Bajo el cielo de Castilla

«Trabajos y fatigas en prolongadas vigilias muchas veces, en hambre y sed, en ayunos frecuentes, en frío y desnudez».(2 Cor XI, 27-28)

Camino de Burgos

En diciembre de 1937, nieva fuerte sobre Pamplona. Acaban de llegar Pedro y Paco, que han salido temprano, en tren, desde San Sebastián. El Padre viene en coche, unas horas más tarde. Le ha invitado el Obispo de la diócesis, don Marcelino Olaechea, y va a hospedarse en el palacio episcopal. Son amigos desde hace varios años.

Muy próxima a las habitaciones que ocupa el Padre hay una capilla. En la sacristía, se puede ver un gran armario-cajonera con ornamentos sagrados. Allí se prepara, diariamente, todo lo necesario para celebrar las Misas. De esta cercanía brotará la inspiración de aquel punto de «Camino»: «¡Loco! -Ya te vi -te creías solo en la capilla episcopal- poner en cada cáliz y en cada patena, recién consagrados, un beso: para que se lo encuentre El, cuando por primera vez "baje" a esos vasos eucarísticos»(1).

El Fundador está haciendo unos días de retiro. Su oración se eleva desde un rincón silencioso, en penumbra, dentro de la capilla. Entra el Vicario General, sin advertir la presencia de don Josemaría y, después de ponerse el roquete y la estola, consagra varias patenas y cálices. Sobre ellos, el pan se convertirá en Cuerpo de Cristo, el vino se transubstanciará en la Sangre del Dios Hombre. Apenas sale el Vicario General cuando el Padre se acerca a besar los vasos sagrados. Para que el Señor encuentre su gesto la primera vez que se utilicen en la Santa Misa. Es la locura de los enamorados que no vacilan ante cualquier encuentro.

Durante estos días de retiro espiritual don Josemaría llega a unas conclusiones, unos propósitos ascéticos. Entre ellos, el de dormir sólo cinco horas diarias, a excepción de la noche del jueves al viernes, que pasará en vela, rezando y trabajando. Decide este plan en un estado físico deplorable. Después del paso de los Pirineos, su salud se ha quebrantado notablemente. La delgadez es impresionante. Pero ninguna situación le impedirá adoptar un género de vida muy duro y sacrificado.

Don Marcelino Olaechea siente gran afecto por el Fundador del Opus Dei. Aunque tiene más edad que el Padre le trata con toda deferencia. En 1935, cuando fue consagrado Obispo de Pamplona, el Fundador le había enviado como regalo un cáliz muy sencillo. Sin embargo, es tanto el aprecio de don Marcelino hacia este sacerdote, que, en el futuro, decidirá celebrar habitualmente la Santa Misa con ese cáliz. Y cumplirá su propósito, aunque pueda disponer de otros vasos sagrados mucho más valiosos. Porque éste tiene la riqueza de la amistad de un hombre que considera santo.

El 24 de diciembre de 1937, Pedro y Paco están de guardia en su acuartelamiento. En este día de Navidad, y tras cumplir su servicio, pasarán unas horas formidables con el Padre y con José María Albareda, que ha venido de Zaragoza. Pasean, intercambian toda clase de proyectos y recuerdos. Hablan de otros miembros de la Obra y amigos repartidos por España. Comen en un pequeño restaurante de la Plaza del Castillo. El Padre les comunica que fijará temporalmente su residencia en Burgos. La ciudad es como la capital de la zona nacional y desde allí se puede atender mejor a todos los que se hallan dispersos por la geografía del país.

Mientras caminan, sin sentir apenas el frío de la nieve, por Pozoblanco, Zapatería, Mercaderes, Santa María la Real..., pesan la posibilidad de que Pedro y Paco puedan ser destinados también a la misma ciudad castellana. Así podrían convivir con el Padre en esta nueva etapa que se abre con el año.

En la fiesta de Reyes, el Padre se marcha de Pamplona. Poco tiempo más tarde, el 20 de enero, Paco recibe la noticia de su destino militar a Burgos. Pedro, de momento, se queda solo; pero el Padre viajará mucho y tiene ocasión de verle con cierta frecuencia. La patrona de la pensión situada en la calle de Pozoblanco adivina, con la intuición de las gentes sencillas, la categoría sacerdotal de don Josemaría. Y esta simpatía acaba redundando en beneficio de Pedro, que pasa a ser un soldado importante en la escala de valores de la dueña de la casa. Tiene el Fundador esta capacidad de acercamiento a gentes de toda condición.

Por ejemplo, nada más concluir la caminata de los Pirineos para cruzar la frontera francesa, hubieron de parar en Les Escaldes de Andorra. Allí entran un momento en el Bar Burgos. Junto al mostrador, una mujer sostiene en brazos a un niño de dos años. A pesar del agotamiento, el Padre sabe tener una palabra afectuosa, coge al niño un momento, le dice un piropo y le regala un azucarillo que le han servido con el café. Mucho tiempo después, un miembro del Opus Dei en una numerosa tertulia, celebrada en Castelldaura, llama la atención del Fundador:

-«Quiero contarle una anécdota. El próximo día 2 de diciembre hará treinta y cinco años que usted estuvo en Andorra con los primeros, en Les Escaldes y concretamente en el Bar Burgos, bar que fundaron mi padre y otro señor. La anécdota consiste en que usted dio un azucarillo a mi hermano (...). Mi hermano, es ahora de la Obra»(2).

