Eterna ciudad de Roma

«Te daré las llaves del reino de los cielos y lo que atares en la tierra será atado en los cielos» (Mt XVI, 19)

Primeros emisarios

En el mes de septiembre de 1942, José Orlandis -que es catedrático de Historia del Derecho Español- y Salvador Canals consultan con el Padre la posibilidad de continuar su formación académica en Roma, con unas becas que acaban de obtener.

Estos jóvenes profesionales -los dos tienen menos de veinticinco años- serán uno de los primeros testimonios vivos del espíritu de la Obra lejos de las fronteras de España.

En la última decena de octubre están ya listos para la marcha. Llevan la bendición del Padre. Conocen a don Manuel Fernández Conde, sacerdote español que trabaja en la Secretaría de Estado del Vaticano. Salvador Canals tiene una tarjeta de presentación para un profesor ordinario de Derecho Comercial en la Universidad de Roma. Eso es todo. Además de sus estudios civiles, a través de los que establecerán relaciones y darán a conocer el Opus Dei en la ciudad de los Papas, procurarán exprimir las horas del día y de la noche para cursar Teología en el Angelicum, Ateneo dirigido por la Orden de Santo Domingo.

El vuelo está previsto de Sevilla a Roma. Antes de salir de Madrid, se despiden de Isidoro Zorzano. Cuando le dicen que van a pasar diez meses en Roma, con toda naturalidad contesta:

-«Pues a la vuelta no me encontraréis,1porque ya no estaré aquí; así que nos despedimos hasta el Cielo» .

El Padre les da un fortísimo abrazo en Diego de León. El 1 de noviembre, fiesta de Todos los Santos, José Orlandis y Salvador Canals llegan al aeródromo italiano de Guidonia.

En estas fechas, la Segunda Guerra Mundial se encuentra en un momento decisivo. Con el avance aliado en Africa, la contienda desplaza su escenario al Mediterráneo: Italia está inmersa en el área conflictiva.

Cuando José y Salvador llegan, Roma es un hervidero de tropas alemanas. La Marina de Guerra ocupa las ciudades de la costa y los ataques aliados no pueden tardar. El clima de la ciudad traspira tensión.

Pero ninguna circunstancia les hace desistir: la ampliación de estudios que van a realizar será muy importante para su futura labor profesional, y permitirá que la Obra comience a ser conocida en los ambientes romanos.

Aprovechando las pausas en su tarea podrán saludar y conversar con el Obispo de Vitoria, Monseñor Lauzurica, tomando ocasión de uno de sus viajes a Roma; con el Abad de Montserrat, Aurelio María Escarré; el P. Arcadio Larraona, futuro Cardenal; el P. Montoto, Vicario General de los Dominicos; el P. Manuel Suárez, Rector del Angelicum; el P. Maximiliano Canal, profesor de Teología del Laterano... y muchos personajes de la Curia Romana, que conocerán y querrán a la Obra a través de estos profesores que multiplican su actividad a costa de horas sin descanso. Así, el Cardenal Tedeschini, Monseñor Ruffini -futuro Cardenal- y Monseñor Montini, que habrá de ocupar un día la Silla Pontificia con el nombre de Pablo VI.

A mediados de enero de 1943, Su Santidad el Papa Pío XII recibe en audiencia a José Orlandis y Salvador Canals. En la antecámara viene a saludarles el Maestro de ceremonias, que se asombra de la juventud de los dos españoles: «¡tan jóvenes y ya profesores!... ».

El Papa los recibe -según el protocolo- en uno de los saloncitos que conducen a su Biblioteca privada. Los dos se ponen de rodillas para saludarle, pero Pío XII, tomando a cada uno de la mano, les invita a levantarse. Y así, con actitud llena de cariño, les escucha durante los quince minutos que dura la audiencia. Quiere que la conversación sea en castellano, ya que el Papa lo habla bien aunque con modismos argentinos; lo aprendió en 1934, siendo Legado Pontificio en el Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires.

Aunque ya lo sabe, José y Salvador le dicen, inmediatamente, que son del Opus Dei. Le hablan de la veneración y el cariño que el Padre les ha enseñado a tener por el Papa y le exponen, a grandes rasgos, las características de su vocación y del espíritu de la Obra.

El Pontífice es paternal y afectuosísimo. Y les interrumpe de vez en cuando para manifestarles su aprecio. Al terminar les bendice, y en la amplitud ascética de sus brazos incluye también al Fundador y a la Obra entera.

En el mes de mayo de 1943 llega a Roma la noticia de que Alvaro del Portillo se va a desplazar desde Madrid a la Ciudad Eterna en fecha próxima. Viene a presentar en la Santa Sede la documentación necesaria para la concesión del Nihil Obstat en orden a la erección diocesana de la Obra. Esta declaración tiene extraordinaria importancia y es, además, paso obligado en el camino de otras aprobaciones que habrán de venir después.

Alvaro viene cargado con el trabajo, el sacrificio y la oración de todos los miembros de la Obra para lograr el reconocimiento de la Santa Sede antes de que el desembarco aliado y el estallido final de la guerra, quiebren las comunicaciones.

