Fuertes en la fe

«Pero la palabra de Dios no está encadenada» (2 Tim II, 9)

Tiempo de persecución

La guerra civil española no fue exclusivamente un enfrentamiento de sistemas políticos ni de iras sociales. Fue, también, una persecución de índole religiosa que venía fraguándose muchos años antes. Ilustran este aserto las cifras de fusilamientos recogidas en diversas publicaciones: 13 Obispos, 4184 sacerdotes, 2365 religiosos, 283 religiosas(1).

Después de la sublevación del Ejército de Africa, hay que esperar al día siguiente para que el Gobierno anuncie, veladamente, los primeros informes. Lo cierto es que, el 18 de julio, el levantamiento llega a la Península y queda establecido en Aragón, Navarra, Castilla la Vieja, León, Galicia y Andalucía la baja. En líneas generales, las restantes regiones permanecen junto al Gobierno. Este decide entregar armas a las masas populares, que van a tomar parte activa en este trágico conflicto que se prolongará durante casi tres años.

Unos meses antes, doña Dolores Albás, con sus hijos Carmen y Santiago, ha tenido que abandonar su residencia en la Casa Rectoral del Patronato de Santa Isabel: es ya seriamente peligroso vivir en un edificio en el que existe una iglesia, un convento de religiosas de clausura y el Colegio de la Asunción. No hay que olvidar que está enclavado, además, en el populoso barrio de Atocha, con la estación del Mediodía en sus proximidades, la Facultad de Medicina de San Carlos y un gran mercado. Zona de mucha confluencia en la que frecuentemente se suceden las revueltas estudiantiles y los asaltos por parte de los obreros que trabajan en este distrito de Madrid.

La casa de Ferraz, situada prácticamente en el otro extremo de la capital, impone al Padre interminables recorridos, a pie o en malos medios de transporte, para atender la Residencia y sus obligaciones sacerdotales en el Patronato. Habitualmente, sale de Ferraz de noche, tras oír muchas confesiones, dar varios círculos o clases de formación, hablar y animar a todos. Es fácil suponer la hora de llegada a su casa de Atocha y la zozobra con que, repetidas veces, doña Dolores le espera, en un tiempo en el que, aun a plena luz, resulta peligroso aparecer como sacerdote. Utilizará la sotana hasta el mismo día 18 de julio.

Con frecuencia, esta valiente confesión pública de su condición sacerdotal le ha costado -como a tantos otros sacerdotesinsultos, ironías y pedradas.

En cierta ocasión, durante un desplazamiento en tranvía, de pie, en el pasillo, se apoya en las barras del vehículo para no tambalearse con los frenazos. Muy cerca, un albañil, que llega de su trabajo manchado de cal, se deja caer, intencionadamente, sobre la sotana negra del Padre cada vez que el vehículo modifica su marcha. Los pasajeros ríen la gracia o disimulan de, modo cobarde. Al llegar a su punto de destino, el Padre se vuelve y le toma por los hombros. Parece que el incidente puede terminar de mala manera. Pero, ante el asombro general, el sacerdote le dice con voz alta y tranquila:

-«Hijo, vamos a completar esto»(2).

Y le da un fuerte abrazo. Con lo que la sotana acaba de embadurnarse con el yeso que quedaba disponible.

Ya hace tiempo que el Padre sabe dominar los impulsos de su fuerte carácter. Son muchos años de dura batalla ascética. Esta lucha ha terminado haciéndole sonreír en lugar de protestar, callar en vez de justificarse. O, como en este caso, dar un abrazo y gastar una broma al que, humanamente, no se lo merece.

En estas circunstancias, piensa que su familia no debe compartir sus riesgos, y decide instalar a su madre y hermanos en un pequeño piso alquilado de la calle del Doctor Cárceles, hoy Rey Francisco. Pedro Casciaro y Paco Botella van a prestar ayuda para la mudanza. Es un sábado. Suben la escalera de un solo piso en la Casa Rectoral de Santa Isabel y saludan, por primera vez, a doña Dplores. Su cara es todavía joven y expresa serenidad, pero también sufrimiento; tiene los ojos llorosos, porque don Josemaría ha decidido permanecer allí, a pesar del peligro que supone. La mayor parte de los muebles ya están listos para su traslado. La ropa y demás enseres se hallan distribuidos en baúles y maletas: será una mudanza ordenada y rápida. En poco tiempo queda todo instalado en el nuevo domicilio de la calle del Doctor Cárceles.

El 19 de julio de 1936 los que se encuentran en la Residencia de Ferraz 16, frente al Cuartel de la Montaña, observan, desde los balcones, cómo se va llenando el edificio de militares y civiles sublevados contra el Gobierno. Ellos siguen trabajando en la instalación de la Residencia, como si nada ocurriera. Unos colocan los muebles en sus lugares adecuados; José María Hernández de Garnica arregla el jardín; Alvaro del Portillo guarda ropa en los armarios.

