La Obra de Dios

Omnia possibilia sunt credenti: Para los que tienen fe, todas las cosas son posibles. (Mc IX, 23)

El último jalón

Verano de 1950. El calor se deja caer, vertical y cegador, sobre la carretera de Roma a Castelgandolfo. El coche entra en la penumbra de la casa, junto al Lago: bajan el Padre y don

Alvaro. Caminan luego hacia el oratorio, ya que vienen a oficiar la Bendición con el Santísimo y un solemne “Te Deum”. Cuando el Padre levanta la Custodia, le tiemblan las manos. Y su voz también suena velada al entonar las preces.

Ha venido para comunicar personalmente a sus hijos la aprobación definitiva del Opus Dei por la Santa Sede, que ha tenido lugar el 16 de junio. Todos conocen, porque lo han vivido de muy de cerca, que las etapas jurídicas han ido precedidas por la oración, sacrificio y constante trabajo del Fundador. Así les ha enseñado, de modo indeleble, a sacar adelante las cosas de Dios.

Les hace notar el detalle de amor, por parte del Cielo, que ha elegido la fiesta del Corazón de Cristo para enviarles la aprobación de la Iglesia. Les recuerda el intenso cariño que deben profesar al Pontífice -sea quien sea-, y concretamente en este caso a Pío XII, que ha concedido esta aprobación.

También expresa su agradecimiento a los ciento veinte Obispos de todo el orbe que han enviado cartas comendaticias a la Curia Romana, solicitando la aprobación definitiva del Opus Dei.

Siente el deseo de hablar con sus hijos de «la anchura, longitud, altura y profundidad»(1) con que Pablo de Tarso describiera el ilimitado querer del Corazón de Cristo. Dios ha puesto en sus manos el quehacer de esta empresa divina en la que todos permanecen unánimes. Les dará a entender, como a aquellos primeros cristianos, las dimensiones de una entrega que hoy bendice el Papa.

Un año más tarde, el Padre convoca en España a una representación de sus hijas e hijos repartidos ya por Europa y América: se trata de celebrar el Primer Congreso General del Opus Dei. Los hombres tendrán sus días de trabajo, con el Padre, en Molinoviejo en el mes de mayo; la Sección de mujeres lo hará en Los Rosales en octubre.

Las reuniones con el Fundador son sencillas. Importantes por cuanto se está hablando en ellas: la expansión del espíritu del Opus Dei, los apostolados que han de abrirse en el mundo entero. Sencillas, porque así es la actitud de Monseñor Escrivá de Balaguer siempre. Cuando preside, medita sus palabras con prudencia y sentido sobrenatural. Expone los temas con mente clara, jurídica. Dedica horas de estudio a cada problema. Lo piensa en la oración. Tiene un serio respeto a la libertad de opinión. Y confía por completo en sus hijos, en los que apoya el peso y el amor de la Obra. Su presencia llena las situaciones de humanidad afectuosa y serena: «las cosas urgentes pueden esperar y las más urgentes deben esperar»(2), les dice.

A su lado se perfilan los rasgos del modo de gobernar. Le oirán decir que «los cargos en el Opus Dei son cargas»(3) y no significan más que una exigencia de servicio, disponibilidad y entrega. No existe en el Opus Dei un gobierno personal; las resoluciones se toman en un consenso colegial. A los directores, que han de impulsar el quehacer de sus hermanos en todo el mundo, les hace ver la urgencia de Dios para salir al encuentro de las almas y les explica que ha llegado el momento de cambiar aquel ¡calma! que como exigencia de los primeros momentos les había recomendado, por ¡deprisa, al paso de Dios!(4).

También les anima a pedir la santidad para cuantos trabajan y se acercan a esta parcela de la Iglesia, que es la Obra, a pesar de los defectos patentes e innegables que puedan tener: a nadie deben asustar los propios errores o los de los demás ya que no son impecables; eso son los ángeles. El Fundador no los quiere ángeles, sino hombres y mujeres, hijos de Dios, con la humillación de las caídas y con la lucha del esfuerzo diario(5).

Proyecta también el primer Plan de Estudios para todos los miembros de la Obra. Fiel a su convencimiento de que el desarrollo en las ciencias humanas debe llevar adscrita una madurez en las ciencias del espíritu, establece los programas con la amplitud e intensidad de la más exigente Universidad Pontificia. Aconseja el uso del latín en el estudio de la ciencia teológica como lengua perenne de la Iglesia y como vehículo universal desde los tiempos de la primitiva cristiandad romana.

La «batalla» de la formación

Desde siempre han oído comentar al Padre que uno de los más importantes enemigos, en todos los campos, es la ignorancia. Y fundamentalmente en lo que podríamos llamar las ciencias sagradas. Incluso intelectuales que exhiben una magnífica cultura en multitud de campos han interrumpido su formación doctrinalreligiosa en un eslabón casi elemental.

Por eso, la formación humana y sobrenatural ocupará un lugar primordial para esta batalla, hermosa batalla de amor y de paz, para la que Dios le ha convocado. Señala la necesidad de apoyar la vida interior en la doctrina -piedad doctrinal- y llegar al conocimiento y al amor de la fe con una sólida preparación científica.

Como esto solamente se consigue a través de un trabajo y estudio serios, es preciso hacer compatible esta dedicación con las actividades profesionales propias de cada uno de los miembros de la Obra. Y adaptar los diversos planes y programas a las posibilidades que ofrezca la formación intelectual previa.

Se delinearán ya las horas dedicadas durante los meses de invierno; la formación intensiva que se impartirá en los de verano, aprovechando las vacaciones de los diversos trabajos que ocupan las jornadas habituales. De un modo flexible, y durante varios años, los miembros Numerarios y Agregados del Opus Dei, en las dos Secciones, cursarán Filosofía y Teología. A esto se añade el resto de las asignaturas que integran los programas de las Universidades Pontificias. Todos reciben, igualmente, formación doctrinal-religiosa en clases, charlas y cursos de retiro espiritual que se desarrollan durante el año completo. Las Numerarias Auxiliares de la Obra cursarán programas de acuerdo con sus circunstancias, pero recibirán la misma formación en cuanto a la doctrina de la Iglesia y el espíritu de la Obra.

Los miembros Supernumerarios del Opus Dei, en ambas Secciones, compartirán sus obligaciones profesionales y su vida familiar -en su mayoría casados- con programas completos de formación en el orden doctrinal-religioso.

En un futuro próximo, tanto los clérigos como los laicos de la Obra estarán en condiciones de impartir, a sus hermanos y hermanas más jóvenes en el Opus Dei, las clases y medios de formación establecidos en programas sucesivos, independientes para cada Sección.

Al acabar esta reunión en la que se fijan las líneas de una tarea ingente, Su Santidad Pío XII enviará un telegrama cuyo texto cierra estas jornadas de trabajo. Desea de corazón la luz y la gracia del Cielo para este Congreso General y espera, siempre, un incondicional y eficaz servicio a la Iglesia. Imparte al Fundador y a todos los Congresistas Su Bendición Apostólica. Está firmado por Monseñor Montini, Sustituto de la Secretaría de Estado.

Hogar universal

Cuando se cruza la puerta de un Centro del Opus Dei, en cualquier lugar del mundo, se reconoce, inmediatamente, un inconfundible aire de familia: un ambiente grato, donde la unidad y el afecto son alfombra que suaviza la vida de todos.

Por eso, en una tertulia numerosa celebrada un domingo de junio de 1974, en Argentina, el Padre puede sostener este diálogo con uno de sus hijos. La voz le habla desde el patio de butacas de un salón de conferencias:

-«Mi madre está muy contenta con mi vocación, lo que pasa es que ella a veces se preocupa, y piensa qué va ser de mí cuando sea viejo... Dice que no voy a tener familia... Y como ella está acá, al lado mío, yo quiero que usted le explique (...) que tenemos familia».

Y el Padre responde:

-«Tú ya sabes que tu hijo tiene familia y tiene hogar; y que morirá rodeado de sus hermanos con un cariño inmenso. ¡Feliz de vivir y feliz de morir! ¡Sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte! ¡A ver quién dice por ahí esto! (...). ¡Es el mejor sitio para vivir y el med or sitio para morir: el Opus Dei! ¡Qué bien se está, hijos míos!(6) » .