Llega a Roma a finales de mayo. Durante los días que pasa en la Ciudad Eterna -hasta el 21 de junio- su gestión es incansable. Tiene una audiencia con el Cardenal Luigi Maglione, Secretario de Estado; con los Monseñores Montini y Ruffini. Visita a Monseñor Alfredo Ottaviani, Asesor del Santo Oficio. Se multiplica para hablar con las autoridades eclesiásticas con las que José y Salvador han tenido ya contactos repetidos. Y todavía acude a varias audiencias con los Cardenales Tedeschini, La Puma, Vidal y Barraquer, Marchetti-Selvaggiani, Pizzardo...

A todos les habla de esta Institución cuyo espíritu debe abrir un hito en la historia del Derecho Canónico, del cauce para esta Fundación que Dios ha traído a la tierra el 2 de octubre de 1928.

Audiencia en el Vaticano

Alvaro del Portillo tiene su primera audiencia con el Papa Pío XII. Aún no se ha ordenado sacerdote, y acude a este acto con el traje de gala de Ingeniero de Caminos. Este uniforme azul marino, con galones, botonadura dorada y bicornio, que lleva en la mano, es el entorchado que los profesionales de ingeniería utilizan en las grandes recepciones. Y ésta es, en verdad, una circunstancia de gran envergadura: el Padre se apoya en el corazón y en la palabra de este hijo suyo. Reunidos, como una familia indisoluble, la Obra entera respalda su gestión. Isidoro Zorzano, que ya está muy enfermo, piensa en voz alta desde su cama del sanatorio:

-«Qué suerte tengo: poder ofrecer estas cosas -se trata de su enfermedad y su vida- cuando hay todos estos asuntos pendientes» (2).

La Audiencia quedará enmarcada, también, por la anécdota del momento: no consiguen encontrar ningún coche de alquiler, para ir desde el villino del barrio de Monte Verde Vecchio hasta el Vaticano. Se hace tarde, y no hay más remedio que recurrir al transporte público: un filobús hasta el Lungotevere y, desde allí, la Circolare, el tranvía que lleva a la Plaza de San Pedro.

José Orlandis y Salvador Canals, que le acompañan, son testigos de la admiración que produce su aspecto: «¡Parece imposible, tan joven y ya es un almirante!». Al llegar ante el Portone di Bronzo el centinela da la voz de ¡guardia a formar!... y el pelotón de suizos se alinea a su paso. Alvaro no se inmuta. Es oficial y sabe lo que procede hacer en tales casos: pasa revista a la formación, saluda militarmente a su jefe y sigue adelante por la gran escalinata que conduce a la Sala de Audiencias. Así tiene lugar su primera entrada en el Vaticano. Cuando regrese a España, será portador de las bendiciones del Pontífice para las tareas universales que proyecta el Opus Dei.

Roma, ciudad abierta

En las semanas siguientes, la Guerra Mundial precipita sus acontecimientos. José Orlandis y Salvador Canals comparten la inquietud y la compañía de miles de refugiados perseguidos por los avatares políticos que imponen los frentes de combate.

El 19 de julio, a las once de la mañana, suenan las sirenas de alarma: más de quinientas «fortalezas volantes» inician un bombardeo estremecedor que se prolongará cuatro horas. Barrios enteros de Roma, como el Tiburtino y Prenestino, se han cubierto de escombros; el aeropuerto Littorio arde por los cuatro costados. Sobre el rastro sangriento de las bombas, Pío XII sale del Vaticano para ayudar a las víctimas.

En medio de esta situación caótica, los trámites para la concesión del Nihil Obstat a la Obra siguen su curso. El 23 de septiembre la documentación sale del Santo Oficio, y el 11 de octubre, fiesta de la Maternidad de la Virgen, la Santa Sede declara que nada hay en el espíritu del Opus Dei que no pueda ser bendecido y alentado por la más alta autoridad de la Iglesia. La noticia llega a Madrid a través de la Nunciatura.

El Padre conecta con sus hijos en Roma a través de cartas que cruzan las fronteras en guerra. Y también se ocupa de tener detalles materiales de cariño aprovechando la generosidad de algún amigo que se arriesga a regresar a una Italia trepidante por el caos bélico que se libra en sus tierras. Es el caso del Padre Canal, que llegará de España arrastrando una maleta con café, azúcar, turrones y hasta dos trajes para entregar a José Orlandis y Salvador Canals con el más cariñoso abrazo del Fundador del Opus Dei.

La Guerra Mundial terminará en Europa en la primavera de 1945 y en el Pacífico algunos meses más tarde. José Orlandis volverá a España en el Banfora, un buque de guerra inglés que transporta centenares de repatriados. Desde Algeciras, llegará a Madrid el 14 de noviembre y volverá a ver al Padre después de tres años de ausencia. Salvador Canals viajará en coche, a primeros de diciembre, a través de Suiza y Francia.

Un viaje accidentado

Es muy breve la ausencia de miembros de la Obra en suelo romano. En los comienzos del año 1946, Salvador Canals vuelve a Italia a bordo de un barco mercante, el Plus Ultra. Y, avanzado el mes de febrero, son don Alvaro del Portillo -ya sacerdote- y José Orlandis los que ponen proa a Levante en un barco que cubre la ruta Barcelona-Génova: el J.J. Sister. Traen cartas comendaticias de sesenta Obispos españoles que acompañan la solicitud del Decretum laudis de la Santa Sede para el Opus Dei.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Pío XII no realizó ningún nombramiento cardenalicio. El Colegio -que entonces contaba con setenta miembros- se ha ido despoblando en el transcurso de los años, y en 1945 tiene treinta y dos vacantes. Su Santidad cubrirá todos los puestos. Esta creación de Cardenales romperá la tradición, vigente desde hace siglos, de que los italianos tengan mayoría absoluta. Pío XII nombrará veintiocho Cardenales extranjeros y sólo cuatro italianos. La universalidad de la Iglesia se manifiesta así de un modo más patente.

