer aquello» (16).

También en 1972, a un grupo numeroso de personas, les había explicado:

«En estos momentos, cuando se niegan en tantos sitios los privilegios de la Madre de Dios; cuando quienes deberían dar luz, están en la oscuridad y no dan más que sombra; cuando los que deberían ser fortaleza, son debilidad; cuando los que deberían derrochar gracia de Dios, derrochan tentaciones diabólicas y mala doctrina, y atacan sin piedad a la Madre de Dios diciendo también que ya no es tiempo de Santuarios a la Virgen... Pues, en estos momentos, estamos levantando entre todos ese Santuario maravilloso, donde habrá tanta piedad y tantas obras sociales, y donde esperamos que la Virgen Santísima derroche las gracias de su Hijo directamente en las almas, calladamente. Y, de paso, damos testimonio de que la devoción a la Virgen no se ha superado. Un cristiano tiene que amarla sobre todas las cosas de la tierra, después de Dios; porque más que Ella, sólo Dios»(17).

Una tarea ingente y difícil se abre ante los constructores de “Torreciudad”: hay que explanar terrenos de roca, abrir carreteras, llevar a cabo el tendido eléctrico y procurar conducciones de agua. Todo se proyecta en grandes dimensiones, porque la fe del Fundador apunta a centenares de miles de peregrinos que, un día no lejano, se acercarán a este Santuario. Comienzan las obras. Hace algunos años que se ha construido el embalse de El Grado. Lo que eran torrenteras y rápidos encrespados del Cinca se ha convertido en un remanso verdiazul que roba muchos metros a la roca. Tantos, que su nivel llega a besar, casi, los pies de la ermita.

El equipo de artesanos y arquitectos se encarga de adquirir, por los pueblos de la tierra, viejos materiales procedentes de casas en trance de desaparición. La emigración ha despoblado extensas zonas en el Somontano. En ellas quedan aún, abandonados, recios edificios, ruinas de casas y de molinos. Todo ello condenado a la destrucción.

Los dueños, en muchos casos, cederán gratuitamente estos materiales en la esperanza de que sean útiles al Santuario. En los planos de cada edificio se van dibujando huecos para los arcos, sillares, rejas, puertas y ventanas. Unas 130.000 tejas integran todas las cubiertas, adquiridas de multitud de edificios en ruinas. Dentro se instalarán más de cien puertas rescatadas a derribo. Los equipos técnicos se preocupan por adaptar las construcciones al paisaje aragonés y hacerse con estos materiales del país. Tal esfuerzo supondrá, además, una importante economía en los presupuestos.

Trescientos obreros de la zona intervienen en las obras, que dan comienzo el 12 de octubre de 1968. La ermita es la que primero protagoniza los trabajos de consolidación y restauración. La capilla adquiere un nuevo retablo, y la hospedería adjunta se acondiciona para vivienda de los encargados del proyecto.

Hasta el 2 de febrero de 1970 no darán comienzo, propiamente, los cimientos del Santuario. Durante este tiempo se han abierto las carreteras de acceso; los aparcamientos ofrecen ya espacio a gran número de vehículos. Los cerros próximos, áridos y roqueños, empiezan a apaciguar el sol con una abundante repoblación forestal. Los muros de piedra ofrecen una sólida contención de tierras. Pocas veces, como en este lugar sereno, de adusta belleza, se podría concretar aquella frase de la Escritura esculpida en un corredor de”Molinoviejo”:

«A través de los montes, las aguas pasarán» (18).

No ha existido obstáculo que no se haya terraplanado hasta llegar, al fin, a esta gran explanada donde va a levantarse el Santuario que albergará a la Virgen y, con Ella, los edificios que ofrecerán la formación adecuada a tantos hombres y mujeres de éstas y otras tierras lejanas.

De romería

En abril de 1970, el Padre sale de Roma camino de Madrid. Su propósito es acercarse hasta “Torreciudad” como peregrino. En la capital de España, permanece varios días alojado en Diego de León. Allí, sobre un mueble cubierto por un terciopelo rojo e iluminada por dos focos, está la Virgen de “Torreciudad”. Ha sido parcialmente restaurada, apareciendo el color oscuro de la madera y las líneas auténticas de la talla. Ahora va a ser revestida con una lámina de oro que sirva de protección. Solamente la cara y las manos permanecerán al aire.

«Eso cuesta poco, porque la imagen es pequeña y la lámina muy delgada. Allí no habrá ninguna riqueza que atraiga a los ladrones. No se trata de poner riqueza, sino de ' poner amor. Aunque se emplearán materiales nobles» (19)

Cuando el Padre entra por primera vez en la habitación en que está colocada la imagen, cruza el umbral con prisa, fijos los ojos en Nuestra Señora. Y repite, al mirarla despacio:

-«¡Es preciosa!»

Y se queda unos minutos a solas con la imagen. Luego, ante los que le acompañan, besa los pies de la Virgen y los del Niño, y reza:

-«¡Perdóname, Madre mía! Desde los dos años hasta los sesenta y ocho. ¡Qué poca cosa soy! Pero te quiero mucho, con toda mi alma.

Me da mucha alegría venir a besarte, y me da mucha alegría pensar en los miles de almas que te han venerado y han venido a decirte que te quieren, y en los miles de almas que vendrán»(20).

