Dios en el horizonte

«Convertiré en caminos todas las montañas» (Is XLIX, 11)

«He llenado las carreteras de Europa de avemarías y de canciones» (Monseñor Escrivá de Balaguer)

Viaje por Centroeuropa

No es la primera vez que el Padre cruza las fronteras de Europa. Ya en noviembre de 1949 escribía a sus hijos de Portugal:

«Queridísimos: Al entrar en Austria y Alemania por vez primera, recuerdo emocionado mi primer viaje por esas tierras benditas de Portugal. Encomendad de firme las cosas, para que el Señor no mire nuestras miserias, sino nuestra fe, y podamos pronto emprender definitivamente la labor en el centro de Europa.

Un fuerte abrazo a todos. La bendición de vuestro Padre»(2).

En abril y noviembre de 1955 lleva a cabo desplazamientos a través de varios países del Viejo Continente. En “Villa Tevere” saben que estos recorridos del Padre, al que acompañan don Álvaro y Giorgio de Filipi, están encaminados a ensanchar el horizonte de la Obra. Por eso, cada uno trata de ocupar un lugar imaginario dentro del coche que conduce al Fundador, y ayuda a la empresa con su oración y con la esperanza de recoger pronto la cosecha de esta siembra que está iniciando el Padre. Tienen una idea aproximada de los trayectos previstos. Y cuando la imaginación se ha salido de ruta, reciben una tarjeta por correo que vuelve a enderezar la dirección.

El día 16 de noviembre, en las primeras horas de la tarde, llega el coche a Milán. El Padre aprovecha para conocer la casa; bromea sobre la utilización de espacios -hasta el sótano-, con una iluminación que pretende suplir la falta de luz natural. Habla con los milaneses de su ciudad, de sus estudios, actividades y proyectos. Hojea despacio el álbum de fotografías, a través del que se sitúa en los acontecimientos que han sucedido. Incluso elige unas cuantas para que las envíen a Roma: les gustará conocerlas. Pero el tiempo vuela y queda mucho camino. Le acompañan hasta el coche y ahora resulta más fácil seguir con el pensamiento esa carretera que se desliza bajo las ruedas.

Al llegar a Francia, quiere acercarse a la tumba del Santo Cura de Ars para poner en sus manos un montón de intenciones. Entran en Ars el domingo por la mañana. Un oficio religioso solemne, al que asiste prácticamente todo el pueblo, induce a reflexionar sobre la huella que ha dejado este santo en su parroquia y en toda la Iglesia Católica. Durante cuarenta y dos años la vida de San Juan Bautista María Vianney estuvo marcada por el amor sin límites a su vocación sacerdotal, por la mortificación y entrega a las almas. El Santo Cura de Ars, como se le llama familiarmente en la Iglesia, llegó a pasar más de dieciséis horas diarias en el confesonario, perdonando los pecados en nombre de Dios, alentando, ofreciendo el calor de su afecto humano y de su identificación con Jesucristo Sacerdote. Pío XI le declaró Patrono de todo el clero secular. En este día festivo de 1955, frío y traspasado de luz, el Padre pide también, junto al corazón de este hombre de Dios, por sus hijos sacerdotes en el Opus Dei.

De nuevo en la carretera, camino de la frontera belga, se acercan al mar del Norte. Desde la costa, el Padre dedica un recuerdo a todas las personas del Opus Dei que están en Inglaterra e Irlanda... ¡Tiene tantas ganas de verles!...

Los descansos son breves. La misión del viaje se cumple al máximo: visitar autoridades y jerarquías de la Iglesia para explicarles el Opus Dei y preparar los comienzos de la Obra en nuevas ciudades. Y sembrar, él lo ha repetido siempre, el campo nuevo con una vieja fe de apóstol: la oración, única arma de paz, única certeza de éxito que Jesucristo legó a sus amigos.

Además, pasa algunas horas con sus hijos, dispersos ya en varios países, les anima en su lucha por alcanzar la santidad, en su empeño por poner a Cristo en la cumbre de su trabajo profesional y en la expansión apostólica de la Obra entre sus compañeros y amigos. Después de la visita del Padre, todos sienten un nuevo impulso.

La frontera de Holanda está a la vista. Desde La Haya vuelve a aparecer la profundidad gris del mar del Norte. Corre el coche camino de Amsterdam. Atardece cuando entran en la capital de los Países Bajos, y un sin fin de luces pulula por las calles: son bicicletas que cruzan en todas direcciones. Está cerca la Navidad, las tiendas y canales se iluminan, y todos avivan la ilusión de las próximas fiestas: San Nicolás aparece en cualquier esquina.

El coche seguirá rodando hacia Alemania. Hace mucho frío y la nieve es un encuentro lógico en estas tierras durante el mes de diciembre. A pesar de todo, el Padre trabaja exhaustivamente en las escalas del viaje. Además de las gestiones previstas, observa monumentos, plazas, detalles artísticos. Se empapa del ambiente cotidiano del país. En Colonia, su llegada a la Catedral es obligada. Cuando está en el pórtico, descubre a uno de sus hijos. Alegría y sorpresa. Después de un fuerte abrazo y el inmediato intercambio de preguntas, el Padre no quiere que abandone sus ocupaciones a causa del encuentro. Al volver a casa, le esperarán reunidos.

Ruedan hacia Bonn, ciudad de comienzo para la Obra en Alemania. Nueve meses separan su anterior viaje a esta ciudad, de la fecha de hoy. Siguen con muy pocos medios materiales, pero tienen la alegría de darlo todo por Dios. El Padre ya había augurado una gran abundancia de vocaciones: «la hora de la cosecha ha llegado, ya veréis, para ser sembradores de paz y de alegría en el mundo»'. Ahora les abraza de nuevo y les confirma en su entrega(3).

El viaje de Bonn a Viena será costoso. La niebla es muy espesa y no tienen más solución que pegarse, materialmente, a un coche que conoce mejor la carretera. La capital del antiguo imperio austro-húngaro les recibe con el esplendor de su ambiente serio y elegante.

Hoy, el Padre camina hacia la Catedral de San Esteban. Nada más entrar, a la derecha, hay una imagen de la Virgen María Pótsch.

Ante este icono pintado por Stephan Papp, a cuyos pies el pueblo deja, cada día, flores y cirios encendidos, se arrodilla este 3 de diciembre de 1955. Austria es la puerta de Europa. Hacia el Oriente europeo y más lejos aún, partirán sus hijas e hijos un día no lejano, camino de esas tierras por donde inicia el sol su amanecer. Ellos llevarán la luz dentro del alma. Es relato evangélico que, cuando Cristo vino al mundo, tres personajes importantes, Magos de Oriente, llegaron para adorar al nacido Rey de los judíos. Hoy es Cristo quien ha de caminar en los corazones de sus hermanos los hombres, para devolver su visita a las tierras de Oriente. Ante esta Virgen, el Fundador reza por primera vez una invocación: Sancta Maria, Stella Orientis, filios tuos adiuva! Anotará la frase en su agenda después de celebrar la Santa Misa, al día siguiente, en la Catedral.

Dentro de muy poco tiempo estas palabras se repetirán en muy diversos lugares del mundo; es una súplica afectuosa para que la Señora abra los caminos de la Obra de uno a otro extremo de la tierra.

Años después dirá a un alumno del Colegio Romano, de nacionalidad austriaca:

«Seréis mis hijos austríacos los que deis un buen empujón, desde vuestra tierra, a toda la labor en la Europa Oriental; y, desde otro lado, lo harán mis hijos de Asia, especialmente mis filipinos... A ver si os dais un buen abrazo»(4).

Está soñando hoy el Fundador del Opus Dei. Pero no en empeños inalcanzables. Porque quien abre los caminos es Dios y es su largueza quien da la medida para la andadura de sus hijos. Por eso, porque conoce la magnanimidad del Cielo, les sigue repitiendo: «¡soñad... y os quedaréis cortos!».

Desde Viena, vuelven a Bonn. En el retorno, la niebla ha desaparecido y el viaje es más rápido y fácil. A través de las ventanillas del coche se ven resplandecientes las capas de nieve que cubren los tramos del camino.

El 7 de diciembre está en Bonn. La casa entera se reúne alrededor de la mesa, junto al Padre. No hay apenas utensilios: el que tiene cuchara de sopa no dispone de cubierto para el postre, y viceversa. Monseñor Escrivá de Balaguer se siente a gusto:

«Así hemos comenzado siempre»(5).

Adelante. Espera mucho de estos países en los que ha enterrado el primer germen de amor y de trabajo. Sabe que todo llegará a buen puerto. Ahora, es preciso volver a Roma.

De nuevo el camino. El día 11 el Padre llega a “Villa Tevere”. Han cruzado veinte fronteras y recorrido miles de kilómetros.

Algún tiempo después, en la Sede Central y en un pequeño oratorio de paredes claras, se pondrá un cuadro que perteneció a doña Dolores Albás, con la advocación: “Sancta María, Stella Orientis, filios tuos adiuva”!

El Padre dedicará el oratorio a esta Virgen, para encomendar la labor en Oriente y a la memoria del icono de la Catedral de Viena, ciudad-frontera entre las dos Europas.

Einsiedeln

Hasta 1960 no comenzará de modo estable un Centro del Opus Dei en Suiza. Pero unos años antes, del 22 al 26 de agosto de 1956, varios de sus miembros se reunirán con el Padre en Einsiedeln, para celebrar el II Congreso General de la Obra. Han venido de países muy distantes: Irlanda, Italia, Portugal, Estados Unidos, España, Francia... Este pequeño lugar, rodeado de montañas, está situado en el Cantón de Witz, a 60 kilómetros de Zürich y a 250 kilómetros de la frontera de Italia, por Como.