Pero esta unidad y afecto de familia han tenido que ser defendidos muchas veces en la historia de la Obra. A causa de estas circunstancias adversas, en la vida del Opus Dei hay costumbres que han nacido «con naturalidad, como brota el agua del manantial». De cada situación surgieron las Consagraciones de la Obra, que -como decía el Prelado del Opus Dei, don Alvaro del Portillo-, «han sido como arrancadas por Dios Nuestro Señor, al atravesar (...) momentos muy duros de incomprensión, de calumnia, de soledad: de soledad humana, porque siempre hemos estado todos tan pegados a nuestro Padre y nuestro Padre tan pegado a Dios (...), que nunca nos hemos sentido solos»(7).

Se refiere a momentos en los que el Fundador del Opus Dei vuelve a poner en manos de la Providencia la totalidad de su tarea. Su vida y la de aquellos que le han seguido. Y con él, unánimes, todos los miembros de la Obra.

La primera Consagración tendrá lugar el 14 de mayo de 1951. El Fundador quiere poner, bajo la mirada protectora y amable de Jesús, María y José, a las familias de los miembros del Opus Dei, para que logren participar de la alegría y la paz de la Obra. Para que Dios les conceda un gran cariño por la vocación de sus hijos.

Es una etapa difícil, y la contradicción pesa. Las falsas interpretaciones han surgido ya en España; pero, en Roma, centro de la Iglesia, toman con facilidad el camino de la Curia y de la Santa Sede. Algunas familias de los primeros miembros italianos de la Obra se angustian ante las opiniones de personas a quienes conceden amplio crédito.

El Fundador, que tiene un afecto sincero por los padres de sus hijos, sufre por la duda y el temor que puede asaltar el ánimo de estos hogares. Y también por las dificultades injustas que algunos ponen a la fidelidad de las vocaciones italianas.

Por eso, este día de mayo, en un oratorio todavía en construcción dentro de “Villa Tevere”, superando la prisa de su fe al esfuerzo realizado por los encargados de las obras, hace el Padre la Consagración de todas las familias de los miembros de la Obra a la Sagrada Familia de Nazaret. Una pintura de escuela italiana del siglo XVII que representa a la Sagrada Familia será el futuro retablo.

Esta Consagración, que se renueva anualmente, ha quedado grabada en una lápida de mármol, con la fecha de su primer ofrecimiento. En ella quiere hacer partícipes a todas las familias del espíritu del Opus Dei, del calor de su propia vida, de la grandeza y la paz de esta llamada divina. Les desea la felicidad, en la tierra y en el Cielo, junto a aquellos, hijos que se han entregado generosamente para andar, en la Obra, los caminos de Dios.

Suele repetir el Fundador a los miembros de la Obra que deben el noventa por ciento de la vocación a sus padres. Tan alta responsabilidad les concede.

Y, años después, seguirá insistiendo ante un grupo de familiares:

«No habéis terminado vuestra misión; tenéis una gran labor que hacer con vuestros hijos, una labor maravillosa, paterna y materna: santificarlos con vuestra oración (...), con vuestra vida profesional; poniendo en cada momento la última piedra»(8).

En este día romano de 1951, el Fundador pone la serenidad de cada hogar en manos de María y José. Porque ellos velaron y supieron entregar, para que cumpliera su destino, al Hijo de Dios hecho Hombre entre los hombres.

A través de los montes

Hacia el año 1940, el Padre cuenta a Alvaro del Portillo que había estado pensando en su paisano aragonés San José de Calasanz, un hombre muy santo, a quien maltrataron injustamente logrando desmembrar la orden religiosa de su fundación, que no lograría rehacerse hasta muchos años después de su muerte. Y comenta: «He pensado que me puede ocurrir lo mismo, y desde ahora lo acepto»(9).

Tiene el Padre treinta y ocho años, y en su apasionada entrega a la Obra y a sus hijos ha imaginado lo más doloroso, lo más sombrío que Dios pudiera permitir sobre su vida. Y Alvaro se queda helado ante la aceptación rendida de este casi imposible acontecimiento. Volverá a recordar esta conversación once años más tarde. Estamos en el verano de 1951 y el Fundador lleva varios meses intranquilo. No sabe nada, no le han dado ninguna noticia adversa, pero siente en el corazón la marejada de un peligro que no puede definir. Y le dice a don Álvaro:

-«Está pasando algo; no sé lo que es, pero algo está sucediendo... »(10) .

Y como no hay ninguna fuerza humana a la que pedir ayuda, recurre, como siempre, al poder del Cielo. Es Ferragosto, hace mucho calor y las carreteras de Italia están llenas de coches. Sin embargo, decide salir el día 14 por carretera hacia Loreto, para estar allí el día 15, y consagrar la Obra a la Santísima Virgen.

Los alumnos del Colegio Romano de la Santa Cruz se encuentran en un curso de verano en Castelgandolfo. El Padre llega muy de mañana a verles. Les pide que recen, que acudan a la Virgen, que es Madre de todos y seguridad en cualquier riesgo. Se dan cuenta de que ocurre algo y quieren compartir el peso del Fundador. Ofrecen su trabajo, su vida, su oración, todo... También sus hijas piden a Dios que ayude al Padre.

El día 14 salen de Roma el Fundador y don Álvaro camino de Loreto. El calor es sofocante y la sed se dejará sentir durante todo el trayecto. La carretera corre entre valles, se empina para escalar los Apeninos y desciende, en la última parte, hasta llegar al Adriático.

Según una tradición multisecular, desde 1294 la Santa Casa de Nazaret está en la colina de Loreto, bajo el crucero de la Basílica edificada con posterioridad. Es rectangular, con muros de unos cuatro metros y medio de altura. Una pared es de factura moderna, pero las otras, desprovistas de cimientos, ennegrecidas por el humo de los cirios, son originales. Su estructura y la formación geológica de los materiales no tienen parecido alguno con los caracteres de la antigua arquitectura de la zona: es perfectamente análoga a las construcciones que se realizaban en Palestina hace veinte siglos: sillares de piedra arenosa, que utilizaban la cal como elemento de unión.

El Santuario se apoya sobre una loma cubierta de laureles -de ahí el nombre-, brillando al sol. Aparcan en la plaza Central y el Padre sale rápidamente del coche. Durante quince o veinte minutos, le pierden entre la gente que llena la Basílica. Al fin sale, después de saludar a la Virgen, sonriente y animoso. Son las siete y media y hay que volver a Ancona para pasar la noche.

A la mañana siguiente, antes de que el sol se deje caer con aplomo, vuelven a la carretera. A pesar de lo temprana que es la hora, el Santuario está repleto. El Padre se reviste en la sacristía y avanza hacia el altar de la Casa de Nazaret para celebrar la Misa. El pequeño recinto está atestado y el calor es sofocante.

Bajo las lámparas votivas, quiere oficiar la Liturgia con toda devoción. Pero no ha contado con el fervor de la muchedumbre en este día de fiesta:

«Mientras besaba yo el altar cuando lo prescriben las rúbricas de la Misa, tres o cuatro campesinas lo besaban a la vez. Estuve distraído, pero me emocionaba. Atraía también mi atención el pensamiento de que en aquella Santa Casa -que la tradición asegura que es el lugar donde vivieron Jesús, María y José-, encima de la mesa del altar, han puesto estas palabras: “Hic Verbum caro factum est”. Aquí, en una casa construida por la mano de los hombres, en un pedazo de la tierra en que vivimos, habitó Dios»(11).

Durante la Misa, sin fórmula alguna pero con palabras llenas de fe, el Padre hace la consagración de la Obra a la Señora. Y, después, hablando en voz baja a los que están a su lado, vuelve a repetirla en nombre de todo el Opus Dei:

«Te consagramos nuestro ser y nuestra vida; todo lo nuestro: lo que amamos y somos. Para ti nuestros cuerpos, nuestros corazones y nuestras almas; tuyos somos (...).

Y para que esta consagración sea verdaderamente eficaz y duradera, renovamos hoy a tus pies, Señora, la entrega que hicimos a Dios en el Opus Dei (...).

Infunde en nosotros amor grande a la Iglesia y al Papa, y haznos vivir plenamente sumisos a todas sus enseñanzas»(12).

El Padre ha salido de Roma visiblemente cansado. Pero, al volver, parece renovado. Como si todo obstáculo acabara de pulverizarse en el camino de Dios. Hace unas semanas que ha propuesto a sus hijos una invocación dirigida a la Madre de Jesús; a partir de este día la repetirán para que haya continuamente almas que estén pidiendo a Santa María su protección para las dos Secciones: “Cor Mariae dulcissimum, iter” para tutum! Corazón dulcísimo de María, ¡prepáranos un camino seguro!