Durante el tiempo que la imagen permanece en Diego de León, recibe la compañía frecuente del Padre. Siente como un compromiso de acudir junto a Ella:

«Voy a rezar a la Virgen con un espíritu de romero del medioevo»(21).

El lunes 6 de abril, parte el Fundador camino de Zaragoza. Está muy alegre de ir a las tierras del Somontano. El día 7 celebra Misa en la Residencia de Miraflores y sale hacia El Pilar. No quiere pasar de largo por la ciudad sin acercarse a esta Capilla que encierra tantos recuerdos de su vida, tantos deseos acumulados en su alma durante aquellos años en los que, diariamente, acudía a sentir el cariño y la protección de Nuestra Señora.

Inmediatamente después, cruzan el Ebro por el puente de Santiago y enfilan la ruta de Huesca. No se detienen en Barbastro. Apenas les da tiempo a ver, sin bajarse del vehículo, la Catedral, el Coso y la placidez del río Vero, que sigue discurriendo más allá del tiempo. Cerca de las once de la mañana llegan al pueblecito de El Grado, donde se inicia la presa del mismo nombre. Desde aquí comienzan a perfilarse ya, en el horizonte, los andamios y las estructuras de hormigón de “Torreciudad”.

Un kilómetro antes de llegar a la ermita, le esperan los arquitectos y los que dirigen las obras. El Padre se baja del coche y saluda a todos con cariño. Después, rápidamente, se descalza para hacer su romería a la Virgen durante esta última parte del camino. Todavía no están asfaltadas las vías de acceso. Una grava fina y cortante cubre la carretera. No permite que le secunde nadie. Le acompañan contestando las Avemarías que recita con voz fuerte, distinta, sin monotonía. El Rosario tiene matices de saludo, de anunciación alegre.

«Amo a Dios Padre, amo a Dios Hijo, amo a Dios Espíritu Santo. Amo a la Trinidad Beatísima. Creo en Dios Padre, creo en Dios Hijo, creo en Dios Espíritu Santo. Creo en la Trinidad Beatísima. Espero en Dios Padre, espero en Dios Hijo, espero en Dios Espíritu Santo. Espero en la Trinidad Beatísima. Amo a mi Madre la Virgen. Creo en mi Madre la Virgen. Espero en mi Madre la Virgen»(22).

Al cabo de un buen rato de camino, alguien aventura la insinuación de que vuelva a ponerse los zapatos:

«Después de sesenta y seis años, es bien poca cosa lo que estoy haciendo por la Virgen. Hay muchos pastores que van descalzos, todos los días, por estos riscos. No hago nada extraordinario»(23).

Al llegar a la ermita, se arrodilla en las gradas del altar; enciende unas velas y reza una oración corta.

Más tarde explicará a todos lo bella que es la imagen de la Virgen que se está restaurando en Madrid.

«Han quitado gran cantidad de pintura vieja, porque se ve que a veces le daban capas de pintura con brocha gorda (...). Tendréis que cuidar mucho la imagen, no sea que alguno, por llevarse cuatro cuartos, nos robe la mitad de nuestro corazón. A mí, me robaría el corazón entero»(24)

Acompañado de don Álvaro del Portillo, don Javier Echeverría y don Florencio Sánchez Bella, sube hasta la zona de obras. Cae una lluvia fina, y allí, junto a las excavaciones, explican los arquitectos cada uno de los futuros cuerpos de edificios y detalles de las construcciones.

La mayor parte se realizará en ladrillo, que dibujará formas geométricas. El interior del Santuario estará separado de la explanada exterior por un atrio con pórtico de columnas al que se accederá por una escalinata de piedra. También habrá un altar al aire libre en un ángulo de la explanada. El retablo de la iglesia será tallado en alabastro, de fácil manejo para los imagineros. En la cripta del Santuario existirán tres capillas, que han de presidir otras tantas advocaciones de la Virgen: Guadalupe, el Pilar y Loreto. Aquí se van a instalar cuarenta confesonarios, porque “Torreciudad” es un lugar de penitencia, de acercamiento a Dios, de fraternidad cristiana. Por eso, el Sacramento de reconciliación, de humildad y amor que es el perdón de los pecados por parte del sacerdote, en nombre de Cristo, ocupa un gran espacio.

En este momento, sólo existe el gran boquete que han abierto las excavadoras para echar los cimientos. El Padre bendice ya esta zona de los futuros edificios.

La torre del Santuario llevará en su coronación un carrillón con doce campanas de bronce que dejarán oír su Ángelus a muchos kilómetros de distancia. Un saludo a María cuyo eco se adentrará en la tierra alta del Pirineo. Se calculan dimensiones de 53 metros de longitud, 24 metros de anchura y 24 metros de altura para los interiores de la iglesia. En estos momentos, toda la explanada es un magma de grúas, cemento, ladrillos y materiales que se apilan esperando su perfil definitivo. También hay un proyecto de cierre porticado para abrazar la explanada, que tiene una extensión de 20.000 metros cuadrados.

El Padre lo recorre todo. La jornada es agotadora pero fecunda. Bendice a cuantos están trabajando, por su cariño y tesón en una obra de tal envergadura. Unos años después, cuando vea el Santuario prácticamente acabado dirá: «Sólo los locos del Opus Dei hacemos esto, y estamos muy contentos de ser locos. Lo habéis hecho muy bien (...). Pero hay que llegar hasta el final (...). ¡Qué bien se va a rezar aquí!... »(25)

Regresa ese mismo día a Zaragoza. Cuando las torres de El Pilar aparecen de nuevo, frente a la carretera, comenta:

«Estoy muy cansadico, pero tengo mucha confianza en la honradez cristiana de todos mis hijos y en su deseo de ser muy(26)fieles» .