Más que un pueblo, la existencia de Einsiedeln responde a una profunda devoción arraigada en Centroeuropa. Es un lugar de peregrinación; su población fija, apenas sobrepasa los ocho mil habitantes. El centro de interés lo constituye un gran Monasterio benedictino construido en 1735. Fue el arquitecto suizo Kaspar Moosbrugger quien diseñó la monumental Klosterplatz y la Basílica, barroca, en honor de María de Einsiedeln. Dos torres encuadran la fachada, bombeada, a la que se llega por una gran escalinata que arranca de la plaza; una fuente de doce caños sobre la que se entroniza también una imagen de Nuestra Señora, da la bienvenida a los peregrinos que llegan continuamente.

Frente al Monasterio se han construido hoteles. Uno de ellos, el Pfauen, dará albergue durante estos días de agosto a los miembros del Opus Dei que se reúnen en este lugar de meditación: ante la presencia de la Virgen escoltada por los pinos y las montañas silentes, cubiertas de flores en la estación de verano.

Las calles que abocan a la plaza se encuentran invadidas por comercios que ofrecen un recuerdo a los visitantes. El Padre siente un gran cariño por este lugar escondido en el corazón de Suiza; por esta Virgen morena, grácil, de pelo dorado y gesto suave, que se reviste con toda solemnidad los días de fiesta. La Gnadenbild (imagen milagrosa) será testigo excepcional de esta reunión, en la que se va a hacer balance de los caminos emprendidos y proyectos de nuevas metas.

Además de otras muchas áreas de trabajo, como corresponde a una expansión que, en diez años, se ha abierto camino en varios países del mundo, en este II Congreso General de Einsiedeln se decidirá que el Consejo General del Opus Dei -del que una parte ha residido en Madrid hasta ese momento- se instale en Roma, puesto que las tareas de dirección así lo aconsejan. Desde 1946, el Padre, con don Álvaro, vive en la Sede Central de Roma; pero el resto del Consejo General ha permanecido en Madrid. También a partir de 1953, la Asesoría Central de la Sección de mujeres se trasladará definitivamente a Roma.

El Papa conoce este II Congreso General del Opus Dei en Einsiedeln y les envía su bendición, deseando que Dios derrame luz sobre el trabajo de esta asamblea; para que en total unidad de espíritu continúe, cada vez con más fruto, la intensa labor de la Obra. Imparte, sobre el Padre y todos los congresistas, su Bendición Apostólica.

Junto al Pacífico

En 1953, varios miembros de la Obra comienzan a vivir y a desarrollar su trabajo profesional en Guatemala, e inician la labor del Opus Dei en América Central. Nada más llegar, se alojan provisionalmente en un pequeño piso de un barrio popular.

En América Central, como en tantos otros sitios, se comienza dentro de la mayor escasez. Todos viven de su trabajo y esfuerzo personal. Pero es necesario allegar los medios para levantar los primeros Centros de la Obra en el país. Como escribe Peter Berglar:

«Cada labor apostólica también se ocupa por cuenta propia de mantenerse en lo material y en lo económico. Esto se consigue gracias a las aportaciones procedentes de los miembros de la Obra; a los medios públicos de financiación, en el caso de labores formativas; a las pensiones de los residentes, en el caso de Colegios Mayores; a las subvenciones de Patronatos y Asociaciones de Amigos fundadas con este fin, etc. Y cuando todo esto no basta (lo que sucede a menudo) hay que cubrir los "agujeros" por medio de donativos. Y como éstos no alcanzan, la preocupación urgente y constante por recabar los medios necesarios es siempre parte de las ocupaciones de un Director, que, por muy cualificado que sea en otros terrenos, también tiene que ser un "mendigo diplomado", un mendigo honoris causa, es decir, por causa del honor de Jesucristo... »(6).

La primera carta que les envía el Padre lleva fecha del 12 de septiembre de 1953. Muchas veces leerán y volverán a leer estas líneas, uniéndose a su fe inquebrantable para el apostolado que les aguarda. Las circunstancias del país son difíciles. Un sacerdote a quien explican el espíritu del Opus Dei, el ideal que les mueve, no puede menos de sorprenderse:

«Aquí fracasarán. Si no se consiguen vocaciones para el seminario ni para los religiosos, menos conseguirán ustedes esas vocaciones entre universitarios, que es por donde desean comenzar».

Cuando el Consiliario transmite este vaticinio, recibe una carta del Padre en la que reitera que lo mismo han comentado al comenzar en otros lugares; pero que, si son fieles, tendrán siempre vocaciones(7).

El Arzobispo de Guatemala está muy contento con la llegada de los primeros miembros del Opus Dei, dos de ellos sacerdotes. A estos últimos les pide que colaboren en algunas parroquias. El clero anda un poco escaso para la extensión generosa de estas tierras.

Desde septiembre, dos meses después de llegar a Guatemala, viven en una casa situada en la Octava Avenida. El 2 de octubre de 1953, XXV aniversario de la Fundación del Opus Dei, se sienten muy unidos al Padre. También Roma mantiene un cariño que supera todas las distancias para los primeros de la Obra que han abierto las puertas del mundo. Poco tiempo después, el 19 de agosto de 1954, el piso está instalado. El Arzobispo celebra la Santa Misa y deja al Señor en el nuevo oratorio. Como recuerdo de su bendición y amistad, les regala un cáliz de plata dorada, de estilo colonial, que pertenece ya a la historia entrañable del Opus Dei en Centroamérica.

El 24 de octubre de 1955 llega a Guatemala el primer grupo de la Sección de mujeres de la Obra. Vienen tres: dos mexicanas y una española. Traen la certeza interior de que Dios bendecirá su esfuerzo para sembrar un buen germen sobrenatural en tierras guatemaltecas. Esto, y las cartas que llegan de Roma con mucha frecuencia, alientan su fortaleza. Ni el “xocomil”, especie de oleaje airado que se levanta en los lagos de estas latitudes, puede amenazar la navegación de esta tripulación pequeña que hoy se ha hecho a la mar.

Desde Brasil

Brasil es una generosa tierra que ha sabido acoger y adaptar sus posibilidades a todo tipo de inmigración: blancos, amarillos, negros, mestizos de varias tonalidades y hasta un rastro de indio aborigen de las orillas amazónicas.

Cuando Monseñor Escrivá de Balaguer tenga la oportunidad de hablar con los brasileños, durante su viaje en 1974, les dirá:

«Hay mucho trabajo, mucha labor que hacer en Brasil. Y hay muchas almas buenas. Vosotros tenéis en el corazón el fuego de Dios, el que Jesucristo vino a traer a la tierra, y hay que pegarlo a otros corazones. Tenéis simpatía y bondad, capacidad humana y sobrenatural para hacerlo»(8).

Tomando el símil de la fecundidad de esta tierra, les anima a hacer una generosa siembra apostólica:

«Me contaron que habéis plantado no sé dónde las maderas de una portería de fútbol, ¡y les han salido ramas! De modo que, con un poquito de empeño y de buena voluntad, con un poquito de cariño... »(9).

Está diciendo a sus hijos, ya numerosos, que han de llevar el espíritu del Opus Dei a todas partes: en Brasil y desde Brasil.

Buena frase para un pueblo que sabe mucho de conquistas y trabajo frente al obstáculo de la selva, a través de la oscuridad y el peligro. Para esta heterogénea sociedad que forja la grandeza y diversidad de su futuro.

Los primeros miembros del Opus Dei arriban al Brasil en marzo de 1957. Algún tiempo después montan en Sáo Paulo la Residencia de estudiantes que habrá de llamarse Pacaembu.

El día 19 de septiembre, a las once de la mañana, el barco que trae a Brasil a las primeras mujeres del Opus Dei entra en la bahía de Río de Janeiro. El Páo de Accucar se refleja en el espejo de un mar manso y azul. Allá arriba, el Corcovado se empina hasta 709 metros de altura. Desde su cumbre, la estatua del Corazón de Jesús, con sus cuarenta metros, abre los brazos sobre esta región inmensa.

Les sorprende todo en esta nueva tierra que ya es la suya. Las cartas que envían al Padre hablan de esta ingente labor que se adivina a las puertas. Y del espíritu formidable de un pueblo, hecho con muchos pueblos, y que lucha por la conquista del suelo y del trabajo. En 1960 se abre el primer Centro de la Sección de mujeres en Sáo Paulo. Desde el Brasil, el mundo está a la vista.

Perú: tierra de misión

También el espíritu que el Fundador recibiera el 2 de octubre de 1928 en Madrid, ha llegado ya a las estribaciones andinas. Desde 1955 hay Centros del Opus Dei en Perú. Pero es en abril de 1957 cuando su Santidad Pío XII crea la Prelatura territorial de

Yauyos, en el territorio desmembrado de la Archidiócesis de Lima, la confía a sacerdotes de la Obra y nombra Prelado a don Ignacio María de Orbegozo.

Estas Prelaturas, denominadas Nullius, son territorios con clero y pueblo, separados de toda diócesis, y en los que el Prelado ejerce una jurisdicción episcopal. Se trata de un encargo particular de la Santa Sede. El territorio de esta Prelatura comprende Yauyos y Huarochirí. Son las provincias de los Andes con mayor pobreza y peores comunicaciones. Con una extensión de 10.000 kilómetros cuadrados y unos 100.000 habitantes de mayoría católica, en 1957 la situación espiritual y material es mísera. Muchos pueblos no han tenido nunca sacerdote ni han sido visitados por un Obispo desde el siglo XVI.

