La sociedad sacerdotal de la Santa Cruz

«Pero vosotros sois "linaje escogido, sacerdocio regio, gente santa, pueblo adquirido para pregonar las excelencias del que os llamó de las tinieblas a su luz admirable"» (1 Pet II, 9)

Testigos de lo eterno

E L 28 de marzo de 1975 se cumplían los cincuenta años de la ordenación sacerdotal de Monseñor Escrivá de Balaguer. El tiempo y el esfuerzo por extender el fuego de Dios en la tierra habían marcado su cuerpo. Pero el alma seguía joven. Con aquella apasionada adolescencia de Amor que le llevó camino del Seminario de Zaragoza.

Dos meses antes de sus bodas de oro sacerdotales, escribe:

«Conmemoremos, por tanto, hijas e hijos queridísimos, este aniversario sacerdotal, renovando el propósito de aprovechar cada jornada agradecidamente al pie de la Cruz -del Altar- la Vida que Jesucristo nos da: que sea siempre la Santa Misa el centro y la raíz de nuestra existencia»(1).

Y el 27 de marzo de 1975, jueves Santo, dirige una meditación a un grupo de miembros del Opus Dei y deja que hable su corazón:

«Una mirada atrás... Un panorama inmenso: tantos dolores, tantas alegrías. Y ahora, todo 'alegrías, todo alegrías... Porque tenemos la experiencia de que el dolor es el martilleo del artista que quiere hacer de cada uno, de esa masa informe que somos, un crucifijo, un Cristo, el “alter Christus” que hemos de ser»(2).

Sus palabras expresan, en este día, una maravillosa realidad: el Fundador ha vivido sus años de sacerdocio absorto, centrado en el Sacrificio del Altar, la Santa Misa.

Durante muchos años ha repetido que todos en el Opus Dei, sin distinción, tienen alma sacerdotal. Han sido llamados desde el anónimo de la historia colectiva para ser testigos de la eternidad. Capaces de entregar su vida en testimonio de la presencia de Dios entre los hombres. Pero el «muro sacramental» sólo es franqueado por el sacerdocio ministerial.

En su homilía «Sacerdote para la eternidad», el Padre se refiere una vez más a un grupo de hombres que serán ordenados sacerdotes y habla de esta dedicación en cuerpo y alma a la oración, a la Palabra y a la administración de Sacramentos: «Estos hombres que, libremente, porque les da la gana -y es ésta una razón muy sobrenatural- abrazan el sacerdocio, saben que no hacen ninguna renuncia, en el sentido en el que ordinariamente se emplea esta palabra. Ya se dedicaban -por su vocación al Opus Dei- al servicio de la Iglesia y de todas las almas, con una vocación plena, divina, que les llevaba a santificar el trabajo ordinario, a santificarse en ese trabajo y a procurar, con ocasión de esa tarea profesional, la santificación de los demás (...).

La santidad no depende del estado -soltero, casado, viudo, sacerdote-, sino de la personal correspondencia a la gracia, que a todos se nos concede, para aprender a alejar de nosotros las obras de las tinieblas y para revestirnos de las armas de la luz: de la serenidad, de la paz, del servicio sacrificado y alegre a la humanidad entera (...).

En los ordenados, este sacerdocio ministerial se suma al sacerdocio común de todos los fieles. Por tanto, aunque sería un error defender que un sacerdote es más fiel cristiano que cualquier otro fiel, puede, en cambio, afirmarse que es más sacerdote: pertenece, como todos los cristianos, a ese pueblo sacerdotal redimido por Cristo y está, además, marcado con el carácter del sacerdocio ministerial, que se diferencia “esencialmente, y no sólo en grado”, del sacerdocio común de los fieles»(3).

El Opus Dei, para continuar su camino necesita de la presencia de sacerdotes con el mismo espíritu que los laicos de la Obra.

Hombres que, con la misma dedicación y entrega, puedan constituirse en dispensadores de la gracia sacramental, con mentalidad laical y santificando su trabajo profesional.

Abundando en esta idea del Fundador, ha escrito Monseñor Alvaro del Portillo:

«El sacerdote, además de ser un cristiano -un hombre incorporado (a Cristo) por el bautismo-, por la consagración recibida en el sacramento del orden se hace representante -la expresión más adecuada en este caso sería, con los debidos matices, alter ego- de Jesucristo Cabeza de la Iglesia, para cumplir en su nombre y en su misma potestad la función de enseñar, santificar y dirigir pastoralmente a los demás miembros de su Cuerpo, hasta el fin de los tiempos»(4).

Si todo el Pueblo de Dios es un pueblo sacerdotal, puesto que tiene la misión de consagrar el mundo a Jesucristo, los ordenados sufren «una configuración, una transformación sacramental y misteriosa de la persona del hombre-sacerdote en la persona del mismo Cristo, único Mediador»(5).

La luz y la convicción de esta realidad divina sembró en Monseñor Escrivá de Balaguer un intenso amor al sacerdocio, y deseó trasvasarlo plenamente a todos sus hijos. El itinerario de su vida está marcado por una dedicación sin límites a los sacerdotes. He aquí lo que escribe, de este amor entrañable y activo, el actual Prelado del Opus Dei:

«Hablar de Dios, acercar los hombres al Señor: así lo he visto desde que lo conocí, en 1934. Catequesis, días y cursos de retiro espiritual, dirección de almas, cartas breves e incisivas, que llevaban en los trazos -rápidos y definidos- la paz a muchas conciencias. En los primeros meses de 1936 llegó a enfermar; los médicos diagnosticaron sólo cansancio. Predicaba, a veces, hasta diez horas diarias. El clero de casi todas las diócesis españolas recibió su predicación; lo llamaban los Obispos y él recorría el país, a sus propias expensas -en aquellos trenes de entonces-, sin más pago que la amorosa obligación de hablar de Dios»(6).

