Luz de las gentes

«Si hay algún estudio en el que el amor contribuya a la conquista de la verdad, creo que éste es el estudio de la Iglesia: para conocerla bien es necesario amarla. Después, estudiarla». (Pablo VI)

«Vosotros sois la luz del mundo». (Mt V, 14)

De nuevo en Madrid

Callejear por el Madrid antiguo es tropezar con las esquinas irregulares de casas y placetas, con la rebelde negativa a cualquier concesión geométrica de trazado; con nombres como Suárez de Toledo, Coallas, Lagos y Lujanes. Todos recuerdan, en la precisión de una bibliografía histórica, la etapa de los Austrias, de la España concreta de Felipe II. La plaza de Puerta Cerrada se esconde ahí, en ese conglomerado castizo y familiar. De ella parte la calle de San justo: el Palacio Episcopal es un encuentro previo, antes de llegar a la casa de Iván de Vargas, donde sirvió como criado San Isidro Labrador, Patrón de la Villa. Remontando el pequeño tramo de esta calle se llega hasta la iglesia, hoy Basílica Pontificia, de San Miguel; fue erigida en el siglo XVIII para la advocación de los Santos justo y Pastor, mártires de Alcalá de Henares. La fachada está decorada por pilastras y hornacinas con estatuas: a la derecha, la Caridad y, a la izquierda, la Fortaleza. Más arriba, la Fe y la Esperanza. Termina con un ático y dos torres que escoltan, en el centro, el escudo con las armas reales. El interior es barroco.

Este lunes, 17 de octubre de 1960, la Basílica Pontificia se viste de gala. Resplandeciente de luz, neutraliza el sol que se filtra por los ventanales. Va a celebrar la Santa Misa, a las doce de la mañana, Monseñor Escrivá de Balaguer. La nave de la iglesia está abarrotada por miembros del Opus Dei.

Cuando el Padre se vuelve después de la lectura del Evangelio, se da cuenta del número de personas que sigue, al unísono, el rito de la celebración. Y habla, emocionado:

«Yo quiero deciros unas palabras en esta iglesia de Madrid, donde tuve la alegría de celebrar la primera misa mía madrileña. Me trajo el Señor aquí con barruntos de nuestra Obra. Yo no podía entonces soñar que vería esta iglesia llena de almas que aman tanto a Jesucristo. Y estoy conmovido. Conmovido, porque os tengo que decir que vosotros y yo hemos de cumplir un mandato divino, maravilloso: primero, en nuestra vida personal; después, influyendo en la vida de los demás, en todos los ambientes del mundo. Porque os tengo que decir que no hay nación (...) donde no haya corazones que vibren como vosotros. Porque os tengo que decir que comienzan a brotar vocaciones como las vuestras y la mía en tierras africanas y asiáticas. Hijos míos, vocación divina he dicho y no he exagerado nada».

El silencio es absoluto. Y las palabras del Padre siguen subrayando aquellas características que los apóstoles querían para los cristianos de la primera hora; especialmente el amor a la propia libertad y el respeto a las opciones legítimas de los demás:

«Yo, con mi libertad, no puedo negar la tuya. Somos libérrimos en lo terreno».

Esta doctrina debe hacerse vida diariamente con quienes nos rodean:

«Que la vean vuestros parientes, vuestros colegas, vuestros vecinos, vuestros amigos (...). Vivid como los demás, sobrenaturalizando cada instante de la jornada. Que contemplen vuestra alegría en el mundo, y así yo estaré orgulloso (...). Pedid por mí»(2).

La víspera, 16 de octubre, ha pasado un rato con las hijas suyas que trabajan en la Administración de la casa de Diego de León. La alegría de su presencia pone alas a este domingo de otoño. Las anima a seguir este camino maravilloso del amor de Dios en medio del mundo santificando el trabajo cotidiano y tratando de atraer a otras personas a Dios:

«Hijas mías, vosotras tenéis que acercaros a vuestras amigas (...), acercaros a ellas saliendo a las encrucijadas del camino, para llamarlas en nombre de Dios (...). Si a ti nadie te hubiera llamado, no estarías aquí (...) con una vocación divina (...). Nos llaman del mundo entero (...); a fines del año próximo hemos de ir a Australia y a Paraguay (...). Sed fieles»(3).

Y queda en el aire de Madrid esta urgencia de andar los caminos de Dios y extender el Opus Dei.

El Padre abandona la capital camino de Aragón. Cuatro días más tarde, recibe el nombramiento de Doctor honoris causa por la Facultad de Filosofía y Letras de Zaragoza. Vuelve a oír el rumor del Ebro, a paladear su amor adolescente por esa Virgen chiquita, que sigue erguida en su Santa Capilla de El Pilar.

Al mediodía, ocupan sus puestos en la presidencia las autoridades académicas, militares, eclesiásticas y civiles, siguiendo el protocolo universitario. El resto del Paraninfo se llena de público hasta en sus más insólitos rincones. No falta la representación de su querido Somontano: de Barbastro. También están en el estrado hijos suyos profesores universitarios, hombres del Opus Dei que dedicaron su esfuerzo a los diversos terrenos de las ciencias y de las artes.

A las doce en punto se forma la comitiva. Monseñor Escrivá de Balaguer aparece con la muceta azul de los doctores en Filosofía. El ceremonial irá imponiéndole el birrete, el anillo y la medalla. Habla el Rector:

«Te admito y te incorporo al colegio de doctores de la Universidad de Zaragoza, con todos los honores, libertades, exenciones y privilegios de que gozan y pueden gozar los demás doctores en Filosofía y Letras en la Universidad de Zaragoza y en cualquier lugar del orbe»(4).

El Padre, siguiendo la tradición universitaria, lee un discurso ante el Claustro:

«Vieja y querida Universidad de Zaragoza, cuya memoria viene hoy a mi mente unida a recuerdos imborrables de tiempos ya lejanos. Años transcurridos a la sombra del seminario de San Carlos, camino de mi sacerdocio, desde la tonsura clerical (...) hasta la primera misa, una mañana a muy temprana hora, en la Santa Capilla de la Virgen. Años, también, de estudiante universitario, en la antigua Facultad de Derecho de la plaza de la Magdalena (...).

Siete lustros han pasado ya desde que abandoné las aulas de la Universidad de Zaragoza y las tierras de Aragón en que nací. Largos años que no han conseguido borrar de la mente el recuerdo, ni ahogar en el corazón el afecto por aquella Universidad ni por esta tierra. En la Roma eterna, junto al sepulcro de Pedro, o viajero por todos los caminos de Europa, su memoria ha estado y sigue estando siempre muy presente en mí»(5).

Al día siguiente el Fundador celebra Misa, a las once de la mañana, en la iglesia del Seminario de San Carlos. El retablo está deslumbrante. María Inmaculada preside el gozo de esta fiesta de familia; una gran familia sobrenatural unida alrededor del Padre. La Virgen recuerda en él al joven seminarista que hace años, y desde la tribuna que se abre sobre el altar mayor, pasó horas y noches en la intimidad de su oración.

Se han preparado las mejores galas del Seminario; una alfombra cubre las gradas; el templo se ha llenado por completo: miembros de la Obra, Cooperadores, amigos y familiares se han dado cita en Zaragoza. También hoy se dirige a ellos de un modo afectuoso:

«En esta casa de San Carlos, yo voy a hablar (...) como si estuviéramos solos uno de vosotros y yo (...). Aquí, en este altar, yo me acerqué tembloroso para coger la forma sagrada y dar por primera vez la comunión a mi madre (...). Voy de emoción en emoción. Me conmueve, además, vuestro cariño».

Tiene palabras de agradecimiento para todos cuantos ayudan a la Obra de Dios:

«Aquí hay personas a quienes yo también quiero muchísimo, que cooperan, que colaboran. Colaboran con su oración, con su sacrificio, con sus limosnas, con su trabajo (...), ¡gracias! Gracias en nombre de Jesucristo».

Y, especialmente, se dirige a los padres de miembros del Opus Dei:

«Os doy la enhorabuena porque Jesús ha tomado esos pedazos de vuestro corazón -enteros- para El solo (...). Los tenéis metidos en tantos rincones del mundo, en África, en Asia, en toda Europa, en toda América, desde Canadá hasta la Tierra de Fuego (...). No habéis acabado la misión, tenéis una gran labor que hacer con vuestros hijos, una labor maravillosa, paterna y materna: santificarlos»(6).