Piensa, sin duda, en tantos como han sacrificado un sueño, una comodidad, un gusto, o incluso una parte importante de lo necesario, para costear “Torreciudad”. Después de la muerte del Fundador, don Álvaro del Portillo comentará:

«Hay gente murmuradora que ha dicho barbaridades... Se ha gastado mucho, pero a base de reunir muchos óbolos como el de la viuda: tantos sacrificios, tantas limosnas. Una familia -y eso ya no son las dos blancas de la viuda- que llevaba años y años ahorrando para construir una casa de descanso, entregó todos esos ahorros para “Torreciudad”. Los murmuradores no quieren entender que la gente se ha sacrificado por amor a la Santísima Virgen».

Todavía se guarda en Roma aquella carta de una formidable familia argentina:

«Querido Padre: Estos billetes parecen dinero, pero no lo son. Son sueños, ilusiones forjadas durante 24 años; planes de conocer Roma, Europa, en nuestras bodas de plata (...).

Desde hace años se sumó a esas ilusiones la más grande: visitar, ¡conocer al Padre! Tanto mi esposa como yo, pertenecemos a la Obra desde entonces, así como también dos de nuestros cuatro hijos.

Pero, como el Padre vino a nosotros, pensamos que todo lo demás no tiene importancia. En consecuencia, le rogamos que acepte esta donación para el Santuario de Nuestra Madre de “Torreciudad”»(27).

Otro matrimonio envía una pulsera de oro con ocho medallas. Son los aniversarios de nacimiento de sus hijos. El orfebre funde todo en la masa noble que ha de convertirse en una patena para ofrecer el pan de la Eucaristía. Cada vez que se alza esta patena, no es oro, sino vida, lo que llega a los pies del Señor y de la Virgen de “Torreciudad”. Es la vida de aquellos que desean «cantar y bendecir el nombre de Dios, anunciar de día en día su salvación, celebrar su gloria entre las gentes y llenar de luz los pueblos con sus maravillas».

El último adiós

Durante el tiempo que media entre 1970 y 1975, “Torreciudad” se configura definitivamente. Hay en toda su construcción una libertad absoluta en cuanto a la creación artística se refiere, pero subordinada al deseo de que el edificio sea un lugar de oración, de conversión y de encuentro con Dios a través de la Señora.

El gran retablo de alabastro, de 15 metros de alto por 9,30 de ancho, capta toda la atención. Su distribución se inspirará en los de estilo plateresco y renacentista, tan abundantes en Aragón, y denominados «retablos custodia» por tener en su centro un óculo a través del que se ve el Sagrario. Todo el conjunto acapara la atención en un único punto de referencia: la Eucaristía. Pero, además, se trata de albergar, con dignidad destacada, a la Virgen de “Torreciudad”. El resto, serán escenas evangélicas de la vida de María enlazadas como la secuencia de un relato.

La composición de cada escena, utilizando arte figurativo, permite entender los misterios y captar el mensaje del retablo sin perder el contenido de la oración por una interferencia desafortunada.

La única condición que ha puesto el Padre es que sea muy devoto y que invite a rezar.

Se hará cargo de este trabajo el escultor Juan Mayné Torrás, profesor de la Escuela de Bellas Artes San Jorge de Barcelona. La totalidad del alabastro procederá de las minas de Besalú (Gerona), y será trabajado en el taller de José Miret, en San Andrés de la Barca.

En la primavera de 1974, el Fundador hace escala en Madrid con motivo de su primer desplazamiento a Sudamérica. Los arquitectos le informan de la marcha de las obras de “Torreciudad”: todo estará terminado al cabo de un año, a excepción del retablo. Sólo se ha modelado una escena y, dada la envergadura del conjunto, se calculan dos o tres años más para verlo concluido. Han pensado, incluso, en la posibilidad de inaugurar la iglesia del Santuario con una enorme cortina que cubra la pared frontal. La respuesta del Padre es tajante. La iglesia no puede abrirse al culto sin retablo, porque constituye un elemento fundamental del templo. Además, la colocación de las escenas después resultaría dificilísima y muy penosa. Hay que poner todos los medios para que el escultor, sin rebajar la calidad de su obra, adelante los plazos.

Se concluirá, después de un año incesante de trabajo, en 1975, y tendrá un peso de ciento treinta toneladas. Con el escultor principal y un primer ayudante, han colaborado nueve escultores marmolistas, cuatro alumnos de Bellas Artes y un centenar de personas más, además de los arquitectos y el aparejador. Entre todos, y en unas circunstancias en las que no existe experiencia parecida, llevarán a cabo una tarea que parece inabordable. Pasarán días enteros volcados sobre su tajo; entusiasmados por la idea, por el ambiente, por la pasión que todos ponen en sacar adelante el proyecto.

