El Padre

«Y multiplicaré grandemente tu descendencia como las estrellas del cielo y como las arenas de las orillas del mar... » (Gen XXII, 17)

Abriendo surco

Don Josemaría continúa el apostolado del Opus Dei desde todas las circunstancias que le brinda su ministerio sacerdotal. Reza intensamente; conoce y trata a personas de toda condición y edad, enfermos y sanos, estudiantes y obreros manuales, artistas y empleados, sacerdotes y matrimonios, y lleva a cabo una ingente tarea de dirección espiritual.

Reúne a pequeños grupos de muchachos; habla, a cada uno, de la llamada de Dios a los hombres; de este fuego que ha prendido en su alma y que es, para siempre, Opus Dei. Los chicos le acompañan por los hospitales, en sus correrías por Vallecas, Tetuán, La Ventilla... Los extremos de la gran ciudad. En ocasiones, allí donde presta su servicio a las almas, le facilitan un local para continuar la formación de los que le siguen, o un confesonario para dirigir espiritualmente a las primeras mujeres que se acercan al espíritu del Opus Dei.

Se sabe depositario de una misión divina que ha de llevar a cabo en el breve tiempo de su vida. Necesita completar la arboladura de esta nave que se empieza a llenar de respuestas generosas, de mujeres y hombres que se lanzan -cuando todo parece locura- a la divina aventura que don Josemaría Escrivá de Balaguer les propone en nombre de Dios.

Siempre que le hablan de una persona que puede comprenderle, anota su nombre, graba en la memoria y en el corazón los datos que le relata -generalmente- un miembro de la familia. Y cuando algunos vengan -traídos por la mano de Dios- hasta la Obra, don Josemaría les dirá que son fruto de su oración y de su mortificación, que ha ofrecido por ellos -durante años- los sacrificios de su vida sacerdotal entregada. Porque espera siempre la llegada de aquellos que Dios ha elegido desde el día en que puso el Opus Dei en manos de un joven sacerdote.

Su apostolado es tan amplio que no tarda en ser conocido, y a veces no bien interpretado, en distintos lugares de la geografía española. Cuando estalla la guerra civil, un grupo de hombres pertenecen ya a la Obra. Hay también algunos sacerdotes que dirigen su vida espiritual con don Josemaría Escrivá de Balaguer. Y un grupo -heterogéneo en cuanto a dedicación y condiciónde mujeres, que empiezan a conocer esta espiritualidad laical que entronca con la vida de los primeros cristianos en el mundo.

Algunas de estas vocaciones se perderán antes o durante la dispersión ocasionada por el conflicto bélico. Pero otros perseverarán en esta leal decisión de entrega a Dios en medio del mundo.

El Fundador del Opus Dei pedirá insistentemente al Señor vocaciones para extender la Obra, y animará a otros a rezar. En «Camino», número 804, escribe:

«Ayúdame a clamar: ¿Jesús, almas!... ¡Almas de apóstol!: son para ti, para tu gloria.

Verás como acaba por escucharnos».

Los primeros del Opus Dei

En el verano de 1930, Isidoro Zorzano ha decidido dedicar su vida a hacer el Opus Dei en la tierra. Las circunstancias que rodean este hecho manifiestan una Providencia muy particular de Dios.

El 24 de agosto don Josemaría se encuentra en casa de Pepe Romeo, uno de los chicos que le acompañan en las visitas a los hospitales. Ha ido para hacerle un rato de compañía, porque está enfermo. De improviso, siente una inquietud especial y decide regresar a su residencia, en la calle de José Marañón. Se despide amablemente de Pepe y de su madre, que no aciertan a comprender por qué se va tan pronto(1).

Se encuentra extrañamente urgido y no sabe a qué atribuirlo.

Sale hacia su casa. Camina por la calle de Santa Engracia y avanza hasta la esquina con Nicasio Gallego. Allí se encuentra con Isidoro Zorzano.

Han sido condiscípulos durante los tres últimos años de Bachillerato en el Instituto de Logroño. Don Josemaría le recuerda como un muchacho serio, buen cristiano. Varias veces ha pensado en él desde que Dios le ha abierto el horizonte del Opus Dei, y hace meses que está pidiendo intensamente la vocación de Isidoro. Conoce su itinerario profesional: sabe que trabaja como ingeniero en los Ferrocarriles Andaluces y que está destinado en Málaga.

Han mantenido alguna relación por correspondencia en los últimos años y en este día de agosto, ¡aquí está Isidoro Zorzano!

Le explica que ha ido a verle aprovechando su paso por Madrid pero, al no dar con él, iba a coger un tranvía que le llevara hasta Sol. Pensaba comer en un restaurante y marcharse luego al tren, porque su familia está ya veraneando en Logroño.

Llegan hasta la calle de José Marañón y entran en la casa para charlar un rato. Antes de que don Josemaría pueda abordar el tema que quiere plantearle, Isidoro le dice directamente que quiere hablarle de su inquietud espiritual. Don Josemaría se queda sorprendido por la sencillez y claridad de los planteamientos de Isidoro.

Entonces le habla de la Obra, de la pasión que Dios ha puesto en su alma y de su actividad apostólica desde 1928. Isidoro se muestra inmediatamente decidido; sin embargo, don Josemaría quiere que lo piense bien. Que tenga tiempo para meditar una decisión de tanta trascendencia. Se reúnen de nuevo después de almorzar. Pero la tarde ya no es más que una confirmación generosa.

Diez días más tarde, el 5 de septiembre de 1930, Isidoro le escribirá desde Málaga:

«El tema de nuestra última conversación me satisfizo muchísimo ya que me sugirió nuevas ideas y me hizo concebir nuevas esperanzas (...). Siento la necesidad de estar juntos y orientarme definitivamente, con tu ayuda, en la nueva era que abriste a mis ojos, y que era precisamente el ideal que yo me había forjado y que creía irrealizable (...): he pensado sobre ello y cada día me parece más hermoso; es mi única ilusión cooperar en dicho ideal para llevar a feliz término nuestra causa. Procura contestarme pronto, pues tus cartas me hacen ver que estoy acompañado en esta soledad de Málaga».

Y el 14 de septiembre contesta a una carta de don Josemaría:

«Me dices que tu carta era larga, a mí me pareció muy corta; la he leído varias veces (...). Me encuentro ahora completamente confortado, mi espíritu lo encuentro ahora invadido de un bienestar, de una paz, que no había sentido hasta ahora; todo lo debo a la Obra de Dios».

A partir de este momento, Isidoro, de la misma edad que el Fundador, se entregará sin límites(2). Es un hombre muy competente en su trabajo de ingeniero, con prestigio profesional y virtudes humanas, con deseos de ir al encuentro de Dios. Don Josemaría le expone un plan de vida espiritual que vaya ayudándole a ser, poco a poco, una persona del Opus Dei.

