Junto al Pilar de Zaragoza

Ecce ego, quia vocasti me!: Aquí estoy, porque me has llamado. (1 Sam III, 6)

El Seminario de San Carlos

Al filo de la llamada de Dios, Josemaría llega a Zaragoza el 28 de septiembre de 1920. Ha respondido afirmativamente, aunque desconoce los horizontes a que habrá de llevarle tal entrega. Sigue pensando que el sacerdocio le dispondrá mejor para el destino de amor que late inquieto dentro de su alma y, fiel a la Voluntad divina, dice una vez más: «Aquí estoy, porque me has llamado».

Le espera un tiempo de sacrificio y de gozo: una etapa llena de contradicciones, de generosidad, de lucha consigo mismo. Pero también le aguarda Dios, en una oferta de amor que le saldrá al encuentro cada vez que su luz interior parezca amortiguarse o que el entorno se vuelva trabajoso.

Hay una secuencia casi paralela entre su desplazamiento geográfico y las sendas interiores por donde habrá de caminar su alma hasta alcanzar lo que Dios ha previsto en su destino. Así como los ríos de su tierra pirenaica se despeñan en la roca para llegar hasta el volumen único del Ebro, así también su carácter habrá de encauzarse para dar lugar a la forma que se adapte a los planes divinos.

Todo su ser va a continuar forjándose en esta ciudad que vive al abrigo de devociones seculares, bajo el manto de la Virgen; aquí va a abrir su propio surco para dar cobijo a la semilla de un árbol gigantesco: un espíritu «viejo como el Evangelio, y como el Evangelio nuevo»(1).

En 1920 hay en Zaragoza dos Seminarios para la formación de futuros sacerdotes: el de San Valero y San Braulio -llamado también Seminario Conciliar- y el de San Francisco de Paula. Todos los seminaristas tienen las clases comunes en el edificio del Conciliar, en la Plaza de la Seo. Aquí acuden diariamente los del San Francisco, cuya Sede se encuentra en las plantas superiores del caserón de San Carlos, un edificio que perteneció a los jesuitas y que les fue expropiado por Carlos III, para después pasar a la diócesis como propiedad. En las plantas inferiores tenía entonces su sede el Real Seminario Sacerdotal de San Carlos, una residencia de sacerdotes doctos que prestaban servicios especiales a la diócesis.

La espléndida iglesia del Seminario de San Carlos es del plateresco aragonés avanzado y conserva, como es típico en el arte de este tiempo, el sistema de bóvedas góticas con crucería, muy recargadas de nervios y adornadas con grandes florones de madera dorada.

Primitivamente decorada por un alto zócalo de azulejos, transformó su interior a partir de 1692, pasando a constituirse en uno de los más representativos monumentos barrocos de todo Aragón. El retablo se comenzó en 1725 y está concebido de un modo monumental y suntuoso, con un dorado deslumbrante que solamente se alivia en la policromía de las tallas. El centro está ocupado por un relieve que representa a María Inmaculada; en los intercolumnios sucesivos encontramos figuras, casi de tamaño natural: Santiago, San Miguel, San Joaquín, Santa Ana, el Angel Custodio y San Juan Evangelista. En el ático se entronizan las figuras de la Santísima Trinidad, custodiadas a ambos lados por dos majestuosas imágenes de San Pedro y San Pablo.

Sobre la mesa del altar se encuentra el tabernáculo que es, al mismo tiempo, manifestador. Se trata de un óvalo de grandes proporciones, de talla dorada, cubierto por un relieve que reproduce las figuras de la Sagrada Cena. Haciéndolo ascender, deja al descubierto un hueco con espléndido ostensorio de plata, al que rodean los ángeles en una bella gloria cincelada.

Hay que señalar especialmente la capilla de San José en el lado de la Epístola. El retablo, churrigueresco pero de realización estilizada, reúne varias tallas de escuela andaluza, entre las que destaca el San José que da nombre a la capilla. El movimiento y la gracia de esta policromía son extraordinarios.

En esta iglesia va a continuar Josemaría un diálogo de excepción con quienes permanecerán fielmente en su corazón a lo largo de su vida: la Santísima Trinidad, Jesucristo en la Eucaristía, la Virgen, San José y los Angeles Custodios. También varios Arcángeles y Santos mayores de la Iglesia serán sus aliados incondicionales durante este tiempo, para proteger y conducir su alma hacia la Obra a que Dios le tiene destinado: San Miguel, San Pedro, San Pablo, San Juan están representados en la iglesia de su Seminario.

No es de extrañar que algunos compañeros recuerden aún a Josemaría de rodillas, en la penumbra de la tarde, hablando largamente con Dios, en el silencio de la oración. Sin ostentación, sin alardes, con la íntima sinceridad de quien entrega su vida por entero. Inadvertido para todos, menos para quienes han detectado ya sus cualidades humanas y sobrenaturales(2) .

Agustín Callejas Tello, compañero y amigo, tiene presente todavía su actitud cuando, desde el oratorio del San Francisco de Paula, se trasladan los seminaristas hasta la iglesia del San Carlos; su devoción al comulgar y su porte erguido y digno.

Tiene el Seminario de San Francisco de Paula un reglamento editado en el año 1887 y que fue dispuesto por el Cardenal Benavides, Arzobispo de Zaragoza. En los setenta y tres artículos que lo integran se dan normas que hoy parecerían de extrema rigidez. Puede comprenderse si se contempla en el contexto de su tiempo.

