De Castilla a la Tierra de Fuego

«Nunca dejará el Señor a sus amadores cuando por sólo El se aventuran... ». (Santa Teresa de Jesús)

Entre los pinos

Molinoviejo, con sus pinos y chopos, clavado frente al aire de la sierra segoviana, está funcionando con las viejas instalaciones y sirve, como ventana abierta a la montaña, para mejorar física y espiritualmente a quienes pasan por allí con motivo de un Curso de formación, un retiro espiritual o una circunstancia profesional. De estos primeros años datan los nombres que delimitan las diferentes partes de la finca: la ermita, el camino, el pinar, la campa, la fuente, etc. Cuando el Padre viaja a España y se acerca a “Molinoviejo”, la alegría es desbordante. Se prolongan las tertulias de la noche, junto a los pinos, con el techo infinito de las estrellas, a veces combatiendo el frío que empieza a bajar de la montaña con algunas mantas. Se ríe, se canta... Y se proyectan múltiples tareas más allá de todas las fronteras.

En 1948 se llevan a cabo adaptaciones para mejorar la casa.

Ya hay luz eléctrica, y los pasillos y habitaciones dejan atrás el ambiente primitivo, cuando alumbraba sólo el resplandor de los candiles. “Molinoviejo” se prepara para acoger, por primera vez, miembros de la Obra que pertenecen a distintos países del mundo: Portugal, Italia, España, Irlanda... El ingeniero encargado de las obras es Fernando Delapuente, y cada día se encara con una lista interminable de cuestiones para resolver.

Una zona independiente sirve ya para alojar a las mujeres de la Obra que se ocupan de la Administración doméstica: Encarnita Ortega, que ha venido de Roma, Nisa González Guzmán, Rosario Orbegozo, Mary Rivero, María Jesús López Areal y Paula Gómez. Desde el primer momento, el Padre les habla de los trabajos necesarios para atender los Centros de la Obra. Es la tarea más importante que les confía, aunque espera de sus hijas una extensa actividad en todos los campos del quehacer humano.

Insiste, desde los comienzos, en el cuidado exquisito de cuanto se refiere a los oratorios. La casa cuenta con instalaciones muy antiguas y son difíciles los abastecimientos diarios. Les transmite su preocupación por alguno que está enfermo, por los que vienen de otras partes del mundo. Y les anima a planificar algunos menús que puedan ayudarles a recordar su país y el entorno familiar que han dejado atrás para llegar hasta “Molinoviejo”.

El Fundador multiplica su actividad, ya que las dos Secciones, la de mujeres y la de hombres, tienen sus clases de formación y los medios de atención espiritual de modo independiente. Tanto la Residencia como los locales destinados a las personas que se ocupan de administrar la casa, son autónomos. Comparten el mismo espíritu, pero en su vida y quehacer se mantienen apartados como si mediaran kilómetros de distancia.

Con frecuencia, dirige la meditación en la pequeña ermita que se levanta en medio de la finca. Escoltada por una fila de lanceros verdes -los álamos-, que parecen rendir armas a la estrella de la tarde, les habla de fidelidad y fortaleza, de cariño apasionado a la Virgen. A esta Virgen de “Molinoviejo” que preside tantos acontecimientos del Opus Dei desde su refugio en los pinares de Segovia.

Algunos miembros de la Obra están cumpliendo el servicio militar en La Granja, pueblo muy cercano. El Padre acude a verles siempre que encuentra tiempo libre, y prepara la visita con cariño. Reclama la ayuda de la Administración para llevarles unos bocadillos, dulces... que contribuyan a pasar un rato agradable.

El ambiente de alegría en Molinoviejo queda reflejado en un comentario del Fundador:

«Que estén tristes los que no son hijos de Dios»(2). Y en otro momento:

«Hacemos un buen cambio de moneda: cambiamos fidelidad por felicidad»(3).

La respuesta generosa a una llamada de Dios, transforma la vida entera y da un sentido positivo, iluminado por la fe, a todos los acontecimientos. Esta situación del alma no tiene más remedio que transformarse en alegría. De ahí la moneda de cambio de que habla el Padre, haciendo un juego de palabras.

Junto a la montaña y el aire limpio de la sierra, Monseñor Escrivá de Balaguer pasea con los mayores de la Obra: proyectan, hacen planes apostólicos. El mundo se queda chico para los deseos de su corazón.

Nuevo continente: Estados Unidos

En el verano de 1948, el Padre y don Alvaro vuelan de Roma a Madrid. Ya en España, se acercan con frecuencia a Molinoviejo. Un día de septiembre, el Padre habla con don José Luis Múzquiz. Le comunica la partida inminente de don Pedro Casciaro para llevar el Opus Dei a tierras de América y le pide que viaje a Madrid porque, en unos días, volverá a reunirse con él.

Solamente han pasado cuatro jornadas cuando el Padre regresa a Madrid y vuelve a tener otra conversación con don José Luis:

«¿Qué tal si, en vez de empezar en un país de América, empezamos en dos? Pedro podría ir a México. ¿Te gustaría a ti ir a Estados Unidos?»

-«Sí, Padre»(4).

Le dice que piense en algunos más que quieran ir y que tengan condiciones para ello. Hay que preparar los pasaportes y todo lo necesario.

Con esta sencillez se decide el salto del océano en busca de un nuevo Continente para extender el espíritu del Opus Dei. Pedro Casciaro ha llevado a cabo, previamente, un programa de viajes que le han conducido desde Canadá a Chile, pasando por Estados Unidos, México y Argentina. Las estancias han sido breves. Solamente México, como pronóstico revelador de su futura tarea americana, le ha ocupado más de dos meses.

Durante este tiempo se ha entrevistado con autoridades y personas conocidas que le han informado acerca de las condiciones de trabajo que ofrece cada país. En una palabra: ha ido abriendo camino a los primeros miembros de la Obra, que llegarán, en breve, a roturar nuevas tierras con sus tareas profesionales y su espíritu apostólico.

En febrero de 1949, poco antes de partir hacia los Estados Unidos, Monseñor Escrivá de Balaguer le dice a don José Luis:

«Me quedo más solo que la una..., pero vale la pena». Casi todos los que estaban trabajando con él, a excepción de don Alvaro que está en Roma, se han ido marchando a América. «Me da pena y alegría. Pena de separarme y alegría porque vais con la luz y el sabor. Va a ser para mucha gloria de Dios».