Juan Mayné no se entrevistará directamente con el Fundador de la Obra. Monseñor Escrivá de Balaguer ha decidido no influir para nada en la concepción artística del escultor. Pero este profesor de Bellas Artes se lleva a su taller y a su casa los libros del Padre. Lee despacio, dejando entrar en su alma las palabras de sus escritos. Su forma de sentir y entender la piedad. Su concepto de las figuras vivas que ha de esculpir. Quiere conocer su modo de ser, de rezar, de ver lo trascendente, para trasladarlo al alabastro.

Así surgirán las escenas: la Coronación de la Virgen, los desposorios de María y José, la Anunciación del arcángel, la Visitación de María a Isabel, la adoración de los pastores al Niño, la huída a Egipto, el taller de Nazaret. Son la representación humana y divina de esta Familia que es imagen y modelo. Aquí están las vicisitudes por la que puede pasar una vida: el trabajo, el amor, el hijo, la persecución, la felicidad, la muerte. La presencia constante de los planes de Dios sobre la existencia de los seres humanos.

Para evitar que la Virgen de “Torreciudad”, pequeña talla románica, se pierda dentro de una composición tan fuerte, las figuras van cediendo dimensiones, para llegar reducidas de tamaño al camarín que ha de alojarla. Allí los ángeles y las rosas son menudos, como un encaje: todo el conjunto se aproxima a la Señora encerrándola en un enorme relicario que destaca la dignidad de su presencia.

La sillería central, también de alabastro, tiene labrados en sus respaldos símbolos de advocaciones a la Virgen. En la presidencia, la imagen del Buen Pastor. San Rafael, San Juan, Santa Catalina de Siena y un Angel, con el sello de la Obra entre las manos, completan la composición. El retablo se limita con una enorme cadena labrada. En la parte más alta, dos áncoras enlazadas proclaman la llamada permanente a la unidad. La separación de escenas es tan suave que se puede pasar de una a otra sin estorbo: como si el espectador desgranase los misterios de un enorme Rosario esculpido.

Cuando el Padre lo vea, prácticamente terminado, en mayo de 1975, exclamará:

«Me parece un sueño; y es que soy hombre de poca fe».

Mira despacio, una por una, las figuras; se queda absorto en el conjunto. Le gusta mucho. Es lo que había deseado para Dios:

«Señor, me parece todo muy poco para Ti, pero lo hemos hecho lo mejor que hemos podido»(28).

Hace unos meses ha realizado otro viaje agotador por Sudamérica, pero quiere ver las obras de esta «locura» que ha ocupado su oración y esfuerzo.

El día 24 de mayo, sábado, consagrará el altar principal del Santuario. Repetirá su visita a la ermita, como ya hiciera en 1970, y recibirá a las autoridades de Barbastro que se han acercado a “Torreciudad” para saludarle. Durante una hora larga les hará partícipes de su cariño y agradecimiento.

El domingo 25 de mayo es el Fundador quien acude al Ayuntamiento de Barbastro, donde se le impone la medalla de oro de la ciudad que le vio nacer hace setenta y tres años.

No le gusta al Padre que le rindan honores. De hecho, ha declinado muchos en su vida. Además, hace apenas unas horas que le han comunicado desde Roma el fallecimiento de don Salvador Canals. Está tremendamente afectado y todos respetan el silencio, casi el ensimismamiento, en que le ha sumido la noticia.

«Estuve a verle en la clínica pocos días antes de venirme (...). Me hice ilusiones. Pero, al salir, el médico nos quitó toda esperanza humana»(29).

A pesar de todo, no quiere posponer el acto oficial de Barbastro. En esta mañana llena del sol somontano, el Alcalde pronuncia unas palabras de cariño en las que evoca los años en que el Padre vivió en su tierra natal; agradece la construcción de “Torreciudad” y le asegura el afecto y las oraciones de todos sus paisanos.

Está entre amigos, aragoneses de ancho corazón, y no oculta su estado de ánimo:

«Perdonad. Yo estoy muy emocionado, por doble motivo: primero por vuestro cariño; y además, porque a última hora de ayer recibí un aviso de Roma comunicándome la defunción de uno de los primeros que yo envié para hacer el Opus Dei en Italia. Un alma limpia, una inteligencia prócer, doctor en Derecho Civil por la Universidad de Madrid (...), doctor en Derecho Canónico por la Universidad Lateranense; abogado Total. Después, en tiempos de Juan XXIII, nombrado auditor de la Rota (...).

Yo debería estar contento de tener uno más en el Cielo, ya que tan frecuentemente en una familia tan numerosa tiene que suceder un hecho de este género. Pero estoy muy cansado, muy cansado, muy abrumado. Me perdonaréis, y estaréis contentos de saber que tengo corazón (...).

No puedo dejar de declararos que mi noble orgullo de barbastrense se siente hoy singular y profundamente agradecido a todos cuantos estáis haciendo posible, unidos a tantos miles de personas esparcidas por todo el mundo, el maravilloso empeño que clava sus raíces junto a Nuestra Señora de “Torreciudad”»(30)

A las 11,30 del día 26 de mayo, el Padre regresa a Zaragoza. Mientras se aleja, el Fundador mira, con emoción y entusiasmo, la estructura de los edificios que se destacan como una atalaya en el horizonte. Voltean las campanas de la torre y el eco se pierde en los pueblos del Somontano. Ya no volverá nunca. Un mes más tarde habrá cruzado la última frontera en el camino de sus grandes amores: Dios, la Virgen y San José. Aquellos que ha dejado esculpidos en el retablo de este templo que se yergue junto al Pirineo aragonés.