A media tarde, patrullas de guardias y milicianos bloquean las calles de acceso. Exigen documentación para cruzar la zona acordonada. Antes de las nueve de la noche, el Padre cree oportuno que regresen con sus familias. Les insiste mucho en que llamen por teléfono, al llegar a sus casas respectivas, para saber que han logrado ponerse a salvo. Quedan solos en la Residencia, el Padre, Isidoro Zorzano y José María González Barredo.

El lunes por la mañana empieza el ataque masivo al Cuartel de la Montaña. Tienen que refugiarse en el sótano porque las balas entran a granel por las ventanas de la Residencia. En casa de los padres de Juan Jiménez Vargas, en la calle de San Bernardo, Alvaro, José María Hernández de Garnica y el propio Juan, esperan alarmados el desenlace de la sublevación. Al mediodía, don Josemaría y los que le acompañan no tienen más remedio que intentar la escapada desde la casa de Ferraz. El asedio del Cuartel está finalizado y muchos de los rebeldes pasados por las armas.

El Padre va a correr un riesgo inminente. No tiene más traje que la sotana que, ahora ya, es garantía segura -por lo menos de peligrosa detención. Lo único que encuentran por la casa es un mono gris que había utilizado José María Hernández de Garnica para llevar a cabo los múltiples arreglos de la casa. Le queda mal de medidas. Por añadidura, el Padre tiene una gran tonsura, bien visible. Y así, sin nada con que cubrirse la cabeza, sale de Ferraz y cruza por entre los numerosos grupos de milicianos, con armas y airados por la reciente sublevación. Increíblemente, nadie se fija en su aspecto.

Acaba de iniciarse un éxodo que va a durar largo plazo. A partir de este momento no habrá lugar seguro y su vida peligrará con frecuencia. La Obra se ve forzada a replegar su actividad y esconderse en la intimidad del corazón de estos hombres. Una de aquellas tardes, Alvaro y Juan caminan por la calle de San Bernardo:

-«¿Cómo va a terminar esto? Si triunfa la revolución comunista, aquí no se podrá seguir y tendremos que planear una Residencia en el extranjero. Pero si Dios ha querido que la Obra empezara en Madrid, y ya tiene un cierto desarrollo, no es probable que esto sea para volver a empezar. Por eso hay que pensar que todo acabará bien, y continuarán con normalidad las labores que ya están empezadas»(3).

Tienen la seguridad moral de que al Padre no le puede ocurrir nada, aunque deban emplear todos los medios a su alcance para defenderle. Y cuentan, sobre todo, con la protección de Dios.

Una Providencia tanto más evidente, cuanto que su acción se va a desarrollar sobre un país exacerbado y en una ciudad en la que el fusilamiento, la persecución religiosa y la muerte van a convertirse, durante meses, en acontecimientos repetidos y habituales.

El mismo día 25, Juan decide acercarse a la Residencia de Ferraz para recoger algunas cosas de interés que hayan podido quedar abandonadas. Nada más entrar, llega una patrulla a requisar la casa. Lo registran todo. La sotana sigue colgada en el cuarto del Padre. Allí están también las disciplinas y cilicios que usa don Josemaría. Se cruzan bromas de mal gusto entre los milicianos, pero ninguno intenta averiguar el paradero de los antiguos inquilinos. Incluso le dan a Juan una carta de Alemania que ha llegado a nombre de don Jósemaría.

Desde Ferraz los milicianos llevan a Juan a casa de sus padres a continuar el registro. Allí tiene un fichero con los nombres y direcciones de todos los que frecuentan la Residencia. Providencialmente no lo encuentran. Y, cuando ya espera la detención, le dejan con toda tranquilidad en su casa.

Esta liberación impensada le pone en marcha hacia el domicilio de la calle del Doctor Cárceles, donde el Padre sigue oculto y donde pasará los primeros días del mes de agosto. De momento, no parece peligroso permanecer en el piso en el que vive doña Dolores con sus hijos. Incluso las notas y escritos íntimos de la Obra que el Padre conserva, hace días que se han trasladado hasta aquí en una maleta. Su madre los pondrá a salvo más adelante, con riesgo de su vida, un día en que los milicianos registran la casa donde se encuentra y ha de esconderlos dentro de un colchón; después, se acostará sobre ellos con el aspecto de una mujer anciana y enferma. En verdad lo parece por tantas zozobras, privaciones y vicisitudes.

La etapa va a ser inolvidable para los que tienen la oportunidad de convivir con el Padre. Su buen humor, el coraje que echa a las situaciones y, a la vez, la profundidad de su sufrimiento son algo grabado a fuego en el ánimo de los primeros. Tanto que, meses después, cuando el Fundador ya esté en Burgos, Juan escribe contando los sucesos de estas jornadas madrileñas y comenta, con seguridad y emoción: «He tenido la oportunidad de saber lo que es un santo».

Este escondite va a durar poco tiempo. En los primeros días de agosto sube el portero y les comunica que ha habido una denuncia. En varios pisos se ocultan más refugiados. En la zona conocen a don Josemaría Escrivá de Balaguer como sacerdote, y han ahorcado a un hombre que se le parecía mucho en un árbol, en plena calle. Nunca se sabrá el nombre de esta víctima. Pero ocupará un lugar en la oración y el recuerdo de don Josemaría Escrivá de Balaguer durante toda su vida.