Don Alvaro del Portillo se propone llegar a Roma antes de que los recién nombrados Cardenales abandonen Italia. Hay entre ellos quienes conocen el espíritu del Opus Dei. Y quiere recoger algunas cartas comendaticias para unirlas a la documentación que solicita el Decretum laudis.

A las seis de la tarde del 26 de febrero, atraca en Génova el J.J. Sister. En el puerto está Salvador Canals aguardando, con un viejo coche alquilado, ya que las comunicaciones son casi impracticables por la destrucción bélica reciente. La urgencia empuja a don Alvaro del Portillo hacia Roma; y por eso, sin mediar descanso, se lanzan a una noche entera de carretera. Es muy tarde y existe un cierto riesgo, ya que por el paso del Bracco pululan bandas armadas de bandoleros -residuos de la última contienda- que asaltan a los viajeros no escoltados por unidades del ejército. Pero no hay tiempo de alcanzar algún convoy de protección. Y emprenden el viaje que ha de atravesar el Apenino ligur, cubierto de bosques.

Ningún contratiempo les saldrá al paso, a excepción de los procedentes del viejo Fiat 1500 en el que ruedan. Primero será el delco, luego el encendido, más de un pinchazo y, al fin, una lluvia persistente que les bloquea. Ya de madrugada consiguen llegar a Pisa. Y aquí, en una iglesia pequeña, don Alvaro del Portillo celebra la primera Misa de un sacerdote del Opus Dei en Italia. Son las doce de la noche -veinticuatro horas más tarde- cuando ¡al fin! el Fiat enfila las calles de Roma.

A pesar de este retraso, don Alvaro conseguirá cartas comendaticias de varios Cardenales: Ruffini, Arzobispo de Palermo; Caggiano, Obispo de Rosario (Argentina); Gouveia, Arzobispo de Lourenco Marques (Mozambique); Frings, Arzobispo de Colonia...

En Roma, Salvador Canals ha logrado, a través del Cónsul de España, Mario Ponce de León, alquilar un piso amueblado en buenas condiciones. La entrada se abre al Corso del Rinascimento, pero todos los balcones se asoman a la belleza de la Piazza Navona. Allí, frente a los grupos escultóricos de Bernini que representan la fecundidad y los grandes ríos del mundo, se instala el primer sagrario de la Obra en Roma. Un mueble pequeño, de madera oscura, sirve como mesa de altar. Dos candeleros bajos; el Crucifijo presidiendo. Cubre la pared frontal un tapiz que han comprado a un anticuario de Nápoles. En el ángulo superior izquierdo, una lámpara de brazos.

Esta casa les acogerá un breve tiempo: desde febrero a junio de 1946. Durante estos meses, don Alvaro celebrará diariamente la Santa Misa en este oratorio y rezarán, unidos a su ofertorio, por el reconocimiento jurídico que la Obra desea para desbordarse, con la bendición de la Iglesia, por todos los caminos del mundo.

Aquí, en este suelo fértil por la sangre y la palabra de los Apóstoles, por la presencia constante del Vicario de Cristo entre los hombres, ha de prender pronto la semilla de la Obra.

Pero la gestión no va a ser fácil. Plantear un nuevo camino a las Congregaciones de la Curia Romana será una empresa ardua. Desde el primer momento se presentarán obstáculos y dificultades que parecen conducir hasta un callejón sin salida.

Con un siglo de anticipación

A mediados de junio de 1946, llega a Madrid una carta de don Alvaro del Portillo para el Fundador del Opus Dei. En sus líneas, esperanzadas pero realistas, le anuncia al Padre el desenlace de los esfuerzos llevados a cabo durante estos meses para conseguir el Decretum laudis. Los organismos competentes de la Santa Sede han llegado al convencimiento de que tal concesión es, de momento, imposible. La Obra no encaja en ninguna de las formas asociativas reconocidas por el Derecho de la Iglesia. Un alto personaje de la Curia ha dicho a don Alvaro: «Ustedes han llegado con un siglo de anticipación»(3). Está claro que para salvar esta dificultad es necesaria la presencia del Padre. Sólo él, con su autoridad de Fundador, podrá conseguir lo que, visto con ojos humanos, parece una empresa imposible.

Cuando el Fundador recibe la carta está sometido a intensa vigilancia médica: ha sido diagnosticado de diabetes mellitus. El enorme despliegue de actividad que lleva a cabo le fatiga; las condiciones en que desenvuelve sus jornadas descompensan la enfermedad continuamente.

El desplazamiento no puede realizarse por avión ni por tierra. Sólo queda el mar como ruta abierta hacia Roma. Es un viaje largo -de cinco días- que ha de resultarle agotador. El médico afirma -de modo rotundo- que no responde de su vida en caso de que decida realizarlo.

