Los primeros centros del Opus Dei

«Maestro, ¿dónde vives? Les respondió: venid y veréis».(lo 1, 37-39)

Un hogar para la Obra

Desde que llegó a Madrid, doña Dolores Albás ve a su hijo mayor trajinando de un lado para otro, entre pobres y enfermos, dedicado a múltiples tareas y, especialmente, a la atención de muchachos jóvenes que siguen su dirección espiritual y empiezan a invadir hasta su propia casa. Siente alegría por lo que sabe que es una plena dedicación de Josemaría al sacerdocio, a las exigencias del amor de Dios. Pero, como madre, tiene la obligación -como diría frecuentemente el Fundador años después, refiriéndose también a otras madres y a otras circunstancias- de mirar «de tejas abajo». Y, más de una vez, le comunica su inquietud:

«¿Por qué no haces oposiciones a cátedra?»

Sabe doña Dolores que su hijo tiene capacidad y formación para sacar adelante un alto empeño intelectual. Otras veces, plantea el mismo tema recordándole amistades que pueden allanarle un camino brillante. El propio don Josemaría lo contará en varias ocasiones:

-«Y un obispo de mi familia, que después sería mártir, le decía: Lola, ¿cómo no viene a verme tu hijo? (...). Ella insistía: se te está pasando el tiempo»(1).

Don Cruz Laplana, que ha sido consagrado Obispo de Cuenca, es pariente de doña Dolores. Tiene el título de Maestrante de Zaragoza y fama de hombre santo.

Don Josemaría oye los consejos de su madre con cariño. Pero responde siempre con evasivas: juzga que no ha llegado el momento de explicar a su familia lo que Dios quiere de él. Doña Dolores sigue siendo testigo de la vida de oración, de expiación, de intenso trabajo de su hijo mayor, y le ayuda con su aliento. Su hermano Santiago, jugando por la casa, un día encuentra un instrumento de penitencia en la habitación de Josemaría: lo coge con extrañeza y acude a preguntar a su madre:

-«Fíjate lo que le he “pescado” a Josemaría.

-Déjalo donde estaba.

-¿Y qué es?

-Un cilicio»(2).

Ella conoce las mortificaciones, a veces tremendas, a que se somete su hijo. Y, a través de tantos indicios, llega a intuir que Dios pide a Josemaría un género de entrega que tiene poco que ver con el afán de ascensos en la carrera eclesiástica o en cualquier otra. Por eso, el empeño de doña Dolores se volcará, sin vacilación, sin un desmayo, en secundar la Voluntad de Dios sobre su hijo. Esta dedicación será poco llamativa, pero de tal eficacia que va a convertirse en un factor muy importante para la realidad del Opus Dei.

Martínez Campos 4 será, durante algún tiempo, un lugar de reuniones para los primeros miembros de la Obra. La Abuela, como cariñosamente la llamarán todos de ahora en adelante, agrandará su corazón hasta hacerlo doblemente maternal; tendrá mil muestras de cariño con los que empiezan a seguir de cerca el espíritu del Opus Dei. Les recibe siempre, en su hogar, como a nuevos hijos.

Entre el grupo de muchachos que llega a casa de doña Dolores, algunos pertenecen ya a la Obra. Vienen acompañados de amigos que aumentan poco a poco. El Padre se reúne con ellos y habla de cuanto puede interesarles. La tertulia es tan cordial, tan humana y atractiva, que a ninguno le resulta ajeno el futuro que el Padre extiende ante sus ojos: dispersarse por todas las actividades humanas para poner a Cristo en la cumbre, ganar el mundo entero para ponerlo a sus pies, santificando todas las profesiones y oficios.

Este joven sacerdote, desconocido, sin recursos económicos, les habla de los medios para lograrlo: seguir la Voluntad de Dios, rezar con fe, trabajar seriamente en la propia profesión y ser capaz de sacrificar todo en servicio de los demás.

Y la transparencia de su actitud y de su alma son tales, que ninguno de aquellos hombres que le escuchan duda de que todo se realizará, porque Dios, efectivamente, así lo quiere.

Pero el tono de estas reuniones dista mucho de tener características de plática o sermón vespertino. Todo transcurre en una amable espontaneidad llena a rebosar de proyectos, de seriedad humana y de alegría. Muchas veces, les invita a merendar. Los ingresos de la familia Escrivá de Balaguer son limitados. La casa no es lujosa; pero la distinción humana de sus ocupantes otorga categoría a hechos sencillos. Jamás doña Dolores tendrá un gesto impaciente, ante la llegada habitual de estos chicos que inundan su casa y su intimidad. Había dado mucho, continuaba dando y estaba dispuesta a darse del todo. Sacrificará, incluso, alguno de los gustos que pudiera haber reservado para su hijo pequeño, en función de otros hijos que, no lo dudó nunca, Dios enviaba junto a la palabra y el corazón del Padre.

Cuando Santiago llega del colegio -estudia entonces en los Maristas-, irá a buscar su merienda. Y se queja al descubrir, más de una vez, que las golosinas que él prefiere desaparecen antes de tiempo.

«¡Los chicos de Josemaría se lo comen todo ...!»(3).

Este comentario llegó a ser tan conocido que, años más tarde, se confeccionará un “exlibris” para regalárselo a Santiago. Es un dibujo, con dos manos grandes, abiertas, que dejan caer generosamente un panecillo. Otras manos esperan, en muda aceptación. La leyenda repite aquella protesta infantil: «¡Los chicos de Josemaría se lo comen todo!».

En la casa de Martínez Campos, utilizan una habitación que tiene balcón a la calle, en el segundo piso. Aquí acostumbran a leer, antes de despedirse, un breve comentario sobre textos evangélicos. El Padre coge un misal, lo abre por la Misa del día, y cita una frase. Luego hace una reflexión corta: una brevísima pauta que han de llevarse dentro del corazón. Esta voz les dará fuerzas para mantener a Dios muy cerca en medio de la calle. Y sienten, en verdad, como si Jesucristo, Dios entre los hombres, hubiera venido nuevamente a esta reunión que empieza y termina en su nombre.

Este cuarto está presidido por un pequeño cuadro de la Virgen con el Niño. El dibujo es de tonos cálidos, acogedores. Esta representación va a sobrevivir a todos los avatares históricos que se avecinan. Un día lejano llegará a Roma, cuando la Sede Central del Opus Dei se enclave en la Ciudad Eterna, y ocupará el retablo del oratorio de «Sancta Maria Stella Orientis». En el Acta de Consagración del altar de este oratorio, redactada en latín y fechada el 3 de enero de 1959, se cuenta brevemente su historia. Ella, que protegió los pasos de los primeros de la Obra, conducirá a buen puerto la expansión por tierras del Este de Europa y por las inmensas latitudes del continente asiático. Es la sed de Dios que desbordaba el corazón del Fundador en aquel pequeño piso de una calle madrileña, y que ha logrado ya abrazar el mundo.

