Hacia el ancho mundo

«Buscando mis amores iré por esos montes y riberas; ni cogeré las flores ni temeré las fieras y pasaré los fuertes y fronteras» (S. Juan de la Cruz)

Con entraña universal

Sobre “Villa Tevere” se alza un torreón circular. Su vértice está rematado por una cruz griega que pregona a los cuatro vientos, con los brazos terminados en punta de flecha, el deseo de caminar el mundo. En los primeros escritos, el Padre dibujaba con frecuencia esta cruz. La trazaba con rasgos fuertes, a pluma, como un vector de universalidad.

«Hemos de ser ciudadanos del mundo; tener el corazón grande para querer mucho (...). Ahora está de moda abrir un brazo y el otro, no. Nosotros extendemos los dos, repitiendo el gesto sacerdotal de Cristo, para que quepan todas las almas: todas (...). Amamos a los católicos y a los no católicos. Transigimos con las personas, aunque seamos intransigentes con la doctrina, porque no es nuestra. Transigimos en todo lo que no sea ofensa a Dios y, cuando hay error, disculpamos a quienes yerran y los comprendemos. Si no los quisiéramos, si no los tratáramos, si no conviviéramos con todos, no podríamos llevarlos a Cristo: no podríamos contribuir a que tuvieran la luz de la fe. Este ha sido el fondo cierto de nuestra caridad, que no excluye a nadie, desde los primeros tiempos de la Obra»(2).

Monseñor Escrivá de Balaguer clavó en el alma de sus hijas e hijos la convicción de que la Obra es universal, católica. Y que no nacía para dar solución a problemas concretos de un país o de una situación histórica. Nacía para «decir a hombres y mujeres de todos los países, de cualquier condición, raza, lengua o ambiente -y de cualquier estado: solteros, casados, viudos, sacerdotes-, que podían amar y servir a Dios, sin dejar de vivir en su trabajo ordinario, con su familia, en sus variadas y normales relaciones sociales»(3).

De nuevo iban a decirle al mundo que ahí, en el centro de su quehacer cotidiano, sus gentes debían buscar y ayudar a los demás a encontrar la dimensión sobrenatural de la existencia. Que el espíritu del Evangelio venía de nuevo a recordar la llamada de Cristo a santificarse en su trabajo, a santificar su trabajo y a santificar a los demás con su trabajo.

La expansión de la Obra por los cinco continentes llevará a los hombres y mujeres de su espíritu a desarrollar todas sus capacidades humanas en la nueva tierra a que Dios les haya destinado. Y serán testimonios de esta vocación divina, que abarca a todos, a través de su trabajo profesional.

Pero lo impresionante es que logre transmitir esta seguridad al grupo que le sigue en los comienzos de la Obra. Personas muy jóvenes, que apenas han salido de su país y que solamente se proyectan en la visión cotidiana del ámbito familiar y profesional que les rodea, van a captar en toda su amplitud esta dimensión del Opus Dei.

Cuarenta años después de haber conocido al Padre, don Pedro Casciaro será abordado por la pregunta de un mexicano:

-«¿Se daban ya cuenta de que la Obra era universal?, ¿creían poder verla extendida por tantos países?»(4).

El interrogante cae sobre una tertulia que tiene lugar en Los Pinos, la casa de Retiros situada en el cruce de los valles del Estado de Coahuila. Allí se han reunido hombres de Monterrey, Torreón, Aguascalientes y San Luis de Potosí. Aquí, muy lejos de España. Y don Pedro Casciaro ve desfilar, en entrañable y apasionante historia, los acontecimientos que han impulsado al Padre a enviarle, como a tantos otros, más allá del mar. Recuerda aquel verano de 1935, en Torrevieja, Alicante. Frente al horizonte de plata que abre el Mediterráneo cada amanecer. Han mediado solamente seis meses desde que supo la existencia de la Obra. Su única relación, en el pequeño pueblo marinero, es una hoja de noticias escrita a velógrafo, con tinta de color violeta. Leyendo aquellas breves líneas, se siente parte indisoluble, no de un grupo circunstancial, sino de un hecho sobrenatural que ha de perdurar siempre, como patrimonio de todo el mundo. En pie, junto al mar abierto, mira los barcos que salen del puerto con rumbo desconocido. Y siente nacer en su alma la semilla de la universalidad, de disponibilidad total para cruzar los caminos enteros de la tierra. Inunda su interior la pleamar de aquella frase que ha oído al Fundador: «Soñad y os quedaréis cortos»(5).

Más tarde, ni en los momentos más duros de la guerra civil española se perderá una línea de este perfil de la Obra. En 1938, el Padre les escribirá:

«¿Por qué no aprovecháis las horas muertas -que sobran abundantemente- repasando un idioma? Un diccionario y un libro para traducir, se llevan en cualquier parte (...). ¡En Madrid mismo, hay un amigo vuestro que repasa japonés, con ánimo de meter en nuestro camino a los universitarios de Tokio! »(6).

Don Pedro es testigo de esta misma andadura del Padre en los ratos de oración de sus meses de Burgos, a la orilla del Arlanzón, por Las Huelgas, Fuentes Blancas o La Cartuja. Y también don Alvaro del Portillo, cuando camina cerca del Padre por las llanuras castellanas de Valladolid y oye sus palabras, que abren rutas universales, junto a la estatura verde de los chopos.

«¿Te acuerdas? -Hacíamos tú y yo nuestra oración, cuando caía la tarde. Cerca se escuchaba el rumor del agua. -Y, en la quietud de la ciudad castellana, oíamos también voces distintas que hablaban en cien lenguas, gritándonos angustiosamente que aún no conocen a Cristo.

Besaste el Crucifijo, sin recatarte, y le pediste ser apóstol de apóstoles»(7).

La Segunda Guerra Mundial retrasará la llegada de los primeros miembros del Opus Dei a París. No es posible obtener visado de residencia. Pero las dificultades no atenúan ni desalientan la urgencia del Padre para que el Opus Dei rompa las fronteras del mundo. A nivel familiar se lo recordará a sus hijos en las ocasiones más imprevistas y cotidianas.

Un día de agosto de 1947, en Molinoviejo, junto al silencio de la montaña, sus hijas, que trabajan en la Administración de esta casa de Retiros en la provincia de Segovia, recuerdan su conversación con el Padre en un pequeño patio a la sombra de la tejavana. Les cuenta cómo será en breve, al paso de Dios, la expansión de la Obra. Está sentado sobre una silla de enea; las mujeres del Opus Dei que cuidan la casa caben, todas, en un pequeño banco corrido. Y el Padre les dice con su modo convincente, que irán, para difundir el espíritu de la Obra, a los cinco continentes. Y extiende, una vez más, las líneas de su quehacer profesional: médicos, campesinas, periodistas, investigadoras... Un interminable horizonte de apostolado con gentes de toda raza y condición.

Más de una vez hacen su oración frente a un mapa del mundo. Y recorren caminos por los que no han de tardar en ir con la fe y el impulso de su Fundador. No hacen falta grandes preparativos. Marcharán a realizar su trabajo ordinario, en muchos casos el estudio, a diversos países sin más equipaje ni alforja que el Crucifijo y el Evangelio, sin otra seguridad que la de contar con el trabajo, la contradicción y el seguro apoyo del Cielo, que es quien está empeñado en que la Obra se realice. Sus hijas e hijos aportarán a esta enorme misión el contrapeso de su fidelidad. Ni un solo día Dios dejará de protegerles con grandes y menudos detalles de su providencia ordinaria. Su Presencia, y el aliento del Padre, respaldarán la alegría con que emprendieron el viaje del mundo.

Les dice lo que habrán de llevar: «El espíritu del Opus Dei, que es universal, que ama a todas las almas sin excepción, que no es nacionalista, que es alegre, que es de entrega, que es de servicio y no de triunfo; espíritu de amor... »(8).

En la entrevista concedida a Peter Forbath, del «Time», en el año 1967, y recogida en «Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer», el Fundador recordaba los hitos de la expansión del Opus Dei:

«Para mí, es un hito fundamental en la Obra cualquier momento, cualquier instante en el que, a través del Opus Dei, algún alma se acerca a Dios, haciéndose así más hermano de sus hermanos los hombres.

Quizá quería que le hablara de los puntos cruciales cronológicos. Aunque no son los más importantes, le daré de memoria unas fechas, más o menos aproximadas. Ya en los primeros meses de 1935 estaba todo preparado para trabajar en Francia, concretamente en París. Pero vinieron primero la guerra civil española y luego la segunda guerra mundial, y hubo que aplazar la expansión de la Obra. Como ese desarrollo era necesario, el aplazamiento fue mínimo. Ya en 1940 se inicia la labor en Portugal. Casi coincidiendo con el fin de las hostilidades, aunque habiendo precedido algunos viajes en los años anteriores, se comienza en Inglaterra, en Francia, en Italia, en Estados Unidos, en México»(9).