Y algunos de los que fueron testigos directos de esta dedicación como el Reverendo don Carlos Vicuña, Provincial de los Agustinos de España, en una carta a don Álvaro del Portillo, escrita en octubre de 1944:

«Voy a darle una breve impresión de los ejercicios espirituales dados por don Josemaría Escrivá de Balaguer a los religiosos agustinos del R. Monasterio de El Escorial en este mes de octubre. Todos coinciden en que superó todas las esperanzas y satisfizo plenamente los deseos de los Superiores (...). Todos sin excepción (Padres, teólogos, filósofos, hermanos y aspirantes) estaban pendientes de sus labios sin respirar, como suele decirse (...), cautivados por aquel torrente de fervor, entusiasmo, sinceridad y efusión de corazón».

Desde el 2 de octubre de 1928, el Padre vio la Obra como una totalidad en la que estaban también incluidos los sacerdotes. Y por eso empezó a rodearse de algunos clérigos amigos que practicaban una honda vida de piedad. Se unieron al Padre y le ayudaron en su labor apostólica; aunque no todos lograron entender lo que don Josemaría Escrivá de Balaguer llevaba en el alma.

Por ello, el Padre se da cuenta muy pronto de que los sacerdotes idóneos para atender la Obra deben proceder de sus propios hijos, para que el espíritu del Opus Dei permanezca intacto.

Pero insiste en que recibir el Sacramento del Orden es un hecho accidental para la vocación a la Obra. Todos han entregado su vida al servicio de Dios. Y Dios elegirá, libremente, aquellos que han de servir con el sacerdocio ministerial a sus hermanos y a todas las almas. El Opus Dei acoge dedicaciones tan multivarias como la extensa vocación con que los hombres pueden sentirse llamados en medio del mundo:

«El constituyó a los unos apóstoles, a los otros profetas, a éstos evangelistas, a aquéllos pastores y doctores, para la perfección consumada de los santos, para la obra del ministerio, para la edificación del Cuerpo de Cristo hasta que todos alcancemos la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, cual varones perfectos, a la medida de la plenitud de Cristo»(7).

Tan arraigada está en el Fundador la certeza de que los sacerdotes del Opus Dei han de proceder de los miembros de la Obra que, ya en 1936, cuando solamente existe en Madrid la Residencia de estudiantes de la calle Ferraz, tiene lugar un hecho muy significativo. Son los primeros días de mayo. Pedro Casciaro, que lleva seis meses de vocación en la Obra, sale del oratorio donde ha estado haciendo un rato de oración. Es una mañana en la que no ha tenido clase en la Universidad. La casa ha quedado desierta porque los demás han acudido a su trabajo. En un banco, fuera del oratorio, está el Padre rezando el Breviario. Pasa despacio para no distraerle, pero el Fundador, sin apartar los ojos del libro, le hace un gesto de que espere. Coloca una señal en la página que acaba de terminar y, mirándole afectuosamente, pregunta:

-«¿Estarías dispuesto a ser sacerdote, si recibieras la llamada?»

Casi sin reflexionar, Pedro responde:

-«Pienso que sí, Padre».

Pero, al tomar conciencia del contenido de la pregunta que acaba de escuchar, vuelve instintivamente ante el sagrario. Poco después el Padre se reúne con él y, de rodillas a su lado, señala la alfombra roja que cubre la tarima del altar. En voz baja le dice:

-«El sacerdote tiene que ser como esa alfombra; sobre ella se consagra el Cuerpo del Señor; está en el altar, sí, pero está para servir; más aún, está para que los demás pisen blando, y ya ves, no se queja, no protesta... ¿Comprendes cuál es el servicio del sacerdote?: ya verás que más adelante, en tu vida, reflexionarás sobre esto»(8).

Sin embargo el acceso de algunos miembros de la Obra al sacerdocio es un fenómeno teológico y pastoral que requiere fórmulas jurídicas adecuadas. Y esto, será un capítulo más que habrá de contar con la oración, el sufrimiento del Padre y, sobre todo, con la Providencia de Dios.

El 14 de febrero de 1943

Entre 1940 y 1945, las vocaciones a la Obra se han multiplicado en España. Una leva de gente joven pone su vida al servicio de Cristo. Algunos lugares parecen haber adquirido el talante de aquellas playas de Genesaret por las que el Hijo de Dios pasó en rápido y trascendental reclutamiento: «¡Seguidme!... ». Y las gentes iban tras El. Así también, en estos primeros años, suena la respuesta afirmativa en muchos corazones con brío de Apóstol.

Los miembros del Opus Dei tienen trabajo en todas las ciudades del país. Han de atender cotidianamente a su tarea profesional, con la que se ganan la vida y que constituye el ámbito de su encuentro con Dios. Aprovechan los fines de semana para emprender viajes de norte a sur, por la geografía española, en busca de respuestas de generosidad personal para abrir los caminos del mundo.

Además de esta actividad incesante, Alvaro del Portillo, José Luis Múzquiz y José María Hernández de Garnica, dedican mucho tiempo al estudio de las ciencias sagradas. El Padre les ha invitado, uno por uno, en nombre de Dios:

-«Hijo mío, ¿te gustaría ser sacerdote?»