Las rutas del Opus Dei siempre estarán precedidas por la sonrisa y el amor de la Virgen. Una vez más, el Fundador se ha movido en las coordenadas de la fe. Pone los medios humanos, pero confía en la intervención decisiva de lo alto.

«Dios es el de siempre. -Hombres de fe hacen falta: y se renovarán los prodigios que leemos en la Santa Escritura».

"Ecce non est abbreviata manus Domini" -¡El brazo de Dios, su poder, no se ha empequeñecido !(13)

Y la Virgen, aquel día caluroso de agosto, escucha al Fundador y atiende su petición.

Por estas fechas, el Cardenal Schuster, Arzobispo de Milán -murió poco después en olor de santidad- en una visita que le hacen dos miembros de la Obra, les pregunta:

-«¿Cómo está el Padre?».

-«Muy bien», le contestan.

-«¿No tiene ahora una especial contradicción, una Cruz muy fuerte?».

-«Pues si es así, estará muy contento, porque siempre nos ha enseñado que, si estamos muy cerca de la Cruz, estamos muy cerca de Jesús»(14)

Don Juan Udaondo, que es quien ha llevado toda la conversación, escribe inmediatamente al Padre. No le asusta al Fundador, efectivamente, la Cruz. Ha repetido muchas veces que «el camino de nuestra santificación personal pasa, cotidianamente, por la Cruz: no es desgraciado ese camino, porque Cristo mismo nos ayuda y con El no cabe la tristeza.”In laetitia, nulla dies sine cruce!”, me gusta repetir; con el alma traspasada de alegría, ningún día sin Cruz»(15)

Más tarde, en enero de 1952, de nuevo el Cardenal Schuster hará llegar la voz de alarma al Padre:

«Decidle que se acuerde de su paisano, San José de Calasanz, y... que se mueva»(16).

El Padre rememora la historia de este santo aragonés.

También aquel hombre había nacido en el Somontano; también llevaba en la sangre la férrea decisión de servir a Dios, según su alta inspiración, sin acepción de sufrimientos ni contradicciones.

El Fundador se entera de que existen ciertas maniobras con la finalidad de apartarle de la Obra y dividirla en dos diferentes Instituciones: una de hombres y otra de mujeres, separadas de la unívoca dirección del Fundador. Con santa valentía protesta y pone todos los medios, porque sabe que esta idea contradice la Voluntad de Dios. Pone en sus argumentos toda la voluntad y la fuerza de su temperamento, pues tiene la determinación de cumplir los designios divinos y espera en la poderosa intercesión de la Virgen, a quien ha acudido en busca de ayuda.

Pronto la situación se aclara y la Obra, intacta, sigue su camino. Monseñor Escrivá de Balaguer hace colocar, junto a su cama, un pequeño cuadro con la imagen de José de Calasanz:

«Había un gran santo (...). Era español, aragonés, pariente mío por parte de mi padre y de mi madre. Vivió muchísimos años aquí, en Roma, donde le hicieron sufrir mucho. La vida suya es un encanto (...).

Pues este hombre murió muy viejo, a los noventa y tantos años, sirviendo a los pobres de los barrios extremos, habiendo padecido toda clase de calumnias y de injurias. Lo llevaron a la Inquisición cuando era muy anciano -con toda solemnidad, por supuesto-, para que fuera ludibrio de la gente de la calle. Llegó al Santo Tribunal y, mientras lo estaban juzgando, se durmió. Tenía paz en su conciencia (...).

Pues él decía: si quieres ser santo, sé humilde; si quieres ser más santo, sé más humilde; si quieres ser muy santo, sé muy humilde (...).

Llega un momento en el que a uno no le importan nada todas las cosas de la tierra (...), pero para esto hay que hacer ese des prendimiento » (17).

Por eso, porque no busca nada más que la gloria de Dios, igual que su paisano, recibe, una vez más, la respuesta afirmativa del Cielo.

Una lápida que se alza en “Villa Tevere” conmemora, con palabras de fe y unidad, estos acontecimientos:

«Cuando estas casas se alzaban en servicio de la Iglesia a fuerza de una abnegación mayor en cada jornada, permitía el Señor que de fuera vinieran duras y ocultas contradicciones, mientras el Opus Dei, consagrado al Corazón Dulcísimo de María el XV de agosto de MDCCCCLI, y al Corazón Sacratísimo de Jesús el XXVI de octubre de MDCCCCLII, firme, compacto y seguro se fortalecía y dilataba. “Laus Deo”».

Vocación docente

Los primeros miembros del Opus Dei recuerdan la pasión con que el Padre estudiaba la posibilidad de establecer centros docentes. Juan Jiménez Vargas oyó de sus labios una clarísima exposición acerca de estas iniciativas en el ámbito de la enseñanza.

Serían promovidas por algunos de los miembros de la Obra dedicados profesionalmente a la docencia, ya que otros muchos preferirían seguir trabajando en áreas del Estado o de entidades privadas. «Puedo asegurar -concluye- que, cuando me hablaron del planteamiento de la Universidad de Navarra, casi veinte años después, no me sorprendió nada, porque era idea conocida». El propio Fundador expone así el proyecto de la Universidad de Navarra: «Surgió en 1952 -después de rezar durante años: siento alegría al decirlo- con la ilusión de dar vida a una institución universitaria, en la que cuajaran los ideales culturales y apostólicos de un grupo de profesores que sentían con hondura el quehacer docente. Aspiraba entonces -y aspira ahora- a contribuir, codo con codo con las demás universidades, a solucionar un grave problema educativo: el de España y el de otros muchos países, que necesitan hombres bien preparados para construir una sociedad más justa» (19)

«Esta es una Universidad más de España. Yo amo a la Universidad: me honro de haber sido alumno de la Universidad española»(20).

Efectivamente, su licenciatura en Zaragoza, los estudios eclesiásticos en su Universidad Pontificia, los años de profesor en Zaragoza y Madrid así como los Doctorados civiles y teológicos, las investiduras Honoris Causa en Filosofía y Letras y los nombramientos de Gran Canciller de Navarra y Piura, avalan su total dedicación a la Universidad. Y, sobre todo, la entrega de su esfuerzo a la formación de una juventud que acude a las aulas de todo el mundo.

Monseñor Escrivá de Balaguer es, en el sentido más total de la palabra, un universitario. Un hombre universal que se enfrenta a empresas de envergadura con el espíritu de los magnánimos:

«Miremos con ánimo grande hacia el porvenir. Ayudar a forjarlo es labor de muchos, pero muy específicamente empeño vuestro, profesores universitarios. No hay Universidad propiamente en las Escuelas donde, a la transmisión de los sabores, no se una la formación enteriza de las personalidades jóvenes»(21).

El ideal cristiano no se aparta de los problemas que afectan a una sociedad y en un momento histórico, sino que contribuye a resolverlos, precisamente, desde el espíritu cristiano.

Este es el motivo por el que la Obra, corporativamente, se implica en diversas iniciativas. Pero con un criterio claro de que el Opus Dei aborda actividades que constituyan, de modo evidente, un apostolado cristiano.

En «Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer», el Padre concluía:

«Para llevar adelante estas labores se cuenta en primer lugar con el trabajo personal de los miembros, que en ocasiones se dedican plenamente a ellas. Y también con la ayuda generosa que prestan tantas personas, cristianas o no. Algunos se sienten movidos a colaborar por razones espirituales; otros, aunque no compartan los fines apostólicos, ven que se trata de iniciativas en beneficio de la sociedad, abiertas a todos, sin discriminación alguna de raza, religión o ideología» (22).

Emprende la tarea de promover la Universidad de Navarra, convencido de que el Señor quiere este servicio a la cultura cristiana; con la confianza de que vale la pena iniciarlo con decisión y generosidad, y que no pueden faltar los medios para llevarlo a cabo; y con un amor muy grande a las almas, capaz de superar las dificultades de todo género que habrán de presentarse.

Con este esquema para el futuro centro docente, llegan a Pamplona, en 1952, don Amadeo de Fuenmayor y don José María Albareda. Pamplona es una ciudad con dos mil años de historia, con gentes de ruda sinceridad y lealtad probada. Parece un símbolo que Navarra haya sido elegida por el Padre para levantar este empeño porque, ya en 1652, dice la ley 42 de la Corte:

«Y ansi el hacerse la Universidad de Navarra, y con toda presteza, no sólo es de gran servicio a Dios Nuestro Señor sino bien público y común de este Reyno».