Dios y audacia

Cae sobre Madrid el invierno de 1933. La casa de Martínez Campos se ha quedado pequeña para las reuniones del Padre, y urge buscar un local más amplio. Y en el mes de diciembre, cuando se acerca la Navidad, alquilan un departamento en el número 33 de la calle de Luchana. Es el entresuelo de un edificio situado en la confluencia de las calles Luchana y Juan de Austria. Aquí se va a instalar la Academia “DYA”, con clases programadas para estudiantes universitarios. El título sugiere la dedicación a Derecho y Arquitectura. Sin embargo, todos traducen el nombre, en privado, como «Dios y Audacia».

Falta hace esa confianza, porque los medios materiales con que cuentan para el montaje y sostenimiento del piso son prácticamente nulos. Pero la fe que comunica el Padre es absoluta. Se alquila el inmueble a nombre de Isidoro Zorzano, y unos días más tarde campea sobre la puerta una placa de bronce con el nombre de la Academia. Los chicos que acuden a ella aportarán, además de su entusiasmo y trabajo, todo objeto material que pueda resultar de utilidad. Don Josemaría se lleva algunos muebles de la casa de su madre y unas cuantas cosas más que le ha dado una buena amiga de la familia.

Cada día, cuando el Padre sale camino de Luchana, su hermano Santiago mete las manos en los bolsillos de la sotana y le pregunta: -«¿Qué te llevas a tu nido?»(4). Años más tarde, Monseñor Escrivá de Balaguer comentaría: «Eso mismo hemos hecho después todos: traer a nuestro “nido” lo que podíamos, para servicio de Dios, para construir nuestro pequeño hogar en cada sitio. ¡Tantos hogares que son uno solo!, como somos muchos corazones y tenemos un solo corazón, una sola mente, un solo querer, una sola voluntad».

Esos muebles y objetos que proceden de la generosidad de muchas familias, «contribuyen a dar reposo a nuestros ojos cansados y a hacer más entero el calor de nuestro hogar cristiano»(5).

A pesar de todo, las dificultades económicas son continuas. Y también los favores y oportunidades que Dios brinda a este puñado de gente joven, decidida a confiar plenamente en el apoyo sobrenatural que deshace los obstáculos.

Un día no hay dinero para el teléfono y otro, cualquiera, para el alquiler. En una de estas situaciones, es la factura de la luz la que llama, reiteradamente, a la puerta de la casa; pero no hay el menor recurso para solventarla. El Padre lo toma con la serenidad habitual. A la mañana siguiente está sentado en su despacho de Santa Isabel, revisando papeles. Hay, entre ellos, un sobre deteriorado y vacío, que rompe y tira a la papelera. Pero, en el momento de arrojarlo, parece ver que algo asoma en su interior. Recoge los dos trozos y se cerciora de que, efectivamente, hay un billete de veinticinco pesetas. Inútil explicar cómo ha podido ir a parar allí. La factura que abruma el pequeño piso de Luchana acaba solucionándose.

Esta confianza en lo sobrenatural y sus consecuencias permanentes, prende con fuerza en los que han entendido la honda raíz de fe que tiene el Padre. Y contagia el ambiente de un tesón difícil de quebrantar.

Ricardo Fernández Vallespín relata que el 5 de enero de 1934 el Fundador se reunió con dos sacerdotes y tres profesionales de la Academia “DYA”, que encontraba, una vez más, fuertes dificultades económicas. Presentó a los asistentes a la reunión posibles planes para el futuro. Los dos sacerdotes opinaron que lo mejor era cerrar el piso, ya que era una locura mantenerlo abierto sin recursos. Era como « tirarse de un aeroplano sin paracaídas». En cambio, el Padre concluyó que para el comienzo del curso 1934-35, además de la Academia, debía instalarse una Residencia de estudiantes, en una casa más grande. Por eso escribió luego en «Camino», aludiendo sin duda a ocasiones como ésta: «No hagas caso. -Siempre los "prudentes" han llamado locuras a las obras de Dios. ¡Adelante, audacia!»(6)

Para hacer frente a este desembolso cuenta con algunas personas capaces de entender su tarea. En diversas ocasiones el Fundador se referirá a una mujer generosa, que regaló varios objetos para la Academia “DYA”. «Me envió un reloj para la primera labor apostólica que comenzamos, diciéndome: Padre, que no se lo coman... E hizo bien; si no, nos lo hubiéramos comido, como ha sucedido en ocasiones con otras cosas.

Teníamos una gran lucha para conseguir un reloj (...). Cuando habíamos reunido el dinero necesario para comprarlo, surgían necesidades más perentorias y debíamos gastarlo para poder comer»(7).

De la generosidad de ésta y otras personas que tuvo la oportunidad de conocer a lo largo de su actividad sacerdotal, hablará el Fundador, mucho tiempo más tarde, durante un viaje por los países de América:

«Ese sacerdote, hace muchos años, tenía que trabajar y carecía de medios; y fue a una persona muy rica, después de rezar mucho. Aquella persona lo recibió con una amabilidad extraordinaria, porque además era muy atenta y educada. Pero cuando el sacerdote sacó el “sable” -no era militar, pero tenía que dar un “sablazo” pensó: ésta se va a asustar. ¡No se asustó! Aquella santa mujer le dijo: Padre, venga. Le llevó a un salón, movió un cuadro; detrás había una caja de caudales. Abrió, sacó lo que había, se lo dio al sacerdote. Y el sacerdote -muy convencido; está tan convencido ahora de que hizo muy bien, de que salió ganando ella- le dijo: tú me has dado todo lo que tienes, en este momento. Yo te doy, ¡todo lo que tiene Dios! De rodillas. Se arrodilló: la bendición de Dios Omnipotente, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre ti y permanezca para siempre. ¡Se quedó más contenta aquella criatura... ! Y se ha encontrado su dinero en el Cielo, multiplicado por cien... y la vida eterna»(8).