Doña Dolores da a su hijo el anillo -la alianza- de su marido, que llevaba junto al suyo desde que enviudó: podrá servirle, piensa, para que, tomándolo por persona casada, queden desorientados los que van a la caza de los sacerdotes.

Tiene que salir al día siguiente, y ocultarse en un piso de la calle Sagasta número 33(4). Pertenece a la familia Sáinz de los Terreros, que ha sido dispersada por la guerra civil; la mayoría de sus miembros está fuera de la capital y el hijo mayor se encuentra detenido. Solamente quedan en el piso Manolo Sáinz de los Terreros y Martina, una sirvienta de setenta años que ha pasado con ellos casi la vida entera. Manolo es ingeniero de Caminos y trabaja en una empresa constructora.

El piso de Sagasta tampoco es un lugar seguro. No se puede confiar en el portero, ya que los milicianos frecuentan su casa y la amistad de sus hijos, con los que confraternizan en un bar situado al otro lado de la calle: La Mezquita.

Teóricamente nadie conoce la existencia de refugiados en el tercer piso. Manolo desayuna y come todos los días fuera de casa, cerca de su trabajo. Así, Martina puede comprar la comida para sustentar a los refugiados -el Padre, Juan Jiménez Vargas y Juan Manuel Sáinz de los Terreros, primo de Manolo, que llegará después al piso- sin llamar demasiado la atención.

Desde los balcones de la casa, y con mucha precaución, se pueden seguir los pasos de los que entran y salen del portal. El día 11 hay un registro masivo en las dependencias del último piso: se trata de la familia del Conde de Leyva. Ya se habían llevado detenido al cabeza de familia y quedan todavía, en la casa, la madre y cinco hijas. Habitualmente ocultan a dos refugiados que hoy, casualmente, están en otro lugar.

El clima es de alarma permanente. Todos los días Manolo trae la noticia de algún fusilamiento de personas conocidas. Pero, de vez en cuando, llegan informaciones consoladoras: Isidoro recibe unas cartas que Ricardo ha escrito desde Valencia y que confirman el buen estado en que se encuentran todos los de allá. Levante ha quedado en poder del Gobierno. Ricardo se ha presentado voluntario al ejército de la República en un intento de abandonar Valencia, y Paco no ha sido movilizado todavía.

Isidoro Zorzano, de nacionalidad y pasaporte argentinos, es el único que tiene relativa libertad para andar por Madrid. Arriesgando su seguridad personal, podrá traer, en el futuro, mensajes del Padre a todos y cada uno de los miembros de la Obra. Mantendrá con ello la fe y la esperanza de verse reunidos cuando la situación retorne al equilibrio.

El 28 de agosto cae un bombardeo furioso sobre Madrid. Los ánimos se exacerban, y aumentan cada vez con mayor virulencia los registros y persecuciones. La guerra civil española empieza a conocer episodios de atroz revancha.

El día 30 de agosto, hacia la última hora de la mañana, aparece inesperadamente un grupo de milicianos. Llaman a la puerta principal y Martina, la anciana sirvienta, acentuando su defecto auditivo, da grandes y amistosas voces al grupo de registro para que los refugiados puedan huir por la puerta de servicio y esconderse en las buhardillas superiores. Allí se meten en un pequeño espacio inmediatamente debajo del tejado. No pueden ponerse en pie porque no lo permite la altura del techo. Y así, con un calor de justicia, permanecerán ocultos el Padre, Juan Jiménez Vargas y Juan Manuel. Los milicianos suben hasta cerca del escondite; pero, de modo inexplicable, se detienen ante la puerta de la buhardilla que está ocupada y pasan de largo.

Cuando oyen su proximidad, el Padre se dirige a Juan Manuel Sáinz de los Terreros y le descubre su identidad sacerdotal:

«Soy sacerdote. Estamos en momentos dificiles, si queréis, haced un acto de contrición y os doy la absolución»(5). Y así lo hace.

Tendidos sobre el pavimento de la buhardilla, comentan lo que puede suceder si entran allí los milicianos. Lo más lógico, humanamente, es pensar en una muerte segura. Sin embargo, no pierden la tranquilidad, hasta el punto de que Juan se duerme profundamente sobre el suelo lleno de polvo.

Mientras tanto, las vecinas Leyva, amigas de la familia Sáinz de los Terreros, han avisado al dueño del piso. Saben siempre dónde llamar en caso de peligro:

-«Manolo: no vengas a comer. Ven mañana. Hoy no vengas».

Entiende que están registrando su casa. Y llega con toda urgencia, pálido ante la posibilidad de que hayan descubierto al Padre y a los otros. Acaba de jugarse su propia libertad y, quizá, también la vida. Es detenido nada más aparecer. Pero, tal vez por esto, consigue que el registro no sea tan minucioso en las buhardillas y que el pequeño grupo quede a salvo bajo el calor sofocante de este mes de agosto. En esta situación permanecen desde la una hasta las ocho de la tarde. A esta hora, hay orden de cerrar los portales y no cabe esperar ningún registro.