Los dos profesores llegan en el mes de abril y se entrevistan con las autoridades civiles y eclesiásticas. Cuentan con las dificultades. Entre otras, tal vez la más importante: conseguir la aceptación de un proyecto docente que rompe con el sistema de monopolio estatal, vigente en materia universitaria desde hace más de cien años. Se remonta a medio siglo el tiempo desde el que no se ha creado una nueva Universidad en España, y no parece sentirse necesidad alguna de aumentar las existentes.

Por si esto fuera poco, no se cuenta con medios económicos para constituir un patrimonio ni para afrontar la financiación de los terrenos, edificios e instalaciones imprescindibles. Tampoco se ve la forma de atender el déficit de sostenimiento: la cuantía de los derechos de inscripción de los estudiantes es muy baja y es de prever un presupuesto fuertemente deficitario.

Pero la fe sobrenatural del Padre y el ímpetu del Amor de Dios que le mueve, en éste como en todos los apostolados que emprende, les contagia e impide cualquier vacilación ante un proyecto que a muchos puede parecer locura. A ninguno de sus hijos se le plantea duda alguna acerca de si va a salir o no adelante la Universidad de Navarra.

En el mes de abril de 1952, don Amadeo de Fuenmayor y don José María Albareda comunican a don Enrique Delgado, entonces Obispo de la ciudad navarra, el deseo de Monseñor Escrivá de Balaguer de promover en Pamplona un centro de enseñanza superior. En julio volverán, para presentarle al que va a ser Director del Centro: Ismael Sánchez Bella.

El primer mes que Ismael pasa en Pamplona lo dedica íntegramente a la búsqueda de un local apropiado para empezar las clases. La Diputación, que había prometido amplia ayuda económica unos meses antes, acuerda conceder 150.000 pesetas «por dos años y a prueba». Ante esta oferta, a Ismael no le parece prudente dar un paso más sin consultar al Padre la posibilidad de llevar el proyecto universitario a otra ciudad donde se pueda encontrar más ayuda. Pero el Padre le anima a seguir y observa:

«Nunca nos han regalado nada: hay que ganárselo»(23).

La Diputación accede a que la Facultad de Derecho, con la que va a dar comienzo la vida universitaria en la ciudad, pueda instalarse provisionalmente en la Cámara de Comptos Reales. Se trata de un edificio del siglo XVI, antigua Casa de la Moneda y Tribunal de Cuentas del Reino.

También los profesores, nueve en total, de los cuales cuatro son navarros, consiguen alquilar un piso en una calle céntrica y próxima a la futura sede universitaria. El 13 de septiembre de 1952 pasarán a ocuparlo. Es la víspera de la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Apenas hay en todo el inmueble algo más que una silla para cada uno. Pero Ismael tiene la suerte de estar rodeado de un pequeño grupo de optimistas incontenibles.

Los días que preceden a la inauguración de la Escuela de Derecho son de gran actividad. Hasta altas horas de la noche se estará trabajando en la Cámara de Comptos. Amanece, por fin, la mañana del día 17 de octubre y, con ella, los imprevistos..., las togas a punto, el borrador de una conferencia, los últimos detalles de instalación...

A las diez y media, se celebra la Misa del Espíritu Santo en el altar de la Virgen del Camino, Patrona de Pamplona. Luego, el cortejo se traslada a la Cámara de Comptos Reales. Aquellas habitaciones, llenas de polvo y con aire de museo histórico, han recuperado su brillantez de otros tiempos: bancos tapizados de terciopelo rojo, mesas de estilo español. Y, al frente, un repostero bordado en colores brillantes: en pie, la figura del Arcángel San Miguel que sostiene en sus brazos el escudo de Navarra, cruzado por las cadenas del Rey don Sancho. Alrededor, unas palabras circunvalando el dibujo: Estudio General de Navarra.

En el Salón de Actos de la Diputación Foral se celebra, después, un Acto Académico. Preside el Rector Magnífico de la Universidad de Zaragoza, y asisten las autoridades provinciales y locales, muchos catedráticos, magistrados, abogados y público. Los profesores llevan la toga respectiva. Dos jefes de protocolo conducen la ceremonia. Hay presentaciones, discurso y lección magistral. A las dos de la tarde, todo ha concluido. Comienza su singladura, pequeño pero ávido de proezas, este barco que hoy ha soltado sus amarras. Sus profesores habrán de ganarse, en arduo esfuerzo, la confianza, el prestigio y el reconocimiento. Parece que hasta el bedel, único en estos primeros tiempos, está convencido de la trascendencia de este acto inaugural. Felipe es timbalero de la Diputación y barítono del Orfeón Pamplonica. Buena voz para llamar cada mañana, amistosamente, a los cuarenta y un alumnos que componen esta primera promoción. Para ser espectador de un crecimiento incesante al que abrirá las puertas en años venideros.

Desde el principio, el Estudio General es para todos los que quieran acudir, con lealtad y empeño, poniendo las fuerzas vivas con que cuenta a su disposición. En palabras de Monseñor Escrivá de Balaguer, estos estudios «están abiertos a todos los que merecen estudiar, sean cuales fuesen sus recursos económicos»(24). «La Universidad debe estar abierta a todos y, por otra parte, debe formar a sus estudiantes para que su futuro trabajo profesional esté al servicio de todos» (25) .

También pedirá el Fundador una apertura total al estudio de cuantos problemas plantee la sociedad, la historia, la situación temporal del entorno humano. Ahora bien, cuando el periodista Andrés Garrigó le pregunta, en 1967, acerca de la posibilidad de admitir en el recinto universitario el desarrollo de actividades políticas por parte de estudiantes y profesores, responde sin titubear:

«Me parece que sería preciso, en primer lugar, ponerse de acuerdo sobre lo que significa política. Si por política se entiende interesarse y trabajar en favor de la paz, de la justicia social, de la libertad de todos, en ese caso, todos en la Universidad, y la Universidad como corporación, tienen obligación de sentir esos ideales y de fomentar la preocupación por resolver los grandes problemas de la vida humana.

Si por política se entiende, en cambio, la solución concreta a un determinado problema, al lado de otras soluciones posibles y legítimas, en concurrencia con los que sostienen lo contrario, pienso que la Universidad no es la sede que haya de decidir sobre esto.

La Universidad es el lugar para prepararse a dar soluciones a esos problemas; es la casa común, lugar de estudio y de amistad; lugar donde deben convivir en paz personas de las diversas tendencias que, en cada momento, sean expresiones del legítimo pluralismo que en la sociedad existe»(26)

Pero esto no significa «neutralidad» ante los avatares históricos: «La Universidad sabe que la necesaria objetividad científica rechaza justamente toda neutralidad ideológica, toda ambigüedad, todo conformismo, toda cobardía: el amor a la verdad compromete la vida y el trabajo entero del científico, y sostiene su temple de honradez ante posibles situaciones incómodas, porque a esa rectitud comprometida no corresponde siempre una imagen favorable en la opinión pública»(27).

Similares acontecimientos marcarán el comienzo de la Facultad de Medicina en octubre de 1954. Juan Jiménez Vargas, que ha vivido tantas primeras horas junto al Padre, vendrá una vez más a impulsar este apostolado del Opus Dei. Es Catedrático de Fisiología de la Universidad de Barcelona y programará la docencia de asignaturas básicas para la carrera. En 1958 llegará el profesor Ortiz de Landázuri, como organizador de las enseñanzas clínicas en esta nueva Facultad instalada en un edificio del Hospital Civil de Pamplona.

Eduardo Ortiz de Landázuri conocerá al Fundador del Opus Dei después de haber pasado a formar parte del Cuerpo Académico de la Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra. Y conservará siempre un recuerdo vivísimo de esta experiencia:

«Aquella conversación con el Padre duró unos minutos y fue tan entrañable, que rápidamente, después de besarme una y otra vez y de sentarme a su lado, me sentí como si hubiera estado en el Cielo. Con la mayor confianza le conté mi vida, la vida de Laurita -mi mujer-, y de mis siete hijos; mi amor a la Universidad, etc. El, con gesto cariñosísimo y buen humor, me interrumpió para preguntarme:

-Y tú, ¿a qué has venido a Pamplona? Muy ufano contesté:

-Para ayudar a levantar esta Universidad.

