El Somontano

«Pronuncia esa palabra de júbilo o dolor...
¡Llámame por el nombre que me diste,
Señor!»
(E. de Champourcin)1

Nace un niño

Es el 9 de enero de 1902. Tal cronología suele augurar nieve y cierzo pirenaico sobre el Alto Aragón. Las tierras del Somontano fraguan su conspiración de hielo y fecundidad durante los largos meses de invierno. Los hombres del labrantío conocen bien esta inclemencia cuando otean el crecimiento de sus viñas, la añosa persistencia del olivo, la realidad inveterada, frente a todo evento, de sus cereales de secano. Saben que, en esta silenciosa expectación del campo, se oculta la promesa de los almendros que pueblan las laderas, de la hierba que está anidando bajo tierra, de las frutas que cubrirán el valle de riqueza cuando caliente el sol de abril.

Pero esta noche es cruda. Las gentes andan sin atención los pasos del camino acostumbrado. En la ciudad de Barbastro, las tiendas cierran al caer las ocho de la tarde. Se han cubierto los escaparates con postigos de madera oscura, y las casas han acogido apresuradamente la tertulia familiar junto al brasero de carbón, la cena caliente, bien aderezada, y la oración cotidiana, cerca del rescoldo, antes de irse a dormir. Las campanas que asoman por el hexágono puntiagudo y vigilante de la Catedral dieron ya las nueve de la noche.

El hogar de los Escrivá y Albás mantiene hoy una vigilia inusitada. Podemos dar marcha atrás en los datos de la Historia y así entrar de algún modo en la intimidad de esta noche para asistir al nacimiento del segundo de sus hijos. Ayudados por la luz blanca que esparcen las farolas de la calle Mayor subimos al primer piso. Las habitaciones más nobles de la vivienda tienen balcones al exterior, a la Plaza porticada de Barbastro. Todo en este hogar transpira señorío y orden. Está envuelto en un cuidado que merodea entre los objetos materiales. Imaginamos el aspecto de la casa. Sobre un mueble reposa la ponchera de cristal tallado con base y tapa de plata cincelada. En el saloncito, las butacas y el sofá, de línea semicircular, cómodos y acogedores. En la pieza contigua, la estantería, donde se alinean, entre otros, los seis tomos, encuadernados en piel, de una antigua y grabada edición de «El Quijote». La mesa camilla, testigo del calor familiar y de la reunión habitual tras el trabajo del día, mantiene hoy silencioso el entorno de sus amplios faldones de paño grueso y abrigador. En el tapete, un trozo cuadrado de batista bordado y a medio terminar. A su lado un alfiletero de plata, menudo, gastado por el uso. Es probable que la gozosa novedad del acontecimiento haya encontrado a la dueña de la casa en plena actividad, sin ocios ni preámbulos; en medio de un quehacer amable que sigue testimoniando su modo y presencia entre las cosas.

Sobre una mesa recia, cuya madera donó un duro árbol pirenaico, seguramente hizo guardia un velón dorado con sus quitaluces grabados y relucientes. En otro ángulo, abierta, la tapa de un arcón de cedro en el que se apilan sábanas, manteles y otras ropas que difunden olor a espliego y a membrillo al extenderse. En la vitrina, la filigrana de los abanicos de encaje, del caracol de nácar, de la tacica de porcelana.

Dos años más tarde estará también allí, en el pequeño velador, una fotografía reciente de los dueños de la casa. Su rostro y su talante no habrán cambiado mucho. En el cartón ocre de esta reproducción nos adelantamos a ver la imagen del matrimonio tomada de perfil, al gusto de la época. En primer término, doña Dolores Albás: tiene un porte sereno, con rasgos tranquilamente dibujados. Un gesto hidalgo emerge de los pliegues de su vestido de brocado, de la gola de orlanza plisada alrededor del cuello, del pelo suavemente recogido hacia la nuca. Hoy, 9 de enero de 1902, tiene veinticuatro años.

Detrás, la presencia jovial de don José Escrivá. Una sonrisa, que guarda complicidad entre los ojos y la boca, deja constancia de su alegría y se refugia, apenas, tras un bigote bien cuidado. Pelo muy corto, rostro joven -tiene sólo diez años sobre el tiempo de su esposa- y una elegancia ágil completan su fisonomía. Lleva un traje de paño de buen corte y ojal en la solapa, corbata blanca de lazo y cuello y pechera almidonados.

La casa es amplia en profundidad y, esta noche, el interés se centra en los alrededores de una habitación de buenas dimensiones en cuyo fondo se alojan dos alcobas. La separación entre esta sala y las alcobas -si se seguían los dictados del modo aragonés- se logra mediante paneles de vidrio artísticamente trabajados en los que juegan dibujos y colores. El balcón, por donde la estancia se asoma a la Plaza, está cubierto por amplios cortinones. Hace frío, y el vaho se quiere condensar en los cristales. A pesar del aislamiento confortable, llegan hasta el hogar las nueve campanadas que acaban de quebrar el silencio de Barbastro.

La cocinera -suponemos que se trataba ya de María, que desempeñará este oficio en el ámbito familiar de los Escrivá durante años- se mueve hoy entre rezos a San Ramón y un ajetreo de ropas y recipientes de agua hirviendo que pone a disposición de los médicos. Nos parece ver a don José que mide con pasos impacientes los metros del pasillo en la obligada espera. Y de pronto, sin incoar ningún minuto de zozobra, suena en la casa una nueva voz que llora sobre el mundo: es un varón, aragonés, que ha nacido sano y está afirmando ya, de modo rotundo, su entrada en el tiempo de los hombres.

Bautizo en la Catedral

El nuevo día se ha echado frío y despejado sobre Barbastro. Los árboles del Coso apuntan sus guías desnudas hacia lo alto. A don José Escrivá no le arredran la estación ni la temperatura, porque el recién nacido es sano y fuerte. Abriga a este niño con el calor de su protección, y quiere, además, que Dios tome posesión del pequeño que ha confiado a su tutela. Por eso acuerda, con doña Dolores, que el bautizo se celebre cuanto antes.

La noticia ha cundido entre las numerosas amistades de la familia y los clientes que frecuentan habitualmente la tienda de Juncosa y Escrivá, situada allí donde se dan la mano las calles de Río Ancho y del Romero. Don José es hombre muy conocido en la ciudad. Es oriundo de Fonz, como sus hermanos, Mosén Teodoro, Constancia, Josefa, Silverio y el menor, Jorge. Algunos ya han fallecido. Pero, desde el abuelo José María hasta lejanos antepasados que se remontan al siglo XVI, han vivido en Balaguer, a orillas del Segre.