No les sorprende, por tanto, que el Fundador otorgue mucha importancia a los temas que se refieren al espíritu, y escasa, en cambio, a las dificultades materiales por insolubles que parezcan. Les pide, desde el primer día, que estén unidos en el amor de Jesucristo; que pongan esa bendita fraternidad por encima de todo interés personal, de toda cuestión opinable; se comparte cuanto afecta a la vida y opción de cada uno, pero con el infinito respeto y libertad que han aprendido del Fundador. Para recordarles siempre este precepto, en el piso de Luchana se cuelga un cartel de pergamino donde el Padre ha hecho escribir la frase evangélica: “Mandatum novum do vobis: Ut diligatis invicem, sicut dilexi vos, ut et vos diligatis invicem. In hoc cognoscent omnes quia discipuli me¡ estis, si dílectionem habueritis ad invicem”: Un precepto nuevo os doy: que os améis los unos a los otros; como yo os he amado, así también amaos mutuamente. En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si tenéis amor unos para con otros(9).

Después de la destrucción de la Residencia de Ferraz durante la guerra civil española, el Padre visitará las ruinas. Entre los escombros, junto a muy pocas cosas más, encuentra un pergamino igual que el de Luchana, que se había hecho para la nueva Residencia. Como si el Señor quisiera reafirmar así en el Opus Dei esta característica primordial del cristianismo: la fraternidad.

El piso de Luchana funciona como Centro cultural y de enseñanza. Además de las clases de temas profesionales, se organizan algunos ciclos de formación religiosa y apologética que imparte un sacerdote amigo de Monseñor Escrivá de Balaguer: don Vicente Blanco. Pronto se prestigian y atraen a un buen número de estudiantes universitarios hacia el ambiente de cordialidad, alegría y convivencia que existe en la Academia, aun en medio de la inestabilidad que sacude a todo el país.

Pero lo más importante de Luchana para los miembros del Opus Dei es la posibilidad de aumentar el trato con el Padre, ya que, a pesar de la intensa labor sacerdotal que sigue desarrollando en Madrid, pasa muchos ratos con sus hijos. Su ejemplo es ya formación. A su lado sienten ganas de ser mejores, más fieles a su vocación, más apasionados de la Obra de Dios.

El despacho del Fundador tiene una mesa-buró pequeña, una lámpara y dos o tres asientos. Sobre una pared hay una cruz de palo, sin crucifijo. Cerca, un reclinatorio. En la sala de estudio, presidiendo la habitación, el Padre ha puesto un cuadro de la Virgen confeccionado con una hoja de catecismo sucia y pisada que encontró por la calle. La misma que presidió aquella reunión con estudiantes en el asilo de Porta Coeli.

En medio de la escasez, la casa tiene el buen gusto y el aspecto acogedor que el Fundador sabe imprimir a los lugares por donde pasa. No es fácil conseguir ayuda económica en estos momentos para una Academia porque las huelgas merman la economía y hay crisis a todos los niveles. La mayoría de los que acuden al piso de Luchana son estudiantes que disponen de muy pocos medios.

El peso de la responsabilidad cae sobre el Padre, que sigue buscando ayuda entre personas conocidas, unas veces con mejor fortuna que otras. Pero, sobre todo, sostiene este pequeño comienzo del Opus Dei con oración y mortificación intensas. Llega por la tarde muy cansado pero, con afecto y paciencia, escucha a cada uno. Reparte ánimo, amor de Dios, servicio, alegría.

Todavía recuerdan aquellos hombres el apasionamiento con que les impulsa a soñar con el mundo rodeado por una red, tejida con vínculos de fraternidad, de amor, para ponerlo a los pies de Cristo. De arder en afán apostólico para pegar este fuego a todas las almas, con el ejemplo y la palabra; sin respetos humanos. Hablar de Dios a los hombres, uno a uno, preparando el camino hacia su corazón con la complicidad del Cielo, en la oración y la penitencia.

Este sacerdote que, desde antes de cumplir los veintiséis años, ha repetido la frase: «Fuego he venido a traer a la tierra y ¿qué quiero sino que arda?»..., ha encontrado a los que ayudarán a propagar el incendio. Y acompaña sus palabras con noches enteras de oración, y con penitencia durísima que, a pesar de la naturalidad con que se oculta, no pasa inadvertida a quienes le rodean.

La Residencia de estudiantes

El Padre sigue adelante con el proyecto de abrir una Residencia de estudiantes en el próximo curso 1934-35. En ella podrán alojarse algunos de los que pertenecen a la Obra y un grupo de universitarios. La carencia de medios materiales no es un obstáculo insuperable. Como dirá el Fundador:

«En el Opus Dei estamos acostumbrados a comenzar las labores cuando el Señor quiere: porque los medios vienen después, si el Señor ve nuestro amor»(10). Y más adelante:

«Teníamos bien poco -ningún medio humano y mucha juventud, mucha inexperiencia y mucha ingenuidad-, pero lo teníamos también todo: la oración, la gracia de Dios, el buen humor el trabajo, que siempre han sido y serán las armas del Opus Dei»(11).

El Padre traza las líneas maestras de lo que debe ser la futura Residencia y encarga algunas gestiones a Isidoro Zorzano, Ricardo Fernández Vallespín, Juan Jiménez Vargas y José María González Barredo.

Los miembros de la Obra, y también los amigos que frecuentan Luchana, se lanzan, en el verano de 1934, a buscar un local adecuado. Dividen Madrid por zonas. En el mes de agosto, se encuentra una casa próxima a la Ciudad Universitaria, en el número 50 de la calle Ferraz. Se trata de un edificio grande, de buena construcción, con dos departamentos en cada piso. El plan es alquilar la primera planta completa para instalar la Residencia, y uno de los correspondientes a la segunda para trasladar allí las aulas de la Academia “DYA”. Los trámites se llevan a cabo directamente con el propio dueño del inmueble, don Javier Bordiú, ingeniero de Minas, hombre de bien a quien el Padre llegará a tener mucho cariño, y que vive con sus hijos en el piso principal. Cada uno de los departamentos cuesta, en alquiler, cuatrocientas pesetas al mes, lo que arroja un total de mil doscientas. Además, al firmar el contrato hay que adelantar la primera mensualidad como garantía. Ricardo Fernández Vallespín, que ha terminado su carrera, figura como director de la Residencia.

Y así empieza la odisea económica de Ferraz, que no consiguió minar ni la fe ni el buen humor de todos, aun cuando hubo momentos de auténtica imposibilidad.

Se consiguieron, en total, unos miles de pesetas para pagar la fianza y afrontar los primeros gastos: obras de albañilería que habían de unir los dos departamentos del primero, e instalación de los servicios indispensables a una Residencia. Ahí se acabó el dinero disponible, y aún no se había iniciado el capítulo de muebles y enseres de todo tipo.

Sin embargo, en medio de la falta de medios materiales, el Padre no cae nunca en la pobretería. Reúne a los miembros de su familia -doña Dolores, Carmen y Santiago-, y les da cuenta por vez primera de su vocación, de la especial llamada que ha recibido de Dios el 2 de octubre de 1928. Les pide su colaboración económica con el patrimonio familiar: unas tierras valiosas que han heredado en Fonz, en la provincia de Huesca.