Muchos de estos títulos reglamentarios existen cuando Josemaría llega a Zaragoza para cursar sus estudios eclesiásticos. Y su espíritu, fuerte, se pliega a una normativa que está poco de acuerdo con su talante, pero que le servirá para rendir su persona y su sensibilidad ante la Voluntad de Dios que le ha llamado.

Una gran parte de los alumnos del Seminario provienen de familias campesinas. Sus buenas cualidades interiores no impiden el que su aspecto y sus maneras adolezcan de la incuria en que, frecuentemente, se han desenvuelto en sus lugares de origen. Es lógico que el reducido grupo de alumnos de condicionamiento social mejor dotado destaque del conjunto.

Josemaría se comporta con todos de un modo cordial, abierto a la amistad connatural a su carácter. Muestra ante las más diversas circunstancias una actitud alegre y un agudo sentido del humor. No olvida nunca a su familia, que sigue allá, en Logroño, y el sacrificio que supone su presencia en Zaragoza. Resuelve las situaciones sonriendo, como en broma. Tiene el don de no agobiar a sus amigos y de alegrar su compañía con una tranquila serenidad. Todo ello infunde respeto y admiración.

Supera los estudios de este curso, su segundo año de Teología, sin gran dificultad, con brillantez. Es asiduo incansable de la biblioteca, donde se le encuentra muchas veces con un autor clásico en la mano: tomando notas, recogiendo bibliografía o ensayando el propio pensamiento en escritos y comentarios breves y certeros. Llega a conocer algunos escritores del Siglo de Oro español de memoria y empieza a forjar una sólida cultura.

Hay en él una distinción que se manifesta en el trato habitual con sus compañeros y con las familias de sus amigos. Es elegante en el vestir y en el quehacer cotidiano, sin perder la naturalidad. Desconoce por completo la envidia y la animadversión.

Ese modo de ser le granjea, involuntariamente, la incomprensión de ciertos seminaristas menos cultos y educados. Nunca le hacen mella las frases de doble sentido que alguno puede dejar caer inoportunamente.

-«No creo que la suciedad sea virtud»(3), responde, con tono amable, a un comentario acerca de la corrección habitual de su aspecto.

En este año, los Directores anotan en su expediente: «Parece tener vocación». Sin embargo, no se atreven a dar una opinión definitiva. Ellos mismos, en cursos sucesivos, declaran la rotunda y fiel seguridad que les inspira su entrega al sacerdocio.

El primer arco que abre el triforio sobre la nave de la iglesia de San Carlos forma una tribuna desde la que se domina el Altar Mayor. Aquí se arrodilla horas enteras, en la intimidad y el silencio, para dejarse llevar de la mano por Dios, como un niño. Como si la Sabiduría infinita jugara con él y le condujera, desde la oscuridad de los primeros barruntos, hasta la luz con que vería años más tarde. En la oración, empieza a encontrar la dulce exigencia de una vocación divina de sacrificio, de abnegación.

Muy pronto podrá decir a los seminaristas confiados a su cuidado -y a los sacerdotes, unos pocos años más tarde- que la entrega a Dios está anegada de Amor. Que ellos son los enamorados del Hacedor del Amor. Y que se equivocan quienes dicen que los sacerdotes están solos: están más acompañados que nadie, porque cuentan con la amistad del Señor, a quien tratan ininterrumpidamente.

Sus compañeros del Seminario llegan a comentar, alguna vez, las mortificaciones físicas y morales de Josemaría. Incluso abandonará la costumbre de fumar. Nada más llegar a Zaragoza, regala el tabaco y las pipas al portero del San Carlos. Pero en este terreno no tolera la broma ni traída de la mano de sus amigos: eso pertenece al terreno de Dios y no a la palabrería de los hombres. El dolor y el amor de los verdaderos enamorados no se ventilan en concurso público. No descartará nunca la penitencia para dominar su cuerpo y su carácter; pero dará preeminencia al esfuerzo de sonreír, cuando cuesta, por encima de otras mortificaciones.

A lo largo de tres años establece lazos de amistad que van a perdurar toda la vida. Aquellos que le han abierto las puertas de su confianza saben de la lealtad de Josemaría.

Comparte con sus compañeros el tiempo libre que le dejan los estudios. En los días de fiesta es habitual salir del Seminario después de oír la Santa Misa, y hasta media tarde. En ocasiones, alguno de sus amigos le invita a participar de su vida familiar, y pasará alegremente las veladas en su compañía.

Durante dos veranos, viaja con uno de los más allegados hasta un pueblecito de Teruel donde el padre de ese compañero de Seminario había ejercido como médico. Todos recuerdan aquellas semanas deliciosas en las que recorren de punta a cabo los contornos: pasan horas en el río espiando la captura de truchas o cangrejos. Forman parte de un grupo bullicioso., conocido en los lugares próximos, a los que se acercan tras largas y frecuentes caminatas.

Admira a sus amigos la coherencia en la vida de Josemaría. Jamás participa de un chiste poco limpio: corta esas conversaciones con ingenio y sabe dar un giro al tema. Vive con naturalidad la pureza. Nunca hace una concesión.