El Padre se acuerda perfectamente. Y se alegra por ese hijo suyo al que, sin duda, dedicó una oración en aquel día, ya lejano, lleno de cansancio.

Mientras pasea y habla con el Padre durante las breves horas que pasa en Pamplona, Pedro Casciaro comprueba, una vez más, que Dios es el gran tema de la vida del Fundador. Jamás, ni en la zona dominada por los comunistas ni en la que le acoge ahora, se desliza al fácil comentario partidista sobre la contienda política. Siempre, el dique de su respeto por las personas. Este soldado es testigo de excepción para esa calidad humana y sobrenatural, puesto que en su familia existe el más abigarrado espectro político: radicales socialistas, republicanos moderados, monárquicos, voluntarios en las Brigadas Internacionales y hasta un pariente preso con José Antonio Primo de Rivera en la cárcel de Alicante. Don Josemaría Escrivá de Balaguer reza por la paz y la libertad, por la Iglesia y el retorno de los hombres a Dios. Y, para ello, actúa según la norma entera de su vida: reza, trabaja, calla.

Con razón podrá responder a un periodista, muchos años más tarde, al interrogarle acerca de un pretendido «integrismo» por parte del Opus Dei:

«El Opus Dei no está ni a la derecha ni a la izquierda, ni al centro. Yo, como sacerdote, procuro estar con Cristo, que sobre la Cruz abrió los dos brazos y no sólo uno de ellos: tomo con libertad, de cada grupo, aquello que me convence, y que me hace tener el corazón y los brazos acogedores, para toda la humanidad; y cada uno de los miembros es libérrimo para escoger la opción que quiera, dentro de los términos de la fe cristiana.

En cuanto a la libertad religiosa, el Opus Dei, desde que se fundó, no ha hecho nunca discriminaciones: trabaja y convive con todos, porque ve en cada persona un alma a la que hay que respetar y amar. No son sólo palabras; nuestra Obra es la primera organización católica que, con la autorización de la Santa Sede, admite como Cooperadores a los no católicos, cristianos o no. He defendido siempre la libertad de las conciencias. No comprendo la violencia: no me parece apta ni para convencer ni para vencer; el error se supera con la oración, con la gracia de Dios, con el estudio; nunca con la fuerza, siempre con la caridad»(3).

En el Hotel Sabadell

También Pedro Casciaro ha sido destinado, al fin, al acuartelamiento de Burgos. En la ciudad castellana se reúne con el Padre, José María Albareda y Paco Botella. Alquilarán una habitación en el Hotel Sabadell, situado en el número 32 de la calle de la Merced, frente al río Arlanzón. Hubieran deseado un pequeño piso para trabajar y recibir a cuantos vienen continuamente a ver al Padre, pero en estos momentos la escasez de viviendas en Burgos es enorme y encontrar un inmueble resulta empresa poco menos que imposible. Por eso, desde finales de marzo de 1938, ocupan esta habitación de un primer piso hotelero, en la que van a vivir más de ocho meses.

La carencia de medios es total. Albareda gana el sueldo mínimo en su tarea docente, como es lógico en los tiempos que transcurren; los militarizados comen en el cuartel y perciben una cantidad, casi simbólica, para atender a sus gastos personales. El Padre multiplica su actividad sacerdotal, sin recibir ningún estipendio. Juan Jiménez Vargas y Ricardo Fernández Vallespín hacen economías increíbles para girar algo de dinero a este pequeño grupo, que ha de sobrevivir y ayudar, incluso, a otros que están aún en peores condiciones monetarias.

A pesar de la situación, la generosidad y el optimismo del Padre continúan inalterables. Escribe a todos los amigos que están en las trincheras:

«Que nos pidáis con confianza libros, ropa, dinero. Os lo enviaremos enseguida con gusto. Pedid con sencillez y libertad. Muchos de vosotros nos enviáis dinero (...): esos ahorros que hacéis, para nuestra pobre caja común, tendremos verdadera alegría en emplearlos en favor de quienes pasen apuros económicos»(4).

Y a fin de que no descuiden la empresa sobrenatural a la que han sido llamados les pide, como recíproca generosidad:

«Necesitamos 50 hombres que amen a Jesucristo sobre todas las cosas»(5).

La habitación del Hotel Sabadell mide unos 28 metros cuadrados. Desde este reducido espacio van a organizar y desplegar una gran actividad. La parte más amplia del cuarto está ocupada por tres camas niqueladas de muelles ruidosos. También por un armario ropero de pequeñas dimensiones. Completan la decoración una mesa rectangular y un par de sillas. Junto a la puerta de entrada, otra estancia oscura, separada por una cortina blanca del espacio anterior, se convierte en dormitorio del Padre. Cerca de su cama hay una mesita de noche y un lavabo. Una percha sobresale clavada en la madera de la puerta.