Ninguno tiene la menor vacilación. Quedan en vender esas propiedades. Si Josemaría lo necesita, para servir a Dios, todo es suyo. Solamente Santiago interviene para decir, bromeando, con un divertido neologismo:

«¡Ah!, entonces por eso te “ciliciabas”»(12).

Ha presenciado repetidamente la preocupación de su madre y hermana por la vida de trabajo y penitencia intensa que lleva el Fundador de la Obra. Ahora, por lo menos, cuenta con una explicación a que atenerse.

En el mes de septiembre se amuebla la casa. El comedor, la sala de visitas, el vestíbulo. También se llegan a instalar lámparas en los dormitorios; pero el dinero del que por ahora dispone solamente cubre lo necesario para montar una habitación-piloto, con dos camas, armario, mesitas de noche, mesa de trabajo y sillas. Se ha logrado comprar el menaje de cocina y la vajilla.

La ropa viene, a crédito, de los Almacenes Simeón. Trabaja en este comercio, como jefe de sección, un antiguo proveedor de la familia del Padre: Casimiro Ardanuy. Todos los colchones, mantas y enseres que no se pueden colocar por falta de muebles, se reúnen en una habitación a la que llaman almacén.

«En aquellos tiempos disponíamos de muy pocos muebles. Teníamos ropa, que me habían dado en unos grandes almacenes a crédito, para pagarla cuando pudiera. Y no teníamos armarios para guardarla. En el suelo habíamos puesto con mucho cuidado unos papeles de periódico, y encima la ropa (...). Y encima, más papeles, para resguardarla del polvo»(13).

El Padre elige la habitación para el oratorio: grande, con entrada muy próxima al vestíbulo principal y una ventana de tamaño regular que se abre a un patio silencioso. Los cristales se cubren con papel que imita el cristal emplomado.

Allí se monta, en principio, una mesa amplia con un crucifijo y dos candeleros. Un banco, que ya estaba en Luchana, se divide en dos y ocupa los laterales. Junto al altar, un reclinatorio.

A lo largo del curso, el oratorio se va completando. Ya se ha conseguido un altar de madera, con frontal liso y adecuado para adosar una armadura de madera forrada con tela del color litúrgico del día. Al principio sólo existe el blanco. También los únicos ornamentos que tienen son de este color.

En este primer oratorio de la Obra, el Padre vuelca su ilusión de tanta espera. Han pasado seis años y nunca ha dejado de soñar con el momento en que Cristo Hombre, Pan Eucarístico, fuerza y sangre de toda la vida del cristiano, pueda venir a ser amado, adorado, bajo el techo del Opus Dei. Querría tener, para recibir este primer sagrario, los medios con que el amor humano demuestra su grandeza. Y, en la escasez en que se mueve, enseña a todos que el oratorio es lo primero. Y les dice que, algún día, cuando tengan más posibilidades, habrán de ponerlas en este lugar, a los pies del sagrario.

El Padre, al concluir aquella semi-instalación, se reviste con un roquete de encaje confeccionado por su hermana Carmen. Toma en sus manos el agua bendita e invoca la protección del Cielo para todas las dificultades, y también para las alegrías que les aguardan. Bendice especialmente aquel hogar en el que ahora, mejor que nunca, empezará a formar en el espíritu de la Obra a los primeros.

«Me traje del Rectorado de Santa Isabel un acetre con agua bendita y un hisopo (...). También (...) una estola y un ritual, y fui bendiciendo la casa vacía: con una solemnidad y alegría, ¡con (14) una seguridad!... »

Pocos días más tarde aparece un flamante anuncio en los periódicos dando a conocer la nueva Residencia, y se habla de ella entre los estudiantes de varias Facultades. Pero da comienzo el curso académico y no llega solicitud alguna. Fallan todos los cálculos económicos tan cuidadosamente medidos por Isidoro y basados en que estuviera llena la casa. Los acontecimientos del país contribuyen a esta desbandada: en octubre se proclama la huelga general que culmina con la revolución de Asturias y Cataluña. Se aplaza la apertura de la Universidad para evitar disturbios.

Pero la fe del Padre no flaquea, las cosas de Dios exigen fortaleza y paciencia. Hay que correr con las dificultades de este primer año, que se presenta arduo. Ricardo Fernández Vallespín, desde su responsabilidad de director, aún recuerda los agobios económicos del curso 1934-35. No hay dinero para el alquiler, ni para las tiendas de comestibles, ni para los plazos de la ropa... Para nada. Alguna vez, la imposibilidad material de sacar aquella casa de la Obra adelante le hace llorar, y ya no es un niño, sobre los libros de facturas.

A punto de comenzar las clases sólo llegará un residente: Alberto Ortega. Aún no funciona la cocina, y además resulta más barato llevarle a comer a un restaurante próximo que poner en marcha los servicios generales. Sin embargo, desde que se instala este primer alumno, la casa empieza su vida. A última hora de la tarde de este primer día de rodaje en la Residencia DYA, varios miembros de la Obra que viven en casa de sus familiares abandonan Ferraz 50. Solamente se queda Ricardo Fernández Vallespín, que es el director. El Padre le llama y le da su bendición: por primera vez Ricardo va a pasar la noche bajo el techo de un Centro del Opus Dei.

El Fundador les ayuda constantemente. Avala sus adquisiciones y deudas; habla con el dueño de los pisos de Ferraz; consigue créditos. Y reza incesantemente, porque cree en los proyectos de Dios y en la omnipotencia de la oración. A veces se encierra en una habitación y Ricardo, que es quien más horas permanece en la casa, oye los golpes de sus disciplinas y asiste, distante y estremecido, a penitencias que le conmueven. Tanto más, cuanto que nada en el carácter alegre, abierto y de permanente buen humor, hace sospechar la entrega de este sacerdote que ha puesto su vida entera en las manos de la Providencia.

En el piso de la segunda planta de Ferraz 50 se instala la Academia DYA, que cuenta ya con la experiencia de los meses transcurridos en su primitiva sede de la calle de Luchana. Escribe José Ramón Herrero Fontana, uno de los primeros alumnosls que este centro intentaba formar buenos profesionales de Derecho y Arquitectura. Pero pronto empezaron a acudir estudiantes de otras Facultades, y los idiomas ocuparon, también, un lugar destacado en las clases. El Padre ya piensa en la expansión del Opus Dei por todo el mundo, aunque ahora no es más que «un pequeño grano de mostaza».