Pero el Padre no duda un instante: si el desarrollo de la Obra exige su traslado, no habrá conveniencia personal alguna que lo impida. Antes, reúne a los miembros que forman el Consejo General de la Obra en Madrid, les lee la carta de don Alvaro y pide su opinión. Ellos refrendan la decisión del Fundador, aunque se queden desolados por el riesgo evidente que supone este esfuerzo.

Se cumplen todos los trámites en cuarenta y ocho horas, y el miércoles 19 de junio, sobre las tres y media, sale el Padre de la casa de Diego de León en un coche conducido por Miguel Chorniqué(4). La primera etapa es Zaragoza. Y, después, Montserrat y Barcelona. En la Ciudad Condal se aloja en un piso que los miembros de la Obra llaman familiarmente La Clínica, en la calle Muntaner. Aquí tienen su consulta médica Juan Jiménez Vargas y Alfonso Balcells. En este piso hay instalado un pequeño oratorio, con un frontal de madera y crucifijo presidiendo. Un cuadro de la Inmaculada ocupa una pared lateral. En la mañana del viernes 21 de junio, el Padre dirigirá a sus hijos, en este oratorio, una meditación que ninguno va a olvidar jamás. Se centra en una frase del Evangelio de San Mateo:

“Ecce nos reliquimus omnia, et secuti sumus te: quid ergo erit nobis”? He aquí que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué será de nosotros?(5)

Estas palabras de Pedro al Señor reflejan fielmente sus sentimientos en esta hora, cuando se mezclan la ansiedad de hallarse ante un horizonte cerrado y la confianza entera en Jesucristo por quien tantos en la Obra han dejado su vida entera. Si el Opus Dei no puede abrirse camino jurídico en la Iglesia quedarían defraudados, habría sido como un engaño. Por eso, vuelto hacia el sagrario, le dice a Jesús presente en la Eucaristía:

«¿¡Señor, Tú has podido permitir que yo de buena fe engañe a tantas almas!? ¡Si todo lo he hecho por tu gloria y sabiendo que es tu Voluntad! ¿Es posible que la Santa Sede diga que llegamos con un siglo de anticipación? (...). No he tenido más voluntad que la de servirte»(6).

En la mañana de este día, el Padre se acercará a la Basílica de Nuestra Señora de la Merced, Patrona de la ciudad. Cerca del paseo de Colón, junto a los caminos del mar y al abrigo del puerto, está enclavada la iglesia. Presidiendo el altar mayor, la talla de madera policromada que Pedro Moragas dibujó con sus gubias en el siglo XIV. Tiene la Virgen de la Merced los atributos que la acreditan como Señora de la ciudad de Barcelona. Pero al margen del cetro y la corona, atrae su figura especialmente por una alegre serenidad que se escapa a través de los ojos, por su afectuoso gesto que sugiere confianza.

De rodillas ante la imagen, el Padre pone, cada vez con mayor fe, su vida y esfuerzo a la entera disposición del Cielo. Y apoya en esta advocación, liberadora de cautivos y sembradora de esperanzas, la finalidad de su viaje.

Actualmente, en un oratorio dedicado a San Miguel, en la Sede Central del Opus Dei en Roma, hay una pintura que recuerda esta primera navegación del Padre. Está representada Nuestra Señora de la Merced y las palabras del Evangelio que comentara el Fundador en Barcelona: “Ecce nos reliquimus omnia”..., y las fechas 21 de junio y 21 de octubre de 1946. Esta última marca la visita a la Virgen, después del retorno, para agradecer su amor, su protección a la Obra de Dios.

Años más tarde, el Fundador del Opus Dei recordaba que, en 1946, decían en Roma que el cauce jurídico de la Obra rompía todos los moldes del Derecho Canónico. Y añadía:

«La Obra aparecía, al mundo y a la Iglesia, como una novedad. La solución jurídica que buscaba, como imposible. Pero, hijas e hijos míos, no podía esperar a que las cosas fueran posibles. Ustedes han llegado -dijo un alto personaje de la Curia Romanacon un siglo de anticipación. Y, no obstante, había que tentar lo imposible. Me urgían millares de almas que se entregaban a Dios en su Obra, con esa plenitud de nuestra dedicación, para hacer apostolado en medio del mundo»(7).

«Vine a Roma, con el alma puesta en mi Madre la Virgen Santísima y con una fe encendida en Dios Nuestro Señor, a quien confiadamente invocaba, diciéndole: “ecce nos reliquimus omnia, et secuti sumus te: quid ergo erit nobis”? (Mt XIX, 27). ¿Qué será de nosotros, Padre mío?: habíamos dejado todo: la honra -con tanta calumnia encima-, la vida entera, haciendo cada uno en su sitio lo que el Señor pedía. Dios nos escuchó, y escribió en estos años romanos, otra página maravillosa de la historia de la Obra»(8).

Sobre el mar

El día 21 de junio de 1946 el Padre embarca en el J.J. Sister a primera hora de la tarde. Es un viejo barco con una placa que recuerda los años marineros que ha vencido su casco: 1896. Es decir, que lleva medio siglo de brega con las olas. Cubre la línea regular Barcelona-Génova y, a pesar de los buenos oficios de la Compañía Transmediterránea, no se ha podido encontrar más que un camarote interior para que el Fundador vaya a Italia. José Orlandis, que ha regresado a España a finales de mayo, le acompañará en esta travesía. Cuando el barco inicia la maniobra y enfila la salida del puerto, un pequeño grupo de hombres despiden, con una oración, la estela de su popa.