En 1976, don Alvaro del Portillo, nombrado ya sucesor del Padre, recordaba:

«El Opus Dei tuvo desde el comienzo entraña universal, católica: debía extenderse a lo largo y a lo ancho de la tierra y llegar a hombres de toda clase y condición, porque Dios lo quería para vivificar con espíritu cristiano todas las tareas y realidades humanas. Si con el trabajo apostólico, con la oración y con la mortificación de Monseñor Escrivá de Balaguer el Opus Dei creció para adentro en esos años inmediatos a la fundación, igualmente se puede afirmar que el Padre ha preparado toda su expansión apostólica.

Muchas veces le he oído hablar de la prehistoria de la labor en un determinado país. La prehistoria consistía en que, mucho antes de que se estableciera el primer Centro de la Obra en las distintas naciones, nuestro Padre, con muchísima anticipación -yo he sido testigo-, había fertilizado aquel terreno con rezos y mortificaciones; había cruzado ciudades, rogado en iglesias, tratado a la Jerarquía, visitado tantos sagrarios y santuarios marianos, para que, al cabo del tiempo, sus hijas e hijos encontraran roturado el terreno en aquel nuevo país. Roturado y sembrado, porque, como solía decir, había lanzado a manos llenas por tantas y tantas carreteras y caminos de esa nación la semilla de sus avemarías, de sus cantos de amor humano que convertía en oración, de sus jaculatorias, de su penitencia alegre y confiada»(10).

Este rastro de amor, rezando y cantando bajo las más variadas latitudes, es el que han seguido sus hijos.

La universalidad del Fundador se vio refrendada por una gran facilidad de comunicación y un don de lenguas con el que se hacía entender cualquiera que fuese la mentalidad e idiosincrasia del auditorio.

Pero ésta y otras cualidades naturales no han mitigado la dureza de su entrega a la vocación universal para la que fue llamado. El Padre ha dibujado la imagen del Opus Dei bajo la inspiración de Dios, a costa de su vida; al precio de contradicciones y fatigas. Por ello, sin duda, Dios quiso regalarle, antes de morir, la caricia de una realidad espléndida.

«¿Sabéis por qué la Obra se ha desarrollado tanto? Porque han hecho con ella como con un saco de trigo: le han dado golpes, le han maltratado, pero la semilla es tan pequeña que no se ha roto; al contrario, se ha esparcido a los cuatro vientos, ha caído en todas las encrucijadas humanas donde hay corazones hambrientos de Verdad, bien dispuestos, y ahora tenemos tantas vocaciones, y somos una familia numerosísima, y hay millones de almas que admiran y aman a la Obra, porque ven en ella una señal de la presencia de Dios entre los hombres, porque advierten esa misericordia divina que no se agota»11

En verdad, sus hijas e hijos, de toda raza y condición, pueden decir que Dios puso en las manos de su Fundador la llave para abrir, de un modo nuevo, los”caminos divinos de la tierra”.

Sin fronteras

Es en Roma y en 1943 cuando Salvador Canals y José Orlandis conocen a Wladimir Vince y Anton Würster, de nacionalidad croata. El primer contacto tiene lugar en el Laterano, ateneo donde cursan los estudios de Derecho Canónico; al igual que el resto de los edificios de la Santa Sede en Roma, este Ateneo goza del status de extraterritorialidad. En el Laterano estudia un grupo reducido de alumnos que quiere conocer el Derecho de la Iglesia; y un contingente heterogéneo y numeroso de hombres que se refugian tras un carnet con el escudo pontificio para protegerse de la ocupación alemana en Italia. Este es el caso de dos croatas exiliados. No tardan muchos días en descubrir la amistad y el afecto de Salvador y José.

Wladimir Vince es natural de Djacobo y tiene 20 años. Iniciaba los estudios de Derecho en Zagreb cuando fue destinado a la Embajada de su país en Roma, en los primeros años de la Segunda Guerra Mundial. Anton Würster le acompañará durante esta etapa de sus vidas. Cuando los azares políticos cambian el régimen de su patria, tienen que abandonar la tarea que les llevó a Italia y adoptar la condición de refugiados.

En los primeros días de junio de 1944, los alemanes salen de Roma porque el ejército aliado ha logrado romper el frente.. La situación de Wlado y Anton es, cada vez, más comprometida; se ven obligados a abandonar el lugar que les ha dado protección hasta este momento. Los amigos españoles acuden en su ayuda: a través de los PP. Claretianos Larraona y Goyeneche consiguen que el Abad de los Benedictinos -que acoge sin diferencias a todos los refugiados en peligro- habilite para ellos unas habitaciones en su convento de St. Stefano.

Es singular que los bandos de la guerra respetaran, sucesivamente, esta moderna versión del derecho de asilo en los edificios eclesiásticos, y así salvaran sus vidas multitud de personas de muy diversa ideología. El día del triunfo aliado saldrán de su refugio en el Laterano personalidades tan dispares como Pietro Nenni, socialista, y Alcide de Gasperi, jefe de la Democracia Cristiana. Puede decirse que este 4 de junio de 1944 se produce un auténtico «relevo de la Guardia». Salen de sus refugios los antifascistas y dejan su sitio a los representantes del fascio que se ven obligados a huir.

Después de la ocupación aliada, Salvador Canals y José Orlandis siguen su trabajo habitual y, cada semana, acuden a ver a los amigos croatas en su refugio de St. Stefano.

Wladimir Vince será el primer croata que pide la admisión en la Obra, en 1946. Este hombre simpático, oportuno y tenaz, pone su vida entera en manos de Dios. Años más tarde, con el recuerdo de las vecinas montañas de Croacia que no podrá volver a contemplar y en su querida ciudad de Zagreb, traducirá, con infinito cariño, los puntos de «Camino» a su lengua natal. La universalidad que ha subrayado tantas veces el Fundador, empieza a materializarse en estas vocaciones fuera de España.

Mientras tanto, Luka Brajnovic, otro compatriota yugoslavo, logra huir de un campo de concentración y se reúne con ellos en la capital italiana.

En 1945, Croacia pasa a formar parte de la República Federal Yugoslava. Como consecuencia del exilio de su marido, Ana Tiján de Brajnovic, que vive allí con una hija de pocos años, tendrá que sufrir las consecuencias de la persecución religiosa, trabajos forzados y cárcel. No volverá a reunirse con su marido hasta 1956. De un modo providencial lograrán abandonar Yugoslavia y llegar a este reencuentro tras doce años que les resultan casi eternos.

Años más tarde, también Luka Branovic y Anton Würster pedirán la admisión en la Obra.

Y como muestra del cariño humano y la profunda preocupación del Fundador del Opus Dei por la vida de cuantos pasan a su lado, he aquí el testimonio conmovedor de Ana Tiján:

«He tenido poco contacto directo con el Padre. Sin émbargo, él se ha convertido, de un modo especial, en el personaje central de mi familia y de cada uno de sus miembros. Todo este contacto se reduce a un fuerte apretón de manos, a una mirada indescriptible, llena de bondad, profundidad y vida, a un ruego sincero de oración por él, a una alegría no simulada y expresada de poder conocerme, y, años después, de reconocerme y saludarme de nuevo. Todo esto sin dejar casi tiempo de poder agradecerle todas las atenciones que ha tenido con mi familia; felicitándonos por las bodas de plata de nuestro matrimonio, compartiendo la alegría del reencuentro de mi marido y mío después de doce años de separación»(13).

Así, con el espíritu que Monseñor Escrivá de Balaguer había inculcado en sus almas, los hombres del Opus Dei supieron tender un puente de amistad y fraternidad con los hermanos de otros países; compartieron sus dificultades y pusieron en sus vidas la fortaleza de una misión divina. Les brindaron el amor de una familia universal, sin fronteras, que Dios abría a los hombres de todas las latitudes del mundo.

Expansión de la Obra en Portugal

Verano de 1944. Tres miembros del Opus Dei acuden, para ampliar estudios, a la Universidad de Coimbra. Además, llenando las maletas, donde se amontonan los libros de estudio, llevan la ilusión del Padre por extender la Obra de Dios en Portugal. Cuando vuelvan a Madrid traerán experiencia acerca del ambiente, la Universidad -profesores y alumnos- y amigos de Coimbra.

En septiembre de ese mismo año, el P. José López Ortiz, agustino, es nombrado Obispo de Tuy. Pocas semanas después, toma posesión de la diócesis gallega, que se encuentra en la frontera con Portugal.

La amistad del Fundador del Opus Dei con este religioso es antigua, ligada por acontecimientos difíciles y conmovedores de la historia de la Obra. Cuando la contradicción ha sembrado dolor y trabajo sobre la figura del Padre, el P. López Ortiz ha sido un reducto de confianza.

El Palacio Episcopal se ha construido entre los muros de un antiguo castillo de la Edad Media; una galería encristalada permite admirar un paisaje incomparable: el río Miño fertilizando, sin brusquedades, los campos de Portugal y de Galicia. Cerca, los montes y valles gallegos asomando en la niebla de cada mañana.