Con frecuencia se acercará a Madrid. Esto le cuesta pasar dos noches en el tren: una de llegada y otra de regreso. En Málaga habrá de trabajar fuerte. Pero en todos los terrenos responderá como un buen hijo de Dios. Su presencia será inestimable durante los acontecimientos de la guerra civil española. La nacionalidad argentina de Isidoro Zorzano le otorgará condiciones de inmunidad diplomática que serán de gran ayuda en aquellas difíciles circunstancias.

Con optimismo sobrenatural, pudo decir don Josemaría Escrivá de Balaguer aquella tarde calurosa del agosto madrileño de 1930:

«Ya tenemos en el Opus Dei personas de los dos hemisferios » (3).

Entre los primeros miembros del Opus Dei que perseveraron junto al Fundador se cuenta también Juan Jiménez Vargas. En los comienzos de 1932, cuando todavía es un estudiante de Medicina, conoce a don Josemaría. Más tarde le oye hablar de la Obra: de cómo supo la misión que había de cumplir, y de cómo había pasado muchos años rezando para conocer la Voluntad de Dios que presentía, pero que no veía con claridad. Le transmite su preocupación por hacer realidad aquel deseo divino que ha constituido la coordenada de toda su existencia.

Juan le escucha y comprende rápidamente la Obra, con un conocimiento y una adhesión al espíritu sobrenatural que la inspira difíciles de explicar. Pedirá su admisión a principios de 1933 y, desde entonces, don Josemaría contará con él para siempre. Y tiene tal confianza en la fidelidad de estos primeros que van a seguirle que, un día de 1934, en la iglesia de Santa Isabel, al otro lado de la Facultad de Medicina, habla con Juan y le pregunta:

-«En caso de que yo faltara, tú ¿seguirías?... »(4).

Sabe el Fundador que la Obra es de Dios. Que está por encima y más allá de su persona. Por eso, no se cree indispensable. Ha oído en su oración, en la intimidad de su corazón, la promesa inconfundible de Jesucristo:

«A través de los montes, las aguas pasarán»(5).

Y quiere dar, a sus hijos, la seguridad sobrenatural de que la Obra ha nacido universal y permanente.

Una tarde en Porta Coeli

Va llegando a su fin el mes de enero del año 1933. Esta tarde, don Josemaría camina por la calle García de Paredes y entra en el número 25, tras haber bordeado un enorme edificio de ladrillo con largas ventanas cubiertas de celosías. Es el asilo de Porta Coeli. Una fundación del Canónigo de la Catedral de Madrid, don Francisco de Asís Méndez y Casariego, que acoge a un número elevado de muchachos de toda edad. Su cuidado y enseñanzas corren a cargo de maestros de diverso oficio y de una comunidad de Religiosas Trinitarias de las que también es Fundador.

Don Josemaría acude allí con frecuencia para charlar con los chicos, incluidos en el apelativo de «golfos» -pilluelos, vagabundos-, para enseñarles cuestiones elementales de religión. Las Religiosas ponen a su disposición una sala de visitas, cerca de la entrada, y también la capilla, que se halla muy próxima.

Ha citado para esta tarde de invierno a un grupo de universitarios que ha prometido venir. A la hora señalada, solamente llegan tres. Son estudiantes de la Facultad de Medicina.

Cuando entran en la sala de visitas, don Josemaría coloca, presidiendo, un cuadro de la Virgen. Es una sencilla estampa montada sobre un fondo amplio y bordeada con un marco cuadrado de unos treinta centímetros. Después, lee el Evangelio y hace un comentario breve; luego, desarrolla un tema espiritual. Anima a estos chicos a hacer un examen profundo a la luz de Dios. Y les impulsa a una vida nueva.

Todo es muy directo, sencillo. Los tres universitarios están sobrecogidos por la seriedad y la convicción de las palabras que acaban de escuchar, por la fe que anima las intenciones de este sacerdote.

Más tarde, les lleva a la capilla. Se trata de una sala, cuya pared frontal se cubre por un tapiz con dosel, un cuadro de la Santísima Trinidad, un pequeño Crucifijo y unas imágenes populares del Corazón de Jesús y de la Virgen.

Don Josemaría expone el Santísimo, reza y les imparte la Bendición. Juan Jiménez Vargas dejará constancia de la impresión que les produce su modo de actuar: la piedad con que abre el sagrario, se arrodilla y toma la Custodia en sus manos. Algo que, por sí solo, es una admirable lección de fe y de amor.

Un día, cuarenta y dos. años más tarde, Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer contará a algunos de sus hijos en Venezuela y en Guatemala aquella reunión:

«Vinieron sólo tres. ¡Qué descalabro, ¿verdad?! ¡Pues, no! Me puse muy contento, y al terminar me fui al oratorio de las monjas, expuse a Nuestro Señor en la custodia, y di la bendición a aquellos tres. Me pareció que el Señor bendecía no a tres, ni a tres mil, ni a trescientos mil, ni a tres millones: bendecía a una muchedumbre de gente de todos los colores, que ya es una realidad»(6).

Y durante la misma catequesis, en Guatemala, volverá a describir el horizonte humano que veía detrás de aquella primera bendición:

«...y yo veía trescientos, trescientos mil, treinta millones, tres mil millones..., blancos, negros, amarillos, de todos los colores, de todas las combinaciones que el amor humano puede hacer. Y me he quedado corto, porque es una realidad a la vuelta de casi medio siglo. Me he quedado corto, porque el Señor ha sido mucho más generoso»(7) .

Algunos primeros de la Obra morirán jóvenes: don José María Somoano, Luis Gordon, María Ignacia García Escobar y Antonia Sierra. Pepe Isasa caerá en un frente de batalla. Otros van a ser dispersados por la guerra civil española. Pero los que permanezcan fieles, fraguarán su entrega durante estos años dificiles y enconados, para ser cimiento firme del futuro.

Con la proclamación de la República, son habituales el descrédito y la persecución religiosa. Una gran mayoría de clérigos y laicos se ven envueltos en el ambiente confuso y agresivo del momento nacional.

Los muchachos que frecuentan el trato de don Josemaría se sorprenden por haber encontrado un sacerdote que todavía es capaz de seguir cruzando la ciudad con sotana y manteo, que en su amplitud humana habla de la libertad de opción temporal de todos los católicos, que en su dirección espiritual evita tomar partido en cuestiones políticas opinables y les insiste constantemente en trabajo y estudio, que les habla de alegría como consecuencia de un enfoque sobrenatural de todo acontecimiento. Y también de la frecuencia de Sacramentos; de la Virgen, como una acogida universal, materna y amable, para todos los hombres. De profundo amor a la Iglesia y al Papa. Y, a la vez, es un hombre que se interesa por sus problemas personales y familiares, por sus amigos, por las nimias contrariedades y alegrías de la existencia diaria.