Aunque se ha llegado a alcanzar la cifra de catorce residentes, que es la capacidad de la casa, a lo largo de este primer curso de funcionamiento se demuestra la imposibilidad de mantener alquilados los tres pisos con que se contaba en un principio. Es necesario prescindir del segundo y reducirse a los dos departamentos del primero. Para evitar el desánimo, lógico, que pudiera producir esta renuncia, les dirige el Padre una meditación llena de empuje, de esperanza y de sentido sobrenatural, cuyo motivo central repetirá muchas veces y recogerá, años más tarde, en el punto 12 de «Camino»:

«Crécete ante los obstáculos. -La gracia del Señor no te ha de faltar: “ínter medíum montium pertransibunt aquae”! -¡pasarás a través de los montes!

¿Qué importa que de momento hayas de recortar tu actividad si luego, como muelle que fue comprimido, llegarás sin comparación más lejos que nunca soñaste?»

En el siguiente curso de 1935-36, la Academia “DYA” ha pasado a ocupar parte de las dos viviendas del primer piso. Y, ahora que han reducido espacio, llueven las peticiones y la casa se llena por completo de estudiantes. También algunos que ya son de la Obra, como Pedro Casciaro y Francisco Botella, cuyas familias viven fuera de Madrid, trasladan su alojamiento a Ferraz 50. El ambiente es formidablé, y cada vez frecuenta la casa un número mayor de amigos atraídos por la alegría, la fe y la serenidad que neutralizan, incluso, las circunstancias pesimistas del clima político.

A lo largo del tiempo, se conservarán anotaciones, documentos, facturas y toda suerte de recuerdos de estos primeros años. Por ejemplo, recetas económicas redactadas por Isidoro Zorzano, en las que emerge su sentido de la ingeniería mucho más que el del arte culinario. Hay una para hacer croquetas, en la que se agrupan los ingredientes en una columna, en otra el peso, en la siguiente el precio unitario y, en la última, el precio total. Después, añadía: por cada kilogramo de carne, se pueden sacar tantas croquetas.

Pero todos los residentes recuerdan aquel tiempo llenos de gratitud. La casa es una tarea común en la que se sienten implicados. El Padre la ha concebido como un lugar abierto a todos, sin discriminación de ningún tipo. Bastaba tener deseos de aprender y de formarse cabalmente, para encontrar abiertas de par en par las puertas de la Residencia “DYA”.

Uno de los primeros residentes escribe años más tarde: «La ilusión que todos teníamos en conseguir la nueva sede de la Academia-Residencia DYA era una muestra de cómo el Padre nos hacía partícipes de las cosas de la Obra. Realmente la considerábamos como algo nuestro (...). A mí, por ejemplo, estudiante de arquitectura, me hizo un croquis de la futura Residencia, durante un rato de conversación en un retiro mensual»(16).

La necesidad de alquilar un nuevo piso se acoge con gran alegría. Es un año de promesas frente a toda dificultad. Un tiempo para apoyar la confianza en las palabras que el Padre transcribirá, luego, en «Camino»:

«Cuando sólo se busca a Dios, bien se puede poner en práctica, para sacar adelante las obras de celo, aquel principio que asentaba un buen amigo nuestro: "Se gasta lo que se deba, aunque se deba lo que se gaste" » (17).

Ya no es posible volver a alquilar el segundo, devuelto al dueño del inmueble. Y, como no caben, han de tomar otro piso en la misma calle de Ferraz, número 48. Allí se traslada, otra vez, la Academia “DYA”. Esta es una casa vieja, de dos plantas. No tiene calefacción y es heladora: se la denomina, con buen humor, «Siberia».

El primer sagrario

El 19 de marzo de 1975, recordando el Fundador los tiempos de Ferraz 50, decía a sus hijos:

«Nuestra mayor ilusión era poner el oratorio, cosa que ahora os parece tan fácil, ¿verdad, hijos míos? Y es fácil porque hemos logrado, desde hace muchos años, tener jurídicamente el derecho a poner oratorios semipúblicos con Nuestro Señor reservado. Pero entonces no teníamos derecho a nada»(18).

La solicitud de los permisos necesarios para erigir el oratorio de Ferraz 50 va firmada por el Padre el 13 de marzo de 1935 y dirigida al Excelentísimo Señor Obispo de Madrid-Alcalá(19). Tanto la persona del Fundador como las actividades apostólicas y culturales de la Residencia han ganado la confianza de la más alta jerarquía de la Iglesia en la ciudad y, muy pocos días después, quedará consagrado en la casa un oratorio semipúblico, con licencia para celebrar la Santa Misa diariamente y para todas las funciones sagradas previstas por el Derecho Eclesiástico.

Durante muchos meses, y desde hace años, es el más ardiente deseo del Padre. Tanto que, ante las diversas dificultades, ha decidido invocar en su ayuda a un buen intercesor: San José. Recuerda cómo otro José, el hijo de Israel, en la historia del Antiguo Testamento, llega a ser primer ministro: aquel a quien envía el faraón cuando el pan escasea: «Id a José». Es la frase bíblica. En la nueva generación de cristianos, San José, elegido por Dios para cuidar a Jesús que se nos ofrece en el Pan Eucarístico como alimento permanente, será el mejor mediador. “Ite ad Ioseph” (20) se convertirá en oración para que Dios venga de nuevo a «plantar su tienda entre nosotros» (21). Y, en efecto: en el mes de marzo de 1935, Dios viene a habitar en el primer sagrario del Opus Dei.

A lo largo de este curso, con el entusiasmo y sacrificio de todos, se irá completando la instalación del oratorio. El Padre dirige la construcción del altar. El fondo de la habitación se decora con una tela, de color verde, de la misma anchura que el altar. Sobre el lugar que ocupará el sagrario, una especie de baldaquino de madera forrada sujeto al techo.

El párroco de la iglesia de San Marcos certifica que todo lo referente al local está en orden. Han trabajado de firme para lograr lo más indispensable. El escultor Jenaro Lázaro Gumiel ha prestado una bella imagen de la Virgen; pero, al fin, se pone como retablo un cuadro que representa a Cristo partiendo el pan en Emaús y dándose a conocer a los discípulos. En una de las paredes laterales irá una representación de la Virgen del Pilar. También el futuro sagrario saldrá del taller. de Jenaro Lázaro y, hasta entonces, consiguen que la Madre Muratori, una Religiosa que aprecia mucho al Padre, Priora de las RR. Reparadoras de Torija, les preste uno de madera dorada que no se utiliza en el convento(22). La llave que custodiará este sagrario lleva una cadena y una medalla acuñada con la imagen de San José: “Ite ad Ioseph”, se puede leer grabado en el envés. Es el agradecimiento de la Obra al Patrono de la Iglesia universal que les ha traído a Cristo Eucaristía.