El Padre acaba la Misa. Muchas personas esperan por los alrededores, por si cabe la posibilidad de acercarse a saludarle. El Padre rompe todas las barreras y habla, abraza y reconoce a los más próximos. Querría detenerse con cada uno y hacerle partícipe de su afecto. Pero el tiempo urge y esta misma tarde debe abandonar Zaragoza camino de Pamplona.

El día 24 de octubre de 1960, las carreteras de acceso a Pamplona dan paso a centenares de coches. Hay verdaderas caravanas para entrar en la ciudad del Arga. Durante la jornada siguiente, el Estudio General de Navarra va a convertirse en Universidad; Monseñor Escrivá de Balaguer será Gran Canciller de la misma. Y el Ayuntamiento de Pamplona, aprovechando el acontecimiento, hará entrega del título de hijo adoptivo de la ciudad al Fundador del Opus Dei.

El Papa Juan XXIII, que sigue de cerca los caminos apostólicos de la Obra, aprecia a esta Universidad que va a recibir en sus aulas a estudiantes de todo el mundo: asiáticos, africanos, americanos y europeos, en la convivencia fraternal del saber que predica una entidad que se llama, a sí misma, universal.

Al día siguiente, a las once de la mañana, el Arzobispo de Pamplona oficia la Misa del Espíritu Santo en la iglesia Catedral. Más tarde, en el Salón del Museo de la Catedral tiene lugar la inauguración de la Universidad. Está presente el Nuncio Apostólico, una numerosa representación del Episcopado español y una multitud que llena el salón, insuficiente para este público de toda España.

Hoy empieza su aventura humana y científica una entidad de la que el Fundador del Opus Dei dirá:

«El Opus Dei (...) promueve, con el concurso de una gran cantidad de personas que no están asociadas a la Obra -y que muchas veces no son cristianas-, labores corporativas, con las que procura contribuir a resolver tantos problemas como tiene planteados el mundo actual (...).

Las instituciones universitarias (...) son un aspecto más de estas tareas. Los rasgos que las caracterizan pueden resumirse así: educación en la libertad personal y en la responsabilidad también personal (...). Luego, el espíritu de convivencia, sin discriminaciones de ningún tipo (...). Finalmente, el espíritu de humana fraternidad: los talentos propios han de ser puestos al servicio de los demás (...). Las obras corporativas que promueve el Opus Dei, en todo el mundo, están siempre al servicio de todos: porque son un servicio cristiano»(7).

Al caer la noche, el Ayuntamiento enciende sus salones para recibir a Monseñor Escrivá de Balaguer como hijo adoptivo. La plaza, testigo jubiloso de tantos «sanfermines», está abarrotada.Campean los escudos y estandartes de Navarra sobre los balcones. Dentro, la primera Autoridad, lee el acta:

«El Excmo. Ayuntamiento (...), en sesión celebrada el día de hoy, proclamó por unanimidad Hijo Adoptivo al Excmo. y Rvdmo. Monseñor Doctor don José María Escrivá de Balaguer y Albás, Fundador y Presidente General de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y Opus Dei, y Fundador del Estudio General de Navarra, como muestra de cordial admiración y gratitud a tan gran obra, y le rinde homenaje de sincero afecto. Pamplona, 21 de septiembre de 1960»(8).

El Padre está emocionado por las muestras de cariño que se repiten incesantemente. En la plaza, frente al balcón, sigue el bullicio de las gentes que quieren verle. No tiene más remedio que salir y saludar a todos. Muchas veces ha repetido que el trabajo del Opus Dei es callado, silencioso, sin homenajes. Porque tiene sus raíces en el quehacer de cada día, en el sacrificio habitual de quien cumple con su deber. Pero hoy, sus hijos y los amigos que la Obra tiene ya en muchos lugares, le llaman. Desde el balcón les envía ese saludo personal, afectuoso, que le hubiera gustado compartir en la calma de una conversación directa con cada uno.

El Fundador sale de Pamplona al día siguiente, camino de Francia. Le llaman otros lugares a los que hay que llevar, con la urgencia de Cristo, el espíritu del Opus Dei.

Junto al lago Albano

Además del lago Albano, que cubre un cráter volcánico de seis kilómetros cuadrados de superficie y 170 metros de profundidad, Castelgandolfo tiene atractivos de excepción. Protegido frente a las nieves y aireado en los meses de canícula romana, el lugar atrae a todos cuantos quieren gozar, aunque sea durante breves horas, del espectáculo de sus viñas, cipreses, acebos y rosas. Por cualquier rincón surge una fontana, un arco en ruinas o la última estatua rescatada por las excavaciones de la vieja Villa de Domiciano.

En este lugar está enclavada la residencia papal, construida en 1624 por Carlo Maderno. Y algo del carácter de cada uno de los Pontífices ha quedado en su ambiente como un epitafio involuntario. Pío XII, por ejemplo, leía, estudiaba y trabajaba muchas horas bajo la sombra de un carrasco secular que se conserva en los jardines.

Edificado sobre la antigua Albalonga, fue un pueblo favorito de Gbethe. Los romanos llaman a este lugar, y a otros pueblos de los alrededores Castelli. «Ir a los Castelli», es una frase que repiten cuando quieren acercarse a gozar de este paisaje lleno de belleza latina.

Aquí, en la finca que Juan XXIII cediera definitivamente a la Obra, se edificará el Colegio Romano de Santa María. Todavía no se ha colocado la última piedra de Villa Tevere y aún pesan deudas graves sobre la casa. Pero todo saldrá adelante: lo que Dios pide es fe y esfuerzo. Y la audacia de apoyar los problemas en esta confianza, y en el trabajo esforzado por parte de todos.

El día 7 de julio de 1959 comienzan las obras de ampliación de este edificio que ha de llamarse Villa delle Rose, y que será la sede del Colegio Romano de Santa María. Se han estudiado minuciosamente los planos por parte de los arquitectos. El Padre ha dado indicaciones, como la que se refiere al diseño de un Aula Magna digna y capaz; y trabajará con ellos, incluso, en la solución arquitectónica completa.

Desea para sus hijas un lugar muy grato como entorno de su estudio, su trabajo y su formación en el espíritu del Opus Dei.

«Quiero, hijas, que en esta casa todo sea claro, alegre, luminoso como vuestras almas» (9).

En noviembre de 1962 ya está disponible una zona de la casa. Pero hasta el 14 de febrero de 1963 no se darán por terminadas las obras. Ese día, el Padre consagra el oratorio de Villa delle Role poniendo la rúbrica final. Llega a las cinco de la tarde a Castelgandolfo. Alrededor de una imagen de la Virgen, se agrupan alumnas de muchas nacionalidades. Tres continentes están representados junto a este altar, que se alza en la orilla de un volcán apaciguado por el agua. Son exponente del alma con que el Opus Dei trabaja en el mundo, del espíritu universal de la Obra.

«Hijas, ante Nuestro Señor Sacramentado (...) siento el agradecimiento de la primera vez que pusimos un sagrario; de la primera vez que le dijimos al Señor, con palabras de los discípulos de Emaús: quédate con nosotros porque sin Ti se hace de noche.

De lo que hagáis vosotras en estos comienzos dependen tantas cosas buenas, tantas cosas grandes... No defraudéis a Dios... »10.

Después de la primera Misa, dos lámparas votivas arderán, continuamente, junto al sagrario de “Villa delle Rose”, señalando la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Y como símbolo de una oración permanente que mantiene viva la Comunión de los Santos.

El 24 de octubre de 1964 se constituye el Istituto Internazionale di Pedagogía o di Scienze dell'educazione, como sección en Roma de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Navarra. Por su estatuto, la Universidad tiene derecho a establecer tales estudios en Centros a distancia. Esta prolongación de la Universidad de Navarra fuera del país de origen no es una innovación propia; otras, como las de Harvard, Lovaina y Oxford, sobrepasan su ámbito nacional creando institutos especializados en diferentes países.

Este Centro de Castelgandolfo incorpora a sus programas la experiencia de Escuelas europeas y americanas dedicadas a los estudios pedagógicos.

En el escudo de “Villa delle Rose” aparecen tres rosas que se mezclan con cardos; el mar y una estrella a medio camino entre los cielos y las aguas. Y una leyenda: Ipsa Duce. Ella conduce. La Virgen, estrella del mar. Una estrella que aquí, en Castelgandolfo, tiene un rostro en el que se han dado cita la firmeza y el amor.