Dios en medio del trabajo

Estamos en el curso académico de 1929. Cada mañana, desde la calle de Caracas, en Madrid, un estudiante de Ciencias Químicas emprende el camino de la Universidad, pero antes hace una parada en la capilla del Patronato de Enfermos, que le queda de camino, atravesando la calle de Santa Engracia. Es una cita diaria a la que no falta desde su juventud. Ha puesto las raíces de su esfuerzo en las manos de Dios.

Hace meses que advierte la presencia de un nuevo sacerdote en la capilla. Tiene su confesonario muy cerca de la entrada, a la derecha. En las contadas ocasiones en las que se han saludado por la calle, ha podido advertir que es muy joven y se cubre con una «teja» intentando dar a su talante un aire de gravedad. Algunas veces ha coincidido en un acto litúrgico que oficiaba en el Patronato y le han impresionado profundamente su devoción y naturalidad.

Lo que José María González Barredo desconoce es que, desde 1928, este sacerdote reza por él, y ha escrito en un pequeño diario que lleva habitualmente la petición de que llegue a ser del Opus Dei. Porque en su confesonario de la iglesia, don Josemaría Escrivá sigue llamando, a veces “in mente”, a todos los que Dios ha señalado para hacer su Obra en la tierra.

González Barredo tiene diecinueve años y se ha planteado una dedicación de servicio a los demás. Pero no acaba de ver la solución a sus dudas a pesar de repetidos intentos para encontrar el camino.

Entre 1931 y 1932, José María G.B. comienza su actividad profesional en el Instituto de Linares (Jaén) y pierde de vista temporalmente a este sacerdote que le ha saludado en varias ocasiones, pero sin llegar a tener ninguna conversación con él.

En las Navidades de 1932, regresa para trabajar en su Tesis Doctoral en el Instituto Rockefeller de Madrid. Se aloja en una residencia alemana para familiarizarse con este idioma que ahora resulta indispensable en el ámbito científico.

Una mañana, camino de su trabajo, se cruza con aquel sacerdote del Patronato, que le ha reconocido y viene a su encuentro. En un primer momento intenta eludirlo, pero no lo consigue. Y he aquí que le propone, insistentemente, una entrevista este mismo día.

No está muy animado José María G.B. porque imagina que le va a reclamar para cualquier actividad parroquial y no desea dedicar su tiempo a nada que le aparte del quehacer profesional. Con todo se plantea una pregunta: ¿y si tuviera la solución a sus dudas?, ¿y si le diera luz para el camino que está buscando?

Las horas pasan inexplicablemente lentas en el Instituto Rockefeller durante esta jornada. Pero, al fin, puede acudir a la cita concertada.

Don Josemaría le recibe cordialmente y le habla de muchos temas; también le explica en qué consiste la Obra. Años más tarde, este futuro científico, miembro de varias Academias, conferenciante asiduo en las reuniones de más alto nivel técnico, Catedrático de Física y Química, y profesor de dos Universidades americanas, escribirá:

«La impresión que me produjo fue muy intensa. Se veía su santidad, las virtudes sobrenaturales que tenía, y también sus virtudes humanas de cordialidad, fortaleza, fuerza de voluntad, alegría y, sobre todo, un extraordinario sentido del humor. Además, mostraba horror a toda clase de ostentación, a todo lo que pudiera parecer extraordinario (...). Me dijo solamente que la Obra no era una obra puramente humana, que no era un grupo de hombres buenos que se reúnen para hacer una cosa buena: eso es mucho, pero es poco. La Obra es una cosa sobrenatural, que Dios quiere.

(...) A pesar de que yo llevaba tantos años sin ver claro, fue tal la impresión que me produjo el Padre, y la tranquilidad y la paz al mismo tiempo, que me decidí a pedir la admisión en la Obra inmediatamente y sin ningún género de duda»(8).

Más tarde intentará comunicar esta certeza que le inunda a sus amigos. Y cuando expone su entusiasmo, alguno le responde: «Pero... ¿y los medios?».

Cuando traspasa al Padre este interrogante, don Josemaría Escrivá, sin pararse a pensarlo, responderá aquello que un día va a quedar escrito en el punto 470 de «Camino»:

«-Son los mismos de Pedro y de Pablo, de Domingo y Francisco, de Ignacio y Javier: el Crucifijo y el Evangelio...

-¿Acaso te parecen pequeños?».

En verdad no tienen ningún medio material. Pero José María G. B. aprenderá del Fundador a confiar plenamente en la Voluntad de Aquel que ha escrito ya la historia de la Obra sobre el mundo. Y con su trabajo incesante contribuirá a abrir los caminos de Dios.

En 1933 encontrará el piso bajo de la calle de Luchana donde va a instalarse la futura Academia DYA. Y aportará para sacar adelante este empeño todos los ahorros que tiene en una cartilla de Banco. Así se paga el primer alquiler. Como anécdota, José María G.B. recuerda que, a los dos días, el Banco anunció suspensión de pagos por quiebra. La Academia había iniciado su andadura con el tiempo justo.

En los primeros tiempos de la Obra en Madrid, José María G.B. será testigo de la dedicación, del espíritu y el esfuerzo del Padre. Recordará siempre la formación espiritual y humana que recibe del Fundador a lo largo de esta etapa. Además, impulsado por su estímulo, no descuida su dedicación profesional e interviene, a pesar de su juventud, en congresos y reuniones de la Sociedad Española de Física y Química.

Acompañará al Padre en múltiples avatares de la guerra civil, y, cuando concluya el conflicto, visitará con él los restos de la Residencia de Ferraz 16. Allí mismo, sobre un montón de escombros, don Josemaría Escrivá de Balaguer improvisará una meditación sobre la generosidad en la entrega total a Dios. Y les hará ver que está contento a pesar de que a la Obra no le queda ninguna cosa más que las ruinas sobre las que están rezando. Desde este punto de partida, todo volverá a empezar con mayor fuerza que antes.

Durante uno de los viajes a que le obliga su constante actividad científica, José María G. B. tiene la oportunidad de ser recibido en Roma por el Papa Pío XII. La audiencia se desarrolla alrededor del mediodía y puede hablar con Su Santidad hasta de amigos comunes: Pío XII ha sido Nuncio en Alemania y conoce al profesor Euken de Góttingen, con quien trabaja actualmente José María. Este punto de encuentro alemán es la Universidad más importante en estudios de Física y Matemáticas. Aquí escribirá este doctor, miembro del Opus Dei, una de sus obras fundamentales: «Distance space and time». Y además va a traducir «Camino» al alemán para enviárselo al capellán de la Universidad.