La familia de estos dos buenos amigos, Paco y Antonio, saluda la llegada anual de Josemaría con alegría. En esta casa es como un hijo más. Le insisten para que se quede más tiempo y, algunas veces, consigue marcharse sólo a cambio de llevar con él hasta Logroño a uno de los dos hermanos. El matrimonio Escrivá se vuelca con estos muchachos amigos de su hijo. Paco, el más asiduo, piensa que ha conocido pocas familias tan unidas. Todos los días va en busca de don José, al concluir la jornada de trabajo, y vuelve con él, por Portales y Sagasta, hasta su casa. Le encanta hablar con este hombre, tan lleno de señorío y afabilidad. Cuando llegan, juegan con Santiago. El pequeño ya corretea entre los muebles y sigue a su madre a todas partes, mientras ella, con el cuidado de costumbre, atiende a las tareas de la casa.

En el Seminario, encontrará también la amistad de otros muchos compañeros. Porque Josemaría no se limita a un grupo reducido. Más bien se empeña en buscar y aceptar la compañía de todos; su corazón tiene, desde el principio, una actitud abierta de par en par.

Superior del Seminario

En septiembre de 1922, después de acabar el tercer curso de Teología, Josemaría Escrivá es nombrado Superior del Seminario de San Francisco de Paula. Este cargo implica el deber de velar por la disciplina en la vida de los seminaristas: horarios de clases, puntualidad, silencios, estudios. Además se le asigna un fámulo, es decir, un seminarista que le ayuda en las pequeñas tareas materiales para que pueda entregarse con mayor dedicación al nuevo trabajo. Tiene solamente veinte años cuando cae sobre él la tarea de colaborar con el Rector en la formación de los futuros sacerdotes de la diócesis.

El Cardenal Soldevila(4), Arzobispo de Zaragoza, se ha dado cuenta de la categoría moral de este seminarista aragonés de intachable conducta y piedad reconocida. Tanto él como su Obispo Auxiliar, don Miguel de los Santos Díaz Gómara, Presidente del Seminario de San Carlos, le aprecian profundamente.

El 28 de septiembre de 1922 recibe la tonsura clerical de manos del Cardenal-Arzobispo Soldevila. El ceremonial se celebra en el palacio del Arzobispo, de acuerdo con el rito de la liturgia romana, en un ala del edificio que los prelados solían ocupar durante los veranos. Al fondo de un salón se abre una gran puerta con dos hojas que da acceso a una capilla con el altar en el centro. Aquí tiene lugar la tonsura del nuevo Superior del Seminario.

En octubre de este mismo año comienza su cuarto curso de Teología, y dos meses más tarde recibe las llamadas Ordenes menores (Ostiariado y Lectorado, Exorcistado y Acolitado), también de manos del propio Cardenal Soldevila y en el oratorio del Palacio Arzobispal(5).

Mientras tanto, el país bulle en un clima político inestable. De 1919 a 1920 se han sucedido siete Gabinetes de Gobierno junto al rey Alfonso XIII. Se suspenden garantías constitucionales, se cierran las Cortes y hay una zozobra en la que los Ministros elegidos no tienen posibilidades de plantear ni resolver la multitud de problemas que aquejan al país. Aumentan los atentados y asesinatos, como el del Presidente Eduardo Dato en Madrid; es continua la creación de juntas Militares de defensa, inoperantes.

Los acontecimientos llegan hasta los estudiantes del Seminario. No resulta fácil conservar la serenidad interior y seguir luchando, con tenacidad, en busca de la santidad que exige la llamada al sacerdocio. Josemaría entiende que su mejor aportación para resolver tan graves problemas consiste en ser, con toda hondura, aquello que un día decidiera. Y que esta entrega pide -por las funciones sagradas que le competen- algo más que una vida honesta: exige una vida santa en quienes la ejercen, constituidos -como están- en mediadores entre Dios y los hombres. Hasta el fin de su vida repetirá, en múltiples ocasiones, que todo cuanto sea ayudar a los sacerdotes en su vida sobrenatural, enseñarles que han de estar enamorados de Dios, es salvarles. Y salvar a un sacerdote es salvar a miles de almas.

En el silencio de la oración y en sus frecuentes caminatas en solitario, su corazón se desborda en amor a Dios y a las almas. «Servir es el gozo más grande que puede tener un alma, y es eso lo que tenemos que hacer los sacerdotes: día y noche al servicio de todos; si no, no se es sacerdote. Debe amar a los jóvenes y a los viejos, a los pobres y a los ricos, a los enfermos y a los niños; debe prepararse para decir la misa; debe recibir las almas, una a una, como un pastor que conoce su rebaño y llama por su nombre a cada oveja»(6).

Desde su atalaya de la iglesia de San Carlos, sigue pidiendo luz para un camino que barrunta pero que aún no ve claro. Muchas veces esperará, de corazón a corazón, una respuesta del Señor. De momento, sólo le empuja una apasionada fidelidad a sus designios, una correspondencia generosa. Reclama de Dios una amable y recia fortaleza, para hacer llegar su Voluntad hasta la vida de los hombres.

Repite, una y otra vez, con la fe y la pasión del ciego de Jericó: Domine, “ut videam!... ut sit”!: ¡Señor, que vea!..., ¡que sea!(7).

Estas palabras se harán jaculatoria en su corazón, y ya no las abandonará, en su diálogo con Dios, durante todos los años de su existencia.

Hay un aliado entrañable que forma parte de su historia desde su visita a “Torreciudad” en brazos de su madre: Nuestra Señora, que le sigue y apoya de continuo. Aquí, en Zaragoza, la devoción a la Virgen del Pilar le acompaña siempre. Sus padres, aragoneses de pura cepa, la habrían inculcado en su alma desde niño; pero ahora, mientras cursa sus estudios, encuentra un rato cada día para saludar a la Virgen que preside la ciudad desde la orilla del Ebro. Junto al Pilar se le hace más viva la fe, se le renueva la fortaleza; toda situación injusta o desabrida se le caldea en el amor filial que profesa a la Señora.