Y le da un consejo práctico y magnánimo:

«Más vale echar atrás en una cosa que dejar de hacer noventa y ocho»(5).

Con ello le anima, una vez más, a ser audaz en nombre de Cristo. Le dice que no deje de hacer las cosas que crea convenientes por miedo a equivocarse...

La última entrevista del Fundador con don José Luis tiene lugar en el aeropuerto de Madrid. Monseñor Escrivá de Balaguer regresa a Roma. Unos días antes le ha entregado un pequeño recuerdo que conserva desde su estancia en el Hotel Sabadell de Burgos: es un cuadro de la Virgen que presidió las horas de esperanza durante la guerra. Cuando encuentren casa en América, será lo primero que instalen en el oratorio de Woodlawn Residence, en Chicago.

Al sonar los altavoces anunciando el vuelo Madrid-Roma, el Padre abraza a este hijo que dentro de pocos días va a emprender una larga ruta:

-«Nos vamos a poner tiernos», comenta en broma6.

Porque la emoción es manifiesta. Poco después, en el cielo braman los motores del avión camino de la Ciudad Eterna.

El 16 de febrero de 1949, don José Luis Múzquiz, acompañado de Salvador Martínez Ferigle, emprenderá el vuelo para cruzar el Atlántico en un avión de la TWA. Suspendidos en el aire, en la universal frontera del espacio, piensan ya en el inmenso país que les espera y que ya empieza a ser su nueva patria.

El 18 de febrero de 1949, don José Luis celebra el Santo Sacrificio de la Misa en Nueva York, en la Catedral de San Patricio. Pocos días después llegan a Chicago. De momento, y mientras buscan una casa, se hospedan en una pensión de estudiantes: el Hotel Harvard, muy cerca de la Universidad.

No saben todavía que de las aulas de la Chicago University y del Illinois Institute of Technology saldrán las primeras vocaciones para el Opus Dei.

Esta tierra, cordial, activa y pragmática, empieza por adaptar los nombres a su modo familiar. Así, a los pocos días, don José Luis ha pasado a ser Father Joe para los amigos; y Salvador se adapta a otra disminución silábica y responde, con toda naturalidad, al epíteto de Sal.

En agosto de 1949 les entregan, después de muchas gestiones, las llaves de la futura Residencia, que ha de llamarse Woodlawn. Don José Luis recuerda los pasos que ha visto dar al Padre tantas veces al comenzar las tareas de una nueva instalación: primero el oratorio. La mejor habitación del inmueble. Pero... ¿con qué medios van a montarlo? Sólo conservan, en la agenda, un trozo de papel con la dirección de unas señoras norteamericanas. Se la dio don Alvaro del Portillo antes de salir de España. Es el momento de realizar la primera visita.

Su anotación les lleva hasta una casa modesta, de ladrillo, sin jardín. Clara y Sophie Dalliden están encantadas de recibirles. Quedan impresionadas al conocer el proyecto de montar una Residencia tan cerca del campus de la Universidad. Son dos mujeres de edad madura, y les parece que esta tarea es de una audacia inconcebible. Este Centro docente es de confesionalidad baptista, fundado en el siglo XVII. En este momento, su eclecticismo y frialdad son notorios.

Las hermanas Dalliden no esperan a que don José Luis les enumere sus dificultades económicas. Han comprendido. En el piso bajo de su casa existe un negocio de ornamentos y objetos litúrgicos que lleva un sobrino suyo. Ellas regalarán el altar y el Sagrario para el nuevo oratorio. Y cumplirán su palabra. Después de bien pintada y limpia, la mejor habitación de Woodlawn estará preparada muy pronto.

El 29 de agosto de 1949, escribe don José Luis Múzquiz:

«¡Ya estamos en "Woodlawn"! Nos dieron las llaves el viernes y estamos ahora en pleno jaleo de organización, limpieza, etc. La casa es magnífica, cada vez nos gusta más (...). Tenemos un pequeño espacio con "lawn" (césped) delante de la casa y otro detrás, que regamos con esas máquinas automáticas que usan por aquí. De vez en cuando baja de los árboles alguna ardilla, y los grillos cantan durante la noche.

La casa pensamos que le gustará al Padre (...). Algunas habitaciones con zócalo de madera, y toda ella fuerte, potente y robusta»(7).

El 15 de septiembre de 1949, fiesta de los Dolores de Nuestra Señora, se queda el Señor en el primer Sagrario de la Obra en los Estados Unidos.

En el resto de la casa sólo hay una cocina de gas, una mesa de comedor, una silla, unos cajones de embalar y un par de camas viejas. Mientras tanto, don José Luis ha logrado conocer a algunas señoras católicas que frecuentan Saint Mary's Church. Unas le van presentado a otras:

-»Son pioneros»(8), se les oye exclamar.

Palabra clave en un país que conoce la inmigración en el espíritu de sus propios fundadores. A partir de este momento empiezan a llegar muebles, a través de estas señoras.

El Padre escribe con frecuencia cartas llenas de cariño para todo cuanto van haciendo. Sigue, hasta el mínimo detalle, los pasos de sus hijos por Estados Unidos. Le preocupa que no esté allí la Sección de mujeres, que el nuevo Centro de la Obra no pueda ser atendido adecuadamente. En el comienzo del curso 1949-50, les anuncia la llegada de las primeras mujeres del Opus Dei que se encargarán de la Administración doméstica. También les da indicaciones para preparar la zona del inmueble que ellas han de ocupar con total independencia.

Cuando es inminente la llegada de la Sección de mujeres a Estados Unidos, don José Luis, personalmente, se ocupa de dirigir las obras para organizar un acceso por la parte posterior de la casa. Y en medio de esta tarea de albañilería conocen a Dick.

Este muchacho norteamericano forma parte de un grupo de amigos que se reúnen, de vez en cuando, para hablar de temas culturales y religiosos. Un sacerdote, que ha conocido a don José Luis Múzquiz, le aconseja que se ponga en contacto con el Opus Dei. Y, al día siguiente, suena el teléfono.

-»Me llamo Dick Riemman. Father Mann me ha dicho que usted puede orientarme en mi vida».

Son los primeros días del mes de julio. Don José Luis recuerda perfectamente el consejo del Padre: encomendar las primeras vocaciones americanas a Isidoro Zorzano9.

