La locura de la Cruz

«Pues la locura de Dios es más sabia que los hombres, y la flaqueza de Dios, más poderosa que los hombres».(1 Cor 1, 25)

Retorno a Madrid

EL Padre abandona Burgos el 27 de marzo de 1939 y llega de noche a Villacastín (Segovia). Un viento fino, de sierra, pasa sobre los primeros brotes de la jara: en la mañana del día 28, es uno de los primeros sacerdotes que entra en Madrid, con los soldados del ejército.

Después de dieciocho meses de ausencia, puede abrazar a su madre, a Carmen y a Santiago. Y también a algunos miembros del Opus Dei que le esperan emocionados e impacientes. Junto a ellos, contempla de cerca las ruinas de Ferraz 16, la Residencia de estudiantes que tanto esfuerzo le costó montar.

Las carreteras de acceso a la capital de España son un hervidero de gente que retorna. La paz quiere volver. Y, sobre los estragos de la guerra, suenan las primeras canciones de esperanza. Madrid estrena primavera.

El 29 de marzo, el Padre cita en la Casa Rectoral del Patronato de Santa Isabel a los miembros de la Obra que se encuentran en Madrid, para reanudar, tras el forzoso paréntesis, todas las tareas iniciadas. Con él está ya Alvaro del Portillo, que viste todavía el uniforme de oficial del ejército.

La Casa Rectoral ha sido utilizada como Cuartel del Arma de Ingenieros. Hay, en las habitaciones, catres y mantas de soldados. También algunos muebles de oficina. Todo tiene el aire desmantelado del abandono y la precipitación; urge limpiar y poner orden en medio de la barahunda. Dos días después llegan doña Dolores y Carmen. El Padre les ha pedido que se vengan a la Casa Rectoral de Santa Isabel para facilitar el trabajo. La madre y hermanos de Josemaría sacrifican su independencia, su intimidad familiar, en función de la Obra de Dios. Con naturalidad y señorío, se adaptan a esta vivienda sin enseres adecuados y llena de incomodidades.

Poco a poco llegarán los que han permanecido fieles a la vocación al Opus Dei. La casa abre sus puertas día y noche para recibir a los que vienen tras duras jornadas de carretera, trenes abarrotados y ruinas casi intransitables. Con la ayuda de la Abuela y de Carmen, don Josemaría consigue que, en pocas semanas, la Casa Rectoral adquiera un aspecto de hogar digno y hasta acogedor.

Sin embargo, esta solución es transitoria. Es preciso buscar una casa en la que recomenzar la tarea con estudiantes universitarios, encontrar un nuevo local que sustituya al que ha sido destruido por la guerra.

La Obra no tiene, en estos momentos, absolutamente nada. Pero cuenta con lo más importante, aquello que el Padre comunica de un modo inmediato y contagioso: la fe, el coraje de los comienzos y la noble ambición de extender el Reino de Dios. Tras varias semanas de búsqueda, se encuentra un inmueble adecuado en el número 6 de la calle de Jenner. Es un lugar tranquilo y señorial; la calle, de corta numeración, cruza perpendicularmente Fortuny, Monte Esquinza, y enlaza la de Almagro con el Paseo de la Castellana. Las acacias ponen un retazo demsombra en ambos lados, aliviando el estío madrileño. Después de estudiarlo detenidamente, el 14 de julio de 1939 se firma el contrato. Alquilan la planta tercera completa y uno de los pisos de la primera. Los enseres de la Casa Rectoral se trasladan y, poco a poco, con la ayuda de todos, se irá instalando la futura Residencia de estudiantes. La primera planta, excepto un salón que se adaptará para comedor de los residentes, se dedica a las habitaciones del Padre, doña Dolores, Carmen y Santiago. Hay además una sala de recibir, un dormitorio de huéspedes y un pequeño comedor de invitados.

La salida de don Josemaría de la Casa Rectoral de Santa Isabel va a servir, además, para dar acomodo a las Agustinas Recoletas que han sobrevivido a la guerra. Su convento ha sido desmantelado. Don Josemaría cede a las Agustinas, hasta que pueda reconstruirse el convento, la vivienda asignada a la Casa Rectoral. Pero antes, por indicación del Vicario General de la Diócesis, solicita de ellas un documento que les compromete a pagar un alquiler al Rector. Mientras lo sea él, renunciará a este dinero en favor de la Comunidad. Pero no puede transmitir una carga injusta a quien le suceda en el cargo, limitando sus legítimos derechos.

Mientras tanto, la Universidad intenta recuperar los años perdidos en la guerra civil; los estudiantes permanecen en sus puestos, y esto brindará a la Residencia de Jenner la oportunidad de continuar abierta durante todo el verano. En este primer curso de 1939-40 hay ya unas treinta personas instaladas y otros muchos amigos que la frecuentan. El Padre ha marcado su ritmo de trabajo habitual y el engranaje se mueve ordenadamente. Jenner será el punto de apoyo, el comienzo de una formidable expansión del espíritu del Opus Dei.

He aquí cómo describe un estudiante que, más tarde, solicitará la admisión en el Opus Dei, su llegada a esta casa:

«Sabía que (el Padre) era el autor de Camino y que dirigía esta Residencia. Hoy (...) conozco bastante más. Sé, por ejemplo, que es un sacerdote enamorado de Jesucristo y con una fe inmensa en su presencia real en la Eucaristía (...). También sé que ha metido en el alma de los que me trajeron a estudiar, y en los que después he ido conociendo (...), sus insaciables afanes de apostolado... »(1).

Descubre aquí un ambiente nuevo y atractivo; un cristianismo arraigado en lo más genuino, pero gozosamente nuevo. Cuestiones como la vida interior, oración, Eucaristía, estudio, trabajo, orden, pureza, fraternidad... adquieren una extrema sencillez y luminosidad. Descubre a un Dios muy próximo, con gran exigencia, pero a la vez, muy Padre. Oír al Fundador resulta siempre animoso y reconfortante.

Las paredes del oratorio están recubiertas con tela de arpillera en plieges verticales. En la parte superior, un friso de madera oscurecida con nogalina ostenta estas palabras de los Hechos de los Apóstoles:

“Erant autem perseverantes in doctrina Apostolorum, et communicatione fractionis panis, et orationibus”(2).

Y sobre el frontal del Altar: “Congregavit nos in unum Christi amor”(3). Aquí celebra la Misa el Padre. Impresionan la sobriedad y el rigor litúrgico. Quienes asisten sienten que Dios está muy cercano. En esta casa formará el Padre a sus primeros hijos; se multiplicará para hacer, de cada uno, un continuador del espíritu de la Obra.

Les hablará el Fundador, con mucha frecuencia, de universalidad. Tiene en su cuarto un globo terráqueo y les invita a pensar en tantos países enteros que no conocen a Cristo... Y en los que se llaman cristianos, donde hay muchas gentes que no le siguen y le ofenden. ¡Hay tanto por hacer! Pero no cabe el pesimismo; hace falta entregarse, personas decididas a ser auténticamente cristianas para cristianizar el mundo. ¡Con la ayuda de Dios, será posible!...

En la fiesta de Cristo Rey de 1939, cuando aún se viven por las calles momentos de exaltación bélica, subraya:

«Todo eso es muy noble, patriótico, pero hay un Reino más grande, el Reino de Jesucristo, que no tiene fin»(4).

Desde Jenner viajará a un gran número de ciudades españolas, para cumplir deberes sacerdotales y plantar el espíritu de la Obra de Dios. En abril de 1940, reúne en esta casa a todas las recién llegadas vocaciones de España, para dedicar unos días más intensamente a su formación. Y les pide la fortaleza de aquellos soldados romanos que se llamaron «los cuarenta mártires de Sebaste».

-«Eran cuarenta, y venían los ángeles con cuarenta coronas. Pero uno de los soldados tuvo miedo, y se salió del estanque helado donde morían lentamente. Entonces, uno de los que les custodiaban se declaró cristiano, y murió también mártir. Las cuarenta coronas que traían los ángeles sirvieron todas; así debemos perseverar todos nosotros, pase lo que pase»(5).

A todos y cada uno de estos hombres jóvenes que le siguen el Fundador les habla, les exige y les quiere de verdad. Alguno recuerda su primer encuentro con el Padre, cuando, mirándole profundamente le dijo:

«A todos vosotros os conozco desde hace mucho tiempo»(6).

Porque les ha visto acudir a la llamada divina que él mismo recibió el 2 de octubre de 1928. Y ha rezado por esta juventud generosa, cabal y radicalmente fiel, que Dios va a poner en su camino.

El pergamino que encontró intacto entre las ruinas de Ferraz 16, la Residencia destruida por la guerra, con el mandato del amor de San Juan Evangelista, campea de nuevo sobre la vida de Jenner. En estos dos pilares, filiación y fraternidad, quiere Dios que se apoye la vida entera de la Obra.

En familia

Las actividades de Jenner transcurren en un grato ambiente de familia. Doña Dolores y Carmen lo hacen todo posible. Se han hecho cargo del servicio, al que adiestran y dirigen. También se ocupan de las compras y gastos de la Residencia en un momento crucial: es la etapa del hambre, después de que la guerra civil arrasó el país entero; por añadidura, el conflicto mundial empeora la situación europea. Los alimentos son de mala calidad y están severamente racionados. Pero ellas hacen prodigios con su cariño y dedicación: todo estará siempre bien, puntual, agradable.

Doña Dolores permanece habitualmente en el primer piso de Jenner. Su papel, como madre del Fundador, no es fácil. Y sólo su tacto excepcional podrá hacer compatibles el cariño, la discreción y apoyo sin interferencias. Pasa la mayor parte del día trabajando en alguna tarea útil. Y con un corazón que se hace grande a la medida que requiere el crecimiento de la Obra de Dios. Siente por todos un gran cariño, aunque con algunas predilecciones: en particular por Alvaro. También quiere con especial ternura al más joven, y justifica ese cuidado diciendo:

-Está en muy mala edad, tiene poco apetito y no está fuerte.

Es capaz de volcarse en atenciones con alguno que ve más cansado o preocupado. Y con paciencia inalterable se refiere a las distracciones de otro:

-Como va para sabio...(7).

El Padre, hablando en una ocasión de justicia y caridad, hace alusión a la justeza de las madres buenas, que tratan desigualmente a los hijos desiguales. También esto lo habrá aprendido de doña Dolores.

Hay un paralelismo, por su dedicación incondicional, entre su vida y la de aquella gran mujer llamada Margarita Occhiena, madre de don Bosco. Cuando su hijo va a buscarla al pequeño pueblo italiano de 1 Becchi, donde parece haber concluido ya su etapa de trabajo y renuncias, no duda un momento en abandonar su bien merecido descanso y lanzarse a la aventura agotadora que le pide Dios a través de su hijo sacerdote.

En una ocasión, el Fundador del Opus Dei regaló a doña Dolores una vida de San Juan Bosco. Y al llegar al capítulo en que el santo relata la colaboración de su madre, interpela a su hijo Josemaría:

-«¿Qué quieres? ¿Que haga como la madre de don Bosco? ¡Ni hablar! »

Y afectuosamente, el Fundador le contesta:

-«¡Pero si lo estás haciendo ya!»(8).

Muchos recuerdos entrañables de la vida del Padre se han podido conocer y conservar, porque doña Dolores habló de ellos con los primeros de la Obra. Alvaro, Pedro, Paco... bajan frecuentemente al primer piso para ver a la Abuela. Le cuentan cualquier anécdota, la divierten, le piden un favor. Y, sobre todo, le hacen un rato de compañía en las constantes ausencias de don Josemaría.