Un mirador encristalado -y que se sitúa precisamente sobre la marquesina de la puerta de entrada al Hotel-, les comunica con el exterior. Este mirador, equipado con una mesita y dos sillones de mimbre, será la salita de recibo del Padre durante todos estos meses. Por allí pasarán muchísimas personas, de la más diversa edad y condición. De Burgos y de toda España. Hay antiguos residentes de Ferraz y amigos que, con sólo tres o cuatro días de permiso para visitar a su familia, llegan al Hotel Sabadell y dedican gran parte del tiempo a hablar largamente con el Padre. Siempre los recibe con el mismo cariño, alegría y esperanza firme en el futuro; con buen ánimo para superar la situación hasta que llegue la paz.

En ocasiones, el Padre sale de la habitación y se lleva, en larga y amistosa charla, a cualquiera de los que han venido a verle. Caminan por la orilla del Arlanzón, a veces una hora tras otra, comunicando a todos el mensaje de quien le habló al corazón -desde la adolescencia- y le dijo que había venido a pegar fuego a la tierra y que le necesitaba para propagar el incendio.

Años más tarde, don Antonio Rodilla escribe: «Durante la Guerra de España fui una vez a verle a Burgos, aprovechando la limpieza de fondos del buque de la Armada del que yo era capellán entonces. Se me saltaron las lágrimas al verle. Me lo encontré hecho un esqueleto. Estuve allí unos días con él. Vivía en absoluta pobreza» (6).

En la estrecha convivencia que impone la habitación del Hotel, se comparte todo. Por supuesto, la economía sufre bancarrota crónica. Paco lleva la contabilidad: los escasos medios en metálico se meten en una caja de madera que tuvo su primer destino como envase de un queso de Burgos que regaló un amigo. Su apertura completa es fácil: gira sobre uno de los cuatro clavos que la sujetaban en origen. Con gran humor, Paco, estudiante de Ciencias Exactas, apunta en una hoja de papel los gastos de cada día: una flecha hacia la derecha indica gasto. Después de la cantidad, anota el concepto. Una flecha hacia la izquierda, significa ingreso, seguido de las correspondientes aclaraciones.

Un día en que Albareda acierta a ojear este original sistema lo bautiza con el apodo de «la contabilidad vectorial». El Padre, al saberlo, comenta:

-«¡Vergüenza debiera daros que, entre dos matemáticos y un investigador científico, llevéis las cuentas peor que la cocinera de mi madre! »(7).

Carecen de ropa, de alimentos, de cosas indispensables. El Padre sigue echándole garbo humano a la sotana que le regaló don Marcelino Olaechea en Pamplona y a la teja, que ya ha adquirido una variante descolorida del negro primitivo. Muestra a sus hijos, con el ejemplo, cómo vivir la auténtica dignidad de la pobreza. La limpieza y el orden perfectos para mantener el clima grato a los demás, aun en las peores circunstancias.

Cada vez que Albareda sale de viaje, y es situación que se repite con frecuencia por necesidades de su trabajo, el Padre se queda solo durante el día y come poquísimo en un figón por un precio irrisorio. Así no produce gasto alguno en el hotel. Por la noche no cena. Cuando llegan Pedro y Paco, finalizado su servicio en el cuartel, sólo obtienen respuestas evasivas cuando intentan averiguar lo que ha tomado a lo largo de la jornada.

Por más que los tres presionen sobre el Padre no logran, la mayor parte de las veces, que gaste lo indispensable en su persona. Entre José María, Pedro y Paco, alguna noche consiguen llevarle andando hasta la estación de ferrocarril y allí, en una fonda, que es mucho más barata, se esfuerzan para que coma una tortilla.

A esto hay que añadir sus mortificaciones constantes, en las que no excluye la sed, ni el cansancio, ni la disciplina. Por más que lo oculta, la convivencia estrecha acaba delatando su entrega.

Un día, aprovechando una de las constantes salidas del Padre, Paco y Pedro deciden eliminar la teja, descolorida y deteriorada, para que se compre una nueva. Y, sin más preámbulos, la destruyen. A su regreso les echa una buena bronca -mezcla de afecto y reconvención sin impaciencia-, que Pedro y Paco aguantan impasibles en la satisfacción de lograr que estrene sombrero. Lo peor es que el sistema fallará con la sotana. Han decidido romperla también de arriba a abajo. Cuando vuelven del cuartel, encuentran al Padre, silencioso, cosiendo la rasgadura. A partir de aquel día usará la misma, pero habrá de ponerse encima la dulleta aunque caiga un sol caliente, para disimular la defectuosa artesanía que une las dos piezas.

Durante el tiempo de residencia en el Hotel Sabadell, el Padre celebra Misa todos los días en la capilla de las Teresianas, que está muy cerca.