«La devoción a la Virgen del Pilar comienza en mi vida, desde que con su piedad de aragoneses la infundieron mis padres en el alma de cada uno de sus hijos. Más tarde, durante mis estudios sacerdotales, y también cuando cursé la carrera de Derecho en la Universidad de Zaragoza, mis visitas al Pilar eran diarias. En marzo de 1925 celebré mi primera Misa en la Santa Capilla. A una sencilla imagen de la Virgen del Pilar confiaba yo por aquellos años mi oración, para que el Señor me concediera entender lo que ya barruntaba mi alma. “Domina”! -le decía con términos latinos, no precisamente clásicos, pero sí embellecidos por el cariño-, “ut sit”!, que sea de mí lo que Dios quiere que sea.

He tenido luego muchas pruebas palpables de la ayuda de la Madre de Dios: lo declaro abiertamente como un notario levanta acta, para dar testimonio, para que quede constancia de mi agradecimiento, para hacer fe de sucesos que no se hubieran verificado sin la gracia del Señor, que nos viene siempre por la intercesión de su Madre»(8).

Tiene amistad con varios clérigos que cuidan del Pilar. Un día, se queda en la Basílica después de cerradas las puertas. Con la complicidad sonriente de uno de aquellos sacerdotes, se dirige hacia la Santa Capilla; sube las escaleras que conocen tan bien los infanticos; se acerca, y besa la imagen y el manto de la Virgen. Este gesto se permite solamente a los niños y autoridades. Pero está seguro de que este alarde de cariño filial dará alegría a la Madre de Dios, aunque pase por encima de los usos establecidos.

Sin embargo, no vive encastillado en una vida ascética ajena a las preocupaciones y sacudidas de su tiempo. Está atento a la evolución de los acontecimientos, se interesa por todo, tiene avidez de saber, de conocer los módulos clásicos del pasado y la proyección que va dando la historia hacia el futuro. La calle no corta jamás el hilo de su entrega, ni la unión con Dios, ni el pacto de amor establecido con su Madre del Cielo. Al contrario: es el motivo y acicate que le lleva de continuo hacia la trascendencia.

En la Facultad de Derecho

En 1922, su familia cambia nuevamente de casa en la ciudad de Logroño. Regresan al antiguo edificio de Sagasta. Pero esta vez, don José ha logrado alquilar un segundo piso. Allí permanecerán hasta que los acontecimientos, en su inquieta evolución, vuelvan a empujarles. Josemaría acuerda con su padre la formalización de matrícula en la Facultad de Derecho, en Zaragoza. Tendrá que finalizar primero la formación del Seminario para poderse dedicar al estudio de las asignaturas universitarias. Emplea el tiempo de verano en preparar las materias de la licenciatura de Derecho, robando horas al sueño y al descanso.

En septiembre de 1923 se examina de las dos primeras asignaturas que, con carácter previo, se cursan en la Facultad de Filosofía. Obtiene, una vez más, brillantes califcaciones(9).

Unos meses antes, el 4 de junio de 1923, el Cardenal Soldevila cae bajo las balas de un comando anarquista. Trece disparos, que taladran la parte posterior de su coche, le quitan la vida frente a las Escuelas del Terminillo, atendidas por las Hijas de la Caridad. Josemaría pasa la noche velando el cadáver de su Arzobispo y amigo.

El 13 de septiembre de este mismo año, el General Primo de Rivera, tras un golpe de Estado favorecido por el Rey, inicia en España la etapa histórica conocida con el nombre de «la Dictadura».

Durante el año académico de 1923-24, Josemaría Escrivá se matricula de varias asignaturas correspondientes a los cursos preparatorio, primero, segundo y tercero, en la Facultad de Derecho. Atiende, con responsabilidad, las obligaciones que, como Inspector del Seminario, le competen; concluye su quinto curso de Teología en la Universidad Pontificia(10). El 14 de junio de 1924 y en la iglesia del Real Seminario de San Carlos, recibe el Subdiaconado de manos de don Miguel de los Santos Díaz Gómara, Obispo titular de Tagora(ll).

En el verano de 1924 continúa estudiando con intensidad, y consigue examinarse, en septiembre, de siete asignaturas de Leyes; y en algunas de ellas, como el Derecho Romano y el Canónico, obtiene Matrícula de Honor. Le gusta la vida universitaria. Es ésta una vocación que no le abandonará nunca: el apostolado entre los estudiantes será una de sus apasionadas dedicaciones. Los alumnos que coinciden con él recordarán su presencia con el traje talar, adecuado a su condición: sotana, manteo y teja. Pero su imagen está siempre adscrita a la de los grupos de estudiantes que se reúnen, en los minutos de descanso, a charlar en el patio de la Facultad, en los pasillos o a la puerta de las aulas. Comparte sus inquietudes, participa de sus conversaciones y sabe cultivar la amistad de todos. También la de algunos que se manifiestan ideológicamente hostiles, solamente por su condición de clérigo. En broma, alguna vez, le llegan a preguntar:

-«¿Por qué no te vas con los curas?».

-«Porque quiero estar con vosotros»(12).