El Padre comunica en Roma esta concesión de la Santa Sede. Y explica a sus hijos el motivo de que el Opus Dei acuda a ese lugar en la tierra del Perú.

«Cuando la Santa Sede llamó a don Álvaro del Portillo a elegir una zona del Perú para erigir una Prelatura que habíamos de llevar, contestó -porque tiene mi espíritu- que aquella que nadie quisiera. Porque la Obra no ha venido a servirse de la Iglesia, sino a servirla» (10)

En 1957, la Prelatura de Yauyos es un lugar de difícil acceso, en la sierra de Perú, y muy abandonado. Don Ignacio María de Orbegozo, y un pequeño grupo de sacerdotes, dará comienzo a la tarea, en silencio, venciendo los mil obstáculos que la situación, el clima y las circunstancias humanas del lugar han de plantear de modo inevitable.

El 2 de octubre de 1957 el nuevo Prelado toma posesión en Yauyos. El terreno es quebrado y montañoso, sembrado de cerros y punas. Hay que conocer muy bien los senderos para no despeñarse en cualquier desfiladero a 5.000 metros de altura. Pero

ninguna dificultad ha impedido que los habitantes de la comarca se reúnan hoy en la plaza y en los caminos de acceso. Han traído flores de sus montañas y el suelo está cuidadosamente lleno de retamas: la planta típica de la región. Con el pueblo, las autoridades y el Nuncio de su Santidad. Estos indios son descendientes de los quechua (pueblo del valle cálido), cuyo idioma sobrevive a la cultura de los incas, una de las más importantes de América.

Ocupan completamente la iglesia de Yauyos mientras el Nuncio lee en voz alta la Bula de la Santa Sede. Después de oficiar la Santa Misa, todos los sacerdotes presentes cantan el Te Deum.

Monseñor Orbegozo se dirige por primera vez a sus fieles de Yauyos: con sencillez, con las manos abiertas a sus problemas humanos, a sus necesidades materiales y espirituales.

Les habla de su presencia allí. De lo que le ha llevado hasta Perú. Del Opus Dei, que ha nacido veintinueve años antes, en un 2 de octubre como éste. Les habla del Padre, y les pide que este día recen por el Fundador de la Obra.

Por la noche, un telegrama de Monseñor Escrivá de Balaguer llegará, desde Roma, para bendecir y ayudar este apostolado que comienza. Ha pasado el día unido a Yauyos y con la esperanza puesta en este rincón del mundo.

Durante los próximos años, don Ignacio y el grupo de sacerdotes que le acompañan, recorrerán a pie, o a lomos de un mulo, de día y de noche, toda la región hasta conocerla como la palma de la mano. Ni el soroche (mal de montaña) ni los peligros naturales de la zona conseguirán frenar su trabajo.

En la Navidad de 1959 escribe, recordando uno de sus viajes andinos:

«Los cerros recortaban sus crestas en el firmamento, y sus picos audaces estaban ya más altos que la luna. Y allá arriba, las estrellas (...). ¡Qué maravilla! Pensé en aquellas palabras del Evangelio de San Juan: Por El fueron hechas todas las cosas. Y seguí pensando, y cantando bajito un villancico y otro (...). Llegué a casa. Arrodillado junto al Sagrario, y a los pies de la Virgen, acabé esta correría, que me ha llevado una vez más al convencimiento de que también esta dura y difícil parcela andina será tierra de santos»(11) .

Los primeros sacerdotes que acompañaron a Monseñor Orbegozo tendrán que multiplicarse para llegar a los lugares donde se solicita su presencia. En menos de diez años las Comuniones pasarán de 300 a 4.000. Cerca de 30 sacerdotes ejercen su ministerio en la Prelatura territorial de Yauyos. Se han visitado 10.000 enfermos y se ha predicado en más de 60.000 ocasiones. Se han reparado 153 iglesias y 34 están levantándose de nueva planta.

En 1963 da comienzo un pre-seminario en el colegio Nuestra Señora del Valle. Como consecuencia del trabajo sacerdotal por los pueblos, llegan los primeros alumnos. En 1978 se ordenarán los primeros sacerdotes que, en 1982, ya son dieciocho.

En 1967 se inicia Valle Grande, una obra corporativa del Opus Dei destinada a la promoción de los campesinos, gracias a la puesta en marcha de Programas de Formación en Técnicas Agropecuarias. Con categoría de Instituto Rural, prestan servicios en esta obra de formación, ingenieros agrónomos, veterinarios y técnicos agrícolas. Valle Grande tiene su sede material en San Vicente de Cañete. Cañete fue añadida a la Prelatura de Yauyos en 1962. Desde sus comienzos, asumirá el reto de la promoción técnica, social y humana de los campesinos pobres. La formación espiritual está confiada al Opus Dei.

La prensa se hará eco de esta labor eficaz y silenciosa de los sacerdotes de la Obra. Quince años más tarde escribe un periódico:

«Los 40.000 habitantes del territorio reciben el cultivo de una pastoral intensa, en condiciones naturales difíciles, por parte de veintiún sacerdotes del clero diocesano (...).

Pueden estar contentos aquellos sacerdotes... En verdad, cuatro diáconos que tocan ya con sus manos el presbiterado, más de veinte alumnos -y bien escogidos y formados, por cierto- en el Seminario Mayor y un centenar largo de adolescentes cultivados con esmero hacia el sacerdocio; y todo ello en medio de unas parroquias trabajadas intensamente y con espíritu apostólico; son seguro presagio del futuro de una gran diócesis sacerdotal y misionera» (12).

Una de las actividades de Valle Grande adquiere pronto categoría de labor cultural de gran extensión, desafiando la altura de las montañas. «Radio Estrella del Sur» transmite para un territorio de 15.000 kilómetros cuadrados toda una serie educativa que les pueda ayudar a mejorar su oficio, su formación personal, su comunicación con el mundo. Algunos miembros y amigos del Opus Dei, colaboradores habituales del Instituto Rural, se encargan de montar los programas y de la atención a miles de personas que siguen, regularmente, las clases que llegan por el aire.

Un día el Fundador muestra en Roma a don Ignacio el modelado en barro que están haciendo para una imagen de la Virgen en cemento policromado, que resista todos los rigores del tiempo. Se la quiere regalar a la Prelatura territorial andina.

Don Ignacio escribe, entusiasmado, a los sacerdotes que ha dejado en aquel rincón de América:

«Envío una foto de la Santísima Virgen que por encargo -directísimo, personalísimo- del Padre están esculpiendo para nosotros: la foto es del negativo en barro y, en este momento, ya han hecho el molde en yeso. Enseguida harán el vaciado (...) para terminar dejando una maravilla. ¡Es preciosa!»(13)

En noviembre de 1965 será instalada solemnemente en la ermita que se ha construido para Ella en los terrenos del Seminario menor de la Prelatura. El césped y los árboles llegan hasta la verja. Siempre hay flores frescas en los jarrones de hierro. Las envuelve el contorno en un marco verde, apacible; el confín es el valle entero de Cañete.

La Universidad de Piura

En 1969 se levanta, frente al desierto del norte del Perú, la Universidad de Piura. Uno de los proyectos que el Fundador de la Obra llevaba, desde hace años, en la mente y en el corazón. Cubierta, por encargo de la Santa Sede, la atención pastoral-religiosa de la Prelatura territorial de Yauyos, iniciada ya la promoción del campesinado andino en “Valle Grande”, otro nivel a cubrir es la enseñanza en las aulas universitarias. Piura es el enclave correcto porque es el polo de desarrollo del norte peruano. Fronterizo con Ecuador, ocupa una posición clave para programas culturales entre los países del Pacto Andino.

Como escribía el profesor Rodríguez Casado:

«La Universidad, con vocación de desierto, de vergel y de humanismo, abre sus aulas, laboratorios y bibliotecas al aire libre»(14)

En la actualidad, se pueden cursar cinco programas académicos: Ciencias de la Ingeniería Industrial, Artes Liberales, Ad (ministración de Empresas y Ciencias de la Información.

Fue, en efecto, una audacia sobrenatural y humana crear este Centro docente a medio camino entre el desierto, la ciudad y los vergeles peruanos.

Carmen Escrivá de Balaguer

El verano de Roma estalla en los balcones cubiertos de flores. Es el 20 de junio de 1957. Faltan unas horas para el amanecer, y en un hotelito del barrio Prati, a la orilla derecha del Tíber, agoniza Carmen Escrivá de Balaguer. Están junto a ella el Fundador del Opus Dei, su hermano Santiago, don Alvaro del Portillo y don Javier Echevarría. También algunas mujeres de la Obra, que atienden sus últimos días en la tierra.

Hace cuatro años que Carmen y Santiago, los hermanos del Padre, llegaron a Roma. Se acababa de poner en marcha un Centro a unos cien kilómetros de la Ciudad Eterna, en “Salto di Fondi”, en el que habrían de organizarse cursos de retiro, convivencias, estudios de verano y otras muchas actividades. El Padre llama a su hermana Carmen, que pondrá su trabajo, su experiencia y cariño en la atención doméstica de este nuevo Centro. Carmen, que no ha recibido de Dios la vocación al Opus Dei, no vacilará jamás en la disponibilidad absoluta. Tiene la convicción de que la Obra es de Dios y se sabe instrumento suyo para cooperar en que se realice.