El Concilio Vaticano II

A pesar de las colosales dimensiones de la Basílica de San Pedro, el 11 de octubre de 1962, fiesta de la Maternidad de la Virgen, el templo está repleto. Los Padres Conciliares, además del cuerpo diplomático y representaciones oficiales de casi todos los países del mundo, asisten a la Misa de Pontifical que oficia el Cardenal Tisserant, Decano del Sacro Colegio, para invocar la ayuda del Espíritu Santo.

Tras dedicar varias sesiones a otros temas, el 30 de noviembre comenzará el estudio del esquema sobre la Iglesia, que será el documento más importante del Vaticano II. En él se enseñarán conceptos relativos al pueblo de Dios, al episcopado, a los religiosos, a los laicos, a la llamada universal a la santidad, a la índole escatológica de la Iglesia y a la Virgen María en el Misterio de Cristo y de la Iglesia. Todo ello se recogerá más tarde en la Constitución Dogmática Lumen Gentium.

Desde el momento en que se hizo la convocatoria oficial del Concilio Ecuménico por Juan XXIII, el Fundador del Opus Dei pide a sus hijos, repartidos por todo el mundo, que recen por el Papa y por la Asamblea Conciliar. Como siempre, va a poner la energía de su oración en servicio de la Iglesia entera.

Algunos miembros del Opus Dei y de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, que son obispos, participarán en las sesiones del Concilio. Además, don Álvaro del Portillo multiplicará su trabajo en el Vaticano. Ostenta el cargo de Secretario de una Comisión Conciliar e intervendrá en otras Comisiones para la redacción definitiva de los documentos. También será designado Consultor de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe. En este mismo tiempo, Juan XXIII constituye la Comisión Pontificia para la Revisión del Código de Derecho Canónico y le nombra, asimismo, Consultor.

Una tarde, mientras se desarrolla una de las sesiones del Concilio Vaticano II, don Álvaro se siente enfermo y con fiebre. Se le ve muy fatigado, pero el trabajo en la Comisión Conciliar de la que forma parte, exige que vuelva de nuevo a la mesa de trabajo, ya que se van a puntualizar acuerdos importantes.

El Padre le mira con ojos preocupados; dada la situación, no tiene más remedio que animarle a ir.

Don Álvaro, con una sonrisa de asentimiento, sale. Entonces el Padre, volviéndose a Francesco Angelicchio, testigo ocasional de la escena, le dice:

-«¿Crees que no tengo compasión de este hombre? Pero hay cosas que hay que hacer aunque nos acorten la vida... Temo por la salud de este hijo mío. Yo lo necesito, nos hace falta... la Obra lo necesita ...»(11)

Don Álvaro, entregándose generosamente a su trabajo, cumplirá a la letra, a lo largo de todos los avatares del Vaticano II, esta idea tantas veces repetida por el Fundador de la Obra:

«Amad a la Iglesia, servidla con la alegría consciente de quien ha sabido decidirse a ese servicio por Amor» (12).

Este amor a la Iglesia que está tan dentro del espíritu del Opus Dei, le lleva a sentir todas las alegrías y penas, las preocupaciones y los gozos del Papa. Escribirá a sus hijos para que ofrezcan por esta intención muchas horas de su trabajo diario, donde quiera que se realice: en las Universidades, en las fábricas o en el campo, en establecimientos oficiales o en profesiones liberales: «haced todo esto en unión con Dios, por el feliz resultado de esta gran iniciativa que es el Concilio Ecuménico Vaticano II. Sé que ésta es la gran intención de nuestro Santo Padre, y deseo que también nosotros, desde nuestra parcela, podamos contribuir, mediante nuestra oración, la penitencia y el trabajo santificado y santificador; y os recuerdo, una vez más, aunque no sea necesario, que éstas son las grandes armas, los únicos medios de que dispone el Opus Dei»(13).

Este amor inmenso, que le hizo presentir con anticipación tiempos de confusión y sufrimiento para toda la Iglesia Católica, se extiende también a la jerarquía que acude a Roma durante los años conciliares. Un gran número de Obispos pasarán por la Sede Central del Opus Dei para conocer al Fundador. Entre ellos, el Arzobispo de Dublín; el de Filadelfia, hoy Cardenal Krol; el de Detroit; el de Madison, Monseñor O'Connor... Algunos, como Monseñor Wright, Obispo de Pittsburgo, visitarán además algunos Centros de la Obra en la Ciudad Eterna, como la Residencia Universitaria Internacional (RUI). Muchos, como uno de Nigeria, escribirán luego al Padre pidiéndole insistentemente que la Obra llegue a sus países lo más pronto posible.

La segunda etapa o sesión conciliar da comienzo el 29 de septiembre de 1963 y se prolonga hasta el 4 de diciembre del mismo año. El período de tiempo que media entre el final de la primera y el comienzo de la segunda sesión es importante, especialmente porque Juan XXIII, el Papa de la convocatoria, morirá el 3 de junio de 1963. Después de catorce días, se reúne el Cónclave para elegir al nuevo Papa. Toda la cristiandad está pendiente de este paréntesis que ha dejado la muerte del Papa Juan. El 21 de junio de 1963 a las 12.12, se abren, al fin, las grandes hojas del balcón central de la fachada de San Pedro. Aparece la Cruz alzada y, detrás, el Cardenal “Ottaviani, Protodiácono”. Se hace un silencio total en la Plaza de San Pedro. Millones de fieles están pendientes de la Televisión o de las emisoras de radio:

“Anuntio vobis gaudium magnum: habemus Papam, Eminentissimum ac Reverendissimum Dominum, Dominum Ioannem Baptistam Sanctae Romanae Ecclesiae Cardinalem Montini, qui sibi nomen imposuit Paulum Sextum”.

Rompen el aire los aplausos de la multitud y sale, por primera vez, revestido con los atributos del Pontificado, Pablo VI. La gente se arrodilla, mientras el Vicario de Cristo imparte su Bendición.

El Fundador de la Obra recuerda, con cariño personal, al nuevo Papa. Cuando el Padre llega a Roma, en 1946, Monseñor Montini ocupa el cargo de Sustituto de Asuntos Ordinarios de la Secretaría de Estado.

«La primera mano amiga que yo encontré aquí, en Roma, fue la de Monseñor Montini; la primera palabra de cariño para la Obra que se oyó en Roma, la dijo él»1 .

Le envía inmediatamente un telegrama de felicitación y alegría: es el gozo de una familia que venera al Papa y que recuerda, además, el afecto de un amigo.

Un interrogante está planteado sobre la Asamblea Conciliar: ¿continuarán las sesiones después de la muerte de Juan XXIII? Al día siguiente de su elección, en su primer radiomensaje al mundo, Pablo VI desvanece todas las dudas: «La parte preeminente de nuestro Pontificado estará ocupada por la continuación del Concilio Ecuménico». El 14 de septiembre, con la Carta Horum tempora signa convocará a los Padres conciliares en Roma. En esta etapa, desde el 24 de septiembre hasta el 4 de diciembre, se promulgarán ya los dos primeros documentos: la Constitución sobre la Sagrada Liturgia y el Decreto sobre los medios de comunicación social.

El 24 de enero de 1964, el Santo Padre Pablo VI recibe, en audiencia privada, al Fundador del Opus Dei. Cuando llega ante el Papa, intenta arrodillarse para saludarle como prescribe el protocolo. Pero Su Santidad no se lo permite: antes, le rodea con sus brazos en un gesto de cariño y cordialidad.

Pablo VI, Vicario de Cristo, mira al espíritu del Opus Dei con el amor que le presta hoy su propia misión en el pueblo cristiano.

Durante la entrevista, el Padre manifiesta la fe firme de todos sus hijos, su inconmovible esperanza, su amor sin límites a la Iglesia de Jesucristo, la Iglesia Romana, Católica y Universal. Sus palabras conmueven visiblemente a Pablo VI, porque conoce la verdad y el sufrimiento que contienen las expresiones del Fundador.

Monseñor Escrivá de Balaguer sufre por esta familia inmensa que es la Iglesia: por tantos cristianos que olvidan hoy la dignidad a la que fueron llamados...

Casi al final de la entrevista, dice al Papa que, fuera, está don Álvaro del Portillo. Pablo VI manda enseguida que entre:

-Don Álvaro...: ¡Nos conocemos ya desde hace veinte años!...

-Santidad: sólo de dieciocho.

-Da a llora sono diventato vecchio (desde entonces me he vuelto vicio).