Todavía faltan muchas cosas: candeleros, vinajeras, atril, bandeja... El cáliz y el copón los ha conseguido el Fundador, que quiere celebrar la primera Misa el 31 de marzo de 1935.

Unos días antes, el portero sube con un gran paquete. Lo ha dejado un señor en la portería, sin acompañarlo de tarjeta ni remitente. El Padre lo abre y allí, perfectamente colocado, está todo lo que faltaba para concluir la instalación del oratorio. En broma, y un poco en serio, los chicos dicen que han debido llevarlo, hasta Ferraz, San Nicolás o San José.

Alguien supuso que el generoso donante fue, esta vez, don Alejandro Guzmán, que tantas veces acompañó al Padre en sus correrías por los barrios de Madrid, visitando pobres y aliviando enfermos. Su barba cerrada y su capa española perfilan la estampa elegante de un hombre muy ligado a los primeros pasos de la Obra en Madrid.

Pedro Casciaro recuerda la alegría de don Josemaría Escrivá de Balaguer en estos últimos días de marzo de 1935:

«Los pensamientos del Padre en aquella tarde convergían muy especialmente hacia el nuevo Sagrario: el Señor, comentaba, jamás deberá sentirse aquí solo y olvidado; si en algunas iglesias a veces lo está, en esta casa donde viven tantos estudiantes y que frecuenta tanta gente joven, se sentirá contento rodeado por la piedad de todos, acompañado por todos. Tú, ayúdame a hacerle compañía, me dijo finalmente.

Me conmovió ver su amor a Jesucristo en el tabernáculo, y como yo iba diariamente a la Escuela de Arquitectura, que entonces estaba cerca de Ferraz, me "comprometí" gustoso a ir tantas veces como pudiera a la Residencia para "hacer un ratico de oración" delante del Sagrario (...). Fue seguramente entonces cuando el Padre me dictó el texto de la Comunión espiritual que, desde entonces, he recitado toda mi vida»(23).

El 31 de marzo el Padre celebra la primera Misa. Con casulla blanca, gótica. Los candeleros escalonados hacia el Crucifijo, el altar adornado con flores naturales, y el oratorio lleno de gente. Están todos los de la Obra, los residentes y muchos amigos que asisten al acontecimiento. Es un día imborrable: Jesucristo ha llegado al primer sagrario del Opus Dei en el mundo.

Francisco Botella escribe acerca de las veces que pudo presenciar una Misa oficiada por el Fundador:

«Las primeras veces que asistí a esas Misas fueron un auténtico descubrimiento. Se veía al Padre embebido en Dios, y se comprendía mejor el sentido del Santo Sacrificio del Altar (...).

Recuerdo especialmente un sucedido. Yo dormía en el piso de Ferraz, 48. Alguna vez me quedaba a estudiar después de cenar, antes de acostarme. Por la ventana de la habitación donde yo dormía echaba una mirada a la ventana del oratorio, a través de una especie de patio que separaba los dos edificios. Una noche (...) -el Sagrario se entreveía a través de la ventana- vi a nuestro Padre arrodillado junto al altar, con la cabeza pegada a él, recogido en oración»(24).

Atraídos por este espíritu, la afluencia de estudiantes a Ferraz 50 va en aumento. Y la Academia “DYA” está repleta. Muchos de los que acuden a la formación que da el Padre, en una incansable dirección espiritual, conocerán su vocación y dedicarán su vida a realizar la Obra de Dios.

El trabajo diario crece y apenas hay servicio. Por la mañana, los chicos salen hacia sus Facultades respectivas. El Padre, aprovechando ratos mínimos, hace las camas, limpia los suelos y arregla las habitaciones de los residentes, sin que ninguno se dé cuenta de ello. Organiza las compras, con economía exhaustiva y pobreza heroica, que vive en todo momento y enseña a vivir a los demás. Piensa en los detalles; maneja las cosas con el cuidado de quien ha de hacerlas durar en buen estado. Apunta con precisión sus escasos gastos personales. No es la primera vez que, a pesar de la desaprobación de su madre, saca unos zapatos desechados y arrojados a una papelera y, tras teñirlos de negro y limpiarlos cuidadosamente, los utiliza para sus largas caminatas, que cubren la ciudad de un extremo a otro.

Pero jamás esta pobreza hace perder a la casa su aspecto grato, su confortable y limpia presencia. Las comidas son sanas y suficientes; el ambiente es cuidado y digno. Nada más lejos de la tacañería o la estrechez. Cada uno de los que viven en Ferraz se siente orgulloso de invitar a un amigo a almorzar o a pasar un rato en la Residencia. Se ha convertido en su casa. Un hogar cálido' en el que todos colaboran y disfrutan de lo feliz y lo arduo.

A la vez, el Padre forma a cuantos le siguen en la importante idea de que no hay trabajo, por humilde que parezca, que no sea santificable, propio de un hijo de Dios, y no le haga feliz.

«Hay gente que confunde la pobreza con la suciedad y con la fealdad»(25).

Desde el principio les anima a la magnanimidad en las obras de Dios. A que no calculen sus posibilidades apostólicas de acuerdo con los medios actuales, sino con los que Dios enviará. Todo cuanto se construye ha de ser sólido, espacioso, terminado. Para que dure muchos años; mejor: siglos. Tiene, en su alma, una divina ambición que en cristiano se llama esperanza:

«Cada una de nuestras casas será el hogar que yo quiero para mis hijos. Vuestros hermanos tendrán un hambre santa de llegar a casa, después de la jornada de trabajo; y tendrán también ganas de salir a la calle -descansados, serenos-, a la guerra de paz y de amor que el Señor nos pide»(26).

Poco a poco, el ambiente de Ferraz 50 empieza a ser conocido en los medios universitarios y acuden a visitar al Padre los directivos de algunas organizaciones estudiantiles de otras provincias. De Valencia llega un grupo que invita al Fundador a realizar la primera expansión de la Obra a esta ciudad levantina. Pero su horizonte es universal, y ya en 1935 se habla, con naturalidad, de llevar este espíritu fuera de España, probablemente a París, a donde quizá alguno pueda ir a estudiar; de comprar una casa suficientemente grande para montar la Residencia de Madrid y de abrir otra en Valencia.

Con razón escribe Angel Galíndez, otro residente de los años 1935-36:

«Si la ocasión lo requería, era "un vendaval": se lo llevaba todo por delante. En él coincidían virtudes opuestas y encontradas, aunque armónicamente fundidas, que daban lugar a una personalidad que se imponía recia y suavemente al mismo tiempo»(27).