Isidoro ofreció su vida por la Residencia de “Moncloa”, un instrumento de apostolado para la gente joven. Seguro que empleará toda su influencia en conseguir los primeros para el espíritu del Opus Dei en el nuevo Continente... él, ¡que fue el primero de todos! después del Fundador... Faltan solamente quince días para que se cumpla el aniversario de la muerte de aquel primer fiel seguidor del Padre. Sin embargo, don José Luis le apremia. Está pidiendo un milagro para los Estados Unidos.

Y llega Dick. Le cuenta que ha estado movilizado en la Navy de Infantería, que estudia en la Universidad desde que terminó la guerra y que trabaja durante el verano para costearse los estudios. Vive con unos parientes porque sus padres han muerto. Emplea todos los días de la semana muchas horas, en la Chicago Fair: una representación al aire libre de la historia del Ferrocarril en los Estados Unidos. Es el director artístico. Tiene inquietudes y le gustaría orientarse, hacer unos días de retiro, una pausa en su ajetreada actividad.

Dick es simpático, emprendedor y servicial. No está acostumbrado a dejarse vencer por los obstáculos. Vendrá temprano, todos los días, a una meditación y se quedará a la Santa Misa. Luego saldrá hacia su trabajo.

El día 14 de julio le hablan de vocación al Opus Dei. Y el 15, aniversario de la muerte de Isidoro Zorzano, el primer hombre de Estados Unidos escribe al Padre pidiendo su admisión en la Obra. Le contestará muy pronto desde Roma haciéndole partícipe de la responsabilidad, bendita responsabilidad, que ha caído sobre él por ser la primera vocación de su país.

El grupo de la Sección de mujeres llega con Nisa González Guzmán a la cabeza. Previamente ha pasado por Roma. El Padre habla con esta mujer que sabe ya de circunstancias de comienzo, y vuelca toda su experiencia para facilitarles el camino.

«Si sois fieles, en cuatro o cinco años, haremos una labor inmensa... pero si sois fieles (...): necesito vuestra fidelidad»(10)

Al principio, apenas ejercen otra profesión distinta de la de administrar la Residencia de Woodlawn. Esta situación no debe durar mucho porque el Padre no quiere que, dedicadas en un primer momento sólo a esa tarea, puedan dar una idea limitada del carácter de la Sección femenina de la Obra. No obstante, a pesar de su pequeño radio de influencia y relación, pronto pedirá la admisión Pat Lind, la primera norteamericana del Opus Dei.

La casa de la Sección de mujeres se llamará “Kenwood”, y se abrirá en Chicago. En el oratorio se coloca un relicario que el Fundador dio a Nisa antes de que saliera de Roma camino de los Estados Unidos. Se trata de una reliquia de Santa Teresa sobre damasco rojo. Esta santa castellana, práctica y andariega, es bien conocida en América. Y popular. No en vano abrió, a fuerza de tesón, nuevos caminos humanos y divinos para poner la luz del Evangelio en las encrucijadas de los hombres.

Más allá del Río Bravo

Durante su viaje a México, en 1970, Monseñor Escrivá de Balaguer visitará “Jaltepec”, Casa de Retiros junto a la laguna de Chapala. Allí permanece una semana. Un día caluroso, de los que abundan en aquella altura, tiene una tertulia con un numeroso grupo de sacerdotes. Si todos los auditorios repican en su corazón para arrancarle palabras que hablan del amor de Dios a los hombres, cuando le rodean sacerdotes se desbordan su fe y entusiasmo. Quiere transmitirles en cada gesto el santo orgullo de su consagración como ministros de Dios, otros Cristos en la tierra. Este día de “Jaltepec” el Padre se encuentra fatigado por el clima y el esfuerzo. Al cabo de un rato, se retira a una habitación; le acompaña uno de sus hijos mexicanos.

Sube la escalera, trabajosamente, y al llegar a su habitación le invita a pasar:

-«Siéntate aquí»; y le señaló una butaca(11).

Su mirada cae sobre un cuadro de la Virgen de Guadalupe situado frente a la cabecera de la cama. Por la ventana opuesta entran los rayos de un sol ardiente -corre el mes de junio- que iluminan la escena pintada: es una reproducción de la que se venera en la Basílica de la Villa, pero en ésta la Virgen tiene las manos separadas y ofrece una rosa a Juan Diego, que recibe las flores, arrodillado, en el regazo de su tilma; los ángeles permanecen en tomo, sin estorbar el diálogo.

El Padre paladea en silencio los orígenes de este amor apasionado de las tierras calientes por su Virgen morena, Emperatriz de América. Fuera de la casa, muy cerca, la laguna de Chapala acuna las barcas; están hechas con un árbol vaciado que lleva flores a navegar aguas adentro. En cada proa puede leerse escrito un nombre. Y sigue dominando el de Guadalupe. México entero repite esta palabra. Y la acompaña de orquídeas, rosas y mariachis.

Monseñor Escrivá de Balaguer contempla, callado, sonriente, el rostro suave de esta imagen de la Virgen Reina de México. Y dice, en voz alta: «Quisiera morir así: mirando a la Virgen Santísima y que Ella me entregase una flor... » (12).

Esta frase del Fundador, como una premonición, será recordada el 26 de junio de 1975, cuando su última mirada en la tierra, antes de caer herido por la muerte, vaya dirigida a una imagen de la Virgen de Guadalupe colocada sobre una de las paredes del despacho donde solía trabajar habitualmente.

La historia de la Obra en México se inicia en 1948, cuando don Pedro Casciaro se desplaza durante dos meses a México. Antes de regresar a Europa, sube a la Basílica de Guadalupe para despedirse de la Señora. Pero tiene la certeza de que no es un adiós definitivo. Por eso deja en la Villa dos palabras que sugieren reencuentros: «Hasta luego».

También el Padre ha seguido sobre el mapa con su oración, desde hace muchos años, las cordilleras de la Sierra Madre y el territorio que se extiende bajo la frontera del Río Bravo.

Por eso, ahora, se reúne con los miembros de la Obra que forman su Consejo General para decidir el comienzo del Opus Dei en este nuevo país.

Aunque sea el Fundador, jamás tomará una decisión en solitario, sin pasar por el estudio y la opinión del Consejo General, para la Sección de hombres, y de la Asesoría Central para la de mujeres. Ellos constituyen los órganos de gobierno de la Obra.