El Fundador está entregado a las tareas de Dios y se sabe respaldado por la generosidad de su familia, que ha perdido toda independencia, que sólo vive para cooperar a lo que, por Voluntad de Dios, él está realizando.

Durante esta etapa el Padre desarrolla, en verdad, una actividad increíble. Lleva en el corazón las almas, una por una, sin abandonos ni olvidos. El cansancio no le hace perder el recio humor que le caracteriza, aun en las situaciones más difíciles. Y no cesa de urgir a ese Cielo del que depende toda eficacia. Los miembros de la Obra recuerdan momentos irrepetibles, junto al Padre, en este pobre pero digno oratorio de “jenner”, cuando eran testigos de su ejemplo permanente. No resulta extraño que entre los residentes y amigos cunda este viento cristiano, que la vida que se respira en este ambiente desmonte ambiciones personales y lleve a muchos a engrosar el número de los incondicionales de Dios.

Diego de León

A finales del verano de 1940 el Padre se traslada a una nueva casa que ha sido posible alquilar en la calle de Diego de León. Sigue funcionando Jenner como Residencia Universitaria, pero es necesario habilitar el nuevo inmueble como Sede Central de la Obra y como Centro para la formación de los miembros que acuden de muy diversos puntos de España. La familia de don Josemaría se traslada también para ayudar a poner en marcha este recién logrado instrumento de vida y apostolado. La casa es grande, de amplia escalera y techos altos; se trata de un edificio de tres plantas, semisótano y un pequeño jardín arbolado que la dota de cierta independencia. Ha permanecido sin alquilar durante mucho tiempo y, al entrar, acuden el frío y la humedad como dos anfitriones poco acogedores.

Durante los primeros meses del curso 40-41 el invierno dejará caer su intensidad. No hay casi muebles, y los suelos de mármol no contribuyen a caldear el ambiente. No se puede encender la calefacción por falta de presupuesto.

De 1940 a 1945, “Diego de León” va a ser testigo presencial de una sucesión de acontecimientos que ya son historia del Opus Dei, y que Monseñor Escrivá de Balaguer no dudará en llamar: historia de las misericordias de Dios. Podrían aplicarse a esta casa las palabras con que el Fundador se refiere al primer hogar de Nazaret, modelo de toda familia cristiana:

«Allí no se oye hablar de mi honra, ni de mi tiempo, ni de mi trabajo, ni de mis ideas, ni de mis gustos, ni de mi dinero. Allí se coloca todo al servicio del grandioso juego de Dios con la humanidad, que es la Redención»(9).

Poco a poco se irán llenando los espacios con muebles comprados de ocasión y restaurados, después, pacientemente. El Padre podrá ocupar en octubre de 1941 su despacho-dormitorio. Junto a esta habitación, el oratorio. Primitivamente lo preside un cuadro de Nuestra Señora de los Angeles, pero en 1942 será sustituido por el retablo definitivo: Santa María rodeada por tres apóstoles y arcángeles, patronos de la Obra. Se ha pintado en el taller de los hermanos Albareda de Zaragoza y recibirá un toque final por obra de los pinceles de Fernando Delapuente.

En 1967, un cuarto de siglo más tarde, el Padre recorre la casa, totalmente reestructurada, excepto la parte antigua, que sus hijos han querido conservar intacta. Disfruta al descubrir, en cada habitación, los muebles que adquirió personalmente, con tanto cariño y sacrificio.

Durante algún tiempo tuvo una mesa espaciosa, pero de ínfima calidad, de pino barnizado. Los chicos la cambiaron por un escritorio comprado en una casa de compra-venta de muebles usados que había en la calle de Leganitos. Por su línea y volumen, el Padre la «bautizó» inmediatamente con el nombre de “la pianola”. Y comentó que aquél armatoste habría costado probablemente mucho dinero. En realidad el dispendio había sido muy corto(10).

Siempre le parece excesivo lo que se destina a su uso personal. Algún tiempo después, sobre una chimenea próxima a este mueble, descansará una «Piedad» de porcelana regalo de don Félix Granda. Cerca de sus manos tendrá también un aislador de vidrio como pisapapeles. Bromeando dirá que le recuerda la obligación de no ser aislante, de transmitir el espíritu de la Obra.

El 3 de mayo de 1968, durante otro viaje a Madrid, evoca acontecimientos vividos en el oratorio de “Diego de León” en este período que tuvo su comienzo en 1940:

«Recuerdo que allí han velado mis hijos los restos de mi madre y de mi padre. Recuerdo que allí hemos recibido muchas gracias del Señor (...). Junto a ese sagrario pobre, yo reunía a vuestros hermanos que hoy son mayores y les contaba las cosas agradables y las desagradables (...). Las grandes noticias de la historia de la Obra las he dado siempre pegado al sagrario, y, durante unos años, en esta casa»(11).

Al paso de Dios

En el intervalo que media entre 1939 y 1946, el Padre viaja constantemente a diversas ciudades españolas porque los Obispos siguen reclamando su colaboración para llevar la palabra de Dios a las gentes. Y aprovecha estos desplazamientos para dejar la llama del Opus Dei entre las personas que encuentra en su camino. En ocasiones se desplaza con fiebre, enfermo y agotado. Pero sigue adelante. En un coche viejo, casi inservible, que se estropea con frecuencia; por carreteras que han quedado casi intransitables después de la guerra. Otras veces viaja en tren pasando la noche entre el frío y la incomodidad. Le acompaña frecuentemente Alvaro del Portillo y, cuando se trata de usar el coche, Ricardo Fernández Vallespín, que va conduciendo.

A lo largo de estos años, le encontramos repetidamente en Vitoria, Valencia, León, Avila, Pamplona, Lérida, Segovia, Zaragoza, Barcelona, Valladolid, Bilbao. También Galicia, Asturias y Andalucía. Algunas de estas provincias reciben su visita varias veces al año. Dirige retiros espirituales; ayuda a todos los que quieren acercarse a su ministerio. Le escuchan sacerdotes y religiosos, estudiantes, maestros, profesores, seminaristas. Mujeres y hombres de toda condición y profesión.

Los Obispos de las diócesis españolas le invitan continuamente a predicar, en la certeza de que su amor por el sacerdocio podrá entusiasmar a los seminaristas para seguir con renovado fervor el camino elegido y consolidar su vocación llevándoles a una vida espiritual más intensa.

Los testimonios de esta época lo confirman con impresionante unanimidad:

Laureano Castán Lacoma, que sería después Obispo de Sigüenza-Guadalajara, recuerda unos ejercicios espirituales predicados por el Fundador del Opus Dei en 1941. Así lo describe en una Carta Testimonial:

«Como yo conocía la profundidad de espíritu de Monseñor Escrivá de Balaguer, a muchos sacerdotes les animé a asistir a esa tanda de Ejercicios que se celebraba en el Seminario, en la seguridad de que la vida interior de Mons. Escrivá haría un gran bien a los participantes. El motivo por el que fue llamado a predicar, fue no sólo por el prestigio de docto y piadoso de que entonces gozaba entre el clero, al que dedicaba muchas horas de su tiempo, sino también por el íntimo convencimiento de Monseñor Moll Salord -Administrador Apostólico de la Diócesis de Léridaacerca de la gran influencia que tendría la predicación de Monseñor Escrivá en la vida espiritual del clero; de modo que, buscando entre lo mejor de lo mejor que había en España para dirigir esos Ejercicios, el Sr. Obispo se fijó en él (...). Esta fue posteriormente la impresión entre los asistentes.. Recuerdo haber oído decir que uno de los sacerdotes que se confesó o trató con él -don José Vallés, actualmente beneficiado de la Catedral de Lérida- comentó muy impresionado: este hombre es un santo»(12).

Pero el Padre dice, siempre, que es Dios quien da eficacia a su trabajo, con reconocimiento humilde de su debilidad y la convicción de que toda influencia sobre las almas radica exclusivamente en Dios.

Cada caminante siga su camino

En los años inmediatos a la guerra civil, el Padre es el único sacerdote del Opus Dei; ejerce sus funciones de Rector del Patronato de Santa Isabel, se ocupa de las Residencias Universitarias de “Jenner y Diego de León” y de la extensión de la Obra. Dirige espiritualmente a centenares de personas: hombres y mujeres, casados y solteros, profesores y estudiantes, escritores, artistas y artesanos. Predica muchos cursos de retiro espiritual. En su fuego apostólico no hay pausas.

Además, desde 1940 es profesor de Etica y Deontología en la Escuela de Periodismo de Madrid y enseña a los futuros profesionales la trascendencia de su trabajo y las normas que lo convierten en un gran servicio humano y cristiano a toda la sociedad. El periodista Enrique del Corral, alumno suyo, afirma:

«Todos, en una u otra medida, arrastrábamos el trauma que había supuesto la guerra civil y esto tenía cierta influencia en la forma de vivir la fe (...). Por eso nos llamó particularmente la atención don Josemaría Escrivá de Balaguer (...). El nos hablaba -con un tono cordial y de compañero- de una religión más gozosa, de una religión esencialmente alegre»(13).

Lleva adelante este esfuerzo en medio de carestías e incomodidades. Además de practicar ayunos rigurosos, se somete gustosamente a la intensidad del trabajo, poniendo en juego su salud, como se demostrará unos años más tarde.

Del 5 al 11 de junio de 1939, el Padre se desplaza a Valencia para dar un curso de retiro a estudiantes universitarios en el colegio Beato Juan de Ribera de Burjasot. Es Rector del colegio un sacerdote de gran prestigio, don Antonio Rodilla, Vicario General de la Diócesis de Valencia. Su testimonio sobre el Fundador del Opus Dei es una luminosa carta de admiración y amistad:

«Conocí a Josemaría en los primeros años de la decena de 1930. Aunque no puedo precisar la fecha exacta, ya la primera conversación con él me puso en aviso de que estaba en presencia de una persona extraordinaria, que miraba y veía desde muy alto, y hasta muy lejos, aunque tenía los pies muy firmes sobre la tierra.

No era precisa mucha perspicacia para ver que Josemaría era un hombre extraordinario. Sin embargo, no era fácil, si no se le trataba íntima y prolongadamente, ver al santo, pues no sólo no exhibía su santidad, sino que la llevaba tan envuelta de humildad, naturalidad y alegría, que quedaba muchas veces más que disimulada para ocasionales observadores y poco perspicaces»(14).

En este brillante día de junio del año 39, el Padre llega a última hora de la tarde, cuando el calor abre paso al atardecer. Los participantes esperan, en pequeños grupos, esparcidos por el jardín.

Desde el principio les impresiona vivamente. Años más tarde, en una de sus cartas, el Fundador recordará un episodio de su llegada al colegio y las enseñanzas que, para la predicación, había sacado del mismo:

«En uno de los pasillos encontré un gran letrero, escrito por alguno “no conformista”, donde se leía: “cada caminante siga su camino”.

Quisieron quitarlo, pero yo les detuve: dejadlo -les dije-, “me gusta” (...). Desde entonces, esas palabras me han servido muchas veces de motivo de predicación. Libertad: cada caminante siga su camino. Es absurdo e injusto tratar de imponer a todos los hombres un único criterio, en materias en las que la doctrina de Jesucristo no señala límites»(15).

Y en otro momento insiste:

«Es cierto que llevamos un camino común, porque única es -os lo diré de nuevo- la vocación que todos hemos recibido al Opus Dei. Pero se puede andar por el camino de muchas maneras. Se puede andar por la derecha, por la izquierda, en zig-zag, caminando con los pies, a caballo. Hay cien mil maneras de ir por el camino divino » (16) .