No sermonea ni moraliza, pero su presencia infunde el respeto necesario. Sabe reír, disculpar, cortar una situación molesta con gracia. Y esto hace su compañía agradable y cordial.

Nadie adivinaría, sin pararse en una consideración' más profunda, que este joven seminarista, alegre y buen estudiante, pasa muchos ratos junto al Altar Mayor de la iglesia de San Carlos; que acude, sin falta, a su cita diaria con la Virgen Patrona de la ciudad aragonesa; y que en su interior se enciende el fuego apostólico cuando convive la jornada cotidiana con sus compañeros de estudios. Desea extender el amor de Jesucristo a todas las almas, alimentar el entusiasmo de aquellos corazones que le rodean; hablar de la llamada y el barrunto de amor que no le cabe dentro. Y, en la intimidad con Dios, sigue diciendo: “Ut videam!... ut videam”! Que tenga luz para saber el qué y el cómo de aquella insinuación divina que le ha llevado al Seminario y al sacerdocio. De esta etapa es una imagen de la Virgen del Pilar, una escayola de reproducción popular, que pertenece a su tío Carlos Albás, y que le ha permitido grabar, en la base y con un clavo: «”Domina, ut sit”! Señora, que sea». Palabras que resumen la petición y afirmación de su entrega.

Algunas autoridades que escribirán, cincuenta años más tarde, la apología de Josemaría Escrivá de Balaguer, serán amigos forjados durante esta etapa que transcurre entre las aulas y el Seminario: don Félix Lasheras, el profesor Legaz Lacambra y Monseñor José López Ortiz. Este último escribirá: «le'recuerdo, ya entonces, con todas esas cualidades que tanto me han llamado la atención en él siempre, y que le hacían ganar las simpatías de todos. Era muy piadoso, y en lo humano abierto, expansivo, lleno de vivacidad, de agilidad, muy comunicativo; sencillo, de un gran corazón y una extraordinaria inteligencia»(13).

Sería difícil adivinar, durante estos años de estudio y trabajo intensos, que tiene cerrados todos los caminos humanos, que se encuentra en honda oscuridad interior: la quiebra económica de su padre y la soledad de Zaragoza. Unicamente cuenta con Dios y con la fortaleza de este Pilar sobre el que se entroniza la Virgen de Aragón, junto al que pasa incesante, como una apasionada y continua oración, el río Ebro.

La muerte de su padre

Mientras tanto, allá en Logroño, en el pequeño piso de Sagasta, la familia Escrivá sigue moviéndose al ritmo de la tranquila vida local. Carmen ha terminado sus estudios de Magisterio, y Santiago va creciendo entre el cariño y la protección que todos brindan al pequeño. De acuerdo con el deseo que un día elevara a Dios Josemaría, el último hijo se ha convertido en la alegría que llena el hueco inevitable del mayor.

El día 27 de noviembre de 1924, en «La Gran Ciudad de Londres», Garrigosa y el resto de los empleados están perplejos. Pasan veinte minutos de la hora de entrada mañanera y don José no ha aparecido. En los años que lleva en el comercio es la primera vez que ocurre. Resulta tan anormal la circunstancia que todos coinciden en que algo importante ha debido sucederle. Y envían a preguntar.

En efecto: hace apenas una hora, don José se ha levantado con el ánimo de llegar puntual; desayuna, reza una breve oración junto a una imagen de la Milagrosa y juega un rato con el pequeño Santiago, que ya está despierto. De pronto, se siente mal. Intenta llegar hasta su habitación, pero se apoya en el quicio de la puerta y cae al suelo. Doña Dolores acude a recogerle, y lo único que puede hacer, ayudada por Carmen, es tenderle en la cama y avisar urgentemente a un médico.

Cuando llegan los empleados de Garrigosa le encuentran en estado agónico, en el que se mantendrá unas horas todavía. Agotado por el esfuerzo y los avatares de su vida, su corazón dejará de latir irremediablemente. Tiene sólo cincuenta y siete años. Manuel Ceniceros pone un telegrama urgente a Zaragoza.

Aunque las líneas no hablan de muerte, dejan traslucir la gravedad de la situación. Josemaría llegará en el exprés Barcelona-Bilbao cuando ya se hace de noche. Manuel, que le espera en el andén, no le comunica aún la verdad. Caminan con rapidez, cruzando el paseo del Espolón. Pero, al acercarse a Portales, no tiene más remedio que anunciarle esta muerte que ha llegado como un rayo.

Esa noche, un grupo de amigos velará el cadáver y rezará el Rosario dirigido por Josemaría. Doña Dolores se acoge a la presencia de su hijo mayor, que tiene ahora veintidós años. Allí, en un descanso apacible, está la figura de don José Escrivá. Dios no ha querido que conozca en la tierra la especial llamada de su hijo, ni que asista a su ordenación sacerdotal. Sin embargo, nadie hasta entonces ha ayudado tanto en la vida de Josemaría a la realización de los planes divinos como sus padres. Don José ha hecho su entorno profundamente cristiano, con una fe viva y auténtica; ha respetado su libertad enseñándole a administrarla bien; inculcó en su hijo un gran amor a la verdad, a la sencillez, a la naturalidad; le dio ejemplo de laboriosidad gastándose incansablemente, día tras día, sin regatear ningún esfuerzo. Fue una lección de alegría y de cariño hacia quienes trabajaron con él y para él. Jamás las contradicciones le hicieron impaciente o le quitaron el humor. Murió agotado, pero sereno, paciente y con valor. Josemaría recordará el señorío con que su padre encajó el zarpazo de la pérdida económica, la incomprensión y el desafecto por parte de personas que le debían tanto. Nunca olvidará la manera digna y valiente de afrontar sus deberes y dificultades. Y el amor con que aceptó la decisión al sacerdocio de su hijo, cuando sus planes, seguramente, se habían proyectado muy lejos de esta entrega.