Una vez decidido, y durante una de las etapas en las que el Padre viaja a Madrid, llama a los tres que han de iniciar la siembra en México. Les recibe en su despacho de Diego de León. Sobre la mesa de trabajo hay una imagen de cerámica de tonos vivos y alegres; es una Virgen que sabe de amores, saetas y caminos marineros: la del Rocío.

Después de besarla, se la entrega y les dice que comenzarán «en México con esta imagen de la Virgen, tan pobrecita pero tan alegre, y con mi bendición. Ya veis, es de barro, como nosotros » (13)

A mediados de diciembre de 1948 salen de Bilbao en el Marqués de Comillas, en ruta naviera hacia México. La imagen de la Virgen va, convenientemente embalada, como inseparable compañera de viaje durante treinta y un días, hasta Veracruz. Y luego compartirá por igual la trashumancia de los comienzos: en el cuarto de estar del pequeño departamento de la calle Londres; en el piso de la calle Nápoles, donde pedirá al Padre la admisión César García Sarabia, el primero que lo hace en tierra mexicana.

Desde el primer momento, se multiplican las noticias que llegan de México a Roma.

El 1 de febrero de 1949, cuentan que han visto al Arzobispo y que está encantado de que muy pronto tengan una casa para poder dejar el Señor en el oratorio. Han conseguido un regalo espléndido: el frontal y los laterales de la mesa del altar, del siglo XVIII, tallado en cedro. Y un pequeño retablo, como un relicario, que rodea a la Virgen de Guadalupe. La casa podrá lograrse pronto: quizás a últimos de mes ...(14).

Y el 9 de marzo de 1949:

«Desde esta mañana tenemos a Nuestro Señor en casa. Y ahora sí que nos encontramos a gusto y con una confianza absoluta. Nos celebró el Sr. Arzobispo la Misa y vinieron algunos chicos. Un amigo nuestro ha comenzado a rodar una película en color (...) que, cuando esté completa y tengamos ocasión, la enviaremos » (15).

Un año más tarde se decide la llegada de la Sección de mujeres de la Obra a este gran país americano. Guadalupe Ortiz de Landázuri es la persona encargada para llevar adelante esta tarea. El 5 de marzo de 1950 salen del aeropuerto de Madrid-Barajas en un avión mexicano. Se trata de un grupo pequeño: solamente tres. Guadalupe es la mayor, aunque es muy joven.

A las cuatro de la madrugada del 6 de marzo aterrizan en México. Oyen Misa en la iglesia del Espíritu Santo, en la calle de Madero. Por la tarde acuden a la Villa, en un primer saludo de cariño a la Virgen.

El 1 de abril de 1950 tendrán el inmueble para la Residencia femenina universitaria: está situada en el número 32 de la calle Copenhague. Guadalupe recorre la casa con optimismo, llenando los espacios vacíos con una mezcla de imaginación y esperanza: «aquí habrá una biblioteca, aquí un piano, ahí será la sala de estar ...»(16). Esta seguridad del futuro es contagiosa y creadora.

Pronto se harán realidad estos sueños.

Desde su llegada a México se matriculan en la Universidad. Y cuando apenas hace tres meses que viven en la capital Federal, piden la admisión al Fundador, Amparo Arteaga, Cristina Ponce, Gabriela Duclaud... En junio de 1950 reciben una larga carta del Padre:

«Veo que nuestra Madre de Guadalupe os bendice y la labor va prendiendo en esas tierras “Laus Deo”! No olvidéis que vuestra misión-¡las primeras de México!- es capital (...): no aflojéis en vuestra vida interior, trabajad con alegría y muy unidas. Veréis cómo arraiga y se multiplica vuestra siembra (...). Sed siempre almas de oración: no me dejéis la presencia de Dios: es el medio eficaz, para no perder nunca el punto de mira sobrenatural. Escribidme con frecuencia (...). Ya sabéis que, desde lejos, os acompaño siempre»(17).

Y en septiembre, vuelve a enviarles unas cuartillas:

«Pienso que nuestra Madre de Guadalupe tiene los ojos puestos en vosotras, de modo particular en esas primeras hijas mexicanas, que deben ser especialmente alegres, fuertes, constantes y sobrenaturales. Tengo muchas ganas de conocerlas (...). Sentid la responsabilidad que os alcanza como primeros instrumentos de nuestra Obra en esa gran nación mexicana. Leo vuestras cartas despacio, y siempre me dan un alegrón. Contadme detallicos de vuestra vida»(18).

Se necesita ya algún lugar amplio para cursos de retiro espiritual, reuniones y convivencias de verano. Don Pedro se pone en contacto con distintas familias y pronto consigue ayuda. Un conocido, Luis Bernal, le habla de Montefalco.

Se trata de una «hacienda» abandonada, situada en el estado de Morelos. Hay muy mala carretera de México D.F. a Cuautla; peor todavía hasta Jonacatepec. Y el desvío a Montefalco es un camino vecinal cortado por un río. Ni siquiera hay puentecillo. La casa no tiene agua ni luz eléctrica.

Sin embargo, el lugar es espléndido: el valle de Amilpas, sembrado de pueblecitos, con gentes que viven de las pocas propiedades que recibieron después de la revolución. Gentes rudas y fuertes, ásperas como los tres peñones que dominan el valle, y delicadas de alma, templada en el trabajo diario. Tienen los ojos negros y rasgados, la tez morena del indio quemado por el sol. Las mujeres caminan, durante los días festivos, con su vestido de colores y su rebozo de «bolita». Los hombres, con camisa blanca y sombrero de ala ancha.

Santa Clara de Montefalco fue una rica hacienda azucarera con hectáreas suficientes para sembrar la caña. Varias construcciones presidían la explanada: la antigua casa de los dueños, la iglesia con sus dos torres altas en el centro y, al otro lado, las viviendas de los peones; un hospital, varias tiendas y almacenes. Casi constituía un pueblo.