Desde mediados de enero de 1939, oficia en un altar lateral, a la derecha de la nave central, en la iglesia de San Cosme y San Damián. Es de estilo barroco, con motivos de frutas talladas y policromadas, y está dedicado a la Virgen. Tiene una bella imagen de la Inmaculada, con las manos juntas y tres cabezas de ángeles en la base, alrededor de la media luna. Entre enero y marzo del 39, Pedro tiene que desplazarse a Calatayud y es Paco el que ayuda habitualmente al Padre durante el Santo Sacrificio. Y una vez más, es testigo de su piedad.

El Padre se lanza, durante el día, a un trabajo constante. Mantiene vivo el contacto con los que acuden a su dirección y consejo. No sólo cuando vuelven de los frentes y van a visitarle, sino a través de centenares de cartas y noticias que les hace llegar de modo ininterrumpido. No quiere que se sientan solos, que el peligro, el ocio o el desaliento hagan presa en ellos. Volcará su afecto en todos, sean o no de la Obra. Su caligrafía, animosa y recia, cruza Madrid, Andalucía, Castilla, Aragón... Y cuando no llegan sus letras, aparece en persona para llevar unas horas de amistad y de aliento. De esta experiencia sacará, más adelante, motivos de reflexión, de diálogo con Dios, de encuentros sucesivos con su vocación y su fe:

«No sé si tú habrás estado en la guerra. Hace ya muchos años, yo pude pisar alguna vez el campo de batalla, después de algunas horas de haber acabado la pelea; y allí había, abandonados por el suelo, mantas, cantimploras y macutos llenos de recuerdos de familia: cartas, fotografías de personas amadas... ¡Y no eran de los derrotados; eran de los victoriosos! Aquello, todo aquello les sobraba, para correr más aprisa y saltar el parapeto enemigo (...).

No olvides que, para llegar hasta Cristo se precisa el sacrificio; tirar todo lo que estorbe: manta, macuto, cantimplora. Tú has de proceder igualmente en esta contienda para la gloria de Dios, en esta lucha de amor y de paz, con la que tratamos de extender el reinado de Cristo. Por servir a la Iglesia, al Romano Pontífice y a las almas, debes estar dispuesto a renunciar a todo lo que sobre; a quedarte sin esa manta, que es abrigo en las noches crudas; sin esos recuerdos amados de la familia; sin el refrigerio del agua. Lección de fe, lección de amor. Porque hay que amar a Cristo así»(8).

Desde el mirador de su cuarto del hotel alcanza a ver las flechas góticas de la Catedral que se reflejan en el agua. El río pasa, poco caudaloso de ordinario, pero constante, frío, rozando unas piedras que se mantienen intactas desde el siglo XIII. Es un buen lugar éste para hablar a los que se entregan, para proyectar permanencias, lealtades y oración. Años más tarde, el Fundador del Opus Dei recordará todavía aquellas frases de «Mío Cid» que le servían de pauta en su apostolado epistolar, en su conversación con Dios:

«La oración fecha, luego cavalgava»(9).

Como la Obra. Primero junto a Dios, pidiendo fuerza y amor. Luego el trabajo duro, constante, serio. Pero iluminado con la Presencia que lo transforma siempre. Es el Cantar de gesta de lo cotidiano: convertir en endecasílabo, verso dedicado a lo heroico, la prosa diaria.

Sus cartas transmiten esta energía humana y sobrenatural.

También el afecto desbordante por sus hijos y amigos. Escribe a Tomás Alvira en febrero de 1938: «Jesús te guarde.

Querido Tomás: ¡Qué ganas tengo de darte un abrazo! Mientras, te pido que nos ayudes, con tus oraciones y tus trabajos.

Yo voy corriendo de un lado a otro: acabo de venir de Vitoria y Bilbao. Y antes: Palencia, Valladolid, Salamanca y Avila. Ahora estoy curando un catarro que pesqué en el Norte. Después, voy a León y Astorga.

Tomasico: ¿cuándo harás una escapada, para que nos veamos?»(10)

En junio de 1938 uno pregunta, desde el frente, dónde está el Padre durante aquellos días. Y la respuesta es expresiva:

«En el vagón de ferrocarril, o en algún coche desvencijado, por estas carreteras, o... en el frente»(11)

Porque, efectivamente, le llaman de todas partes y acude sin poner jamás pretexto de enfermedad, cansancio u ocupación más inmediata. Está siempre al servicio de la Iglesia y de las almas.

En uno de estos desplazamientos en busca de un muchacho de la Obra movilizado en los frentes andaluces, tiene el dinero justo para los trenes de regreso. No le queda prácticamente nada para comer ni para imprevistos.

Don Francisco Botella testimonia que, en febrero de 1938, estando el Padre en Burgos, un hijo suyo escribía muy de tarde en tarde y lacónicamente. Estaba en el frente de jaca, con mucha actividad bélica. Aunque el Fundador en aquellos días estaba enfermo con fiebre alta, decidió ir a verle, desafiando toda clase mde incomodidades en los precarios medios de transporte existentes.

En agosto de 1938 dirige unos Ejercicios Espirituales para Religiosas, en Vitoria. Se lo ha pedido Monseñor Lauzurica, Obispo Administrador Apostólico de la diócesis. La Hermana Elvira Vergara, que forma parte de la Comunidad, escribirá tiempo después:

«Solamente nos daba dos pláticas diarias, pero tenían tal profundidad y eran de tanta exigencia, que nos bastaban para mantenernos recogidas todo el día; no teníamos que recurrir a ningún libro que nos ayudara»(12).