Un día, viene invitado a comer un prestigioso Catedrático de Mecánica Racional de la Universidad Central. Los chicos comparten con él la tertulia y el café. El Padre intenta explicarle la pobreza que se vive alrededor de aquel ambiente agradable. Parece que no comprende muy bien. Apoyándose en la amistad que les une, el Padre se levanta, le toma del brazo y se lo lleva a la cocina: allí están dos residentes de la Obra, alumnos de este profesor, lavando la vajilla que se ha utilizado.

-«¿Lo entiendes ahora, Paco?»(28).

Y ante las actividades prácticas que ahora realizan estos chicos, completamente ajenas al estudio de la Cinemática que les explica en la Facultad, empieza a comprender.

El pan que sobra en las comidas se recoge cuidadosamente, se parte y se tuesta. Por las tardes se reúnen a merendar con este improvisado complemento, que el Padre llama, con su buen humor de siempre, «pastas para el té». Muchas veces, no cenará otra cosa.

En el cuarto destinado a Dirección de la Residencia hay una imagen de la Virgen. Todos son testigos de cómo se despide el Padre, cada día, al salir a la calle. La besa con el calor de una fe que no repara en falsos pudores. Esta Virgen, a la que el Padre dedica tantas miradas de afecto y tantos besos de confianza, le protege siempre. Le ayuda en toda dificultad y contradicción. Custodia su juventud sacerdotal y le da valor para una tarea superior a sus fuerzas humanas.

Con el deseo de hallar imágenes que le recuerden a su Madre del Cielo, descubre las que adornan fachadas de casas e iglesias madrileñas. Aun después de la época de mayor persecución religiosa, entre 1936 y 1939, fue capaz de hallar algunas que habían escapado al odio destructor. Este empeño por mantener una presencia de Dios, una vida contemplativa sin rarezas, tomando ocasión de todas las cosas que le rodean en la calle, será herencia que intentará clavar en el alma de sus hijos. A ello conduce también la costumbre de «asaltar sagrarios»: les invita a un acto de amor cuando pasen junto a los lugares en que permanece, en la oscuridad y la espera, Jesús Sacramentado.

Durante estos años muchos de los residentes y amigos se desplazarán de Madrid aprovechando las vacaciones. El Padre mantiene relación con ellos a través de múltiples cartas que les llevan el afecto y preocupación por cada uno. Desde el verano de 1934, en la casa de Luchana, se prepara una publicación corta, apenas una hoja informativa, escrita a máquina, y en la que se da cuenta a todos los que frecuentan la Academia, y luego la Residencia, de las noticias que puedan llevarles alegría e interés por los que han quedado en Madrid. No hay multicopista, pero se lograrán reproducciones con planchas de gelatina. Muy pronto, los correos de España son portadores de una corriente de amistad que pasa por encima de la inquietante situación política, que amenaza tormenta en todo el país.

Camino de Sonsoles

Un día de primavera de 1935, Ricardo Fernández Vallespín recuerda el propósito que hiciera, el último año de carrera, de visitar a la Virgen de la ermita de Sonsoles. El Padre se ofrece a acompañarle, y se unen también José María González Barredo, químico, y Manuel Sáinz de los Terreros, ingeniero de Caminos. Salen los cuatro de Madrid a Avila en tren. Desde allí, hasta la Virgen, irán a pie rezando el Rosario(29).

La estación de ferrocarril de Avila se encuentra fuera de la ciudad amurallada. En este punto, desciende una empinada cuesta hasta el convento de Santo Tomás, de los dominicos. El Santuario de Sonsoles dista unos cuatro kilómetros. El camino es llano y polvoriento y, al principio, serpea entre trigales y barbechos. La ermita está situada sobre una colina que rompe levemente la horizontal de la meseta castellana.

Al contemplar aquellas mieses -dirá el Padre-, «vino entonces a mi memoria un texto del Evangelio, unas palabras que el Señor dirigió al grupo de sus discípulos: “ ¿No decís vosotros: ea, dentro de cuatro meses estaremos ya en la siega? Pues ahora yo os digo: alzad vuestros ojos, tended la vista por los campos y ved ya las mieses blancas y a punto de segarse” (lo IV, 35). Pensé una vez más que el Señor quería meter en nuestros corazones el mismo afán, el mismo fuego que dominaba el suyo»(30)

A partir de este año, los miembros del Opus Dei, en grupos o en solitario, frecuentan, durante el mes de mayo, senderos abiertos en los cinco continentes, en romería, para encontrar una imagen de Nuestra Señora a la que piropear con Avemarías del Rosario.

Desde diciembre de 1933 a septiembre de 1934, el Padre acuerda con los PP. Redentoristas -que tienen en una calle cercana la iglesia del Perpetuo Socorro- la posibilidad de organizar un retiro mensual con los chicos de la Obra. Y en las meditaciones que predica, va desplegando el Fundador las características y el modo que Dios ha grabado en su corazón como perfil definitivo del Opus Dei.

La actividad sacerdotal del Padre, su experiencia ascética y mística, el conocimiento del dolor, de la pobreza, de la soledad y de la muerte, y también de la alegría, del orgullo de saberse hijo de Dios, así como el descubrimiento de la vocación a que Dios le ha llamado, impulsan al Fundador a reunir un buen número de notas que titula con el nombre de «Consideraciones Espirituales». En ellas se vuelcan ratos, antiguos o recientes, de intimidad con Dios, de trato continuo con los Angeles Custodios, de fe y de esperanza; diálogos breves y entrañables con aquellos que le siguen, experiencias junto a la entrega y el amor de los enfermos, gozo y desprendimiento. Todo ello se agrupará en una pequeña publicación que sirve para dar a conocer el talante interior de la Obra, a los que acuden a participar de su espíritu.

«Consideraciones Espirituales» se imprime por primera vez en la Imprenta Moderna de Cuenca, el 3 de mayo de 1934. Lleva el “Nihil obstat” de don Sebastián Cirac y el “Imprimatur” del Obispo don Cruz Laplana.

El Padre había reunido, desde 1930, unas breves oraciones litúrgicas de la Iglesia en un conjunto de preces que rezarán los miembros de la Obra cada día: peticiones y acciones de gracias que eleva a la Santísima Trinidad, a la Virgen, a San José, a los Angeles Custodios. Ruegos por el Papa, por la Iglesia, por la unidad de los apostolados. Por cuantos pertenecen y ayudan a la Obra de Dios. Por los que han muerto y los que viven en la esperanza de Jesucristo. Invoca a los santos y arcángeles: San Pablo, San Pedro, San Juan, San Miguel, San Rafael y San Gabriel. Y termina con aquel saludo que los primeros cristianos repetían de continuo al encontrarse, con el deseo de lo más ancho y hondo que puede traer el conocimiento de Cristo: la paz.