Juan es el primero que baja despacio la escalera y llama en la puerta del piso superior. Abre Mercedes Conde-Luque, una de las hijas de los Condes de Leyva:

-«¿Me daría un poco de agua?»

Está absolutamente cubierto de polvo negro. En la casa ya todos han supuesto que un grupo ha conseguido escapar al registro y se encuentra, todavía, oculto en la buhardilla.

-«Pero, pasa, pasa»

-«Estamos tres arriba»

-«Pues bajad inmediatamente»

Y así se refugian hoy en esta generosa hospitalidad que el Padre agradecerá para siempre. La Condesa les presta ropa de su marido, mientras lava la que don Josemaría y los demás han llevado puesta.

Están casi deshidratados. El Padre, levantando un vaso, comenta:

-«Hasta hoy no he sabido lo que vale un vaso de agua»(6).

Aquí permanecerán dos noches y un día. Pero el lugar no puede ser más peligroso para quien les acoge y para el grupo refugiado. Salen el 1 de septiembre, muy de mañana, uno por uno, eludiendo la vigilancia constante del portero. Pero consiguen llegar hasta la calle sin tropiezos.

De nuevo el Fundador, sin documentación alguna, anda por Madrid esquivando un peligro que puede surgir en cada esquina. Tiene que solicitar hospitalidad de la familia González Barredo, en la calle Caracas. Cuando llega, se encuentra agotado. Apenas puede dar un paso.

Mientras tanto, Alvaro del Portillo ha logrado encontrar un piso desocupado en la calle de Serrano. Allí está escondido con su hermano Pepe. El inmueble es de unos amigos y se encuentra, aparentemente, protegido por la bandera argentina. Unos colores blancos y azules campean sobre una ventana por todo salvoconducto.

Un día, Alvaro tiene la curiosidad, peligrosa, de averiguar si continúa su nombre en la nómina del Ministerio de Obras Públicas. Es una locura salir por Madrid y acercarse a un organismo oficial, pero no lo piensa demasiado. Llega a las oficinas de la Confederación Hidrográfica del Tajo, habla con el encargado y, efectivamente, puede cobrar sus mensualidades atrasadas. Cuando abandona el edificio, pasa cerca de la Plaza de Alonso Martínez. Y piensa: «¡Esto hay que celebrarlo!». No se le ocurre otra cosa que sentarse en la terraza del bar La Mezquita a tomar una cerveza. Cualquiera dedos milicianos que frecuentan el bar puede solicitar su documentación y encarcelarle inmediatamente. Pero sigue allí, a la vista pública, después de haber abandonado su escondite temporal. De pronto, ve acercarse a don Alvaro González, padre de José María González Barredo. Viene corriendo hacia él, nerviosísimo.

-«¡Gracias a Dios que le encuentro! ¿Sabe quién está en mi casa? ¡El Padre! Me ha pedido que le dejase descansar un momento, porque no puede más, no se tiene en pie. Pero resulta que el portero no es de confianza, y si se ha dado cuenta estamos todos en peligro»(7).

Sobre el Fundador pesa más la preocupación constante por todos los miembros de la Obra que su propia seguridad personal. Les recuerda intensamente, uno por uno, durante este tiempo de zozobra. Es imposible celebrar la Santa Misa, pero reza sin descanso. Sufre por la persecución de la Iglesia, por el odio incontrolado que domina las situaciones, por la confusión que reina en el país. No puede conciliar el sueño pensando en aquellos que andan dispersos por refugios, cárceles y campos de batalla. A esto se une el agotamiento físico: carece de alimentos, de ropa, de un techo al que acogerse.

Alvaro no duda un momento:

-«Pues que se venga conmigo».

-«Voy a recogerle enseguida».

Pocos minutos más tarde, Alvaro se encuentra con el Padre. Le lleva hasta el refugio de la calle de Serrano, junto a la Dirección General de Seguridad. Pocos días más tarde llegará, también, Juan Jiménez Vargas.

Durante casi un mes, este grupo vivirá en un obligado encierro. A pesar de las circunstancias, aprovechan bien el tiempo. Trabajan y rezan por la solución de la guerra civil que ha dividido el país en odio inconciliable, por la Iglesia y por la Obra. Piensan en el futuro sin el menor desaliento.

Se acerca el 2 de octubre de 1936. El Padre piensa que, en estos años, Dios le ha enviado un regalo cuando llega el aniversario de la Obra: una vocación, una noticia alegre, un proyecto luminoso... Charlando ahora con Alvaro del Portillo le dice:

-«¿Qué caricia nos tendrá reservada el Señor?» (8).

Y la respuesta no tarda en llegar. Ramón, un hermano de Alvaro, llega a la casa el día 1 de octubre. Viene aterrado por las noticias que ha podido recoger. Están registrando las casas de la familia dueña de este inmueble de la calle de Serrano. Han fusilado ya a seis o siete personas, entre ellas a un religioso. No tardarán en venir hasta aquí. Tal vez es cuestión de momentos.