Desde la víspera, sopla un fuerte viento del norte -la tramontana- que hoy se ha hecho más violento. El camarote es mínimo, con dos literas. Al llegar al Golfo de León un furioso temporal sacude a la nave durante casi veinte horas. Desde el camarote se oyen rodar, de un sitio a otro, los muebles de la cámara superior y hacerse añicos buena parte de la vajilla en el comedor. Las olas barren literalmente la cubierta. El Padre lo pasa muy mal en este su primer viaje marítimo:: no podrá descansar un solo instante en toda la noche. Pero en ningún momento pierde el buen humor. Cuando el barco se coloca en posiciones inverosímiles por la fuerza del viento y del agua, comenta:

-«¿Sabes lo que te digo? ¡Pues que si nos vamos al fondo y nos comen los peces, Perico Casciaro (...) no vuelve a probar la pescadilla en toda la vida! »(9).

-«¡Hay que ver de qué manera el diablo ha metido el rabo en el Golfo de León! Está visto que no le hace ninguna gracia que lleguemos a Roma! » (10).

A primera hora de la tarde del sábado todo amaina, y pueden subir un rato a cubierta. Es un alivio respirar algo de aire marino después de tantas horas de encierro. Sólo ahora el Padre podrá tomar un café con galletas, como único alimento durante toda la travesía.

Después de sortear, incluso, una de las numerosas minas que bogan perdidas como residuo de la guerra, el J.J. Sister llega a Génova ya muy entrada la noche del sábado 22 de junio. En el muelle, don Alvaro y Salvador esperan desde hace muchas horas.

-«¡Aquí me tienes (... ); ¡ya te has salido con la tuya!»(11)

Es lo primero que dice, lleno de cariño y con un gran abrazo, a su hijo Alvaro.

Al día siguiente, domingo, celebra su primera Misa en suelo italiano. Don Alvaro oficia el Santo Sacrificio, también, en una capilla lateral de la misma iglesia.

El viaje de Génova a Roma transcurre sin la menor novedad. Está cayendo aún el crepúsculo sobre Roma -son las nueve de la tarde- cuando, en un recodo de la Vía Aurelia, aparece recortada en el horizonte la Cúpula de San Pedro. El Padre se conmueve visiblemente y reza, en voz alta, paladeándolas despacio, las palabras del Credo.

Poco después, llegan al piso que don Alvaro ha alquilado en la Piazza di Cittá Leonina, junto al Vaticano. Suben la escalera de mármol hasta el ático y entran en el vestíbulo. En un ángulo, un velador con varios asientos da la bienvenida de modo acogedor. El oratorio es pequeño, pero ha sido instalado con amor y dignidad. El comedor se asoma a la Plaza de San Pedro por una galería corrida: a la derecha se alzan los Palacios Apostólicos y, muy cerca, se ve la ventana iluminada de la Biblioteca privada del Papa.

Aquí viven, adaptándose a las reducidas dimensiones del inmueble, Salvador Canals, Ignacio Sallent y Armando Serrano.

Esta primera noche, el Padre no se acuesta. Sentado en la galería, frente a la Basílica de San Pedro, pasará en oración sus primeras horas romanas. Desde la oscuridad se abre, con la oración del Padre, un nuevo capítulo de la historia de la Obra.

Hoy, una vez desguazado el J.J. Sister, se conservan en Diego de León, en Madrid, la rueda del timón y bitácora con la aguja que señala su rumbo camino de Roma; esa ruta difícil que era, sin embargo, el camino de Dios.

En la ciudad de los Papas

La nueva etapa que comienza es decisiva. En el oratorio de Cittá Leonina, el Padre prolonga muchas veces su oración por el Papa hasta la madrugada, junto a las ventanas desde las que pueden verse encendidas las luces del Palacio Apostólico. Es. un modo de mostrar su intenso amor al Pontífice, su absoluta oediencia y disponibilidad ante la decisión de la jerarquía, su fe inquebrantable en que las obras de Dios no tienen más remedio que abrirse camino en el corazón de la Iglesia.

Pero el Fundador de la Obra no ha improvisado esta fe y este amor en el momento crucial de su llegada a Roma. Desde sus tiempos de sacerdote recién ordenado, en su múltiple labor asistencial cerca de las camas de enfermos y moribundos, en las catedrales y ermitas, y en las breñas del Pirineo con una roca por ara de altar, siempre ha sorprendido por su fe, su enorme piedad y confianza. En especial cuando reza las palabras del Credo, durante el Sacrificio de la Misa: aquellas que confiesan irrevocablemente la adhesión a una Iglesia y a un Pontífice, la fidelidad al representante único de Cristo entre los hombres.

«Católico, Apostólico, ¡Romano! -Me gusta que seas muy romano. Y que tengas deseos de hacer tu "romería", "videre Petrum", para ver a Pedro»(12).

Este cariño, enraizado en la más honda convicción sobrenatural, refleja un modo afectuoso de sentir, de hacer entrañable y humana su devoción por la figura del Vicario de Cristo:

«Durante años, por la calle, todos los días, he rezado una parte del Rosario por la Augusta Persona y por las intenciones del Romano Pontífice. Me ponía con la imaginación junto al Santo Padre, cuando el Papa celebraba la Misa; yo no sabía, ni sé, cómo es la capilla del Papa, y, -al terminar mi rosario, hacía una comunión espiritual, deseando recibir de sus manos a Jesús Sacramentado.

