Una canción de despedida

 El 22 de junio, cuando finalizaba su estancia en tierra mexicana, se reunió con un grupo de jóvenes universitarios. Uno de ellos tomó una guitarra y le dijo que quería que escuchase una canción que se suele cantar a la Virgen de Guadalupe cuando le llevan mañanitas a la Villa.

El Padre asintió con la cabeza y aquel chico empezó a rasguear las cuerdas y a entonar con voz templada:

Quiero cantarte, mujer,
mi más bonita canción...

Luego prosiguió con voz fuerte:

Tuyo es mi corazón,
oh, sol de mi querer.
Tuyo es todo mi amor,
mi ser te consagré.
Mi vida la embellece
una esperanza azul...

El Padre, de pronto, se puso en pie.

-¿Por qué no vamos a la Villa todos -nos propuso- para cantarle eso a la Virgen, a darle nuestra serenata?

A las ocho de la tarde, la hora convenida, estábamos todos en la Villa, apiñados junto al Padre en torno a la Guadalupana. Nada más llegar, el Padre se dirigió al presbiterio y se puso de pie, delante del altar central, bajo la imagen de la Virgen. Entonó una Salve. El templo estaba completamente abarrotado: habían venido centenares y centenares de personas de todo tipo y condición a rondar a Nuestra Señora junto al Padre, para darle una serenata de veneración y cariño.

A continuación el Padre se situó junto a un reclinatorio, en el lado derecho del templo. Comenzaron a sonar las guitarras:

Tuyo es mi corazón
oh sol de mi querer...

El Padre permanecía en pie, muy emocionado, con la mirada fija en la Virgen. En un determinado momento se arrodilló y se cubrió la cara con las manos, apoyándose en el respaldo del reclinatorio, conteniendo las lágrimas. Se dio inicio a la segunda canción:

Yo le dije
que de Ella tan solo
estaba enamorado,
que sus ojos
como dos luceros
me habían fascinado...
Mientras más
pienso en ella,
mucho más la quiero...

Comenzaron los compases de la tercera canción.

Gracias
por haberte conocido...

Al escuchar estas palabras, visiblemente emocionado, el Padre se levantó y salió del templo. Unos pocos le acompañamos, mientras casi todos permanecían en la Basílica cantando esa canción de amor y agradecimiento a la Virgen. A través de la sacristía, llena de exvotos, y de la galería de los milagros llegamos al coche y salimos camino de nuestra casa. Llevábamos ya un cierto recorrido en un silencio embarazoso que ninguno se atrevía a romper, cuando el Padre exclamó a media voz:

-¡Este México es mucho México!

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