El primer día, después de la Misa, pasea por entre los árboles que rodean el edificio y ve a un universitario pensativo, sentado en uno de los bancos. Es Amadeo de Fuenmayor. Se acerca y le pregunta:

-«¿Aburrido?

-No, Padre, le contesta. Y añade que tiene un problema personal» (17).

El Padre le dice que vaya a última hora de la tarde a su cuarto y que le recuerde que ofrezca por él la Misa del día siguiente.

Se queda impresionado, porque ha visto la piedad y la fe con que este sacerdote celebra el Sacrificio del altar. Y le parece muy serio saber que su nombre, su persona, van a estar presentes en el ofertorio de amor de la mañana siguiente.

Estos días, Amadeo, el que habrá de ser un día Catedrático de Derecho Civil, y después sacerdote del Opus Dei, charlará frecuentemente con el Padre y, al terminar los ejercicios, pedirá la admisión en la Obra. Aún parece escuchar las palabras con que el Fundador acepta su solicitud:

«El Señor obra “suaviter et fortiter”.. recuerda las circunstancias de tu vida y verás cómo ha ido preparándote el camino»(18).

En el momento en que todos están a punto de regresar a Valencia aparece José Manuel Casas Torres. ¡Se había informado mal de la fecha de comienzo!... Al menos, le gustaría saludar al sacerdote y disculparse por su falta de puntualidad. No conoce al Padre, pero va en su busca. Le encuentra en su despacho. La entrevista se prolonga aproximadamente media hora y, cuando salen de la habitación, don Josemaría llama al pequeño grupo que ha solicitado la admisión en el Opus Dei durante aquellas jornadas. Les dice, con toda sencillez:

-«José Manuel será vuestro director»(19).

El Fundador repetirá a sus hijos, con frecuencia, que a los primeros miembros del Opus Dei, el Señor les concedió ayudas especiales para sacar adelante la Obra, para ser muy responsables a pesar de su juventud y hacerse cargo de esta ardua tarea que se les encomienda.

El primer local que utilizarán en Valencia, desde agosto de 1939, es un piso en el entresuelo de un viejo edificio situado en el número 9 de la calle de Samaniego. Es tan pequeño y tan pobre que le han bautizado con el apodo de “El Cubil” Una de las haciones almacena ejemplares de «Camino», que acaba de publicarse. Este será el comienzo de una gran labor, de la que han de salir muchas y firmes vocaciones.

En uno de estos viajes, el Vicario de la Diócesis le pide con insistencia que celebre la Santa Misa en la Catedral, en el Altar de la Santísima Trinidad, con un cáliz y ornamentos que le acaban de regalar. El Padre acepta encantado. Sin embargo, al llegar a la lectura del Evangelio, no tiene capacidad física para seguir celebrando la Misa. Se vuelve hacia los fieles que asisten, les pide perdón por no poder continuar y se retira a la sacristía.

Le llevan al pequeño piso de la calle Samaniego, y el Vicario aprecia las circunstancias de escasez y privación en que están viviendo como no hay mantas y tiene fiebre alta, cubren al Fundador con una cortina. Con inmenso cariño le hace ver que aquí no va a reponerse y quiere trasladarle a su casa. El Padre se lo agradece, pero no acepta el ofrecimiento. Prefiere la pobreza de “El Cubil Así lo relata el propio Vicario:

«Soy testigo personal también de la pobreza de medios con que empezó, y continuó durante muchos años, su labor de apostolado. He visto sus apuros en los comienzos de los Centros de la Obra en Valencia. Y esto cuando en España había abundantes larguezas oficiales para tantas obras apostólicas, para la reconstrucción de templos y de casas de religiosas. Aún recuerdo vivamente, por aquellos años, la escena de Josemaría -que había sido acometido por súbita fiebre- en una pobre cama de la primera Residencia del Opus Dei en Valencia, arropado... ¡con unas cortinas!, porque no disponían de mantas en la casa»(20).

Un día, el Padre presenta a los miembros de la Obra de Valencia ajusto Martí Gilabert, que ha sido estudiante de Derecho y residente de Ferraz. En ese momento es el alcalde de Oliva, su pueblo natal. Más tarde le invitarán a ir a Madrid, a conocer la nueva Residencia de Jenner, y también a compartir unos días de retiro que dirigirá el Padre.

Ya en Madrid, el Fundador le habla con detalle sobre la Obra, y después de esta entrevista, justo pide la admisión. En la sencillez del coloquio sostenido con don Josemaría, descubre la llamada de Dios a una entrega total. Toma, con la naturalidad más absoluta, decisiones que van a exigir la donación de toda una vida. Hay detrás de todo esto mucho tiempo de oración y sacrificio del Padre.

En El Cubil, este pequeño entresuelo prácticamente sin amueblar, van a surgir varias de las primeras vocaciones a la Obra en Levante. En otros casos, pasarán aún muchos años hasta que soliciten su admisión en el Opus Dei. Entre ellos, Antonio Ivars Moreno recuerda bien su llegada:

«Debió ser octubre de 1939. Un amigo de la Universidad me habló del Padre, y tuve la curiosidad de conocerlo. Poco tiempo después fui a un modesto semisótano de la calle Samaniego: allí le conocí. Estaba enfermo, con fiebre alta, y me habló desde un lecho improvisado porque los muebles eran pocos y escasos. Su lenguaje llegaba directamente al corazón (...). Jamás conocí un corazón tan abierto, tan generoso para todas las gentes sin distinción» (21)

También Ismael Sánchez Bella describe emocionado su primer mes de abril de 1940. De nuevo don Josemaría se ha desplazado a Valencia. Ismael tiene dieciocho años y trabaja por las noches como linotipista en el periódico «Levante». Hoy, sábado, está a punto de concluir su tarea y presiente el descanso que se inicia con el amanecer. Cuando aún no ha abandonado el periódico, suena el teléfono: unos amigos de sus hermanos le invitan a un retiro que dará el autor de «Camino» el domingo. Está a punto de disculparse: no ha dormido en toda la noche. Pero, al fin, coge un tranvía camino de Alacuás. Allí hay una comunidad de religiosas que cede el local a don Josemaría. Asisten, con él, unos treinta estudiantes. Le golpean la fuerza y la exigencia sobrenatural de este sacerdote. Por la tarde, habla con el Padre. Esa misma semana, el correo Valencia-Madrid traerá una carta de Ismael, pidiendo al Padre su admisión en la Obra.

Durante el curso de 1940, el contacto entre Valencia y Madrid es intenso. En mayo hay un nuevo día de retiro en Alacuás, y ya asisten cincuenta universitarios.

Pedro Casciaro viene frecuentemente a la ciudad levantina, y lee, en una pequeña habitación de El Cubil, un extenso documento escrito por el Padre, en el que da cuenta de las circunstancias humanas y sobrenaturales que han dado lugar al nacimiento del Opus Dei sobre el mundo. Lo ha llamado «Instrucción acerca del espíritu sobrenatural de la Obra». Este grupo de vocaciones oye, con intensidad sobrecogedora, el mensaje de estas páginas en el que el Padre afirma que la empresa a que Dios les ha traído cumple las condiciones para que pueda llamarse, sin jactancia, la «Obra de Dios».

En agosto de 1940, los que están en Valencia viajan a Madrid para estar una semana en Jenner, con el Padre. Pasan unos días inolvidables. Antes de regresar a Valencia, les anima a buscar y abrir una Residencia de estudiantes para el próximo octubre.

Cuando ya decae el verano levantino y el nuevo curso amenaza, Antonio Ivars encuentra un inmueble que puede adaptarse para Residencia Universitaria. Está en el número 16 de la misma calle de Samaniego. Tiene techos altísimos y múltiples rincones y escaleras.

El Fundador viaja mucho de Madrid a Valencia. En la nueva casa no hay ningún sistema de calefacción y hace frío. Uno de los chicos le ofrece un capote de soldado que ha encontrado. El Padre se lo pone sobre la sotana y, desde ese momento, ya será proverbial el uso de la prenda para superar la humedad que deja caer este invierno dentro del inmueble.

Pedro Casciaro también se desplazará con frecuencia desde Madrid para trazar y ejecutar las reformas de la casa de acuerdo con las escasas posibilidades económicas de que disponen. Los hermanos Florencio e Ismael Sánchez Bella, ayudados por Salvador Moret, trasladan los escasos enseres de El Cubil. Desde Madrid les llega un mueble-librería enorme que el buen hacer de Pedro Casciaro transforma, con herrajes y fondos rojos, en un bargueño para el vestíbulo; también un farol de cristal, un brasero de bronce y un reloj de péndulo que les envía doña Dolores. En el vestíbulo de entrada queda una reproducción de la Inmaculada de Juan de Juanes, que han dejado los dueños de la casa.

Todavía, con listones dorados de las paredes, consiguen enmarcar algunos cuadros que definen, con su tonalidad, la ambientación y el nombre de dos salones: el azul y el rojo.

La Residencia comenzará a funcionar en octubre de 1940, y oficialmente recibirá el nombre de su enclavamiento: Samaniego. El altar del oratorio es de azulejos blancos y verdes recogidos en Burjasot, en los escombros de un derribo. Tiene unos sencillos candeleros de hierro forjado, con hachones de madera. El retablo -de madera contrachapada, pintado por Fernando Delapuenteadapta muy bien los colores de una copia de Van der Weyden.

Junto a este altar se darán cita momentos importantes en la vida del Padre y en la historia de la Obra. Tanto que, años más tarde y estando a solas con don Amadeo de Fuenmayor en Roma, el Fundador dice refiriéndose a aquella casa:

«Y vosotros sin enteraros» (22).

Alude, sin duda, a la ayuda patente de Dios en aquellas circunstancias, para traer a la Obra y formar un buen número de hombres, como Angel López Amo, Manuel Botas, Florencio e Ismael Sánchez Bella, Salvador Moret, Amadeo de Fuenmayor, José Manuel Casas Torres, Vicent Garín, José Montañés, Juan Castelló, José López-Navarro, José Orlandis, Federico Suárez... y tantos otros. Son los primeros que Dios va llamando para esta batalla de paz que tiene como fin poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas. Para hablar con ellos, el Padre les convoca en la calle, en una habitación, en la iglesia, junto al mar... Lo mismo en el espacio íntimo de un hogar que en los abiertos horizontes del Mediterráneo. Le sirve cualquier ámbito para transmitirles el espíritu de la Obra, esta llamada a la hondura del amor verdadero.

«En aquellos primeros años (...) iba yo mucho por Valencia (...) y hacíamos la oración donde podíamos, a veces en la playa.

Y una vez, al atardecer, en una de esas puestas de sol maravillosas, vivimos que se acercaba a la orilla. Salieron de ella unos hombres morenos uemados por los vientos del mar, mojados, queparecían de bronce, y comenzaron a tirar de una red que raían con la barca, dentro del agua. Tiraban haciendo hincapié, os pies hundidos en la arena, con una fuerza maravillosa. De ronto vino un niño, y se acercó a ellos, agarró la cuerda con sus anecitas y empezó a tirar de la cuerda también. Y aquellos ombres rudos, nada refinados, sintieron su corazón enternecer e, y dejaron al niño entre ellos, aunque más bien estorbaba. yo pensé en vosotros y en mí (...), en ese tirar de la cuerda odos los días, en tantas cosas. Si nos hacemos pequeños delante e Dios Nuestro Señor, es más fácil que nos hagamos santos, y raeremos la red a la orilla, llena de peces, que brillan como la plata rque donde no llegan nuestras fuerzas, llega la fortaleza de Dios»(23).