Ahora pone todo su empeño y su trabajo en “Salto di Fondi”. Hasta el último detalle estará moldeado por su afecto, su visión práctica, su exquisita manera de convertir en hogar los rincones de una casa.

Más adelante, cuando las mujeres del Opus Dei se hagan cargo de la Administración en Salto di Fondi, Carmen y Santiago se instalarán en un hotelito de “Via degli Scipioni”, 276. Santiago viajará con frecuencia a España en función de su trabajo. A pesar de tanta ausencia, Carmen nunca está sola, porque ha volcado su grande y recia capacidad de ternura sobre una familia numerosa que es el Opus Dei.

Hace algo más de dos meses, en abril de 1957, el médico ha diagnosticado la enfermedad incurable. El Padre se lo comunica a los miembros de las dos Secciones porque, por gracia de Dios, Carmen ha dado su cariño interminable e idéntico a todos.

En la Administración de “Villa Tevere” se reúne unos minutos con sus hijas para darles algunas noticias. Una, pregunta:

-¿Buenas, Padre?

-Sí, hija mía, buenas, porque la Voluntad de Dios siempre es buena.

Luego les informa de que su hermana Carmen tiene un cáncer hepático y el médico le pronostica dos meses de vida.

Lo ha expresado con firmeza, aunque su gesto transparenta el dolor de la situación. Y les ruega que pidan al Señor su curación si ésa es su Voluntad.

Al día siguiente hablará brevemente con quienes forman parte del Gobierno Central de la Sección de mujeres de la Obra. Todas desean atender a Carmen durante su enfermedad, pero el Padre afirma con energía que no puede abandonarse por ningún acontecimiento la dedicación de cada una a su trabajo. Una vez más domina los impulsos de su corazón para poner aquello que el Cielo le ha exigido y a lo que Carmen -de hecho- ha dedicado su vida, por encima de cualquier otra situación familiar o personal.

Es imprescindible la mediación de don Álvaro, y la insistencia tenaz de todos, para que el Padre consienta que demuestren a Carmen todo su cariño y agradecimiento.

Será también don Álvaro quien comunique el carácter y estado de su enfermedad a Carmen Escrivá de Balaguer. De esta conversación los miembros de la Obra conocen solamente las conclusiones:

«Le dije que, sin un milagro, no se curaría; que ajuicio de los médicos le quedaban dos meses de vida, aunque, si el cuerpo respondía, podría sobrevivir algo más, pero no mucho».

Recibió la noticia con tranquilidad, serena, sin lágrimas, como una persona santa de la Obra. Después, comentó llena de paz y de buen humor a Encarnita Ortega: «Álvaro me ha comunicado ya la sentencia»(16).

Efectivamente. Su aceptación tendrá las mismas características que su vida entera. Sencillez, espontaneidad y un heroísmo silencioso que se esconde tras el humor y la sonrisa.

El médico que la atiende comentará que es una de las personas más inteligentes y con mayor riqueza espiritual que ha conocido. Hasta el último día, la enferma agradecerá su cariño, sus cuidados. Envía unos caramelos para los niños, unas plantas de la terraza para su mujer. Cualquier detalle de afecto. Un religioso Agustino Recoleto que le atiende en confesión, está asombrado de su temple e indestructible confianza en Dios.

-«Yo vengo aquí, más que para ayudarla, para edificarme»(17).

La vida en la Sede Central de Roma continúa aparentemente igual. El Fundador no prodiga las visitas a su hermana, a pesar del enorme cariño que siente por ella. Da ejemplo de serenidad y desprendimiento a la hora de entregarle a Dios su tiempo, su actividad y sus amores en la tierra.

Durante dos días, Carmen agonizará en Roma. El Padre, de rodillas a los pies de la cama y con los ojos fijos en el tríptico que cuelga sobre la cabecera, repetirá una oración que han rezado mil veces de niños, allá en el hogar de Barbastro: «mírala con compasión, no la dejes Madre mía... ».

La enferma sufre y su respiración se hace cada vez más difícil. Pero no le oirán una queja.

-«¿Estás contenta, Carmen? ¿Tienes paz?», le pregunta don Alvaro.

-«Tengo una paz interior muy grande, ¡qué paz!».

El 18 de junio don Alvaro le da la Extremaunción, y el 19 su hermano le administra el Viático. El Padre le dice:

«Pídele al Señor perdón por tus pecados; yo le pido perdón por los míos»(18).

Y, despacio, como quien se siente invitada al heroísmo final de una gran empresa, va ofreciendo sus dolores y molestias por la Iglesia, por el Romano Pontífice, por la Obra y por todas las almas.

A las 3,25 de la madrugada muere. Ha sido una inolvidable lección para cuantos la han conocido. Los ojos de Carmen Escrivá de Balaguer se abren a la luz de la eternidad. Se cierran hoy, bajo el gesto afectuoso de toda la Obra, a los cuidados de la tierra.

La Cripta de Santa María de la Paz, en “Villa Tevere”, está todavía en construcción, pero se acaba la sepultura con toda la rapidez posible. Con los necesarios permisos de las autoridades eclesiásticas y civiles italianas, Carmen es sepultada en la Sede Central del Opus Dei. Han rodeado su cuerpo las flores que cuidó durante estos años romanos. Los miembros de la Obra velan, en pie de cariño, a esta mujer de 57 años que acaba de partir.

El Padre preside el duelo. El Acta de defunción se encabeza con estas palabras:

«Aquí yacen los restos mortales de Carmen Escrivá de Balaguer, que después de ayudarnos con heroico espíritu de sacrificio desde los comienzos del Opus Dei, descansó santamente en el Señor, el día 20 de junio de 1957»(19).

Muchas personas que mantienen contacto habitual con la Obra sabrán la noticia y enviarán al Padre el testimonio de su recuerdo emocionado. El Cardenal Tedeschini, escribirá al Fundador una extensa carta en la que concluye:

«Con el más vivo afecto pediré por ella, aunque no necesite de mis oraciones; y con ella tendré en mi corazón a usted, que ha ofrecido a Roma la suerte de que Carmen Escrivá de Balaguer se haya hecho romana»(20).

Un año después, el Padre hablaría así de los últimos momentos de Carmen:

«Llevó la enfermedad como una persona santa del Opus Dei. Me da consuelo recordarlo. Antes de morir, le dije que la enterraríamos aquí, en la sottocripta. Y se le ocurrió comentar: oye, si va Santiago, que tenga cuidado, porque aquello está muy frío.

Estaban a su lado, conmigo, don Álvaro, don Javier y el doctor Pastor, que le tomaba el pulso. También estaban presentes Numerarias y Numerarias Auxiliares. Bien se había merecido esa compañía. Yo lloré como un niño, a escondidas, ante el Sagrario, hasta que murió, porque veía que se nos acababa otro tiempo histórico, porque quería muchísimo a mi hermana, y porque pensaba en lo mucho que nos había ayudado, sin tener vocación, como ella decía. Luego, cuando dejó esta tierra, recé un responso y, en cuanto pude, bajé a decir Misa. Estuve con mucha paz y muy contento: contento con la Voluntad de Dios, que sabe muy bien lo que hace. Pero me costó, porque con ella -insisto- se nos iban treinta años de historia de la Obra. Y me costó también porque tengo corazón»(21).

Junto al Papa

En la nave derecha de la Basílica de San Pedro, en Roma, se yergue desde 1964 la estatua de Pío XII, obra de Francesco de Messina. Revestida con capa pluvial de bronce sobredorado, y tiara pontificia. Su mano bendice y subraya al mismo tiempo; puntualiza con gesto firme y digno. La figura tiene cierto hieratismo; sus proporciones la convierten casi exclusivamente en estatura.

Seis años antes, el Papa Eugenio Pacelli, la noche del ocho al nueve de octubre, había fallecido. Una muchedumbre silenciosa asistía al traslado de su cuerpo por las calles de Roma, al responso en San Juan de Letrán, y a la llegada de los restos ante la Basílica de San Pedro. Doblaban las campanas de la Ciudad Eterna.

Para el Opus Dei, la figura de Pío XII es definitivamente entrañable porque durante su Pontificado la Obra recibirá diversas aprobaciones en su largo camino jurídico -abriendo cauces nuevos en el Derecho Canónico-, que culminará muchos años después, en 1982, cuando el Opus Dei sea erigido Prelatura Personal.

Durante los días de luto que siguen a la muerte de Pío XII, el Fundador del Opus Dei habla especialmente del cariño por el Sumo Pontífice que es parte integrante del espíritu del Opus Dei.

«Sabéis, hijos míos, el amor que tenemos al Papa (...), quienquiera que sea. A éste que va a venir ya le queremos. Estamos decididos a servirle con toda el alma “ex foto corde tuo, ex tota anima tua”... Y a este Pontífice le vamos a amar así».

En otro momento, repetirá:

«Rezad, ofreced al Señor hasta vuestros momentos de diversión. Hasta eso lo ofrecemos por el Papa que viene, para dar a conocer la eternidad de la Iglesia, como hemos ofrecido la misa todos estos días, como hemos ofrecido... hasta la respiración»(22).

Y seguirá insistiendo:

«Cuando vosotros seáis viejos, y yo haya rendido cuenta a Dios, vosotros diréis a vuestros hermanos cómo el Padre quería al Papa con toda su alma, con todas sus fuerzas... »(23).