Años después, Monseñor Alvaro del Portillo recordaría así la reacción del Fundador frente a aquellas noticias:

«Ante el peligro inminente de martirio (...) el alma de nuestro Padre se llenó de gozo con el pensamiento de entregar su vida por Dios; pero al mismo tiempo, el Señor le “dejó solo” por unos momentos y -así lo explicaba nuestro Fundador- vio su debilidad humana, sus pocas fuerzas: entonces sintió un miedo muy grande. Se repuso inmediatamente, y comprendió que toda su fortaleza era prestada, del Señor, y que sin El no podía nada. Entendió que ése era el regalo que el Cielo le hacía en la víspera del aniversario de la fundación de la Obra: la necesidad de confiar en el Señor, y no fiarse de sus fuerzas»(9).

El peligro es inminente, y el Padre y Juan Jiménez Vargas deciden abandonar la casa y buscar otro lugar en el que poder ocultarse.

Días antes se le ha ofrecido a don Josemaría la oportunidad de trasladarse a un refugio seguro. El hallazgo proviene de José María González Barredo, que concierta una entrevista con el Fundador en pleno Paseo de la Castellana. Monseñor del Portillo recuerda así este suceso:

-«Está todo resuelto, para usted».

Saca del bolsillo de su chaleco una de esas pequeñas llaves Yale, y continúa:

-«Basta que vaya usted a tal casa -le da las señas completas-, entra, y se queda allí. Pertenece a una familia amiga mía, que se encuentra fuera de Madrid. El portero es persona de confianza».

-«Pero ¿cómo voy a estar allí solo...?».

Y aquel hijo suyo, sin pensarlo mucho, replica:

-«No se preocupe. Hay allí una sirvienta, una mujer que es también de toda confianza, y que podrá atenderle en lo que necesite».

-«¿Qué edad tiene esa mujer?».

-«Pues veintidós o veintitrés años»(10).

El Fundador mira a este hombre que quizá ha caminado la ciudad entera para buscar un escondite en el que proteger la vida del Padre y le dice:

-«Hijo mío, ¿no te das cuenta de que soy sacerdote y de que, con la guerra y la persecución, está todo el mundo con los nervios rotos? No puedo ni quiero quedarme encerrado con una mujer joven, día y noche. Tengo un compromiso con Dios, que está por encima de todo. Preferiría morir antes que ofender a Dios, antes que faltar a este compromiso de Amor».

Y añade:

-«¿Ves esta llave que me has dado? Pues va a ir a parar a aquella alcantarilla».

Y acercándose al sumidero la deja caer(11).

Después, acude nuevamente al piso de la calle de Serrano donde todavía están Alvaro y Pepe del Portillo. Durante las horas que ha pasado fuera, ha sabido que acaban de fusilar a dos sacerdotes a quienes quería entrañablemente: don Lino Vea Murguía y don Pedro Poveda. Este 2 de octubre ha traído el dolor, que también es, cuando viene de Dios, un presagio de amor.

Poco antes de empezar la guerra civil, don Pedro Poveda hablaba un día con don Josemaría Escrivá de Balaguer sobre la amistad, profunda y sincera, que les había unido siempre.

-«Si nos matan, ¿qué será de nuestra amistad cuando nos encontremos en el Cielo?»(12).

Y comentan que, en la vida eterna, Dios colmará su amistad haciéndola todavía más grande, en el Cielo.

Hoy, la noticia de la muerte de don Pedro Poveda conmueve el corazón del Padre. Y las circunstancias vuelven a ponerle en la calle, expuesto a una detención que puede llegar en cualquier momento.

En los primeros días del mes de octubre don Josemaría, Alvaro del Portillo y José María González Barredo andan vagando por Madrid de una casa a otra sin encontrar asilo seguro. Están agotados. Tienen que descansar sentados en el suelo de la Glorieta de Cuatro Caminos. Un amigo, Eugenio Sellés, les dará nuevo cobijo durante un par de días.

Cada vez que la Providencia le brinda un techo, don Josemaría repite las plegarias litúrgicas de la Santa Misa, aunque no pueda consagrar a causa de la carencia de los elementos materiales indispensables. Lee las oraciones ante el pequeño Crucifijo de un rosario, y pone sobre el ara de su propio corazón el deseo de recibir el Cuerpo y la Sangre de Dios hecho Hombre. Siempre recita el mismo Evangelio, que conoce de memoria: es la escena que narra la llamada a los Apóstoles. Como un grito silencioso vienen a su memoria las playas de Genesaret, y es suya la impaciencia de Cristo por reunir a los hombres para extender el Reino de Dios en la tierra.