La respuesta es afirmativa. Por eso, aparte de las ocupaciones habituales, tienen ahora la necesidad de cursar la carrera eclesiástica. Con la autorización del Obispo de Madrid, preparan libremente sus asignaturas y se examinan en el Seminario. Alvaro del Portillo y José Luis Múzquiz son Ingenieros de Caminos y doctores en Filosofía y Letras. José María Hernández de Garnica es Ingeniero de Minas y tiene el doctorado en Ciencias. El Padre consigue para estos futuros sacerdotes un profesorado de excepción con el visto bueno de don Leopoldo Eijo y Garay, Obispo de Madrid. Algunos dominicos pertenecientes al Angelicum de Roma, como el P. Muñiz y el P. Severino Alvarez, se harán cargo de la Teología Dogmática y el Derecho Canónico. Don José María Bueno Monreal, más tarde Cardenal de Sevilla, les explica Teología Moral. Fray José López Ortiz, que será nombrado Obispo de Vigo y, años después, Vicario General Castrense, será su profesor de Historia de la Iglesia. El P. Celada, erudito del Instituto Bíblico de Jerusalén -y también dominico-, les enseña Sagrada Escritura. Y junto a ellos, Fray justo Pérez de Urbel se hará cargo de la Sagrada Liturgia y también don Máximo Yurramendi, que será designado, más adelante, Obispo de Ciudad Rodrigo.

Años más tarde, el Padre podía subrayar: «Desde que preparé a los primeros sacerdotes de la Obra, exageré -si cabe- en su formación filosófica y teológica, por muchas razones: la segunda, por agradar a Dios; la tercera, porque había muchos ojos llenos de cariño puestos en nosotros, y no se podía defraudar a esas almas; la cuarta, porque había gente que no nos quería, y buscaba una ocasión para atacar; después, porque en la vida profesional he exigido siempre a mis hijos la mejor formación, y no iba a ser menos en la formación religiosa. Y la primera razón -puesto que yo me puedo morir de un momento a otro, pensaba-, porque tengo que dar cuenta a Dios de lo que he hecho, y deseo ardientemente salvar mi alma»(9).

Las tareas habituales continúan sin mengua alguna, y hay que arañar los minutos para estudiar. Cuando las asignaturas requieren una intensa dedicación, el Padre decide alquilar un par de habitaciones en un pequeño Hotel de El Escorial o en una pensión situada en Torrelodones. Aquí se aislan para emplear jornadas enteras en los libros de Teología. Estos hombres jóvenes, que han cursado ya carreras universitarias, con las mejores calificaciones, profundizan ahora en el estudio de la fe católica.

En estos momentos, el Fundador es el único sacerdote de la Obra. Ha de atender el Patronato de Santa Isabel, del que es Rector; dedicar muchas horas a la dirección del Opus Dei, y llevar a cabo una extensa labor apostólica. A pesar de su agotadora jornada, a última hora de la tarde encuentra un puñado de tiempo para acompañar a sus futuros hijos sacerdotes. Llega, con Ricardo Fernández Vallespín al volante de un viejo coche que se reconoce de lejos, en el silencio del campo, por los continuos jadeos del motor.

Viene a verles, porque imagina que están cansados después de muchas horas de estudio. Y porque de su formación espiritual y pastoral se encarga personalmente. Andando frente al aire sereno de El Escorial, les habla del afán que ha de animarles, de la Obra que comienza a navegar el mar sin orillas del mundo, de la tarea ingente que les espera, de la santidad como única meta de sus aspiraciones. Y les deja una buena dosis de fortaleza para cada jornada.

Por la mañana, los tres asisten a Misa, a primera hora, en la iglesia del Monasterio de El Escorial. Luego, estudio en las habitaciones del Hotel Regina que, durante estos meses de invierno, está vacío. Pausas para comer. Espacios de tiempo para rezar. Y vuelta a los textos, entregando a Dios el esfuerzo, la dificultad, el entusiasmo. Hasta que el atardecer se llena, una vez más, con el sonido inconfundible del motor y la cálida presencia del Padre.

Les habla el Fundador de su preocupación por hallar la fórmula jurídica para los sacerdotes de la Obra. Porque la idea está clara. Falta sólo el título de ordenación que permita su ministerio sacerdotal en el Opus Dei.

El 14 de febrero de 1943, Monseñor Escrivá de Balaguer celebra la Santa Misa en el oratorio del Centro que tienen las mujeres en la calle Jorge Manrique de Madrid. Y cuando termina, ha visto con claridad la solución: ha nacido la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

Así recuerda aquel momento Encarnita Ortega:

«Después de la acción de gracias, nos pidió papel y pluma. Luego, a los pocos minutos, apareció en el vestíbulo visiblemente emocionado:

-"Mirad -nos dijo señalando una cuartilla en la que había dibujado una circunferencia y en el centro una cruz-: éste será el sello de la Obra. El sello, no el escudo -aclaró-: el Opus Dei no tiene escudos. Significa el mundo y, metida en la entraña del mundo, la Cruz, que es el sacerdocio"»(10).

Y años después de aquel 14 de febrero de 1943 subraya Monseñor Alvaro del Portillo:

«Fue allí, en ese oratorio, dentro de la Misa, donde vio la solución canónica para que pudieran ordenarse sacerdotes de la Obra, e incluso el nombre y el sello de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz: un círculo simbolizando el mundo y, dentro, la Cruz, que es el sacerdocio»(11).