Esto sucedió al atardecer, en la playa de Malvarrosa de Valencia, cuando unos pescadores cobraban, desde la orilla, una red grande que iban cerrando.

En el año 1946 será nombrado Arzobispo de Valencia don Marcelino Olaechea, que mantiene, desde 1930, un gran cariño y una indestructible amistad hacia el Padre. El que fuera Secretario de este Arzobispo durante treinta años y después Prior de la Basílica de los Desamparados, don Joaquín Mestre Palacio, ha legado el siguiente testimonio a los hijos de Monseñor Escrivá de Balaguer, después de la muerte del Fundador:

«Yo le conocí en el mes de noviembre de 1940. Predicó a todos los alumnos del Seminario Mayor de Valencia un inolvidable Curso de Ejercicios Espirituales.

Han pasado los años, y mi vida no ha sido, por cierto, ajena ni al trato con los hombres de toda índole, ni al viajar con frecuencia de acá para allá por la mayor parte del Planeta, ni al estudio, a la reflexión y a la meditación serias y reposadas; pero aquellos Ejercicios que practiqué dirigidos por don Josemaría, marcaron en mi alma, no sólo tan profunda huella que ésta no sufre comparación ni pierde perfil, sino que sigue, creo yo, bien fija (...).

La doctrina que en aquellos Ejercicios nos dio don Josemaría, no era, claro está, cosa nueva. Lo nuevo para mí fue el modo de dárnosla, el modo con que nos hablaba de Cristo, de la Eucaristía, del Sacrificio de la Cruz y de la Misa, de la Virgen, de la virginidad, de la generosidad que debíamos tener para Aquel que es la manifestación del amor del Padre»(24).

Estos son sus primeros testigos en Valencia. Testigos de una vida que podría resumirse en la inscripción que hizo bordar en un gran repostero destinado a la Residencia de Samaniego. Sobre el color central, cinco cardos abajo y cinco estrellas arriba. Y un lema: Per aspera ad astra, por lo arduo, a las estrellas.

El altar de Samaniego será reconstruido en 1974 en el Santuario de Torreciudad. Los azulejos, perfectamente conservados, mantienen el brillo de sus primeros años. Como un símbolo alegre de aquellas vocaciones que acertaron a entender, a través del Fundador, el luminoso camino de la “obra”.

Valladolid: campo grande

El actual Prelado del Opus Dei, don Alvaro del Portillo, recuerda un viaje del Padre a Valladolid, en busca de vocaciones para este camino de Dios:

«Aunque esta ciudad (...) se encuentra relativamente cerca de Madrid, en aquellas circunstancias el desplazamiento estaba lleno de incomodidades. Tomaron el tren, llegaron a Valladolid ya de noche, había niebla y hacía mucho frío, cargaron con las maletas -porque no tenían dinero para un taxi- y se fueron a pie en busca de hotel (...). A la mañana siguiente, nuestro Padre dirigió la meditación, y habló de la vocación de los Apóstoles. El día anterior, jueves, se había celebrado la fiesta de San Andrés: fue el 30 de noviembre de 1939 (...).

Había ido a Valladolid por amor a Jesucristo, con el plan de citar a mucha gente para moverles a practicar más intensamente la vida cristiana. Después de meditar sobre la llamada de los Apóstoles, el Padre comentó:

-"Hemos venido a esta ciudad para trabajar por Jesucristo, luego ya hemos tenido éxito en nuestra empresa. Si no conseguimos ver a ninguno, no por eso nos consideraríamos fracasados. Después avisaremos a las personas que deseamos conocer, que vendrán o no vendrán; pero, aunque no consigamos nada, el Señor está contento de nosotros" (...).

Llevaba una lista con nombres de estudiantes universitarios y sus respectivas direcciones, y enseguida envió a cada uno un tarjetón, citándoles en el hotel. Se presentaron todos (...). El Padre charló con todos, los entusiasmó, los llenó de amor de Dios. Llegó la hora de cenar, y no se iban: estaban muy a gusto con nuestro Padre, que sólo les hablaba de Dios (...). De ahí salieron muchas vocaciones»(25).

He aquí el relato de uno de aquellos estudiantes:

«Yo residía en Valladolid (...). La voz de su presencia en la ciudad se esparcía rapidísimamente, y aunque nos encontrásemos en los puntos más distantes, nos presentábamos enseguida (...). Salíamos contentísimos, alentados y confortados. Era como si el Padre nos conociese personalmente desde muchos años atrás. Recuerdo que nunca dejaba de preguntarnos por nuestra familia.

Llevaba entonces un solideo de paño negro, porque -como supimos después- deseaba parecer de más edad: era muy joven y su aspecto era aún más juvenil (...). Derrochaba buen humor. Todavía me acuerdo del comentario de algunos de mis amigos:

-¡Se lleva a la gente de calle! (...).

Me recibió en su habitación del hotel. La conversación duró poco tiempo. Me preguntó si había entendido bien que se trataba de una vocación y que, por tanto, era una decisión para toda la vida. Insistió en que no empujaba a nadie, explicándome que su misión era cerrar las puertas»(26).

De estos viajes surgen los primeros hombres de la Obra en la ciudad castellana de Valladolid.

Ya no es posible reunirse en la pequeña habitación del Hotel Roma, del Castilla o del Fernando-Isabel. El Padre encarga a José Luis Múzquiz -que suele ir con frecuencia a esta ciudad universitaria- que busque un pequeño piso en el que afirmar la ancha tarea que comienza. El padre de Teodoro Ruiz, uno de los miembros de la Obra, tiene un local desalquilado... y una mala experiencia de los estudiantes que acaban de abandonarlo. Por eso hoy, cuando su hijo le aborda durante el almuerzo, la contestación es lacónica:

-«¡De ningún modo!»

Teodoro no replica, pero empieza a llamar en su ayuda a todos los ángeles del Cielo porque no ve ni un resquicio por donde abordar eficazmente a su padre. Pero, inesperadamente, ya en la sobremesa, le oye decir:

-«Bueno, si se trata de unos chicos formales, adelante»(27).

El Padre bendecirá el piso el 2 de mayo de 1940, después de haber celebrado la Santa Misa en una capilla de la Catedral. El espacio es mínimo, y la circunstancia pone nombre al inmueble recién estrenado: El Rincón. Solamente tienen seis sillas por mobiliario. Es suficiente.

El 29 de junio de 1940, el Padre vuelve una vez más a esta ciudad de Castilla para dirigir un curso de retiro en el colegio Nuestra Señora de Lourdes, de los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Aquí tiene la oportunidad de conocer a Ignacio Echeverría y a Jesús Urteaga, que preparan en esta fecha unos exámenes.

Al final del día, enseñan al Padre la huerta del colegio y se detienen ante una jaula, grande y a la vez pequeña porque sirve de encierro a un águila. Los alumnos juegan con ella y le echan de comer.

El Padre observa la escena. Y el aspecto deteriorado del ave de presa que se abalanza sobre un trozo de carne le da mucho que pensar.

«Os he contado ya otras veces la triste impresión que me produjo ver un águila dentro de una jaula de hierro, con un pedazo de carroña entre sus garras. Aquel animal -que en las alturas es todo majestad, dueño de los aires, y mira de hito en hito al sol- encerrado en la jaula daba asco y pena a la vez, por las mil diabluras que le gastaban unos niños»(28).

El Padre aprovecha todas las situaciones y sucesos para establecer una conexión con el mundo sobrenatural. Monseñor Alvaro del Portillo recuerda que en una meditación habla de tantas mujeres y de tantos hombres que, «llamados por Dios a volar como esas águilas (...), invitados por Nuestro Señor a elevarse por encima de las cosas bajas de la tierra, para estar viviendo en el mundo con los ojos y el corazón puestos en el Cielo (...), tienen las alas cortadas por sus pasiones, y son como aquel águila vieja, desplumada, atenta sólo al pedazo de carne que le echaban... »(29).

En la madrugada del domingo al lunes hay que tomar un tren de regreso a Madrid para iniciar la semana con el ritmo acostumbrado. En cada viaje hace ver a los que le acompañan, la alegría de su apostolado, tan igual al de los primeros cristianos: en medio de la calle, con sus compañeros y amigos... Les recuerda que una de las veces en que tuvo más alta oración fue en un tranvía de Madrid, en el ajetreo diario de la calle, en medio de los quehaceres y trabajos del mundo.

La actividad del Padre va a continuar incesante. En este curso de 1940-41 -entre otras ciudades-, visitará León, Salamanca, Bilbao, San Sebastián y Zaragoza. En la primavera del 40 tiene la oportunidad de volver una vez más a su querida Basílica de El Pilar. Se aloja en casa de la familia de José María Albareda, y cuando retorna a Madrid lleva una gran alegría: han solicitado la dmisión en la Obra Jesús Arellano, Javier Ayala y José Javier López Jacoísti.

Del 29 al 30 de agosto de 1941 el Fundador está de nuevo en San Sebastián. Ya hay una buena representación del país vasco en la Obra: la encabezan Juan Antonio Galarraga, Ignacio Echeverría, Miguel Rivilla y Jesús Urteaga.

En verdad, la semilla está echada. Y de estos primeros que se quedan aislados, cada vez, esperando la próxima visita del Padre, van a surgir centenares de vocaciones en los próximos años.

Con el viento contrario

El 28 de junio de 1940 se abre El Palau, el primer Centro de la Obra en Barcelona. Se trata de un piso situado en la calle de Balmes, número 62.

Al cabo de muchos años, el Padre comentará, aludiendo a las tareas apostólicas de la Ciudad Condal: «Barcelona me costó muchas lágrimas y... quien siembra con lágrimas, recoge con alegría»(30).

Y es que el momento de llegar a Barcelona está marcado con el signo de la contradicción para la Obra y para el Padre.

José Luis Múzquiz recuerda muy bien los viajes que, en calidad de Ingeniero de la Compañía de Ferrocarriles Españoles, tenía que hacer a lo largo del año. Aprovechaba los ratos libres de su trabajo y los desplazamientos para llevar noticias y avivar el fuego de los primeros que pedían la admisión en la Obra en muchas ciudades de la península.

En marzo de 1940 llega a Barcelona. Allí habla con Alfonso Balcells -compañero de trincheras de Juan Jiménez Vargas durante la guerra civil-, que le presenta a varios amigos. Previamente, Alfonso le dice a José Luis que está dispuesto a ayudar en todo. Y así lo demostrará, cumplidamente, en los años y dificultades que quedan por venir.

También localiza a Rafael Termes, que cursa sus estudios de Ingeniero en la Ciudad Condal. La presentación es fácil, porque tienen amigos comunes. Tanto, que Rafael se lleva a José Luis a pasar el día con su familia en el pueblo de Sitges, en la costa. A la caída de la tarde, con la playa desierta, José Luis le habla de la Obra. Hay un regusto evangélico en esta secuencia del mar y de el como testigos de excepción en el diálogo sobrenatural de estos dos recientes amigos. Un apretón de manos -más a Dios que a los hombres- sella la decisión de Rafael. Lo único que desea es hablar con el Padre antes de solicitar su entrada en la Obra. Podrá hacerlo el 1 de abril, aprovechando un viaje del Fundador. Y el oleaje de este día que ya anuncia primavera, es también un presagio de tempestades para Rafael. Será uno de los apoyos del Padre en las contradicciones que empiezan a desatarse en Cataluña y en toda España.

Ya desde el comienzo, se necesita un piso en el que centrar todas las actividades. Recorrer la ciudad, en busca de un cartel anunciador de alquileres. De momento se alojan en el Hotel Urbis, en el Paseo de Gracia, cerca de una casa construida por el gran arquitecto Gaudí. Y cuando surge el inmueble de la calle de Balmes 62, inicia su vida y actividades el Centro más antiguo de la Obra en Cataluña: es el 28 de junio de 1940. Es muy pequeño. Y cuando el Padre viene a verlo, les dice:

-¡Bueno! Ya tenemos un «palau».