Durante la revolución quemaron Montefalco varias veces. Sólo la iglesia permanece, deteriorada, pero erguida e intacta. El resto es una ruina calcinada que mantiene en pie sus muros y arcos maestros gracias a la firmeza de su construcción. Es un montón de sólidas ruinas. La maleza, a causa del abandono, lo cubre todo. Incluso han crecido árboles dentro de los muros. Pero don Pedro acude a verlo. Tiene que abrirse paso con machete hasta la puerta de la iglesia. Saca unos papeles y empieza a dibujar: aquello, reconstruido, puede quedar así. Magnífico. Y sus trazos de lápiz son una oración confiada: una petición al Cielo que está poniendo ya los cimientos de la gran obra social y apostólica del futuro Montefalco.

En unos años de trabajo sin pausa, de fe, se logrará montar un pabellón como Casa de Retiros. Sobre las grandes losas del suelo colocan los catres; la rusticidad de los muebles no quita grandeza a aquellas paredes que saben de pólvora, dolor y fuego. Ahora le ha llegado el turno al amor como apoyo perdurable. Los sondeos pacientes acaban descubriendo las vetas de agua. Y con el riego vuelven los pájaros, porque Montefalco ofrece el amarillo del maíz y la explosión de bugambilias en las tapias. Es otra vez el corazón de la zona, como tarea de todos. El Centro de Formación Agropecuaria El Peñón unirá en un esfuerzo colosal a campesinos y profesores, a ingenieros y sociólogos. Cuando el Padre vaya a verles en 1970 no podrá menos de decir entusiasmado:

«Montefalco es una locura de amor de Dios. Suelo decir que la pedagogía del Opus Dei se resume en dos afirmaciones: obrar con sentido común y obrar con sentido sobrenatural. En esta casa, don Pedro y mis hijas e hijos mexicanos, no han obrado más que con sentido sobrenatural. Recibir con alegría un montón de ruinas (...), humanamente es absurdo... Pero habéis pensado en las almas, y habéis hecho realidad una maravilla de amor. Dios os bendiga.

Estoy dispuesto a ir con la mano extendida, pidiendo dinero para terminar Montefalco. Lo terminaremos, con vuestro sacrificio, y con la ayuda, como siempre, de tantas personas que están dispuestas a colaborar en una tarea que será un gran bien para todo México» (19)

En 1970, Monseñor Escrivá de Balaguer, después de veintidós años, volverá a encontrarse con la imagen de la Virgen Rociera en un pequeño despacho de Montefalco. En su humildad de barro, ha hecho crecer ya una inmensa cosecha de espíritu.

Así lo subrayará el Eminentísimo señor Cardenal Miguel Darío Miranda, Arzobispo Primado de México, después de la muerte del Fundador del Opus Dei: «Agradecemos muy especialmente al Señor que haya sido nuestra querida Archidiócesis de México la primera en la que se comenzó en América esta verdadera Obra de Dios(20).

En la inmensa Argentina

Estamos a 11 de marzo de 1950. Un avión procedente de Madrid toma tierra en Buenos Aires. Por la escalerilla descienden don Ricardo Fernández Vallespín, que ya es sacerdote, Ismael Sánchez Bella y Francisco Ponz, Catedráticos de Universidad. Serán los primeros en lanzar la semilla de la Obra -por medio de su trabajo profesional- en esta tierra fértil, inmensa, que ahora se abre ante sus ojos.

El 24 de junio de 1950 se instalarán en la ciudad de Rosario, en un piso alquilado. Es un inmueble pequeño de la calle de San Juan, número 865, y que recibirá el nombre de Centro Universitario Litoral. Este espacio les permitirá reunir y hablar a los amigos argentinos del fuego de Dios que han traído desde el otro lado del mar.

Muy pronto escriben al Padre: «Aún no ha transcurrido el primer mes en Rosario y ya tenemos "casita" (...). De momento, aquí podemos acomodar a unos pocos residentes. El propietario es muy amigo nuestro (...). La preocupación inmediata es la instalación de la casa»(21).

Poco a poco, irán dejando todo a punto. Contestan al Padre para compartir la feliz noticia de la Aprobación definitiva que la Santa Sede ha concedido al Opus Dei y que el Fundador ha comunicado a todos sus hijos repartidos por el mundo. Escribe don Ricardo:

«Está muy próximo el 2 de octubre, ese día celebraré la Misa de medianoche, y los dos nos sentiremos muy acompañados de todos vosotros. Acabamos de recibir cartas de México. Anima mucho»(22).

Mientras tanto, realizan viajes a varias ciudades en las que es preciso abrir Centros de la Obra. Buenos Aires ocupa el primer lugar. A los pies de Nuestra Señora de Luján acuden con frecuencia para solicitar ayuda a la Señora. Esta Virgen demostró, allá por el siglo XVI, una manifiesta predilección por Buenos Aires; porque, según la tradición, fue transportada por todo el país sobre una carreta de bueyes y, al llegar a lo que hoy es Luján-entonces un pequeño ranchito- los animales se pararon y no hubo fuerza humana capaz de obligarles a dar un paso más. Hasta que no bajaron la imagen no volvieron a moverse. La Señora quería quedarse allí. Hoy, esta Virgen menuda se venera en una gran basílica. Es santuario, y las almas, miles de almas criollas, forman su mejor relicario.

Encuentran pronto un piso reducido en la capital argentina. Es tan chico, que don Ricardo no tiene más remedio que excusarse ante el Nuncio un día que ha ido a visitarle. Le explica que tienen un piso tan pequeño en Buenos Aires, que más que haber puesto el pie en Argentina, parece que han puesto la punta del pie... Por eso no le han invitado todavía a visitarles(23).

El Eminentísimo Cardenal Antonio Caggiano, Obispo de Rosario y Arzobispo de Buenos Aires desde 1959, conoce al Padre hace tiempo: ha tenido ocasión de hablar con él en Roma y quiere y admira al Opus Dei. Años más tarde, desde la casa de Olivos, donde vive retirado, comentará que Monseñor Escrivá de Balaguer tenía su vida identificada por completo con la Obra de Dios. Le describirá como hombre de gran corazón dispuesto al sacrificio, al perdón, a la comprensión. Y subrayará la importancia de su espíritu como precursor de la llamada universal a la plenitud cristiana proclamada por el Concilio Vaticano II.

El pequeño Centro con que la Obra empieza en Buenos Aires se llama “El Cerrito”.