En 1946, enviado por el Fundador, llega a Nueva York como pionero de la Obra en Estados Unidos. Cargado con un gran arsenal de libros del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, sabe, sin embargo, que su mejor equipaje es la bendición con que el Padre le ha despedido camino de un nuevo continente. Sus primeros contactos son difíciles. Un día que sale de la Delegación Apostólica en Washington, ve al otro lado de la Massachusets Avenue el Observatorio Astronómico de la Marina Naval. Y se le inunda la memoria con el recuerdo de su querida Residencia de Ferraz. Porque allí, en un respostero se leía: “Per aspera ad astra” -por lo áspero a las estrellas-. Y el estímulo de esta frase -que también campea en el escudo de los Estados Unidos- vuelve a acelerar su ánimo.

Durante algún tiempo trabajará en la Harvard University y en la Columbia University. Pero no podrá desarrollar su verdadera especialidad en fenómenos de velocidades ultrarrápidas hasta que no consiga un contrato en el National Bureau of Standards. Al fin, por lo difícil -áspero- empieza a llegar a las estrellas. Sus relaciones con científicos de la talla de Enrico Fermi, o de Raman, el primer premio Nobel de la India, no impedirán su dedicación a instalar una Residencia para estudiantes en Chicago, ni la traducción de «Camino» al inglés con un preámbulo escrito por el Cardenal Stritch.

Antes de 1949 el Fundador enviará a los Estados Unidos a Pedro Casciaro. José María G.B. le acompañará a través del Canadá, buscando nuevos horizontes para el Opus Dei.

Cuando uno de los tres primeros sacerdotes de la Obra, don José Luis Múzquiz, llegue para dejar su vida en la inmensidad de esta América del Norte, José María G.B. le acompañará con mayor ilusión e intensidad de las que ha puesto en ningún otro encuentro humano o científico. Porque en la raíz de todo su quehacer permanece intacta aquella vocación por la que rezaba un sacerdote joven, en el año 1928 y en la iglesia del Patronato de Enfermos: ganar el mundo para Cristo santificándose en el trabajo, santificando el trabajo y santificando a los demás con el trabajo.

Nuevo encuentro

Don Ricardo Fernández Vallespín recuerda, de modo imborrable, el día en que conoció a don Josemaría Escrivá de Balaguer. Es el 14 de mayo de 1933, y tiene veintidós años. Conserva también, perfectamente anotadas, las circunstancias que rodean el encuentro.

Vive en la calle de Argensola y estudia el último curso en la Escuela Superior de Arquitectura. Ha de cruzar Madrid, cada día, para llegar hasta la calle de Estudios, muy cerca de la Puerta de Toledo, donde se imparten las asignaturas de su carrera.

Su ambiente familiar se ha visto alterado, recientemente, por la situación política de España. El hermano mayor, Arístides, también estudiante de Arquitectura, y el pequeño, Carlos, han ingresado en la cárcel por tomar parte en el levantamiento de agosto de 1932 contra el Gobierno de la República. Su padre, ingeniero militar, acaba de retirarse, y los ingresos económicos han disminuido.

A pesar de estos incidentes, Ricardo no se siente inclinado a militar en ninguna de las asociaciones políticas. Tiene el empeño de concluir cuanto antes sus estudios y, mientras, para ayudar a la familia, da clases de materias relativas a los dos últimos años de la carrera particularmente difíciles. Es uno de los más brillantes alumnos de la Escuela Superior.

El 14 de mayo de 1933, se encuentra junto a Pepe Romeo. Cuando está desarrollando la lección en un pequeño encerado, se abre la puerta y entra don Josemaría. Interrumpe momentáneamente su trabajo y le presentan a este sacerdote, que es amigo de la familia Romeo. Inmediatamente se siente atraído por su cordialidad y buen humor. En un pequeño diario, donde anota los acontecimientos más importantes de cada jornada, va a dejar escrito:

«Hoy he conocido a un sacerdote, joven y entusiasta, que no sé por qué pienso que va a tener una influencia grande en mi vida» (9).

Por eso, cuando le cita para una entrevista amistosa en su casa, acude a ella el 29 de mayo, quince días más tarde, como quien va a intercambiar impresiones con un antiguo conocido. Sin embargo, Ricardo saldrá cambiado de esta reunión.

Actualmente, la familia Escrivá de Balaguer vive en una casa de la calle Martínez Campos, número 4. Don Josemaría le recibe y le habla de vida interior. Le anima a ser mejor, a acercarse al amor de Cristo. Luego, coge un libro y escribe en la primera página:

+ Madrid 29-V-33

Que busques a Cristo Que encuentres a Cristo Que ames a Cristo(10).

Se trata de la «Historia de la Sagrada Pasión» del Padre Luis de la Palma.

Treinta años más tarde, don Ricardo Fernández Vallespín -sacerdote desde 1949- regresará de trabajar por el Opus Dei en América del Sur. Hace tiempo que ha dado por perdido aquel pequeño libro. Y cuando pasea su mirada por los ejemplares de una biblioteca en casa de sus hermanas, ve el título de la «Historia de la Sagrada Pasión». Lo coge y, al abrirlo, observa su nombre escrito en la contraportada; pasa la hoja y allí está, en la primera página, la dedicatoria de don Josemaría.

Lo recibe como un nuevo regalo y así se lo escribe al Fundador, que no tarda en contestarle, lleno de cariño:

«También a mí me conmovió aquella dedicatoria, que nos lleva a tiempos tan lejanos: ¡cuánto ha bendecido el Señor su Obra! (...). Reza por mí, y haz rezar por mí»(11)

A la primera entrevista en Martínez Campos seguirán algunas más; pero Ricardo, en esta época de su vida, es un muchacho de gran actividad, divertido, que saca el mayor jugo posible a las vacaciones de verano. Las excursiones, el deporte y la alegre camaradería de chicos y chicas, que comparten sus días libres, le hacen olvidar, temporalmente, aquellas reuniones.

En septiembre regresa a Madrid con una ambición: terminar su carrera, situarse lo antes posible, empezar a ganar dinero. Sin embargo, un contratiempo importante va a cruzarse en sus afanes. Cuando tiene encima los exámenes, contrae una enfermedad grave: reumatismo poliarticular agudo. Los médicos le aconsejan reposo absoluto y un tratamiento intensivo que prevenga las complicaciones. Tiene pendiente la última asignatura de sus estudios: el proyecto de un edificio. Y apenas le queda un mes para desarrollarlo.

Recuerda, de pronto, una excursión a la Virgen de Sonsoles que hizo en el verano, desde Avila. La impresión que le produjeron la ermita y los exvotos colgados en la pared. Y promete a la Señora que irá a pie desde Madrid para rezar de nuevo junto a Ella, si se cura a tiempo para recuperar la asignatura. Cede la enfermedad y, aunque le cuesta un gran esfuerzo, termina felizmente en el curso 1933-34. Es uno de los arquitectos más jóvenes de España.

En noviembre acude a visitar nuevamente a don Josemaría. Quiere hacerle partícipe de su alegría, del final de esta pequeña batalla ganada con buen pulso. En esta reunión, el sacerdote le habla de la Obra, de la cual no tiene aún noticia alguna.