Al día siguiente Josemaría regresa del cementerio, cruzando el Puente de Hierro camino de la calle de Sagasta. Se queda un momento parado con los ojos fijos en el agua que pasa sin descanso. Tiene en sus manos la llave que guarda, en el féretro, los restos que acaban de enterrarse. Quisiera abrazarlos una vez más y no apartarse de ellos. Con un gesto de desprendimiento, pone en manos de Dios hasta sus más hondos sentimientos, y deja caer en el río esta llave que custodia el recuerdo de su padre.

Es tan grave la carencia de medios económicos, que un sacerdote le prestará la suma necesaria para hacer frente a los gastos del entierro; se preocupará de devolver el dinero lo antes posible y no olvidará jamás esta generosidad. Hasta el último día de su vida pondrá el nombre de este amigo entre las intenciones de su Misa, donde reza por los vivos y los muertos. Por aquellos que lleva en el recuerdo imborrable de su corazón.

En medio de la soledad que la muerte le ha dejado, doña Dolores sabe que Josemaría debe abandonarles de nuevo para volver a sus estudios. La vida de la casa ha de proseguir normalmente hasta que puedan reunirse con él en Zaragoza; nada les retiene ya en Logroño. La incansable decisión de esta mujer se impone desde el primer día.

No ha transcurrido todavía un mes cuando Josemaría recibe el diaconado de manos de don Miguel de los Santos Díaz Gómara, también en la iglesia del Seminario de San Carlos (14). Aquí, junto a la bella policromía de sus altares, tendrá el nuevo diácono la alegría de dar, por primera vez, la Sagrada Comunión a su madre, con una emoción que le hace temblar las manos. Será un acontecimiento sencillo, casi íntimo, en el que están presentes, no obstante, tantos recuerdos del pasado y tantas promesas abiertas al futuro.

Desde enero de 1925, la familia Escrivá vive en Zaragoza. Los pisos que Josemaría alquila, primero en la calle Urrea y después en la de Rufas, son de modesta condición. Se trata de dos estrechas bocacalles que van a dar al Coso, escalonadas por balcones de hierro en desnivel, cubiertos de geranios. Ropa tendida de uno al otro extremo y pequeños establecimientos comerciales completan el perfil de estos rincones inmersos en el centro de la ciudad aragonesa. Un poco más adelante ocuparán una casa, mejor acondicionada, en la calle San Miguel.

El joven diácono ha tomado sobre sí la responsabilidad de la familia. De ahora en adelante el camino de doña Dolores, Carmen y Santiago, irá unido a una exigente transhumancia que Dios ha querido para Josemaría.

La Primera Misa

«Dentro de unos minutos -decía en cierta ocasión Monseñor Escrivá de Balaguer- me llegaré, con este hijo que me acompaña, a celebrar la Santa Misa: a tener un encuentro personalísimo con el Amor de mi alma. Y este hijo mío me recordará -al contestarme con las palabras de la liturgia- que me estaré acercando al altar de Dios que alegra mi juventud. Porque soy joven, y lo seré siempre, ya que mi juventud es la de Dios, que es Eterno. Jamás podré con este amor sentirme viejo.

Después besaré el altar: con besos de amor. Y tomaré el Cuerpo de mi Dios, y el cáliz de su Sangre, y lo levantaré sobre las cosas todas de la tierra, diciendo: “Per Ipsum, et cum Ipso, et in Ipso”: ¡por mi Amor!; ¡con mi Amor!; ¡en mi Amor!»(15).

Esta protesta de juventud, en su corazón enamorado del sacerdocio, echó sus raíces definitivas el 28 de marzo de 1925. Es en esta fecha cuando se consuma la vocación que le ha llevado al Seminario. Su ordenación sacerdotal ha tenido lugar en la iglesia de San Carlos`. Ofició la solemne ceremonia don Miguel de los Santos Díaz Gómara, siendo ya Obispo preconizado de Burgo de Osma y Presidente del Real Seminario de San Carlos; el Rector de San Francisco de Paula era el sacerdote don José López Sierra. Los documentos relativos a la ordenación están firmados por José Pellicer, Vicario Capitular. Hay un dato de interés: el día 28 de marzo de 1925 era sábado: un regalo para Josemaría, que no ha dado un paso en el camino de Dios sin pedir la ayuda, el cariño y el apoyo de la Virgen.

Dos días más tarde, el 30 de marzo de 1925, celebra su primera Misa solemne en la Santa Capilla de la Basílica del Pilar de Zaragoza. Hay muy pocos invitados, apenas una docena, que pertenecen a la estricta intimidad de la familia.

La Santa Capilla está resplandeciente, a las diez de la mañana. En la gruesa barandilla de plata se agrupan las velas encendidas por la fe y el amor de los aragoneses a su Patrona. Grandes goterones de cera convierten la devoción en holocausto. A la derecha, la Virgen, con su corona y manto. En el centro, el altar principal, obra del escultor Ramírez, que presenta la venida de Nuestra Señora entre nubes y ángeles. A la izquierda, el grupo escultórico de Santiago y los Convertidos, en otro maravilloso relieve de alabastro. Es en este altar, que la voz popular llama «de los convertidos», donde celebra solemnemente el Santo Sacrificio don Josemaría Escrivá.