Y la Hermana María Loyola Larrañaga:

«El, personalmente, pasaba horas y horas cerca del sagrario, y tenía un trato frecuente con Dios (...).

Vivía en la más absoluta pobreza: sólo tenía una sotana y en cierta ocasión, nos la dio para que se la cosiéramos; estaba hecha jirones (...). La ropa interior la tenía tan rota que no había modo de meter la aguja en un trozo de tela que no estuviese "pasada", hasta tal punto que la Madre Juana decidió comprarle dos mudas » (13).

Y la Hermana Juana Quiroga añade:

«Estoy segura de que muchas noches no dormía o -al menos a nuestro parecer- en la cama. En efecto: las sábanas estaban sin arrugas y, aunque él dejaba la cama destapada, como si la hubiera usado, nosotras nos dábamos cuenta de que, si había dormido, no había sido en la cama. Creemos que se servía del duro suelo para descansar».

Y Ascensión Quiroga:

«A don Josemaría, a su vida santa, debo mi perseverancia en la Orden; le debo el conocimiento inapreciable del verdadero amor a Dios, la firmeza y el impulso que es capaz de tener un enamorado de Cristo»(14)

Sus cartas de este año le sitúan, alternativamente, en Santiago de Compostela, León, Teruel, Sevilla... Y en todas las ciudades ha dejado amigos, personas con las que mantiene contacto desde el Hotel de Burgos en el que apenas tiene tiempo de reposar unas jornadas entre uno y otro desplazamiento.

Ante el montón de correspondencia que llega de los que andan repartidos por España, contesta en una hoja informativa que puede servirles de respuesta conjunta:

«Qué bien reflejáis, en vuestras cartas, la alegría que os producen estas líneas: son como recibir a un mismo tiempo cartas de muchos amigos: recuerdos de muchas horas de trabajar y de reír juntos; deseos y confianzas de un nuevo y más laborioso porvenir.

Y después de la avidez y de las gratas impresiones de esta lectura, seguís pensando, ahondáis en la raíz de esta noble amistad y encontráis mucho más: más frecuente que vuestras cartas es vuestra oración diaria, cada uno por todos; más viva que vuestro recuerdo es vuestra unión (...) con la Misa que el Padre celebra por vosotros. Nunca estáis solos, y a través de estos días tan trágicamente accidentados, una misma visión de amor infinito se os ofrece»(15)

Y en junio de 1938:

«No hemos podido celebrar el mes de la Virgen como de costumbre, pero Ella -la Señora- que tanta predilección tiene por todo lo nuestro, ha recibido el obsequio de unas flores, ofrecidas en nombre de todos nosotros, el último día de mayo en un altar olvidado»(16).

Hay, sin embargo, una imagen de la Señora que, durante este mayo de 1938, ha recibido el amor y la petición por todos del Fundador. Está pintada sobre madera y preside la habitación del Hotel Sabadell, de Burgos. Es un regalo de la familia de José María Albareda. En estos días difíciles es la mejor esperanza. Su mirada dulce es una formidable protección.

En medio de este ajetreo apostólico, el Padre no arrincona tampoco su gran vocación de estudioso, la obligación de mantener en sus hijos el estímulo constante del trabajo intelectual. Les empuja a que aprovechen el tiempo, a que estudien idiomas, a que no abandonen los conocimientos que aprendieron porque la paz, que ha de llegar algún día, les necesita en la mejor batalla de la reconstrucción y del servicio. En sus entrevistas con Obispos, profesores, intelectuales de todo nivel, pide medios que puedan llenar la vigilia y el esfuerzo de los que viven en el frente. Durante aquellos largos paseos por la orilla del Arlanzón, de Fuentes Blancas, de la Cartuja o de las Huelgas, habla de las necesidades de una juventud que ha de reincorporarse a sus quehaceres. A la seria profesión de cada día.

Recogerá esta solicitud en el punto 467 de «Camino»: «Libros. -Extendí la mano, como un pobrecito de Cristo, y pedí libros. ¡Libros!, que son alimento, para la inteligencia católica, apostólica y romana de muchos jóvenes universitarios...». Y en una comunicación, fechada en abril de 1938: «Dieciséis profesores de Universidad y Escuelas Especiales solicitan el envío de libros para vosotros, de sus amistades, de distintos países de Europa y de América. Preparad vuestros instrumentos de trabajo (...). Pero no olvidéis que el trabajo sobrenatural de nuestra empresa necesita oración, sacrificios, frecuencia de Sacramentos»(17).

Más adelante -una vez acabada la guerra-, insiste de nuevo:

«Id orientando el estudio, que la orientación es siempre considerable ganancia de tiempo (...). No paséis por la carrera como si toda ella fuese una llanura. Buscad los relieves. Tened personalidad. Trazad vuestro surco. Y que los surcos de todos, hagan producir el campo del Padre de familias»18.