Durante el caer de aquella tarde, Ricardo escucha y entiende que Dios quiere que se lleve a cabo una misión, no para solucionar un problema temporal de España, sino que tiene envergadura universal. Conoce la existencia de hombres que han elegido entregar su vida a fin de llevar el amor de Dios a las criaturas. Y todo, en el ejercicio de su profesión, en la calle, entre sus iguales. Como los primeros cristianos.

Oye la exposición cálida, personal, de don Josemaría, que abre ante su alma el horizonte espiritual de dar la vida por la Vida, el amor humano por el Amor.

Mientras escucha, sin haber tenido antes el menor pensamiento de darse enteramente a Dios, cae en la cuenta de que éste es su camino. Y con una alegría que escapa a toda explicación lógica, le dice:

«Yo quiero ser de eso»(12).

De «eso» que ve en su enorme trascendencia, pero a lo que aún no acierta a poner un nombre concreto.

Ricardo rezará pidiendo luz al artífice de toda inspiración: al Espíritu Santo. Y se siente tan gozoso, que no piensa en lo que tiene que dejar sino en lo que ha encontrado. Jamás había ido a comulgar tres días seguidos. Esta vez lo hace, y reafirma su petición sincera y tranquila. Acaba de cumplir veintitrés años y su formación religiosa es la corriente de un muchacho que procede de una familia cristiana. Pero no le faltará, desde el primer momento, la fe en el espíritu sobrenatural de la Obra ni en su vocación. Tiene la seguridad de que don Josemaría es un hombre elegido por Dios como instrumento de una gran siembra de amor y de paz.

Unos días después de la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer, don Ricardo escribirá: «No puedo menos, al escribir estas líneas, de dar gracias a Dios y pedir que llegue a todo el mundo este torrente de su Amor, que abra y llegue a todos los rincones de la tierra en un cauce hondo y ancho, luminoso y fecundo. Y que glorifique al fiel instrumento que fue el Padre,durante su vida en la tierra» (13).

Doce años después, el 30 de julio de 1988, don Ricardo Fernández Vallespín morirá en Madrid después de una entrega total a la Obra de Dios. Sin duda el Padre esculpió en su alma aquellas palabras escritas como dedicatoria, en la «Historia de la Sagrada Pasión»: buscar a Cristo, encontrar a Cristo, amar a Cristo.

Hombre para el futuro

En el Patronato de Enfermos, hay algunas señoras de la alta sociedad madrileña que prestan su colaboración personal en muchas actividades benéficas. Una de ellas, Carmen del Portillo, es pariente y madrina de un muchacho llamado Alvaro del Portillo, que estudia en la Escuela de Ingenieros de Caminos. En más de una ocasión, esta señora habla con don Josemaría Escrivá de Balaguer de las grandes cualidades intelectuales de su ahijado. Tiene una buena formación religiosa, que debe a su familia, y una piedad sincera. Sin embargo, nunca ha seguido la dirección espiritual de sacerdote alguno.

Desde que conoce este nombre, en 1930, don Josemaría empieza a rezar por Alvaro. Pasan casi cuatro años y, un día del curso 1934-35, dos compañeros de la Escuela de Ingenieros le hablan de un cura muy simpático al que conocen. Desean presentárselo.

Hace unos meses que caminan en buena amistad por los barrios más pobres de Madrid, prestando servicios y repartiendo afecto entre la pobreza y el abandono. Han compartido muchas situaciones con Alvaro y saben que entenderá el espíritu que el Padre imparte entre los estudiantes que frecuentan la Residencia.

Y Alvaro acepta. Acuden a la calle de Ferraz, al Centro que la Obra acaba de abrir. Ahí, en una salita, le saluda, por primera vez, don Josemaría:

-«¿Cómo te llamas?, ¿tú eres sobrino de Carmen del Portillo? » (14)

Recuerda perfectamente los detalles familiares que le contó, hace ya varios años, su tía Carmen hablando de este ahijado suyo. Pasan un buen rato. La amistad es fácil con este sacerdote de treinta y tres años que parece conocer a cada persona desde toda la vida. Al estudiante de Caminos se le ha quedado grabada la entrevista y hace el firme propósito de volver. Pero ya no consigue reunirse con el Fundador del Opus Dei hasta que se avecina el mes de julio. La familia del Portillo está a punto de emprender el veraneo y, antes de abandonar Madrid, Alvaro decide despedirse de don Josemaría. Es el día 6. Sube hacia la Residencia de Ferraz y mantiene con él una conversación larga, íntima. Alvaro oye hablar, como si lo escuchara por primera vez, de vida espiritual, de oración, de presencia de Dios, de amar al que es Amor, al que es la Vida; y de la Obra de Dios que empieza a crecer sobre la tierra. Al final don Josemaría concluye:

-«Mañana tenemos un día de retiro espiritual -era sábado-, ¿por qué no te quedas a hacerlo, antes de ir de veraneo?»(15)

Alvaro no ha hecho nunca un día de retiro. Y, aunque no contaba con emplear el domingo en esta ocupación, se lo pide este sacerdote con tanto interés y cariño que no sabe negarse: acudirá al día siguiente.

El Fundador dirige la primera meditación de la mañana. Varios miembros de la Obra conocen a Alvaro, porque don Josemaría les ha hablado de él, de este hombre joven, que tiene una disposición generosa ante la vida y que puede ser llamado por Dios.

El Padre les aconseja que le hablen de su propia entrega, por la tarde, cuando haya terminado el retiro. Pero uno se adelanta, en la primera ocasión oportuna, por la mañana. Y Alvaro del Portillo dice que sí.

He aquí como lo describe él mismo, años más tarde:

-« Sí: fue un 7 de julio cuando conocí la Obra y cuando pedí la admisión. Statim -como dice el Evangelio de la llamada de los Apóstoles-, inmediatamente, relictis omnibus, dejé todo, para encontrar mucho más. Porque Dios es infinitamente más generoso que nosotros y, si le damos como uno, nos responde como mil» (16).

La decisión cambia sus planes en este caluroso verano de Madrid. Alvaro se quedará para oír y conocer, directamente del Fundador, el espíritu del Opus Dei. Y el Padre, al que habían programado unos días de descanso en la provincia de Salamanca, supera una vez más el agotamiento para abrir el horizonte de la Obra, y la profundidad del Amor de Dios, a este nuevo hijo suyo.

En marzo de 1936 ratificará para siempre su compromiso de fidelidad, cuando aún no ha pasado un año desde que pidió la admisión.

El Padre se ve urgido por Dios para desarrollar el Opus Dei y necesita apoyarse con fuerza en la lealtad de los que le siguen en esta primera hora. El día de San José, 19 de marzo, tiene lugar un gesto entrañable del Fundador, que Alvaro no olvidará.