Después de 1959, el Cardenal Caggiano pedirá a don Ricardo que acuda a dirigir cursos de retiro para sacerdotes a las diócesis de Rosario, Catamarca, Córdoba, Misiones, Paraná, Corrientes, San Martín... En poco tiempo, conocerán el país al ritmo de su actividad profesional y apostólica. Y habrán aprendido a querer hondamente las soledades de esta inmensa Pampa, la paz de este río Paraná que se remansa y se extiende sin prisa, pero sin pausa, en su camino hacia el Atlántico.

Los primeros que piden la admisión en la Obra son Alfonso Isoardi y Ernesto García. Años más tarde, llegarán otros muchos. Uno de ellos escribirá:

«Cuando pienso en aquellos primeros tiempos -años enteros- desde la perspectiva del presente, con la magnitud que ha adquirido la labor en Argentina, calibro mejor algo de lo que, entonces, casi no alcanzaba a darme cuenta: la pequeñez, la dureza de los comienzos. Una dureza sin ruido, sin estridencias. Sólo la sensación, prolongada, de sembrar sobre piedra o arar en el agua (...). Nos transmitían a los que, muy de a poco, íbamos llegando: vivir de fe, de esperanza, de amor, trabajando con la alegría de saber que se está haciendo la voluntad de Dios. Íbamos creciendo en la identificación con el espíritu de la Obra, aprendiéndolo todo (...).

Y también, desde el principio, fue echando raíces en nosotros -fuerte, entrañable-, el cariño al Padre. Un cariño que crecía, como todo amor, cultivado delicada y asiduamente a través de la oración y la mortificación diarias, de las cartas, de la lectura de sus palabras, de las cosas que nos contaban los que le conocían y habían vivido con él»(24).

En estas palabras de uno de los primeros argentinos, se expresa el modo de formarse en el espíritu de la Obra. La transmisión fiel de las virtudes que el Padre les había enseñado a practicar; la entrega total a la Voluntad de Dios, que les ha llamado por su nombre; la filiación y la fraternidad...

Y, junto a la vertiente sobrenatural, la dedicación seria y profunda al trabajo profesional, quicio sobre el que se mueve la búsqueda de la santidad y el apostolado de la Obra.

Todo ello estructurado en forma de clases, charlas y conversaciones personales. Y, desde el primer día, el conocimiento profundo de la doctrina de la Iglesia en estudios de Filosofía y Teología que se hacen compatibles con toda otra actividad laboral, tanto manual como intelectual.

Hasta el 7 de diciembre de 1952, no llegará la Sección de mujeres a Buenos Aires. Pero, unos meses antes, Julia Capón, la primera argentina, escribe a Roma pidiendo al Padre su admisión en la Obra. Esta vocación es uno de tantos milagros que jalonan el camino del Opus Dei por la tierra. Julia ha oído hablar de estos hombres, entre los que se cuenta un sacerdote, y que viven el espíritu del Evangelio de un modo secular, dentro del mundo, en su trabajo habitual. Sabe que en España ha tenido lugar el comienzo de este espíritu y escribe para tener una referencia más directa. Durante semanas, la correspondencia es intensa. Regularmente cruzan el océano las cuartillas que tienden un nuevo puente de fraternidad. Y el 13 de agosto de 1952, Julia solicita la admisión.

A finales del mismo año, un cablegrama anuncia a Julia la llegada de Sabina Alandes. Entre las dos habrán de poner en marcha las tareas de la Sección de mujeres en esta grande y fecunda tierra americana. Poco antes, apenas comenzado el mes de diciembre, Sabina cruza la calle de Juan Bravo en Madrid: son las siete de la mañana y va al Centro de Diego de León. Sopla un cierzo frío, castellano, que se cuela a través de la bufanda. Ojos llorosos por el hielo de la mañana invernal van a disimular la emoción de la despedida. En Roma están al tanto de la salida del avión Madrid-Buenos Aires. Y cuando calculan que ha despegado, Monseñor Escrivá de Balaguer dibuja una cruz en el aire para bendecir el camino de esta hija suya que emprende una nueva ruta en el quehacer humano y divino de la Obra.

Horas después, el aparato sobrevuela Buenos Aires; Sabina se siente ya en su país. Desde arriba, esta ciudad aparece impresionante. Lo ríos se ven como una red enorme y tranquila que cruza los campos. La Pampa inmensa se alcanza, paradójicamente, de una sola mirada. Ya en tierra, toma su equipaje en el aeropuerto de Ezeiza. Casi en la misma puerta de viajeros la aborda una mujer joven y emocionada por el encuentro:

-«¿Vos sos Sabina?».

_«¡Tú eres Kitty! » . Este es el nombre familiar de Julia Capón (25).

Una alegría enorme. Y luego, el alud de palabras que no tienen más remedio que salir...

Hace un calor húmedo y llueve sobre las pistas del aeropuerto. Un airecillo suave vuela sobre las dimensiones colosales de la ciudad.

Durante algunos meses, Sabina vivirá en casa de Kitty, ya que se acumulan las dificultades de todo tipo para encontrar un inmueble donde instalarse. En las Navidades de 1952 reciben una tarjeta que el Padre envía a todos sus hijos, con un mensaje de aliento. El dibujo representa el empedrado de una vía romana, abierta al caminante. Y en la contratapa se puede leer: «caminad con valor, que se han abierto los caminos divinos de la tierra»(26).

Ceden los contratiempos y aparece -¡al fin!- la primera casa. La llamarán Veinticinco, sencillamente, porque se halla situada en la calle 25 de diciembre. Lo único que poseen son las llaves.

Pero no cabe el desánimo. Sentadas en las escaleras, Sabina y Kitty hacen planes. Sólo les escuchan, en esta tarde de primavera,la Virgen de Luján, distante, pero al filo del corazón; los árboles preciosos, como el ombú y el palo borracho que crecen en todos los jardines; y el azul incomparable de este cielo que se abre a su oración y a su esfuerzo confiado. El 7 de abril de 1953, el Señor se quedará, definitivamente, en el primer Sagrario que la Sección de mujeres de la obra tiene en Argentina.

Chile: junto a los Andes

Según la etimología del dialecto aymará, Chile significa «donde termina la tierra». Y no sólo el viejo vocabulario indígena, sino las habituales canciones marineras que suenan bajo todos los cielos y sobre todos los mares, consideran Valparaíso como el final del mundo.

Chile conoce los colores del desierto, la suavidad climática de la zona central, agrícola, y las eternas nieves volcánicas de la Tierra de Fuego. Más de un centenar de islas le dan escolta, a veces lejana, desde el océano.