El 28 de octubre de 1958, una «fumata bianca» a última hora de la tarde, pone fin a la espera de todo el mundo católico: aquel que va a ser representante de Cristo en la tierra ya tiene nombre. El Cardenal Canali anuncia a los fieles reunidos en la Plaza de San Pedro la elección del Patriarca de Venecia, que ha escogido el nombre de Juan XXIII. Se llama Ángel José Roncalli y es uno de los trece hermanos de una familia campesina de Sotto il Monte, cerca de Bérgamo. Tiene setenta y siete años.

Durante un viaje que hubo de hacer en 1954 a España, el entonces Cardenal Roncalli se alojará en dos Residencias Universitarias promovidas por miembros del Opus Dei: La Estila en Santiago de Compostela y Miraflores en Zaragoza. Años más tarde le comentará al Padre que le llamaron la atención la alegría y el buen espíritu que reinaban en las dos casas. Pensó que se trataba de una peculiaridad del carácter español, pero luego vio que era una característica de la Obra24.

En 1960, el Padre solicita audiencia en el Vaticano para saludar al nuevo Papa. Pocos días después, es recibido por Juan XXIII. La entrevista transcurre en un tono entrañable y patriarcal. Como solía hacer el Papa Juan.

«La primera vez que oí hablar del Opus Dei -le dijo el Papa- me dijeron que era una institución "imponente e che faceva molto bene", una institución imponente y que hacía mucho bien. La segunda (...), que era una institución "imponentissima e che faceva moltissimo bene"»(25). Y comentaba que estas palabras le entraron por los oídos, pero su cariño por el Opus Dei le quedó en el corazón.

El Padre habló mucho con el Papa; de la Obra, de sus apostolados, de la actitud de servicio a la Iglesia que llevan sus hijos a través del mundo.

Un momento antes de terminar la audiencia, el Santo Padre hace llamar a un fotógrafo para que la entrevista quede grabada de modo perenne. Al día siguiente llega la fotografía a “Villa Tevere”, junto con una bendición llena de cariño.

El Fundador comentará algún tiempo después: «Pío XII llegó a conocer la Obra y la quiso (...). Juan XXIII la quiso muchísimo y me decía que fuera a verle más a menudo (...). Diez días antes de su muerte (...) mandó un último pequeño regalo. Un día, hablando con él, me dijo en italiano: "Monseñor, la Obra pone ante mis ojos horizontes infinitos que no había descubierto"»(26).

Cuenta el Fundador la confianza con que habló a Juan XXIII del apostolado del Opus Dei con los no cristianos. Y de lo que le había costado conseguir la aprobación por parte de la Santa Sede, para nombrar Cooperadores del Opus Dei también a personas no católicas:

«Cuando solicitamos oficialmente, hace veinte años, de la Santa Sede la autorización para recibir a los no católicos e incluso a los no cristianos como Cooperadores de nuestra Obra, la primera contestación fue que era imposible. Volví a insistir y la respuesta fue un dilata, que era ya reconocer la legitimidad de nuestra petición, aunque aconsejándonos esperar. Por fin, en 1950, la contestación afirmativa: la Obra era así la primera asociación de la Iglesia católica que abría fraternalmente sus brazos a todos los hombres, sin distinción de credo o confesión»(27).

Ante la hilaridad de Juan XXIII, le dijo el Padre: «como ve Vuestra Santidad, en este punto no he aprendido nada del Santo Padre: lo he aprendido del Evangelio»(28).

El Santo Padre asintió. Porque la raíz del trabajo de la Obra con los no católicos que lleva incluso a admitirlos como Cooperadores de la Obra, es efectivamente evangélica.

El sentido de la libertad de las conciencias en la Obra lleva a compartir trabajo y proyectos incluso con personas que no tienen confesionalidad católica. Los Cooperadores no forman parte de la Obra, pero, por razones de utilidad social, cultural, etc., aportan su ayuda y colaboración para sacar adelante tareas que tienen gran envergadura humana. En algunos países, son un apoyo insustituible.

El 25 de enero de 1959, Juan XXIII anuncia a los Cardenales en la Basílica de San Pablo Extramuros su propósito de convocar un Concilio que habría de llevar el nombre de Vaticano II; también la reunión de un Sínodo romano y la revisión del Código de Derecho Canónico. El Papa abría un enorme panorama de trabajo, oración y diálogo, a los tres meses de su elevación al Pontificado. Habría de ser el XXI Concilio Ecuménico de la Iglesia Católica.

El 11 de octubre de 1962, festividad de la Maternidad de Nuestra Señora, en la nave central de la Basílica de San Pedro se declara abierto el Vaticano II. Dos mil quinientos padres conciliares se alinean bajo las estatuas, mausoleos y bóvedas del gran templo de la cristiandad. Cerca de ellos, el Papa: un hombre de casi ochenta y un años pero lleno de energía, de amor y resolución que, unos días antes, el cuatro de octubre, ha ido como peregrino a los Santuarios de Loreto y Asís implorando la ayuda del Cielo. Diez Sesiones públicas presididas por Su Santidad y más de ciento sesenta Congregaciones Generales tendrán lugar para estudiar y aprobar los diversos documentos conciliares. Un número considerable de observadores no católicos podrán asistir a las reuniones abiertas. Durante el primer período conciliar, el Papa se abstendrá de participar en los trabajos de las Congregaciones Generales. Pero seguirá su desarrollo completo a través de un circuito cerrado de televisión. Su salud empieza a resentirse: sin embargo, no renuncia a rezar y sufrir por esta barca que gobierna en nombre de Cristo y ha de soportar los embates de toda clase de tempestades. Insiste en el empeño por explicar con mayor precisión a los fieles y al mundo entero la naturaleza y misión universal de la Iglesia.

Ya en 1961, el Papa Juan había publicado la Encíclica “Mater et Magístra” conmemorando el setenta aniversario de la Rerum Novarum de León XIII. Quería animar el empeño autónomo y responsable de los católicos en la vida social y económica de la humanidad contemporánea. Dos años más tarde, el 11 de abril de 1963, dará a conocer la Pacem in Terrís: la paz entre todos los pueblos fundada sobre la verdad, la justicia, el amor y la libertad...

En junio de 1962, Monseñor Escrivá de Balaguer será recibido, una vez más, por Su Santidad el Papa. Recordando esta inolvidable audiencia, el Padre escribe con emoción y alegría:

«Os diré, sin embargo, que de este encuentro del hijo con el Padre han quedado guardados en mi mente y en mi corazón todos los pormenores. Más aún: así como el Apóstol Juan conservó un nítido y vivo recuerdo, fruto de un gran amor, de todos lo pormenores de sus encuentros con el Maestro (y este recuerdo llega incluso a precisar la hora de la divina llamada: hora erat quasi decima); del mismo modo yo, en mi modestia, vuelvo con mi recuerdo a esta Audiencia, y guardo de ella hasta el más mínimo detalle: no solamente el día y la hora, sino también la mirada atenta y llena de paterna benevolencia, el gesto suave de la mano, el calor afectuoso de su voz, la alegría grave y serena reflejada en su semblante... Quisiera de verdad, queridísimos hijos, que todos vosotros sintiérais la misma alegría que yo y quedáseis inmensamente agradecidos al Papa Juan XXIII por su bondad y benevolencia (...).

El Santo Padre Juan XXIII, Pastor común (...), que además ha sido el Pontífice de la Encíclica "Mater et Magistra" y será el gran Papa del Concilio Ecuménico Vaticano II, nos tiene a todos en su corazón. Nos conoce y nos comprende perfectamente»29.

El Fundador del Opus Dei desborda, en páginas que le salen del alma, el resumen de su admiración y cariño agradecido al Pontífice.

Juan XXIII no verá finalizar las sesiones del Concilio Vaticano II. El 3 de junio de 1963 será anunciado su fallecimiento.

Dos semanas antes había recibido en audiencia a un matrimonio -los dos miembros del Opus Dei- acompañado por sus hijos. El Santo Padre les habló de la grata impresión recibida durante su estancia en España, donde había tomado contacto por primera vez con la Obra. Y les dijo también que en Roma había podido tener un conocimiento más directo y más profundo; había visto los inmensos horizontes de la labor del Opus Dei, comprendiendo bien su trascendencia y universalidad. Les subrayó que recordaba con muchísimo cariño las veces que había podido hablar directamente con el Fundador.

Este fue el último detalle de afecto de Su Santidad Juan XXIII por el Opus Dei. El Padre, durante toda la enfermedad del Papa, ofrecerá su Misa diaria por él. Muchos de los miembros de la Obra que viven en Roma acompañarán las horas finales de su vida rezando en la calle junto a los fieles de todo el mundo. El día 3 de junio de 1963, una inmensa muchedumbre asiste a la Misa que el Cardenal Traglia, Pro-Vicario de Roma, celebra en la Plaza de San Pedro. Anochece. A las 19,49 las campanas de la Basílica Vaticana empiezan a doblar: ha muerto el Papa. La gente que abarrota este templo al aire libre se pone de rodillas.

En “Villa delle Rose, Castelgandolfo”, el Fundador mandará poner una lápida como testimonio de agradecimiento a la generosidad de este sucesor de Pedro que, entre otras cosas, donó definitivamente los terrenos en que se alza el Colegio Romano de Santa María.

En las grutas vaticanas, un sencillo mausoleo guarda los restos de Juan XXIII. Un relieve del siglo XV con la Virgen, el Niño y los ángeles, vela la bondad y recio corazón de este Papa de la Iglesia.