Conmovido por la generosidad incondicional de estos hombres jóvenes que entregan todo sin titubear, les ha besado los pies, con aquellas palabras de la Sagrada Escritura: «¡qué espléndidos son los pasos de los que anuncian la paz, de los que evangelizan la buena nueva!»(17). En 1975, cuando el Padre haya cruzado los umbrales de la muerte, don Alvaro repetirá este gesto con el Fundador:

«Yo le devolví ese beso en cuanto pude: cuando su alma ya se había ido al Cielo. Si le besé los pies en aquel momento, fue porque me acordé de que el Padre me los había besado a mí, y le devolví el beso. ¡Cómo me iba a olvidar! No era sólo un gesto. No fue solamente una manifestación de fidelidad y de unión, sino(18) mucho más: era entregarme de nuevo»

Desde 1936, don Alvaro permanecerá junto al Padre, con un breve paréntesis durante la guerra civil de España. Y es a partir de 1937 cuando el Fundador comienza a llamarle con el afectuoso nombre de “Saxum”: roca. En una carta fechada durante este año pueden leerse las siguientes líneas de don Josemaría Escrivá de Balaguer:

-«”Saxum”!: ¡qué blanco veo el camino -largo- que te queda por recorrer! Blanco y lleno, como campo cuajado. ¡Bendita fecundidad de apóstol, más hermosa que todas las hermosuras de la tierra! “Saxum”! » (19)

Roca en la que apoyarse. Porque desde el primer día, Alvaro no tendrá una duda. Estará incondicionalmente al lado del Fundador y abrirá, con él, los caminos del mundo para que pueda transitarlos el espíritu de la Obra. Va a compartir con el Padre los trabajos, las contradicciones y alegrías de los años que se acercan. Será testigo de los matices más profundos del Opus Dei y los conservará como se custodia una herencia preciosa, intocable, de origen divino.

Don Alvaro del Portillo, después de ordenarse sacerdote en 1944, será el confesor de Monseñor Escrivá de Balaguer. Dos veces habrá de darle la absolución in articulo mortis; la última, el 26 de junio de 1975, cuando su alma remonta, definitivamente, el camino del Cielo. Tras este acontecimiento, será elegido, por decisión unánime, primer sucesor del Fundador al frente del Opus Dei, el 15 de septiembre de 1975.

Un incondicional

José María Hernández de Garnica fue otro ejemplo de cómo el espíritu de la Obra puede llenar de Dios un alma.

Un día del año 1935, aquel estudiante joven, conocido en las aulas de la Escuela de Ingeniería por su acusada personalidad y por la destacada inteligencia con que cursa la carrera de Minas, llega hasta la Residencia de Ferraz 50 acompañado de un amigo. Cuando aparece, la casa se encuentra en plena actividad: se instala el oratorio. Hay que colocar en el techo de la habitación una especie de baldaquino -que se ha confeccionado con madera forrada de tela-, porque la Iglesia ordena que se cubra, si hay vecinos en el piso superior, el lugar donde está el sagrario. Don Josemaría

Escrivá de Balaguer dirige la operación con los chicos de la Residencia. Y, entonces, aparece este nuevo compañero a quien muy pocos han visto todavía. Hernández de Garnica es interpelado en el mundillo de sus amigos con el afectuoso diminutivo de «Chiqui». Y así es como suena su nombre en ese día y en la habitación, futuro oratorio, de Ferraz.

Don Josemaría no le conoce, pero ve el aspecto simpático, lleno de naturalidad, del recién llegado, y le saluda alegremente:

-«¡Hombre, Chiqui, muy bien! Ten, coge este martillo y unos clavos, y ¡hala!, a clavar allí arriba... »(20).

Así empieza su relación con el Opus Dei. Muy pronto, sus buenas cualidades humanas y el empeño sobrenatural del Fundador de la Obra van a aliarse para abrir el camino a su entrega definitiva a Jesucristo.

A partir de ese momento, José María pasa a ser el incondicional que sigue, con toda fidelidad, las menores indicaciones del Fundador. Su mente clara, dotada de gran sentido práctico, convertirá en realidades los proyectos más inabordables.

A punto de ser fusilado durante la guerra civil, escapará providencialmente. Es trasladado a un penal, en Valencia, y, al salir, se incorpora al ejército republicano. Los primeros años después de su ordenación, en 1944, dedicará su actividad, de modo especial, a atender sacerdotalmente a la Sección de mujeres del Opus Dei.

Aparte de una ingente labor en España, se cuenta con él para momentos de expansión a través de varios países europeos; vivirá largos años de trabajo en Francia, Inglaterra y Alemania. En todos los difíciles comienzos deja constancia de su tesón, su enorme confianza sobrenatural, su fidelidad incondicional al Fundador y la fortaleza de un hombre forjado en duros combates pero que tiene intacto el empeño del primer día.

Su capacidad para resolver grandes y pequeños problemas ha sido siempre proverbial. A fuerza de entusiasmo y amor sabrá ejercer todo género de oficios que ayuden a levantar, incluso, las paredes materiales que albergan los Centros de la Obra de Dios.

En 1972 este hombre, que ha dado una impagable lección de fidelidad, muere, en Barcelona, rodeado por la gratitud de todos. El Fundador le despide con el mismo cariño con que le envió por tantos caminos de la tierra y le da su último impulso para cruzar los umbrales del Cielo.

Desde la otra orilla

Enero de 1935. En la Residencia de la calle de Ferraz 50, don Josemaría Escrivá de Balaguer recibe a un estudiante: se llama Pedro Casciaro. Al abrir la puerta, en la pequeña salita de la entrada, don Josemaría se para un momento, sonriente, en un gesto muy habitual. Tiene delante a un muchacho joven, espigado, de ojos azules, que trae un aire de curiosidad y una chispa alegre, casi irónica, en la mirada.

Don Josemaría sabe que Pedro es hijo de un Catedrático, que estudia Ciencias Exactas y Arquitectura, y que es un compañero que aprecian cuantos conocen.

En esta brevísima pausa, mientras median los saludos, Pedro repasa las circunstancias que le han llevado hasta la calle de Ferraz. Ha cursado sus estudios en instituciones laicas. En el círculo de amistades en que se mueve y en su ambiente familiar hay cierta prevención hacia los curas. Tiene fe, pero su formación religiosa no es profunda. Nunca ha hablado con un sacerdote cara a cara. Los profesores clérigos que tuvo en el Instituto han pasado por el filtro de su crítica intelectual y acerva. Por eso, cuando oye hablar de don Josemaría con admiración, contesta con sarcasmo y autosuficiencia.

Sin embargo, llevado de su insaciable curiosidad por todo, y empujado, también, por la insistencia de aquel amigo, accede a la presentación que está teniendo lugar en este momento. Pero acude con el firme propósito de no hablar de nada personal.

El vestíbulo de la Residencia le ha impresionado bien. Es, piensa, como el de una familia de la clase media, más bien modesta, pero de buen gusto. Y, sobre todo, muy limpio. No es la característica más frecuente en los alojamientos de estudiantes.