El Padre se desplaza a Portugal en febrero de 1945. Le acompaña don Alvaro, y se hospedan en el Palacio Episcopal de Tuy respondiendo a la invitación del Obispo. Quiere el Padre asomarse a este país vecino para que también se sume, lo antes posible, a esta renovadora tarea de llevar el espíritu de la Obra por el mundo. Hace muchos años que reza y pone su corazón sobre la futura labor apostólica de Portugal.

El primer miembro de la Obra que llega a Portugal, para establecerse allí es Paco Martínez13, que lleva, como mejor equipaje, varios consejos subrayados por el abrazo del Fundador. El Padre le recuerda la parábola del grano de trigo que «si no muere, no da fruto»; y le dice antes de partir que tendrá que enterrarse y morir como el trigo evangélico para que crezcan nuevas espigas en su trabajo... Y le previene para que no lleve a mal posibles comentarios sobre rivalidades entre los dos países: eso eran cosas -viene a decirle-, riñas de nuestros abuelos. Ya pasaron. Los dos, España y Portugal, cada uno en su sitio, son dos brazos para servir a la Iglesia (14).

Según contará más tarde el Fundador, también Sor Lúcia, la única superviviente de los tres pastorcillos a quienes se apareció la Virgen de Fátima en la «Coya da Iría», «tiene la culpa» de que en Portugal empiece a trabajar el Opus Dei desde 1945.

Sor Lúcia es religiosa Dorotea y reside en Tuy desde 1945. Coincidiendo con el viaje de Monseñor Escrivá de Balaguer, el Obispo le pide que suba al Palacio Episcopal para tener un encuentro con el Fundador del Opus Dei. Sor Lúcia describirá aquella primera entrevista y dejará testimonio escrito de este diálogo, después de la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer en 1975:

«Todas cuantas veces he hablado con Mons. Escrivá he sacado la impresión de que era un alma llena de amor de Dios y de amor a Nuestra Señora, a la Santa Iglesia, al Santo Padre y a las almas, que trataba de salvar a todos con todos cuantos medios disponía.

Espero que en el Cielo, cerca de Dios y de la Virgen, se acuerde de mí»(15).

Las entrevistas de este primer viaje del Padre, acompañado por don Alvaro y Monseñor López Ortiz serán muy positivas. Tanto el Obispo de Leiría, como el de Coimbra y el Cardenal Patriarca de Lisboa, le aconsejan que la Obra empiece en la Ciudad Universitaria de Coimbra, a la que acuden anualmente miles de estudiantes. Así se hará. Desde el 5 de febrero de 1946 está en la Ciudad del Mondego Paco Martínez, que establece contacto con profesores y alumnos de las Facultades. Entre ellos, Mario Pacheco, que habrá de ser el primero que pida la admisión en Portugal; porque, de hecho, el primer portugués ya está en la Obra: se trata de Armando Serrano, que ha llegado al Opus Dei durante el curso 1943-44 en Madrid. En esa fecha es residente del Colegio Mayor Moncloa. Ahora, el puente queda definitivamente tendido para que sus compatriotas llenen de vocaciones generosas los caminos del mundo.

En junio y septiembre de 1945, el Fundador, acompañado de don Alvaro del Portillo y Amadeo de Fuenmayor, ha cruzado de nuevo la frontera portuguesa y visitan al Cardenal Patriarca de Lisboa, Monseñor Manuel Goncalvez Cerejeira, y también al Obispo de Coimbra, don Antonio Antunes, para testimoniarles, una vez más, su absoluta disponibilidad y amistad. De ahí que, cuando sus hijos llegan, las autoridades eclesiásticas les reciben con gran cariño. El Obispo Antunes dirá en una ocasión, a Paco Martínez, que la labor del Opus Dei es como la lluvia fina y permanente que, con suavidad, empapa la tierra y la hace fértil. La lluvia fuerte, en cambio, arrasa y desola los campos. Ni el bien hace ruido, ni el ruido hace bien(16).

El 20 de abril de 1946, otros dos miembros de la Obra anuncian en un telegrama a Paco Martínez su llegada a Portugal con carácter definitivo. La alegría de este solitario iniciador es formidable. Al fin, puede abrazar a los que vienen de España. De momento, se hospedarán en el Hotel Avenida. La pequeña habitación que ocupan será frecuentada, en breve, por varios compañeros de estudios.

Pero llega el día en que se hace imprescindible una sede para el primer Centro. Un industrial, Antonio Amado, se ofrece a acompañarles en la búsqueda de un inmueble adecuado. Su intervención será decisiva. Al día siguiente de iniciar las gestiones encuentran una casa en alquiler: es el número 30 de la Rua Antonio José de Almeida y será «bautizada» con el antiguo nombre de la calle en que se alza: Montesclaros.

El hallazgo se comunica al Padre, ya que es muy frecuente el contacto del Fundador con sus hijos de Portugal. Y todos comparten esta ancha alegría de los comienzos. Aún pasarán dos meses hasta que el nuevo local pueda estar acondicionado para vivir. Mientras tanto, el 27 de junio, en el Hotel Avenida, Mario Pacheco escribe pidiendo su admisión en la Obra. Sólo unos días después, el 10 de julio, el Avenida se convertirá en recuerdo porque Montesclaros inicia su vida como Centro del Opus Dei. El 17 de diciembre del mismo año, el Obispo de Coimbra bendecirá el oratorio y celebrará la primera Misa. Dios se queda ya en la casa.

Desde junio de 1946, «Camino» está a la venta en las librerías portuguesas. La versión al idioma luso ha corrido a cargo del doctor Urbano Duarte, profesor del Instituto de Coimbra y gran amigo de la Obra.

El Padre sigue muy de cerca la vida de los primeros portugueses. Y para que estén atendidos por un sacerdote de la Obra, les enviará a don José Luis Múzquiz.

Cuando llega por primera vez a Montesclaros se encuentra, saltando por las ramas del jardín, a los «macaquinhos» que ha regalado el Cardenal Gouveia, Arzobispo de Lourenco Marques, a los de la Obra: les ha dicho, riendo, que así recordarán de un modo vivo y diario la promesa que le han hecho de llevar el Opus Dei a Mozambique, como en las antiguas «Luisiadas», desde Portugal a las colonias.

Don José Luis siente gran emoción al arrodillarse ante el sagrario de Coimbra: el primero de la Obra fuera de España. Y su entusiasmo le lleva a dar, en breve plazo, un retiro en idioma portugués. Aunque lo practica, aún, de un modo inseguro.

El Padre hará frecuentes viajes a Portugal. Siempre, después de grandes trayectos de norte a sur del país, acabará recalando, incluso a altas horas de la noche, en la «capelinha» de Fátima, rezando con gran amor, fe y confianza.

Este es un país bendecido por las apariciones de la Virgen que la Iglesia ha subrayado con su asentimiento. No puede faltar la protección de la Señora. Monseñor Escrivá de Balaguer la invocará aquí con especial intensidad. Pedirá a su Maternidad -el título que más le gusta invocar al dirigirse a María- la protección necesaria para sus hijos y para las tareas y dificultades que les aguardan en cada curva del camino.

En 1972, durante unos días de catequesis en Portugal, dirá:

«En esta tierra sabéis amar muy bien a la Virgen. Por todos los caminos, por las carreteras, encuentro imágenes de Nuestra Señora. La queréis de verdad, pero la tenéis que meter en vuestro corazón, llevando una vida cristiana»(17).

Y en otra reunión:

«Vengo con frecuencia a Portugal, sin que me vea nadie, y me acerco a Fátima (...). Voy encantado, feliz... Si no os reís, os diré que a veces he ido descalzo (...). Si no os reís, os diré que, cuando estoy solo, lo mismo que cuando hay gente delante, beso las medallas del rosario. Llevo tantas como mi madre... Las beso una por una (...). Uno de estos hijos míos portugueses (...) me había visto rezar en Fátima y besar las medallas. Después me escribió y me decía: me ha gustado verle rezar con su rosario, porque besa las medallas como las viejas. Pedí al Señor rezar como las viejas, teniendo doctrina de teólogo»(18).

En marzo de 1948 hay ya algunos miembros de la Obra que viven también en Oporto. A principios de verano se puede contar ya con una casa alquilada en la Rua de Ricardo Severo 131, para abrir una Residencia de estudiantes que debe empezar a funcionar en octubre del mismo año. No se anotan las dificultades de toda índole porque ya son de ordinaria administración. Esta Residencia, que recibe el nombre de Boavista, cuenta el 7 de octubre con las paredes, y en una de ellas, empotrado, como acelerando el tiempo, un reloj. Poco más. Sin embargo, el 8 de diciembre, el Obispo de la ciudad, don Agostinho, bendice el oratorio y el nuevo sagrario de la Obra. No hay bancos pero, presenciando la ceremonia en pie, están los ya numerosos amigos que frecuentan los medios de formación del Opus Dei en Oporto. Y al otro lado del río Duero, allá arriba, en Vila Nova de Gala -el monte de la Virgen, como le llaman en la ciudad-, la Señora guarda en su corazón el amor y las frecuentes visitas que ha recibido de los miembros de la Obra desde su llegada a Oporto.