El Padre, con la rapidez que le caracterizaba, me dijo con energía y levantando la voz:

-Hijo mío, has venido a hacerte santo; si lo logras, habrás ganado todo.

Entonces, levantando incluso un poco más la voz y dirigiéndose a los presentes -que sólo entonces pude reconocer: don Álvaro del Portillo, don Javier Echevarría, don Florencio Sánchez Bella, don Amadeo de Fuenmayor y Antonio Fontán-, insistió y dijo:

-Esto lo digo para todos, cada uno donde esté; lo importante es el camino de la santidad personal. Y para mí mismo también»(28).

Esta vez, en el contexto de un diálogo personal, el Fundador vuelve a dejar claros los fines últimos de toda actividad: no se trata de instrumentalizar los hechos con fines ajenos a sí mismos sino de llevar las cosas a su más alta dimensión y significado. El Padre suele decir que hay que «elevar las cosas al orden de la gracia». Sin perder nada de su condición humana, cultural, social, estarán transfiguradas con el fin sobrenatural que les corresponde.

El comienzo de la Facultad de Medicina lleva consigo el establecimiento de la Clínica Universitaria; el mismo año 1954 empieza también la Escuela de Enfermeras. En 1955 se pone en marcha la Facultad de Filosofía y Letras; y en 1958 se promueve la creación del Instituto de Periodismo, que habrá de convertirse en Facultad de Ciencias de la Información. En el mismo año comienza en Barcelona el Instituto de Estudios Superiores de la Empresa. En 1959 inician sus actividades la Facultad de Ciencias y el Instituto de Derecho Canónico, que al año siguiente se convertirá en Facultad.

En el curso académico 1986-87, la Universidad contará con 1.148 profesores; 1.477 colaboradores no docentes; 13.123 alumnos en cursos regulares, y más de 8.652 participantes en programas de formación permanente.

El Fundador recibe el nombramiento de Gran Canciller de la Universidad. Es la máxima representación Académica. En 1954 se constituye la Asociación de Amigos de la Universidad, de la que forman parte todos los que, libremente, quieren aportar su dinero, su esfuerzo, su colaboración y su oración para sacar adelante esta empresa. De ella forman parte personas -españolas y extranjeras- de todos los estamentos sociales. Con su ayuda se amplía, cada vez más, la posibilidad de ofrecer becas a estudiantes de países que inician el camino de su desarrollo.

En 1967, el Gran Canciller se dirigirá a esta Asociación:

«Vosotros, Amigos de la Universidad de Navarra, sois parte de un pueblo que sabe que está comprometido en el progreso de la sociedad, a la que pertenece. Vuestro aliento. cordial, vuestra oración, vuestro sacrificio y vuestras aportaciones no discurren por los cauces de un confesionalismo católico: al prestar vuestra cooperación, sois claro testimonio de una recta conciencia ciudadana, preocupada del bien común temporal; atestiguáis que una Universidad puede nacer de las energías del pueblo, y ser sostenida por el pueblo»(29).

En mayo de 1974, durante su última estancia en Navarra con motivo de la investidura de Doctores honorís causa, mientras el Rector Magnífico, el Excelentísimo Doctor don Francisco Ponz, le acompaña y ayuda a revestirse con las vestes académicas, el Fundador le dice:

«Paco, tenemos que ponernos esto por algún motivo sobrenatural, porque si no, no tendría sentido »(30)

Y unas horas más tarde, en la última tertulia emocionada con los amigos y profesores de la Universidad, que le reciben con una ovación:

«Esos aplausos son para vosotros... Para vosotros que os lo merecéis, que hacéis posible, con vuestra oración y con vuestro sacrificio económico, toda la labor de la Universidad de Navarra: Dios os bendiga (...).

Estáis viviendo aquello que dice San Marcos: “Omnia possibilia sunt credentí”: para el que tiene fe, todas las cosas son posibles. Vosotros habéis hecho realidad la Universidad de Navarra. Y yo estoy lleno de agradecimiento, conmovido: ¡gracias!»(31)

Este ha sido el motor, la única fuerza que puso en marcha, una vez más, uno de los centros universitarios más prestigiosos de España.

Educar en la verdad

A once kilómetros de Bilbao, en el Municipio de Lejona, está enclavado el Colegio Gaztelueta. El escudo exhibe una cartela en la que se puede leer: «Sea nuestro sí, sí; sea nuestro no, no». Sencillez enseñada por Jesús en el Evangelio que exige un recio acoplamiento a la verdad: una honradez que ha de ponerse al descubierto y educarse desde los primeros años de la vida.

Insistentemente, unas cuantas familias vizcaínas habían pedido a Monseñor Escrivá de Balaguer la creación de un centro de segunda enseñanza dirigido por personas del Opus Dei. Su respuesta no se hizo esperar:

-«Es cosa vuestra; si hacéis vosotros el colegio, nos haríamos cargo de él»(32).

A partir de este momento, el colegio figurará como obra corporativa del Opus Dei. Y la Obra responde ante los padres que han de erigir y mantener el centro docente, de que la formación integral que se dará a los alumnos habrá de ser idónea en cuanto a preparación humana y cultural pero, especialmente, orientada según los principios del espíritu cristiano.

Inmediatamente se formará una comisión de padres de futuros alumnos. Se inician las gestiones de solar y construcción. Y luego, se pone en marcha un sistema de aportaciones para lograr una pronta dotación. La primera fase del colegio se acondiciona en un chalet edificado en lo más alto de una pequeña colina y con todo el aire de un caserío del País Vasco. Tiene, además, espacios para zonas de deporte.

Gaztelueta contará con un puñado de profesores preparados intelectualmente e ilusionados con la labor educativa que se les avecina. Hay entre estos primeros dos químicos, dos Doctores en Filosofía, un profesor de Bellas Artes y un Doctor en Derecho. Algunos serán de la Obra; otros no pertenecerán al Opus Dei. Antes de llegar conocen, de modo personal, por propia comunicación del Fundador', la importancia de su tarea:

«Hacedlos leales, sinceros, que no tengan miedo a deciros las cosas. Para eso, sé tú leal con ellos, trátalos como si fueran personas mayores, acomodándote a sus necesidades y a sus circunstancias de edad y de carácter. Sé amigo suyo, sé bueno y noble con ellos, sé sincero y sencillo»(33).

Durante el verano de 1951 varios miembros de la Obra que son profesores residen en Bilbao, en la calle del Correo número 12. Allí, con muchas horas de trabajo y dedicación, elaboran el programa de estudios, de acuerdo con la legislación vigente. En agosto se da a conocer el colegio a las familias de Bilbao. Desde el principio se prevé también el acceso a las clases de alumnos que tienen necesidad de trabajar la jornada completa, o que han alcanzado la edad adulta sin opción a las posibilidades de la cultura. Los estudios nocturnos se iniciarán más tarde, con idénticos medios y profesores cuidadosamente preparados. De nueve de la mañana a diez de la noche, Gaztelueta permanecerá en actividad.

La inauguración tiene lugar el 15 de octubre de 1951. A pesar del intenso aguacero que cae sobre la zona, se superan los obstáculos a fuerza de entusiasmo. Todos, desde el Director hasta el jardinero, Miguel Goti, y el conductor del autobús, Josemaría Aurtecoechea, están «al pie del cañón» para solucionar cualquier contratiempo. Medio centenar de alumnos van a iniciar la formidable tarea de hacerse hombres, personas, en toda la dimensión de la palabra. El verde de los árboles añosos y recién lavados por la lluvia parece enmarcar las palabras que han oído, tantas veces, al Fundador de la Obra: la educación debe formar «hombres y mujeres íntegros (...), capaces de vivir en el mundo su aventura divina».

Educar consiste en realizar una espléndida siembra de verdad: «El error no sólo oscurece las inteligencias, sino que divide las voluntades. Sólo cuando los hombres se acostumbren a decir y a oír la verdad, habrá comprensión y concordia»(34).

Monseñor Escrivá de Balaguer visitará por primera vez “Gaztelueta” en octubre de 1953. Llega, con don Alvaro del Portillo, para permanecer en el colegio veinticuatro horas. Cuando los alumnos están haciendo deporte, se asoma a la balconada lateral de la casa, frente a la Ría. Y al ver aquella muchachada que juega y ríe a la sombra de sus maestros y amigos, les envía su bendición, de Padre y de sacerdote, desde aquella panorámica privilegiada. Piensa, sin duda, en estas vidas jóvenes que son germen para llenar de sentido divino la historia del mundo.