Y la casa adopta el nombre optimista que acaba de ponerle el Fundador: El Palau.

«Lo que no sería prudente -añade el Padre- es que se ponga el piso a nombre de uno de vosotros »(31).

El Fundador propone esta norma de prudencia, porque todos son estudiantes. Aunque todavía no es de la Obra, Alfonso Balcells, que tiene cierta edad -ya es médico-, se presta a dar su nombre para el piso.

Luego, en tiempo de persecuciones, el piso le traerá más de un quebradero de cabeza. «¿Cómo no vas a ser de ésos, si el piso está puesto a tu nombre?»32. Y Alfonso, con gran lealtad y nobleza, despreciará los torcidos comentarios y seguirá su camino con la elegancia de los amigos verdaderos.

El Padre celebra la Misa en el oratorio de El Palau el día 26 de mayo de 1943, y deja al Señor en el sagrario. Hasta esa fecha, como símbolo visible de veneración, no han tenido más que la gran cruz de madera que se puede ver en todos los oratorios de la Obra. Esta cruz da relieve, en la vida de cada uno, a las palabras que el Padre ha escrito en el punto 178 de «Camino»:

«Cuando veas una pobre Cruz de palo, sola, despreciable y sin valor... y sin Crucifijo, no olvides que esa Cruz es tu Cruz: la de cada día, la escondida, sin brillo y sin consuelo..., que está esperando el Crucifijo que le falta: y ese Crucifijo has de ser tú».

Dios permitirá que esa cruz pese como una dura prueba sobre l Padre. Se tergiversará este noble simbolismo atribuyéndole oscuros rituales que jamás han cruzado por la mente de nadie, y menos del Fundador del Opus Dei.

El espíritu que anima a la Obra de Dios ha sido interpretado por algunos de un modo erróneo; llegan a decir que el Fundador es un hereje; se pone en marcha una campaña muy dura, que llega a varias ciudades de España. El peligro es mayor porque, como sucede muchas veces en las empresas que tienen el marchamo de lo divino, la contradicción viene de parte de cristianos observantes, que no comprenden ni dan cabida en su alma a un apostolado «viejo como el Evangelio y como el Evangelio nuevo», a una llamada universal a la santidad, a una vocación de entrega a Dios en medio del mundo que el Señor ha querido renovar con fuerza, sirviéndose de la fidelidad del Fundador del Opus Dei. El daño prende en el ánimo de los más susceptibles, timoratos o impacientes. Después, los enemigos del cristianismo utilizarán la brecha, abierta por hermanos, para atacar aquello que trae la verdad, siempre viva, de Jesucristo.

Las familias de los miembros de la Obra en Barcelona reciben informaciones inquietantes. Cuesta trabajo creer que un número tan pequeño de personas del Opus Dei -en su mayoría estudiantes- como el que hay en Barcelona y un apostolado tan incipiente, con una finalidad tan clara, levante tal revuelo. Pero así es.

Todo el dolor de la situación cae sobre el Padre. Sin embargo, él sufre por la Obra, que es de Dios; sufre por los que calumnian con el afán, tal vez, de hacer una cosa buena; sufre por estas primeras vocaciones que se ven seriamente probadas en sus ambientes familiares y sociales.

La causa fundamental del escándalo fue anticiparse a la doctrina que, en 1965, recogería el Concilio Vaticano II. El motivo fue decir que todos los cristianos, cada uno dentro de su estado, tenían que hacerse santos, sin necesidad de recurrir al estado de perfección -que es propio de los religiosos-, sino luchando para vivir con perfección en el propio estado.

Hoy parece extraña esta reacción. Pero la presencia en la calle de ciudadanos corrientes comprometidos con Dios, con una fe exigente capaz de informar los actos de su vida, sin dejar sus tareas, resultaba sorprendente. La novedad de la Obra residía en esta presencia en el mundo y en este talante sobrenatural.

Los hechos llegan a extremos de tal gravedad que comprometen la seguridad del Fundador en sus viajes a Barcelona. Corre l peligro de ser detenido por falsas acusaciones de tipo políticoreligioso. Tiene que limitarse a ir y volver en el día para no alojarse en ningún hotel. El Nuncio de su Santidad, Monseñor Gaetano Cicognani, le aconseja reservar los billetes con otro nombre para no poner en movimiento a la policía, pues se le conoce más en esta época como P. Escrivá. Es Gobernador civil de Barcelona Antonio Correa Veglison. Años después, un miembro del Opus Dei le hablará de uno de estos viajes: «Me alegro -comenta Correa- de no haber sabido que fue entonces Monseñor Escrivá a Barcelona. Tales eran las cosas que decían de él (...), que hubiera enviado la policía al aeropuerto a detenerlo»(33).

Siguiendo el espíritu del cristianismo, el Padre nunca cerrará las puertas de su casa a nadie, por equivocado que esté. Sin embargo, su comprensión con las personas no significa transigencia con lo injusto... Les dice claramente que están equivocados, pero que siempre le encontrarán con los brazos abiertos, como sacerdote y como amigo.

El Padre advierte a sus hijos que no hablen, ni entre ellos, de las falsedades que algunos propalan, para que, ni de lejos, puedan faltar a la caridad. En Barcelona, especialmente, verá maltratadas la justicia y la libertad, tan queridas siempre por él para todo el mundo. Quiso que, en la primera Residencia de estudiantes que se abriera en Cataluña, en el oratorio se colocara la frase de San Juan: Ventas liberabit vos (34)la verdad os hará libres, en memoria de estos años en los que mantenerse en la verdad fue la mejor arma contra la calumnia.

Pero Monseñor Escrivá de Balaguer no puede dejar de sentir el peso de la acritud que le llega por todas partes. Supera con humildad y fortaleza sobrenaturales las acusaciones contra su fama y su honra, su buen nombre y el honor de sacerdote e hijo fiel de la Iglesia. Perdona y enseña a perdonar. Pero hay días tan duros que no puede, casi, mantenerse en pie.

Sin embargo, nunca se siente víctima ni hace tragedias. Conjuga la humildad y la fortaleza. En Madrid, en 1942, en medio de grandes habladurías y de crueles insultos, con todo este peso encima, una noche se levanta de la cama -no puede dormir- y se va al oratorio, se arrodilla delante del sagrario y permanece un buen rato en oración diciendo:

-« Señor, si Tú no necesitas mi honra, ¿yo para qué la quiero?»(35).

Para no dar lugar en sus hijos ni a un movimiento voluntario de rencor, cuando alguno menciona estos temas, corta la conversación con el pretexto de que tienen mucho trabajo y no pueden perder el tiempo analizando comentarios. En más de una ocasión les dice que, al terminar el día, pide a Dios un sueño reparador porque la jornada siguiente se abre llena de posibilidades y precisa de todo su esfuerzo. Y consigue dormir como un bendito, dejando las cosas en manos del Señor.

En el año 1941, Amadeo de Fuenmayor viaja a Madrid para leer su Tesis Doctoral en la Facultad de Derecho. Y puede asistir a la meditación que don Josemaría dirige a sus hijos en el oratorio de la casa de Lagasca el día en que el Obispo de Madrid -don Leopoldo Eijo y Garay- le comunica la primera aprobación eclesiástica de la Obra. El Padre recuerda, en su oración ante el sagrario, esta oposición desencadenada en torno al espíritu del Opus Dei. La mayoría de los que están allí han sufrido esta batalla en la primera linea. Por eso cunde la emoción cuando el Fundador les anuncia que el Obispo de Madrid, que siempre acertó a saber que la mano de Dios estaba en los cimientos de la Obra, ha querido que tenga una aprobación oficial, pensando frenar la campaña de calumnias.

El documento que avala esta decisión jurídica tiene fecha de 19 de marzo de 1941 y está firmado por don Leopoldo Eijo y Garay. Llegará a manos del Padre el día 24. Monseñor Escrivá de Balaguer rememora aquella jornada cuando pasa por Madrid, en años sucesivos, con destino a muy diversos viajes apostólicos:

«Fui con mi madre y alguno de mis hijos que estaba en la casa, porque no había nadie más: todos estaban trabajando (...). Fui a ver a mi madre y le dije: mira, me acaba de llamar el obispo y, contra mi voluntad, porque no quería ninguna aprobación, me dice que está hecho el decreto. Vamos a dar gracias. Nos arrodillamos sobre la tarima del altar, y dimos gracias al Señor»(36).

Dos años más tarde, el 18 de octubre de 1943, también en este oratorio, el Padre reunirá a sus hijos para hablarles, en pie, junto al sagrario:

«Ya sabéis, hijos míos, que las buenas y las malas noticias os las doy junto al Sagrario. Ahora os digo que, mientras algunos por ahí -yo los perdono y les quiero- habían asegurado que los Obispos habían quitado las licencias ministeriales a este pecador, ha llegado de Roma un telegrama, dirigido al Obispo, anunciando que el Santo Padre ha dado el nihil obstat a la Obra, y que nos bendice de todo corazón»(37).

Sus palabras continúan, llenas de amor y agradecimiento. Después, reza una acción de gracias y un Avemaría. El nihil obstat e había concedido y fechado el día 11 de octubre, festividad, entonces, de la Maternidad de Nuestra Señora(38).

Desde los comienzos, Monseñor Leopoldo Eijo y Garay bendijo cariñosamente el trabajo del Fundador. Y durante estos duros años de persecución puso todo lo que estaba de su parte para que se restablecieran la verdad y la justicia. En una ocasión, le dijo a una mujer de la Obra que el Opus Dei era para él algo tan grande y tan querido, que en su oración ante el sagrario solía decirle al Señor: «Señor: aunque yo no valga gran cosa, cuando llegue ante Ti por lo menos podré decirte: en estas manos nació el Opus Dei, con estas manos bendije a Josemaría. Y éstas -sigue diciendoespero que serán mis credenciales para presentarme ante el juiciode Dios»(39). José María García Lahiguera conoce al Padre desde 1932. Relata así su primer contacto con él:

«Vino a verme a mi despacho de Director Espiritual del Seminario de Madrid, en las Vistillas. La entrevista duró una hora y media o dos horas, y la recuerdo vivamente por la profunda impresión que me causó. Aunque entonces no le conocía, ni tenía de él referencia alguna, desde las primeras palabras que cruzamos, se estableció entre los dos una corriente de cordialidad, de simpatía (...).

Me explicó entonces la Obra a la que, por voluntad de Dios, estaba dedicando su vida. Sus palabras estaban llenas de delicadeza, de humildad y de un profundo sentido sobrenatural (...).

Yo estaba fuertemente conmovido con lo que iba oyendo y comprendí enseguida que el Padre estaba iniciando algo verdaderamente trascendental, de Dios »(40). ElPadre acude a confesarse habitualmente con este sacerdote que, después de la muerte del Fundador de la Obra, testimonia la actitud que mantuvo durante aquellos años:

«Aún hay otro aspecto de su sencillez que me permitirá pasar a dar testimonio sobre su heroico modo de vivir la fortaleza. Me refiero a que hasta las mismas contradicciones que tuvo que sufrir en aquellos años -tan duras, tan injustas, tan dolorosas- me las daba a conocer sin el menor dramatismo, las objetivaba de tal manera que yo podía darles la importancia que tenían en sí, ni más ni menos. Nunca se presentaba como víctima (...).

