En las manos de Dios

Ego redemi te et vocavi te nomine tuo: meus es tu: Yo te he redimido, te he llamado por tu nombre, tú eres mío. (Is XLIII, 1)

La primera hora

Durante su estancia en México, en 1970, Monseñor Escrivá de Balaguer explicaba a un grupo de sus hijos las vicisitudes por las que había pasado el desarrollo de la Obra de

Dios en el mundo:

«Cuando el Señor quiso que yo comenzara a trabajar en el Opus Dei, yo no tenía ni una virtud, ni una peseta (...). ¿Veis qué bueno fue esto? ...»(1).

En 1928 es un sacerdote de veintiséis años, desplazado fuera de su diócesis aragonesa; prepara su Tesis Doctoral y sostiene económicamente a su familia; desempeña una agotadora actividad sacerdotal en barrios y hospitales; está inmerso en una aventura divina, cuyas dimensiones desbordan los sueños de su alma.

«Soñad y os quedaréis cortos»(2), dirá siempre a sus hijos, con la experiencia de quien se ve sobrepasado por la magnanimidad de Dios.

Pero en estos primeros años carece hasta de lo indispensable. Atraídas por el fuego de Dios, vienen a su alrededor personas de los más variados ambientes, que ignoran la estrechez oculta en una prodigiosa naturalidad. Por eso, en el correr del tiempo, cuando hable a los que van a abrir caminos para la Obra en cualquier parte del mundo, les recordará:

«Os puedo asegurar que todos los lugares, humanamente hablando, se encuentran en mejores condiciones y con más medios que cuando yo hube de empezar aquel 2 de octubre de 1928. No os podéis imaginar lo que ha costado sacar adelante la Obra. Pero ¡qué aventura más maravillosa!»(3).

La abrumadora soledad de esta primera etapa, la incomprensión, las dificultades de su juventud y de su carencia de medios se ven superadas por el temple irrompible de su fe.

A los primeros chicos que le siguen empieza a hablarles de generosidad y de servicio, por la calle: dando un paseo por el Parque del Retiro madrileño, o en aquel pequeño bar de la calle Alcalá, muy cerca de la Plaza de la Independencia, llamado El Sotanillo... En cualquier parte donde se le brinde la oportunidad de llamar a las puertas de una juventud sedienta de Dios y de ideales. Alguna tarde les invita a merendar, midiendo sus escasos medios porque las pesetas y los céntimos están contados hasta el último extremo.

A través del Patronato de Enfermos conoce a algunas señoras que colaboran con su trabajo y dinero a las obras de atención social que allí se realizan. A todas les pregunta si tienen algún pariente joven, estudiante. Años más tarde, algunos miembros del Opus Dei, como Monseñor Alvaro del Portillo, don José Luis Múzquiz y don Fernando Maycas, sabrán que el Fundador rezaba por ellos, con nombres y apellidos, desde antes de conocerlos.

Muchos, en esta primera hora, se le acercan y le siguen; pero no calan en el fondo sobrenatural de la Obra y se van, de pronto, sin dar ninguna explicación.

No obstante, continúa en su búsqueda. A través de la dirección espiritual va conociendo, también, a un grupo cada vez más numeroso de mujeres jóvenes a quienes expone el panorama de la santificación del trabajo profesional en medio del mundo.

Ninguna duda de la sinceridad, de la autenticidad sobrenatural de las palabras de don Josemaría. Pero es difícil conseguir las primeras vocaciones: quizá a muchos les parece un programa arduo. Demasiado exigente y demasiado nuevo en el contexto espiritual del momento.

Para cubrir la atención espiritual de todos los que se le acercan, pide ayuda a un grupo de sacerdotes seculares, entre los que hay alguno de más edad, a los que expone aquello que Dios le ha confiado. Tiene con ellos una reunión todos los lunes. Aquí acuden don José María Somoano, don Lino Vea Murguía y don Norberto Rodríguez. En una agenda, don José María Somoano, escribe entusiasmado que le ha visitado don Josemaría Escrivá y que su alma está transformada...(4).