-Ma no, Santitá: é diventato Pietro (No, Santidad: se ha vuelto Pedro)(15).

El Papa quiere que lleven su Bendición para la Obra, para cada una de las personas, para cada uno de los trabajos, para todo cuanto van a emprender en el mundo.

El Fundador y don Álvaro vuelven a “Villa Tevere”. Y, días más tarde, aún llega la estela de este cariño del Santo Padre hacia el Opus Dei:

«Cumpliendo ahora el venerado encargo del Padre Santo, me es grato significarle que El, en hora densa de acontecimientos y de esperanzas para la Cristiandad, experimenta profundo consuelo al saber cómo tan crecido número de personas, diseminadas en los cinco continentes, practicando los altos ideales que el Opus Dei les propone, tan acomodados a las exigencias de los nuevos tiempos, tratan de servir a la Iglesia como ella desea ser servida; con su conducta personal y profesional vigorosamente cristiana que une la contemplación a la acción, con el sublime afán de plasmar y de difundir en los más variados ambientes de trabajo los postulados de la verdad y santidad Evangélicas»(16)

Esta carta se hace eco, también, de los sentimientos de devoción y filial obediencia a la Cátedra de Pedro que, como preciosa característica, distingue al Opus Dei.

Ocho meses más tarde, el 10 de octubre de 1964, el Fundador de la Obra es recibido de nuevo en audiencia privada por Pablo VI. Al final, también quiere que entre don Javier Echevarría, que es quien acompaña esta vez al Padre, para demostrarle su afecto, decirle palabras de buen humor y bendecirle. Una fotografía que se conserva en la Sede Central de Roma, mantiene vivo el recuerdo de esta larga conversación, de la que el Fundador sale muy conmovido por tantas cosas buenas como el Romano Pontífice ha dicho de la Obra. Además, Pablo VI le entrega un cáliz en cuya base campea el escudo pontificio y un «Chirógrafo» (carta manuscrita).

«Colocados por la voluntad de Dios al timón de la nave de Pedro, desde la que escrutamos con vigilante solicitud los signos anticipadores de los tiempos, el ansia de las almas que esperan la llegada de los operarios del Señor, las necesidades antiguas y siempre renovadas que entraña la difusión del Evangelio de Cristo, consideramos con paterna satisfacción cuanto el Opus Dei ha realizado y realiza por el Reino de Dios; el deseo de hacer el bien, que lo guía; el amor encendido a la Iglesia y a su Cabeza visible, que lo distingue; el celo ardiente por las almas, que lo empuja hacia los arduos y difíciles caminos del apostolado de presencia de testimonio en todos los sectores de la vida contemporánea»(17) .

El espíritu de un Concilio

En agosto de 1964, Pablo VI publica la encíclica Ecclesiam Suam trazando las directrices por las que ha de caminar la Iglesia en el cumplimiento de su misión. Es, en realidad, el timón que marca rumbo al esquema sobre la Iglesia que el Concilio está estudiando. Desde el 14 de septiembre al 31 de noviembre tiene lugar la tercera etapa de sesiones del Concilio, en la que se aprueban tres nuevos e importantes documentos, uno de ellos la Lumen Gentium, Constitución dogmática sobre la Iglesia.

Entre el 14 de septiembre y el 8 de diciembre de 1965 tiene lugar la cuarta y última etapa.

El día 7 de diciembre, se celebra la Novena Sesión pública, presidida por el Papa. Los últimos documentos son aprobados definitivamente. Antes de la celebración de la Misa, Pablo VI y el Patriárca Atenágoras de Constantinopla leen, ante la imagen de Pedro de Galilea -primer Vicario de Cristo-, una declaración común pidiendo la unión de todas las Iglesias. La Misa solemne de clausura será oficiada por el Papa el día de la Inmaculada Concepción, en la plaza de San Pedro.

A lo largo del Concilio, múltiples aspectos que el espíritu del Opus Dei viene exponiendo y practicando desde 1928, van a ser refrendados y propuestos para todos los fieles por la Iglesia Católica reunida en la mayor asamblea de su historia. El Padre lo hará constar así ante sus hijas e hijos. No por afirmación personal, sino por certeza absoluta de que todo el espíritu de la Obra es sobrenatural y urgido por Dios.

Seis años después `del fallecimiento del Fundador del Opus Dei, el 19 de febrero de 1981, se introducirá en Roma su Causa de Beatificación y Canonización. En el número de marzo-abril, la «Rivista Diocesana di Roma» publicará el decreto de introducción de la Causa, dado por el Cardenal Poletti, que contiene una breve síntesis de la vida de Monseñor Escrivá de Balaguer y de la espiritualidad del Opus Dei.

Comienza el decreto recordando, con palabra del Motu proprio Sanctitas clarior, que el Concilio Ecuménico Vaticano II «ha exhortado con premurosa insistencia a todos los fieles, de cualquier condición o grado, a alcanzar la plenitud de la vida cristiana y la perfección de la caridad. Esta fuerte invitación a la santidad puede ser considerada como el elemento más característico de todo el Magisterio conciliar y, por así decir, su fin último». Y añade:

«Por haber proclamado la vocación universal a la santidad, desde que fundó el Opus Dei en 1928, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer ha sido unánimemente reconocido como un precursor del Concilio precisamente en lo que constituye el núcleo fundamental de su Magisterio, tan fecundo para la vida de la Iglesia».

Hoy, al concluir el Concilio Vaticano II, el Padre recuerda el arduo camino que ha tenido que abrir en el mundo este «espíritu viejo como el Evangelio y, como el Evangelio, nuevo»:

«Hemos de estar contentos al acabar este Concilio. Hace treinta años, a mí me acusaron algunos de hereje, por predicar cosas de nuestro espíritu, que ahora ha recogido el Concilio de modo solemne, en la Constitución dogmática "De Ecclesia". Se ve que hemos ido delante, que habéis rezado mucho»(18).

Poco después de ser elegido Papa, Pablo VI declara públicamente que el trabajo puede ser santificado y santificante. En una audiencia, el Fundador del Opus Dei tiene la oportunidad de decirle:

-«Vuestra Santidad ha hablado hace poco sobre el trabajo santificado y santificador».

-«Sí. Es verdad».

-«Santidad, por decir eso mismo, hace muchos años, fui acusado al Santo Oficio»(19)

El Santo Padre sonríe con afecto. Las obras de Dios están marcadas, muchas veces, por la paciencia y la contradicción.

Recuerda un Obispo haber oído al Padre comentar en Villa Tevere unas palabras que el Papa le dirigió, y que sintetizan la inspiración sobrenatural de todo el espíritu de la Obra.

«Dios le ha dado a usted el carisma para que ponga en la calle la plenitud de la Iglesia»(20).

El día de la clausura del Concilio Vaticano II, junto a toda la Cristiandad, es fiesta para el Opus Dei, que se siente identificado con las palabras que Pablo VI dice ante los Padres Conciliares. Habla a los gobernantes, a los hombres y mujeres de pensamiento y de ciencia, a los artistas, a los trabajadores, a los pobres, a los enfermos, a los que sufren, a los que se inician en las responsabilidades de la vida.

El Opus Dei se sabe aludido por esta llamada a la plenitud de Cristo. Y subraya, con su entrega incondicional, las palabras con que el Papa clausura hoy el Concilio:

«La Iglesia (...) es la verdadera juventud del mundo. Posee lo que hace la fuerza y el encanto de la juventud: la facultad de alegrarse con lo que comienza, de darse sin recompensa, de renovarse y de partir de nuevo para nuevas conquistas. Miradla y veréis en ella el rostro de Cristo, el héroe verdadero, humilde y sabio, el Profeta de la verdad y del amor, el compañero y amigo...

En un oratorio de “Villa Tevere”, lejos y cerca de la multitud, el Fundador del Opus Dei reza.

Catalina de Siena

Siente el Padre, de manera muy especial, la responsabilidad de difundir la verdad acerca de la naturaleza y finalidad del Opus Dei. Y también de apuntalar con su palabra y la de todos sus hijos las verdades permanentes de la Iglesia Católica. Esta necesidad va paralela a dos hechos que se repiten de modo reiterativo y monocorde: el juicio de ciertos grupos acerca de las actividades de los miembros de la Obra, y el desconcierto que se produce en sectores del mundo cristiano ante algunas interpretaciones arbitrarias de los documentos del Concilio Vaticano II.