Desde 1957, Monseñor Escrivá de Balaguer es Consultor de la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades; también es Académico de la Pontificia Academia Romana de Teología; a partir de 1961 será, además, Consultor de la Comisión Pontificia para la interpretación auténtica del Código de Derecho Canónico.

Pero, sin duda, la mejor y más insustituible ayuda del Padre al Romano Pontífice, y en él a toda la Iglesia de Cristo, es la oración, el amor, la obediencia incondicional a lo que el primero de los Apóstoles pueda necesitar del Opus Dei. Este es un testimonio de fidelidad que no olvidarán nunca los hijos de Dios en la Obra.

« “Ubi Petrus, íbi Ecclesia, ibi Deus”. Queremos estar con Pedro, porque con él está la Iglesia, con él está Dios; y sin él no está Dios. Por eso yo he querido romanizar la Obra. Amad mucho al Padre Santo. Rezad mucho por el Papa. Queredlo mucho, ¡queredlo mucho! Porque necesita de todo el cariño de sus hijos. Y esto lo entiendo muy bien: lo sé por experiencia, porque no soy como una pared, soy un hombre de carne. Por eso me gusta que el Papa sepa que le queremos, que le querremos siempre, y eso por una única razón: que es el dulce Cristo en la tierra»(30).

La llamada de África

Durante los años que median entre 1955 y 1960, el Fundador del Opus Dei cruza varias veces las carreteras de Europa, llevado por la exigencia de su misión.

Está, siempre que puede, allí donde han llegado sus hijas e hijos, para reafirmar su fe. Para dejar, detrás de sus pasos, la estela inconfundible de esperanza y de caridad. Apoyada en este aliento, la Obra se abrirá camino en poco tiempo. Un camino que agranda sus riberas en la medida en que los hombres responden a este mensaje de paz que lleva consigo.

En 1956, y durante los meses de junio y julio, encontramos al Padre en Francia, Alemania y Suiza. 1957 le empuja nuevamente a Suiza, Bélgica, Francia, Holanda, Luxemburgo y Alemania. Desde mayo a septiembre, durante cincuenta y seis días, viajará sin descanso. Al siguiente año, 1958, se acerca de nuevo a España, Inglaterra, Francia, Alemania y Suiza. Los años de 1959 y 1960 anotarán en los meses de mayo a noviembre la presencia del Padre en Inglaterra, España, Francia e Irlanda.

Mientras se consolidan los cimientos de Europa, dos miembros del Opus Dei llegan, en enero de 1958, a las tierras africanas.

Han despegado del aeropuerto de Ciampino, en Roma, a las cuatro de la tarde. Salen en un día traspasado de frío, después de recibir la bendición del Padre. Les ha despedido con un largo abrazo. Ahora sobrevuelan a ocho mil metros de altura la distancia que media entre Italia y Kenya.

Y África, esta tierra prometida que ya entrara por los ojos del Padre en un lejano día de 1945 cuando un desplazamiento por Andalucía le llevó hasta los límites de Algeciras, empieza a extender su paisaje. Volcanes, chozas diseminadas y aldeas, tierras altas y verdes, flores de color agresivo y un sol candente forman el trasfondo de Nairobi. Después de nueve horas de vuelo, el avión aterriza en la capital de Kenya.

Los primeros idiomas que oyen son el inglés y el swahili, pero las personas proceden de las más diversas razas y tribus: africanos kikuyos, masai, luo y kambas; árabes, goeses e indios de todas las castas. Nairobi es un pequeño exponente de la confluencia cultural y racial del Viejo Continente, al que se han calculado unos quinientos cincuenta millones de habitantes.

Los miembros del Opus Dei se asoman por primera vez a este inmenso campo de trabajo humano y divino. Ya desde el hotel escriben al Padre. Necesitan hacerle partícipe de su alegría, del espectáculo formidable que es África. Es la primera carta desde Kenya, pero están convencidos, y así se lo dicen, de que será una entre los millares que habrán de escribir los hijos africanos que el Padre tendrá pronto y que vendrán a la Obra, con la gracia de Dios.

Hay una confluencia de afectos entre África y el Fundador del Opus Dei. El soñaba esta labor desde hacía muchos años. Y de Nairobi llegarán las primeras rosas el día de la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer, en junio de 1975. Amor por amor, es el gesto de Kenya que anticipa su ofrenda a la de cualquier otro país del mundo.

Don Pedro Casciaro acude a Nairobi para iniciar un Centro Universitario. Se entrevista con el delegado Apostólico en África, Monseñor Mojaisky Perreli, quien le habla del problema educacional de Kenya. Los africanos y los numerosos emigrantes asiáticos apenas tienen posibilidades de continuar estudios superiores al acabar la enseñanza secundaria. Se exigen, en el sistema educativo británico, dos años de enseñanza intermedia entre la secundaria y la universitaria. Estos dos años han de cursarse en centros oficialmente reconocidos, que no existen en East África. Los europeos pueden enviar a sus hijos a la metrópoli, pero esta solución resulta prohibitiva, por razones obvias, para la mayoría de los nativos de Kenya. Monseñor Mojaisky ha pensado en el Fundador y ha enviado una larga carta a Roma: le pide que la Obra promueva un Centro que contribuya a resolver el problema: será el futuro Strathmore College.

Los miembros del Opus Dei han ocupado su primera casa el 1 de octubre de 1958. Aquí, don Pedro les da a conocer las premisas establecidas por el Padre para un Centro educativo en Kenya, en el que la Obra asuma la orientación espiritual. Primero: ha de ser interracial. Desde el principio, es preciso desechar la idea de un solo grupo étnico. Porque la Obra ha de intentar que convivan, se traten y se quieran las diversas razas y tribus. En segundo lugar, el College debe estar abierto a los estudiantes no católicos y no cristianos, si esos muchachos cumplen las condiciones de selección que exija el cuerpo académico; en tercer término, hay que aclarar a las autoridades keniatas que no se trata de un colegio misional, sino de un Centro atendido por profesionales seglares, con sus correspondientes grados académicos, y que ejercen libremente su trabajo de docencia. Y, por último, los estudiantes tendrán que pagar una parte de sus gastos, aunque sólo sea una cantidad simbólica, porque los hombres con frecuencia no aprecian ni se toman en serio lo que reciben como limosna, cosa que, además, suele resultar humillante.

En diciembre de 1958 llegarán otros miembros de la Obra para completar el equipo encargado de llevar adelante la creación de Strathmore College. En la agenda de uno de ellos, el Padre ha escrito glosando la frase de San Pablo: “Omnia in bonum”!(31) ... Todo para bien. Es la convicción del Apóstol que se repite a lo largo de los siglos en la Iglesia.

Tres años más tarde, en marzo de 1961, se habrán concluido las primeras edificaciones de Strathmore College. Nace pequeño, con aulas, laboratorios y oficinas provisionales. Pero, desde el principio, se alza sólido y promete ampliaciones. Se ha construido con piedra de Nairobi entre los árboles y las flores del jardín.

Por este College pasarán alumnos procedentes no sólo de Kenya, sino también de Malawi, Nigeria, Uganda, Tanzania, Sudán... y de países de otros continentes, de Europa, Asia y América. Su confesionalidad será también muy variada: católicos, mahometanos, hindúes, ortodoxos, judíos, protestantes... Más de treinta etnias africanas y asiáticas se han dado cita en las aulas de Strathmore. Este acontecimiento producirá un gran impacto en Nairobi, donde es novedad el carácter interracial del College.

John Biggs Davison, miembro del Parlamento keniata, escribirá:

«Viven juntos, trabajan juntos, hacen deporte juntos. Con "Strathmore College" el Opus Dei ha dado a Kenya una institución de incalculable valor para un país recientemente independiente, necesitado de hombres de dirección, de técnicos y de integridad... ».

En 1960 llegará la Sección de mujeres de la Obra a Kenya. Las primeras emprenden el camino el 12 de junio. En Roma, el Padre les anuncia una labor inmensa y les afirma que África es una tierra maravillosa. Su tarea allí abarcará la formación integral de alumnas de razas y condiciones diversas, que han de acudir a una Escuela Superior de Secretariado: (Kianda College) iniciará sus actividades en 1961. Después de grandes dificultades, se construye un edificio de cuatro pisos, situado a seis millas del centro de Nairobi, en la carretera de salida hacia Najuru y Kisumu. Constará de una Residencia para cien muchachas. Desde la terraza se podrá ver a un lado Nairobi; al otro, la silueta del Kilimanjaro.

La historia de (Kianda College) cuenta el prodigio de una convivencia que comparten por igual la hija del Presidente keniata y la del jardinero del College. Un sistema de becas permite que muchachas de la más apartada tribu y de medios económicos exiguos puedan cursar sus estudios y ocupar un puesto de trabajo del que, muchas veces, va a depender la supervivencia de una familia.

Kíanda significa «valle fecundo». Es un nombre apropiado. Porque, además de la ayuda humana, Kíanda ha logrado poner en muchos corazones africanos la verdad trascendente de Cristo y de su Iglesia. Hoy, un buen número de personas del país participan de una gracia incalculable: han recibido de Dios la vocación al Opus Dei en medio de las ocupaciones profesionales, para ayudar a sus hermanos los hombres.