Las dificultades le acompañarán siempre, pero nada va a detenerle. Este empeño le hará decir muchos años después:

«He dedicado mi vida a defender la plenitud de la vocación cristiana del laicado, de los hombres y de las mujeres corrientes que viven en medio del mundo y, por tanto, a procurar el pleno reconocimiento teológico y jurídico de su misión en la Iglesia y en el mundo (...).

Corresponde a los millones de mujeres y de hombres cristianos que llenan la tierra, llevar a Cristo a todas las actividades humanas, anunciando con sus vidas que Dios ama a todos y quiere salvar a todos»(5).

Para esta entrega, esta comprensión sin fronteras, Dios le dio una enorme capacidad; un conocimiento profundo del ser humano que le ayudará, en un inmediato futuro, a ser gozosamente entendido por muchos.

Don Rafael Fernández Claros, un sacerdote que le conoce en 1929, escribirá:

«Me bastaron unos momentos para apreciar en todo su altísimo valor el tesoro de santidad que cuidadosamente guardaba aquella delicada alma sacerdotal»(6).

En una carta personal del 7 de junio de 1931 le dirá: «Tus cartas me hacen mucho bien pues después de leerlas me siento con más ánimo para ser fiel (...). Vienen tus misivas siempre fragantes de piedad y del más puro fraternal cariño»(7).

Cristo en la cumbre

Agosto de 1931. El verano dispersa a las gentes fuera de la capital, y las calles se despejan con el calor que inunda esta mañana de domingo. Don Josemaría acude a celebrar la Santa Misa en el recogimiento de una iglesia madrileña y, de camino, reza por el proyecto que ocupa todos los instantes de su mente.

«¿Tú quieres, Señor, que haga toda esta maravilla?» (8).

El mismo dejará constancia, en unas notas, de la profundidad sobrenatural de su oración de ese día:

«7 de agosto de 1931: hoy celebra esta diócesis la fiesta de la Transfiguración de Nuestro Señor Jesucristo. -Al encomendar mis intenciones en la Santa Misa, me di cuenta del cambio interior que ha hecho Dios en mí, durante estos años de residencia en la ex-Corte... y eso, a pesar de mí mismo: sin mi cooperación, puedo decir. Creo que renové el propósito de dirigir mi vida entera al cumplimiento de la Voluntad divina: la Obra de Dios. (Propósito que, en este instante, renuevo también con toda mi alma). Llegó la hora de la Consagración: en el momento de alzar la Sagrada Hostia, sin perder el debido recogimiento, sin distraerme -acababa de hacer in mente la ofrenda al Amor misericordioso-, vino a mi pensamiento, con fuerza y claridad extraordinarias, aquello de la Escritura: “et ego si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum”(lo 12, 32). Ordinariamente, ante lo sobrenatural, tengo miedo. Después viene el “ne timeas”!, soy Yo. Y comprendí que serán los hombres y mujeres de Dios, quienes levantarán la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana... Y vi triunfar al Señor, atrayendo a Sí todas las cosas»(9).

Un altar del Santuario de Torreciudad quiere recordar aquel momento de comunicación divina, que sobrecogió y emocionó el alma de un sacerdote dándole, también, una gran paz. En la capilla del Santísimo, enmarcado por mármoles de estilo neoclásico, hay una imagen de Cristo crucificado, obra del escultor Sciancalepore, que siguió en su trabajo las indicaciones de Monseñor Escrivá de Balaguer. Lo más sugestivo de esta obra -de bronce dorado- es el gesto vivo, la conexión inmediata con el fiel que se coloca ante su mirada. No es un Cristo absorto, inmerso en la trascendencia de su muerte; es el Hombre-Dios que emerge del dolor para mirar al frente. Para dar un mensaje, mezcla de emoción y exigencia, de amor e instancia a la tarea que deja a sus amigos por delante. Es el Cristo del: “ut eatis!”... (¡Qué vayáis!), duc in altura! (¡Mar adentro!), sitio! (¡Tengo sed!), y de tantas urgencias como la Cruz tiene para los cristianos.