Desde Roma, el Padre anima a escribir y a hablar con don de lenguas, para difundir la verdad sobre la Iglesia y sobre el Opus Dei. Siempre insiste en que uno de los peores males es la ignorancia, y hay que hablar con valentía y verdad de lo que se lleva en la mente y en el corazón.

Este apostolado de la opinión pública, tiene muchas modalidades: desde una cátedra de Teología, hasta un artículo en los periódicos, pasando por la conversación entre amigos en los pasillos del quehacer habitual. Y por delante de todo, repite:

«Primero hemos de dar el testimonio del ejemplo, porque no podemos tener una doble vida. No podemos enseñar lo que no practicamos; por lo menos, hemos de enseñar lo que luchamos por practicar» (21).

Y como no basta con hablar y divulgar en letra impresa sino que es preciso contar con la buena voluntad del lector y su deseo auténtico de verdad, sin prejuicios, el Padre recurre a la ayuda de un santo intercesor que le apoye desde el Cielo.

Recuerda a una santa de la Iglesia, Catalina de Siena, que quiso amar fielmente al Papa, servir sacrificadamente a la Iglesia y supo, sobre todo, hablar heroicamente.

«Tengo una especial devoción a Santa Catalina de Siena (...), porque no se callaba y decía grandes verdades por amor a Jesucristo, a la Iglesia de Dios y al Romano Pontífice»22.

En el oratorio de la Santísima Trinidad, en la Sede Central del Opus Dei en Roma, hay una pequeña arqueta de plata que guarda una reliquia de esta Santa. Sobre un esmalte de la urna puede leerse:

Dilexit opere et veritate Ecclesiam Dei ac Romanum Pontifacem. (Amó con obras y de verdad a la Iglesia de Dios y al Romano Pontífice).

La imagen de Catalina de Siena ocupará un lateral en el retablo del Santuario de Torreciudad. La actitud firme y serena, la pluma y el libro, invitan a no callar, con la oración, las palabras y los hechos, cuando la verdad pueda ser confundida y calumniada. Cuando la luz del Espíritu Santo se intenta apagar en los corazones de los hombres.

«Yo os llamo amigos»

Han pasado doce años desde que un reducido grupo de profesores inaugurara el Estudio General en la Cámara de Comptos de Pamplona. Ahora, cuando noviembre amenaza frío sobre la ciudad, celebra su Primera Asamblea General la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra. Porque, a lo largo de este tiempo, las Facultades han crecido, los alumnos se multiplican y la seriedad del ambiente atrae a cuantos quieren emprender, con ánimo abierto, el camino de la ciencia. Pamplona se ha convertido en un foco de cultura que transforma sus calles en una estampa internacional. Jóvenes de todo color, idioma y latitud, comparten las aulas de este Centro docente. También dentro y fuera de la geografía de España, la Universidad de Navarra se ha ganado un prestigio. Por eso, porque su trabajo ha sido arduo y verdadero, muchos se han acercado a su amistad. Y ayudan a esta empresa con la generosidad de su aliento, de sus conocimientos, de su aportación económica.

El 27 de noviembre de 1964 se anuncia la llegada de Monseñor Escrivá de Balaguer, Gran Canciller de la Universidad. Se han alzado los edificios sobre el Campus. Goimendi y Belagua, dos grandes Colegios Mayores, asoman sus torres junto a la hilera de chopos que bordea el camino. El Edificio Central, con el Rectorado y la Biblioteca, concluye hoy sus últimos detalles de instalación. Arriba, al otro lado de la carretera, se levanta la Clínica Universitaria, cerca del Hospital de Barañain.

Toda la actividad gira alrededor del día 28: carpinteros, albañiles, visitantes, jardineros... trabajan para preparar adecuadamente esta Asamblea de Amigos de la Universidad. Se calcula la llegada de unas doce mil personas, y los alojamientos en la ciudad y pueblos adyacentes están ya colmados.

A las cuatro y media de la tarde del día 27, el Padre llega al Colegio Mayor Aralar. Todos los que viven la ilusión de la espera, desde hace varias horas, se acercan a saludarle. Viene lleno de optimismo, sonriente. Como siempre. Con una palabra certera y amable para cada uno. Quiere ver a todos los estudiantes del Mayor, reunidos en el cuarto de estar. No le importa el cansancio del viaje. Está en su elemento: entre la gente.

«Yo querría daros una nueva dimensión de la Universidad de Navarra. Queremos que en ella se formen hombres rectos, limpios, claros, que sepan defender y amen la libertad de los demás. Navarra es punto de partida, y no de llegada. Nos llaman de todas partes. Y aquí debemos formar el profesorado para hacer labores universitarias en todo el mundo, para hacer las cosas muy seriamente, y -al mismo tiempo- con buen humor»23.

El día 28, a las once de la mañana, se celebra la investidura de Doctor honoris causa de los dos últimos Rectores de la Universidad de Zaragoza. Cuarenta banderas de las nacionalidades representadas en este centro navarro se alzan sobre los mástiles de acceso al Edificio Central. El Campus es una fiesta de color universal. Más de trescientos profesores de Facultades españolas y extranjeras forman el cortejo académico. Mientras Pamplona se lava con una lluvia suave, un gentío que sobrepasa las veinte mil personas espera en la explanada y escucha a la tuna, que golpea el aire con el ritmo de sus panderetas.

Esta tarde el Padre tiene un horario agotador: se reúne con los profesores; asiste a una recepción en el Ayuntamiento; saluda a cuantos se acercan a hablarle. Se preocupa por los que vienen de viaje para asistir a la Asamblea. Le gustaría charlar personalmente con cada uno. En el salón de actos del Colegio Mayor Belagua se reúne con grupos numerosos para tener una conversación informal, una tertulia. Le hacen preguntas familiares, confiadas, en las que descubre un cariño que llena el interrogante y la respuesta. Durante dos días hablará en dieciocho tertulias: con el personal de servicio de la Universidad, los alumnos hispanoamericanos, los periodistas y corresponsales de agencias internacionales, religiosos y sacerdotes diocesanos de Pamplona.

La mañana del día treinta, fijada para la Asamblea, amanece nevando sobre la ciudad. Pero nada rompe el aire festivo de las calles abarrotadas de visitantes. Pamplona, cordial anfitriona, colabora abriendo las puertas de su amistad.

A las once en punto, la Catedral está repleta. En el claustro, cientos de personas siguen la ceremonia por un circuito cerrado de televisión. No han podido encontrar sitio en las naves del recinto. El coro de la Universidad incoa los cantos litúrgicos. Durante la homilía, el Padre habla del Papa, que en estos días viaja a la India, y pide que sigan los pasos del Pontífice. Luego -es la fiesta de San Andrés- les habla del apóstol a quien Dios llamó en medio del mundo y de su trabajo, como en el Opus Dei: «estamos en medio del mundo, en la calle; somos amigos del aire puro, del agua clara y de la luz del sol»(24).

Los corresponsales extranjeros le asaltan al terminar la Misa. El Fundador responde de un modo claro, alegremente. Les insiste en su actitud de absoluta libertad para escribir lo que quieran de esta entrevista. Y les añade: «Si decís la verdad, haréis un gran bien. Si no, yo rezaré por vosotros y, de todas formas, saldréis ganando. Confío en vuestra hombría de bien»(25).

Por la tarde tiene lugar la Asamblea de Amigos de la Universidad en el teatro «Gayarre» de la ciudad. También hay muchos que no podrán entrar y han de seguir el diálogo del Padre con las gentes a través de los aparatos de televisión.

«Llamaros Amigos de la Universidad de Navarra es estupendo. Cuando el Señor, en su Evangelio, quiere decir una palabra de amor, nos llama amigos. Yo os llamo amigos de Jesucristo, porque sois amigos de esta Universidad, donde alienta siempre el espíritu cristiano. Dios os bendiga.

¿Qué espera la Universidad de vosotros? Primero, vuestras oraciones. Después, vuestro espíritu de sacrificio, vuestra simpatía y vuestro cariño (...). Gracias, muchas gracias. Gracias en nombre de este Opus Dei, que es el último apóstol que el Señor ha promovido en su Iglesia Santa. El último, pero ya universal, porque trabaja en todos los continentes»(26).