En dos años, 1951 y 1952, ha puesto el Fundador la semilla de dos Centros que cubren los extremos de la docencia: Gaztelueta y la Universidad de Navarra. Serán el comienzo de una larga lista en España y en el mundo: México, Kenia, Estados Unidos, Italia, Inglaterra, Irlanda, Alemania, Portugal, Guatemala, Colombia, Venezuela, Francia, Ecuador, Argentina, Perú, Chile, Japón, Filipinas...

Las ideas del Fundador cristalizarán en el trabajo de algunos miembros de la Obra que, junto a otras muchas personas ajenas al Opus Dei, pondrán en marcha sociedades y cooperativas de padres, para promover y dirigir centros de enseñanza. A la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer, una de estas instituciones contaba con más de veinte colegios masculinos y femeninos, por los que habían pasado ya miles de alumnos.

En el Corazón de Cristo

La Obra se hace extensa. Y empieza a sonar su eco en los trabajos profesionales. No todos van a comprender la dedicación de cada uno de los miembros del Opus Dei a las tareas de su tiempo. El Padre vuelve a sufrir la crítica de minorías que no aciertan a entender la libertad de actuación que tienen los miembros de la Obra, como todos los cristianos, en el orden temporal. En 1952 parecen confabularse las dificultades. De una parte las de orden material, ya que en Roma siguen construyéndose los edificios de la Sede Central, y los apuros económicos son constantes.

Pero, sobre todo, existen otros obstáculos. El Opus Dei se abre camino fatigosamente, y determinadas personas calumnian constantemente a la Obra y al Padre. Nadie pierde la serenidad, pero parte del esfuerzo que necesitan para la expansión que les urge ha de emplearse en aventar «cortinas de humo» que impiden la visión clara del espíritu que viven.

El Padre recomienda a todos que pidan a Dios, muchas veces al día, la paz. Primero la paz interior, la paz del alma, que es el don prometido aquí en la tierra a los hombres de buena voluntad. Luego, la paz exterior, para que la Obra, superadas todas las incomprensiones, marche con paso firme, largo y seguro, por los caminos de Dios. También la paz económica, porque es constante la preocupación por las necesidades de toda índole a que deben hacer frente. Y, finalmente, la paz del mundo.

Recurre nuevamente a la protección del Cielo. Es su única respuesta. La mejor dialéctica que conoce y que practica: rezar, para conseguir la luz a los que andan a oscuras y la seguridad confiada a los que han sido elegidos por Dios. Esta vez llama en su ayuda al Corazón de Cristo. A este Dios que en el mundo de los hombres paseó su amor y su mirada por los trigos y los mares, por los quehaceres y zozobras de la existencia cotidiana, por los oficios y afanes de cuantos se cruzaron con El por los caminos de la tierra. Jesús de Nazaret, que escuchó de Pedro los azares de la pesca; de Juan, los deseos de una adolescencia limpia; de Mateo, los problemas del cambio y del impuesto; de la fiesta de bodas, la desilusión de un vino escaso... Jesús de Nazaret, que convivió las nimias grandezas del trabajo y de la tierra, será el mejor escudo para cubrir los afanes de la Obra, su quehacer habitual por todo el mundo.

«Me acordé de que, cuando estaba de director en San Carlos, había un altar lateral con una imagen del Corazón de Jesús, mística pero humana, que invitaba a rezar. Escribí al obispo auxiliar -se hallaba la sede vacante-, pidiéndole unas fotografías, y me las enviaron enseguida. Se las enseñé a un hermano vuestro, y le comenté: mira, quiero una cosa de este estilo. Puedes hacer las variaciones que creas convenientes.

Me sentaba a su lado mientras él pintaba, ¡cuántas jaculatorias rezaba ya, invocando la protección omnipotente y la paz que Dios concede a sus hijos! Quedó una imagen muy agradable: un corazón envuelto en llamas, rodeado por la corona de espinas y rematado por la Cruz; y unos Angeles con los instrumentos de la Pasión en sus manos. Es una representación agradable y devota, que mueve a la piedad»(35).

No se ha terminado de construir “Villa Tevere”, cuyos muros aparecen aún cubiertos de andamios. Pero el cuadro se cuelga en un oratorio en la fiesta de Cristo Rey, 26 de octubre de 1952. De pie, porque no es fácil arrodillarse en aquel recinto en obras, suena la voz firme del Padre:

«Al consagrarte nuestra Obra, con todas sus labores apostólicas, te consagramos también nuestras almas con todas sus facultades; nuestros sentidos; nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras acciones; nuestros trabajos y nuestras alegrías. Especialmente te consagramos nuestros pobres corazones, para que no tengamos otra libertad que la de amarte a Ti, Señor» (36).

Desde ese día repetirá, ante dificultades de todo tipo: “Cor Iesu Sacratissimum”, dona nobis pacem!; Corazón Sacratísimo de Jesús, danos la paz. La paz y el amor. «Para que nos dejen trabajar tranquilos», añadirá después con buen humor, «y para que sepamos dar esa paz a las personas que se nos acerquen en nuestra labor»(37).

Bodas de Plata

Al entrar en “Molinoviejo”, a pocos metros de la casa y en el camino de la ermita, se puede ver una lápida que descansa sobre dos leones de granito. La inscripción tallada en la piedra conmemora las Bodas de Plata del Opus Dei.

«Aquí, en “Molinoviejo” y en esta ermita de Santa María Madre del Amor Hermoso, después de pasar con paz y alegría días de oración, de silencio y de trabajo el Fundador del Opus Dei con su Consejo General y representantes de las diversas regiones que vinieron de lejanas tierras de Europa, África y América para celebrar las Bodas de Plata de la Obra el día 2 de octubre de 1953 renovó la Consagración del Opus Dei al Corazón Dulcísimo de María que ya había sido hecha en la Santa Casa de Loreto el 15 de agosto de 1951 »(38).

Es un modo antiguo, milenario, de recordar hechos importantes. Dicen los textos sagrados que al entrar el pueblo hebreo en la tierra prometida, el Señor mandó a Josué que levantara un monumento de piedra junto a las riberas del Jordán: «Cuando un día os pregunten vuestros hijos: ¿Qué significan esas piedras?, instruid a vuestros hijos diciendo: "Israel pasó este Jordán a pie enjuto; porque Yavé, vuestro Dios, secó delante de vosotros las aguas del Jordán, como lo había hecho Yavé, vuestro Dios, con las aguas del mar Rojo, que secó delante de nosotros hasta que hubimos pasado, para que todos los pueblos de la tierra sepan que es poderosa la mano de Yavé y vosotros conservéis siempre el temor de Yavé, vuestro Dios"» (39).

En veinticinco años, la Obra de Dios se ha extendido por muchos países. Este 2 de octubre de 1953, tiene ya sabor universal, porque se levantan voces para dar gracias en diversas lenguas. Están aquí los de la primera hora. Y también muchos de los que han llegado después, atraídos por Dios al calor humano y sobrenatural de esta familia.

En el silencio del oratorio, mientras el aire vibra entre las agujas de los pinos, el Padre hace en voz alta su oración ante el Sagrario.

Don Amadeo de Fuenmayor conserva en la memoria palabras que ha meditado muchas veces a lo largo de su quehacer sacerdotal. El Fundador les habla de serenidad, porque las manos de Dios sostienen sus vidas. Les invita a pedir que se cumpla siempre, ardientemente deseada, la Voluntad de Dios. Porque Dios es Padre, lo sabe todo, lo puede todo, nos ama y lleva nuestra impotencia y nuestra duda a buen puerto. Es nuestra roca firme. Serenidad.

El eco repite también palabras de servicio, de amor a los demás, de humildad para aceptar las propias limitaciones. Ahora que están junto a él algunos de los que trabajan en un cargo de gobierno dentro del Opus Dei, les recuerda que tienen la obligación, ante Dios y ante todos, de ser humildes, de buscar la santidad.

Por lo demás, de acuerdo con el propio modo de ser de la Obra, el Padre no desea ninguna solemnidad para celebrar el veinticinco aniversario. Sabe que todos los días, aun en medio de dificultades, son fiesta en el corazón de sus hijos. Les pide, una vez más, la única condición de esta felicidad: ser fieles.

«Cumplid con mayor empeño en ese dos de octubre los deberes de vuestro trabajo, intensificad -sois almas contemplativas en medio del mundo- vuestra oración constante, sed -en esta tierra tan llena de rencores- sembradores de alegría y de paz: porque este heroísmo sin ruido de vuestra vida ordinaria será la manera más normal, según nuestro espíritu, de solemnizar las Bodas de Plata... »(40).