A ambos lados del altar hay dos cartelas doradas. En la derecha se puede leer: “Et ego si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum”(10): Y Yo, cuando sea exaltado en alto sobre la tierra, todo lo atraeré hacia Mí.

La otra, situada a la izquierda, recoge la frase de Pedro junto al mar de Galilea, que repara la triple negación de su amistad con Cristo en la trágica noche que precede a la Crucifixión: “Domine, tu omnia nosti; tu scis quia amo Te”(11): Señor: Tú lo sabes todo; Tú sabes que te amo.

Son palabras de contrición, de amor y de humildad. El reconocimiento de la propia nada ante la grandeza del Cielo y la manifestación sincera de amor a Cristo. Por alta que sea la misión humana encomendada a un hombre, siempre estará mediatizada por el cero de sus propias limitaciones y por el infinito de Dios.

El propio Fundador escribirá en un viejo papel: «Reconoce la Santa Madre Teresa, en el capítulo II de sus Fundaciones, que es manifestación de la Omnipotencia divina dar osadía a personas flacas para cosas grandes en su servicio. Y me acojo a lo de La osadía y a lo de la flaqueza... 2 de octubre de 1928. 14 de febrero de 1930»(12).

Colocar a Cristo en la cumbre de las actividades humanas no es llevar a Dios sólo a las actividades cumbre. El matiz es muy importante, porque Monseñor Escrivá de Balaguer exigirá de sus hijos una seria humildad, y repetirá que la presencia de Dios está en lo más alto del esfuerzo, de la intencionalidad, del amor que cada ser pone en su tarea cotidiana, y no precisamente en el éxito humano, en el brillo personal o en el triunfo de un profesionalismo.

Esta dedicación lleva implícito un empleo a fondo de la voluntad y de las cualidades, pocas o muchas, en el cumplimiento generoso del deber. Un empeño por las cosas de cada día que tenga raíz sobrenatural y que supere el desgaste inherente a lo humano; un detalle en el trabajo que lo termine de modo cabal, que lo haga amable y propicio para ser holocausto, ofrenda continua en el servicio a Jesucristo. Al margen de lo que, en el terreno humano, pueda considerarse triunfo o derrota.

Hijos de Dios

En el otoño de 1931, don Josemaría comienza a desempeñar el cargo de capellán del Patronato de Santa Isabel. Desde allí, para llegar a su casa, camina habitualmente hasta la glorieta de Atocha, donde toma un tranvía. La calle no interrumpe su oración; en este mismo año, y durante el mes de septiembre, escribirá una nota que, años más tarde, ocupará el punto 1033 de «Forja»:

«Haz tuyos los pensamientos de aquel amigo, que escribía: "estuve considerando las bondades de Dios conmigo y, lleno de gozo interior, hubiera gritado por la calle, para que todo el mundo se enterara de mi agradecimiento filial: ¡Padre, Padre! Y, si no gritando, por lo bajo anduve llamándole así -¡Padre!-, muchas veces, seguro de agradarle. -Otra cosa no busco; sólo quiero su agrado y su Gloria: todo para El. Si quiero la salvación, la santificación mía, es porque sé que El la quiere. Si, en mi vida de cristiano, tengo ansias de almas, es porque sé que El tiene esas ansias. De verdad lo digo: nunca he de poner los ojos en el premio. No deseo recompensa: ¡todo por amor!"».

Pasan los días y las dificultades parecen acumularse: la carencia de medios para sacar la Obra adelante; el saberse sin influencias, sin conocimientos que puedan abrir puertas al espíritu que el Señor ha puesto en su corazón. Como telón de fondo está el panorama sombrío y poco tranquilizador del país, agravado por la adusta situación que se ha creado para cualquier actitud religiosa.