A lo largo de esta reunión coloquial se suceden los comentarios, el buen humor, las respuestas firmes pero no hirientes, las palabras llanas y claras. Los aplausos. Se habla de libertad, de comprensión, de familia, de vocación matrimonial, de santidad en medio del mundo:

«No olvidéis que el mundo es cosa nuestra, que el mundo es nuestra casa, que el mundo es obra de Dios y lo hemos de amar, como hemos de amar a los que están en el mundo. Que es oficio nuestro consagrar a Dios el mundo, mediante esta dedicación al servicio del Señor, cada uno en el ejercicio de su trabajo ordinario, para ser testimonio de Jesucristo» (27).

El día 2 de diciembre de 1964, antes de salir de Pamplona, quiere el Padre reunirse una vez más con los estudiantes de Belagua. Está cansado después de las jornadas que acaban de transcurrir. Pero cuando entra en el salón, despliega un tono gozoso que cubre hasta el último rastro de fatiga. Alguien le recuerda que prometió una imagen de la Virgen como regalo para la Universidad.

El Padre asegura que les hará llegar una imagen que ya está terminada. Sólo falta darle la pátina que suelen emplear los escultores italianos. Es de mármol y más alta que una mujer de buena estatura; está sentada y con el Niño que bendice y aprieta una rosa contra su corazón. Jesús permanece en pie sobre un montón de libros: el primero es de Derecho, porque fue la primera Facultad; después, Medicina, Derecho Canónico, etc.

Les explica que se instalará en una ermita en el Campus Universitario para que bendiga, desde su advocación del Amor Hermoso, muchos amores humanos, santos, nobles, limpios y fecundos.

Un año más tarde, esa imagen de la Virgen, Madre del Amor Hermoso, será bendecida por Pablo VI como un mensaje de cariño y un deseo feliz a los hombres y mujeres que, en comunión de intereses y afectos, comparten el trabajo de la Universidad de Navarra.

Aquí, todo es «Opus Dei»

El Centro ELIS (Educazione, Lavoro, Instruzione, Sport es la iniciativa de mayor amplitud que los miembros del Opus Dei han realizado en Roma para contribuir a la promoción de la juventud obrera. Este lugar de formación profesional está enclavado en el barrio Tiburtino, y su puesta en marcha ha requerido la estrecha cooperación de miembros y amigos de la Obra: intelectuales, obreros y profesionales.

El proyecto ELIS nació en la mente y en el corazón del Papa Juan XXIII, que fue un Pontífice especialmente amado del pueblo. Llevaba siempre en su alma la defensa de los que tienen pocos bienes de fortuna, la promoción de una verdadera libertad para los hombres, la carga de los que no tienen trabajo, de los enfermos, los abandonados. Y como, a la vez, sentía confianza y cariño hacia el Fundador del Opus Dei, decidió encomendarle esta tarea de gran esfuerzo y envergadura social. Para ello contaba con unos terrenos en el barrio Tiburtino de Roma, uno de los más necesitados de atención y de estructuras asistenciales y educativas. Y disponía, también, de un dinero que el pueblo había ofrecido a Pío XII, en ocasión de su octogésimo aniversario, para la realización de alguna obra social.

Este fue el comienzo. Porque, al llegar Pablo VI al Pontificado, el proyecto no se interrumpió, sino que obtuvo todo el apoyo, todo el calor de su afecto. Le dijo a Monseñor Escrivá de Balaguer, por medio del Cardenal Dell'Acqua, que deseaba inaugurar personalmente el Centro ELIS, antes de que se concluyera el Concilio Vaticano II.

El Papa recuerda el barrio Tiburtino, que visitó en tiempos de Pío XII: todo eran desmontes, chabolas y muchas personas que, humanamente hablando, estaban al borde de la desesperación... Y el Santo Padre rememora la conversación que sostuvo con un grupo de muchachos, parados contra una tapia. No hacían nada, sólo intentaban divertirse en la calle, sin buscar ni encontrar trabajo porque nadie les había enseñado un oficio.

-«¿Qué sabéis hacer?».

-«Todo... es decir: nada»(28).

Se fue de allí el entonces Sustituto de la Secretaría de Estado del Vaticano, Monseñor Montini, con el alma oprimida. Y con el deseo de crear en el barrio un centro de formación profesional para que los obreros pudieran aprender, especializarse, y mejorar sus condiciones de vida.

Ahora, al llegar a la Sede de Pedro, se encuentra con el proyecto a punto de concluir, y su ánimo se alegra al poder presenciar, hecha realidad, aquella idea que nació en su corazón ante el abandono de este gran suburbio romano.

El Centro ELIS, contiguo a la parroquia de San Juan Bautista al Collatino, confiada también a sacerdotes de la Obra y atendida por don Mario Lantini, consta de una residencia para jóvenes trabajadores, un complejo de edificios escolares y una amplia zona deportiva. Hay escuela de Enseñanza Media diurna y nocturna;

Centro de formación profesional en electro-mecánica y diseño industrial; círculos recreativos y culturales; bibliotecas y salas de estudio. Por último, un grupo deportivo que se ocupa de la educación física de los alumnos. En un edificio totalmente independiente hay una Scuola Alberghiera (Escuela de Hostelería), donde se forman, en régimen de internado, más de sesenta alumnas. Además, lleva a cabo una labor de extensión de los conocimientos impartidos en estos cursos a un gran número de personas de todo el barrio.

El edificio central del ELIS recibió en 1964 el premio nacional de arquitectura social. Es un exponente del carácter que preside sus fines y actividades. En lugar de configurarse como la tradicional escuela de barrio, se han levantado unos locales aptos para una labor educativa de calidad.

En noviembre de 1965, todo está a punto para la recepción e inauguración de los edificios por parte de Su Santidad Pablo VI.

A las siete y media de la tarde del 21 de noviembre de 1965, el horizonte romano amenaza tormenta. Llueve intermitentemente, pero el viento empieza a despejar el cielo. De pronto, la luz de varios reflectores ilumina las fachadas y edificios del Centro ELIS. Dos largas filas de alumnos montan guardia a los lados del trayecto que une el ELIS con la Via Tiburtina. Sostienen antorchas encendidas, y su luz cubre el camino que Pablo VI va a recorrer dentro de unos instantes. El Centro ELIS tiene abiertas de par en par las puertas. Miles de vecinos de la zona se apiñan en la calle para ver llegar al Papa. Un inmenso gentío llena la explanada, frente a la iglesia. Dentro, ni bancos ni reclinatorios, que no servirían más que para ocupar espacio. El templo está presidido por un gran Crucifijo situado en el presbiterio; debajo una sencilla cátedra, con dosel, para el Romano Pontífice. Sillones destinados a las jerarquías eclesiásticas y civiles; y sitiales para el Fundador de la Obra y don Alvaro del Portillo. El altar, cara al pueblo, con un antiguo frontal. A la izquierda, la bellísima escultura de la Virgen que el Padre prometió a los alumnos de la Universidad de Navarra. Ella preside, con serena dignidad, la llegada del Papa. El pedestal está cubierto de flores.

Las notas del órgano indican que el Santo Padre llega al atrio de la iglesia. Allí le esperan el Padre, el Cardenal Vicario y el párroco. El coro llena el ambiente con las notas del Veni Creator. Pero un clamor unánime de los obreros, familiares del barrio, alumnos del Centro ELIS, representantes de la Universidad de Navarra, alumnas de la Scuola Alberghiera apagan los acordes en la unánime adhesión a la Cabeza visible de la Iglesia Católica. Es, además, demostración directa del amor y del espíritu del Opus Dei.

Una vez terminada la Misa, Pablo VI bendice la imagen de la Virgen destinada a Navarra. Quiere hacerlo solemnemente. Cuando la Señora emprenda su viaje, camino de España, será portadora del cariño del Romano Pontífice.

Habla luego Monseñor Escrivá de Balaguer ante el Papa:

«Al encontrarnos ahora en Vuestra Presencia acuden a la memoria tantos recuerdos de mi ya largo itinerario romano: en el centro de esos recuerdos, se destaca la Persona Augusta de Vuestra Santidad, que desde el ya lejano 1946 ha querido benévolamente dar fecundos consejos y generosos ánimos a mi humilde persona y a la Obra que empezaba entonces a dar sus primeros pasos en el suelo romano»(29).