Algunas horas más tarde de este 14 de febrero, el Padre sale camino de El Escorial. Sorprende hoy el ruido familiar en una hora inusual. Viene muy contento, sube a la habitación y llama a Alvaro. Después, paseando por la gran explanada, con la montaña de granito al fondo, le cuenta lo que ha pasado aquella mañana durante la Misa.

A partir de ese momento, el Padre trabaja intensamente en los primeros documentos jurídicos de la Obra que han de llegar oficialmente hasta la Santa Sede. Dos meses después del 14 de febrero del 43, cuando Europa vive en plena Guerra Mundial, Alvaro del Portillo sale camino de Roma en avión, para solicitar la aprobación de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Durante el vuelo pasan sobre barcos de guerra italianos y advierten la presencia de dos aviones ingleses. De pronto y con pánico general entre el pasaje, da comienzo una feroz batalla aero-naval. Sólo Alvaro permanece tranquilo en su asiento:

«Yo tenía la seguridad de que no pasaría nada, porque llevaba los papeles. No se me pasó ni una vez por la cabeza que podían echar el avión abajo (...). Y llegué al aeropuerto de la Urbe, que entonces se llamaba Aeropuerto Littorio (...). Estuve en Roma desde finales de mayo de 1943 hasta el día de San Luis, el 21 de junio, en el que regresé a España. Ya estaba la Obra completa, porque en la Santa Sede habían aceptado con entusiasmo los papeles del Padre, que llevé yo »(12).

Resumiendo las etapas fundacionales de la Obra, Monseñor Escrivá de Balaguer diría años más tarde:

«La fundación del Opus Dei salió sin mí; la Sección de mujeres contra mi opinión personal, y la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, queriendo yo encontrarla y no encontrándola. También durante la Misa. Sin milagrerías: providencia ordinaria de Dios» (13).

Sacerdotes para la eternidad

Antes de la ordenación de los tres primeros sacerdotes, entre el 13 y el 20 de mayo de 1944, el Padre les dirige un curso de retiro en el Monasterio de El Escorial. Se instalan en una zona de invitados. El apartamento que le asignan tiene un despacho y un oratorio en el que el Fundador les dirige las pláticas y meditaciones. Este sector del Monasterio tiene una grata tradición: fue utilizado, a mediados del siglo XIX, por San Antonio María Claret, confesor de la Reina Isabel II.

En los atardeceres de la Sierra, el Padre habla a sus tres primeros hijos, que van a recibir el sacerdocio, de sacrificio, amor y fortaleza.

«Alegres, doctos, sacrificados, santos, olvidados de vosotros mismos... »(14).

Los sacerdotes de la Obra son necesarios «por la variedad inmensa de nuestras obras de apostolado, para atender a nuestros Cooperadores, que son tantos y tan eficaces; para trabajar con los sacerdotes diocesanos, a los que amamos con todo el corazón; para ayudar a los miembros laicos de una y otra Sección, en sus labores apostólicas; para atender debidamente a los no católicos y a los no cristianos, que piden amistad y comprensión; para ejercer su ministerio con tantas almas que, movidas por la gracia divina, se acercan al Opus Dei (...), de tal modo que puedan descansar bajo su sombra; finalmente, para el multiforme servicio de la Iglesia Santa de Dios y de todas las almas»(15)

Antes de recibir la tonsura, que tiene lugar el 20 de mayo, el Padre quiere que se hagan unas fotografías. Desde un punto de vista meramente humano resulta incomprensible que estos hombres, con brillantes carreras y en pleno rendimiento, se preparen al sacerdocio. Sólo puede entenderse a través de un prisma cristiano.

Como escribirá, años más tarde, Monseñor Alvaro del Portillo en un libro sobre la vocación sacerdotal:

«A partir de su ordenación, toda "recuperación" de aquellas realidades o funciones a las que (el sacerdote), elegido y movido por Dios, renunció para entregarse a su misión, sería ya una pérdida: para la Iglesia, en donde el sacerdote es punto focal de irradiación salifica, y para el mismo sacerdote que, hecho vaso de elección, configurado ontológica y definitivamente “(in aeternum)” por el carácter sacerdotal, se encuentra ante la alternativa de llenar su existencia de vida sacerdotal o tenerla vacía»(16)

Hasta el momento de la ordenación, continúan atendiendo sus obligaciones profesionales como ingenieros: incluso, después de haber recibido las órdenes menores, recuerda José Luis Múzquiz que tuvo que ir a inspeccionar un edificio en construcción.

El arquitecto ha hecho saber al capataz la ordenación sacerdotal de don José Luis. Y así se lo comunica a los obreros:

-«¡El ingeniero se ha hecho cura!»

Sin embargo, cuando visita las obras, la noticia no ha llegado hasta un obrero que trabaja en lo alto de un andamio. Y por poco pierde el equilibrio cuando ve al ingeniero vestido, al uso de la época, con sotana, manteo y sombrero de teja"(17).

El Padre les recomienda:

«El sacerdote tiene que llevar alguna manifestación externa (...) para servir a sus hermanos. Nosotros nos santificamos con nuestro ministerio sacerdotal, que es como nuestra profesión, nuestro trabajo (...). Pero nuestro ministerio sacerdotal es un servicio público. Por tanto, no podemos escondernos: tenemos que estar a disposición de todos. Aconsejad, pues, a vuestros hermanos que vistan como se hace en el país, para que todos sepan que son sacerdotes católicos (...). ¡Edifica tanto! Los fieles se sienten confirmados en la fe, asegurados en la fe, miran con un cariño loco al sacerdote que no se esconde»(18).