Doña Dolores Albás posee, como su marido, una noble ascendencia. Es de Barbastro, aunque su segundo apellido, Blanc, se sabe originario de franceses. Forman una gran familia: catorce hermanos ha tenido doña Dolores; los que viven, con seguridad van a prestarse para servir de comitiva en el bautizo.

Como sucede en estas ocasiones, no falta la numerosa chiquillería que corretea por la fiesta. El matrimonio Escrivá tiene ya una hija, Carmen, que cuenta dos años de edad. Se trata de una niña extrovertida y simpática que empieza a compartir sus juegos con los Corrales, los Martí, los Esteban... Con los hijos de un vecindario industrioso y hogareño, que constituye la población afincada en este duro y bello Somontano. Los pequeños saben que este día irán a la iglesia con sus mejores galas, y que el afecto de los Escrivá se traducirá, para ellos, en una espléndida merienda.

Doña Dolores, desde la cama, se informa y dirige los preparativos: ya está, sobre un sofá, el traje de «cristianar», bien planchado. Es un faldón de encaje fino, de «Valencienne», con cintas en el cuello, la cintura y las mangas. Tiene el color del hilo antiguo, de un blanco marfileño. Aparte, una capa para evitar el frío del recién nacido.

Los padrinos están ya apalabrados. Se trata de doña Florencia Albás y Blanc, hermana de doña Dolores, y de don Mariano Albás y Blanc, su primo hermano, viudo, que más tarde será ordenado sacerdote. El bautizo se celebra en la Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, que tiene su sede en la Catedral.

La aguda pirámide de la torre catedralicia emerge sobre la ciudad de Barbastro. Cada hora, las campanas golpean el tiempo desde el siglo XVI. La mejor puerta se encuentra a sus espaldas, con un plateresco delicado y de buen mérito. Sin embargo, la sobriedad externa de sus muros no presupone la sorpresa luminosa de las naves. Seis columnas blancas hacen su esbeltísima escalada, de quince metros de altura, y se expanden en la cúpula en una mística y aérea fusión de nervaduras. Todas han sido cinceladas, aligeradas de volumen, dejando un apoyo elemental sobre las losas, un mínimo de gravedad para la bellísima unión de luz y piedras.

Soporta el retablo un basamento que es obra del más grande escultor del Renacimiento español: Damián Forment. Una agrupación grácil y solemne en columnas de alabastro, escolta el altorrelieve de la Virgen de la Asunción, bajo cuya advocación se nombra la Catedral.

A la entrada, en una capilla, se encuentra la pila bautismal. De tamaño grande y de piedra, tiene una gran copa decorada con estrías matadas en todo su contorno.

Es el 13 de enero. Un monaguillo ha encendido las recias lámparas de hierro. La luz penetra por las ventanas de la ojiva. Y en medio del cariño expectante de esta gran familia, don Angel Malo, Regente de la Vicaría Catedralicia de Barbastro, impone los nombres de José, María, Julián, Mariano, a un niño nacido a las veintidós horas del día 9 de enero de 1902, hijo legítimo de don José Escrivá y de doña Dolores Albás(2). Años más tarde -hacia 1935- unirá sus dos primeros nombres -Josemaría-, porque será igualmente inseparable su único amor a la Virgen María y a San José.

En la casa de los Escrivá, doña Dolores imagina el desarrollo de la ceremonia. Sobre la cabecera de su cama hay colgado un cuadro que ha de acompañar grandes acontecimientos de su vida: la Virgen, con manto azul plegado hacia los hombros, cierra los ojos en un éxtasis de afecto. El Niño, que la abraza, va a coger una rosa que la Señora le tiende con la mano. Pero, antes, lanza en derredor una mirada de orgulloso y seguro bienestar, desde la acogida de su Madre.

Mientras tanto, bajo el cielo pétreo de la Catedral, José-María Escrivá y Albás entra en la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Hasta el fin de sus días su vida será una búsqueda incesante, una penetración de amor, hacia el encuentro con las Tres Divinas Personas.

Sólo unos meses más tarde, el 23 de abril de 1902, recibirá también en la Catedral y del Ilustrísimo Administrador Apostólico de Barbastro, el Obispo don Juan Antonio Ruano y Martín, la fortaleza del Espíritu Santo a través de la Confirmación(3). Es costumbre piadosa de la época en España, administrar los dos Sacramentos en muy breve intervalo de tiempo.

Algunos objetos entrañables que han rodeado el nacimiento y bautizo de Josemaría Escrivá, especialmente la pila bautismal, serán rescatados al tiempo y las vicisitudes. Y un día, que hoy parece muy lejano, serán guardados con la veneración de una reliquia.

Familia de hidalgos

Todas las jornadas de trabajo, don José Escrivá cruza la Plaza porticada, a la que se asoma su casa, y acorta por el pasadizo de Almudí para llegar hasta la tienda. Algunos días de la semana y desde unas horas antes, los campesinos extienden su mercancía bajo los soportales de la Plaza, que acoge, también, un buen número de establecimientos que empiezan a descubrir puertas y escaparates con el trajín del nuevo día. Barbastro es una ciudad trabajadora y comerciante. El Somontano es fértil y ofrece a Huesca, Zaragoza y Cataluña parte de su copiosa producción de cada año. El trigo, aceite y vino, circulan camino de muy varios destinos; el valle se inunda de fruta en primavera. Pastan los animales en un entorno verde, con fuerte olor dejara y de tomillo, y la industria teje su abundancia de cáñamo. También fabrica su aguardiente, jabón, loza y vidriado. Y para completar la dedicación laboral de sus aragoneses, los telares se mueven en una limpia competencia de tejidos.

Es tierra, Aragón, de contrapuntos. Murallón de montaña y transparencia; embestida de torrente y dulzura de almendral en las laderas. Cuando gesta un creador, diseña un Goya; si alumbra un poeta le pone el nombre de Marcial o de Argensola:, y si de fortaleza se trata, pone un San José de Calasanz entre los santos.

Apoyada en las faldas pirenaicas, está cruzada Barbastro por el amistoso caudal del río Vero. Es él quien presta regadío a toda la comarca y, en un alarde generoso, se pierde y cede su importancia al Cinca, que es el que figura en planos y cartografías. Tres puentes de comunicación ha construido la ciudad para no verse partida: el del Portillo, el de San Francisco y el que se llama, aún, de la Misericordia.

Cuando el invierno llega y las nieves se amontonan en la alta cordillera, el Vero recibe deshielos repentinos que bajan por los barrancales. Algunas casas de la ciudad tienen las señales del nivel que dejan las riadas, llevándose enseres y riquezas de almacén que hay en los pisos bajos. Pero, habitualmente, el Vero es un buen acompañante de huertas y paseos; un protagonista más que participa de los quehaceres y descansos de todo el vecindario.