Del 8 al 14 de octubre tendrán lugar los debates parlamentarios sobre el punto 26 de la Constitución Republicana, que se refiere al estatuto jurídico de la Iglesia y de las Ordenes religiosas. Parece que, en lugar de allanarse los caminos, se levantan murallas imprevistas que impiden el paso de aquel torrente que hay en su alma.

Un día, al salir de Santa Isabel(13), toma en Atocha el tranvía que ha de llevarle, Paseo de la Castellana adelante, y se mezcla con la gente que habla en voz alta, que comenta todo tipo de incidencias. Mientras, cruzan los coches en todas direcciones y el día vuelca su actividad sobre las calles.

Y allí, en medio de aquel fragor, de pronto, como respuesta a esas amargas dificultades, oye en su interior, con fuerza irresistible e innegable, esas palabras del Salmo segundo: «... Tú eres mi hijo»(14).

Y baja del tranvía, casi tambaleándose bajo el impulso de esta clara y confiada protección divina, sin poder repetir más que una y otra vez, también con palabras de la Sagrada Escritura: “Abba, Pater!; Abba! Pater”!(15): Padre, Padre mío.

Siente, paladeando esta afirmación, que nada puede turbar el curso de la vida y de la historia que Dios desea abrir para los hombres. La Obra que se le ha encomendado depende de su fidelidad y de la Omnipotencia de lo Alto. Y descansa en el profundo conocimiento de la filiación divina.

Tiempo más tarde contará a sus hijos esta aventura de su oración en un tranvía madrileño, y les añadirá:

«La calle no impide nuestro diálogo contemplativo; el bullicio del mundo es para nosotros, lugar de oración. Probablemente hice aquella oración en voz alta, y la gente debió tomarme por loco:” Abba! Pater!” Qué confianza, qué descanso y qué optimismo os dará, en medio de las dificultades, sentiros hijos de un Padre, que todo lo sabe y que todo lo puede»(16).

Y, más adelante, les repetirá que esa confianza es más fuerte en la contradicción, en la proximidad de la Cruz:

«Y ahora lo veo con una luz nueva, como un nuevo descubrimiento: como se ve, al pasar los años, la mano del Señor, de la Sabiduría divina, del Todopoderoso. Tú has hecho, Señor, que yo entendiera que tener la Cruz es encontrar la felicidad, la alegría. Y la razón -lo veo con más claridad que nunca- es ésta: tener la Cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo, y, por eso,ser hijo de Dios» (17).

Esta dulce convicción quedará grabada en el ánimo de Monseñor Escrivá de Balaguer para toda su vida. El sentido de filiación divina -saberse hijo de Dios- será un aspecto fundamental de la espiritualidad del Opus Dei; el centro de donde mana la seguridad, la alegría del acontecer humano. Hasta el último instante sentirá la protección y la grandeza de las manos de Dios que siguen, paso a paso, la ruta de los hombres. Probará la certeza de que todo es para bien; incluso las dificultades: “Omnia in bonum!”, repetirá con una seguridad que deja clavada en el perfil sobrenatural de la Obra, como jaculatoria de fe inconmovible que repite ante cualquier dolor, ante la más fuerte contradicción.

Es tal su seguridad, que algunos la han llegado a confundir con un sentimiento de soberbia. Nada más lejos de su ánimo, que balbucea humildemente, y se apoya, como en una roca inconmovible, en la fortaleza del amor de Dios. Las audacias que propondrá a sus hijos son de vida interior, de conformación con la Voluntad de Dios, de santidad y alegría en medio de todos los trabajos. Saberse hijo de Dios, transforma la creación en un extenso recuerdo de familia en el que cada luz, cada trigo, cada amanecer y cada esfuerzo humano son mensaje constante del amor de Dios para con sus hijos de la tierra. «La filiación divina llena toda nuestra vida espiritual, porque nos enseña a tratar, a conocer, a amar a nuestro Padre del Cielo, y así colma de esperanza nuestra lucha interior, y nos da la sencillez confiada de los hijos pequeños. Más aún: precisamente porque somos hijos de Dios, esa realidad nos lleva también a contemplar con amor y con admiración todas las cosas que han salido de las manos de Dios Padre Creador. Y de este modo somos contemplativos en medio del mundo, amando al mundo»(18).