Al fin, el Padre puede ocultarse unos días en casa de la familia Herrero Fontana, en la Plaza de Herradores. Alvaro del Portillo es acogido en la Embajada de Finlandia y parece que la situación hace pausa temporal en el peligro. Pero no hay seguridad alguna: el 4 de diciembre un grupo de milicianos asalta la Embajada, y Alvaro es detenido y encerrado en la cárcel de San Antón. Más de mil personas participan de la misma suerte durante estos días. A veces, algunos miembros del Opus Dei van a encontrarse, circunstancialmente, en una celda carcelaria. Así, José María Hernández de Garnica, que está detenido en la cárcel Modelo, se reúne con Alvaro del Portillo después de un traslado al encierro de San Antón. La coincidencia representa un aliento formidable para los dos. De sus corazones, en el patio de la cárcel, sube la oración del Padrenuestro como única arma de victoria. Alvaro y Chiqui recuerdan al Padre, y a todos los de la Obra, y rezan. También Juan Jiménez Vargas ha sido detenido. Vicente Rodríguez Casado, otro miembro de la Obra, debe refugiarse, precipitadamente, en la Embajada de Noruega.

Urge encontrar un lugar que ofrezca mínimas garantías para acoger al Padre. En esta situación sólo aparece un recurso viable: ingresar en la clínica psiquiátrica del doctor Suils, como si fuera enfermo mental. El padre de este doctor fue médico y amigo de la familia Escrivá en Logroño. Una vez que conoce el problema, arregla los trámites para poder acomodar a don Josemaría en una habitación del sanatorio. Aquí se quedará el Padre, a quien acompañará, dentro de unos días, su hermano Santiago y, más adelante, José María González Barredo.

Unicamente Isidoro Zorzano sigue cruzando las calles de Madrid, y consigue mantener el contacto entre los miembros de la Obra. Las noticias de los frentes de combate son contradictorias. La contienda parece estacionada. Nadie sabe cuánto tiempo ni qué resultados va a tener esta lucha entre hermanos que sigue minando pueblos y ciudades.

Sólo la fe es capaz de mantener en pie a don Josemaría. Sin huir de la dura realidad que le circunda, confía más allá de los límites humanos:

«¿Por qué se levantan los pueblos de la tierra y trazan vanos proyectos?»

«Tú eres mi Hijo. Yo te he engendrado»(13).

Tú eres mi hijo. Ahora necesita especialmente aquella seguridad de filiación divina inconmovible que Dios le hizo saber un día de sol, cuando viajaba en oración, dentro de un tranvía madrileño.

En la Legación de Honduras

En enero de 1937, Juan Jiménez Vargas sale de la cárcel y va al sanatorio. El Padre sigue allí, aunque nota un ambiente de recelo. Hay una enfermera que sospecha, desde hace algún tiempo, que este paciente no padece enfermedad alguna. Un día se presentan los milicianos. Hay, en el establecimiento del doctor Suils, otras personas refugiadas que se hacen pasar por locos. La situación es peligrosa. Hasta que un enfermo se acerca a uno de los que amenaza con un arma y pregunta, con toda seriedad, cogiendo la metralleta:

-«¿Esto es un instrumento de aire o de cuerda?»(14)

La intervención es providencial. Los que dirigen la redada deciden que allí no hay nadie en su sano juicio y abandonan el lugar.

Sin embargo, en la clínica no hay sitio para que Juan y José María permanezcan más tiempo allí, y el Padre no quiere quedarse si no puede compartir este refugio con ellos. Es preciso encontrar otro lugar. José María González Barredo está relacionado con el Cónsul de Honduras en Madrid; a través de una cadena de amigos, trazan el plan para lograr cobijo en espera de futuros acontecimientos.

A pesar del gran número de gentes que solicitan asilo político dentro de Legaciones y Embajadas, esta vez la gestión tiene resultados positivos.

A primeros de marzo de 1937 pueden trasladarse al edificio situado en el Paseo de la Castellana número 51, muy cerca de la Plaza de Castelar. Es, en realidad, la propia casa del Cónsul de Honduras. Toda su familia se ha instalado en un par de habitaciones con los muebles y objetos de su propiedad. El resto de la vivienda, más bien destartalada y vacía, ha quedado a disposición de un grupo abigarrado de personas que huyen de la muerte. En los meses de mayor persecución llegará a pasar un número elevado de hombres y mujeres por la protección de esta casa del Paseo de la Castellana.

Nada más entrar, y a la derecha del vestíbulo, hay una puerta grande que se abre a un largo corredor; a los dos lados, varias habitaciones, cada una ocupada por un grupo de personas vinculadas por algún nexo de amistad o parentesco. A uno de estos cuartos con suelo de loseta, provisto de una estrecha ventana que da a un patio interior, llegarán el Padre, su hermano Santiago, Alvaro del Portillo, José María González Barredo, Juan Jiménez Vargas y Eduardo Alastrué, un estudiante que frecuentaba la Residencia de Ferraz. Sobre estos diez metros cuadrados, iluminados por una bombilla que cuelga solitaria del techo, se pueden ver cuatro colchones enrollados, sin ropa alguna de cama. Durante el día servirán de asientos. Por la noche, se extienden sobre el suelo y dan cabida a seis personas.

Los refugiados tienen edades, condiciones y oficios muy diversos, pero predominan los que, en tiempo de paz, dedicaban su actividad a profesiones liberales: médicos, ingenieros, profesores, artistas... Algunos han perdido a varios miembros de la familia; otros, han salido de la cárcel. Muchos, desconocen el paradero de sus gentes.