Recibirán la primera de las Ordenes Mayores de entonces, el Subdiaconado, el domingo 28 de mayo de 1944, a las ocho de la mañana, en el oratorio de “Diego de León”. Oficia la Ceremonia don Marcelino Olaechea, Obispo de Pamplona. Tienen que ampliarse espacios abriendo las puertas del anteoratorio y la sacristía; las rosas rojas ponen un contrapunto de alegría y holocausto junto al Tabernáculo. Asisten todos los miembros de la Obra en Madrid y algunos amigos.

El Padre ha de acostarse al acabar la ceremonia porque tiene fiebre alta. Pero se siente feliz, y esa noche sus hijos invaden su cuarto. Sentados en el suelo, en las sillas o en cualquier parte, alrededor de la cama, comentan las incidencias de la jornada.

Unos días después, el 3 de junio, sábado de témporas, recibirán el Diaconado en la capilla del Seminario de Madrid. Oficia la ceremonia don Casimiro Morcillo, Obispo Auxiliar de la diócesis.

La Ordenación de presbíteros, les será conferida por don Leopoldo Eijo y Garay en la Capilla Episcopal de Madrid, el 25 de junio del 44.

Unas semanas antes, el 17 de mayo de 1944, el Padre ha ido al cementerio del Este para rezar ante la tumba donde reposan los restos de sus padres y de Isidoro. Hace esfuerzos para contener su emoción, en este diálogo solitario que mantiene con quienes han sabido secundar sus mejores sueños de amor a Dios y a los hombres.

El 25 de junio la Capilla del Palacio Episcopal está repleta: miembros del Opus Dei que han venido de diversas ciudades de España, parientes, profesores, amigos, compañeros... También asisten muchos sacerdotes y religiosos, así como el Secretario de la Nunciatura. La Misa comienza a las diez de la mañana. Con profunda emoción siguen todos la ceremonia: llamada a los futuros sacerdotes, imposición de las manos, concelebración con el Obispo. Don Leopoldo va revestido con los ornamentos y báculo reservados a las fiestas mayores: quiere expresar, hasta en este detalle, la alegría por el momento que está viviendo.

Están todos presentes menos el Fundador. Teme que le desborde la emoción y, además, hay una razón más profunda que justifica su ausencia: será una jornada llena de alegrías y enhorabuenas. No quiere estar presente para recibirlas. La Obra es de Dios y sus hitos le pertenecen por entero. Esta decisión de hoy quedará subrayada treinta y un años más tarde, cuando el Padre celebre sus propias bodas de oro sacerdotales: «Ocultarme y desaparecer es lo mío, que sólo Jesús se luzca»(19).

Eso sí, espera impaciente a sus hijos, en “Diego de León”, para tener la inmensa alegría de besar sus manos recién consagradas y fundirse con ellos en un abrazo.

Más tarde, el Obispo de Madrid se les une también para almorzar. En un momento de la sobremesa, don Leopoldo Eijo y Garay recuerda a don Álvaro del Portillo una conversación sostenida por los dos hace algunos años. En ella, don Álvaro le informó de las incomprensiones que sufría la Obra.

«Me expuso el caso sin pasión, objetivamente, sin rencor. Tanto es así que me llamó la atención y se lo hice notar».

Entonces don Alvaro respondió que era natural que no se enfadaran con el bisturí que el Señor elige para preparar instrumentos adecuados; y que para probar a la Obra, había elegido un bisturí de platino. Si El permitía que viniera la Cruz a través de los buenos, bienvenida sea, pues presagiaba bienes futuros.

-«He de reconocer -termina diciendo don Leopoldo- que me impresionó esta respuesta: de forma que el que debía dar ánimos y consejo, fue el que recibió una lección y quedó confortado».

Inmediatamente don Alvaro interviene en la conversación: -«Si le dije eso, es porque unos días antes se lo había oído al Padre»(20).

En efecto, más de una vez el Fundador había hablado en este sentido:

«Cuando un cirujano debe realizar una intervención quirúrgica, el paciente no puede enfadarse ni con el médico, ni con el bisturí, aunque la operación sea dolorosa. El Señor está empleando ahora con su Obra un bisturí de platino» (21).

El Obispo termina diciendo:

-«La persecución santifica, pero no queráis nunca perseguir ni atormentar a nadie con el pretexto de santificarle... »(22) .

Hoy es un día de confirmación alegre, de realidades que subrayan la autenticidad sobrenatural de la Obra de Dios. Durante el resto de la jornada, el Padre no oculta su felicidad. A media tarde, habla a sus hijos en el oratorio.

«No quiero hacer historia en este día, pero cuando pasen los años y los más jóvenes que hay aquí peinen canas o luzcan espléndidas calvas, como algunas que se ven, y yo, por ley natural, haya desaparecido hace ya mucho tiempo, vuestros hermanos os preguntarán: ¿qué decía el Padre el día de la ordenación de los tres primeros? Respondedles sencillamente: el Padre nos repitió lo de siempre: oración, oración, oración; mortificación, mortificación, mortificación; trabajo, trabajo, trabajo»(23).

El día va ya de retirada después de haber abierto un capítulo importante en la historia de la Obra. Son los primeros sacerdotes eslabones de una cadena -fuertes, unidos al Fundador- a los que se sumarán, con el paso del tiempo, centenares y millares dispuestos a ser «luz que se consume y sal que se gasta».