Y una vez más:

«Pensad en todas las cosas que están por hacer, y pensad también en que no hay nada que se haga solo, sin el trabajo inteligente de alguien»(19) .

Los pasos de un «camino»

El Padre escribió «Camino» en los ratos libres que le dejaba su actividad apostólica. En 1934 había publicado «Consideraciones Espirituales». Ahora, conservando la estructura inicial, lo amplía y da forma definitiva. El contenido de este libro de espiritualidad no es circunstancial. El Padre recoge en sus páginas recuerdos y charlas con todo tipo de gentes, observaciones sobre la realidad y, sobre todo, su trato directo con Dios, el profundo conocimiento que tiene de los textos sagrados. Y agrupa esta experiencia en una serie de reflexiones breves, exigentes. Aún perdura en sus hijos la imagen del Padre en la habitación de Burgos, con un montón de pequeñas fichas que escribe en una máquina portátil. Después, la cuidadosa clasificación por materias, extendiendo aquella cantidad de papel escrito sobre la colcha de las camas. Y el deseo impaciente del Fundador: «Tengo ganas de poder disponer de una mesa para trabajar tan grande como tres camas ».

Y que Pedro remata en sentido contrario, para salpicar de risa la pobreza de medios que les rodea, afirmando que él tiene ganas de disponer de una cama tan grande como tres mesas.«Camino» estará terminado en febrero de 1939, aunque no se pueda publicar por los acontecimientos que precipitan el fin de la guerra civil. Traducido años después a más de treinta idiomas y extendido por ochenta países del mundo, ha llevado a muchas personas el viento certero, confidencial y ágil, de sus consejos. La vitalidad de sus páginas permanece intacta porque su raíz es auténtica, porque cada una de sus ideas está inspirada en el contacto diario de las cosas y de las personas. Su lenguaje directo, íntimo, incita a una siembra de fe y de santidad más vivas, más parecidas al ardor de los primeros apóstoles, más inmersas en las realidades temporales, más acordes con la gran misión que aguarda siempre, en el mundo, a los cristianos. Y todo, sin perder su acento entrañable; como la voz de un amigo que acompaña en el descanso y en la faena. Como una presencia cálida para llevar en el bolsillo del corazón por todas las encrucijadas de la tierra.

Pero también «Camino» supondrá una cruz. Algunos presentarán en Roma, ante la Santa Sede, una acusación de herejía contra sus textos porque enseña que los cristianos corrientes deben santificarse en medio del mundo. Una de las personas de la Curia encargada de examinarlo, después de señalar que todo el contenido del libro es conforme a la fe y la doctrina católica, comentará:

«Realmente hay tres afirmaciones: la santa coacción, la santa desvergüenza y la santa intransigencia, que son muy fuertes. Pero si pensamos en las Bienaventuranzas, también es rotundo lo que predica el Señor: dichosos los que sufren, dichosos los que lloran (...) no hay inconveniente en unir el adjetivo santo a los sustantivos coacción, desvergüenza e intransigencia (20).

Además, desde Pío XII, han leído "Camino" todos los Papas»(21).

Ahora, en estos momentos de Burgos, continúa también su trabajo intelectual. Domina los textos latinos de la Escritura, los clásicos castellanos y muchos de los escritores contemporáneos. Y, en la medida en que se lo permiten las circunstancias, no deja de estudiar, para mantener en forma el instrumento de su inteligencia en un mejor servicio de Dios y de los hombres.

Habla frecuentemente de su preocupación por el trabajo científico y así lo deja escrito en los puntos de «Camino»:

«Antes, como los conocimientos humanos -la ciencia- eran muy limitados, parecía muy posible que un solo individuo sabio pudiera hacer la defensa y apología de nuestra Santa Fe.

Hoy, con la extensión y la intensidad de la ciencia moderna, es preciso que los apologistas se dividan el trabajo para defender en todos los terrenos científicamente a la Iglesia.

-Tú... no te puedes desentender de esta obligación»(22).

Su visión es siempre positiva, pero le duele la labor descristianizadora de muchos profesores y de ciertos grupos organizados que han dejado su impronta corrosiva en ambientes universitarios y culturales.

Por eso no ceja en el despliegue de una tarea sacerdotal que le ocupa el tiempo y las energías. Quiere «ahogar el mal en abundancia de bien»(23). Hay un momento, en medio de su enorme actividad pastoral, en que se queda sin voz, completamente afónico. Este síntoma se acompaña de hemorragias que le hacen sospechar la existencia de una tuberculosis pulmonar: enfermedad que, en el año 1938, y en aquellas circunstancias, prácticamente no tiene curación. El Fundador piensa que, en esas condiciones, no debe continuar trabajando con gente joven por el peligro de contagio.

Y reza, porque no acierta a proyectar su vida alejado de una juventud que Dios ha puesto ya, abundante y generosa, en su camino. Pide también oraciones a todos sus hijos. No le preocupan su salud ni su persona. Acepta la enfermedad como una caricia del amor de Dios. Pero piensa que debe ser el instrumento para llevar el Opus Dei adelante. Y le pide al Señor las condiciones físicas suficientes para poder seguir abriendo camino. Finalmente, a pesar de los síntomas, los médicos declaran que no hay trazas de esa enfermedad.