Las tiendas de esta época, española y provinciana, no destacan por su uniformidad. Es frecuente exponer, en el mismo y variopinto escaparate, aperos de labranza, libros para la escuela, loza y ultramarinos. Y dentro hay una mezcla de olor sin estrenar, cuya exacta procedencia sería difícil adivinar a cierra ojos.

El establecimiento llamado «Juncosa y Escrivá» es grande. Tiene un sótano donde se montó la maquinaria para fabricación industrial de chocolate. Se apilan aquí cacao, azúcar y harina. Las tabletas salen ya con envoltura, indicando el uso cabal a que han de destinarse: para comer en crudo; para ser consumido una vez hecho.

Es éste un alimento que va unido a la cordialidad de la merienda en esta tierra: los chicos toman sus tabletas con pan; los mayores, se reunen en los largos atardeceres invernales junto a una taza humeante y unas buenas tostadas bien crujientes.

Además de la fábrica, en la zona de entrada existe un local rectangular, con grandes mostradores de madera recia y reluciente por el uso. En el piso superior, al que nos lleva una espiral de escalones que trepan sobre un eje, podemos encontrar almacenadas telas que don José y don Juan Juncosa hacen llegar a través de su gestión con Cataluña. En la misma casa, en la planta de arriba, vive don Juan José Esteban, notario de Barbastro y buen amigo.

También un cuñado de don José, Mauricio Albás, mantiene un negocio comercial desde hace varios años. Con José Escrivá y con Sambeat, un industrioso más, completan el trío de amigos que viven, holgadamente, de su trabajo en la industria y el comercio.

Don José es puntual, estricto y hogareño. Sambeat tiene que recordarle algunas veces que vaya a la tertulia de los miércoles en «La Amistad», el antiguo casino afincado en la Plaza del Ayuntamiento. Allí se reúnen los socios de la casa, para extender la vida y su quehacer sobre una mesa, hablar de las familias y ponerse al día en los negocios.

Este hombre es una figura que cuadra bien en el telón de fondo de Barbastro. Con esa calle empinada que cubren, en buena parte, los aleros de la casa de Argensola; con las columnas y pórticos de la Plaza, la cabeza barbuda que blasona el escudo de la tierra y los almendros que florecen, cada abril, en la aparente aridez del Somontano. Porque él es, también, así. Recio de conciencia y sonriente; trabajador austero y elegante; lleno de buen humor, pero sin concesiones ni estridencias. Recorre las calles conocidas apoyado en un bastón, con el que marca un modo peculiar de andar y de pararse a escuchar a los amigos.

Su familia es harto conocida en la región. Su abuelo, médico titular de Fonz, había casado con doña Victoriana Zaydín y Sarrado. Los Zaydín eran Infanzones de Juseu; la posición económica de todos los vástagos era espléndida; las costumbres, refinadas.

El padre de don José Escrivá emparentó con otra familia importante al casarse con doña Constancia Corzán. A esta rama pertenecía don Francisco Codera y Zaydín, célebre arabista español. En 1904, un gran número de discípulos y amigos españoles y extranjeros le dedicarán los «Estudios de Erudición Oriental», precedidos por una semblanza suya, firmada por Eduardo Saavedra, en la que se glosa la formidable y original personalidad del arabista. Desempeñando previamente la cátedra de Griego en Granada, Codera obtiene la de Lengua Arabe de la Universidad de Madrid en 1874. Hombre de vastísima cultura y capacidades múltiples para las ciencias y las letras, poseía una espléndida biblioteca que ponía a disposición de cualquier estudioso interesado por un tema. Menéndez Pidal, al recibirlo como Académico de la Historia, citará, entre sus cualidades, este gran desprendimiento intelectual, con una frase del lingüista: «más quiero perder mis libros, que guardarlos inútiles en el estante, cuando alguien los necesita».

Hombre de arraigadas convicciones religiosas, ha dejado la impronta de su genialidad en la metodología para el estudio del árabe, ya que sus diez volúmenes de la «Biblioteca Arábigo-Hispana» siguen vigentes en las cátedras actuales. De él se ha dicho que tenía temperamento de fundador. El 11 de junio de 1950, varias entidades científicas colocaron una lápida conmemorativa en su casa de Fonz (Huesca), que mantiene indeleble su memoria.

También doña Dolores Albás cuenta en su ejecutoria familiar con una tradición de hombres de Leyes, eclesiásticos y médicos.

Una de sus hermanas contraerá matrimonio con Lorenzo Carne, que pertenece a una familia de gran influencia en Huesca. Manuel Camo Nogués, hermano de Lorenzo, es director del periódico «La Monca» y jefe del partido liberal. Antimonárquico y republicano declarado, ocupará, sucesivamente, los cargos de Diputado a Cortes, Senador vitalicio por designación Real y Vicepresidente de la Diputación Provincial. El día 18 de diciembre de 1906 el Ayuntamiento de Huesca cambiará el nombre a la Plaza de Zaragoza para estampar el de este político oscense.

El doctor Blanc y Fortacín es primo de doña Dolores Albás. Este profesional pasará a las páginas del «Diccionario de Autoridades Médicas» por la brillantez de sus conocimientos en Patología Quirúrgica. En 1902 obtendrá su plaza en el Hospital de la Princesa y, luego, entregará su vida a la docencia en la Facultad de Medicina de Madrid. Ingresa en la Real Academia de Medicina en 1945. Un óleo de grandes dimensiones perpetúa su presencia en la Galería de Presidentes del Colegio de Médicos de Madrid; su fotografía sigue hoy en una sala de reuniones, junto a la de Ramón y Cajal, García Tapia, Carmona y Camón y otros ilustres profesores de la antigua Facultad de San Carlos.

Don José Escrivá no tiene el menor empaque, pero sí un buen señorío. Es hombre de fuertes convicciones, de fe que todos conocen y respetan. Porque no es su creencia una apostilla que mantiene por tradición, sino una exigente norma a la que acomoda un modo de ser y de actuar en todas las circunstancias de su vida.

El país cruza una etapa ideológica anticlerical que se infiltra en todas las clases sociales. No sólo los menos favorecidos por la fortuna, sino personas de la propia estirpe de don José, alardean de un liberalismo agresivo frente. al hecho religioso y moral. Don José hace constar su condición de católico ferviente; no oculta que en su hogar se reza por las tardes el Rosario, que se acerca a la iglesia con frecuencia, y que Dios mantiene y acrecienta el amor y la ilusión con que se unió con doña Dolores en matrimonio. Es cordial, buen amigo y muy sincero. De genio fuerte, pero educado y cortés. Nadie le recuerda un gesto, una palabra o un hecho destemplado. Un día por semana, abre de par en par su generosidad para ayudar a cuantos se encuentran, de verdad, necesitados. Se organizan verdaderas colas en la tienda «Juncosa y Escrivá», porque es grande la magnanimidad con que, ese día, don José comparte sus ganancias con los que tienen peor fortuna.