La jornada siguiente, 26 de junio, el Padre se encamina hacia el Centro de la calle Villanueva donde vive don Alvaro del Portillo. Le pregunta si ya ha recibido alguna confesión sacramental.

Y ante la respuesta negativa, le dice:

-«Pues la primera confesión será la mía: quiero hacer confesión general contigo» (24).

Treinta y un años más tarde, el 26 de junio de 1975, también don Alvaro elevará sus manos consagradas, en una última y emocionada fórmula de absolución, sobre el Fundador del Opus Dei, que acaba de morir en su cuarto de trabajo.

Don José María Hernández de Garnica celebrará su primera Misa en el Colegio de la Asunción. Don Alvaro y don José Luis, en el Colegio del Pilar y en la iglesia del Monasterio de la Encarnación. No consiguen que el Padre asista. Pero, a última hora, Ricardo Fernández Vallespín logra llevarle hasta la capilla donde acaba de oficiar don José Luis Múzquiz, para besar las manos del nuevo sacerdote, pasando inadvertido entre los fieles que llenan el templo.

Veinticinco años después, con el mismo cariño, el Padre preparará en Roma las bodas de plata de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei. Una carta se lo anuncia a don José Luis Múzquiz:

«Con Alvaro, te tengo en todo momento muy presente, y ya empezamos a pensar en la celebración de vuestras bodas de plata sacerdotales (...). Deseo festejar y agradecer a Dios ese aniversario junto a mis tres “curicas” mayores, sin que me falte ninguno»(25).

Así lo lleva a cabo. El 25 de junio de 1969 celebra cada uno su Misa conmemorativa. Tres palias idénticas cubren los cálices: las palabras “tu es sacerdos in aeternum” sirven de base al sello de la Obra bordado en oro.

Durante el ofertorio, don José Luis se da cuenta de que en la base del Cáliz está labrado el escudo de la Escuela de Ingenieros de Caminos, en esmalte verde brillante, y una inscripción: «A José Luis Múzquiz, sus compañeros... »(26). Es el de su primera Misa. Lo mismo les ha ocurrido a don Alvaro y a don José María.

El Padre ha elegido los vasos sagrados en este día para rememorar, de modo más real y entrañable, la fidelidad de veinticinco años de sacerdocio.

Alma sacerdotal

A partir del 25 de junio de 1944, se suceden sin interrupción las ordenaciones de miembros del Opus Dei. Vocaciones sacerdotales de todas las razas, de todos los países, de todas las profesiones y oficios.

Estos sacerdotes son un pequeño número en el campo apostólico del Opus Dei. Desaparecen en el ejercicio de su ministerio como el agua en una tierra seca. El mundo entero es su parcela de trabajo. Son pocos, en comparación con el número de miembros de la Obra, pero están respaldados por la entrega simultánea de todos sus hermanos. Las últimas palabras que el Fundador, antes de morir, dirigió a sus hijas son para recordarles que habían de tener «alma sacerdotal». Porque a todos los bautizados concierne, una vez llamados a la gran vocación del cristianismo, testificar la luz de Cristo entre los hombres.

Monseñor Escrivá de Balaguer, en su homilía «Sacerdote para la eternidad», repite, una vez más, el 13 de abril de 1973, que los sacerdotes del Opus Dei se ordenan «para servir. No para mandar, no para brillar, sino para entregarse, en un silencio incesante y divino, al servicio de todas las almas. Cuando sean sacerdotes, no se dejarán arrastrar por la tentación de imitar las ocupaciones y el trabajo de los seglares, aunque se trate de tareas que conocen bien, porque las han realizado hasta ahora y eso les ha confirmado en una mentalidad laical que no perderán nunca».

Y más adelante:

«¿Cuál es la identidad del sacerdote? La de Cristo. Todos los cristianos podemos y debemos ser no ya “alter Chrístus”, sino “ipse Christus”: otros Cristos, ¡el mismo Cristo! Pero en el sacerdote esto se da inmediatamente, de forma sacramental (...).

Por el Sacramento del Orden, el sacerdote se capacita efectivamente para prestar a Nuestro Señor la voz, las manos, todo su ser; es Jesucristo quien, en la Santa Misa, con las palabras de la Consagración, cambia la sustancia del pan y del vino en su Cuerpo, su Alma, su Sangre y su Divinidad»(27).

Sus hijos sacerdotes han captado esta grandeza de la vocación para la que fueron elegidos. Configurarse en «otros Cristos» será una meta deseada, el modo de vivir su entrega a la Iglesia y a la Obra.

En 1975, don Ernesto Aguilar Alvarez, sacerdote mexicano recién ordenado, ingresa en la Clínica Universitaria de Navarra. Se le diagnostica un cáncer óseo muy avanzado. El pronóstico, irremediable a corto plazo, se cumplirá pocos meses después. Una tarde, dolorido y agotado por la enfermedad, piensa bajar hasta la capilla para rezar la Visita ante el sagrario. Duda: puede hacerlo desde su habitación; le resulta muy trabajoso andar ayudado por bastones. Pero se decide y ofrece el dolor en unión con Cristo. Cuando acaba de llegar, entra un hombre de mediana edad. Le mira, y, acercándose, le pide:

-«¿Querría usted confesarme?».

Don Ernesto afirma. Le señala el confesonario, invitándole a ir por delante, para que no vea el esfuerzo que le cuesta caminar. Este día don Ernesto revive, sin duda, las palabras del Fundador de la Obra:

«Sé de gente convertida a nuestra fe católica, sólo por considerar la bondad de Dios en el sacramento de la Penitencia»(28).