Su fortaleza estaba basada en una fe inconmovible, fe operativa que le llevaba a poner también los medios humanos necesarios, pero con una total confianza en la divina providencia»(41).

El día 9 de mayo de 1941 el Abad Coadjutor de Montserrat, Aurelio M. Escarré, escribe al Obispo de Madrid-Alcalá, Monseñor Leopoldo Eijo y Garay, para pedirle información acerca del asunto Opus Dei, «fundación del Dr. Escrivá, sacerdote de esa su Diócesis»(42).

El Obispo recibe la carta el 23 y su contestación no se hace esperar. Explica al Abad su tristeza por una campaña que no puede comprender más que a la luz de la advertencia evangélica: putantes se obsequium praestare Deo. Quizá los que atacan a la Obra piensan que hacen un servicio a Dios.

«Créame, Rvdmo. P. Abad, el Opus es verdaderamente Dei, desde su primera idea y en todos sus pasos y trabajos.

El Dr. Escrivá es un sacerdote modelo, escogido por Dios para santificación de muchas almas, humilde, prudente, abnegado, dócil en extremo a su Prelado, de escogida inteligencia, de muy sólida formación doctrinal y espiritual, ardientemente celoso, apóstol de la formación cristiana de la juventud (...).

Y en el molde de su espíritu ha vaciado su Opus. Lo sé, no por referencias, sino por experiencia personal. Los hombres del Opus Dei (subrayo la palabra hombres porque entre ellos aun los jóvenes son ya hombres por su recogimiento y seriedad de vida), van por camino seguro no sólo de salvar sus almas sino de hacer mucho bien a otras innumerables almas (...).

No merece más que alabanzas el Opus Dei; pero los que lo amamos no queremos que se lo alabe, ni se lo pregone (...); trabajar calladamente, con humildad, con alegría interna, con entusiasmo apostólico que no se desvirtúa precisamente porque no se desborda en ostentaciones (...).

Conozco todas las acusaciones que se lanzan; sé que son falsas; sé que se persigue a algunas personas, incluso en sus intereses, creyéndolos del Opus Dei, ¡y no lo son!»(43).

La carta está fechada en Madrid, el 24 de mayo de 1941. El Padre, mientras tanto, envía a sus hijos de Barcelona, que son solamente cuatro o cinco en este tiempo, una cuartilla con las palabras de una Epístola de San Pablo:

«Spe gaudentes: in tribulatione patientes: oratione instantes (Rom XII, 12): alegres con,la esperanza, pacientes en la tribulación, perseverantes en la oración»(44).

Alguna vez don Leopoldo llama al teléfono del Fundador, incluso a altas horas de la madrugada. Para recordar a Monseñor Escrivá de Balaguer algo que debe mantener erguida su esperanza: las obras de Dios están marcadas siempre por la incomprensión de los buenos y de los menos buenos. Es la Cruz de Cristo.

Una noche le recuerda -en latín- a través del hilo de comunicación las palabras que Jesucristo le dijo a Pedro4', cambiando el término «hermanos», por «hijos»:

«Mira que Satanás ha pedido poder zarandearos como el trigo». Luego añade: «yo rezo tanto por vosotros... Tú ¡confirma a tus hijos!»(46).

Testigo de la actitud de don Josemaría Escrivá de Balaguer es el Padre Silvestre Sancho, dominico, que tiene la oportunidad de compartir la amistad del Fundador durante estos años de persecución:

«Jamás le vi una reacción de rencor. No era él hombre para eso, sino para comprender, perdonar y olvidar (...). Sin embargo le apenaban esas actitudes de algunos, porque de ninguna manera había motivo para esas campañas que hacían daño a las almas y sembraban la desunión en la Iglesia (...).

El Padre tenía una confianza en Dios total en medio de tantas persecuciones. El siempre tenía seguridad -esto se lo he oído muchísimas veces- de que como la Obra es de Dios, saldría adelante»(47).

Estas mismas dicerías habían sido esparcidas ya años antes. La noticia llega hasta el señor Bordiú, dueño del inmueble en que se ha instalado la Residencia de estudiantes de Ferraz 50. Se entera, asombrado, de que han sido calificados nada menos que de masones.

Comentará, a propósito de este rumor, que jamás en su vida había oído decir que los masones rezaran con tanta devoción el Rosario.

En España, cuando las circunstancias del país hicieron difícil la vida a los católicos, demostró su valentía y su lealtad a la fe y a las personas. Al cabo de los años, cuando se actuaba con rígida intransigencia con los no católicos, el Fundador los trató con cariño exquisito. Y también entonces sufrió molestias por parte de algunos que ejercían la autoridad.

En 1966, Monseñor Escrivá de Balaguer será nombrado hijo adoptivo de la Ciudad de Barcelona. Asiste al acto Rafael Termes, el que fuera primer director de El Palau. El Padre le da un fuerte abrazo. Mirándole, sonriente, repetirá una vez más: «¡valía la pena!... »48. Lo dice sin pensar en honores personales, a los que ha renunciado desde siempre, sino por el gran número de vocaciones que han rubricado, durante estos años, la fidelidad de aquellos comienzos difíciles en los años 40.

Durante un viaje del Padre a través de España y Portugal, en 972, pasará -como tantas otras veces- por Barcelona. Allí, unto a un pueblo de la costa, en una casa de retiros, habla con un numeroso grupo de hijos suyos catalanes. Y Santiago Balcells le dice:

-«¿Cómo podemos sus hijos barceloneses compensar en parte esos sufrimientos que usted padeció solo o casi solo, hace años?»

-«¿Y me lo dices tú a mí? (...). Tuvimos necesidad de una persona en Barcelona que diera la cara, su nombre, para poner el primer Centro (...). Y tu hermano, cuando le maltrataron pensando que era del Opus Dei, no le dio la gana, por ser un caballero cristiano, aclarar que no era de la Obra: no dijo que era, pero tampoco que no era. Yo comenté con algunos: el Señor pagará a Alfonso esta generosidad y esta valentía con la vocación, que es el premio más grande que puede conceder»49

El y otras muchas vocaciones serán la mejor respuesta a la dureza y también a la fidelidad de los comienzos.

Diego de León

En Madrid, en la confluencia de las calles de Lagasca y Diego de León, la Sede Central de la Obra recibe las noticias de la expansión por todos los caminos de España. El Padre, Alvaro del Portillo, Isidoro Zorzano, José Luis Múzquiz..., cualquiera de los que emprenden un viaje, retornan a Lagasca con buenas noticias. El cansancio se olvida al citar, uno a uno, los nombres de nuevos amigos a los que recordar ante Dios. El clima sobrenatural de los que viven en Madrid sube de grado ante cada uno de los que han comprendido y se acercan a la Obra. En verdad, aunados por el Padre, son un solo corazón y una sola alma.

La casa se ha repartido ya en dos zonas de funciones bien delimitadas: el piso ocupado como Sede Central de la Obra, y el espacio destinado a Centro de Estudios para la formación de las nuevas vocaciones que llegan de los cuatro puntos cardinales del país. En el año 1941-42 hay ya unos veinte residentes en Diego de León.

El Padre sabe crear un gozo siempre imprevisto y alentador. Tiene para todos una actitud de cariño humano y sobrenatural. «Desde el primer momento -dice Francisco Ponz- aprendí a dirigirme a Mons. Escrivá de Balaguer llamándole Padre. Así lo he tratado siempre y eso ha sido él constantemente para mí. En verdad, era y es fácil saberse y sentirse hijo suyo: de su espíritu, de su oración, de su cariño y desvelo»(50).

En la casa se mezclan las tertulias inolvidables con miembros de la Obra venidos de otras ciudades, con el buen humor, las canciones, la alegría espontánea y la más rigurosa exigencia sobrenatural. Es frecuente, por ejemplo, que algún miembro de la Obra pase la noche sobre el suelo de una habitación, ofreciendo a Dios su incomodidad y sus horas de sueño.

También se llevan a cabo las romerías, como devoción a la Madre universal: María. Esta costumbre de caminantes, iniciada en Sonsoles, se repite en los rincones ermitaños de devoción popular o en los grandes Santuarios. El Opus Dei, siguiendo los pasos del Fundador, llenará de Avemarías todos los caminos.

La familia del Fundador ocupa una parte del primer piso. La habitación de doña Dolores tiene un balcón encristalado que hace esquina a las dos calles. El cuidado de las macetas escalonadas lena sus únicos ratos libres y alegra la seriedad de la fachada. Carmen maneja admirablemente a un grupo de muchachas jóvenes recién venidas de sus pueblos de origen, y administra la casa en medio de grandes dificultades. Todo sigue racionado y tiene que hacer prodigios para que el grupo de gente joven esté bien alimentado, para atender dignamente a los frecuentes invitados.

También Santiago comparte la vida de todos sin tener vocación al Opus Dei. No tiene comodidades ni independencia. Está mediatizado por los horarios de la Residencia. Pero jamás se le ve un gesto de inadaptación o de disgusto. Sus vidas siguen siendo parte muy importante de los planes de Dios sobre la Obra.

El Padre tiene, con estos primeros que se preparan en el espíritu del Opus Dei, una dedicación constante: les hace partícipes de sus planes y sueños, de las dificultades y alegrías. De su buen humor indestructible. Aquí se estudia con intensidad e ilusión, se reza con una piedad recia, viril, profunda. Se ocupa el tiempo con una apasionante intensidad.

En el verano de 1941 dirige un curso de retiro en Diego de León. De aquellos días dirá uno de los asistentes:

«El panorama de vida cristiana que aparecía ante nuestros ojos, eliminaba por completo la mediocridad (...). La vida entera de Jesucristo pasaba ante nuestros ojos como una locura de amor»(51).

Al último que llega, desde cualquier punto de España, le recibe con el mismo cariño y confianza. Como si llevara sus nombres, sus vidas y sus amores inscritos en el corazón. Y les envidia, él que es el Fundador, porque le gustaría ser el último y sentirse en la Obra «el último botón del último botín del último soldado»(52).

De este modo directo, y aprovechando toda circunstancia, forma el Padre a sus hijos. Un ejemplo práctico aparece en el testimonio de Manuel Botas, cuando relata que, después de un retiro en agosto de 1941, se siente incapaz de ir a pasar las vacaciones con su familia al puerto donde veranean habitualmente. Piensa en su grupo de amigos, que no se caracteriza por la seriedad; las fiestas de las que él era promotor: el lógico planteamiento del descanso por el clan familiar. Y traslada al Padre su preocupación por seguir fielmente el compromiso que acaba de contraer con la Obra.

«Entonces -explica- el Padre me comentó por extenso cómo "nuestro sitio es la calle"; que "no éramos plantas de invernadero"; y que debíamos "llevar nuestro ambiente a todos los lugares donde estuviésemos". "Omnia possum in eo qui me confortat -concluyó-: así que ahí tienes la fórmula para poder" »(53) con este impulso, sale camino de La Coruña.

Entre los Cursos de formación que se llevan a cabo en Madrid y en 1940 hay dos marcados por las fechas del 2 de agosto y 3 de septiembre. En ellos se reúne casi la totalidad de los miembros de la Obra en España.

El Padre les estimula a realizar bien sus estudios, a prepararse para un futuro inmediato. En junio de 1940, Juan Jiménez Vargas defiende brillantemente su Tesis Doctoral. En plena guerra mundial, Francisco Ponz se especializará en Suiza; José María González Barredo lo hará en Italia; Ismael Sánchez Bella prepara su doctorado en Sevilla. En 1941, Francisco Botella y Juan Jiménez Vargas obtendrán sus cátedras en Barcelona. José María Albareda pone en marcha el más ambicioso plan nacional orientando lo que habrá de convertirse en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Algo que Gregorio Marañón calificaría en 1952, con ocasión del ingreso de José María Albareda en la Real Academia de Medicina, como «uno de los acontecimientos fundamentales de la vida cultural de nuestro país»54. El Padre les hace responsables de su profesión y trabajo. Han de buscar becas y ayudas gracias a un denodado esfuerzo personal. No olvidarán el punto número 332 de «Camino»: «Al que pueda ser sabio no le perdonamos que no lo sea».