Doña Dolores le espera a la vuelta del trabajo. Sabe que llegará en cuanto se lo permita la atención de sus quehaceres. Por la entrada de la calle Mayor suenan sus pasos, sobre la escalera, a eso de las ocho de la tarde. Viene a charlar un rato con su esposa, a compartir el tiempo libre con Carmen, la primogénita, a saber, una vez más, que todo transcurre con normalidad alrededor de la curia donde crece el pequeño Josemaría.

Durante los años que median entre 1905 y 1909 les nacerán tres hijas más: María Asunción, María de los Dolores y María del Rosario. La familia Escrivá y Albás se amplía con nuevas vidas, aunque Dios quiera que, en el futuro, el dolor y la enfermedad arrebaten del hogar a parte de sus hijos.

Hay tres mujeres que ayudan a doña Dolores Albás en las tareas de la casa y en el cuidado de los niños. Es presumible que una de ellas, la cocinera, sea ya María: una aragonesa que sabe bien su oficio. Puede aderezar las fuertes y exquisitas comidas somontanas echándoles la alegría y el jugo de sus vinos y sus huertas. Pero una casa es mucho más que la faena diaria indispensable. Es una mano propia, es el calor personal de la señora que pasa por el último detalle, es la presencia amable del cariño que se adivina tras la disposición y el orden de las cosas.

Por eso, doña Dolores Albás nunca está ociosa. Podemos encontrarla ahí, junto a un aparador, dirigiendo las tareas del servicio: frotando las manzanas y peras con un paño bien blanco para convertir la fruta en el adorno final de una comida; revisando el orden en los arcones de la ropa. O cosiendo incansablemente cualquier labor que requiera la hábil presencia de sus manos.

Aquí, en este hogar hidalgo, sólido de economía y trabajador de oficio, cristiano de raíz y de costumbre, va a encontrar Josemaría, desde niño, los cimientos de su fe, de su modo de ser y de su vida.

Unos años más tarde, cuando los azares hayan volcado sobre la casa de sus padres el dolor y las contradicciones, aprenderá de modo inequívoco el valor de la alegría verdadera, la entrega incondicional a la humildad y a la pobreza oculta; la actitud decidida de aceptar, de bendecir, de querer por siempre la Voluntad de Dios sobre todas las cosas.

De don José Escrivá y de doña Dolores Albás heredó, desde el principio, la seguridad de apoyar la vida en las amables manos de la Virgen. Y de responder afirmativa y serenamente a las exigencias de la Providencia.

A Torreciudad

Estamos en el año 1904, y el hogar de los Escrivá y Albás ve crecer con normalidad a Carmen y Josemaría. Pero el dolor va a ser protagonista de la casa en breve plazo. Un día, el pequeño amanece gravemente enfermo.

Don Santiago Gómez Lafarga, médico amigo de la familia, acude y examina a Josemaría. También lo hace el doctor don Ignacio Camps Valdovinos. Se trata de un cuadro infeccioso maligno; la fiebre es alta, los tratamientos sólo paliativos. Temen lo peor. Por esta época, en España, la mayoría de los niños que se ven aquejados por un cuadro semejante mueren en pocas horas.

Sus padres permanecen junto al lecho sin otra solución que esperar el desenlace. Los médicos han dicho que no hay remedio alguno: el niño ha de morir en breve plazo.

Y es aquí y ahora, en este momento solitario en que una madre está junto a su hijo que agoniza, cuando el corazón de doña Dolores se vuelve suplicante a la escarpadura de los montes. En un lugar natural, casi salvaje, junto a las crenchas de la roca pirenaica y el agua resonante del Cinca, hay una Virgen, románica de origen, que tiene un Niño entre las manos. Y desde largos años, los campesinos, letrados, hombres de ciudad, de lejos y de cerca, le han confiado males incurables.

Sin esperanza alguna en la ayuda de los hombres, esta mujer pide la curación a la Virgen morena y milagrosa de “Torreciudad”. Que así se llama la atalaya donde la Señora se hace cargo de la fe y del dolor de los que la reclaman.

Es de noche, y los doctores han pronosticado que el niño no llegará a ver un nuevo día. Todos en la casa velan el estupor inquieto del pequeño. Apenas un ruido rompe lo. quietud de la plaza de Barbastro. Pasan las horas despacio. Cuando el sol asoma sobre el Pirineo, el niño duerme tranquilo bajo el cuidado constante de sus padres. La fiebre ha desaparecido. -

La ciudad pone en marcha el quehacer del nuevo día, y don Ignacio Camps acude al hogar de los Escrivá. Su voz tiene un interrogante resignado:

-«¿A qué hora ha muerto el niño?».

Le responden, gozosos, don José y doña Dolores:

-«No sólo no ha muerto, sino que está perfectamente»(4)

La alegría inunda la casa. El pequeño está curado. Tiene fuerzas y se sostiene perfectamente en pie, agarrado a los barrotes de madera de la cuna.

Doña Dolores, de acuerdo con su marido, ante el pronóstico inicial, había hecho una promesa: si se cura, cuando llegue el tiempo menos frío subirán los dos con Josemaría haciendo la larga y dura caminata que siguen los romeros, desde siglos, para llegar a la roca de “Torreciudad”. A partir de ahora, están llenos de seguridad y de confianza: su hijo vivirá. Y un día, en el correr del tiempo, ese hijo sabrá agradecer a la Virgen montañera la gracia de la salud y de la permanencia en el apasionante mundo de los hombres.

Años más tarde, su madre contará a Josemaría cómo fue aquella primera ascensión camino de los barrancos pirenaicos. Iba doña Dolores a lomos de una mula aderezada con silla a la española. Fuerte la albarda y prieta la cincha; ronzal y bocado bien seguros. El niño, envuelto en una manta flexible y abrigada. Y don José Escrivá delante, cuidando todos los pasos del camino.

Son incontables las almas que han podido andar aquellos peñascales, camino de un favor, desde que la Señora domina aquel paisaje. Dice el historiador López Novoa (1861)(5), al hablar de la Virgen de Torreciudad: «ha sido grande la devoción que siempre se le ha tributado, y muchos los prodigios y milagros que se le atribuyen».

Está la ermita de Nuestra Señora de los Angeles de Torreciudad en un lugar quebrado, apuntalada en la roca que se adelanta sin miedo hacia el abismo. Dice una tradición popular que, en 1084 -poco después de la reconquista de aquellos lugares-, comenzó a venerarse cerca de Bolturina una imagen hecha de una pieza, de madera de álamo o carrasca, y a cuyo alrededor se arropaban los cristianos en tiempos de guerra contra la invasión árabe. Los castillos del Grado y Torreciudad, frente a frente, defendían la salida del río Cinca como dos buenos guardianes y vigías de las riberas y huertas que empiezan más allá de esta angostura. Todavía queda en pie una torre cilíndrica junto a la orilla izquierda que, aunque ya herida por el tiempo, se resiste a caer y amontonarse en el olvido. Aún aploma sus veinticinco metros de altura sobre un círculo de cuarenta pasos, por metro y medio de espesor en el muro circular.