Muchas veces, al hablar del espíritu de la Obra, el Padre insiste en mantener un diálogo de amor con Dios a lo largo de los acontecimientos del día: ofreciendo el trabajo, hecho con la mayor perfección posible; las contrariedades de la jornada; el dolor, la alegría y la dificultad. Con la presencia de Dios en el alma y la convicción de la filiación divina, una persona puede estar dedicada en profundidad a cualquier trabajo -manual o intelectual-, con el espíritu de un «alma contemplativa, pero en medio del mundo».

El día 2 de octubre llegan a “Molinoviejo”, para estar unas horas junto al Padre, casi todos los que se han ordenado sacerdotes durante estos años. Se reúnen en un claro del pinar, al aire del otoño segoviano. El Padre se emociona cuando ve juntos, por primera vez, a sus sacerdotes, hijos de Dios en el Opus Dei.

La Secretaría de Estado de Su Santidad envía un telegrama firmado por el Monseñor Montini:

«Augusto Pontífice complacido escogidos frutos (...) Sociedad Sacerdotal Santa Cruz y Opus Dei invoca ocasión sus Bodas Plata Fundación, abundancia celestes dones mientras de todo corazón imparte vuestra Señoría y miembros de la Obra paternal bendición apostólica».

Porque el Papa sí que entiende la solemnidad oculta y silenciosa de esta fecha. Sí que aprecia la fidelidad y el servicio constantes del Fundador y de toda la Obra. Y quiere dejar constancia de ello en un documento que reviste la misma solidez conmemorativa que una lápida de piedra. Es una carta de la Dataría Apostólica que escribe el Cardenal Tedeschini, que fue Nuncio en España cuando nació la Obra:

«Y me place recordar (...) que brotó el Opus Dei en el silencio; se reveló sin ruido; se extendió sin fatiga (...), arrastrando cuantos había de generosos, de abnegados, de entusiastas.

Somos de ayer y lo hemos llenado todo; decían los primeros cristianos, y lo repiten hoy los hijos del P. Escrivá. Lo que para los extraños es asombro, para ellos es naturalidad; y para la Iglesia es orgullo y consuelo (...).

La Iglesia ha mirado complacida, pero también sorprendida, el avanzar y el estrecharse a su maternal regazo, de tantos y tan inesperados soldados, y ha creído en la caridad que los animaba y los ha reconocido por los frutos (...).

Con la Santa Iglesia y con el Augusto Pontífice, sólo Usted, querido Padre, tiene hoy el honroso derecho de elevar la mirada al Cielo, con la más fervorosa y más debida acción de gracias (...). He amado y amo lo que es digno de amor; protejo lo que veo conducir más almas a Dios; leo en los corazones, valientes y nobles, del Fundador, de esta magnífica juventud (...), el más puro amor a la Iglesia; y por lo tanto, doy todo lo que está en mi pecho para que esta armada, la verdaderamente invencible, sea mina inagotable de Apóstoles, seculares, como los primeros de Cristo, y Romanos, como los eternos del Papa» (41).

Hoy recuerda el Padre aquel día, en Madrid, cuando iba pensando que lo que había nacido el 2 de octubre de 1928, por inspiración de Dios, no debería tener nombre propio. Porque era tan íntimo, tan enraizado en el trabajo habitual, que no requería distinción nominal. Hasta que alguien le preguntó:

-«¿Cómo va esa Obra de Dios? "Fue una llamarada de claridad: puesto que debería llevar uno, ése era el nombre: Obra de Dios, Opus Dei, “Operatio Dei”, trabajo de Dios; trabajo profesional, ordinario, hecho por personas que se saben instrumentos de Dios; trabajo realizado sin abandonar los afanes del mundo, pero convertido en oración y en alabanza del Señor -Opus Dei- en todas las encrucijadas de los caminos de los hombres"»(42).

En 1953, veinticinco años más tarde, el Opus Dei ha dejado su nombre esculpido en la amistad y en la luz de muchas gentes; personas que han descubierto, en el andar de su camino cotidiano, la presencia de Dios sobre la tierra.

El Colegio Romano de Santa María

El 12 de diciembre de 1953, el Padre erige el Colegio Romano de Santa María. Es la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe. Se trata de un Centro de formación en el que se impartirá un serio plan de estudios que abarca asignaturas de Pedagogía, Psicología, Filosofía y Teología. Están destinadas a completar la preparación de aquellas mujeres del Opus Dei que van a ocuparse más directamente de tareas de docencia y formación.

No se dispone de un lugar apropiado para las instalaciones. “Villa Tevere” sigue en construcción, empinándose a golpe de andamio. Sin embargo, es necesario que un grupo de mujeres adquiera en Roma una preparación intensa, humana, espiritual y doctrinal.

De momento, se habilitan algunas zonas en el edificio destinado a la Administración de “Villa Tevere”. El 14 de febrero de 1954 empezará el primer curso, atendido por un grupo de profesores especializados. La promoción es pequeña en número pero amplia en procedencia geográfica. La llegada de las alumnas del Colegio Romano de Santa María se convierte en una fiesta para todas. Vienen de países recién estrenados por el apostolado del Opus Dei.

Desde la Administración de “Villa Tevere” es frecuente acudir en busca de las alumnas que llegan a Roma, a la Estación Termini. Y también hasta Nápoles, cuando vienen por mar.

Igual que ocurriera con el Colegio Romano de la Santa Cruz, los medios económicos son muy escasos. Se vive con lo imprescindible. Pero la carencia de tantas cosas no mengua la alegría que cruza la casa. La convivencia está marcada por el buen humor.

Al iniciarse las clases, Monseñor Escrivá de Balaguer reúne a esta primera promoción: les habla sobre la finalidad del Colegio Romano, la eficacia del estudio, la necesidad de adquirir una profunda formación teológica. Les repetirá muchas veces:

«Hijas mías, no imagináis cuánto rezo por el Colegio Romano de Santa María. Tengo allí el corazón metido: ¡cuánta ilusión he puesto! Y veo, a la vuelta de los años, la labor portentosa. Va a ser una gran sementera»(43).

Como todo lo que nace, comienza siendo pequeño, pero el Colegio Romano tiene también desde el principio la solidez definitiva; aquello se ha de convertir en un Centro al que vendrán a estudiar mujeres universitarias de todas las latitudes, idiomas y razas.

El Padre quiere contar, cuanto antes, con una sede propia para este Colegio Romano de Santa María. Por eso, se prepara el proyecto con anticipación: será construido en la casa de Castelgandolfo, junto al Lago. Ante la imposibilidad de acondicionar el antiguo edificio, se decidirá el derribo y planificación de otro de nueva planta que no desmerezca, en su porte exterior, del primitivo. Todavía asfixian los créditos que pesan sobre la construcción de “Villa Tevere” cuando ya el Fundador sueña sobre los planos de este nuevo Centro. Su fe -lo ha repetido muchas veces- es tan gorda que se puede cortar. Y no se para, una vez más, ante ningún obstáculo por insalvable que parezca.

Junto a las piquetas y el ruido constante de las hormigoneras, piensa en el comienzo de una nueva etapa que va a culminar en un Centro docente de ámbito internacional. Está viendo, a través del cristal opaco del tiempo, el nuevo perfil de “Villa delle Rose”, futuro Colegio Romano para las mujeres del Opus Dei.

En salud y enfermedad

Desde 1944, Monseñor Escrivá de Balaguer está diagnosticado de diabetes mellitus. Probablemente la enfermedad existe con anterioridad a esta fecha, ya que han sido muchas las jornadas en las que ha acudido a cumplir sus compromisos de trabajo con infecciones que tardan en curar, fiebre y malestar intenso. Pero se manifiesta la causa con toda certeza a raíz de unos ejercicios espirituales que debe impartir a la Comunidad de frailes Agustinos de El Escorial. Es el mes de septiembre de 1944. El Padre amanece con treinta y nueve grados de fiebre. A pesar de todo, piensa en los cien religiosos que le están esperando y emprende el camino. Siempre el fuego del amor de Dios arrastrará su cuerpo, muchas veces vencido por la inclemencia de la enfermedad, del cansancio, y, por ello, habla durante estos días con el mismo ímpetu de siempre. Muchos de aquellos religiosos que le escuchan recordarán, treinta años después, la fe, la convicción y la entrega de aquel sacerdote. Predica en el coro de la iglesia y tiene que forzar la voz para que resulte audible a todos. Lo consigue: llega hasta cada uno con claridad, con exigencia amable. A los pocos días de estancia en el Monasterio es preciso practicar un análisis que objetiva la elevada cifra de glucosa en sangre.