En 1950, don Adolfo Rodríguez Vidal (27) -sacerdote--, viaja a Chile para iniciar la expansión de la Obra en este país. Cuando arriba a la ciudad de Santiago, el propio Cardenal Arzobispo, Monseñor José María Caro, le invita a permanecer en su residencia hasta que encuentre una casa adecuada para instalar el primer Centro del Opus Dei en el país. El Fundador no olvidará nunca este cariño del prelado hacia sus hijos, y cada vez que Su Eminencia pase por Roma sabrá del agradecimiento de todos.

Son muy frecuentes las cartas que llegan hasta don Adolfo desde Roma; también él relata, de modo habitual, sus pequeñas y grandes andanzas por tierras chilenas. Y basta la insinuación del más leve problema para que obtenga una respuesta, rápida y eficaz.

Los miembros de la Obra extendidos por México, Argentina y Estados Unidos le envían noticias, reforzando la unidad de afecto y espíritu que les ha llevado al Nuevo Continente. Así se lo cuenta al Padre, en repetidas cartas:

«Me encuentro muy unido con vosotros a través de (...) vuestras cartas. He recibido también cartas estupendas desde mis "vecinos" de México y Argentina»(28).

Busca con tesón la casa para montar una Residencia de estudiantes. Y al fin, en los primeros días de abril de 1950, firma el contrato de arriendo de un inmueble situado en la Avenida de O'Higgins, 2138 - 3°.

Una carta fechada el 16 de julio de 1950, día de la Virgen del Carmen, da cuenta de la instalación del oratorio en la nueva casa:

«¡Tenemos al Señor con nosotros desde esta mañana! (...). La Virgen del Carmen es la Patrona de Chile y de hoy no podía pasar. La pega era que no tenía apenas nada, ni "plata" para comprarlo (...). La solución ha sido la del préstamo (...). A medida que me vayan regalando cosas las iré devolviendo. Yo he comprado hasta ahora el altar -me lo pagó en parte un amigo-, el copón y la medalla de San José»(29).

En este país, que roza latitudes antárticas, la primavera cae a fines de año. El mes de María se celebra en noviembre. La Residencia de Santiago de Chile no se queda atrás en esta competición de afectos que el Opus Dei lleva en su equipaje, siempre, para la Madre de Dios. Las flores llegan a diario gracias a los residentes y llenan el altar de su primer oratorio. Incluso hay uno que domina el manejo de varios instrumentos musicales y ha conseguido acarrear un armonio hasta la casa. Se lo han prestado y ensaya, con melodías de toda índole, en el cuarto de estar. Pero el ritmo se le vuelve litúrgico cuando entona la Salve los sábados, en el oratorio, ante la Inmaculada. «Cantar es rezar dos veces».

El tiempo y lo insólito del paisaje chileno invitan a las caminatas, a las excursiones camperas hacia la costa. No en balde a Chile pertenece la isla de Mas a Tierra, al oeste de Valparaíso. La permanencia en este lugar del marino escocés Alexander Selkirk, en 1704, inspiró a Daniel Defoe su «Robinson Crusoe».

Algo así debe sentir don Adolfo en estos meses en los que permanece como único miembro de la Obra en Chile junto a un puñado de gente joven que empieza a vivir a su lado la alegría, fraternidad, trabajo y apostolado del Opus Dei. Pero muy pronto llegarán refuerzos. Cuando la semilla ha iniciado su vida y desarrollo bajo este suelo generoso.

José Enrique Díez Gil es el segundo miembro de la Obra que cruza los Andes. Tiene apenas veinte años y está cursando la licenciatura de Derecho. A partir de ahora, tendrá que dilatar su tiempo de trabajo para buscar medios económicos, dar a conocer a sus amigos chilenos el espíritu del Opus Dei, y concluir sus estudios. Durante los años siguientes terminará la carrera de Leyes y la de Ingeniero Comercial. Pocos meses después, en 1951, vendrá José Miguel Domingo Arnaiz, ingeniero naval.

Apenas tres años más tarde, pedirán la admisión al Padre las primeras vocaciones chilenas: Juan Cox Huneens, Pablo Vial y José Miguel Ibáñez Langlois.

Antes de que la Sección de mujeres arribe a Santiago, don Adolfo habla a un grupo de matrimonios a los que ha dado su amistad y ayuda sacerdotal. Dos señoras, que luego serán las primeras vocaciones de la Obra, se ofrecen para acondicionar una vieja casa, grande y abandonada, hasta convertirla en el primer Centro de mujeres del Opus Dei. El presupuesto de arreglos y mejoras es muy alto. Pero ya han aprendido a poner los medios y confiar en Dios. Trabajan sin descanso, hablan de los proyectos a todo su círculo de amistades. Se han empeñado en allanar los caminos de la Obra. A costa del esfuerzo constante y de la ayuda de algunos amigos, la casa estará pronto a punto.

Un día, cuando están acabando de pintar, suena el timbre. Antes de que puedan abrir, se introduce un sobre azul por debajo de la puerta. No espera nadie en el umbral. Al rasgarlo, encuentran cincuenta mil pesos en billetes: lo suficiente para pagar los materiales y mano de obra. Este donativo tiene el sello de la auténtica generosidad: el anónimo. Se trata de alguien que ha puesto su apoyo por encima del agradecimiento.

Con estos preámbulos, la Sección de mujeres viene a Chile a primeros de noviembre de 1953. Sólo unos días después, llegan las primeras vocaciones: María Tezanos-Pinto, Laura Prado, Elina Gianoli, Elena Wilandt y Carmen McKena... Son el comienzo de una larga lista. Pero en este país, la contradicción y las campañas, por parte de algunos grupos y personas, se dejan sentir en el ambiente. Las calumnias no recibirán respuesta ni rencor. Tampoco el menor desaliento, incluso por parte de personas muy jóvenes, que han encontrado en la Obra el camino de su vida. Todas tienen delante el ejemplo y las palabras del Fundador que ha dicho en circunstancias semejantes a sus hijos de otros países:

«La nuestra es una siembra de paz, de comprensión, de amor. Disculpamos a todo el mundo, comprendemos a todo el mundo, no nos sentimos dolidos por nada aunque, a veces, nos hieran y nos molesten. Todo es accidental; nosotros, en cambio, somos lo permanente: porque estamos haciendo una Obra divina. Vuestra única preocupación ha de ser ésta: que seáis santas, audaces, valientes. Sin miedo, pase lo que pase. En la vida vuestra todo es para bien. Si Dios lo permite. “Omnia in bonum!” Tranquilas. Con paz, abandonando en el Señor todas las inquietudes, porque no hay más que motivos de alegría» (30)

Italia de norte a sur

En Italia muchas personas se van acercando a la Obra y empiezan a surgir nuevos Centros en Roma, Palermo y Milán.