Su confianza sobrenatural se vuelca sobre todos los problemas, grandes y chicos, de los hombres. Cuando en el año 1969 una mujer le habla de un hijo subnormal que le acongoja, las palabras de Monseñor Escrivá de Balaguer llegan, despacio, hasta su corazón:

«Dios os ha bendecido de una forma especial, mostrando un cariño de predilección, porque el Señor -nos lo dice el Evangelio- prueba más a quienes más quiere. Puedes estar segura de que sufro con vosotros y de que pido a Jesús que os ayude a llevar su Cruz con alegría.”Omnia in bonum”! El mundo es bueno, todo es bueno o, por lo menos, lo permite Dios, para que seamos mejores, ya que de grandes males saca grandes bienes»(19)

Y si alguien siente la fatiga en el camino de Dios, le anima:

«El nos habla como un Padre amoroso, y nos da, sin espectáculo, la fuerza necesaria, incluso humana, para terminar las cosas con la misma ilusión con que las hemos comenzado.

Dios mío, confío en Ti, no me veré avergonzado (...). “Possumus! Possumus! Possumus!” -¡Podemos, podemos!-. Y éste no es un grito de soberbia. Esto es un grito de humildad, de unión con Dios, de caridad mutua»(20).

Tras una gran dificultad decía, en 1942, en su despacho de la casa situada en Diego de León:

«Nunca pasa nada, aunque se mueva el pavimento; sólo la infidelidad, romper la unión con Dios, es lo grave»(21).

Su sentido de amor filial se refleja en amar a su Padre del Cielo con el mismo corazón con el que amó a sus padres:

«¿Quién de vosotros no se acuerda de los brazos de su padre? Probablemente no serían tan mimosos, tan dulces y delicados como los de la madre. Pero aquellos brazos robustos, fuertes, nos apretaban con calor y con seguridad. Señor, gracias por esos brazos duros. Gracias por esas manos fuertes. Gracias por ese corazón tierno y recio»(22).

La actividad pastoral del Fundador del Opus Dei ha conducido a despertar en una multitud de cristianos, como radical consecuencia del Bautismo, el sentido de la filiación divina.

Desde aquel día de 1931, tiene esta convicción enraizada con tal fuerza en el alma, que la repite, incansable y amorosamente, cada vez que habla o escribe a sus hijos y a todas las gentes del mundo: porque esta filiación divina nos entronca con la amistad, la fraternidad de Cristo -Hermano Mayor- y nos conduce a la alegría de sabernos mirados, alentados y protegidos de continuo por la presencia de las Personas Divinas.

«Un alma en el Opus Dei no tiene ni miedo a la vida ni miedo a la muerte, porque el fundamento de su vida espiritual es el sentido de su filiación divina: Dios es mi Padre, y es el Autor de todo bien y es toda la Bondad»(23).

Jesús es reconocido como hermano, amigo, en la espiritualidad del cristiano recogida en los puntos de «Camino»:

«Jesús es tu amigo. -El Amigo. -Con corazón de carne, como el tuyo. -Con ojos, de mirar amabilísimo, que lloraron por Lázaro...

-Y tanto como a Lázaro te quiere a ti»(24).

Esta amistad, que nos acompaña a lo largo de la existencia, pone luz, esperanza, alegría, en todos nuestros pasos:

«Iban aquellos dos discípulos hacia Emaús. Su paso era normal, como el de tantos otros que transitaban por aquel paraje. Y allí, con naturalidad, se les aparece Jesús, y anda con ellos, con una conversación que disminuye la fatiga. Me imagino la escena, ya bien entrada la tarde. Sopla una brisa suave. Alrededor, campos sembrados de trigo ya crecido, y los olivos viejos, con las ramas plateadas por la luz tibia.