Su trabajo en la etapa de Burgos se completa con la realización de un volumen de investigación histórica dedicado al tema de «La Abadesa de las Huelgas». Había terminado ya prácticamente sus trabajos de Tesis Doctoral en Derecho, en la Facultad de Madrid. El tema primitivo -sobre «Ordenación de mestizos y cuarterones en el siglo XVI»-, que fue meticulosamente estudiado, se puede dar por perdido en los desastres de la guerra. Pero ahora, a menos de dos kilómetros del centro de la ciudad, tiene un Monasterio con un extenso y rico archivo histórico. Tras lograr el permiso del Arzobispo de Burgos y de la Abadesa de Las Huelgas, Ilustrísima señora doña Esperanza de Mallagaray, inicia su nuevo campo de investigación. Este será el tema de su futura Tesis Doctoral.

Con frecuencia, se le ve llegar a pie por el camino de chopos de El Parral que bordea la estructura gótica del Monasterio, a pesar de que supone una buena andadura desde la ciudad. Le han instalado en el llamado Contador bajo. Sobre una mesa de estilo español, pasa horas leyendo legajos y manuscritos que se apilan en el archivo y que las religiosas le proporcionan- amablemente.

Algunas veces, les celebra Misa en una de las espléndidas capillas de la iglesia monacal. Junto a las especies sacramentales ofrece, una vez más, la savia de una renovada raza de cristianos en todos los quehaceres, en todos los lugares, en todos los minutos del día. No es su vocación de índole claustral. Sabe que Dios le pide un modo de ser contemplativo en medio de la calle; una inmensa celda, grande como el mundo, para la actividad, los amores y los horizontes de sus hijos en la Obra.

Y esta Abadía Cisterciense le entiende, le aprecia y se aprovecha de su enseñanza espiritual. Cuando pase el tiempo, varias Comunidades del Císter, entre ellas la de Las Huelgas, serán nombradas Cooperadoras del Opus Dei. Significa que los pasos de los hombres y mujeres de la Obra estarán acompañados por la oración de estas religiosas. Significa, también, el entendimiento entre dos vocaciones muy distintas pero de raíz común: la presencia de Cristo como principio y fin de toda aspiración humana.

En 1944, Monseñor Escrivá de Balaguer enviará a esta Abadesa y Comunidad un ejemplar de «Camino» y otro de «La Abadesa de las Huelgas». En ellos agradece, con una afectuosa dedicatoria, el interés, la comprensión y ayuda que le otorgaron durante esta fructífera estancia en la ciudad castellana de Burgos.

Un 12 de octubre

Una de las alegrías de don Josemaría es la de poder recibir alguna correspondencia escrita de los seres queridos que ha dejado en Madrid. A través de algunas personas amigas que residen en Francia, logra establecer contacto con la zona republicana. Sus cartas traspasan los Pirineos; una vez allí, se cambian de sobre y emprenden la ruta de la capital de España a nombre de Isidoro Zorzano. Las respuestas vienen por la misma vía. Así puede comunicarse con su familia y con los miembros del Opus Dei que han quedado refugiados en Legaciones y Embajadas extranjeras. La charnela sobre la que gira este intercambio de interés y afecto es Isidoro: durante estos meses transmitirá, con toda fidelidad, el aliento del Fundador a sus hijos. Y también las anécdotas, peligros y vicisitudes de la vida de la Obra, al otro lado de las fronteras que impone un país dividido en dos mitades que se enfrentan.

Los que quedaron en la Legación de Honduras, desde la salida del Padre, piensan abandonar el refugio diplomático y presentarse en el ejército republicano. Tienen la idea de que una vez en el frente podrán intentar el paso a la otra zona de España. Isidoro ha quedado como director en Madrid; no les permite que arriesguen de este modo sus vidas. Y así transcurre el tiempo. Un día, a finales de junio, está haciendo la oración ante un crucifijo que conserva en la mesa de su despacho y entiende con claridad que conseguirán cruzar el frente para reunirse con el Padre en Burgos. El Fundador, por su parte, recibe de Dios la misma convicción. Tan absoluta es su certeza sobrenatural que comunica a la madre de Alvaro del Portillo y a la de Vicente Rodríguez Casado -que están también en Burgos- la noticia de que sus hijos, en el mes de octubre, llegarán a la zona nacional.

Isidoro da su consentimiento para salir de la Legación de Honduras a los tres que aún quedan allí. Están asombrados de verle con una decisión tan firme y tan dispar a la que ha mantenido durante todo este período de espera. No hay vacilaciones. La fe en la oración y en la Providencia que vela por el futuro de la Obra, son indudables.

En julio de 1938 abandonan su refugio(24). Alvaro del Portillo acude a sentar plaza y recibir su documentación de soldado como si perteneciera a la quinta más joven. Pero antes de salir camino del frente surge un contratiempo: Vicente Rodríguez Casado, que está en la Embajada de Noruega, se ha puesto enfermo debido al prolongado encerramiento. Alvaro se presta a conseguir una nueva documentación para que Vicente pueda salir de la Embajada sin peligro, ya que es una de las más vigiladas por la cantidad de refugiados que se han acogido a su protección.