En noviembre de 1950 se abre otro Centro romano: en “Via Orsini” esquina a Pompeo Magno. El oratorio será bendecido el 9 de enero de 1952, cuando el Padre cumple cincuenta años de edad. Y en él celebrará don Álvaro, en 1954, su cuarenta aniversario.

En el Año Santo de 1950, Roma es una confluencia de peregrinos que invaden sus viejas y sólidas Basílicas. En “Villa Tevere”, las obras avanzan. Cada día sorprenden cosas nuevas: una escalera, un arco, una puerta... obreros que van y vienen incesantemente.

La Sección de mujeres participa de toda la actividad que se respira en la Villa. En cuanto se termina el edificio de la Administración, son las primeras que se trasladan desde el reducido espacio independiente que ocupaban en el “Pensionato”. Se instala, provisionalmente, un oratorio con los muebles que había en el de “Cittá Leonina”. Y cobra nuevo impulso la labor apostólica de mujeres italianas. Llegarán, de la mano de Dios, las primeras vocaciones: Gabriela Filippone, Carla Bernasconi, Gioconda Lantini. Se hacen también frecuentes viajes a Turín, Nápoles y Palermo. En esta última ciudad, entre el tipismo de sus mercados, los carros pintados de colores brillantes, los borricos enjaezados y las calles de puerto abigarradas de artesanos, quedarán sembradas las primeras esperanzas e ilusiones.

En la Sede Central no suele haber dinero ni para pagar gastos elementales. Pero la expansión continúa apoyada en el hecho, subrayado por el Padre, de que «la riqueza del Opus Dei es que sepamos vivir pobres... ». Esta escasez es compatible con un ambiente limpio, acogedor, de buen gusto. El Fundador quiere y pide este mismo clima para los Centros que comienzan; ayuda a instalar casas en muy diversos enclaves. Pero en todas pone la ilusión de la primera vez y cuida cada detalle, de lejos o de cerca, como si fuera la única que hubiese de montar.

«Quien no ame y viva la virtud de la pobreza no tiene el espíritu de Cristo. Y esto es válido para todos: tanto para el anacoreta que se retira al desierto, como para el cristiano corriente que vive en medio de la sociedad humana, usando de los recursos de este mundo o careciendo de muchos de ellos»(31).

En este espíritu de magnanimidad, trabajo y desasimiento le seguirán sus hijas e hijos por todos los caminos. A cada tarea sabrán darle su auténtica dimensión, ya que la categoría «está en la persona, no en el trabajo». A las que se ocupan de atender la Administración de los distintos Centros, les dice que él ha realizado, muchas veces, estos quehaceres: ordenar las habitaciones de los residentes, organizar las comidas, atender la limpieza. Y que lo hacía sabiendo que era algo tan importante como dar una clase en la Universidad o preparar un artículo para una revista...

Dejará, esculpido en piedra y en hierro, el grito de: «Vale la pena, vale la pena... » como resumen teológico. Se trata de dar a Dios la vida entera, sin espectáculo ni regateo, sin categorías que no arranquen de la única importante dimensión: el amor que engrandece cualquier índole de actividad humana.

Cuando parten los primeros miembros de la Obra hacia Palermo y Milán, dos ciudades que abarcan Italia de norte a sur, el Padre se dirige a ellos con cariño y exigencia:

«Tened una gran fe: sed niños con el Señor, pero hombres recios y fuertes con todos los demás. No vais allí a trabajar por vuestro gusto, sino por Dios. Sed fieles; rezad para que continúe este milagro de la vocación que es el milagro más grande. Vocaciones sólidas. Fidelidad: no traicionéis este camino luminoso (...). Dentro de una decena de años comenzaréis a daros cuenta de la maravillosa novela que estamos escribiendo y de las extraordinarias aventuras que vivimos»(32).

También Milán estrena Centro el 16 de diciembre de 1949. Este grupo de hombres jóvenes no acaba de creer que está -¡al fin!- en su casa. Porque la prehistoria de la Obra en la ciudad tiene acumulados muchos viajes y esfuerzos del Padre y de don Alvaro antes de conseguir el primer inmueble. En el mes de febrero de 1949, don Alvaro ha estado rezando en la iglesia de San Rafael, a dos pasos del Duomo.

En noviembre de este mismo año, han pasado por Milán camino de Centro Europa el Fundador y don Alvaro, y deciden una parada para estar con un puñado de hijos suyos, jóvenes, que esperan impacientes una casa donde reunirse desde hace más de un año. El Fundador les cita en una habitación de la Pensión Cordusio, situada en un lugar muy céntrico, en la zona comercial de la ciudad. Allí les ha recordado el motivo que ha de empujar su actividad: la santidad personal.

El primer piso que ocupan en Milán, en la Vía B. Bixio, es de dimensiones minúsculas. Faltan enseres elementales, pero los chicos, que han esperado muchos meses para conseguir una casa, hacen gestiones para lograr, poco a poco, lo necesario a su hogar. Y aunque el futuro comedor está vacío, los pocos dulces comprados para festejar la llegada de la Navidad hacen buen efecto sobre las maletas colocadas, provisionalmente, en medio de la habitación.

En un cuaderno en el que se escribe el diario de la casa, permanecen las líneas que pusiera Monseñor Escrivá de Balaguer al enviarles a abrir nuevas rutas por Italia:

Consummati in unum!... semper in laetitia et paupertate. ¡Unidos! en pobreza y alegría`. En un ejemplar de «Camino» consta la siguiente dedicatoria:

«A esos hijos míos, que empiezan la labor junto a la Madonnina, con mi bendición y un abrazo. -Roma, Inmaculada Concepción 1949»(34)

En efecto, desde la más alta aguja del Duomo, la Madonnina sonríe.

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