A pesar del ejército cristiano y de los dos centinelas instalados en las peñas, los árabes llegaron hasta el valle y la Virgen empezó, en el siglo XI, la oscuridad de su primer exilio. La imagen había sido escondida algunos años antes, cuando el lugar permanecía aún bajo el dominio árabe, en una oquedad profunda y peligrosa para que nadie pudiera descubrirla. Sólo el vuelo seguro de las águilas y el rumor pedregoso de las aguas del río la acompañaron durante un lapso de tiempo que fue largo. Cuando la breña volvió a poder de los cristianos se encontró la imagen, a medio cubrir por su escondite, y se dio cuenta gozosa del hallazgo(6).

La talla, obra de un artista popular de segunda mitad del siglo XI, tiene una grave sencillez fijada en la madera oscura; está sentada en una silla y con el Niño Jesús delante de su pecho. Las manos de la Señora protegen al Hijo en ambos lados; él tiene actitud de bendecir con la derecha y sostiene en la otra un libro abierto. Sancho Ramírez, conquistador del Reino frente al sarraceno, se ocupó de que la antigua mezquita pasara a ser iglesia ermitaña de la imagen; quiso también que los artistas restaurasen las inclemencias que el tiempo y abandono habían dejado declinar sobre la Virgen. Por eso se cubrió, desde esta fecha, con estofado y yeso en abundancia que sirviera de base a la policromía(7). Y así se encontraba dentro de la ermita, cuando don José Escrivá y doña Dolores Albás decidieron llevar a su segundo hijo en aras de agradecimiento. Como un cantar místico y sencillo de Berceo, allí está la Señora, grave, ingenua y sonriente. Como el entorno.

Veinticinco kilómetros largos hay desde Barbastro a “Torreciudad”, y en trechos muy frecuentes, ya cerca de la ermita, el camino se vuelve peligroso. Las caballerías van con paso lento, tanteando el sendero, porque hay grietas escondidas que se abisman desde cuarenta o cincuenta metros de su altura. El aire sopla fino y juega, en el silencio, a mover el tomillo y la retama. Huele a monte y a río, a campo abierto. Y se oye rezar a los que avanzan, camino de la ermita, para pedir un don o agradecer lo que ya ha sido recibido.

Doña Dolores lleva a Josemaría en su regazo. El niño está ya sano y fuerte; el camino, aunque difícil, no ha cansado a ninguno de los dos. Aparece la ermita. Allá lejos se asoma el Pirineo.

A la Virgen de Torreciudad presentan el pequeño que ha estado a punto de morir sólo unos meses antes. Saben que pertenece por entero a la Señora, que ha querido dejarle sobre el mundo. Y, con generoso arranque, vienen a entregarlo en manos de la Reina de los Angeles, para que sea respaldo y garantía que proteja la vida de su hijo.

Fuera suena el eco de la campana, entre bronco y festero, por las encrucijadas; parecen contestar desde los puntos cardinales del cielo las del Grado, Puy de Cinca, Clamosa, Mipanas, La Penilla y San justo. Vuelven los romeros camino de Barbastro una vez descansados, cuerpo y alma, a la Hostería.

Don José Escrivá, con su alegría inalterable, espanta los miedos que pueden aparecer por la angostura del sendero. Es hombre de palabra: si doña Dolores empeñó una promesa con Nuestra Señora, ahí los ha traído a los dos al pie de su atalaya. El camino de vuelta es doblemente feliz, porque tras ellos viene ya la protección de la Señora. Empieza a atardecer sobre Barbastro: todo presagia paz. Misión cumplida.

Los primeros años

Josemaría recordará, muchos años más tarde, el día en que su padre le llevó a ver el primer avión. Aquello era una cosa tan rara que lo paseaban por las ferias de los lugares importantes. Don José dejó que se acercara para poder tocar aquel complejo armatoste hecho con telas, madera y alambres, y también para que pudiera ver cómo se elevaba, tras recibir un vigoroso impulso de la hélice.

Se inicia el desarrollo industrial, y las pequeñas capitales de provincia empiezan a recibir su colación de inventos y asombros de ingeniería. Un año es la lámpara de metal, que viene a deslumbrar las habitaciones desplazando a la ya exigua y primitiva de carbón. Otro, el primer automóvil que cruza las calles ensordeciendo con los estampidos del motor y la bocina.

Las hijas que han nacido en la casa de los Escrivá se llevan apenas un año y medio entre sí y han llenado el hogar de promesas y futuro. Mientras tanto, Carmen, la mayor, inicia su formación en el Colegio de las Hijas de la Caridad de Barbastro, sitio donde confluyen las amigas habituales de la pequeña ciudad. En esta etapa las labores femeninas ocupan un lugar preeminente, y es muy común hallar, entre los libros de lectura, latín y cuadernos de caligrafía inglesa, la lanzadera del «frivolité» y el mundillo con sus idénticos y numerosos bolillos para fabricar encaje. Adriana y Esperanza Corrales, Conchita Camps, Lola Bosch y Sabina Cortés son las amigas que frecuentan la casa de los Escrivá.

Josemaría comienza también muy pronto sus tareas colegiales. Alrededor de los cuatro años le llevan sus padres al Parvulario de las Hijas de la Caridad para que inicie las primeras letras. El pequeño está fuerte y desarrollado. Tiene un carácter vivo y bien dispuesto. Su hermana ha de frenar el dinamismo con que emprende, cada día, la ruta mañanera del colegio, porque coge a Carmen de la mano y baja corriendo las escaleras camino de la Plaza. Hay una monja que se ocupará de él en esta primera etapa: le enseñará a dar sentido a imágenes y símbolos. Es alegre, serio y afectuoso, este muchacho que llevan cuidadosamente vestido al aire de la época: blusón blanco y azul, pantalón marino hasta la rodilla y medias de listas, que se adentran en las pequeñas botas cerradas con botonaduras laterales. Aquí, en una clase grandota y soleada, la monja le irá contando, sobre láminas colgadas, los avatares y sentido de la Historia y la intervención de Dios en la vida de los hombres.