En esta situación, aislados y reducidos a una interminable espera sin plazo presumible ni resultados finales fáciles de predecir, es lógico que el ambiente sea tenso; a veces crítico. Y que la convivencia resulte difícil porque los nervios, las privaciones e incertidumbres actúan, un minuto tras otro, sobre el ánimo de todos.

En ese ambiente, contrasta y no pasa inadvertido el modo de enfocar y vivir la situación de este grupo de hombres que acaba de llegar a la Legación. Aun participando de la tragedia colectiva, a veces en una medida más colmada que los otros, mantienen la alegría y la paz, el interés por el estudio y el trabajo cotidiano, la atención por cada uno de sus compañeros, la objetividad y caridad en el trato y las conversaciones. El Padre organiza un horario. Desde el primer día, celebra la Santa Misa. Alguna vez puede hacerlo en el vestíbulo, sobre un mueble-consola de traza elegante; y utiliza, como cáliz, una taza de oro que la familia del Cónsul pone a su servicio. Pero el Cónsul y algunos de los refugiados tienen miedo a una denuncia y el Padre ha de celebrar, habitualmente, en la propia habitación en la que permanecen casi todo el tiempo. Colocan varias maletas superpuestas como un altar portátil, y con elementos improvisados, pero elegidos y tratados con el amor y la veneración del uso a que van a destinarse, tiene lugar la Misa cotidiana. El Padre recita despacio, intensamente, las oraciones del Santo Sacrificio.

Con frecuencia les prepara charlas, meditaciones, comentarios a textos evangélicos. Y anima el ambiente con una esperanza y un calor inexpresables. Organizan una tarea para cada uno. Estudian; trabajan en la medida de sus posibilidades. Alvaro del Portillo, incluso, se brinda a llevar las cuentas y gastos de la Legación porque ve abrumada a la familia por la carestía y el número creciente de personas que viven allí. El Padre visita y anima con frecuencia al Cónsul y a su mujer, que se encuentra enferma. Les lleva su sentido sobrenatural, su buen humor, la esperanza en un final más feliz. Y el agradecimiento de cuantos han salvado la vida a costa de su hospitalidad.

La apatía o el aburrimiento no hacen presa en ellos, a pesar de la lentitud con que las horas se deslizan dentro del encierro. José María González Barredo habla de sus experiencias e investigaciones científicas; a veces, salta el recuerdo de su tierra y canta «asturianadas». Juan relata sus andanzas por los frentes. Eduardo Alastrué escribe las charlas y meditaciones de don Josemaría, ayudado por una memoria de hierro que no le falla nunca. Alvaro hace observaciones sobre el ambiente, con una visión humorística que despierta la risa colectiva. Santiago disfruta con las ocurrencias de todos.

A lo largo de toda la vida recordarán aquel encierro, arduo pero también entrañable. Incluso gozoso. Guardan una imagen inolvidable del calor humano y sobrenatural de este rincón de refugiados.

Habitualmente informado de la situación del país, el Padre está atento a cuanto ocurre, aunque no se deja abatir por noticias adversas. Cuando los demás celebran victorias, él permanece callado. Este es un desastre entre hermanos y como tal le afecta. Los que comparten estas largas horas son testigos de que nunca se le oye un comentario peyorativo ni para las personas, ni para las dificultades de toda índole.

No es prudente que Isidoro Zorzano visite con exceso la Legación. Por eso, hay otros emisarios que resultan insustituibles: son los hermanos pequeños de Alvaro del Portillo, María Teresa y Carlos. Debido a su corta edad, los vigilantes de la puerta son grandes amigos. Bromean con los chiquillos y les dejan pasar sin dificultad. María Teresa y Carlos van a ver a su hermano, aunque ése es un secreto que saben mantener. Y además, llevan ocultas en los calcetines noticias que Isidoro les traspasa. El Padre les da, alguna vez, pequeños papeles escritos de modo que no puedan comprometer, que salen de la Legación de Honduras por la misma inocente valija diplomática. Los llevan hasta la casa de Isidoro en la calle de Serrano.

A los pequeños les gusta mucho ir a la Legación. Se sienten importantes y, además, lo pasan muy bien. Ven a Alvaro; juegan sobre los colchones y el Padre les hace reír de firme.

Años más tarde, recordando estas anécdotas, el Padre habla con María Teresa y Carlos:

-«¿A que siempre estábamos de muy buen humor?»(15)

Preocupa a don Josemaría no tener noticia de los que han quedado en Levante. Por eso, decide escribir desde la Legación. Pero resulta peligroso porque existe una censura de correos muy estricta: ni las propias Embajadas están a cubierto de asaltos, saqueos y fusilamientos. Sin embargo, el Padre ve la necesidad de tener un mínimo contacto con sus hijos a lo largo de estos meses. Por este motivo, en sus cartas deberá utilizar una terminología comprensible para ellos pero oscura para la investigación de los censores. De este modo, los miembros de la Obra, dispersos por la geografía de España, tendrán noticias del Fundador y de quienes le acompañan.