Iniciado el otoño, el 13 de octubre, el Padre llega a Coimbra. Después de celebrar la Santa Misa en el oratorio de Montesclaros se lleva a dar un paseo largo con él a Mario y a Nuno, las primeras vocaciones de Portugal. Les habla de un inmenso trigal que la gracia de Dios aventará por todos los rincones del mundo. Y de santidad personal. No es una palabra vacía o altisonante: es el trato habitual y cotidiano con Dios. Es el amor sobrevolando las cosas del quehacer diario. Antes de salir camino de Oporto se acerca al cementerio para rezar ante la tumba de Monseñor Antunes, fallecido unos meses antes: el Obispo que tantas pruebas de cariño dio a los primeros de la Obra en Portugal.

Al día siguiente llega a Oporto y disfruta hasta el infinito en la nueva casa de Boavista. Los pocos muebles que hay son prestados. El Padre se reúne con un buen grupo de gente joven y, sentados en el suelo, les transmite su alegría, su amor a Cristo y la vibración de ser instrumentos suyos para acercar a Dios a los compañeros de estudio y de trabajo. Le gusta mucho la casa, y les dice que comienza como todas, sin un mueble(l9)

Se lo hace notar para que comprueben que todo cuanto suceda no será obra suya sino de Dios.

En marzo de 1949 repite su visita. Con el cariño de siempre, que impresiona a los mayores y a los jóvenes que le conocen por primera vez, les habla de Roma, de su última audiencia con el Santo Padre; de sus hermanos de España; de la próxima partida de don José Luis Múzquiz a los Estados Unidos.

Esta vez tiene delante a Emérico, el primero de Goa que ha pedido la admisión en el Opus Dei. El Fundador bromea con él. Le gustan la capa y la batina -vestes de la Universidad- que lleva puestas; se interesa por su familia; le pregunta sobre su país de origen. Al tocar el tema de las castas y razas en la India, el Padre le dice que al llegar a la Obra ha pasado a formar parte de una sola raza: la de los hijos de Dios. Y antes de partir le dejará una dedicatoria:

«No olvides que El te llamó, dilatare “regnum Dei Inter.”.gentes, para extender el reino de Dios entre todas las gentes»(20).

Le promete, además, enviarle una pequeña cruz de madera que reserva a la primera vocación de cada país. Y añade: «a éste le vi yo cuando di la Bendición a aquellos tres primeros... »821). Se refiere al asilo de Porta Coeli de Madrid, cuando, en 1933, con el Santísimo entre las manos, vio con los ojos del alma que una multitud de todos los continentes acudiría hasta el espíritu de la Obra.

De Oporto será también la primera vocación portuguesa para la Sección de mujeres del Opus Dei. Se trata de María Sofia Pacheco. En mayo de 1949, Encarnita Ortega emprende su primer viaje a Portugal. De camino, pasa por la ciudad española de Vigo, en donde, nada más llegar, inicia una lista de llamadas telefónicas desde el Hotel Continental: Lourdes Bandeira, Lila Massó, las hermanas Cameselle, Julia de Haz, Montse Bordas... Es asombrosa la actitud de generosidad con que responden estas chicas. En muy pocas jornadas, Encarnita tiene la inmensa alegría de llevarse varias cartas para el Padre solicitando la admisión en la Obra.

Llega a Oporto, y allí establece contacto con María Sofía Pacheco. Es una persona serena, intelectual, alegre... Charla con ella a lo largo y a lo ancho de los minutos y los días. No puede prolongar la estancia porque se acaba el dinero. Pero la misión de siembra ha sido cumplida. En el otoño de 1949, María Sofía llega a España y habla largamente con el Padre. Esta mujer acaba de entregar su vida sin regateos; intuye una expansión inmensa por el pedazo de mundo que han colonizado los portugueses. Pero esta vez la conquista es de amor, y es Dios el único viento impulsor de la empresa.

En diciembre de 1949 ya hay también un buen grupo de miembros de la Obra en Lisboa. No tienen casa y han de hospedarse en una pensión de estudiantes. Allí, entre libros, exámenes y paseos frente al «mar do palpa», se forja la amistad, la expansión de esta familia espiritual del Opus Dei. Su optimismo es tan proverbial, y su alegría, cara al presente y el futuro, tan notoria, que la buena mujer, dueña de la casa de huéspedes, no tiene más remedio que pensar en voz alta:

-«¡Os senhores sempre estaó contentes!... »(22).

El 1 de diciembre de 1951 llega, para quedarse en Lisboa, un grupo de la Sección de mujeres. Se ha podido acondicionar para ellas una casa decorada con objetos lisboetas típicos y del ultramar portugués.

La última vez que el Fundador de la Obra pise suelo portugués en 1972, dejará traslucir la formidable expansión que ha presenciado:

«He vuelto de Portugal encantado, feliz. Son muchos los miles de personas que hemos visto en este viaje»(23).

Miles de almas. Es lo que soñaba junto a sus hijos. A lo único que fue e irá la Obra por el mundo. Y porque el Cielo le regala esta hermosa realidad, el Padre ha pasado por Fátima para dar gracias una vez más a la Señora que ha guiado, que guía siempre, los pasos de este caminar divino.

Y deja escritas, a sus hijos portugueses, unas palabras que resumen su estímulo humano y sobrenatural:

-«Vale la pena. Una vida es muy poco. ¡Cien vidas es muy poco! Vale la pena»(24).

Dios ha hecho de nuevo realidad la frase que tanto repite a los miembros de la Obra: «soñad y os quedaréis cortos... ». No se deja ganar en generosidad y, a cambio de la fidelidad de los que llamó a trabajar en el mundo, la respuesta desborda cualquier cálculo humano.

Por eso vale la pena entregar la vida y aun cien vidas, porque es un precio desproporcionado para pagar la respuesta del Cielo.

Más allá del canal: Inglaterra

Cuando comienza la expansión del Opus Dei por Europa, el Padre pone los ojos del alma en las islas Británicas. Todavía cunde el ambiente de post-guerra. Alemania está en plena ocupación y sin moneda; el Oriente europeo, dominado por Rusia. Bélgica y Holanda se recuperan penosamente de la invasión nazi. Pero hay tres países que gozan de una situación más estable: Francia, Inglaterra e Irlanda.

Hay, sin embargo, grandes dificultades para trasladarse de un país a otro: se requieren múltiples visados y permisos. La única forma fácilmente viable es conseguir becas de estudio. Y así se inician los primeros viajes.

Para ir a Inglaterra, en el invierno de 1946, el Padre piensa en Juan Antonio Galárraga(25). Acaba de terminar la carrera de Farmacia y ha leído la Tesis con Premio Extraordinario. Con estas credenciales, no le ha sido diúcil obtener una beca del Ministerio de Asuntos Exteriores que garantiza su estancia en Inglaterra durante seis meses prorrogables.

Londres se cubre ya con una niebla espesa cuando, el 28 de diciembre, toma tierra con otros dos miembros de la Obra en el aeropuerto. Desde su llegada tienen la oportunidad de compartir los estragos, todavía perdurables, de la guerra. Calles enteras convertidas en escombros, alimentos racionados y menú único.

Juan Antonio Galarraga estudia en la School of Hygiene and Tropical Medicine, situada en Gower Street. Los medios económicos de que disponen son exiguos. Se alojan en una pensión e inician los contactos personales con los compañeros de trabajo.

Casi inmediatamente después de llegar a Londres, visitan al Cardenal Griffin para hablarle de la Obra y de los proyectos que el Padre ha trazado para que comience un Centro del Opus Dei en las Islas Británicas. Les recibe y atiende con gran cariño.

No será una tarea fácil la de estos comienzos. Más tarde, el Fundador recordará lo duros que fueron estos primeros tiempos para sus hijos de Londres. Tendrán que trabajar en todo para no desperdiciar un sólo chelín, que no tienen.

El Padre les escribe, desde Roma, en marzo de 1947: acaba de hacerse pública la Constitución Provida Mater Ecclesiae y les avisa para que hagan lo posible por escuchar la emisión en Radio Vaticano. Como no tienen radio ni lugar donde poder oír la noticia, acuden a la BBC. Y pondrán a su disposición una línea telefónica para que puedan escuchar, en directo, la lectura que emite Radio Vaticano.

Llevan ya más de seis meses en la capital inglesa y empieza a ser necesaria una casa que sustituya al régimen de pensión. Es preciso un lugar donde recibir a sus amigos. Y se inicia la búsqueda sistemática. En junio encuentran una junto a Knightbridge, al sur de Hyde Park, en Rutland Court.

A pesar de su flema británica, el portero del inmueble se queda de una pieza cuando ve llegar a los nuevos inquilinos sin mobiliario alguno: solamente dos pequeñas maletas. Más tarde se podrán alquilar unas camas y varias sillas. Y, poco a poco, la casa irá adquiriendo el aspecto grato de un rincón inglés.

Por Rutland Court pasarán los primeros que van a pedir su admisión en el Opus Dei. Y, por ser Londres un lugar de encrucijada, se convertirá también en paso obligado para otros miembros de la Obra que hacen escala allí por motivos profesionales.