Años más tarde, el Eminentísimo señor Cardenal Maurice Michael Otunga, Arzobispo de Nairobi y Presidente de la Conferencia Episcopal de Kenya, podrá escribir, refiriéndose a Monseñor Escrivá de Balaguer:

«Su espíritu se hizo más joven a medida que fueron pasando los años; una increíble vitalidad de juventud y de alegría, conseguida no fácilmente, sino a lo largo de su vida de lucha heroica, le llevó a estar cada día más cerca de Dios, a ese Dios -como le gustaba repetir con la Iglesia- "que alegra mi juventud" (Ps XLII).

Fe, amor, trabajo, servicio, alegría y juventud son los tesoros cristianos que la vida de Monseñor José mamaria la Escrivá de Balaguer y la Asociación por él fundada pueden redescubrir para el mundo de nuestros días. Monseñor Escrivá de Balaguer pensaba que el alma joven de África podría responder particularmente a esos ideales. El mismo vislumbró un tiempo, como una nueva Pentecostés, en que generaciones de africanos pudieran ir desde África a llevar la alegría y la juventud de la fe católica a otras partes del mundo. Me gusta pensar que la grandeza de su corazón y su pensamiento gigantesco será, pronto, justificado por la Historia»32.

Santa María, Estrella del Mar

En noviembre de 1957, Monseñor Taguchi, Obispo de Osaka, se encuentra en Roma. Tiene proyectado un viaje por España y Sudamérica, donde hay colonias de emigrados japoneses con elevado número de fieles católicos. Antes de concluir el año regresará a Japón.

Monseñor Escrivá de Balaguer es amigo suyo. Además, el Cardenal Ottaviani ha explicado al Obispo asiático, con todo detalle, los planes apostólicos del Opus Dei. Le ha dicho que tendrá una gran ayuda cuando la Obra llegue al Japón.

Aprovechando la estancia de Monseñor Taguchi en la Ciudad Eterna, el Padre envía a don José Luis Múzquiz, que también se encuentra temporalmente en Roma, a visitarle.

El Fundador cree que ya es tiempo de que sus hijos crucen otros mares, camino de Oriente, y piensa en don José Luis para iniciar las gestiones que han de llevar a los primeros miembros de la Obra hasta el Japón.

El Obispo japonés recibe, en Roma, la primera visita de don José Luis. Le escucha con amabilidad. Cuando termina de grabar mentalmente los proyectos de la Obra para llevar el mensaje de Cristo a los japoneses, dice:

«Me gustaría que usted llegara a Japón hacia mediados de abril. En esos días estaré yo en Tokyo en una reunión y podré recibirle. Y es la época en que están los cerezos en flor: sacará una impresión más agradable del país» (33).

Cuando el Padre conoce la respuesta, sonríe divertido, por el detalle de cortesía relacionado con los cerezos.

Desde el primer momento, el Fundador y aquellos que van a emprender la aventura de Oriente tienen un hondo respeto al modo de ser del pueblo japonés. Aprenderán más tarde que en el Japón casi todo lo expresan los árboles. El paisaje, verde, con infinitas tonalidades, es como el ritual de un inmenso templo. Las hileras de bosques enteros dibujan la permanente armonía del cosmos. De ahí que Monseñor Taguchi desee al Opus Dei, como un augurio de bienvenida, la nevada belleza de los cerezos en primavera.

A primeros de abril de 1958, don José Luis Múzquiz toma el avión que ha de conducirle a Tokyo. Nada más bajar, en el aeropuerto, tiene la evidencia de haber llegado a un mundo distinto. Felizmente, le espera un muchacho japonés que ha conocido el Opus Dei en Illinois, Estados Unidos, y que ha vuelto a su país de origen.

El Padre tuvo siempre un gran interés en el apostolado con orientales desplazados de su tierra. A los hijos de estos emigrantes, en Japón, se les conoce con el nombre de nissei. Y cuando uno de ellos solicita visado de entrada en el país de sus padres las autoridades estampan, sobre el pasaporte, la siguiente leyenda: «vuelve a su patria»(34). Nadie mejor que ellos para traer a Oriente, junto con la identidad de sangre y de idioma, la eternidad de un Evangelio que ya tuvo raíces muy profundas en la tierra japonesa.

Nada más acomodarse en la ciudad envía su primera carta al Padre. Cuenta todas las impresiones del viaje. Y, entre ellas, algo que será muy importante para las futuras actividades de los miembros de la Obra en Japón: el interés que tienen muchos japoneses por conocer idiomas de ámbito internacional.

La carta saldrá de Tokyo el día 19 de abril, y su llegada a Roma llenará de alegría el corazón de todos. El Padre escribe en el mismo sobre:

«¡La primera carta del Japón! Sancta Maria, Stella maris, fijos tuos adiuva!»(35)

Repite esta frase de oración a la Señora, Estrella del Mar, para que ayude a sus hijos del Opus Dei que irán a Oriente. En 1974, en su catequesis por América, insiste a todos:

«Pedid mucho por Japón (...). Yo quiero mucho a ese país maravilloso de gente trabajadora, ordenada, seria, de una cabeza formidable. Tengo para el Japón todas las alabanzas, pero me da mucha pena que no conozcan la verdadera fe (...). Es un país inmenso: si no por la extensión, sí por el número de habitantes. Conviene que recéis para que el Señor mande muchas vocaciones, y así podáis atraer a Dios a tantos, que con la fe católica harán todavía mucho más bien» (36)

Y más adelante:

«Me emociona pensar en la laboriosidad, en el encanto, en la espiritualidad de todas esas criaturas (...) de aquella tierra bendita, donde llega un momento en el que florecen los cerezos, y todo es poesía. Pero, además, con esa poesía yo quiero que metáis el amor a Jesucristo, la devoción a la Santísima Virgen, que es la flor más hermosa que hay en el Paraíso» 37.

Durante un mes, don José Luis continuará su viaje de trabajo por las grandes islas del archipiélago japonés. Tomará nota de los diversos ambientes. La imagen de sus campos, sus ciudades y sus gentes. Desde el tren, a la salida de Tokyo, ve con claridad la cumbre majestuosa, nevada, del monte Fui¡. Según una leyenda, el Fujiyama es extraordinariamente celoso y suele esconderse detrás de las nubes cuando un extranjero pretende mirarlo. Sólo pueden ver la cima aquellos que miran con ojos sinceros...

Las llanuras están cultivadas con esmero: campos de arroz y muchos árboles frutales. Los pueblos, muy próximos, se envuelven en el humo de las fábricas. Japón es agricultor e industrial. Lo aponés y lo occidental conviven en este país, en cada calle, en cada edificio, en la vida del archipiélago. Su condición de isla no le ha separado, sino que ha contribuido a la unidad de las grandes culturas eurasiáticas. De ahí el espíritu cosmopolita de la civilización japonesa, que llega hasta los últimos márgenes de sus pueblos y ciudades. Esta carencia de grandes extensiones ha contribuido también a modelar sus características de minuciosidad.

Toda esta riqueza de matices será apreciada y transmitida al Padre por don José Luis; así como también el deseo, expresado por varias autoridades católicas, de que la Obra llegue lo antes posible y trabaje en los medios culturales universitarios.

Antes de salir de las islas, cumplirá un último encargo del Padre: besar, en su nombre, la tierra de Nagasaki donde murieron multitud de cristianos.

Después del regreso de don José Luis a Roma, el primer miembro del Opus Dei que llega al Japón es don José Ramón Madurga, que aterriza en estas tierras el 8 de noviembre de 1958; dos meses más tarde, el 18 de enero de 1959, le sigue don.Fernando Acaso. Entre los dos montan el que habrá de ser primer Centro de la Obra en Osaka: situado en Toyonaka, un amplio barrio de esta ciudad que tiene más de un millón y medio de habitantes.

El 8 de abril de 1959 se instala en la casa el primer sagrario del Opus Dei en Asia. Cerca, cruzan los barcos la bahía de Osaka; la ciudad continúa su ritmo incesante de trabajo. En los corazones de un reducido número de hombres alborea hoy, por amor de Dios, la luz del sol naciente.

Además de iniciar en este nuevo país las actividades profesionales que cada uno puede desarrollar de acuerdo con su preparación, empiezan a relacionarse con otras personas a quienes logran interesar en el proyecto de un instituto de idiomas.

En 1960 comienza, en la ciudad de Ashiya, el Seido Language Institute. Su primera sede estará situada en una casa de típico corte japonés. Sobre la entrada, una placa de madera con el primitivo nombre del Instituto de Idiomas: Seido Juku.

Las actividades de este Centro Cultural tratan de poner en contacto a los japoneses con los idiomas y civilización occidentales. Serán numerosísimos, en pocos años, los universitarios y profesionales que asistan a estos cursos; porque Seido no es una isla occidental en un mundo oriental, sino un equipo que ha hecho suyas las necesidades de la sociedad japonesa. Los profesores de inglés, francés, español y alemán ofrecen, a diario, el testimonio de un trabajo serio y concienzudo, de un modo de ser que ha intentado asimilar las esencias y formas del alma japonesa.

Por eso, Seido Juku será también un foco de evangelización entre las personas que asisten diariamente a estudiar idiomas. Esta casa acogerá en sus aulas a doscientos alumnos. Pero pronto hay que proyectar una segunda etapa, con un nuevo edificio capaz para seiscientos. En tres años, estas plazas pasan a convertirse en mil doscientas, con «peligro» de rebasar también esta cifra. La última ampliación contará con la generosa colaboración de todo el personal: el notario, corredor de fincas, intermediarios... No son cristianos, pero conocen ya la labor de Seido. Un empleado trae un puñado de dinero proporcional a medio año de sueldo.