Pero mucho más intensa que la enseñanza diaria del colegio es la vida familiar, que le forma y le protege a través de la entrañable y ejemplar figura de sus padres. Josemaría camina por la casa siguiendo a doña Dolores por la minuciosa actividad de las faenas cotidianas. La ve organizando los trabajos del servicio de la casa y cuidando, con esmero, esas diarias cosas que casi forman parte del gesto familiar. Es testigo presencial de la ternura de su madre, del calor y de la entrega que hay en el trasfondo de su esplendidez, de su orden y elegancia. Por las mañanas y las noches, doña Dolores enseña a rezar a Josemaría, a dirigirse a Dios con amor y confianza. Sus padres llevan su mano trazando la primera cruz sobre la frente; le hablan de la Madre del Cielo, a la que debe querer y besar más aún que a la que tiene aquí, sobre la tierra. Le dicen despacio, para que repita y entienda la verdad de sus palabras, el ofrecimiento de obras que habrá de rezar toda su vida al acostarse y levantarse: «Todos mis pensamientos, todas mis palabras, y las obras todas de este día, te las ofrezco, Señor, y mi vida entera por amor»(8).

También trastea, cuando doña Dolores no le observa, y entra en los dominios de María, la cocinera, que anda con cien ojos porque sabe que, en el primer descuido, las manos del pequeño se llevarán las patatas recién fritas.

María narra siempre, a los niños, despacio, el mismo cuento. Mientras vigila el horno, el bizcocho, los asados o el aceite. Josemaría escucha, por centésima vez, el sucedido. Lo dice con la gracia campesina de Aragón, y vuelve a sonar inédito en la atención del niño.

Al acabar la jornada, don José viene andando despacio de la Plaza Servando, de la tienda. Algunas veces llegará cargado de dulces y «paciencias». Cosas que les gustan a los pequeños y que repartirá, con alborozo, en la tertulia que pone fin al día. Un rato más tarde, cuando el cierzo empieza a soplar sobre Barbastro y asoma la luz de las estrellas, don José les llevará a la cama y esperará a que llegue el sueño volviendo a invocar al santo nombre de Dios sobre sus almas.

A lo largo del tiempo, Josemaría sabrá soportar contradicciones y trabajos; en los momentos duros, contará con el recuerdo de la vigilancia fervorosa con que sus padres sembraron la fe y el cariño en el entorno diario de sus hijos.

Un hogar cristiano

Una fecha importante en la vida de Josemaría es el momento en que realiza su primera Confesión. Tiene solamente seis o siete años de edad. Sus padres le han enseñado punto a punto el Catecismo de la Doctrina Cristiana; con ellos ha repetido el Credo, el Padrenuestro y las oraciones de la mañana y de la noche. Y también una oración entrañable a la Virgen, que rezará siempre con el mismo amor transparente de estos primeros años: «¡Oh Señora mía, oh Madre mía!, yo me ofrezco enteramente a Vos. Y, en prueba de mi filial afecto, os consagro en este día mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón... »(9). Ahora, su madre le acompaña a la iglesia haciéndole las últimas recomendaciones. Allí le espera el Padre Enrique Labrador, un buen religioso escolapio, que es, desde hace años, el confesor de doña Dolores. Josemaría se acerca con seriedad al confesonario y habla tranquilamente de su vida y de sus cosas. Cuando termina, siente una alegría enorme y un bienestar feliz; será, para siempre, una experiencia que quiera compartir: la del amor de Dios que tranquiliza y que nos llega, desde niños, a través del Sacramento de la Penitencia. Uno de los misterios de la misericordia de Dios para los hombres.

Es un niño que adora a sus padres. Pero hay dos cosas, sin embargo, que Josemaría rehuye de continuo: saludar a las visitas y estrenar trajes nuevos. Tanto, que desaparece por la casa cada vez que oye la puerta y presagia amenaza de este tipo. Doña Dolores le encontrará en un lugar de escondite insospechado: debajo de una cama. Y suave, pero enérgicamente, golpea el suelo con uno de los bastones de don José exigiendo la rendición inmediata de la plaza. Sale Josemaría y su madre combate la timidez incipiente del muchacho: «Josemaría, vergüenza sólo para pecar»(10).

En cambio, es feliz cuando los jueves, día en que no hay clases, sube a la casa de Esteban, el notario, y juega con los chicos sin interrupción.

Al comenzar el curso de 1908-09, cumplida la mínima edad reglamentaria, el matrimonio Escrivá y Albás decide llevar a Josemaría al colegio donde iniciará sus estudios: a las llamadas Escuelas Pías, regidas por los RR.PP. Escolapios. Pascual Madoz, en su «Diccionario Geográfico Estadístico Histórico de España»(11), describe así estos lugares de instrucción pública: «Generalmente concurren a sus clases centenares de niños, porque es tal el prestigio de que gozan en todo el país estos celosos directores de la infancia, que no sólo envían los vecinos de la ciudad a sus hijos a recibir la educación civil y religiosa que en aquéllas se enseña, sino que acuden de todos los pueblos inmediatos y hasta de algunos bastante distantes de Aragón y Cataluña, y tanta la asiduidad en el trabajo de estos maestros y tan grande el esmero con que procuran el adelanto de los discípulos, que no puede dudarse de que la superioridad que Barbastro ejerce sobre muchas otras poblaciones del antiguo Reino de Aragón, así en la Agricultura como en la Industria y el Comercio, es debida al continuo desvelo de aquéllos... ».

A partir de este momento veremos, cada día, la figura familiar del fámulo Faustino, empleado de los Padres Escolapios, que recoge a los pequeños al pie de los portales y los acompaña, amistosamente vigilados, hasta las clases matutinas. Josemaría estrena su uniforme: abrigo azul marino con doble botonadura de metal; gorra de paño en el mismo tono con visera de charol y, sobre ella, el brillo del escudo. Un pañuelo doblado, azul más claro, les sirve de corbata o de chalina. En las clases se ponen delantal de manga larga, en blanquiazul rayado, cinturón y cuello todo azul.

La educación de las Escuelas Pías es amable, aunque disciplinada y severa. En su origen, el reglamento para la enseñanza de estos religiosos establece que corre a su cargo desde el abecedario hasta leer latín, escribir perfectamente, contar, gramática y retórica inclusive, como también instruir a la juventud en los rudimentos de la fe católica y buenas costumbres.

Atienden el colegio, en este tiempo, una docena de Escolapios muy acreditados en Barbastro y en toda la comarca. Aquí están los Padres Laborda, José Martínez y Mariano Tabuenca. Son gentes entregadas al noble deber de formación y de enseñanza. En un viejo cuaderno, hallado entre las cosas personales del Padre Laborda, se puede leer, con letra caligráfica y menuda, el año de llegada y el destino final de cada alumno. Memorias del buen hacer de un maestro que tiene amor e interés por sus muchachos.