Ahora, ante la presencia de don Josemaría, se han debilitado sus prejuicios. Este sacerdote impone un respeto muy superior a su edad pero, al mismo tiempo, despierta una simpatía arrolladora y una alegría contagiosa. Con toda delicadeza, pide perdón al amigo que le acompaña para que les deje solos unos minutos. Y, durante esta conversación, Pedro pierde la noción del tiempo y ve derrumbarse sus reservas. Ganado por completo, va abriéndole su alma, hasta los pliegues más recónditos,. como no había hecho jamás con nadie. Hablarán más de una hora. Cuando se marcha, le pide insistentemente que sea su director espiritual, aunque no tiene ni la menor idea de lo que es la dirección espiritual. No puede medir hoy el alcance que va a tener en su vida esta petición.

A partir de este momento, Pedro acude regularmente a Ferraz para confesarse y hablar a don Josemaría de sus proyectos y de su alma. En los intercambios de su amistad, va descubriendo progresivamente la hondura espiritual de este sacerdote, su inteligencia y su cultura. Dentro de su familia ha sido educado en absoluta libertad, y no encontrará jamás, en este apoyo espiritual y humano de don Josemaría, estrechez de miras, coacción, rigidez o cuadrícula de ninguna clase: nunca cercena sus aspiraciones, despierta en él su generosidad con Dios, le recuerda la responsabilidad con sus padres, le habla de santidad en el mundo sin hacer nada raro, primero a través de sus estudios y, luego, en su profesión y trabajo.

Al llegar el verano, Pedro, asombrado, comprueba que ha conseguido cumplir un plan de vida que le acerca a Dios, que ha dado un nuevo rumbo a sus ideales, que ha forjado una buena amistad con aquellos que comparten la dirección y ayuda de don Josemaría, y que ha hecho apostolado con sus compañeros para conducirles a la alegría de un cristianismo vivo y verdadero.

Le parece que es el máximo. Nadie le ha planteado otra cosa y jamás se ha hecho la idea de que Dios pudiera necesitar su vida entera.

Y con esta renovada juventud se marcha a Torrevieja, en la provincia de Alicante, a pasar unas felices y largas vacaciones frente al mar.

Durante aquellas luminosas tardes de Levante, llegarán hasta Pedro las noticias de sus amigos de Madrid que le escriben. Siempre, don Josemaría añadirá unas líneas. Y estas cartas le dan la fuerza y el vigor para seguir poniendo a Dios delante de su vida.

Cuando regresa a la capital, un compañero de la Escuela de Arquitectura, con el que le une una antigua y profunda amistad, le dice que está a punto de pedir la admisión en la Obra. A través de él, Pedro entiende que en Ferraz hay un grupo de hombres, profesionales y estudiantes, que viven una entrega total a Dios y que han renunciado al matrimonio.

Se queda de una pieza y trata de calmar a su amigo. Pero nota que, según imparte tranquilidad, va perdiendo, paulatinamente, la suya. A él nunca le han hecho la menor insinuación.

En la primera oportunidad habla con don Josemaría. Pero, ante su asombro, no da importancia a las inquietudes que han ocupado su pensamiento durante aquellos días. Le recomienda, eso sí, que intensifique su vida de piedad, que estudie mucho, y que deje sus preocupaciones en manos del Señor de la paz. ¡Ah!, y que no falte al retiro mensual que harán los chicos de la Residencia.

Efectivamente, allí está. Y desde la primera meditación, Pedro sabe con certeza que no puede «irse triste» como el joven del Evangelio que no tuvo suficiente generosidad para ir tras Jesucristo. Busca impacientemente a don Josemaría y le pide ser admitido en la Obra. Aunque le vuelve a recomendar calma, forcejea para convencerle de la seriedad de sus palabras.

Don Josemaría le mira, con el cariño que le inspiró desde el primer día, y le envía a rezar al Espíritu Santo para que le ayude a decidir con libertad. La vocación, le dice, sólo puede afrontarse en absoluta libertad de alma.

Unos días más tarde, Pedro Casciaro, alegre, gozoso por el hallazgo de una nueva tierra, de un horizonte más ancho que el Mediterráneo de sus vacaciones, pone toda la fuerza de su corazón en manos de Dios (21). Esta aventura divina que comienza junto a don Josemaría en el año 1935 le llevará mucho más lejos y le hará edificar construcciones más altas de las que hubiera soñado nunca para sus ambiciones de arquitecto. Años después, en 1946, será ordenado sacerdote y, un tiempo más tarde, partirá hacia México para iniciar allí la singladura del Opus Dei.

Durante un viaje a España, en 1975, tras la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer, tiene ya el pelo blanco. Pero conserva el brillo jovial de sus ojos, que han mirado tantas maravillas, como le pronosticara un día, en su juventud, el Fundador. Vuelve a México, el lugar donde ha desarrollado, durante más de veinte años, una enorme labor para dar solidez a los cimientos de la Obra; donde miles de almas conocen ya la misma luz con que el Espíritu Santo inundó su alma un día de invierno madrileño.

Coincidiendo en el tiempo con Pedro Casciaro, hay un estudiante que frecuenta la Residencia de Ferraz y que acabará viviendo en ella. Es alto, muy delgado, y habla con el inconfundible acento de la región levantina. Su familia está en Valencia. Pero él permanece en Madrid haciendo Ciencias Exactas y Arquitectura. Francisco Botella estudia a marchas forzadas. Tiene gran fuerza de voluntad y también la responsabilidad de ser el único hijo varón, en quien se cifran tantas esperanzas familiares. Sus dos hermanas viven en Valencia, con sus padres.

Por esta afinidad cronológica, los primeros pasos de Pedro Casciaro y Paco Botella, desde el invierno de 1935, van a estar tan unidos que, cuando años más tarde, doña Dolores Albás les conozca, formará con ellos un binomio indisoluble: cada vez que tenga que referirse a uno, le acompañará inevitablemente con el nombre del otro. Pregunta siempre por los dos a la vez, de modo que la «entente» Pedro y Paco comienza a cobrar carta de naturaleza.

Cuando estalle la guerra civil española, Pedro y Paco se encontrarán en Levante, y en octubre de 1937 acompañarán al Fundador en su salida de España a través de los Pirineos(22).

Don Francisco Botella recibirá la ordenación sacerdotal en 1946. Su dedicación plena a realizar la Obra se pondrá de manifiesto a lo largo de su vida, hasta su muerte en Madrid, el 29 de septiembre de 1987.

Durante más de cuarenta años atenderá a los alumnos de las Universidades de Barcelona primero y de Madrid después, desde su Cátedra de Geometría Analítica. También desarrollará amplias actividades académicas desde el Consejo Superior de Investigaciones Científicas de Madrid. Pero esta dedicación no menguará nunca sus largas horas de servicio a multitud de personas que acudieron a su ayuda sacerdotal.