Virgen morena de Guadalupe

«Hijos míos, durante este mes (...) he ido de romería a “Torreciudad”, descalzo, a honrar a Nuestra Señora. También he estado en Fátima, descalzo otra vez, a honrar a Nuestra Señora con espíritu de penitencia. Ahora he venido a México a hacer esta novena a Nuestra Madre (...). Y creo que ruedo decir que la quiero tanto como los mexicanos la quieren»`.

Así explicará el Fundador del Opus Dei el motivo principal de su primer viaje a América en 1970. Alrededor de las tres de la madrugada del 15 de mayo, toma tierra el avión que le trae a la capital azteca.

-«He tardado veintiún años en venir a estas tierras»(32).

Se refiere el Padre a la fecha de llegada de sus hijos al Continente americano. Ahora, Dios le ofrece la oportunidad de presenciar cómo ha bendecido al Opus Dei. La presencia de la Obra en América se extiende, en 1970, a dieciséis países, que comprenden más del noventa por ciento del territorio; hay miles de vocaciones de todas las naciones y razas representadas en el Nuevo Mundo; numerosas tareas de formación y apostolado, que abarcan desde Universidades hasta labores de promoción humana y espiritual para campesinos y obreros; personas de todas las condiciones sociales que comprenden, aman y cooperan con el Opus Dei. Un horizonte abierto en el que no se pueden divisar los límites.

El Padre, don Álvaro del Portillo y don Javier Echevarría descienden la escalerilla del avión. Don Javier Echevarría llegó a Roma en 1950 a los dieciocho años de edad. Desde entonces ha permanecido junto al Fundador, en este peregrinar universal, entregado con fidelidad al servicio de la Obra. Cuando el Opus Dei encuentre su configuración jurídica definitiva como Prelatura personal, seguirá ocupando el cargo de Secretario General, que ostenta desde el 15 de septiembre de 1975. Durante los años en los que se lleva a cabo la expansión apostólica del Opus Dei por los cinco continentes, trabajará junto al Padre de modo constante. Hoy, en México, son recibidos con emoción por un grupo de hombres que lleva mucho tiempo en esta tierra. Son momentos para recordar aquellas palabras que escribiera el Fundador treinta años antes:

«Olvidad vuestra pequeñez y vuestra miseria, hijas e hijos míos, y poned los ojos y el corazón en este caudaloso río de aguas vivas, que es la Obra»(33).

Como un río silencioso y pacífico, pero también desbordante, es la alegría con que los hijos suyos mexicanos miran hoy el vuelo de este avión que cruza un cielo plagado de estrellas.

Llegan cartas y telegramas de todas las partes de América. El teléfono es una canción continua:

-Les llamo para felicitarnos mutuamente.

-Encomendamos fuerte la estancia del Padre.

-Damos muchas gracias a Dios, y nos unimos a las intenciones del Padre, ante la Virgen de Guadalupe(34)

Realmente, un solo corazón y una sola alma.

Guadalupe no es sólo un Santuario visitado por casi treinta millones de personas al año: es la fe de todo el pueblo unido a la Virgen morena. El 12 de diciembre, conmemoración de una de las apariciones, es fiesta nacional. Desde la víspera, personas de toda la República y mexicanos que viven en el extranjero hacen noche a las puertas de la Basílica para entrar los primeros a saludarla.

Esta devoción se remonta al año 1531. El sábado 9 de diciembre, antes del amanecer, pasaba al pie del cerro de Tepeyac un indio converso, pobre y humilde. Era Juan Diego, que acudía a la primera Misa en la misión. De pronto oye un canto suave, como de una bandada de pájaros. Y al mirar a la cumbre ve una nube blanca y luminosa en medio del arco iris. Una alegría inexplicable pone alas a sus pies y se siente llamado a lo alto del cerro. Sube, y ve una bellísima Señora cuya presencia ilumina los nopales, los espinos y las piedras. Y le habla en su idioma náhuatl:

-«Hijo mío, Juan Diego, a quien amo tiernamente como a pequeñito delicado, ¿a dónde vas?

-A Misa, Señora.

-Hijo mío, muy querido. Yo soy la Siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios, y mi deseo es que se me levante un templo en este sitio, donde como Madre piadosa tuya, y de tus semejantes, mostraré mi clemencia amorosa y la compasión que tengo de los naturales y de aquellos que me aman y me buscan, y de todos los que solicitaren mi amparo y me llamaren en sus trabajos y aflicciones, y donde oiré sus lágrimas y ruegos para darles consuelo y alivio. Dirás al obispo que yo te envío para que me edifique un templo».

Juan Diego corre al Palacio de fray Juan de Zumárraga, primer Obispo de México. Pero tiene poca suerte en su embajada y retorna, cariacontecido, a dar cuenta a la Señora. Ella le anima. Ha de insistir. Y el Obispo le pide una prueba. Tiene que demostrarle que ha visto, efectivamente, algo sobrenatural. La Virgen le cita para la mañana siguiente. Le dará una señal.