En este año de 1933, el Padre lleva a cabo unos días de retiro en la Residencia de los Redentoristas. Empieza a escribir un documento acerca del espíritu sobrenatural de la Obra en unas cuartillas apaisadas, de las que luego se harán copias a máquina en la Academia “DYA”. Es como una declaración total de la vocación transcendente a la que ha sido invitado, del mensaje que Dios le dio a conocer el 2 de octubre de 1928. Es la herencia, el certificado sobrenatural, que testimonia un hombre acerca de la Obra de Dios en el mundo.

Sin embargo, cada uno de los pasos de esta convicción sobrenatural, lleva aparejadas pruebas que ha de resolver a golpe de fe.

La primera de ellas tiene lugar en Madrid, el jueves 22 de junio de 1933, víspera de la fiesta del Sagrado Corazón. La nota manuscrita en la que el propio Fundador va a referir su experiencia transmite, por su inmediatez, el escalofrío de la verdad: «A solas, en una tribuna de esta iglesia del Perpetuo Socorro, trataba de hacer oración ante Jesús Sacramentado expuesto en la Custodia, cuando, por un instante y sin llegar a concretarse razón alguna -no las hay-, vino a mi consideración este pensamiento amarguísimo: "¿Y si todo es mentira, ilusión tuya, y pierdes el tiempo..., y -lo que es peor- lo haces perder a tantos?".

Fue cosa de segundos, pero ¡cómo se padece! Entonces, hablé a Jesús, diciéndole: "Señor, si la Obra no es tuya, destrúyela; si es, confírmame".

Inmediatamente no sólo me sentí confirmado en la verdad de su voluntad sobre su Obra, sino que vi con claridad un punto de la organización»(31).

Terminará de redactar este escrito el 19 de marzo de 1934. Lo leerán, unos y otros. Muchos años más tarde recuerdan que, después de meditarlo, se levantó en sus almas un mayor deseo de santidad.

Dios hace una pausa

En los primeros meses de 1936, el Padre viaja a Valencia invitado por don Javier Lauzurica, Obispo Auxiliar y amigo suyo. Le acompaña Ricardo Fernández Vallespín. Van en un coche de turismo grande, de carácter público, de los que constituyen el medio de transporte más barato. En Valencia se alojan en el Hotel Balear, situado en la calle de la Paz.

Aquí vuelven a reunirse con el grupo que les visitó en Madrid. Don Javier Lauzurica les anima a montar una Residencia Universitaria en esta ciudad lo antes posible.

Cuando retornan a la capital de España el ambiente empieza a ser irrespirable. Se puede considerar el país en guerra civil. Hay grandes manifestaciones, acciones violentas; asesinatos, ataques personales y represalias. La violencia está a la orden del día y cuenta con la tolerancia del Gobierno.

El Padre está informado de todo. Sufre por la furia antirreligiosa, pero jamás pierde la serenidad ni consiente que se perturbe el apostolado o se interrumpan los medios de formación. No fomenta el menor aislamiento, sino todo lo contrario. Quiere que todos conozcan la situación y respeta las opciones políticas de cada cual. Nunca ha insistido tanto en que los miembros de la Obra recen y apoyen su fortaleza en el sagrario.

Cuando triunfa en las elecciones el Frente Popular, se recrudece la persecución religiosa y todo parece abocar a un régimen marxista. Por otro lado, la oposición prevé un golpe de Estado contra el Gobierno de la República.

En medio de este clima, el Padre combate todo derrotismo; trabaja como si nada fuese a ocurrir. Varias personas que conocen y aprecian su labor apostólica constituyen una sociedad civil, sin fines lucrativos, llamada “Fomento de Estudios Superiores”. Esta entidad adquiere una casa que pondrá a disposición de don Josemaría para una nueva Residencia de estudiantes en Madrid. Está enclavada en el mismo barrio de Argüelles, próximo a la Ciudad Universitaria. Es propiedad de los Condes del Real, que viven en Francia, y se trata de un inmueble, bien construido y amplio, situado en el número 16 de la calle de Ferraz, frente al Cuartel de la Montaña.

A primeros de julio de 1936, toda la instalación de Ferraz 50, incluido el oratorio, se traslada al número 16. Isidoro Zorzano ya ha solicitado excedencia voluntaria en su puesto de ingeniero de los Ferrocarriles Andaluces, en Málaga, porque es quien se va a ocupar de la nueva Residencia de Madrid. Ricardo se trasladará a Valencia para instalar, también allí, una Residencia Universitaria. El 16 de julio, Paco Botella, que está en Valencia, pone un telegrama anunciando que ha encontrado el local adecuado para llevar a cabo esta iniciativa en su ciudad levantina. Al día siguiente, 17 de julio, Ricardo recibe de nuevo la bendición del Padre en un salón de Ferraz 16, e inicia este viaje que marca la primera expansión de la Obra en España. Poco antes, Isidoro había llegado a Madrid. Su permanencia en Málaga le habría costado la vida: precisamente por su labor abnegada, en servicio de los más humildes, había sido puesto en la «lista negra» de los revolucionarios.

Ese mismo día, 17 de julio de 1936, se conoce el levantamiento del ejército de Africa. Una semana antes y a partir del asesinato de Calvo Sotelo, líder de la oposición monárquica en la Cámara Legislativa, se recrudecen en toda España los disturbios y violencias. Sin embargo, el Padre y la Obra que Dios le encomendó siguen su camino. Es la locura de una fe que está más allá de coyunturas humanas.

El 18 de julio se proclama la rebelión dentro de la Península. Madrid y Valencia quedan incomunicadas. Va a dar comienzo una guerra civil que se prolongará casi tres años. Durante este tiempo, resultará arrasado lo que se ha conseguido con tanto esfuerzo. Ferraz 16 va a ser incautado por las milicias populares y luego, en el asedio de Madrid, bombardeado y destruido por las tropas nacionales.

El primer grupo de hombres de la Obra y toda aquella amplia labor apostólica se verá dispersada por avatares de muy diversa índole. Pero algo enraizado ya de modo sobrenatural permanece intacto en todos: la seguridad de que la Obra debe continuar adelante; de que uno sólo que sobreviva habrá de coger la antorcha del mensaje divino y transmitirla. Recordarán, ahora y siempre, las palabras del Fundador:

«La Obra de Dios viene a cumplir la Voluntad de Dios. Por tanto, tened una profunda convicción de que el Cielo está empeñado en que se realice»(32).

Y, con este coraje en el alma, se inicia un tiempo de espera activa, de oración y penalidades. Una etapa de prueba da comienzo. 

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