El 19 de marzo de 1950, Michael Richards pedirá al Padre su admisión en la Obra: es el primer británico del Opus Dei.

Monseñor Escrivá de Balaguer llama en julio de 1951 a Juan Antonio Galarraga para que acuda a la Ciudad Eterna. Mientras pasean los cimientos de Villa Tevere, el Padre lanza la idea de montar una Residencia de estudiantes en Londres. Le anima a buscar casa. Y le anuncia la llegada de la Sección de mujeres, que se hará cargo de la Administración del nuevo Centro. Hasta este momento no hay en las Islas Británicas ningún sacerdote de la Obra, pero, pasado el verano de 1951, irá don José López Navarro(26).

Y, a pesar de las deudas que pesan de modo agobiante sobre las obras de la Sede Central, el Fundador quiere conocer palmo a palmo la situación económica en que se encuentran para ayudarles en lo que haga falta.

Así, en abril de 1952 comenzará a funcionar la nueva Residencia, que será conocida con el nombre de Netherhall House. Inicialmente ocupa el número 18 de una calle, en el barrio de Hamstead. Una casita pequeña, construida en una zona independiente del j ardín, servirá de acomodo a las mujeres de la Obra que van a hacerse cargo de la Administración. The Cottage es el nombre de este mínimo chalet. En 1953, Netherhall ampliará sus locales adquiriendo el número 16 de la misma calle. Años más tarde se levantarán nuevos edificios y, en 1966, una vez acondicionados, la Reina Madre de Inglaterra inaugurará las nuevas instalaciones. Se han ganado la confianza y el justo aprecio de las autoridades académicas de Londres. No sorprende que el profesor Logan, Rector Magnífico de la Universidad, les pueda decir: «Estoy profundamente impresionado por los resultados obtenidos hasta ahora por "Netherhall" y por la viva atmósfera universitaria que habéis sabido crear»(27).

Conviven, en la misma casa, estudiantes ingleses, africanos y asiáticos. Y, además, acoge a centenares de muchachos que utilizan las instalaciones y participan en los cursos que se celebran continuamente.

Netherhall es una gota de agua en el mundo londinense. Pero quienes pasan por allí se sentirán en su casa. Y no quieren perder el contacto con sus amigos de Inglaterra. Desde Birmania, Singapur, India, Kenia, Sierra Leona, Noruega, Polonia, Ghana, Japón... llegarán cartas de profesionales que recuerdan viejos tiempos y se sienten parte de esta gran familia.

El Patronato de la Residencia estará presidido por Bernard Audeley, no católico. Incluye, además, a personas de muy variadas tendencias, algunas antagónicas. Es muy significativa la anécdota de los cuatro miembros del Patronato que están reunidos, un buen día, en una de las salas privadas del Parlamento de Westminster. En pleno estudio de proyectos para recabar fondos y ayudar a Netherhall, suenan los timbres reclamando la presencia de los parlamentarios para una votación. Entre los reunidos hay dos del partido Laborista y dos Conservadores. En el Parlamento ocupan escaños opuestos, pero no es obstáculo para que estén de acuerdo en promover Netherhall House.

Desde el primer momento, el Padre tiene también una gran ilusión por la futura labor en Oxford. Su Universidad, del siglo XII, es de las más antiguas del mundo, después de las de Bolonia y París. Aunque todavía no ha visitado Inglaterra, el Fundador tiene ya, en el corazón, la imagen del gran claustro del “Christ Church College”, construido por Wolsey en 1525.

Quiere saber de sus hijos con frecuencia. Les pide que escriban a Roma a menudo contando los pequeños grandes detalles de su vida. Les sigue con su oración, con su sacrificio constante, con el cariño y la solicitud de quien ha puesto en sus manos un encargo de Dios muy serio.

El Fundador llega a Inglaterra, por primera vez, en 1958. Se alojará en un chalet de Courtenay Avenue, muy cercano a Netherhall House, y que pertenece a una familia hebrea. Es el 4 de agosto, y a la mañana siguiente, martes, celebra su primera Misa en el Reino Unido.

A media mañana se acerca a la Residencia y se reúne con sus hijos, que le enseñan, entusiasmados por su presencia, toda la casa. Como siempre, les abre horizontes inmensos y vuelve a ocuparse, insistentemente, de la futura labor en Oxford y en Cambridge. En el dorso de una fotógrafa colocada sobre la mesa de Dirección, escribe: “«Sancta Maria, Sedes Sapientiae, filios tuos adiuva”; Oxford, Cambridge, 5-VIII-58». Esta misma mañana pasa un largo rato con las mujeres de la Obra en una nueva Residencia que han iniciado en 1956, Rosecroft House. Y, además, se comienzan las gestiones para conseguir un inmueble en la zona universitaria de Oxford. Juan Antonio Galarraga se entrevista con Bishop Graven, y le habla de los proyectos de Monseñor Escrivá para montar un College y dedicar el esfuerzo de la Obra a una tarea universitaria. Inmediatamente le pone en comunicación con Monseñor Gordon Wheeler, Administrador de la Catedral de Westminster. Wheeler es converso anglicano y ha estudiado en Oxford. Conoce muy bien la Universidad. Además, sabe que hay una casa, en buenas condiciones, que está a la venta. Se trata de Grandpont House.

En los días siguientes, el Padre y don Alvaro, guiados por un buen conocedor de Londres, recorren los lugares más representativos. Admira la solidez y seriedad del mundo anglosajón. Y aquí, junto a los grandes edificios de bancos, empresas, comercios, hoteles, la prisa y la indiferencia, se siente incapaz, sin fuerzas para caldear el ambiente y se dice a sí mismo: «Josemaría, aquí no puedes hacer nada».

Después, comentaría:

«Estaba en lo justo: yo solo no lograría ningún resultado; sin Dios, no alcanzaría a levantar ni una paja del suelo. Toda la pobre ineficacia mía estaba tan patente, que casi me puse triste; y eso es malo (...). ¡Es mala cosa la tristeza!

De pronto, en medio de una calle por la que iban y venían gentes de todas las partes del mundo, dentro de mí, en el fondo de mi corazón, sentí la eficacia del brazo de Dios: tú no puedes nada, pero Yo lo puedo todo; tú eres la ineptitud, pero Yo soy la Omnipotencia. Yo estaré contigo, y ¡habrá eficacia!, ¡llevaremos las almas a la felicidad, a la unidad (...)! ¡También aquí sembraremos paz y alegría abundantes!»28.

La reacción del Fundador es inmediata y piensa que hay que trabajar en Inglaterra y desde Inglaterra... porque es una encrucijada del mundo(29).

El 8 de agosto visita Oxford. Acompañan al Padre, don Alvaro y don Javier Echevarría. Llueve intensamente, pero, desafiando el agua, recorre la vieja Ciudad Universitaria. Y como un «ritornello» va repitiendo:

-«Hay que meter a Dios en estos sitios»(30).

Tres días más tarde se acerca a Cambridge y admira el King College y el Trinity College. Con su gran capacidad de observación anota en su memoria detalles arquitectónicos, las vestes académicas, la disposición de las Bibliotecas...

Sobre el césped que alfombra las estructuras góticas de los Colleges, donde tantas veces los desfiles académicos enmarcan la ciencia, el prestigio, el esfuerzo, el Padre les habla de esta ingente tarea de poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas.

Cuando le explican la resistencia de la gente a hablar de su mundo personal, el Padre repite:

«Si será licito meterse de ese modo en la vida de los demás? Es necesario. Cristo se ha metido en nuestra vida sin pedirnos permiso. Así actuó también con los primeros discípulos: pasando por la ribera del mar de Galilea vio a Simón y a su hermano Andrés, echando las redes en el mar, pues eran pescadores. Y les dio Jesús: seguidme, y haré que vengáis a ser pescadores de hombres... (Mc 1, 16-17) (...). Tenemos el derecho y el deber de hablar de Dios, de este gran tema humano, porque el deseo de Dios es lo más profundo que brota en el corazón del hombre» (31).

El sábado 17 de agosto entra en la Abadía de Westminster, de confesionalidad anglicana, y reza el Angelus y el Rosario en un ángulo de la gran nave, junto a una imagen de la Virgen. Tiene nostalgia de este enorme trozo de la Iglesia de Jesucristo que ha roto sus amarras a Roma, que ha olvidado la protección de la Madre de Dios sobre su singladura. Desde Londres, escribe a Michael Richards, inglés, que ya se encuentra en Roma:

«Esta Inglaterra, bandido, é una grande bella cosa! Si nos ayudáis, especialmente tú, vamos a trabajar firme en esta encrucijada del mundo: rezad y ofreced, con alegría, pequeñas mortificaciones »(32).

Dos días antes, ha renovado la Consagración de la Obra al Corazón de María ante la imagen inglesa de Nuestra Señora de Willesden. Al concluir su peregrinación pasará por la Catedral católica de Westminster, encomendando a la Señora la posibilidad de lograr un templo en el que se facilite la atención espiritual a los católicos que busquen la dirección y ayuda de la Obra en Inglaterra.