Tampoco el Fundador abandona sus tareas de intelectual. A raíz de la muerte de don Josemaría Escrivá de Balaguer, el primer Secretario de la Escuela Oficial de Periodismo, Pedro Gómez Aparicio, escribirá en un periódico madrileño: «supongo que aún perdura el recuerdo de don Josemaría entre los que fueron sus alumnos. Su trato era sencillo, respetuoso y afable; su carácter, abierto, optimista y generoso, siempre dispuesto a un diálogo cordial. Creo que hubiera sido un gran periodista de no absorberle sus actividades apostólicas»(55).

Publica el Padre, en 1944, su trabajo monográfico sobre «La Abadesa de las Huelgas» que constituye, ampliado y revisado, el tema de su Tesis Doctoral en Derecho. Cumple a la letra aquello que encarece a sus hijas y a sus hijos:

«Nuestra finalidad específica nos impone un trabajo profesional intenso, constante, profundo, ordenado, con la preparación oportuna, con abundancia de doctrina, con estudio, para realizar así -a través de esa tarea, de esa dedicación- el apostolado que Dios quiere de nosotros, en la santificación de la propia profesión u oficio en medio del mundo»(56).

También la muerte va a mezclarse con esta juventud que trabaja en el espíritu del Opus Dei. La muerte como fiel compañera que abre de par en par las puertas de la Vida. Desde enero de 1943, Isidoro Zorzano está diagnosticado de una enfermedad de Hodgkin muy evolucionada. Ingresa en el Sanatorio de San Francisco de Asís cuando el cuadro clínico se agrava. Día y noche se turnan haciéndole compañía. El Fundador le ayuda y le prepara de un modo excepcional para la muerte. Fue su compañero de estudios en la primera juventud, su primera vocación incondicional para el Opus Dei, su apoyo permanente en toda circunstancia. Testigo y protagonista de hechos sobrenaturales que ya pertenecen a la historia de la Obra. Ahora le precede, en el paso final. Pero antes, el Padre le hace un encargo urgente.

En estos momentos tiene una moneda de cambio importante para pedirle favores a Dios: va a entregar su vida, todavía en pleno rendimiento. Isidoro anota en su mente y en su corazón las necesidades de la Obra: lo primero el inmueble donde montar, definitivamente, una Residencia Universitaria en Madrid. Jenner fue una solución de urgencia que ya ha sido desbordada.

Morirá el 15 de julio de 1943 hacia las cinco de la tarde. Unos días antes se han encontrado los locales del futuro Colegio Mayor Moncloa, en el área del Campus Universitario madrileño. Su última misión en la tierra está cumplida.

En la tercera hora

En una ocasión, el Fundador dirá a un grupo de hijas suyas: «¿Sabéis que me habéis costado mucho vosotras, hijas mías? Más que los hombres (...).

¡Me habéis salido a la tercera vez! Yo pensé que en el Opus Dei no habría mujeres. Sin milagrerías. Recuerdo que una vez lo escribí; y al mes, o a los dos meses, no sería mucho más, el 14 de febrero de 1930, comencé a celebrar la Santa Misa pensando que no habría mujeres en el Opus Dei, y terminé la Misa sabiendo que el Señor quería que hubiese una Sección de mujeres»(57).

Efectivamente, ni la primera ni la segunda vez que el Padre lo intenta consigue abrir cauce con las mujeres de la Obra. Habrán de irse, en su mayor parte, porque no acaban de comprender la vocación propia del Opus Dei, de santificarse en el ejercicio del trabajo profesional en el mundo. Jamás violenta don Josemaría la decisión de una persona. Expone el mar sin orillas de esta nueva singladura de la Iglesia, pero deja todas las puertas abiertas a la libertad. Son muchos los testimonios que subrayan su ayuda espiritual, desinteresada, para andar los pasos hacia una entrega de otro signo; para perseverar, por ejemplo, en una vocación claustral. Siempre ha sido propicio a impulsar por su camino a cada caminante.

El Fundador reza, en estos años, por la llegada hasta la Obra de mujeres preparadas para desarrollar un serio trabajo profesional entre sus iguales. Con capacidad de entender la gran empresa a que Dios quiere llamarlas. No resulta fácil en el contexto social de este tiempo porque, como escribe Peter Berglar:

«El hecho de que el Fundador pensara, hasta que Dios le "corrigió", que (el Opus Dei) se refería exclusivamente a los varones, se debe a que la concepción de cualquier entrega total en celibato, al margen de una consagración religiosa (es decir, una entrega laical, cien por cien secular), era ya, respecto a los varones, algo nuevo, revolucionario; pero respecto a las mujeres parecía un imposible»(58).

Hay una mujer que permanecerá leal a lo largo de este tiempo: se llama Lola Fisac. Allá, en su luminoso y plano campo de Daimiel, ha conocido la existencia de la Obra a través de su hermano. En septiembre de 1935 van a someterla a una intervención quirúrgica. Le anima saber que el Fundador de la Obra, que ha tenido noticia de la operación, rezará por ella.

Meses más tarde, cuando se declara la guerra civil en España, su hermano Miguel ha de ocultarse en su casa de Daimiel para escapar a una muerte segura. El Padre le escribe desde la Legación de Honduras en 1937. Y, para no comprometerle, dirige las cartas a su hermana. Lola va conociendo incidencias relacionadas con la Obra a través de estas líneas que llegan habitualmente de un refugio a otro. Y en mayo de 1937, don Josemaría le dice: «me gustaría mucho que llegaras a ser nieta mía». Con este laconismo, por imperativo de la censura de guerra, le pregunta si quiere unirse a una tarea que exige coraje y amor grandes, como para cruzar el mundo por Dios y buscarle en el trabajo de cada día.

Y Lola, que conoce poco más que el contenido de esta carta, sabe que va a intentarlo. Y que lo desea con todas sus fuerzas. Escribe a vuelta de correo:

-Abuelo, de lo que me dice le contesto que sí(59).

El 19 de abril de 1939, terminada la guerra, don Josemaría iaja hasta Daimiel y habla personalmente con ella. La entrevista tiene lugar en la mañana del 20. El Padre abre el horizonte de la Obra y la amplitud de sus apostolados. La luz de los campos recién germinados pone contrapunto en las palabras del Fundador: la mies empieza a crecer y Jesucristo llama a nuevos obreros. Allá lejos, los molinos manchegos juegan con el aire. Dios escucha y acepta la afirmación de una entrega a su servicio.

Más adelante viaja a Madrid. Junto a doña Dolores y Carmen, aprenderá multitud de cosas en relación con el trabajo de administración de la Residencia de Diego de León.

Mientras tanto, en Valencia, una hermana de Paco Botella también ha establecido contacto con el Opus Dei. Durante uno de los viajes que el Fundador de la Obra hace a la ciudad del Turia, le dicen a Enrica Botella que el Padre desea conocerla. En Samaniego, pasa a una salita próxima a la entrada y allí ve a un sacerdote alto, con gafas, que le saluda cordialmente y exclama:

-«¡Eres igual que Paco!...».

Pedro Casciaro interviene:

-«¿No le conoces? Es don Josemaría Escrivá de Balaguer».

-«¡Ah!... ¡El autor de "Camino"!...».

El Padre, de un modo llano y cordial, habla a Enrica de su familia: del agradecimiento que la Obra tiene a sus padres y del afecto que todos profesan a su hermano Paco. Enrica se asombra de que les conozca tan bien y del cariño que rezuman sus palabras. Ha ido acompañada de su prima, Teresa Espinós, y a las dos les enseña con detalle el oratorio de Samaniego. Cada gesto, cada inclinación ante el altar, es una manifestación de fe que no les pasa inadvertida. Y se sienten inexplicablemente impulsadas a colaborar en cualquier tarea que quiera encomendarles.

Unas semanas después Paco hablará de la Obra a su hermana mayor, y le explicará la vocación al Opus Dei para santificarse en medio del mundo. Así se lo ha pedido el Padre. Enrica no ha sentido nunca la llamada especial a esta dedicación. Ha pensado en crear un hogar propio, y así se lo hace saber a su hermano de un modo rotundo.

Sin embargo, un año más tarde, cuando tiene noticias de una nueva llegada del Fundador a Valencia, se acerca a saludarle: -«Padre, mi hermano me ha hablado de la Obra». El Padre le contesta:

-«Estoy pidiendo tu vocación»(60).

Enrica no puede explicarse el fenómeno, pero desde aquel momento se siente ya en el Opus Dei. Hay tal fe en aquellas palabras ue le resulta imposible suponer que no se realizará lo que el Padre y su hermano están pidiendo a Dios. Se llena de seguridad para emprender un arduo camino con la esperanza de alcanzar la meta. El 7 de abril de 1941, pedirá la admisión en el Opus Dei.

A finales de marzo de 1941, el Padre dirige unos ejercicios espirituales para mujeres en Alacuás (Valencia). La noticia de que las meditaciones correrán a cargo del autor de «Camino» se ha extendido por la ciudad. La casa está llena. Incluso hay un grupo que debe regresar diariamente a Valencia porque ya no quedan más habitaciones.

Entre las que asisten se encuentra Encarnación Ortega. Es muy joven, rubia, con los ojos claros. Y un perfil que subraya el gesto de decisión y firmeza. Sin embargo, no le trae a Alacuás ningún ideal determinado. Prefiere observar de lejos, en una indagación que puede o no resultar interesante.

Ya en la primera meditación le sorprende la fe palpable de este hombre que asegura, con certeza contagiosa, que Dios está allí. Una fuerza que no podía prever le pone en presencia de Jesucristo. Tampoco acierta a explicarse muy bien por qué decide, aquella tarde, hablar con el Padre. Desea simplemente oír alguna visión esperanzada del mundo, del trabajo, por parte de este sacerdote que parece poseer una fe viva y consecuente. Y el Padre, después de un brevísimo preámbulo, le habla de la Obra: de la santidad en las tareas cotidianas, de permanecer en el mundo para elevarlo a Cristo, de la inquietud apostólica de los primeros cristianos, de la filiación divina, de la sinceridad, lealtad y alegría, para enrolarse en esta empresa de Dios.

Encarnita se siente deslumbrada por esta panorámica. Y se asusta. No comprende que Dios pueda solicitar su vida sin preámbulo alguno. Hace el propósito de no indagar más, pero no puede silenciar este grito dentro de su alma. Su ánimo oscila en sentimientos contradictorios. El último día, cuando don Josemaría la llama para despedirse, todo se calma, se apacigua. Le inunda una decisión firme y tranquila. Una seguridad honda, casi sobrecogedora.

-«Sólo quería decir una cosa: que estaba dispuesta a todo»(61).

El Fundador le explica, entonces, la dureza del camino que va a emprender: pobreza, disponibilidad, renuncia a toda conveniencia personal... Pero ya no importa nada. Esta mujer ha tomado su decisión. Al día siguiente, conocerá a Enrica Botella. Son, en esa fecha, las dos únicas vocaciones femeninas del Opus Dei en Valencia.

A lo largo de estos meses, el Padre vendrá muchas veces desde Madrid. Se ocupará personalmente de su formación. Otras amigas empiezan a frecuentar su dirección espiritual. Un alto número de vocaciones se aproxima.