Se termina el trayecto al encontrar la aldea, y aquellos dos que -sin darse cuenta- han sido heridos en lo hondo del corazón por la palabra y el amor del Dios hecho Hombre, sienten que se vaya

(...). Hemos de detenerlo porfuerza y rogarle: “continúa con nosotros, porque es tarde, y va ya el día de caída” (Lc XIV, 29), se hace de noche

Y Jesús se queda. Se abren nuestros ojos como los de Cleofás y su compañero, cuando Cristo parte el pan; y aunque El vuelva a desaparecer de nuestra vista, seremos también capaces de emprender de nuevo la marcha -anochece-, para hablar a los demás de El, porque tanta alegría no cabe en un pecho solo.

Camino de Emaús. Nuestro Dios ha llenado de dulzura este nombre. Y Emaús es el mundo entero, porque el Señor ha abierto los caminos divinos de la tierra»(25).

La alegría de los santos

Una constante que subrayan cuantos han conocido a Monseñor Escrivá de Balaguer, en cualquiera de las etapas de su vida, ha sido la alegría y la simpatía arrolladora de su modo de ser y de actuar.

«Jamás le he visto hosco, amargado, agrio, entristecido», afirma Pedro Rocamora, que conoció al Fundador del Opus Dei en los primeros años de su estancia en Madrid(26).

Y las Hermanas de los Hospitales, testigos de su desvelo por tanta enfermedad, pobreza y muerte, comentan:

«Era (...) muy espiritual y sabía entregarse a los demás con una enorme alegría. Yo le recuerdo siempre alegre. Si tuviera que destacar una cualidad de él, creo que me quedaría con ésta: la jovialidad, el gozo que emanaba su persona (...). Nos alegraba la vida con su modo de ser. Estábamos deseando que llegara, en aquella etapa de inseguridad y de probable y próxima persecución (...). No le vi nunca contagiarse de ningún espíritu de derrotismo. Don Josemaría no perdió jamás la serenidad. No hubo acontecimiento alguno que perturbase su alegría»(27).

El mismo escribe en los puntos 657 y 658 de «Camino»:

«La verdadera virtud no es triste y antipática, sino amablemente alegre».

«Si salen las cosas bien, alegrémonos, bendiciendo a Dios que pone el incremento. -¿Salen mal? -Alegrémonos, bendiciendo a Dios que nos hace participar de su dulce Cruz».

Su espíritu y su condición humana están unidos en aquella elevada y cordial afirmación que Pablo, Apóstol de las Gentes, dijera a los Filipenses: “ Iterum dico: Gaudete!”: Yo os digo otra vez: ¡alegraos!`.

«Estad siempre alegres, hijos míos -repetía en múltiples ocasiones- (...). “Servite Domino in laetitia” (Ps XVI, 2); servid al Señor con alegría. ¿Vosotros creéis que en la vida se agradece un servicio prestado de mala gana? No. Sería mejor que no se hiciera. ¿Y nosotros vamos a servir al Señor con mala cara? No. Le vamos a servir con alegría, a pesar de nuestras miserias, que ya las quitaremos con la gracia de Dios»(29).

Esta serenidad de ánimo ante toda situación y acontecimiento, esta alegría que «tiene sus raíces en forma de Cruz»(30), arranca precisamente de su apoyo en la filiación divina. De saber que es Dios quien vela, quien conduce todas las cosas hacia el bien. Por eso, aceptar la Voluntad de Dios, costosa o fácil, con sol o con lluvia, con esfuerzo o con facilidad, es lo que mantiene erguido el mástil luminoso de la alegría humana.

En la Navidad de 1956 comunicaba a sus hijos, en Roma, una receta infalible para estar contento:

«Primero, perdonar; si lo hacemos enseguida, ¡qué alegría! Es algo tan grande, que nos da una paz inmensa, porque el perdón nos hace participar del poder divino: es el Señor quien perdona.