Monseñor Escrivá de Balaguer pide siempre a sus hijos sacerdotes que dediquen mucho tiempo a administrar este sacramento:

«Un consejo de hermano: sentaos en el confesionario, esperando a las almas, como el pescador los peces. Haced allí vuestra oración, la lectura espiritual, el Breviario. En los primeros días, podréis; después vendrá una viejecita, luego una niña joven, después un chicote... Y al cabo de dos meses no os dejarán vivir, ni podréis rezar nada en el confesionario, porque vuestras manos ungidas estarán, como las de Cristo -confundidas con ellas, porque sois Cristo- diciendo: “yo te absuelvo”. Amad el confesionario. ¡Amadlo, amadlo! ¡Que nos maten a fuerza de confesar!»29.

En esta línea se inscribe el testimonio de Monseñor Ignacio María Orbegozo -sacerdote del Opus Dei, que sería consagrado Obispo de Yauyos (Perú)- cuando, a lomos de una mula, camina por los adustos senderos de la sierra andina. Allí donde el calor es pegajoso en la costa y el frío, la nieve y el peligro se alternan en las alturas de cinco mil metros.

«Me habían llamado desde un pueblo de la sierra, para que les dijera unas misas (...). Celebré en Huangáscar la Misa del domingo, y salí a buen paso hacia allá, con la intención de llegar a primera hora de la tarde y celebrar la Misa vespertina (...).

Mi cabalgadura caminaba mal por aquel sendero, deshecho por las lluvias. Pero no fue ésta la única dificultad. Poco después me vi rodeado de una niebla cada vez más espesa. Llegué a una encrucijada de caminos. Me encomendé a mi Angel Custodio, y dejé al mulo caminar a su antojo (...). La niebla era húmeda; yo estaba empapado y tenía frío (...). Cantaba y cantaba: esto me daba ánimos y, además, alguien podía oírme. Muy a menudo, una petición al Señor para que me llevara a buen puerto.

A eso de las seis de la tarde, oí un silbido. Dejé el camino, y me dirigí hacia el lugar de donde parecía provenir. Al poco tiempo divisé la silueta de un hombre que pastoreaba unas vacas (...). Le llamé varias veces y al fin vino a mi encuentro (...). Me había desviado mucho. Como ya anochecía, me invitó a su casa y yo acepté. Después agradecería al Señor la ocasión que me había brindado de ayudar a esta buena gente.

El hombre malvivía en una chabola construida con paja; allí se cobijaba toda su familia. Su madre, de ochenta años, estaba muy enferma. Cuando supo que yo me encontraba allí se llenó de alegría: deseaba confesarse. Hacía muchos años que, por falta de sacerdotes, no lo había hecho (...). Le di la absolución, la encomendé al Señor y hablé con ella durante algún rato; después le administré la Extremaunción (...).

De madrugada me despertaron (...). La abuela estaba muriendo (...). Le hablé al oído muy despacio, para que pudiera entenderme (...). Sonreía, besó el Crucifijo (...) y murió. Rezamos el primer responso (...).

Poco después cabalgaba de nuevo. El hijo mayor de la casa me puso en buena ruta (...). Entré en el pueblo a tiempo de celebrar la Santa Misa»(30).

Este es el espíritu que el Fundador de la Obra ha dejado impreso en sus sacerdotes: gastarse con generosidad para servir con su ministerio a todas las almas.

También cuenta en el haber de Monseñor Escrivá de Balaguer, y de los sacerdotes que ha enviado Dios a su Obra, el amor por aquellos que están lejos de la Iglesia. Y mucho más cuando les unen lazos de sangre. En 1960 se ordena sacerdote un miembro de la Obra, mexicano de nacionalidad; su padre ocupa un alto grado en la Logia Masónica del país. Su mujer y su hijo rezan por él, por su retorno a la fe, a la esperanza en Jesucristo. Antes de la ordenación, su padre enfermará gravemente. A pesar de que no resulta fácil llegar hasta el paciente, su familia invoca el derecho a recibir a un sacerdote católico. Lo consiguen y pueden ayudarle. Pocos días más tarde, muere en paz por el auxilio y el amor de la Iglesia.

Todos los sacerdotes

Desde aquel día lleno de sol en que don Josemaría Escrivá de Balaguer llegó a la Parroquia de Perdiguera, recién ordenado, ha sido cada vez mayor su amor por los sacerdotes seculares y su deseo de ayudarles.

Era necesario, para completar el perfil del Opus Dei, que también pudieran formar parte de la Obra los sacerdotes diocesanos que trabajaban en las múltiples tareas de sus diócesis. Muchos se sienten llamados a esta vocación cristiana en la que cabe su vida entregada al ministerio sacerdotal.

Como escribe Peter Berglar:

«La plenitud de lo que iba a ser el Opus Dei sólo podía realizarse poco a poco. Dios le fue encomendando (al Fundador) que diese, en cada momento, un paso determinado: el paso exacto y en el tiempo preciso, tal y como era necesario para el desarrollo de la Obra» (31).

El deseo de ayudar a los sacerdotes ha llegado a tal extremo que piensa en una nueva fundación exclusiva para ellos. Así lo ha dicho él mismo:

-«He amado mucho a los sacerdotes. También a los religiosos (...). Pero mi corazón está con los sacerdotes diocesanos, porque yo no soy otra cosa, por eso, cuando llegó el momento y no encontraba el modo jurídico de meterlos en el Opus Dei (...), fui a la Santa Sede y dije que estaba dispuesto a hacer una fundación para sacerdotes. Con gran sorpresa, allí me respondieron que sí»(32).