Desde ese día ha de ponerse en tratamiento. Controla su enfermedad el doctor Pardo Urdapilleta, que prescribe un régimen dietético difícil de llevar, y también insulina.

Es precisamente en una etapa de difícil control de su enfermedad, en 1946, cuando don Álvaro le llama desde Roma. Resulta imprescindible que el Padre vaya para abrir el horizonte jurídico de la Obra. Desde que llega a Italia se pondrá en manos del doctor Faelli, que ha de ser médico y amigo durante ocho años de tratamiento. Cada quince días se somete a pruebas analíticas. Va con don Álvaro a la Via Nazionale, hacia las once de la mañana, para cumplir estrictamente los postulados del doctor. Pero la glucemia sube, y la cantidad de insulina que ha de inyectarse varias veces al día va en aumento. Llega a precisar más de cien unidades diarias.

Uno de los días en que va a practicarse los análisis, en ayunas como de ordinario, don Álvaro le lleva a la Piazza Esedra a desayunar. Piden un «capuccino» y un bollo. En Italia llaman «capuccino» a un café muy cargado al que se añade un poco de crema. Cuando el Padre se dispone a beberlo, se acerca una mujer pobre pidiendo limosna. Sin dudarlo un momento, le contesta:

-«Dinero no tengo; lo único de que dispongo, porque me lo dan es esto: tómeselo usted, y que Dios la bendiga».

Don Álvaro se apresura a ofrecer su desayuno al Padre. Pero él, vuelve a intervenir:

-«No, no, ya está bien, ya he desayunado».

Y repite la misma afirmación a la encargada del bar, que quiere regalarle un café en sustitución del que ha dado a la mujer. -«No, no, quédese usted tranquila, que yo ya he desayunado»".

Quedarse sin comer no supone una novedad para el Padre, porque desde muy joven está acostumbrado a buscar también ahí la penitencia. La realidad es que durante toda su vida muchas veces ha pasado hambre. Primero, por exigencias de su trabajo sacerdotal y porque no tenía dinero, se alimentaba poco aunque continuara trabajando sin tregua de un lado a otro. Después, en la época de la guerra española, el hambre será general y sobreañadida a la persecución. A partir de 1940, la Obra comienza su crecimiento y las necesidades se multiplican. Y tras la guerra mundial, que ha empobrecido las posibilidades de todos los países de Europa, le diagnostican de diabetes mellitus. La terapéutica en esta época es drástica: se emplean regímenes de hambre, con exclusión de los carbohidratos. Desde 1966, padecerá además una secuela ligada al síndrome diabético: la insuficiencia renal, que va a condicionar extremadamente el tipo de alimentos que debe ingerir en cantidad y calidad.

En Roma, el doctor Faelli sabe que es un paciente disciplinado y cumplidor. Pero no puede impedir que se exponga al cansancio constante. No duerme lo necesario. El Fundador sonríe ante la enfermedad y sigue brindando su cuerpo a la insulina, que don Álvaro se encarga de inyectar habitualmente.

En 1949 sufre una grave infección en la boca. En un solo día se remueven todas las piezas dentarias y han de extraérselas. El encargado de esta operación será el doctor Hruska. Es un hombre fuerte, con grandes manos. Mientras actúa sobre el paciente, habla con una sintaxis muy particular que traiciona su origen extranjero y que al Padre le hace mucha gracia. Nunca oirá una queja de Monseñor Escrivá de Balaguer. Tampoco sus hijos podrán detectar, a lo largo de la jornada, un gesto de desaliento, algo que denote el mal estado en que se encuentra.

Sin embargo, la evolución de la diabetes es tan grave que piensa que puede morir en cualquier momento.

«Llegaba la noche, y pensaba: Señor, no sé si me levantaré mañana; te doy gracias por la vida que me concedas, y estoy contento de morir en tus brazos. Espero en tu misericordia. Por la mañana, al despertarme, el primer pensamiento era el mismo» 45 El día 27 de abril de 1954, diez minutos antes de la una de la tarde, don Álvaro inyecta una nueva marca de insulina retardada que ha recetado el médico. Inmediatamente después, bajan al comedor para almorzar. Están los dos solos, frente a frente, en la mesa. Y, de pronto, el Padre dice:

-Álvaro, dame la absolución.

-Pero, Padre, ¿qué dice?

-¡La absolución!

Y el Padre comienza a recitar en voz alta la fórmula “ego te absolvo”... Instantes después, pierde el conocimiento y cae sobre un lado. El color se le ha mudado: pasa del rojo intenso a la palidez terrosa; la respiración se hace imperceptible y el pulso desaparece...

Don Álvaro, después de administrar la absolución, intenta darle azúcar, recordando la posibilidad de una hipoglucemia grave y avisa con toda rapidez a un médico. El Padre permanece de diez a doce minutos sin que su estado se modifique y, luego, lentamente, empieza a recobrarse. Cuando llega el doctor diagnostica un shock anafiláctico y se sorprende ante la regresión espontánea de todo el cuadro. Todavía, durante varias horas, el Padre permanecerá ciego. Luego, también recuperará la vista por completo. Cuando se, puede levantar de la cama ve su rostro reflejado en un espejo y comenta:

-Álvaro, hijo mío, ya sé qué aspecto tendré cuando me muera.

-No, Padre, necesitaría haberse visto hace cinco o seis horas. En comparación a como estaba antes, ahora se encuentra usted como un clavel...

Después recordará Monseñor Escrivá:

-«Cuando estaba a punto de perder el conocimiento, en cosa de pocos segundos, el Señor me hizo ver mi vida como si fuera una película; me llené de vergüenza por tantos errores, y pedí perdón al Señor. Más no se puede pasar. Es como si me hubiera muerto »46

Ese mismo día hablará también con sus hijas, que se han asustado ante el accidente, para devolverles la serenidad.

-«Estaba muy tranquilo, aunque me daba pena irme de vosotras. Pero por todo lo que habéis pedido por mí al Señor, El os ha oído y me concede una nueva etapa fecunda (47).

Y haciendo una demostración de bienestar, comienza a hablar de nuevos planes de trabajo para los que pide colaboración. Salpica los proyectos de seguridad y alegría. Su confianza es una lección más de abandono en manos de Dios que sus hijos no podrán olvidar.

A partir de ese día, fiesta de Nuestra Señora de Montserrat, los análisis se reiteran completamente normales. Los doctores suspenden la medicación, incluida la insulina, y nunca más vuelve a precisar de tratamiento alguno de la diabetes. El mismo nota la desaparición de los síntomas clínicos. Desde hace años sufría intensas cefaleas, que cesan hoy de un modo súbito.

-«Llevaba tantos años con dolor de cabeza, que el hecho de no tenerlo me resulta extraño: estoy como si hubiese salido de una cárcel»(48).

Pero nadie aprecia la diferencia entre salud y enfermedad. Ha desplegado una actividad intensísima con un estado físico precario, pero con un gran deseo de aceptar la cruz en su propio cuerpo y nadie, a excepción de los más próximos, se han dado cuenta de la gravedad.

Veinte años más tarde, un hijo suyo venezolano le aborda durante uno de sus viajes al Nuevo Continente:

-Padre... Estudio en la Universidad de Zulia, en Maracaibo. Desde niño tengo diabetes y me han dicho que usted también la tuvo.

-Yo la tuve durante diez años. Una diabetes morrocotuda.

-Quería darle las gracias a usted y a la Obra porque la enfermedad se ha convertido para mí en un medio de santificación, y no me ha hecho perder la alegría.

-De eso tienes que dar las gracias a Dios, no a mí ni a la Obra (...). Es justo que quieras al Padre y a tus hermanos, pero nuestro agradecimiento va todo derecho a Dios, Señor Nuestro, que nos concede todas estas alegrías y todos estos medios, para que no nos entristezcan las contradicciones de la vida49

Es su modo de poner sencillez a lo heroico, naturalidad a las actitudes sobrenaturales. Conoce el dolor. Ha experimentado la oscuridad. Por eso puede alumbrar a sus hijos con la exigencia y la paz de su entrega a la Voluntad de Dios.

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