El 26 de agosto se acercan a la iglesia de San Dunstan, en la ciudad de Canterbury, donde está enterrada la cabeza de Santo Tomás Moro. Reza con intensidad ante la lápida y siente la ilusión de conseguir una reliquia del santo y político inglés. No es empresa fácil. La iglesia pertenece a las autoridades anglicanas, y hace años que los objetos de Tomás Moro están sellados y recogidos.

En un oratorio de la Sede Central, en Roma, hay arquetas que custodian las reliquias de los Santos Intercesores de la Obra. Pero aún está vacía la reservada al Santo Canciller. Por eso, lanza un reto a sus hijos:

«Si no conseguís la reliquia de Santo Tomás Moro, tendré que poner en su interior una nota que diga: esta arqueta está vacía, porque mis hijos de Inglaterra no han sido capaces de lograr una reliquia de Santo Tomás Moro»(33).

El Padre, en efecto, ha colocado reliquias de San Pío X, San Juan María Vianney, San Nicolás de Bari y Santa Catalina de Siena en el oratorio de la Santísima Trinidad, en la Sede Central del Opus Dei en Roma. Son santos de la Iglesia Católica a los que ha encomendado diversos aspectos y trabajos del Opus Dei.

Santo Tomás Moro es el intercesor que ha elegido como mediador de las relaciones entre la Obra y las autoridades civiles de cada país. De ahí su interés en conseguir una reliquia del Santo Gran Canciller de Enrique VIII.

Un año después, la Abadesa de una comunidad religiosa donde se venera una urna de cristal que guarda la camisa-silicio del Santo, ofrece al Opus Dei un trozo que tiene por concesión de las jerarquías religiosas, que afirmaron su autenticidad al sellar la urna. En Roma, ya no hay una arqueta vacía.

En 1959 se podrá disponer de Grandpont House. A los dos miembros de la Obra que van a desplazarse a vivir a esta casa de Oxford, les asegura que todos sus afanes van a estar bajo la protección de la Virgen: Ipsa duce. Dejará la frase impresa en el futuro escudo de Grandpont. Una imagen de la Señora con el lema escrito: Ella guía.

Siempre estarán acompañados por la oración de toda la Obra. Una oración que sobrevuela la aguja gótica de Salisbury: la Catedral más alta del Reino Unido.

Al otro lado de los Pirineos: Francia

En la vitrina de una habitación de la Sede Central del Opus Dei en Roma, entre regalos y viejos recuerdos de familia, aparece una vulgar taza desportillada con un roto grande, triangular, en su borde. Tampoco tiene asa. Fue el Padre quien decidió colocarla en este lugar preferente. La vio, por primera vez, una mañana del verano de 1956 en París. Un grupo de miembros de la Obra llevaba adelante los comienzos del Opus Dei en Francia, y el Fundador recaló unos días entre sus hijos. Acababa de celebrarles la Santa Misa. No tuvieron problemas para preparar el desayuno porque las necesidades de Monseñor Escrivá de Balaguer se cubrían con un poco de café con leche, sin azúcar, y pan. El problema surgió con la vajilla: era muy pobre y una de las tazas estaba deteriorada. Fue necesario utilizarla cubriendo hábilmente los desperfectos con la servilleta. Pero coincidió que el Padre fue a sentarse precisamente ante ella. Y le regocijó beber su café con leche en aquel cacharro; le hizo feliz participar de la pobreza de aquellos hijos suyos. Después del refrigerio les ayudó a lavar los utensilios como en los tiempos de Residencia en la calle Ferraz de Madrid, y quiso llevarse a Roma aquella taza rota, como recuerdo y testimonio.

Un día llegó a “Villa Tevere” un Cardenal italiano. Al entrar en el salón en que había sido instalada la vitrina se fijó, sorprendido, en aquella pieza de vajilla. Y suponiendo que estaría allí a causa de un valor material poco evidente, preguntó:

-«Pero ¿cómo?... ¡Es de ónix! ¡Qué pieza tan hermosa!»

El Fundador le respondió:

-«Usted cree que es de ónix, y es de cielo, porque es una manifestación maravillosa de la pobreza que vivimos en el Opus Dei con mucha alegría, con mucho amor(34)»

El primero de la Obra que pasa los Pirineos para establecerse en Francia es Fernando Maycas (35). El 18 de octubre de 1947 toma el tren con dirección a Irún. Allí se hace cargo de los documentos necesarios y cruza a pie el puente internacional, ya que la frontera está cerrada. Cae una lluvia persistente mientras atraviesa los limites entre ambos países.

Al llegar a Hendaya toma el tren de París. Durante un mes vivirá en el Colegio de España, casi enteramente ocupado por refugiados. Pero un día llega el telegrama: Alvaro Calleja(36) y Julián Urbistondo(37) vienen de camino. La estación de Austerliz presencia el abrazo de los tres.

Durante dos años estudiarán Historia y Filosofia en la Sorbona, establecerán contacto con amigos y conocerán, intensamente, el modo de ser de la «ciudad luz».

El Padre les ha recordado la gran influencia que Francia ejerce en el mundo a través de su cultura. Y el lugar preeminente que ocupa en la historia de los pueblos y de la Iglesia. Desde el punto de vista religioso, una mayoría de la población tiene una educación familiar católica, pero la enseñanza oficial es laica.

Las cualidades de los galos son un buen terreno de promisión para el Opus Dei. Difícil siembra, pero gran cosecha de vocaciones en el correr de unos cuantos años. El amor a la libertad que proclama apasionadamente todo francés, es puerta abierta a un espíritu que se declara ajeno a cualquier humana coacción, aceptación implícita de un talante evangélico universal que respeta a creyentes y no creyentes: a gentes de toda condición.

Los cien mil estudiantes de París cruzarán, como una promesa, ante los ojos de estos primeros miembros de la Obra que residen en París. El foral de la Segunda Guerra Mundial ha removido los cimientos de ideologías y convicciones; ha tratado de sepultar normas y consagrar nuevos conceptos de la existencia humana. París hierve en torno a las corrientes de pensamiento. La rotura moral de la última contienda pone su impronta sobre los intelectuales.

Es un buen momento para llegar con una levadura de esperanza. Tiempo difícil y adecuado para compartir inquietudes, conversaciones, intereses, en las tardes del Boulevard Saint Michel, en la margen izquierda del Sena, en las aulas de La Sorbona; de repetir, junto al empaque de medallones y estatuas, palabras eternas que no pueden erosionarse en la desesperanza.

«¡Esperanzados! Ese es el prodigio del alma contemplativa. Vivimos de Fe, y de Esperanza, y de Amor; y la Esperanza nos vuelve poderosos. ¿Recordáis a San Juan?: a vosotros escribo, jóvenes, porque sois valientes y la palabra de Dios permanece en vosotros, y encisteis al maligno (I Juan II, 14). Dios nos urge, para la juventud eterna de la Iglesia y de la humanidad entera. ¡Podéis transformar en divino todo lo humano, como el rey Midas convertía en oro todo lo que tocaba!»(38).

Es tiempo, además, de admirar esta maravillosa ciudad en el regusto de los Campos Elíseos, en cualquier amanecer sobre el Arco de Triunfo. Aquí donde Francia ha colocado el monumento al «soldado desconocido», saben que nunca el anonimato arropa sus actividades, ilusiones y trabajos. Porque a unos pocos kilómetros de distancia, el Fundador y la Obra entera inundan con su desvelo los nombres de aquellos que han partido por la ancha geografía del mundo.

El Padre les escribe con frecuencia. El 22 de enero de 1948 llega la primera carta, que lleva fecha del día 19. Les anima con su buen humor:

«Muy queridos parisinos: vuestras cartas no llegan-si es que las enviáis- o llegan con un retraso inexplicable, a pesar de enviarlas por avión. A mí sólo se me ocurre decir: oh, la liberté.

Aquí toda esta familia trabaja de veras y desea que arraiguéis vosotros, como ellos están de firme arraigando.

Supongo que tendréis optimismo y buen humor -¡gracia de Dios y buen humor!-, para resolver con garbo y con alegría las peguitas que se presenten (...).

¿Estudiáis? ¿Mucho? ¿Cómo marcha ese acento parisién, en vuestro francés? ¿Vais teniendo buenos amigos?

Cuando lo necesitéis, escribid a casa, a Diego de León, para que os vayan a ver vuestros hermanos».

Y en otra del 16 de febrero de 1949:

«Que Jesús me guarde a esos hijos. Con muchas ganas de veros, y de veros ahí. Que estéis contentos: roturar es cosa muy recia (...). Tengo planes estupendos: un poco de paciencia.

Os quiere, os abraza, os bendice vuestro Padre». Y el 30 de mayo de 1949, desde Roma:

«Queridísimos: mucho esperamos de Francia, concretamente de París. Es buena cosa esperar, si además vosotros metéis la reja del arado».