El Padre les habla del verdadero espíritu de la mujer fuerte: aquella que en pie, como la Virgen junto a la Cruz, ante el amor y la dificultad, mantiene la alegría y el esfuerzo. Esa cuya luz no se apaga ni siquiera en medio de la noche, porque Dios, eternamente en vela, está impulsando sus manos y su corazón.

A su muerte, el Fundador del Opus Dei contaba con hijas de su espíritu dedicadas a las más variadas profesiones y oficios. Gerentes de Empresa, profesoras de Universidad, empleadas, abogados, médicos, doctoras en Teología... Y otras que habían llevado su preparación y competencia también a las tareas del hogar. A lo largo de sus recorridos por el mundo, el Padre ha encontrado personas de toda condición que han agradecido, públicamente, está inclusión de cualquier oficio en la idéntica llamada a la santidad.

Desde agosto de 1940 acude a su dirección espiritual Nisa González Guzmán. Ha conocido al Padre en León y, como en los casos anteriores, se ha sentido atraída inmediatamente por la sinceridad y la fe de este sacerdote que quiere poner el mundo a los pies de Cristo. Esta mujer joven que habla varios idiomas, que ha viajado mucho y tiene una vida holgada junto a los suyos, no se ha planteado nunca el problema de una vocación de entrega total a Dios. Pero, desde que conoce a don Josemaría Escrivá de Balaguer, camina frente al cielo limpio de su tierra con un arduo dilema de generosidad. Porque la idea del Opus Dei ha echado raíces en su alma. Y en mayo de 1941 aparece en Madrid y se encamina a la Residencia de Diego de León. Le pide al Padre que acepte su decisión de formar parte del Opus Dei (62).

Mientras se busca una casa adecuada para la Sección de mujeres de Madrid, Nisa retorna con los suyos. Recibe noticias frecuentes de Encarnita, Lola... Y del Padre, que le anima a prepararse para seguir con pie firme los caminos universales que ha de andar la Obra.

En agosto de 1941 vuelve a Madrid. En estas fechas la casa de Diego de León está vacía y presta alojamiento a las primeras mujeres del Opus Dei. El Padre les imparte un curso intenso de formación. Les habla de crecer para adentro, de echar hondas raíces en la tierra nueva del espíritu de la Obra. Abre el horizonte de este mar sin orillas y pide para todas una «fe de fuego». Una ardiente clarividencia que las lleve por todos los caminos de la tierra.

Al cabo de los años, Nisa cruzará repetidamente las rutas del mundo: Francia, Canadá, Estados Unidos, Italia, Inglaterra. Algunas veces será la primera en llegar -enviada por el Fundador- en busca de un espacio en el que puedan acampar los pasos del Opus Dei.

Hacia el futuro

En abril de 1942 se alquila una casa de dos plantas en el número 19 de la calle Jorge Manrique, que sirva de apoyo para la labor apostólica de aquel grupo de mujeres que han recibido la vocación al Opus Dei. Nisa González y Encarnita Ortega se encargarán de dirigir la marcha de este Centro.

Al llegar, encuentran la grata sorpresa de Carmen Escrivá de Balaguer esperándolas. Se quedará durante algunos días para ayudar en la instalación y en las necesidades de la puesta en marcha. Sigue ocupándose de atender Díego de León, pero aún puede estar a disposición de estas mujeres, jóvenes y de poca experiencia, en las tareas con que habrán de enfrentarse.

La casa está prácticamente vacía. Y Carmen, con su habitual buen humor, organiza una lista de quehaceres. Cuando retorne a Díego de León, el nuevo inmueble caminará con buen ritmo: flores y macetas en la terraza; clasificados los proveedores más cercanos; comprobado el funcionamiento del servicio. Habrá dejado, sobre todo, el clima inconfundible de su dedicación, de su cariño inapreciable.

En este verano de 1942 el Padre acudirá, prácticamente a diario, a Jorge Manrique. Se ocupa de la instalación del oratorio; de ue tengan lo indispensable para su bienestar material. Lo necesario para que el amor a Dios crezca en un clima adecuado.

También se ocupa de su formación humana, de las horas de Studio, de su preparación profesional en muy diversos campos.

Nunca ha relegado a la mujer a un papel secundario. Sabe que su presencia es insustituible, no sólo en la mayoría de los oficios y trabajos que desempeñan también los hombres, sino en los que por natales están en la órbita específica de su modo de ser.

«Las que estudian, que estudien de verdad. Las que escriben, que sean erazas. Las que están en labores de la casa, poniendo cariño» (63)mas delante, se lo recuerda de nuevo:

«No podríamos hacer nada si en los detalles más pequeños, minúsculos, del hogar -que tanto influyen en todo lo demás, condicionando las cosas aparentemente más grandes-, no resplandeciera vuestro amor... »(64).

Un día el Padre reúne a las que viven en la casa de Jorge Manrique. Extiende ante ellas un panorama que recoge las tareas apostólicas que las mujeres del Opus Dei realizarán en el futuro. Oírle produce casi vértigo: dedicación a la docencia, granjas para campesinas, centros de capacitación profesional para la mujer, Colegios Mayores, actividades de la moda, casas de maternidad, bibliotecas, librerías, editoriales... Y, sobre todo, un amplio horizonte de apostolado personal que no se puede programar ni medir. Y deja caer sus palabras finales para borrar el gesto asombrado de aquellas que le escuchan:

«Ante esto se pueden tener dos reacciones: una, la de pensar que es algo muy bonito, pero quimérico, irrealizable; y otra, de confianza en el Señor que, si nos ha pedido todo esto, nos ayudará a sacarlo adelante. Espero que tengáis la segunda»6s

¡Cúmplase!...»

En el mes de abril de 1941 doña Dolores Albás enferma, repentinamente, de neumonía. Tiene 64 años. Ya en su juventud los médicos le recomendaron que no fatigase su corazón. Este corazón que ha tenido que avezarse a tanto dolor, tanto desprendimiento llevado adelante con valor y alegría.

El Padre tiene concertados, desde hace tiempo, unos ejercicios espirituales para sacerdotes diocesanos en Lérida. Conoce el estado de gravedad de su madre, pero los médicos no pronostican una evolución desfavorable. Este día 20 de abril entra a despedirse de ella. Le lleva lejos, como otras veces, la dedicación, el amor que ha profesado siempre a los sacerdotes... En el vestíbulo que comunica con la puerta del dormitorio de la Abuela, se encuentra un grupo de miembros de la Obra que espera la salida del Padre. Está muy conmovido.

Un momento antes de partir, pide a su madre que ofrezca todas las molestias por la tarea que va a realizar. Ella asiente, aunque no puede evitar decir en voz baja:

-¡Este hijo!...

Una vez en el Seminario de Lérida, acude al sagrario de la capilla:

-Señor, cuida de mi madre, puesto que estoy ocupándome de tus sacerdotes(66).

Hacia el mediodía del 22 les dirige una plática en la que habla de la labor sobrenatural, inigualable, que compete a la madre junto a un hijo sacerdote. Cuando termina se queda un rato de oración, arrodillado cerca del sagrario. Y, en ese momento, llega el Obispo Administrador Apostólico y le dice:

-Don Alvaro le llama por teléfono.

El Padre oye la voz de Alvaro a través de la distancia:

-Padre, la Abuela ha muerto (67).

Vuelve a la capilla sin una lágrima. Entiende que Dios ha hecho lo que más convenía. Y después llora, rezando en voz alta -está a solas con Dios- aquella larga j aculatoria que tantas veces recordará a sus hijos en situaciones semejantes:

Fiat, adimpleatur, laudetur et in aeternum superexaltetur iustissima atque amabilissima voluntas Dei super omnia. Amen. Amen.(68).hagase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima voluntad de Dios sobre todas las cosas.

Desde entonces, siempre pensará que el Señor quiso de él este sacrificio como muestra de su cariño a los sacerdotes; y que su madre, especialmente, sigue rezando en el Cielo por ellos. Es el último encargo que pudo hacerle sobre la tierra.

En Madrid esperan su llegada. El desenlace ha sido imprevisto y rapidísimo. Un fallo cardio-respiratorio ha terminado con esta vida quemada en la elegancia de quien da todo y jamás pasa factura. Ha compartido la exigencia, la fe, el sacrificio de Josemaría por la Obra de Dios. Su vocación fue ésta: ser la madre de un hombre elegido para llevar un alto mensaje ante las gentes. En la pared, sigue presidiendo el cuadro de la Virgen con el Niño: los dos parecen mirar la escena de este holocausto silencioso que acaba de concluir.

El cuerpo de doña Dolores se traslada al oratorio de Diego de León. Allí queda instalada la capilla ardiente, en la que se turnarán todos para velar y rezar por ella. Desde Lérida, el Padre viaja en coche hasta Madrid y llega muy tarde. Nada más entrar en la casa abre la puerta del oratorio; se arrodilla ante el sagrario y luego junto al cuerpo de su madre. Llora como un hijo que ha perdido algo insustituible. Después llama a Alvaro y le pide ayuda para rezar el Te Deum. Quiere agradecer a Dios la paz y la alegría en(69) que descansa su madre

Dos días más tarde, el Fundador dirige una meditación en el oratorio de este Centro. Les habla de la Abuela, de lo mucho que ha hecho por la Obra. Descubre la Voluntad de Dios también en las circunstancias de su muerte, estando ausente. Y comenta:

«Aunque se procure que mis hijos estén junto a sus padres cuando mueran, no siempre será posible por necesidades de apostolado. Y has querido, Señor, que en esto vaya también delante»(70).

Creyó que su madre permanecería más años cerca de las mujeres del Opus Dei. Parecía que Dios se lo iba quitando todo. Todo aquello en que cifraba su apoyo y esperanza humanos.

Al fallecer doña Dolores, Carmen Escrivá de Balaguer queda sola para organizar y dirigir el servicio en Diego de León. Sobre ella va recaer la responsabilidad de transmitir una valiosísima experiencia a cuantas van a llegar hasta la Obra en estos primeros Centros de Madrid y de España. Tía Carmen, como la llamarán siempre con afecto, va a seguir poniendo todo el calor que aprendiera en su ambiente familiar. Mantendrá, con dignidad y escasos recursos, a un número elevado de personas que viven ya en la casa. Hará colas interminables, que comienzan de madrugada, para conseguir alimentos indispensables. El combustible es de baja calidad, escaso, y el humo inunda los servicios. Hay que ahorrar y no se enciende la calefacción. Por si fuera poco, siguen frecuentando la casa Obispos, sacerdotes, profesores y personalidades que se interesan por conocer el espíritu de la Obra y es preciso atenderles con esmero.

A base de una entrega ejemplar, logrará llevar adelante, con cariño y reciedumbre -y también con humor aragonés- las dificultades de la empresa. Su hermano tendrá en ella la ayuda inestimable para dar el tono de sobriedad y buen gusto que habrán de tener los Centros del Opus Dei.

Veintiocho años más tarde, cuando Carmen tampoco esté ya sobre la tierra, los restos de don José Escrivá -que habían sido trasladados desde Logroño al cementerio del Este, en Madrid- y los de doña Dolores, que reposaba junto a su marido, serán llevados a la cripta construida en Diego de León. Es todo un símbolo. En los cimientos de la Obra estuvo siempre la familia del Fundador.

Con razón podía decir Monseñor Escrivá de Balaguer, poco después de haber tenido lugar este traslado:

-«Mi madre ha vuelto a su casa»(71).

Ahí, en la paz y el silencio, los miembros del Opus Dei rezan por las familias de todos, cada día.

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