En estos primeros tiempos, los Padres José Beteta, de origen manchego, y Pedro Martínez Heras, que luego será apóstol del espíritu de San José de Calasanz en Argentina, se hacen cargo de los más pequeños. Aún consta en un semanario llamado «Juventud», editado en Barbastro el 13 de marzo de 1914, el siguiente párrafo de laude:

«Recibimos una sorpresa muy agradable al enterarnos, consta en la memoria 1912 a 1913 del Instituto de Lérida, el premio que obtuvieron en la asignatura: "Nociones de aritmética y geometría" los aprovechados alumnos de las Escuelas Pías de nuestra Ciudad, José María Escrivá y Miguel Cavero. Nuestra cariñosa felicitación a los alumnos, a sus distinguidas familias y a sus cultos profesores».

Su vida familiar está llena, durante estos tiempos, de situaciones gratas y dolientes, de felicidad y contradicciones. De confianza en el querer de Dios y de exigencia humana. El capital de don José y el negocio de «Juncosa y Escrivá» permite una vida holgada y sin preocupaciones económicas. Los chicos juegan bajo los arcos de la Plaza y descubren rincones y portales, aunque doña Dolores prefiere verlos en la casa, y controlar sus travesuras y proyectos. Por la escalera suben, en bandada, las amigas de Carmen y los amigos de Josemaría. Aquí, hasta un cuarto contiguo al de Josemaría, que familiarmente llaman todos «la leonera», llegan Joaquín Navasa, Julián Martín, los Esteban... Salen a relucir, seguramente, las cartas, los soldados de plomo, los rompecabezas y los bolos.

Otras veces, cuando la tarde se presenta reposada, doña Dolores les deja entrar en la salita. Josemaría hace corro, se sienta en una mecedora, y cuenta sin cansancio un relato tras otro a Carmen y a Chon, sus hermanas, y a Adriana y a Esperanza, amigas de Carmen, que le rodean. Le gusta entretenerlas.

Sin embargo, tiene Josemaría un carácter fuerte que, a veces, se le escapa. Por ejemplo, un día en el colegio piensa que el profesor ha sido injusto con él, y en su rabieta de niño arroja el borrador de tiza contra la pizarra. Pero luego es capaz de agradecer a este buen escolapio el silencio que guarda sobre tal anécdota cuando se encuentra a don José y a Josemaría durante un paseo.

Años más tarde, Monseñor Escrivá de Balaguer hablará del carácter enérgico, del «caratteraccio» -dirá bromeando en italiano-, que dejaba entrever desde pequeño.

Hay una fecha muy feliz que Josemaría recuerda con cariño. Es el día del santo de su madre. Suelen estar ya florecidos los almendros. Don José hace jornada de gran fiesta para estar más tiempo con su esposa y con sus hijos. Salen del arcón los manteles guardados para horas especiales. Y hay un postre sencillo y cuidadoso que sólo ese día, por excepción, manda hacer doña Dolores. Son los «crespillos» de la tierra: hojas de espinaca, rebozadas y fritas, que se sirven espolvoreadas con azúcar.

También tiene presentes, con especial emoción, las fiestas de Navidad. Con el aliento flotando en el aire bajo cero de Barbastro, le imaginamos caminando junto a su padre en busca del musgo verdinoso que crece en las laderas, de la rama y la roca para componer el Belén de cada año. En el calor de la casa, irán ocupando su lugar las figuras del Misterio, los pastores, las lavanderas..., y acabará naciendo el Niño sobre esta pequeña reproducción del Somontano.

A la media noche del 24 de diciembre, saldrá a Misa de la mano de sus padres. Y nunca podrá olvidar esta mezcla de rigor y ternura, de canciones y hielo, que han formado el paisaje de su Navidad. Empieza a forjar ahora la reciedumbre de su corazón y podrá expresar en el futuro, sin falsos pudores, el hondo e ingenuo cariño de sus devociones infantiles. Así lo escribirá, años más tarde, en «Camino»:

«Devoción de Navidad. -No me sonrío cuando te veo componer las montañas de corcho del Nacimiento y colocar las ingenuas figuras de barro alrededor del Portal. -Nunca me has parecido más hombre que ahora, que pareces un niño»(12).

En los veranos, cuando florece la aspereza somontana, Josemaría pasa los días en Fonz, junto a la estribación del Pirineo. Le gusta correr por los campos y las calles descubriendo los escudos agrietados que blasonan muchas casas, mientras allá arriba vigilan las ruinas del castillo de Forza, construido por los árabes. Hay en la tierra aragonesa una repetida devoción a la Asunción de la Virgen, que preside, bajo esa advocación, numerosos retablos. Y es frecuente hallar a simultáneo la representación de la Virgen «dormida» en su despedida del mundo, junto a esa otra imagen gloriosa de su llegada al Paraíso. Así, en una misma plegaria, las gentes aúnan el adiós y el encuentro más allá de la vida.

Josemaría se quedará, muchas veces, mirando esa representación beatífica, bella e inmóvil, de la Virgen durmiendo su último sueño en la tierra; siempre recordará esta devoción, que ha de estar representada, un día lejano, junto a su propia tumba en la ciudad de Roma.

Ya desde estos años infantiles, quedará clavado en su alma, junto al amor de Jesús en la Eucaristía, un real y profundo afecto a la Madre de Dios y de los hombres. No le cuesta al niño imaginar cómo puede ser este cariño: tiene siempre el modelo cálido de su madre en la tierra. Y aprende que, más fuerte aún y omnipotente, es el amor de su Madre del Cielo.

Días de alegría y de dolor

Rosario, la hermana pequeña, muere con sólo nueve meses de edad, de un modo casi repentino. Dos años más tarde se decide la Primera Comunión de Josemaría. Será el 23 de abril de 1912, día de San Jorge. Es tradicional en Aragón llevar los niños a la Eucaristía, por primera vez, en esa fecha.

Durante esta época -son muy recientes las disposiciones de Pío X sobre la conveniencia de acercar pronto a los niños al Sacramento de la Comunión-, resulta poco corriente en España que la reciban a tan corta edad. Un Congreso Eucarístico, celebrado en 1911, acaba de difundir las recomendaciones del Santo Padre Pío X. Gracias a esto, Josemaría puede recibir al Señor a los diez años. Para siempre guardará en su corazón el agradecimiento al Papa santo. Ha frecuentado la Confesión, preparado y alentado por sus padres. Ahora, el Padre Laborda le enseña el camino de llegada a esta unión íntima con Dios. Es él quien le ayuda a aprender una oración de deseo que llevará siempre en sus labios y en su corazón, la comunión espiritual: «Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre; con el espíritu y fervor de los santos» (13).

Este será un día solemne, de fiesta; un hito en la historia de su alma y en la germinación de su vida espiritual. Todos, y especialmente él, se preparan con gran cuidado para acercarse al Sacramento. Primero, con una buena confesión que le deja contento y feliz. Después, con un traje nuevo. El ambiente que le rodea facilita su penetración en la importancia del acontecimiento, en la trascendencia de su primer encuentro con el Amor dentro de su corazón.