El Padre se refiere a la necesidad de integrarse plenamente en la vida -el idioma- y el trabajo de cada país. Y empezar a roturar ese terreno con el espíritu de la Obra. Arar esa parcela del mundo que Dios ha destinado a cada uno.

Hasta el 2 de febrero de 1953 no se abrirá el primer Centro de la Obra en Francia, en la Rue du Doctor Blanche, próxima al Bois de Boulogne. Seis meses más tarde habrán de trasladarse a otro de menor alquiler, en el número 11 de la Rue de Bourgogne, cedido por un periodista de «Le Monde». Precisamente el 2 de octubre tendrá lugar el traslado, con la ayuda del coche de un amigo francés.

El nuevo piso está próximo al Barrio Latino, donde se concentran la mayoría de los estudiantes. Desde aquí le envían al Padre noticias frecuentes estos chicos que estudian con todas sus fuerzas y rezan por las calles y plazas de París, mezclados con ocho millones de personas. Uno de ellos escribe a Roma:

«Cada vez que pienso, Padre, en el camino por el que voy andando, me vuelvo loco de alegría y de agradecimiento. No hay nada comparable a esto que nosotros estamos viviendo y que tantos y tantos ni advierten. Por eso me da pena esta gente que no se da cuenta de cuánto vale lo que les venimos a traer. ¡Si lo supieran! Padre, empújeme con su oración para que vaya más aprisa. No tenemos más remedio que ir a la misma velocidad que los acontecimientos»(39).

El primer viaje del Fundador a Francia tiene lugar el 24 de octubre de 1953. Es una visita rapidísima a sus hijos de la Rue de Bourgogne. Llega a las once de la mañana y pasa el día entero con ellos, pero hacia las siete, al caer el sol, tiene que proseguir su ruta. Sin embargo, este abrazo y esta bendición sobre cada uno, en tierras francesas, ha sido un espoletazo de esperanza.

A partir de esta fecha, sus repetidos viajes a Europa hacen de París casi un punto obligado de trasbordo. Así, en noviembre de 1955, cuando ya se han trasladado a un piso en el Boulevard Saint Germain. En junio de 1956, cuando comparte tres días las actividades, preocupaciones y proyectos de sus hijos en la capital de Francia. En mayo y en noviembre de 1957, cuando ya hay diecisiete personas viviendo en el Centro del Boulevard. Entre ellos, don José María Hernández de Garnica, que ha ido a ayudarles y a colaborar en el desarrollo de la labor apostólica en Francia; y Fernando Delapuente, que empieza a perfilar lo que ha de ser su definitivo estilo de pintura en las luces casi mágicas de París. Aquí tendrá ocasión de montar dos exposiciones.

Hay como un milagro que Dios se apresura a llevar a cabo en el país galo: con nueve años de anticipación, ha traído a la Obra la primera vocación francesa de la Sección de mujeres. El acontecimiento tiene la naturalidad y sencillez del apostolado del Opus Dei. La familia Bardinet, que vive en la ciudad de Burdeos, tiene una antigua amistad con los Bandeira, españoles, oriundos de Vigo. Los intereses comerciales mediaron en el comienzo de esta relación, ya que ambos son industriales y exportadores de los vinos de su respectivo país. Pero, en la actualidad, su confianza ha rebasado los límites de cualquier interés material. En el verano de 1949, Lourdes Bandeira Vázquez se desplaza a Burdeos para convivir unos meses con sus amigos franceses. Se trata de aprender el idioma y conocer Francia. Lourdes ha pedido la admisión en el Opus Dei hace apenas un mes. En Burdeos, comparte su tiempo con Catherine y Michelle Bardinet. Esta familia ha educado a sus hijos en la religión católica, pero su vida no transcurre por los cauces de una piedad intensa. Son muy jóvenes, y las posibilidades que les brinda el ambiente imponen un ritmo trepidante a su existencia cotidiana. Allí, a orillas del Garona y frente al gran estuario que se abre al Atlántico, Lourdes hablará a Catherine de una tercera dimensión en la alegría cotidiana, de la presencia de Dios en los minutos de la jornada para llenar su juventud. Se entienden en un francés muy elemental, pero suficiente para que Lourdes pueda leer unos puntos de «Camino». Catherine se queda con el libro y una noche, con ayuda de un diccionario, trata de desentrañar el sentido y la proyección de aquellas frases.

«Que tu vida no sea una vida estéril. -Sé útil. -Deja poso. -Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor.

Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. -Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón» (40).

«Vivid una particular Comunión de los Santos: y cada uno sentirá, a la hora de la lucha interior, lo mismo que a la hora del trabajo profesional, la alegría y la fuerza de no estar solo»(41).

Y Catherine empieza a vivir, muy pronto, la alegría y la exigencia de esta llamada. Lourdes le habla de la expansión de la Obra, que ha comenzado ya; de las vocaciones que han de llegar de Francia, de Inglaterra, del mundo entero.

El 15 de agosto de 1949, Catherine Bardinet escribe al Padre solicitando su admisión en el Opus Dei.

La familia Bardinet regalará al Fundador una imagen de la Virgen para que presida las tareas de la Obra en tierras francesas. Los padres de Catherine, tras recorrer muchas tiendas de antigüedades, han decidido encargarla directamente a un escultor. La talla quedará preciosa. De rasgos delicados, sostiene en una mano el cetro rematado por una flor de lis. Su atención de madre se centra en Jesús, y apoya levemente, con intimidad, la cabeza en Dios hecho Niño. La madera adquiere pátina en una de las grandes bodegas de Burdeos, junto a los vinos que encuentran en el tiempo su mejor color y sabor. El Padre ve esta imagen por primera vez en Los Rosales, la casa de Villaviciosa de Odón, y le gusta mucho.

En 1957, un grupo de la Sección de mujeres prepara su viaje a París. El Fundador les descubre el horizonte que espera a la Obra en el país galo:

«Francia puede y debe hacer un gran papel en el mundo, para defender la doctrina de Jesucristo. La labor en Francia interesa en muchos sentidos, para bien de todas las almas»(42).

Poco antes de salir de Roma por la estación Termini, el Fundador escribirá, en latín, en la primera página de un cuaderno, a las que se marchan a Francia:

«Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima Voluntad de Dios sobre todas las cosas. Amen. Amen».

Una aceptación directa, total, de los acontecimientos que el Cielo tiene reservados ya, sin duda, para sus hijas en el país vecino.

En junio de 1958, precedida por la oración a Sancta María Regina Galliae y por la bendición del Padre, este grupo pondrá en marcha la Residencia Rouvray.

El Fundador conocerá a los primeros que han llegado a la Obra en Francia, en mayo de 1959. Alguno describirá así esta visita:

«No me imaginaba que el Padre fuera tan rebosante de humanidad, tan alegre y sonriente (...). Casi instantáneamente todos participábamos de esa honda y radiante alegría que desbordaba de su corazón. Y, observé, que al acercarse a cada uno de los allí presentes, a todos les llegaban unas palabras cariñosas, paternales, como si los conociera desde siempre»(43).

El Fundador bromea con ellos y les dice que quiere mucho a los franceses a pesar de la invasión de Napoleón... Y que entre sus ascendientes hay una rama francesa.

Y como un ejemplo de la universalidad del espíritu que Dios .le ha dado, les habla de los que ha nombrado Intercesores del Opus Dei, a los que los miembros de la Obra encomiendan algunas necesidades apostólicas concretas: Tomás Moro, un inglés; el Cura de Ars, un francés; San Pío X, un italiano...

El ambiente es de confianza y cariño. En un momento de la conversación, les dice:

«Os quiero piadosos, alegres, optimistas, trabajadores y pillos (...). ¿Cómo se dice pillo en francés?»(44).

La Residencia femenina de Rouvray, en el barrio de Neuilly, también será punto de referencia del Padre en éste y sucesivos viaj es.

El Centro de encuentros de Couvrelles, cerca de Soissons, a unos 100 kilómetros de París, se pondrá en marcha como Casa de Retiros y Convivencias en 1966. Tres años antes, se lo han enseñado al Fundador, desde el coche. Tienen la duda de la gran envergadura del edificio que les desborda, entonces, todas las previsiones. El Padre mira la casa y les tranquiliza. Porque aún le parece pequeña para las tareas que se avecinan.

Su visión del futuro es certera. En un breve plazo de tiempo, Couvrelles, preparado para alojar a cincuenta personas, tiene que multiplicar sus posibilidades y dar cabida a más de cien.

La última vez que el Padre abrace a sus hijos franceses será en 1972. Es octubre, y el otoño amarillea los alrededores del Santuario de Lourdes. El Fundador atraviesa la explanada para visitar a la Señora en la Gruta. Cuando alcanza a ver la imagen, se arrodilla. Aquí, en este lugar bendecido por tanto dolor y tanta Gracia, el Padre -lo dice él- no pide nada. Sencillamente, pone en manos de la Regina Galliae esta batalla de amor y de paz que deben sembrar sus hijos en el suelo de Francia.