El tiempo hace confluir en este momento toda una sucesión de gracias y exigencias de lo Alto que han marcado la vida de este joven sacerdote: el día aquel en que la huella de unas pisadas en la nieve levantó la divina inquietud de la entrega a Jesucristo; la conversación con su padre y su decisión al sacerdocio; las dificultades, y también la piedad y el amor, que encierran sus años de Seminario; su caminar firme y ardiente por aquella ciudad apuntalada por santuarios.

La ceremonia se realiza de un modo sencillo y despacioso, porque Josemaría dice siempre que los enamorados no tienen prisa para despedirse. Y hoy, día en que sus palabras harán venir a Jesús hasta la tierra, las oraciones salen de su corazón. Cuando se vuelve a dar la Comunión a los fieles tiene el deseo de hacerlo, en primer lugar, a su madre. Doña Dolores Albás, con las señales de su reciente dolor aún en el gesto, se aproxima. Pero una buena mujer, que asiste a la Misa desde lejos, se cruza y se adelanta. Este trastrueque inevitable ha roto una pequeña ilusión que traía hoy en el alma. Pero hasta ese menudo detalle ha de ofrecer en el último momento. Así paladea, a la vez, el gozo y el sacrificio de este día.

En las cúpulas de la Basílica del Pilar, los ángeles de Goya, los suaves y nítidos firmamentos de Bayeu son, en este 30 de marzo de 1925, la representación plástica del amor universal del nuevo sacerdote.

Una parroquia rural

Perdiguera es un pueblo situado a veinticuatro kilómetros al nordeste de Zaragoza. El camino de llegada está soleado en este último día de marzo de 1925. Es una llanura blanquecina, yesosa, que apenas rompen los matojos y las viñas. No hay árboles. De vez en cuando una masa lanuda y móvil se desplaza al unísono sobre la tierra seca: son rebaños conducidos por un pastor y un buen perro, y que ya pertenecen al poblado. Allá lejos se ven los picos de la sierra de Alcubierre como un telón de fondo en la monotonía del paisaje. Esta tierra, inclemente, es el extremo occidental de los Monegros. Sus estratos geológicos permiten el cultivo de viñas y de olivos. Las calles, estrechas y pedregosas, se delimitan por casas encaladas con el alféizar de las ventanas destacado en azules. Los geranios y esparragueras se disputan los colores. Toda la planta del pueblo es ondulada como la llanura que lo soporta. El aire es fino y penetrante, con azote de cierzo en los días invernales. No se oye más que el correteo de los niños y el breve saludo de las gentes, aparejado con un acento inconfundible.

Acaba de parar el coche correo, tirado por mulas, y de él se apea un sacerdote joven. Viste manteo y teja. Conserva buen aspecto a pesar del viaje y de las polvorientas condiciones del camino. Don Josemaría llega a su primer destino eclesiástico. Allí le espera un monaguillo despierto y servicial: Teodoro Murillo Escuer. Su padre, el sacristán, no ha podido acudir porque está enfermo. Pero el muchacho le conducirá a la casa de Saturnino Arruga y de Prudencia Escanero, en la que ha de hospedarse. Esta familia campesina tiene solamente un hijo, que pastorea por los alrededores; son afectuosos y sencillos. También el nuevo sacerdote Regente Auxiliar de Perdiguera se muestra alegre y cordial. Su estancia en la casa no producirá más que cariño y admiración(17).

Así pues, a los tres días de ser ordenado viene con destino a Perdiguera, este pueblo perteneciente a la Archidiócesis de Zaragoza, que no pasa de quinientas familias, para suplir al párroco, ausente por enfermedad. Es una contrariedad más, ya que sus planes de trabajo se vuelven más difíciles y espinosos con este traslado. Tal vez se podría pensar que este estudiante de Leyes, brillante seminarista de San Carlos, Superior ya desde antes de ordenarse, que conoce en profundidad los clásicos de la literatura universal y los Padres de la Iglesia, que está acostumbrado al ambiente educado de su casa y que tiene sobre sí la responsabilidad de su madre y hermanos, no aceptará aquel lugar escondido junto a la sierra de Alcubierre. Pero eso sería desconocer el carácter de don Josemaría y, sobre todo, la fuerza de Dios en su llamada.

Un rato después de su llegada, va a visitar la iglesia. Es una construcción de ladrillo, de estilo gótico-mudéjar. La torre, menos buena moza de lo que tiene el mudéjar por costumbre, domina, no obstante, toda la llanura. Una sucesión de escaleras se eleva hacia la puerta principal, con hosca cerradura, de llaves largas y macizas. Después de un atrio se encuentra la única nave, con bóvedas de crucería, y capillas laterales, también abovedadas, entre los contrafuertes. El retablo, del siglo XVI, tiene pinturas correctas y, en el centro, una Virgen con el Niño, de meritoria talla. En las capillas laterales ocupan sus hornacinas los santos de máxima devoción en Perdiguera: San Cristóbal, San Antón, San Miguel, y Santa Beatriz, patrona del pueblo. Nada más entrar, en la capilla de la izquierda, se encuentra el baptisterio. La pila se cubre con una tapadera semiesférica, sobre la qué campea una imagen del Niño Jesús. Esta deliciosa figura tiene traje de raso blanco con fleco de oro antiguo, y sujeta en su mano derecha una bola del mundo un poco desequilibrada de su posición original, pero que aún conserva la Cruz como remate. Más atrás, colgado en la pared y con dosel de tela, la imagen de un santo Cristo, muy antiguo. Uno de los pies tiene desgastada la policromía porque la devoción del pueblo ha puesto repetidamente en él su beso y su plegaria.