En la festividad de los arcángeles San Miguel, San Gabriel y San Rafael su cuerpo yacente, revestido con los ornamentos sacerdotales, será el mejor testimonio de fidelidad al Opus Dei.

El Padre

Estos fueron algunos de los primeros hombres de la Obra. Sobre esta fidelidad habrá de construirse el edificio espiritual que el Fundador viera, con toda claridad, el 2 de octubre de 1928. Cada uno viene marcado con la impronta de Dios: son la respuesta a los años de oración y sacrificio de este sacerdote que ha grabado en su ánimo, desde la adolescencia, la apasionante invitación evangélica:

«Fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué he de querer sino que arda?»(23).

Además de haberles llamado a seguir de cerca a Jesucristo, de dar sentido a su existencia con el horizonte espiritual que pone ante sus vidas, don Josemaría Escrivá de Balaguer es el amigo, el maestro, el apoyo humano inasequible a la desesperanza. Tienen la seguridad de una misión recibida de Dios y el cariño absoluto para las grandes y pequeñas vicisitudes que ha de suponer llevarla a cabo. Todo ello va a llegar, directamente, de las manos del Fundador, al corazón de sus hijos.

Jamás le pasará inadvertido ningún acontecimiento, de orden material o moral, porque está siempre solícito a cuanto pueda afectar, en la alegría y el dolor, a los que le siguen. Por eso, la sucesión de vocaciones se va a multiplicar en la cálida fortaleza de esta familia, de vínculo sobrenatural y hondo cariño humano.

Desde los primeros tiempos, a don Josemaría empiezan a llamarle los chicos: «el Padre». Después, a lo largo y ancho de los años, este título se grabará de modo indeleble en el alma de todo el Opus Dei. Porque nadie como él ha sufrido, amado y luchado por cada uno de aquellos que Dios quiso confiar a su custodia. En todas las encrucijadas del mundo, los miembros del Opus Dei le conocen, le conocerán siempre, por el unívoco apelativo de «Padre».

Es, el único entorchado escrito sobre su tumba romana; el exclusivo título de honor que deseó tener ante sus hijos del presente y del futuro. Ellos y muchos otros que se beneficiaron de su labor sacerdotal se lo otorgaron como un testimonio irrevocable. Así lo afirman, públicamente, después de su muerte.

El profesor Edgardo Giovannini, Rector de la Universidad de Friburgo, que escribe en 1975:

«Dos veces tuve la gran fortuna de ver a Mons. Escrivá de Balaguer en audiencia privada. La primera vez, el 4 de noviembre de 1968 (...).

En la gratísima conversación me habló con gran amor de Jesús, de la Iglesia, del culto personal al Espíritu Santo; me recomendó con apasionada insistencia la fidelidad al plan de vida de los miembros del Opus Dei, la práctica de la humildad, un gran amor a mi esposa y mis hijos. Me dio una catequesis personal con la misma ternura con que Jesús cuida individualmente de cada una de las almas que ha salvado con su Sangre.

Llegado el momento en que se debía poner fin a la entrevista (...), me bendijo, bendijo a mi familia, a la Universidad de Friburgo, me entregó un recuerdo (...) y, después, con un gesto de ternura varonil, me dio dos besos en la frente. Ya en la puerta, me dijo: "Ruega por mí que soy un pobre pecador, pero un pecador enamorado de Jesucristo..

Al salir me encontré en una calle, en aquella hora, desierta, (...) y me encaminé hacia el Tíber y el Vaticano (...). Tal era mi estado de emoción, que las lágrimas me caían cálidas y abundantes... »(24).

Y Monseñor Francesco Angelicchio, desde Italia:

«La presencia del Fundador de la Obra, su proximidad física ha sido siempre, para mí, fuente de alegría indecible. Ver al Padre o tener la posibilidad de encontrarlo al cabo de poco tiempo era motivo de que se tranquilizara cualquier ansiedad o preocupación, como si su presencia, su palabra o un gesto suyo de afecto basta sen por sí solos para resolver cualquier problema... »(25).

Y en 1978, el entonces Arzobispo de Boston, Cardenal Humberto Medeiros:

«Era tan extraordinariamente directo, tan humilde y sencillo, tan cálido y cordial (...) que tuve la sensación de que lo había conocido siempre y de que yo también podía llamarlo "Padre", como hacían ya entonces más de 60.000 hombres y mujeres del Opus Dei (...).

Tenía setenta años de edad en el momento de nuestro primer y, lamentablemente, único encuentro pero su juvenil vitalidad era pasmosa. Pude reconocer a una persona muy cercana a Dios, una verdadera roca de fe. "Eso es lo que necesitamos", recuerdo que me dije después de dejarlo, "un hombre de oración, un hombre que confiesa regocijada y desvergonzadamente su gran devoción a Nuestra Señora y su amor por la Iglesia y el Santo Padre" »(26).

Y Michael Curtin, desde Chicago, que escribe su testimonio en 1978:

«En el curso de estos años, muchos hombres jóvenes me han preguntado cómo puedo estar seguro de la existencia de Dios. Yo siempre les contesto con los motivos de la fe de la Iglesia y los argumentos de la Apologética. Pero la certeza más profunda me llega de haber experimentado directamente el amor divino en un ser humano: el Padre» (27).

Y Joan Cassidy, de Irlanda, que escribe en 1979:

«Cuando conocí al Padre por primera vez, me sorprendieron la cordialidad, el afecto y la alegría que desbordaba (...). ¡Qué gozo, encontrar a alguien, evidentemente enamorado de Dios y con tan buen humor!... »(28).

Y Cesare Cavalleri, periodista, que afirma en 1976:

«Se estaba muy bien con él; se pasaba de la risa más cordial al pensamiento más espiritual. Pienso en aquella capacidad suya de recordar la fisonomía, el gesto, el pensamiento de la gente que tenía cerca (yo era uno de tantos: pero ya desde la segunda vez que le vi, y siempre con otras personas, me he sentido reconocido) »(29).

Por eso, en los últimos años de su vida, cuando el Cielo quiere regalarle una visión panorámica del fruto de sus afanes divinos en la tierra, puede bendecir, en Europa y en América, a multitudes de hijos que acuden a la sencillez de su palabra, a la claridad valiente de su doctrina, a la fidelidad intacta para las enseñanzas del Papa y de la Iglesia.

Por eso también, en una tarde brasileña, antes de salir camino de Buenos Aires, el 25 de mayo de 1974, sus hijos americanos le entregarán una placa de plata. En ella va grabada su bendición impartida días antes, por la desbordante alegría de su corazón y el deseo de que se multiplique su afán de almas para Dios:

«Como las arenas de vuestras playas, como los árboles de vuestros bosques inmensos, como las flores de vuestros jardines, como los aromas que se perciben en el ambiente de este Brasil maravilloso, como los luceros que brillan en la noche...

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo» (30)

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