No os extrañe que me den una santa envidia aquellos que tienen la fortuna de estar cerca del Santo Padre materialmente, porque pueden abrirle el corazón, porque pueden manifestarle la estimación y el cariño»(13) Esta fidelidad irá siempre unida a la representatividad como Vicario de Cristo, más allá de una personalidad humana concreta. San Pío X es uno de los santos invocados constantemente como intercesor en el Opus Dei. Cuando se termine de construir la Sede Central, en el oratorio donde el Padre va a celebrar habitualmente la Santa Misa, habrá un reclinatorio muy sencillo, de madera de nogal pulimentada y gastada por el paso de los años. San Pío X lo utilizó mientras fue Patriarca de Venecia. Una pequeña placa de plata, adscrita al frontal del reclinatorio, da constancia de este hecho: “Ab anno 1894 ad annum 1903 híc orabat Ioseph Card. Sarto, Patriarcha Venetiarum, Pius Papa X”(14)

La familia de este Pontífice, conocedora del cariño que la Obra siente por su persona y por sus hechos, decidió regalarlo la víspera de la Epifanía de 1972. Cuando el mueble llegó a su poder, el Padre lo besó piadosamente y lo mandó colocar en el oratorio de la Santísima Trinidad, frente al sagrario. Esta reliquia, que fue testigo mudo de tantas oraciones, había de ser también observador, a partir de entonces, del amor y devoción del Fundador por la cabeza visible de Cristo en la tierra.

De las relaciones filiales con los Pontífices que ha conocido personalmente a lo largo de su vida, dejan constancia estas palabras del Padre:

«No puedo olvidar que fue S. S. Pío XII quien aprobó el Opus Dei, cuando este camino de espiritualidad parecía a más de uno una herejía; como tampoco se me olvida que las primeras palabras de cariño y afecto que recibí en Roma, en 1946, me las dijo el entonces Monseñor Montini. Tengo también muy grabado el encanto afable y paterno de Juan XXIII, todas las veces que tuve ocasión de visitarle»(15).

El 16 de julio de 1946, Monseñor Escrivá de Balaguer será recibido por Pío XII en una primera entrevista oficial para hablar, con todo detalle, de este camino que Dios le ha inspirado. Una vocación divina que desea la bendición del «dulce Cristo en la tierra», como diría Catalina de Siena, para servir a la Iglesia por todos los países del mundo.

Años más tarde, S. S. Pío XII comentará ante el Cardenal Norman Gilroy, de Sidney (Australia), que estaba profundamente impresionado por una reciente visita de Monseñor Escrivá de Balaguer: «Es un verdadero santo, un hombre enviado por Dios para nuestro tiempo»(16).

El 5 de marzo de 1976, el Sumo Pontífice Paulo VI dirá a Monseñor Alvaro del Portillo que considera al Fundador del Opus Dei como uno de los hombres que ha recibido más carismas y ha correspondido con más generosidad a esos dones. Durante muchos años, Pablo VI había usado «Camino» para su propia meditación personal.

Y el Cardenal Albino Luciani, que cruzará las cancelas de la Capilla Sixtina para ser nominado Papa con el nombre de Juan Pablo 1 el 26 de agosto de 1978, había escrito acerca del Fundador de la Obra:

«¿Quién era aquel confesor revolucionario, que se saltaba a cuerpo limpio las barreras tradicionales, proponiendo metas místicas incluso a los casados? Era Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote español, fallecido en Roma en 1975, a los 73 años (...).

Vio crecer ante sus ojos esta obra hasta extenderse a todos los continentes (...). La extensión, el número y la calidad de los miembros del Opus Dei ha hecho pensar en no se sabe qué intenciones de poder y de férrea obediencia de gregarios. La verdad es lo contrario: sólo existe el deseo de hacer santos, pero con alegría, con espíritu de servicio y de gran libertad»(17).

Y hombres de la Curia Romana, como el Cardenal Sebastiano Baggio, que fue Prefecto de la Sagrada Congregación para los Obispos:

«A pesar de lo mucho que se ha escrito sobre el Opus Dei y sobre su Fundador -o quizá por eso mismo-, prevalentemente en clave polémica por no decir fantástica, nosotros, sus contemporáneos, no tenemos la necesaria perspectiva para valorar el alcance histórico de la enseñanza (en tantos aspectos auténticamente revolucionaria y anticipadora) y de la acción pastoral (de una eficacia y una irradiación sin equivalentes) de este insigne hombre de la Iglesia. Pero es evidente desde ahora que la vida, la obra y el mensaje del Fundador del Opus Dei constituyen un viraje o, más exactamente, un capítulo nuevo y original en la historia de la espiritualidad cristiana, si la consideramos -y así debe ser- como un camino rectilíneo bajo la guía del Espíritu Santo»(18).

Es el lógico decantamiento histórico sobre los hombres y los hechos que han permanecido inquebrantables en su lealtad a Dios y a la jerarquía de la Iglesia.

Pero hoy, en la pequeña terraza de Cittá Leonina, el Padre rompe la madrugada con su oración esperanzada, junto al Vicario de Cristo.

Cittá Leonina

El Fundador regresa a España en agosto de 1946, para volver nuevamente a Roma el 8 de noviembre.