A pesar de su ánimo, la energía humana y sobrenatural del Padre se siente prisionera dentro de estos muros. Sigue sin documentación civil que le permita salir, pero, tras varias gestiones, consigue del Cónsul un documento que le acredita como Intendente General del Consulado de Honduras. Es muy poca protección pero, al menos, puede parar un primer golpe. Le regalan un traje que, por supuesto, no responde a sus medidas. Está delgadísimo: ha perdido más de treinta kilos durante su encierro.

La falta de alimentos es muy grave; además, el Padre se somete a una penitencia continua que le lleva a ceder parte de la exigua comida a otros refugiados y a buscar la mortificación voluntaria que añade a las penalidades del entorno. La mayor parte de los días se mantiene con un poco de sopa de arroz y algarrobas. No hay otra cosa.

Un día, doña Dolores Albás puede acudir a la Legación de Honduras para ver a su hijo sacerdote -después de muchos meses de persecución y angustia-, y no le reconoce. Tanta es su. delgadez. Sólo puede identificarle cuando la llama. El único rasgo que mantiene intacto es el tono de voz.

Desde que don Josemaría tuvo que huir precipitadamente de la casa de su madre, en agosto de 1936, ella y Carmen no le han vuelto a ver. Los miembros de la Obra que aún pueden circular por Madrid, aprovechan la menor coyuntura para acercarse a la casa de la calle de Caracas, donde la Abuela y Carmen están refugiadas. En estas dificilísimas circunstancias siguen encontrando el cariño y la atención de un hogar. Algunos recordarán siempre el día de San José de 1937. La familia del Fundador invita a almorzar a todos los que tienen posibilidad de acudir. Nadie sabe a costa de qué privaciones doña Dolores y Carmen convierten la jornada en una gratísima fiesta.

El día 31 de agosto de 1937, don Josemaría abandona este refugio definitivamente, para iniciar su actividad apostólica dentro de la ciudad en guerra. Vive en una pensión, en el ático del número 67 de la calle de Ayala, con Juan Jiménez Vargas.

Lleva con frecuencia el Santísimo consigo dentro de una pitillera de plata, con el interior dorado, envuelto en uno de los pequeños corporales que hiciera su hermana' Carmen. Una vez cerrada, la enfunda en una bolsa de tela que tiene dibujada la bandera de Honduras. El Padre la sujeta además, con unos imperdibles, al forro del bolsillo interior de la chaqueta. Dios hecho Hombre, entre los hombres que sufren, comienza a pasear las casas, las calles de Madrid, protegido por un pabellón extranjero.

Así puede asistir de cerca a la enfermedad de don Ramón del Portillo, padre de Alvaro, que muere el 14 de octubre de 1937 en una casa situada bajo la protección de la Embajada de México, en la calle de Veláquez 98. Le han ocultado a su hijo la gravedad para impedir que salga de la Legación y exponga su vida. El Padre viene todos los días con una cartera en la mano. Ante los extraños, pasa por ser el médico. Don Ramón del Portillo muere a causa de una tuberculosis imparable. El entierro tiene lugar el día 15.

En su incesante dedicación apostólica de estos meses, el Padre se pone en contacto con José María Albareda, que vive en un piso de la calle Menéndez y Pelayo. Allí conoce también a Tomás Alvira, que años más tarde será una de las primeras personas casadas que soliciten la admisión en el Opus Dei. Celebra el Santo Sacrificio en el fervor de pequeñas reuniones, y extrema su amor a la Eucaristía en esta época en la que revive la actuación y el modo de los primeros cristianos durante las persecuciones.

Incluso llega a dar unos días de retiro espiritual, dirigiendo las meditaciones en distintas casas, para no llamar la atención; reúne a unos pocos que se encuentran y separan discretamente, y que rezan, por entre la angustia y la tristeza de los peatones, la luminosa plegaria del Rosario a María, Madre de Dios y de los hombres.

En una tienda que se dedicaba, hasta que estalló la guerra, a vender objetos religiosos consigue una pequeña imagen de la Virgen. Años más tarde, el 14 de febrero de 1961, en Roma, contará cómo fue la aventura de esta adquisición:

«Me acuerdo, como si fuera ahora, de cuando compré esa imagen de la Virgen, en plena guerra civil de España. Fue en la plaza del Angel, en una tienda donde venden marcos, estampas y, sobre todo, espejos. Se asustaron cuando les pedí una imagen de Nuestra Señora. Saqué mis documentos, y la trajeron desde la trastienda, muy a escondidas.

Luego la tuvimos en el piso donde estuve refugiado con Juan: un piso que nos dejaron. Al día siguiente de irnos, cayó allí una bomba.

A mí me gusta mucho esta imagen, porque me recuerda un poquico a mi madre. No es que se le parezca, pero tiene algo de ella»(16)

El cuadro es una reproducción de L'Addolorata de G. B. Salvi, llamado el Sassoferrato, un pintor italiano del siglo XVII. 

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