Pero el amanecer del día 12, martes, encuentra a Juan Diego de camino y desalentado en busca de un fraile. Su tío, Juan Bernardino, se muere. Ni siquiera pasa por lo alto del cerro para no detenerse porque el tiempo urge al moribundo. Y la Virgen sale a su encuentro en la falda de la cuesta:

«Hijo mío, no te aflija cosa alguna. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi amparo? ¿No soy yo vida y salud? ¿No estás en mi regazo y corres por mi cuenta? ¿Tienes necesidad de otra cosa? No temas por tu tío que ya está sano»(35)

La Virgen le pide que antes de ir a casa del Obispo, suba al cerro y recoja las rosas que encontrará en la cumbre.

Nunca hay flores allá arriba en diciembre. Pero ese día, Juan Diego encuentra un vergel y llena la manta india que le sirve de capa. Muy pronto llega ante el Obispo, que le mira asombrado: pensó que no volvería. Y al desplegar la tilma, caen las rosas al suelo y queda dibujada en la manta la imagen de la Virgen de Guadalupe tal como hoy se venera en México. Sobre el tejido de palma silvestre brillan los colores y las formas de una hermosa Mujer de cabello negro, frente serena y color trigueño. Una túnica rosada y con bordado en oro la cubre por entero. El manto es de color verde mar. Lleva corona real e inclina la cabeza hacia la derecha, con los ojos bajos. Todo el sol de México emerge por detrás como si la respaldara: ciento veintinueve rayos. Un ángel de alas desplegadas carga alegremente con el leve peso etéreo de la imagen.

Pintores de gran prestigio acudirán, llamados por el Virrey, Marqués de Mancera, y el Obispo Zumárraga, a informar sobre a pintura. Entre ellos, Juan Salguero, Tomás Conrado, López de Avalos, Alonso de Zárate. Todos afirman la inexplicable textura y calidad del cuadro. El reverso del tejido es muy áspero y gruesa la trama. El lado de la pintura se palpa con tacto de seda. Los colores y técnica, permanecen intactos en el correr del tiempo. En este siglo se ha comenzado a realizar un estudio científico; sin embargo, el misterio continúa a la luz de los conocimientos técnicos y científicos de alta precisión. El sabio Richard Kühn, Premio Nobel de Química, ha atestiguado que la policromía de la Virgen de Guadalupe no procede de colorantes minerales, animales ni vegetales.

Se ha llevado a cabo un análisis más detallado con alta tecnología por los doctores Callaban y Brant, científicos de la NASA, que, mediante rayos infrarrojos han comprobado que la pintura carece de boceto previo y pinceladas. La imagen ha sido pintada directamente. Y, por último, el doctor Aste Tonsmann ha referido, con técnica de digitalización de imágenes fotográficas, el hallazgo de figuras humanas de tamaño infinitesimal en el iris de la Virgen. Figuras que componen una escena equiparable al episodio relatado en náhuatl por Antonio Valenciano en el Nican Mopohua del siglo XVI.

El Padre, al llegar a México, había comentado:

«Cuando vaya a la Villa, tendréis que sacarme de allí con una grúa».

Y lo mismo le repite al Arzobispo, Cardenal Miranda, cuando va a visitarle. Y el Cardenal, que le ha invitado repetidas veces a cruzar el Atlántico para visitar a la Virgen Guadalupana, contesta sonriente:

-«Pues no seré yo quien llame a la grúa».

Está encantado de tener en su país al Fundador de la Obra, y cuando le saluda con una abrazo, dice:

-«¡Por fin lo conseguimos!, ¡por fin lo conseguimos! »(36)

El sábado 16 de mayo, el Padre inicia sus visitas a la Virgen Morena, que se prolongarán durante nueve días. Le acompañan don Álvaro del Portillo, don Javier Echevarría y tres personas más. Un pequeño grupo que se acerca, discretamente, a la Basílica. Acaban de dar las seis de la tarde. El Padre entra, deprisa, con la juventud y el ánimo de quien tiene, desde siempre, una cita gratísima e importante. Llega hasta el presbiterio y se arrodilla. Allí permanecerá largo tiempo rezando, con la mirada puesta en la Virgen.

Suena un reloj distante con campanadas de metal. Don Álvaro del Portillo se acerca al Fundador: «Padre, llevamos dos horas y estamos rodeados de gente del Opus Dei...».

Mientras hacía su oración, han ido llegando hijas e hijos suyos mexicanos. La Basílica se ha poblado de caras conocidas que rezan, todos a una, por aquello que el Padre está poniendo a los pies de la Virgen.

Los siguientes días ocupará una tribuna alta, localizada sobre el presbiterio, a la derecha de la imagen, desde donde la puede ver con intimidad. Allí pasa varias horas con la Señora. Durante cuarenta días de permanencia en México, el Padre verá a más de veinte mil personas de toda América. En una tertulia, alguien le pregunta qué se puede decir a los que se olvidan de la Virgen:

-«¿Has oído aquellas palabras del Señor cuando, para manifestar su cariño, dice: pero, es posible que una madre se olvide de sus hijos? Aunque eso sucediera, yo en cambio no me olvidaría del amor que os temo. Pues tampoco los hijos nos podemos olvidar de la Madre» Madre»(37).

El indio, por temperamento, es reservado, silencioso. Puede seguir con gran interés una conversación pero mantiene el silencio. Junto al Padre el comportamiento es distinto: los mexicanos campesinos del Valle de Amilpas hablan con él, se ríen, dejan al descubierto la sencillez y el afecto de su corazón.