Un mes más tarde, en diciembre de 1946, tendrá lugar la segunda entrevista de Monseñor Escrivá de Balaguer con el Papa Pío XII. Todavía en Madrid, el Padre se ha despedido de sus hijas en el Centro de “Los Rosales” en Villaviciosa de Odón. Les ha vuelto a repetir que todo saldrá adelante si trabajan, si rezan, si son fieles a su vocación, si están alegres. Se interesa por el trabajo de cada una, por el descanso necesario, por los cuidados indispensables que deben prodigarse a pesar de la escasez en que viven durante estos años. Es una reunión entrañable. Aun cuando ninguna capte el sentido total de sus palabras, asisten a un momento histórico: el Padre se marcha para fijar definitivamente su residencia en la Ciudad Eterna. Desde ahora, Roma será el nudo central que aúne las vocaciones y oraciones de la Obra.

Una vez decidida su permanencia cerca de la Santa Sede, el Fundador llama a un puñado de sus hijas, muy pocas, para que vengan también al lugar donde pervive el corazón de la Iglesia de Jesucristo. Se ocuparán de administrar el Centro de la Obra que ya hay en Roma, en la Plaza de “Cittá Leonina”, y comenzarán su tarea apostólica con mujeres.

El 27 de diciembre de 1946 llegan, al aeropuerto de Ciampino, Encarnita Ortega, Dorita Calvo, Julia Bustillo, Dora del Hoyo y Rosalía López. Para alguna, es su primer vuelo en avión. No conocen el idioma ni el país. Allí, en el vestíbulo de llegada, reúnen el numeroso equipaje que han llevado a mano. Les han llenado los bolsos de dulces, turrón y pequeñas cosas capaces de hacer más amables las fiestas navideñas.

En el aeropuerto encuentran al Padre y don Alvaro. La alegría es formidable. El Padre les pregunta por cada una de las que han quedado en España; bromea acerca del vuelo y señala a don Alvaro la cantidad de peso que han traído a mano. La llegada a “Cittá Leonina” es emocionante: ¡el primer Centro de la Obra en Roma!... El Fundador está muy contento. Les habla de las futuras tareas que esperan en Italia, y ellas sienten crecer, con impaciencia, la firmeza de su vocación. «Cuando pasen los años -les dice- no os creeréis lo que habéis visto, os parecerá que habéis soñado (19).

Porque hoy, a pocas fechas del Año Nuevo romano, que se avecina frío, ante el futuro que Dios reserva a la Obra sobre el mundo, no encuentra palabras para dar gracias al Cielo. Pero, con el sentido práctico que le caracteriza, pasa a los detalles inmediatos de su instalación: aunque el piso es pequeño, dispondrán de una zona independiente; es ésta una norma que el Fundador establece, sin ninguna excepción, para todos los Centros de la Obra.

Descubre que ninguna ha comido en el avión. Traen algo de lo que les han servido durante el vuelo, pensando que podría ser más necesario a los que viven en la casa. La verdad es que en la despensa no hay casi nada. Ese mismo día todos han salido a trabajar y el Padre se ha encargado de preparar las cosas y recoger la vajilla. Así viven.

Se preocupa de que descansen y tomen algún alimento. Luego habla con ellas y les hace pasar un buen rato. Les muestra el Vaticano desde la terraza y les pide cariño y oración constante por el Papa.

Es la primera tarde en su nueva ciudad, asombrosa ciudad en la que alternan los obeliscos traídos de Egipto hasta la Roma Imperial, la belleza geométrica trazada por Miguel Angel y la graciosa anarquía de pinos, cipreses, encinas, olivos y huertas en el dintel de las vías urbanas, con las imágenes de Santa María y los sagrarios de las basílicas romanas. En días sucesivos, podrán compartir la emoción que sobrevive en la angostura de las Catacumbas. En las de San Sebastián podrán leer, sobre la pared, las invocaciones de los primeros cristianos a Pedro y a Pablo. Con la misma piedad ellas dejarán su oración, su entrega, al servicio de este navegar, frente a todo evento, de la barca de Pedro.

Empieza para ellas una nueva etapa de la aventura divina y humana, que exige abnegación y trabajo incesantes. Por las noches, habrán de salir a dormir a una residencia próxima. Italia ha encarecido a causa de una guerra todavía muy cercana. Tienen que discurrir lo indecible para estirar un dinero escaso a todas luces. Aprenden el idioma practicando por la calle.

Bajo el cuidado de todos, la casa adquiere un tono digno y acogedor. Nunca faltan unas flores naturales junto a la imagen de la Virgen, aunque se prescinda de otras cosas necesarias. Muchas personalidades, entre las que se encuentran Cardenales y Obispos, frecuentan la casa. El invierno es muy duro y el frío se hace sentir sobre este ático. No hay combustible para la calefacción. A pesar de todo, los que acuden a”Cittá Leonina” se van encantados de la cordialidad y alegría que hay en la casa. Es el Padre quien da siempre la pauta. Nunca dejará de poner sentido sobrenatural en los quehaceres cotidianos, elegancia humana y buen humor con el que sabe salpicar las situaciones más diversas. Se realiza el prodigio de encontrar una felicidad que camina por encima de las dificultades. Ese piso, perdido en la Ciudad Eterna, recoge mucho tiempo de oración, esfuerzo y ratos maravillosos de vida en familia. Aquí se siente la universalidad de la Obra, la profundidad de su espíritu y su gran amor a la Iglesia y al Papa.