El «milagro» de Irlanda

Ahí, en la punta más occidental de Europa, sobre una tierra expuesta a los vientos y lluvias del Atlántico, arraigó la Obra con la misma decisión y firmeza que hay en sus llanuras y montañas. En Irlanda llueve un día de cada dos; pero después del temporal estalla la luminosidad de su color verde y del azul intenso del mar. Algo parecido ocurre con el temperamento irlandés: apasionado y sereno, en una alternancia que perfila su gran personalidad. La Isla ha defendido desde el siglo XII, fecha de la invasión normanda, todo su derecho de independencia.

Desde que San Patricio la ganó para el cristianismo, es un baluarte de la fe. Los irlandeses son firmes, generosos y tenaces. Con un hondo sentido familiar. Es el único país de habla inglesa con mayoría católica.

El Fundador del Opus Dei conoce la historia y cultura de Irlanda con todo detalle. Parece haber vivido en esta tierra. Cuando habla de cuestiones que pueden afectar a los irlandeses, se ambienta con enorme rapidez. Jamás ha dado a las situaciones un matiz político: se limita a enumerar hechos y a pedir a sus hijos que se abran al mundo con sentido universal. Sabe que es un país tenaz, y que han sufrido. Su gente es muy valiosa y él la ama especialmente, porque han defendido su libertad a golpe de valor.

El primer grupo joven y entusiasta- de vocaciones, va a arraigar en esta tierra por una fe y fortaleza fuera de lo común.

El Padre, recordando la fidelidad de sus hijas irlandesas en medio de todas las contradicciones e incomprensiones que encontraron en su país, decía: «si todas las vocaciones son divinas, las de mis hijas irlandesas son archidivinas»(45). Y hablaba del «milagro» de Irlanda.

En octubre de 1947, el Fundador envía a esta isla atlántica a José Ramón Madurga(46). Va solo. Respaldado por la oración de toda la Obra. Esto es lo que José Ramón ofrece cada día al Señor: la única moneda de cambio para alcanzar las primeras vocaciones irlandesas para el Opus Dei.

En la Universidad de Dublín conoce a Cormac Burke(47), estudiante de Letras en la especialidad de Arte. Cormac y su hermana, a la que familiarmente llaman Teddy, proceden de Sligo, una ciudad pequeña del oeste. Teddy estudia la rama de Lengua Española en la misma Facultad. Son los más pequeños de cinco hermanos y siempre han estado muy unidos. Entre los cuatro mil estudiantes de Dublín, se ven con frecuencia, intercambian amistades y experiencias y compiten en calificaciones, porque los dos han dejado ya demostrada su capacidad.

Apenas han transcurrido tres meses desde la llegada de José Ramón, exactamente el 9 de enero de 1948, cuando Cormac escribe al Padre pidiendo su admisión en el Opus Dei. A partir de este momento, Cormac aprovecha las vacaciones para presentar a sus padres y hermanos a José Ramón, para hacer cursos internacionales en España y formarse más profundamente en el espíritu de la Obra. A Teddy no le extraña la actitud de Cormac. Sólo ve en su hermano, y en aquel muchacho español que le acompaña, una gran amistad, ayuda mutua y alegría que desborda los límites habituales. Cantan, se divierten con los acontecimientos familiares y participan de las inquietudes universitarias.

El 27 de mayo de 1949, Cormac llama a su hermana para que se acerque a Northbrook, la residencia que comparte con otros estudiantes. Allí, en una pequeña salita, Teddy se entera de que Cormac es del Opus Dei; tiene su primer contacto con el espíritu de la Obra y escucha, emocionada y sobrecogida, las palabras con que le habla de entrega a Dios, de trabajo y servicio, de la aventura cotidiana y divina de poner a Cristo en la cumbre de las actividades humanas. Y mientras la claridad inunda su ánimo, se siente invadir también por un cierto miedo. Fuera, llueve desde hace varias horas. Cuando Teddy regresa a su casa, se mezclan las lágrimas con la lluvia de este día tormentoso de Irlanda. Por la noche no podrá dormir. Rezará por una luz que ha de llegarle con el amanecer del nuevo día. Dos fechas más tarde, escribe al Padre pidiendo la admisión en el Opus Dei.

Teddy va a aprenderlo todo a través de su hermano. Traduce y lee intensamente «Camino» en español. Y en julio de ese mismo año viene a España para conocer a otras mujeres del Opus Dei. Cuando regresa a Dublín lleva una profunda determinación en el alma: dejar de ser la única vocación irlandesa, acercar a otras personas a la Obra. El afán apostólico del Fundador ha prendido en ella, y sabe que el futuro descansa sobre su oración y actividad. Primero hablará con Maire Gibbons y luego con Anna Barrett. Tras charlar largo y confiado con la primera, Maire pregunta cuántas vocaciones hay en Dublín y Teddy, con naturalidad, le contesta que está ella sola. Inmediatamente, sin pensarlo más, Maire concluye:

-«Pues ya somos dos»(48).

Es el 9 de septiembre de 1949. El 1 de octubre Anna Barrett escribe también al Padre; y al día siguiente, Teddy, Maire y Anna celebran con una comida, en un restaurante estudiantil, el aniversario de la Fundación del Opus Dei.

Los padres de Teddy y un tío sacerdote, Father Costello, comprenderán la Obra desde el primer momento. Este sacerdote tiene una casa grande en Dublín y les cede el piso superior, independiente, para que puedan instalarse. Se abre así el primer Centro de la Sección de mujeres en Irlanda.

En los comienzos de 1950 buscan un apartamento en Lisson Park, que va a ser bautizado con un nombre breve y simpático: el fíat. Este año pasarán a ser cinco. Eileen Maher, una estudiante de medicina que frecuenta el flat, y Olive, prima de Anna Barrett, pedirán la admisión en la Obra.

También un hermano de Olive, Dick, llegará a la Obra a través de Cormac.

Olive y Dick son hijos de un general adscrito a la revolución irlandesa. Durante varios años, Patrick Mulcahy no entenderá la vocación de sus hijos. Pero, algún tiempo después, cuando se retire del ejército, enviará al Padre lo más representativo de su vida: la capa militar y la espada. En 1959, así se lo hace constar a su hija Olive en una carta:

«El Padre mencionó que encontraba el país frío. Más tarde, cuando me jubilé del Ejército, le envié mi capa militar a Roma, con Dick, y le pedí que la aceptara. El Padre lo hizo y la usaba en los días fríos. En una ocasión le dijo a Dick: "Yo abracé a tu padre en Irlanda y ahora él me abraza a mí todos los días fríos cuando llevo su capa". Espero que él me salude con su sonrisa cuando me llegue el tiempo de cruzar la Gran Frontera».

En septiembre de 1952, Antonieta Gómez recibe del Padre la invitación para ir a Irlanda. Acepta inmediatamente, y se desplaza de Madrid a Roma para recibir directamente del Padre experiencias y orientaciones valiosas para desenvolverse en su nuevo país.

Insiste el Fundador en la importancia de que se identifique con la mentalidad, las costumbres, sin añorar nada:

«No vamos a enquistarnos en un país. Vamos a fundirnos. Si no, no va: porque lo nuestro no es hacer nacionalismo, es servir a Jesucristo y a su Iglesia santa»49

Antonieta anota en un block de líneas apretadas todas la indicaciones del Padre. En un momento de la conversación, Monseñor Escrivá de Balaguer le pide el cuaderno y escribe un comentario:

«En Dublín, en Roma, en Madrid como en medio de Africa: ¡almas!»(50)

Insiste en que deben hacer partícipes de su vibración apostólica a personas de toda condición: estudiantes, empleadas, campesinas...

Y como resumen final para esta mujer que emprende el camino hacia aquel gran país, el Padre quiere hacerla portadora de un legado de fe, valor y confianza:

«Cuando te pido una cosa, hija, no me digas que es imposible, porque ya lo sé. Pero, desde que empecé la Obra, el Señor me ha pedido muchos imposibles... ¡y han ido saliendo! Por eso me gusta que seáis como las patas para echaros al agua: sin vacilaciones, sin miedos. Si Dios pide una cosa, hay que hacerla; hay que echarse adelante con valentía»(51).

Pocos días más tarde, en una jornada de lluvia y viento, Antonieta llegará a Londres. Tomará el tren en Eweston Station, para llegar hasta Holyhead. El Ferry-mail, por último, la dejará sobre el suelo verde de Irlanda.

Este país dará al Opus Dei vocaciones fieles. Y siempre llevarán en el alma aquel apremio del Fundador:

«Irlanda tiene una misión en el mundo, especialmente en todo el mundo de habla inglesa... que es medio mundo. Hacen falta muchas irlandesas, por aquí... por allí... Irlanda, este país que es una maravilla, que es el consuelo de Dios, con esta gente tan buena que hay por aquí, tan espléndida... Yo vendré el año que viene por este tiempo, pero os habéis de multiplicar por diez... Alegres, hambrientas de ir por todo el mundo a servir a Nuestro Señor, enamoradas de Jesucristo... »(52) y serán firmes, como las rocas atlánticas que bordean sus tierras.

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