Enseguida se presenta de nuevo, con otro nombre, en el ejército. Esta vez acude como si perteneciera a la quinta mayor de edad recientemente movilizada. Es sorprendente que nadie le reconozca.

El Padre sigue las incidencias por las que están pasando sus hijos a través de las cartas de Isidoro, que escribe varias veces al mes. Pide a la familia de Vicente Rodríguez Casado que rece por los que van a intentar el paso a la zona nacional, cruzando las trincheras, para que se les allanen las dificultades.

El 10 de octubre, cuando llegan al frente de Somosierra (Guadalajara), Alvaro del Portillo, Vicente Rodríguez Casado y Eduardo Alastrué esperan la ocasión propicia para atravesar las líneas.

Por fin, el día 11, a primera hora de la mañana, comienza la peligrosa y durísima travesía. Las estribaciones de la Sierra les desorientan; en algunos momentos se sienten perdidos porque la niebla es cerrada en lo alto de los montes. Andan durante todo el día. Tienen que guarecerse en una cueva al llegar la noche porque el frío es inclemente. Al amanecer, emprenden la caminata y al poco tiempo avistan un pueblo que emerge entre los árboles de un pinar. Cuando oyen repicar las campanas de la iglesia llamando a la Misa de la Virgen, saben que han cruzado a la zona nacional. Es el día del Pilar. Allí mismo, sobre el camino, rezan su acción de gracias. Dos jornadas más tarde, abrazan al Padre en Burgos.

La alegría de esta nueva reunión es inmensa. El Padre no sabe qué hacer para que disfruten y descansen. Les lleva por la ciudad antigua: el Arco de Santa María, San Nicolás, Santa Gadea, la Catedral. También por los verdes alrededores bajo el cielo nítido y frío de este otoño. En lo alto de las agujas góticas observan la perfección de las tallas de piedra, afiligranadas; les subraya que aquél es un trabajo hecho cara a Dios. Los hombres no alcanzan a verlo desde abajo. Otean, desde aquella impresionante atalaya, los anchos horizontes, los tonos ocres de la llanura.

No son muchos los días que van a poder estar juntos. Alvaro del Portillo es destinado inmediatamente, por su carrera, a la Academia de Ingenieros donde se lleva a cabo la preparación de los alféreces provisionales. Al concluir el curso, le destacan a un pueblecito de la provincia de Valladolid llamado Cigales, donde está acuartelado un Regimiento en período de formación. Cada vez que consigue un permiso, se acerca a Burgos para ver al Padre; por su parte, el Fundador, cuando puede, llega hasta Valladolid para charlar, largo y tendido, con Alvaro. Sobre esta llanura apuntalada por los chopos, extienden el panorama humano y divino de la Obra. Añoran el mundo entero para ponerlo en las manos de Cristo. Desde que la Legación de Honduras les brindó albergue obligado durante muchos meses, el Padre ha cambiado impresiones frecuentes con Alvaro. Ha medido la talla moral y humana de este hijo suyo y cuenta con él para todo.

A lo largo de la contienda, morirá en el frente Pepe Isasa, miembro del Opus Dei, y algunos amigos de Ferraz. Ricardo Fernández Vallespín resultará herido. Los demás sobrevivirán. Algunos serán dispersados por la guerra. La mayoría va a permanecer fiel, gracias también a la oración y al afecto de todos por cada uno.

«Orad los unos por los otros. -¿Que aquél flaquea?... -¿Que el otro?...

Seguid orando, sin perder la paz. -¿Que se van? ¿Que se pierden?... ¡El Señor os tiene contados desde la eternidad! »(25)

Casi todos comenzaron esta prueba siendo muy jóvenes de edad y de experiencia. La concluyeron con una madurez y entrega superior a las que se pueden adquirir en tres años de vida normal.

«El vendaval de la persecución es bueno. -¿Qué se pierde?... No se pierde lo que está perdido. -Cuando no se arranca el árbol de cuajo -y el árbol de la Iglesia no hay viento ni huracán que pueda arrancarlo- solamente se caen las ramas secas... Y ésas, bien caídas están»(26).

En noviembre de 1938 concluye la batalla del Ebro. Poco después cae Cataluña. El 1 de abril de 1939 se escucha el último parte de radio: la guerra ha terminado.

El Padre regresa a la capital de España el 28 de marzo. Todo lo que habían levantado con tanto esfuerzo se ha convertido en ruinas. Pero entre los escombros de Ferraz 16, permanece intacto un pergamino:

«... Un nuevo mandato os doy; que os améis los unos a los otros como Yo os he amado... ».

Es más que suficiente. El único cimiento que Dios les deja para empezar de nuevo. La representación escrita de un amor universal que no se para, no se ha parado nunca, en colores ni fronteras. Una renovada ilusión y fortaleza por emprender y llevar hasta Cristo las actividades todas de la tierra.

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