Es en los primeros meses del año 1950, cuando el Padre ve con claridad que es jurídicamente posible que los sacerdotes diocesanos puedan formar parte de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Esta idea tiene las características de una impetuosa moción

de Dios en su alma. Ha visto finalmente la solución jurídica. Van adelante los trámites para la aprobación definitiva de la Obra por la Santa Sede, y en el derecho peculiar que se propone no tienen aún cabida los sacerdotes seculares incardinados en una diócesis.

Ahora, Dios le ha hecho entender la solución a este problema que permitirá abrir las puertas de la Obra, a los sacerdotes diocesanos como Agregados y Supernumerarios en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, según sus posibilidades personales de dedicación apostólica. No ha sido precisa una nueva fundación.

Por alguna causa, la fecha señalada para decretar la aprobación definitiva del Opus Dei y de sus normas jurídicas se retrasa y, gracias a ello, se llega a tiempo para introducir el nuevo estatuto(33). El Padre dispone taxativamente que los sacerdotes diocesanos adscritos a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz no tengan superiores en el Opus Dei; de modo que su único superior sea el propio Obispo. La Obra les dará cuanto necesitan en orden a su dirección espiritual, para progresar en la vida sobrenatural. El espíritu de la Obra les llevará a vivir con más empeño, si cabe, la unión y la obediencia a su Ordinario.

Muchos testimonios de sus hijos sacerdotes diocesanos podrían corroborar el enorme afecto y la ayuda, principalmente espiritual, que han encontrado en la Obra, para santificarse en el ejercicio de su ministerio.

Un sacerdote cuenta una tertulia con el Fundador de la Obra, en su viaje a Lima, en 1974:

«Nada más llegar el Padre a la sala, en donde estábamos reunidos más de cincuenta sacerdotes (...), pidió besar las manos a cada uno (...).

-Padre, son muchos.

-No importa.

Arrodillado fue besando, con unción, las manos de todos (...). Estábamos emocionados (...). Lo cierto es que después de esto sobraban todas las palabras. Fue (...) una lección que nunca olvidaré»(34).

Cuando le llega el eco de las dudas promovidas sobre la identidad del sacerdote, principalmente después del Concilio Vaticano II, irrumpe de un modo tajante, convencido:

«Te miro, y por mucho que te mire, no veo más que... a Cristo. ¡Ya te he identificado! ¡Con todas sus consecuencias! »(35)

Así lo escribe en su homilía «Sacerdote para la eternidad»:

«Esta es la identidad del sacerdote: instrumento inmediato y diario de esa gracia salvadora que Cristo nos ha ganado. Si se comprende esto, si se ha meditado en el activo silencio de la oración, ¿cómo considerar el sacerdocio una renuncia? Es una ganancia que no es posible calcular» (36)

Una recia humildad le lleva a pedir siempre la ayuda, la oración de sus hermanos sacerdotes, como apoyo a su fidelidad:

«Espíritu sacerdotal. Yo querría que pidierais al Señor, para mí, que nunca me olvide de que soy sacerdote, ni de día ni de noche. Y no lo olvidaré si pongo por obra aquel consejo de la Escritura: “oportet semper orare et non deficere... Semper”!... Rezar incesantemente, siempre»(37).

También incluye el Padre en esta oración la alegría con que desea iluminar sus jornadas de trabajo, las contradicciones que puedan asaltarle, la pobreza y las incidencias pequeñas y grandes que encuentra por los atajos de su vida cotidiana:

«Hay una vieja oración, en la que el sacerdote pide la salud mentis et corporis, y después la alegría de vivir. ¡Qué bonito! »(38)

En una síntesis de la tarea divina que Dios le encargará aquel 2 de octubre de 1928, dirá a todos sus hijos:

«Quienes han seguido a Jesucristo -conmigo, pobre pecador- son: un pequeño tanto por ciento de sacerdotes, que antes han ejercido una profesión o un oficio laical; un gran número de sacerdotes seculares de muchas diócesis del mundo -que así confirman su obediencia a sus respectivos Obispos y su amor a la eficacia de su trabajo diocesano-, siempre con los brazos abiertos en cruz para que todas las almas quepan en sus corazones, y que están como yo en medio de la calle, en el mundo, y lo aman; y la gran muchedumbre formada por hombres y por mujeres -de diversas naciones, de diversas lenguas, de diversas razas- que viven de su trabajo profesional, casados la mayor parte, solteros muchos otros, que participan con sus conciudadanos en la grave tarea de hacer más humana y más justa la sociedad temporal; en la noble lid de los afanes diarios, con personal responsabilidad -repito-, experimentando con los demás hombres, codo con codo, éxitos y fracasos, tratando de cumplir sus deberes y de ejercitar sus derechos sociales y cívicos. Y todo con naturalidad, como cualquier cristiano consciente, sin mentalidad de selectos, fundidos en la masa de sus colegas, mientras procuran detectar los brillos divinos que reverberan en las realidades más vulgares»(39).

Igual que todos sus hijos, los sacerdotes del Opus Dei pueden considerarse, con certeza, hijos de la oración del Padre(40). Por cuanto les ha querido y les ha rezado mientras abría, para ellos, las puertas de una vocación a la santidad.

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