Segundo propósito: aceptar con alegría la voluntad de Dios»(31)

Cuando, a lo largo de su actividad pastoral, alguien le interroga acerca de un problema que le preocupa, suele responder como en aquella tertulia romana con muchachas jóvenes estudiantes de diversos países:

«El espíritu de filiación divina está en la base del espíritu del Opus Dei, porque es lo que da fortaleza y alegría siempre. Quizá en algún momento de tu vida te parecerá que no tienes donde pisar: todo, todo desaparece; te encontrarás muy sola. Si en aquel momento piensas que eres hija de Dios, te sentirás fuerte y capaz de todo» (32).

Y también:

«Tienen más motivo para pasarlo mal las personas que piensan en sí mismas. Cuando se piensa en los demás, en ayudar a los demás, en hacer bien a los demás, en consolar a los demás; cuando se va a visitar a pobre gente, enferma y sin dinero, pobre gente abandonada en un hospital, pobres chiquillos que no saben quién es su padre ni su madre, entonces, no hay penas aquí en la tierra (...). La pena viene casi siempre del egoísmo.

Que prueben, que prueben a hacer esto y tendrán alegría; tienen que conocer la pena de los demás, sentir la pena de los demás, y verán que lo suyo es poco»(33).

No le aterran el dolor y las dificultades presentes, porque, a través de cada una, ha presentido la eternidad:

«Me gusta hablar de eternidad. Nos espera una eternidad de amor, de felicidad, de estar junto al Señor, unidos, siempre en Dios. Es difícil imaginar la maravilla de amor que nos aguarda»(34).

Pero no suele pensar en el Cielo como un simple recurso consolador frente al mundo. Es realista. Su alegría se alimenta de las cosas, de las situaciones, del trabajo, descubriendo la presencia de Dios en medio de las actividades de la tierra. Es más, dice que la felicidad del Cielo es para los que saben ser felices en la tierra. Porque se puede sufrir y llorar; se puede tener dolor y enfermedad. Pero también el gozo, la paz de poner todas las cosas en el silencioso amor de Dios.

Siempre repetirá a sus hijos que sean sembradores de paz y de alegría. «Alegría que no es el cascabeleo de la risa tonta, puramente animal. Tiene raíces muy hondas, es algo muy profundo. Pero es compatible con el cansancio físico, con el dolor -porque tenemos corazón-, con las dificultades en nuestra vida interior, en nuestra labor apostólica. Aunque alguna vez parezca que todo se viene abajo, no se viene abajo nada, porque Dios no pierde batallas. La alegría es consecuencia de la filiación divina, de sabernos queridos por nuestro Padre Dios, que nos acoge, nos ayuda, y nos perdona siempre»(35).

Alegría que Monseñor Escrivá de Balaguer sabe salpicar constantemente de humor rotundo, jovial y claro. En 1962 comenta, riendo, durante una tertulia en la Residencia Rosecroft, de Londres:

«Algunos por ahí dicen que hacemos voto de alegría. No me interesan los votos, pero sí la virtud santa de la alegría»(36). Y en otro momento:

«Basta que cada día nos acerquemos al Señor, para decirle que El es “qui laetificat iuventutem meam!”, eres Tú, Dios mío, el que alegras mi juventud. “In manibus tuis tempora mea”, mis años, toda mi vida, la tiene el Señor en sus manos. Esto me llena de dicha y de paz»(37).

Este mensaje que Dios le ha confiado encontrará respuesta en multitud de personas de los cuatro puntos cardinales dedicadas a las más diversas tareas civiles de la vida humana: desde el laboratorio, el quirófano del hospital, el cuartel, la cátedra universitaria, la fábrica, el taller, el campo, el hogar de familia y todo el inmenso panorama del trabajo. Por eso, decía un periodista, después de la muerte del Fundador del Opus Dei:

«Descendió a la calle en busca de santidad; la calle ha sido, más de una vez, implacable con él y con su ardoroso desafío»(38).

Nada podrá doblegar la firme decisión de abrir senderos, a golpe de andadura, por lugares cubiertos de dificultades. Su ánimo es una rotunda afirmación clavada entre la más leal tozudez humana y la más honda convicción sobrenatural: el horizonte sin fin de la esperanza. 

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