Esta generosidad será agradecida por Dios con el regalo de una nueva fe. En pocos años, el Centro abre a muchos empleados y alumnos las puertas a la Iglesia Católica.

«L'Osservatore Romano» del 4-VII-63, al referirse al Seido Cultural Center, afirmaba:

«El apostolado del Opus Dei, universal por su espíritu y por su difusión en todos los ambientes y en los más diversos países, no podía menos de ser particularmente idóneo para superar las extraordinarias dificultades que la evangelización encuentra en Oriente».

Hoy, el sistema de idiomas utilizado en Seido ha sido adoptado por muchas Escuelas y Universidades japonesas; los libros y material de laboratorio se extienden por los principales centros docentes. Pronto se traduce «Camino» al japonés. Cada uno de sus puntos ha adoptado, con la misma flexibilidad que preside su espíritu, las formas de una escritura que pertenece al lugar del mundo más apartado de Occidente.

El 13 de junio de 1960 parten camino del Japón las primeras mujeres del Opus Dei. Harán el viaje en barco. Al salir de Roma, el Fundador enciende una lamparilla ante la imagen de la Virgen que hay en una de las galerías de la casa. Para pedirle protección durante el camino... Y les ha dicho:

«Cristo vive, Cristo ha resucitado y con Cristo podemos todo. Estoy seguro de que antes de un año me escribiréis y me diréis: Padre, ya tenemos vocaciones»(38).

El deseo del Padre se cumplirá: antes de diez meses, las primeras japonesas habrán solicitado la admisión en el Opus Dei.

El viernes día 17 hacen escala en Port Said. Los vendedores egipcios, con túnica y fez rojo, arman sus puestos de venta sobre cubierta: figuras de marfil, cuero repujado, pantuflas de color vivo...

Por entre el bullicio, Margaret viene radiante con un sobre que acaban de entregarle: son unas líneas desde Roma. Siguen pendientes del viaje. «Hasta que sepamos que estáis en Osaka luce la lamparica junto a la Madonna de la galería»(39).

El 27 de junio el barco entra en el gigantesco puerto de Colombo. Poco después, enfila su proa hacia el mar de la China. Unos días más tarde, Japón aparece a la vista. Cuatro muchachas de pelo muy negro, ojos oscuros y hablar suave las están esperando en el puerto: son las primeras amigas de Osaka. El coche las lleva ahora hacia un barrio residencial: Shukugawa. Y aquí, el primer Centro de la Sección de mujeres en Oriente. En el jardín hay pinos y cerezos. El sol, brillante, ilumina un rótulo que campea sobre la puerta: ShukugawaJuku. Es el 15 de julio de 1960. Al seguir la costumbre de cambiar los zapatos por sandalias para no dañar el suelo, frágil suelo de los pasos japoneses, parecen sonar las palabras de Monseñor Escrivá de Balaguer en la homilía de la Misa del domingo de Resurrección de 1960 en la Casa Central:

«Firmes, seguras, alegres, sinceras»...

Y las que les dirige unos días más tarde:

«Yo tengo la seguridad completa de vuestra victoria... daréis al Señor el consuelo de ver un fruto espléndido»(40).

El Padre sigue afirmando que su fe, su trabajo, su apostolado personal, tendrán el respaldo del Cielo y la respuesta será un acercamiento de las almas a Jesucristo. Cuando este es el móvil exclusivo, que conduce todo esfuerzo, los resultados siempre son positivos.

El 2 de septiembre, la voz del Padre se dejará oír a través del teléfono: llama desde Londres. Quiere hablar unos segundos con cada una de sus hijas. Y enviarles, una vez más, su bendición para el comienzo de la tarea en Japón.

La última piedra

El 9 de enero de 1960 se pone la última piedra de “Villa Tevere”. No había querido el Padre bendecir la primera piedra, como es frecuente al inicio de las construcciones; prefiere bendecir la última, que representa el final acabado, completo, el trabajo bien hecho y terminado que se ofrece a Dios. Es algo que está en la entraña del espíritu del Opus Dei. En el muro exterior del ábside de un oratorio dedicado a los Santos Apóstoles, los albañiles colocan una lápida pequeña que corona el esfuerzo de más de diez años. Grabada en la superficie se lee esta frase latina:

Melior est finis quam principium.

IX-Iannuarií-MDCCCCLX

Son las once de la mañana y llueve fino sobre Roma. La calle anuda su ritmo habitual: es el sonido cotidiano de la Vía Bruno Buozzi; ir y venir apresurado de las gentes. A pocos metros de distancia, sin solemnidades, en la absoluta normalidad de un día cualquiera, se pone y bendice la piedra final de estos edificios. Un momento más, el último, de las obras de “Villa Tevere”. El Padre ha rezado un Te Deum en acción de gracias. Es la rúbrica litúrgica de este día tan esperado.

«Soy poco aficionado a las solemnidades; tenemos una vida poco solemne, pero coherente. De esta manera haremos lo que hemos dicho tantas veces: hacer de la prosa diaria, endecasílabos, versos heroicos»(41)

El Acta que ha leído don Álvaro en la brevísima ceremonia queda depositada en el muro, junto con un puñado de monedas, las más pequeñas en circulación, de los países en los que hay miembros del Opus Dei. El Señor y su Iglesia tienen aquí un instrumento eficaz que facilitará la extensión de la Obra y, con ella, el amor de Jesucristo.

Al recorrer esta Villa romana por la que tanto se ha rezado, sufrido y trabajado, llaman la atención la solidez y el buen gusto. Pero una mirada más atenta descubre tras la seriedad de muros y estancias, una presencia entrañable, un repetido gesto de amor que aparece en los pequeños detalles.

En muchos ángulos, las fotografías de quienes se han marchado lejos para abrir los caminos de Dios y de la Obra por el mundo. Algunas vidrieras, de colores y diseños simples, recogen una iconografía llena de fuerza y gratitud: la Anunciación de la Virgen en una gallería; un ángel, con el escudo embrazado, protegiendo a la Obra; San Rafael, con su pez colgado, marchando junto a Tobías. Cuadros, alusivos, evocan momentos históricos que el Opus Dei no olvidará nunca. Representan las etapas por las que ha pasado la Obra de Dios en su camino de la tierra.

En el Cortile dei Cantor¡ hay una greca de mosaico que representa unas cadenas rotas. Al descubrirlas por primera vez, alguien pregunta al Padre:

-«¿Por qué están las cadenas rotas?».

-«Porque ni tú ni yo estamos encadenados. ¡Nos ata sólo el amor de Cristo! »(42).

Los detalles recios y gratos se multiplican. No hay un rincón sin arreglar, un descuido sobre aquello que la generosidad de Dios ha puesto en sus manos. Se estira la duración de las cosas hasta el límite, manteniendo siempre su aspecto digno.

Hay inscripciones que conmemoran momentos importantes, como una lápida en el. cuarto de trabajo de don Álvaro, donde el Padre concluyó los Estatutos de la Obra, o la que recuerda las bodas de plata en el sacerdocio de Monseñor Escrivá de Balaguer. Una imagen de la Virgen, Madre del Amor Hermoso, está colocada, para un bello encuentro, en uno de los vestíbulos. La de Sancta Maria Stella Maris en un aula, con la invocación escrita por el Padre en el sobre de la primera carta que llegó a Roma del Japón.

Otros objetos que tienen su pequeña y simpática historia, se dispersan también por la casa, como la vitrina, llena de pequeños borricos de adorno, que han venido desde las más lejanas latitudes. Los hay de cristal, de trapo, de madera, de cerámica... En las actitudes que se le han ocurrido al más imaginativo artista y al más simple artesano. El Padre tiene una gran simpatía por el borrico de noria. Un animal amable, trabajador, silencioso, que juega y se alegra con la fertilidad del campo mientras da vueltas, incansable, al eje que hace llegar el agua hasta las plantas. Un borrico fue el trono de Jesús cuando hizo su último ingreso en Jerusalén:

«Jesús se contenta con un pobre animal por trono. Cristo se fijó en él, para presentarse como rey ante el pueblo que lo aclamaba. Porque Jesús no sabe qué hacer con la astucia calculadora, con la crueldad de corazones fríos, con la hermosura vistosa pero hueca. Nuestro Señor estima la alegría de un corazón mozo, el paso sencillo (...), los ojos limpios, el oído atento a su palabra de cariño. Así reina en el alma» (43)

Cualquier recuerdo de una hija o de un hijo suyo, cualquier envío entrañable de índole familiar, tiene lugar y aprecio en el espacio de la Villa. Se acumulan, con buen gusto, los mensajes de todo el mundo. Con su carga de alegría y heroísmo, de sencillez y agradecimiento.

“Villa Tevere” guarda buena parte de la historia de este camino, abierto por Dios como un nuevo brote en la vida siempre fecunda de la Iglesia de Cristo.

Mucho más importante que la casa, para el Fundador, son sus hijas y sus hijos. Junto al sagrario, donde se mantiene permanente la Presencia del Señor, nombra cada día a los que están cerca y a los que han partido lejos, pero que siguen siempre junto a su corazón.

Hoy, 9 de enero de 1960, coincidiendo con el cincuenta y ocho aniversario del Fundador, ha concluido una etapa costosa, llena de sacrificios y de fe heroica. Algo que ya forma parte de la historia y del espíritu de la Obra: «El amor a Jesucristo campea en cada rincón de esta casa»(44).

Índice: Tiempo de caminar
Siguiente: Luz de las gentes