Aprovechando la visita a Roma de Carmen Escrivá de Balaguer, se decide que Encarnita Ortega, acompañada por la hermana del Fundador, solicite una audiencia con el Romano Pontífice.

Don Alvaro gestionará la entrevista, con carácter privado, y él mismo las acompañará como introductor. Pasan ante las distintas guardias: la suiza, la palatina, la noble. En el salón inmediato al que utiliza el Santo Padre para la recepción hay un respetuoso silencio.

Al fin se abre la puerta y pueden besar la mano de Pío XII. Encarnita le explica que Carmen es hermana del Fundador y que ella es una de las que ha llegado a Roma para iniciar la labor en Italia. Se encomiendan a su oración, y especialmente le piden que rece por el Padre. El Papa les dice que lo viene haciendo todos los días, desde el año 1943, fecha en la que le visitó don Alvaro del Portillo: «Entonces no era sacerdote -añade- y venía con el uniforme de gala de ingenieros; en aquel encuentro, me encargó que pidiese por el Fundador del Opus Dei. Desde entonces lo hago todos los días, y tengo en mi mesilla el ejemplar de "Camino" que me regaló» (20).

Encarnita Ortega le habla del trabajo en todas sus facetas, como quicio de la santidad en la Obra; y de la secularidad de sus miembros, que son cristianos corrientes en medio del mundo.

Cuando concluye la entrevista, el Santo Padre bendice a las mujeres del Opus Dei, su trabajo, sus familias y las tareas que ocupan su esfuerzo y su corazón.

A pesar de las dificultades económicas que atraviesan, Encarnita es portadora de un sobre con un generoso donativo para cualquiera de las obras sociales a que el Pontífice quiera destinarlo.

Cae la tarde en el otoño romano, cuando el Fundador escucha, detalladamente, los incidentes del diálogo con Su Santidad, que ya ha recibido la visita y el afecto, también, de la Sección de mujeres de la Obra.

La «Provida Mater Ecclesia»

El día 2 de febrero de 1947, el Santo Padre promulga la Constitución Apostólica “Provida Mater Ecclesia”, y el 24 de ese mismo mes el Opus Dei obtiene el “Decretum laudis” conforme a las normas de esa nueva Constitución.

A las siete de la tarde del 25 de febrero, Radio Vaticano emite este importante comunicado. Es la legislación que abre cauce, por Derecho Pontificio, a los Institutos Seculares y, de momento, al Opus Dei. En Ciad Leonina oyen la noticia. Escuchan la lectura, que da cuenta también de la personalidad del Fundador de la Obra, don Josemaría Escrivá de Balaguer. Pero el Padre ya no atiende a su panegírico. Emocionado, absorto, da gracias a Dios porque la jerarquía Eclesiástica, desde su más alta Cátedra, abre paso a esta nueva espiritualidad, «vieja como el Evangelio y como el Evangelio nueva», que bulle por salir y gritar la presencia de Cristo en todos los quehaceres de la tierra.

Durante estos años, «”L'Osservatore Romano”» recogerá las sucesivas entrevistas de Su Santidad con el Fundador de la Obra. En abril de 1947, Pío XII le nombrará Prelado Doméstico. El 5 de febrero de 1949, este órgano de difusión vaticana inserta en sus columnas una noticia que aúna la devoción del Padre hacia el Pontífice con el carácter secular, profesional, de sus hijos en el Opus Dei:

«En su reciente Audiencia Pontificia, el Rvdmo. Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, Presidente General del Opus Dei, ha ofrecido al Santo Padre una valiosa colección de trabajos científicos elaborados por especialistas pertenecientes a la Asociación. Se trata de investigaciones y estudios recogidos en cien volúmenes, de los que hay un elenco de materias: religión y espiritualidad, filosofía, pedagogía, historia, geografía, geología, derecho, economía, política, matemáticas, ingeniería, medicina, químicafísica y otras materias.

Las publicaciones, muchas de las cuales han obtenido premios y menciones, demuestran cómo se puede ejercitar una profesión y dedicarse a profundos estudios en las diversas ramas del saber y tender, al mismo tiempo, a la perfección cristiana en medio del mundo.

El Santo Padre, al acoger benignamente el filial obsequio del Presidente del Opus Dei, ha manifestado su complacencia por la benéfica actividad realizada por los socios del Instituto y ha impartido para él y para cuantos pertenecen al Opus Dei su especial

Bendición»(21).

Desde España se siguen, paso a paso, todas las incidencias romanas. La unidad con el Padre no tiene fisura ni distancias. Además, en esta etapa son frecuentes los viajes del Fundador y de don Alvaro para orientar el apostolado en esta primera parcela de la Obra que es España: (Molinoviejo, Diego de León, Los Rosales...”, son testigos de tertulias entrañables, en las que la fidelidad, la alegría, se funden con el calor del hogar encendido, con la noche del verano bajo los pinos, con el trabajo y con la piedad de una intensa oración junto al sagrario.

Se hacen propósitos de unidad, de trabajo; de cristianismo auténtico, sin otro apelativo. Con la generosa juventud que brota del corazón de sus hijos, el Fundador abre ya, en abanico, la expansión por las rutas del mundo. 

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