El Papa contesta emocionado. Para dar las gracias a Monseñor Escrivá de Balaguer por esta labor del Centro ELIS que honrará a Roma. Y a todos los miembros del Opus Dei, a algunos de los cuales conoce desde hace ya muchos años. Y mientras habla, sonríe a don Álvaro del Portillo, que está sentado frente a él. Pablo VI recuerda aquel tiempo en que el Tiburtino era un barrio desalentado, cuando los jóvenes no encontraban trabajo ni comida. «Hemos llevado siempre en el corazón la imagen de aquella escena, con el dolor de no haber podido ofrecer el socorro que pedían. Pues bien: aquella amargura encuentra hoy aquí, finalmente, un consuelo. Esta obra parece la respuesta a aquella petición de unos muchachos acobardados y sin trabajo, para formar jóvenes alegres, trabajadores y confiados...».

Cuando el Fundador reclama su bendición apostólica para todos, el Papa le lleva junto a sí y comparte con él este gesto sacerdotal: las dos manos se elevan para ofrecer a Dios el esfuerzo, la alegría y la paz de esta tarde romana. Con razón, antes de marchar camino del Vaticano, Pablo VI podrá decir al Padre:

«Aquí, todo, todo es Opus Dei...».

En el corazón del Padre queda la alegría de haber proporcionado al Vicario de Cristo una pausa de cariño entrañable en medio de las graves preocupaciones que pesan sobre su alma.

«Con que Pablo VI hubiera pasado diez minutos felices, me hubiera quedado contento. Pero me quedé corto (...). Porque estaban previstas dos horas para la visita, y estuvo tres horas largas. No tenía prisa. Se marchó feliz, feliz» (30)

El quinto continente

En realidad, la historia del Opus Dei en Australia comienza con un australiano, profesor de la Universidad de Nueva Gales del Sur, en Sydney, y que cuenta 37 años. Está casado y tiene una familia de siete hijos. 1960 es un año sabático y lo aprovecha desplazándose a Boston, en los Estados Unidos. Cuando conoce la existencia de una Residencia universitaria católica llega, con su maleta y su buena voluntad de estudioso, a Trimount House, dirigida por miembros del Opus Dei. A pesar de su calidad de profesor, comparte la vida de los estudiantes. Procura aprender todo cuanto los Estados Unidos pueden darle en este tiempo. Encuentra también algo inesperado: la voz de Dios, que le llama en su profesión, en su familia, en su ambiente habitual de trabajo. Y pide la admisión en la Obra.

Repetidamente, el Padre ha dejado muy clara la idea de que la vocación al Opus Dei es única. Santificarse en el mundo, en el trabajo ordinario, elevando a Dios las realidades temporales, es algo que no exige condicionamientos de estado. Algunos miembros ofrecen a Dios su vida entera y permanecen solteros, por razón de disponibilidad y entrega a los demás miembros de la Obra y a las tareas de apostolado. Pero hay un gran número de miembros -hombres y mujeres- que llevan adelante su vocación en medio de las obligaciones profesionales y familiares propias de su estado y condición. Estos miembros -Supernumerarios- han sido y serán columnas firmes del Opus Dei.

Con este apoyo humano, empieza el Opus Dei en Australia. En el verano de 1961, aquel profesor, Lanold Woodhead, vuelve a su patria.

Oceanía es el único continente en el que no hay aún Centros del Opus Dei. Y porque no existen distancias para los que desean abrazar el mundo en el amor de Dios, en 1963 salen, camino de las antípodas, cuatro miembros de la Obra. Han pasado unos días junto al Padre y ahora, con su bendición, su abrazo y un tríptico de la Virgen que reza: Sancta Maria, Stella Orientis, filios tuos adiuva!, navegan los mares de Asia. El 16 de noviembre llegarán a Sydney.

Está cerca la Navidad, y las cartas con Roma menudean. Cuentan al Padre las incidencias de esta nueva tierra. Cuando llega una carta con la letra inconfundible del Fundador, se reúnen para saborear las palabras: « ¡Que Jesús me guarde a esos hijos!... El mar, el inmenso mar que rodea Australia, se vuelve corto y fácil porque esta comunión de sentimientos y motivos les une por encima de las distancias. No resulta extraño leer, en un párrafo que llega de cualquier parte del mundo: «Nunca pensé que Australia estuviera tan cerca: leyendo tu carta, me parecía que estabas aquí, entre nosotros, terminando una tertulia... » (31). Estas primeras Navidades pasarán muy deprisa, junto al belén sencillo que ponen en el Centro de Sidney.

La ciudad tiene casi tres millones de habitantes. Es una población en la que los asiáticos, a pesar de las restricciones inmigratorias, forman una gran parte del censo estudiantil. Algunas personas están interesadas y dispuestas a financiar la construcción de un College en la Universidad de Nueva Gales del Sur, que ofrezca a los estudiantes un ambiente y formación cristianos. Han tomado contacto con el Opus Dei y desean confiarle esta actividad. En la Universidad de Nueva Gales del Sur, con un aforo de dieciséis mil alumnos de diversas Facultades, existen ya ocho Colleges. Algunos pertenecen al propio estamento de la Universidad. Hay uno judío y otro dirigido por profesores anglicanos. En 1971, se inaugura el último: Warrane College, dirigido por miembros de la Obra, con servicios para ochocientos estudiantes y residencia para doscientos. Warrane es el nombre que utilizaban los aborígenes para designar la zona de Sydney Cove, donde se estableció james Cook en 1770, durante sus expediciones colonizadoras. Desde la última planta de Warrane College se podrán distinguir los rascacielos y el famoso puente de Sydney, el aeropuerto Mascot, el Centenial Park y el Showground. Todo, unido a un espectáculo natural espléndido, evidencia la riqueza de una tierra inmensa.

Cuando Warrane College se inaugure oficialmente, estarán presentes el Gobernador de Nueva Gales del Sur, el Ministro de Obras Públicas, miembros del Parlamento, el Canciller, Vicecanciller y Claustro de la Universidad. Más de cuatrocientas personalidades civiles y académicas asistirán también al acto. En su discurso de apertura, el Presidente del Comité de Promoción destacará que el College se abre, desde el principio, a personas de todas las religiones, nacionalidades, razas y estratos sociales.

La mayoría de los estudiantes procederá de familias con escasos medios económicos y acudirán con becas del Gobierno. Muchos han de compartir el estudio con un empleo remunerado. La convivencia será muy internacional: de Afganistán a Ghana, de Malasia a Turquía, de Vietnam a México, llegarán a este Centro que ofrece mucho más que un sitio donde vivir. Es también un lugar donde se respetan creencias y convicciones; en el que existe colaboración para el estudio mediante sistema de dirección tutorial; y que se brinda a un trabajo compartido y sincero.

El espíritu del College responde al modo de ser del Opus Dei. Por eso, desde su creación, es fiel a un inconformismo que aprendió de su Fundador y practica en toda latitud: dar a todas las actividades humanas su más honda y trascendente dimensión; negarse a la degradación de ideales e instituciones, lo mismo en un ambiente propicio que hostil. Warrane College será una nueva demostración de este programa.

En noviembre de 1965 llega la primera expedición de mujeres de la Obra a Australia. Toman el avión en Roma. El día 6, y en un vuelo que hace la ruta de Oriente, aterrizan en Sydney. En el pequeño grupo llegan a este nuevo país tres Numerarias Auxiliares de la Obra. Dios quiso que nacieran en pueblos pequeñitos de Galicia y Aragón para llamar luego a la puerta grande de sus corazones. Estas mujeres, jovencísimas, que han entendido perfectamente el espíritu de la santificación del trabajo -en su caso, las tareas del hogar-, no dudan en cruzar el mundo para llegar hasta una tierra en la que raza, idioma, costumbres, son radicalmente distintos. Y ahora, sobrevuelan el Pacífico para seguir extendiendo allí ese mismo espíritu.

Allí, en la pista, les esperan Margareth Horsch y varias amigas suyas. Margareth ha conocido la Obra en los Estados Unidos, siendo profesora de un Colegio de Milwaukee. Pertenece ya a la Obra, y al saber que las primeras mujeres del Opus Dei tomaban el camino de Australia, solicita el regreso a su país de origen, busca un nuevo trabajo en Sydney y comienza los preparativos para recibirlas.

Por eso se adelanta, radiante, para dar un abrazo que tiene preparado desde hace varios meses. La primera casa que van a ocupar es un pequeño chalet rodeado de jardín. Más tarde, este Centro se llamará Eremeran. En lenguaje aborigen significa roca. En la mejor habitación -reservada para el oratorio- se encuentran instalados ya la tarima y el altar que ha de acoger la presencia de Jesucristo. Dos días más tarde, una iglesia cercana les presta un sagrario. Con el dinero sobrante del viaje, se comprará lo necesario para que el Señor se quede ya en el primer Centro que abre la Sección de mujeres en el quinto continente.