Y porque les ve y comprende el idioma de su corazón, se hace cargo de sus problemas humanos y sociales, del estado de pobreza de las gentes del campo. Traza los proyectos de vivienda dignas para los campesinos de la zona cercana a Montefalco; se interesa por la formación que reciben los nativos en esta gran escuela profesional que ha representado un esfuerzo gigantesco; se vuelca con las familias de las nativas que acuden a las escuelas del Opus Dei en toda la zona de México.

«Estamos preocupados de que mejoréis, de que salgáis de esta situación, de manera que no tengáis agobios económicos... Vamos a procurar también que vuestros hijos adquieran cultura: veréis como entre todos lo lograremos, y que -los que tengan talento y deseo de estudiar- lleguen muy alto (...). Y ¿cómo lo haremos? ¿Como quien hace un favor?... No (...), ¡eso no! ¿No os he dicho que todos somos iguales?»(38).

El 16 de junio se reúne en Jaltepec, a cincuenta kilómetros de Guadalajara, en el Estado de jalisco, con sacerdotes del Opus Dei que trabajan en México, y con otros muchos que participan de los medios de formación de la Obra. Llegarán desde muy diversos puntos, con la ilusión de tener una charla amable, prolongada y filial con el Fundador de la Obra.

«Estoy muy contento en México, entre otras cosas porque aquí he encontrado un anticlericalismo sano, como el que suelo predicar. Bien es verdad que lo tenéis como fruto de una gran persecución a la Iglesia, pero gracias a Dios ya aquello pasó: entiendo que sabréis mantener siempre el equilibrio que ahora tenéis.

No quise venir sin que lo supieran las autoridades (...), y de vuestros gobernantes no he recibido más que atenciones».

Conversará con estos sacerdotes de los temas que deben ocupar el corazón de los ministros de Cristo: del trabajo entre las almas, de su dedicación total, de su entrega incondicional y de servicio constante.

«Todo el corazón nuestro es para Cristo y -a través de Cristo- para todas las criaturas, sin singularidades»(39).

Les habla de humildad: esa virtud que hace al hombre grande a pesar de sus errores; de la vocación inmensa a que han sido llamados por Dios desde la eternidad. De la ayuda de unos para otros. De esa fraternidad que distingue, inconfundiblemente, a los hijos de Dios.

«No estáis solos. Ninguno de nosotros puede encontrarse solo. Y menos si vamos a Jesús por María, pues es una Madre que nunca nos abandonará»(40)

Pasa el tiempo, entre preguntas y respuestas rápidas, el buen humor del Padre y la alegría espontánea que produce su presencia. Cae fuerte el sol de media mañana y una bruma blanda desciende sobre las aguas de la cercana laguna de Chapala.

El 22 de junio, víspera de su regreso a Roma, el Padre está reunido con un grupo de hijos suyos. Alguien pulsa una guitarra:

-«Padre, es una antigua canción popular. Dicen que es demasiado dulzona, pero a mí me gusta. El comienzo es un poco lento»:

«Quiero cantarte, mujer, mi más bonita canción, porque eres tú mi querer, reina de mi corazón...».

Y, de pronto, el Padre se pone de pie:

-«¿Por qué no vamos a la Villa todos a cantarle eso a la Virgen, a darle nuestra serenata?»(41).

El asentimiento es unánime. A las 8,30 de la tarde, todos en la Basílica de Guadalupe.

Media hora antes la iglesia empieza a vaciarse de peregrinos. Pero, en lugar de quedarse el recinto en una penumbra solitaria, hoy se llena a tope de una concurrencia entusiasta. Los encargados del mariachi llegan con sus guitarras y se sitúan en el lugar apropiado. Ya está abarrotada la Villa. Viene el Padre, y los conserjes cierran las puertas. Otra vez, como el primer día de su llegada, el Fundador se arrodilla ante la Virgen de América. Luego entona la Salve, que cantan, unánimes, sus hijas e hijos reunidos en esta despedida imprevista. Se queda en el presbiterio, rodeado de sacerdotes. Los hay ya mayores, encanecidos por el trabajo y el tiempo, y muy jóvenes; todos unidos en un solo afecto. Rompen el silencio las guitarras:

«Tuyo es mi corazón, oh sol de mi querer».

Después entonan «La Morenita» y, así, una y otra letrilla. La emoción cunde, porque allí está un gran trozo del alma de México: se han reunido junto al Padre todos los que recorren este camino de fidelidad a Cristo que es el Opus Dei.

Al empezar la tercera canción, el Padre se levanta y sale de la Basílica, mientras sigue sonando otra canción a la Virgen: «¡Gracias, por haberte conocido!... »(42). Después se hace el silencio. La gente abandona la nave y se apagan las luces. Los coches regresan a la ciudad mientras cae una lluvia fina, casi imperceptible. Se diría que el cielo mexicano también ha sucumbido a la emoción sencilla y entrañable de este adiós.

Al día siguiente, un avión llevará a Monseñor Escrivá de Balaguer camino de Roma. Allá en Montefalco, junto a los viejos muros de la iglesia, quedan unos árboles que ha plantado antes de partir. Pasados los años, cuando el tiempo los haya apuntalado, su sombra dará paz al caminante.

Cerca de Jaltepec, el cuadro que representa a la Guadalupana dando una flor al indio Juan Diego guarda una petición del Fundador:

-«Quisiera morir así: mirando a la Virgen Santísima y que Ella me entregase una flor...