Hasta mediados de mayo de 1925, Josemaría Escrivá se ocupará de todo el pueblo. Lleno de juventud, oficiará diariamente la Santa Misa, con frecuencia cantada, ayudado por el monaguillo y el sacristán. Pasará largas horas en el confesonario preparando a estas buenas gentes para el cumplimiento pascual. Dirigirá el Santo Rosario revestido con toda dignidad; ayudará a los enfermos con su presencia humana y con los Sacramentos. Los bautizos y los oficios de difuntos le dejarán aún tiempo para estudiar y para pasear por el campo. Teodoro Murillo le verá coger pequeñas piedras del camino y reunirlas y contarlas. Siempre le quedará la duda de por qué el joven sacerdote lleva a cabo este curioso balance en los atardeceres, mientras cruzan las tierras de regreso.

Años más tarde, Monseñor Escrivá de Balaguer dará a entender que se ayudaba de esta elemental contabilidad para calcular y aumentar las veces que levantaba su corazón a Dios ofreciéndole su amor y el de todas las criaturas del mundo.

Final de una etapa

El 18 de mayo de 1925, Josemaría regresa a Zaragoza. Poco después se examina en la Facultad de Derecho. En esta primera convocatoria se presenta a la asignatura de Derecho Civil, del segundo curso. Posteriormente podrá, con el permiso del Arzobispo, permanecer en la ciudad, en el piso de la calle de Rufas que ocupa su familia, para dar un avance definitivo a sus estudios de Licenciatura. Doña Dolores tiene la alegría, por fin, de poder disfrutar de su presencia aunque sea en cortos intervalos. Porque su actividad es incesante. Dará clases en el Instituto Amado, una academia especializada en la preparación para el ingreso en la Academia General Militar y otros estudios; actuará como capellán en la iglesia de San Pedro Nolasco; estudiará intensamente y aún conseguirá tiempo para ejercer un apostolado de catequesis entre los niños del barrio de Casablanca.. Le acompañará siempre un pequeño grupo de universitarios con los que ya ha establecido contacto.

Son momentos de renovada alegría familiar. Santiago está feliz con el hermano mayor en casa. Juega con él, le zarandea, leen juntos. Es posible verlos, a los dos, paseando en alguna tarde soleada por el Cabezo, junto a la colosal estatua de Alfonso I el Batallador. El mayor aprovecha la mole del basamento para divertir a Santiago: se esconde hasta que la soledad empieza a inquietar al pequeño, y le vuelve a proporcionar la alegría del encuentro.

Josemaría sigue repitiendo la frase que le hiciera enfrentarse, un día, con la llamada de Dios:

“Ignem ven¡ mittere in terram, et quid volo nisi ut accendatur”!?: Fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué quiero sino que arda?(18) No sólo la reza, sino que la canta. Y responde, como un eco, la alegría permanente de su entrega: “Ecce ego, quia vocasti me”: Aquí estoy, porque me has llamado.

Entre junio y septiembre de este año se examinará de ocho asignaturas de Derecho. Y le quedará pendiente sólo una, que concluirá en enero de 1927. Dentro de algunos años, con un largo intervalo que le impondrán las circunstancias, escribirá su Tesis Doctoral.

Tampoco abandona su labor pastoral. Don Agustín Callejas, cura párroco de un pueblecito de la provincia de Zaragoza y compañero de Josemaría en el Seminario, le recuerda un día de primavera, del año 1927, a bordo de un autobús; esta vez, acomodado en la baca del vehículo. Desde allá arriba le saluda jovialmente, y le comunica que va al pueblecito de Fombuena, para ayudar durante la Semana Santa a don Leandro Bertrán, párroco de Badules, que atiende también a los habitantes de aquella demarcación.

Algunos veranos acude a Fonz para hacer una corta visita a Mosén Teodoro Escrivá, hermano de su padre. Aquí ejerce sus funciones y celebra la Santa Misa en la parroquia o en la capilla de la Casa Moner que había sido del Obispo Cebruna, fundador de la Universidad de Zaragoza y de la que Mosén Teodoro era capellán.

Sin embargo, este primer itinerario sacerdotal de Josemaría toca a su fin. Lleva unos meses madurando el proyecto de establecer su residencia en Madrid. Sigue así las inspiraciones que Dios le dicta en su oración.

Doña Dolores siente otra vez la separación. Pero ha aprendido a respetar profundamente las decisiones de su hijo. Una secreta y honda confianza la hace abandonarse a este destino que también la envuelve. Desmonta su casa y sus enseres, empaqueta lo que va quedando de entrañable, y toma, con Carmen y Santiago, el camino de Fonz. Allí, en casa de Mosén Teodoro, permanecerá varios meses, hasta que Josemaría encuentre el modo de llevarlos a Madrid a compartir su vida.

Muchos años más tarde, Santiago contará que, desde el granero del Mosén, soñaba que el hermano mayor venía a llevárselos definitivamente del pequeño pueblo. Un buen día, brillante de sol y de alegría. 

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