Una de las señoras que acudió al aeropuerto el día de la llegada, les envía a su hija mayor para que ayude en la instalación de la casa. Años más tarde, Rosemary Mullins será la primera mujer que solicitará la admisión en el Opus Dei en Australia.

Al empezar el nuevo año académico de 1966, habrán llegado otras mujeres de la Obra, procedentes de Perú, Chile y España. Algunas promueven la apertura de Creston, una Residencia Universitaria femenina. En esta casa pedirán la admisión al Opus Dei un buen grupo de australianas.

El Padre sigue, paso a paso, los caminos de sus hijos por este continente rodeado de mar y de esperanza. Cuando María Jesús Mancisidor, una Numeraria Auxiliar, se dispone a partir hacia Australia, el Padre le pregunta si se va contenta:

La respuesta es inmediata:º

-«¡Padre: ¡Me voy contentísima! »(32).

Y Monseñor Escrivá de Balaguer lleva a su oración, a su conversación diaria con Dios, el agradecimiento de ver cómo sus hijos se van a las antípodas con esa alegría grande; con esa divina capacidad de realizar lo costoso con toda sencillez, sin darle mayor importancia.

Las siete mil islas

En el Santuario de Torreciudad, escoltando la puerta de entrada, hay dos enormes conchas marinas que contienen el agua bendita. Sus quillas se apoyan sobre garfios de hierro y la aspereza de su exterior se neutraliza por un interior suave, con reflejos de nácar. Fueron enviadas por los miembros del Opus Dei de nacionalidad filipina y tienen, junto a su belleza dura, el mérito de haber sido extraídas de mares profundos, de aguas batidas por la tempestad. En lenguaje tagalo se le llama «taclobo» a este molusco gigantesco, que puede pesar más de doscientos cincuenta kilos, y que existe en el Océano Pacífico.

El mar no fue obstáculo, sino camino, para que la Obra llegara a Filipinas. Es en abril de 1964 cuando llegan los primeros del Opus Dei al archipiélago. Se trata de Bernie Villegas, de Manila, y de Jess Stanislao, de Cebú, que le sigue meses después. Los dos han conocido la Obra en Estados Unidos. Ambos se han doctorado en la Universidad de Harvard y regresan a su país una vez terminados sus estudios. Poco más tarde, se les une Father Sal, que llega desde Boston para acompañarles durante algún tiempo. Escriben frecuentemente al Padre y le cuentan la fecunda tarea que aguarda en una ciudad que, como Manila, bate el record de estudiantes: ciento cincuenta mil, de todos los países asiáticos y occidentales: japoneses, malayos, chinos, norteamericanos, españoles...

Por esta encrucijada han pasado multitud de culturas. En la bahía de Manila fondean barcos de todas las banderas del mundo, y una incansable multitud llena, diariamente, los edificios de las aduanas y los servicios de emigración y salida.

No es fácil contar las islas que integran Filipinas: el cálculo asciende a siete mil, pero, en cualquier momento, emerge una masa de coral que sobrepasa el mar. Su vida es efímera, porque desaparece después de haber oteado el horizonte y de haberse bañado en la espuma del Pacífico. Situadas entre el Ecuador y el Trópico, más del setenta por ciento del archipiélago se encuentra cubierto por una selva de maderas preciosas y bambúes.

En Filipinas se hablan setenta lenguas nativas. Todas pertenecen al grupo malayo-polinésico; desde 1946, el idioma oficial es el tagalo, aunque también se emplean el inglés y un poco el español. Haciendo honor a una fidelidad de siglos, las islas son el mayor bastión cristiano de Asia. El ochenta por ciento de la población es católica, y su gran mensajero evangélico, el agustino P. Andrés de Urdaneta, se remonta a 1565.

Todas estas circunstancias han moldeado el carácter filipino, haciendo de su prototipo un fenómeno único en Asia: el temple de su modo de vida es, al mismo tiempo, movimiento pausado del Este y rápida pulsación del Oeste. Paciente, flexible, tenaz; generoso en la amistad y abierto a todo conocimiento, como corresponde a un país sin fronteras, cuyo confín, casi eterno, lo forma siempre el mar.

En Filipinas se pueden hallar contrastes como las casas sobre troncos de árboles de los nómadas marinos y los ultramodernos edificios de cristal y acero a lo largo de la Avenida de Ayala en Makati; las terrazas de arroz, construidas con piedras hace veinte mil años, y la carretera de la Pan-Philippine, superior a los dos mil kilómetros de longitud, que comunica zonas extremas del país.

Esta es la tierra a la que acaba de llegar el Opus Dei. Se abrirá camino a través de la vocación de dos filipinos que, muy lejos de su patria, decidieron volver para ser la vanguardia de un espíritu evangélico que recaló por primera vez en sus islas en el siglo XVI. Father Sal escribe a Roma que algunos del primer grupo de amigos «nos han ayudado a pintar la casa y a trasladar los muebles. La casa es pequeña, pero queda simpática y acogedora. Mañana empieza un "tutorial" en Economía». A finales de octubre llegará a la Ciudad Eterna una gran noticia para el Fundador: en el día de Cristo Rey, ha pedido la admisión en el Opus Dei el Primero(33).

Pronto llegan otros miembros de la Obra. Se reúnen en el primer Centro unos días antes de la Navidad. Miles de faroles penden en las puertas y ventanas de Manila. Se oyen villancicos por la ciudad y, dentro de la casa, el Niño, moreno como la casta de los que rodean su nacimiento, preside el belén.

Un año más tarde se habrán multiplicado los miembros de la Obra en las islas. Muchas familias comparten el espíritu del Fundador, y escriben a Roma con un cariño y una confianza que sólo Dios puede poner en el corazón. Se está abriendo el horizonte para el Opus Dei en Filipinas: comienzan a ser un buen número los que contribuyen, desde su profesión y oficio, a que los caminos de la Obra se extiendan en todas direcciones. León, profesor universitario, prepara, con todo cuidado, la traducción de «Camino» al tagalo.

A esta primera casa se le pone el nombre de Mayniland. Muy pronto habrán de ampliar espacio para la gran tarea que se les avecina. Y se abre el Centro Cultural Banahaw. También se ponen los cimientos del Makiling Conference Center y del Center for Research and Communication, con una Escuela de post-graduados que será capaz de impartir -en el plazo de un año- el título de Master en Economía Industrial y en Educación Económica.

Las dificultades, lógicas, son lo habitual. Pero la fe, la solidez del trabajo y la fertilidad espiritual de este trozo del mundo responden al esfuerzo.

El Padre sigue de cerca el desarrollo de la labor en Filipinas y sueña con la expansión de la Obra en Asia. Se le amontonan al Fundador en el alma, nombres como Bangkok, Singapur, Taipeh, Jakarta o Hong-Kong. Ciudades y países de colores fuertes, llenos de vida, y que anhelan, sin saberlo, la luz de Cristo.

En 1967, en Los Rosales, el Padre comenta la alegría que le da ver que unos hijos suyos están yendo por Oriente y otros por Occidente. Y añade: «Así daremos un abrazo de amor al mundo»(34)..

Años más tarde, el 20 de marzo de 1975, en Roma, dice a un grupo de hijas suyas:

«Si seguís correspondiendo (...), haréis una gran labor no sólo en Filipinas, sino desde Filipinas, porque tenéis este aspecto encantador que os facilita ir por todo oriente: tantos millones y millones de almas que no conocen todavía a Nuestro Señor (...), y son hijos de Dios como nosotros, y si conocieran a Dios serían cien veces mejores que nosotros»(36)

Desde el 8 de octubre de 1965 están las mujeres de la Obra en Filipinas. Llegan después de varias horas de vuelo sobre el interminable mar. Las islas aparecen en el horizonte: llenas de vegetación y bordeadas por la espuma pacífica de las olas. Desde el principio cuentan con amigas que han conocido la Obra; la sonrisa, la plácida presencia de estas nativas en la vida familiar, es como un encuentro de amistad que estaba presentido desde siempre. En el mismo año, las primeras filipinas escribirán al Padre solicitando su admisión en la Obra. El espíritu del Opus Dei acaba de irrumpir en la calma apasionada de esta nueva raza, que completa ya la única raza de los hijos de Dios en la tierra.

Índice: Tiempo de caminar
Siguiente: Romero de Santa María