Sólo unos meses más tarde van a caer muy duras pruebas sobre la familia Escrivá. El 10 de julio de 1912 muere María Dolores, Lolita, como se la llama y se la quiere en el ámbito familiar. Josemaría tiene ya más de diez años, pero sus padres quieren evitarle el dolor, precoz, de ver marchar a la pequeña que ha compartido los juegos colectivos(14)

Doña Dolores y don José llevan la desaparición de sus hijas con la misma entereza y valor, la misma cristiana entrega a la Voluntad de Dios con que aceptaron la alegría de su nacimiento. Y aún les queda un nuevo sacrificio. Asunción, que cuenta ya ocho años, compañera y adicta incansable a su hermano, muere el 6 de octubre de 1913(15). Josemaría tiene casi doce años y siente hondo, aunque sus padres procuran mantenerle a distancia, la enfermedad y la pérdida imprevista.

Está jugando junto a los soportales de la Plaza y tiene una intuición repentina. Se queda parado de pronto, y manifiesta a sus amigos la intención de ir a ver cómo sigue su hermana.

Sube corriendo la escalera y encuentra a doña Dolores, que esconde su dolor tras la actitud serena que pueda tranquilizar al muchacho. Le dice que Chon ya está en el Cielo. Josemaría se rebela contra ese hueco enorme que va dejando en la casa tanta desaparición. Llora despacio, y su madre ha de repetirle al oído los secretos planes del Cielo y de la Voluntad de Dios sobre los hombres.

Pasa unas semanas pensativo. Es un chico optimista, pero de gran sensibilidad para captar el dolor de sus padres. Con una lógica contundente e infantil piensa que, en esta escalada de la muerte sobre su familia, y por orden cronológico, ahora le toca a él. Incluso llega a decírselo a su madre como una predicción irremediable. Doña Dolores, cuando le oye, nota que el corazón le da un vuelco, pero se contiene. Y sonríe mientras le dice con enorme convicción: «No te preocupes, que tú estás pasado por la Virgen de Torreciudad»(16).

Pronto reanuda su vida habitual, con un abierto campo de intereses y afectos que restañan las últimas heridas. En el verano corretea por los campos del Somontano. Tiene aquello atractivos que recordará, con símbolos diversos, cuando los años le hayan hecho adulto. En Fonz, asiste embebido al modo de cocer el pan, al prodigio esponjoso de la levadura, al olor crujiente y apetitoso de las masas en el horno.

Mientras tanto, don José Escrivá se gasta diariamente con ejemplar laboriosidad. Aquella industria que le ha permitido una holgada generosidad y una vida sin preocupaciones económicas, empieza a dar síntomas de quiebra. Mantiene su alegría, ahorrando a su mujer y a sus hijos hasta el menor gesto de preocupación o de amargura. A causa de una competencia desleal, que se aprovecha de su rectitud, va perdiendo terreno en el negocio, que ya no se remonta. La ruina familiar es un hecho que llegará rápido, si no se reconocen algunas primacías y derechos.

Josemaría hablará siempre, en el inmenso cariño por su padre, de este tiempo en que la demolición de su amplia economía le fue cercando inexorable; de la falta de ayuda y confianza por parte de quienes habían recibido favores constantes; de la fortaleza con que don José y doña Dolores se van a enfrentar a la sucesión de soledad y pérdidas materiales.

Un día están jugando a las cartas Carmen y sus amigas. Han logrado un castillo de naipes con difícil equilibrio. Josemaría entra de pronto en la habitación y con un pequeño golpe se lo tira. Las chicas no pueden ni creerlo; no va con su carácter.

-«¿Por qué haces eso?», le preguntan enfadadas.

Y todavía hoy recuerdan la respuesta, profunda, de un niño al que duelen los acontecimientos:

-«Eso mismo hace Dios con las personas: construyes un castillo y, cuando casi está terminado, Dios te lo tira»(17).

La doncella y la niñera tienen que abandonar a la familia. Doña Dolores se hace cargo de las tareas de la casa. No pierde la calma. Cuida bien a todos y no escatima esfuerzo que pueda aliviar la situación: «sin alargar el brazo más que la manga», dirá por lo castizo, seria pero sonriente.

Acogiéndose a disposiciones legales, don José puede quedarse con su patrimonio familiar, pagando a los acreedores sólo con el capital de la empresa. Un religioso llega a aconsejarle en este sentido, asegurándole que el problema moral no existe en su caso. Pero don José no accede. Su patrimonio va a enjugar deudas y créditos sin que nadie quede sin recibir lo estipulado. De la entereza de este hombre no brota un reproche, ni una sola queja para los que han fraguado su derrota. Le duelen el silencio y la crítica que rodean sus decisiones. Pero está decidido a cumplir con lo que le dicta su conciencia.

Josemaría siente rebeldía ante la situación. Se ve humillado al comprobar cómo han de estrechar sus posibilidades, y le hieren los comentarios tontos o malignos de sus compañeros de juegos y de estudios. Años más tarde, aprenderá el designio del Cielo en todo ello y alabará la entereza, la estricta honradez cristiana de su padre. También intuirá que Dios hizo sufrir a los que más quería para que fuese escuela y yunque donde pudiera descubrir la raíz auténtica de la valentía.

Antes del verano, en marzo de 1915, don José se traslada a Logroño en busca de trabajo y de un lugar adecuado para llevar a su mujer y a sus dos hijos. Trabajará como empleado en una tienda de tejidos, cuyo material conoce. Organiza el nuevo curso de su vida sin perder la simpatía, la confianza, y una sonrisa especial que no abandona nunca.

Josemaría cursa el tercer año de Bachillerato en el Colegio de los Escolapios y se examina en Lérida. Es el recorrido anual de los alumnos de Barbastro. Doña Dolores desmonta la casa donde ha puesto tanto amor y alegría. Se llevan cuanto pueden: cuadros, muebles, vajillas, libros, recuerdos de familia y baúles con buena lencería. Carmen presagia una despedida definitiva cuando dice adiós a sus amigas de colegio, para irse a Fonz, en julio de este mismo año. Y en septiembre, montan en una repleta diligencia, camino de Logroño. Barbastro se queda atrás perdido en su perfil de Somontano. Doña Dolores no quiere despedirse por si el cariño al lugar le traiciona en el arranque del último momento. Sólo las pequeñas, que ya no lo son tanto, Adriana y Esperanza, Conchita Camps, Sabina Cortés y Lola Bosch, acuden a dar su abrazo a Carmen(18).

En casa de los Escrivá, la actividad habitual ha quedado en silencio y apagada. En la calle Argensola se han oído, por última vez, los pasos conocidos. Una nueva etapa de amor, de entrega y de trabajo, les espera. 

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