Y, después de un silencio, añade:

-«Sí, me gustaría morir ante este cuadro, con la Virgen dándome una rosa»(43)

Pentecostés

Cuentan los Hechos de los Apóstoles(44) que «al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar, y se produjo de repente un ruido del cielo, como de viento impetuoso que pasa, que llenó toda la casa donde estaban. Se les aparecieron como lenguas de fuego, que se dividían y se posaban sobre cada uno de ellos, y todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en lenguas extrañas, según el Espíritu Santo les movía a expresarse».

Los idiomas de los hombres dejaron de ser extraños; se entendían con todos: partos, medos, elamitas, los que habitan en Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto y Asia, Frigia, Panfilia, Egipto y las partes de la Libia que están contra Cirene, y los forasteros romanos, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, podían escuchar y traducir de sus labios las grandezas de Dios.

Y María está con ellos, porque los siente suyos: ha sido el último legado de Cristo. Y porque es orgullo de madre rodearse de hijos decididos, leales, afectuosos; pero también es de mujer recogerlos en los momentos del fracaso. Ser la viga maestra que impida la ruina en las situaciones de desaliento.

Durante muchos años, el Fundador del Opus Dei ha metido en su alma y en la de sus hijos la devoción filial a Santa María, junto a esta Presencia amable de la Trinidad Divina entre los hombres.

Ante las dificultades por las que el cristianismo cruza en nuestro momento histórico, el Padre sabe que, otra vez, hay que esperar la fortaleza y la claridad del Espíritu que ilumine las inteligencias y desborde los corazones. Le invoca, le llama con el amor que Pablo de Tarso recordaba a los primeros discípulos: «Y por ser hijos envió Dios a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que grita: Abba!, ¡Padre!»(45)

Su fe inquebrantable en esta barca de Pedro que no puede hundirse en la mar, porque Cristo sigue eternamente a su lado, no impide el sufrimiento que le produce el desconcierto, la duda, la fragilidad y la visión humana de muchos que, dentro de ella, han dejado de esperar la verdadera fortaleza sobrenatural. La solución está en la santidad, en la entrega incondicional de la vida a esa transcendencia que el cristiano conoce a través de la Sabiduría del Espíritu Santo.

El Concilio Vaticano II fue un gran intento de poner las verdades de la fe al alcance y al modo de los hombres del siglo XX, sin cesión, de ninguna verdad esencial.

El Padre ha presenciado actitudes post-conciliares que nada tienen que ver con la doctrina establecida en los documentos aprobados. Por eso, sufre cuando ve intentos de menoscabar la autoridad del Romano Pontífice; cuando comprueba la crisis de disciplina y autoridad que sufre la Iglesia; el abandono en la práctica de los sacramentos y la supuesta creación de nuevas Teologías que intentan arrumbar los dogmas como productos de una decisión condicionada históricamente y que debe revisarse e interpretarse de un modo supuestamente «progresista».

Para hacer volver las aguas a su cauce, el Padre anima a la fe auténtica, al trabajo santificado y santificador, a la lealtad con la Iglesia y con la Obra:

«Vale la pena jugarse la vida, entregarse por entero, para corresponder al amor y a la confianza que Dios deposita en nosotros. Vale la pena, ante todo, que nos decidamos a tomar en serio nuestra fe cristiana. Al recitar el Credo, profesamos creer en Dios Padre Todopoderoso, en Su Hijo Jesucristo que murió y fue resucitado, en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida (...).

El mensaje divino de victoria, de alegría y de paz de la Pentecostés debe ser el fundamento inquebrantable en el modo de pensar, de reaccionar y de vivir de todo cristiano»(46)

En estos momentos difíciles para la Iglesia, el Padre quiere más que nunca que los miembros del Opus Dei busquen la santidad. Y con este noble empeño escribe una oración, conversación familiar con el Espíritu Santo, que la Obra entera repetirá cada año.

El 30 de mayo de 1971, a media mañana, se reúne con algunos hijos suyos en un oratorio de la Sede Central en Roma. Una vidriera de colores representa la escena de María y de los apóstoles el día en que descendió visiblemente sobre ellos el Espíritu Santo. Un color de fuego ilumina las figuras de este retablo transparente. Don Alvaro del Portillo lee la nueva Consagración de la Obra:

«Concede la paz a tu Iglesia para que todos los católicos, llenos del Espíritu Santo, den siempre a los hombres testimonio firme y verdadero de la fe, muestra efectiva de su amor y razón de su esperanza (...).

Ilumina nuestra inteligencia, purifica nuestro corazón, confirma nuestra voluntad. Haz que recibamos todas las cosas como venidas de tu mano, sabiendo que todo concurre al bien de los que aman a Dios (...).

Te consagramos el Opus Dei y nuestra vida entera. Te ofrecemos todo cuanto somos y podemos: nuestra inteligencia y nuestra voluntad, nuestro corazón, nuestros sentidos, nuestra alma y nuestro cuerpo (...).

De modo que, viviendo siempre en tu amor, lleguemos con María nuestra Madre a gozar de tu gloria sempiterna, unidos ya para siempre al Padre que con el Hijo vive y reina contigo por todos los siglos de los siglos»(47).

Desde su vidriera del oratorio romano de Pentecostés, la Virgen escucha estas palabras que muy pronto repetirán los miembros del Opus Dei repartidos por toda la tierra, mientras preside esta unidad de corazones y de almas.

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