Montefalco no era un sueño

A comienzos de los años cincuenta hicimos un viaje en coche desde México a Monterrey, por la carretera que atraviesa Huaxteca. Paramos para poner gasolina en un lugar de la sierra próximo a Tamanzunchale. Yo estaba sólo dentro del coche, cuando se asomó por la ventanilla un muchacho indígena de unos catorce años, de aspecto muy simpático, que me dijo a boca de jarro:

-Padrecito, lléveme con usted.

-¿Adónde quieres que te lleve?

-Donde sea; yo quiero servir a Dios.

Como es de comprender, no pude ofrecer solución alguna a aquel muchacho, pero me dejó muy pensativo durante el resto del viaje. Este nuevo encuentro con el medio indígena se unía a experiencias anteriores en otros lugares de la República. Cada año, para los diversos cursos de retiro y convivencias, habíamos ido a algún rancho o antigua hacienda que nos prestaba su propietario, en La Gavia, Huixcoloco, San Carlos, Mimiahuapam... Me preguntaba a mí mismo, durante el resto del viaje, cómo y dónde podríamos comenzar una labor apostólica estable con campesinos.

Al llegar a Monterrey, el director de nuestro Centro en aquella ciudad me comentó que habían comenzado una catequesis en un pequeño poblado a pocos kilómetros de Monterrey: una cooperadora del Opus Dei les había prestado un ranchito, "El Molino", y la labor estaba creciendo enormemente. Por estas coincidencias, nos parecía ver que el Señor nos pedía comenzar a trabajar en el medio rural indígena de México; y así se lo escribimos al Padre. Poco después comenzó Montefalco.

Montefalco era una vieja hacienda colonial, un ingenio azucarero en el Valle de Amilpas, que tuvo en su tiempo miles y miles de hectáreas de plantación de caña de azucar. Las canciones populares evocan todavía las andanzas de Emilio Zapata, que saqueó y quemó durante la revolución muchas haciendas del actual Estado de Morelos. Lo único que dejó sin quemar en Montefalco fue la iglesia. Luego vino la reforma agraria, en tiempos del General Cárdenas, y la antigua y extensa hacienda quedó reducida a poco más de treinta hectáreas. Así se quedó: vacía, quemada y abandonada, durante largo tiempo, hasta que sus propietarios la donaron al Opus Dei en 1952 para que se pudiera realizar desde ella una obra social.

Para describir como estaba entonces la vieja hacienda bastará este dato: cuando fuimos a verla no encontramos otro medio que subirnos a una de las torres de la iglesia para hacernos una idea aproximada del montón de ruinas que había quedado emboscado en medio una maleza tropical. Sólo desde aquella altura se lograba localizar una inmensa plaza, rodeada por los muros calcinados de los antiguos edificios y se advertía que no quedaba allí más techo bajo el que refugiarse durante las tormentas que las naves, sin ventanas, de la iglesia.

Tan ruinoso se encontraba Montefalco que cuando fue a verlo Ignacio Canals -actual profesor de la Universidad Autónoma Metropolitana y uno de los primeros miembros del Opus Dei que llegaron a México- tuvo que ir desbrozando las malezas a punta de machete. A medida que avanzaba iba descubriendo elementos medio sepultados entre las plantas y escombros: la plaza, un patio, otro patio, una fuente... Se encontró, por ejemplo, un horno de ladrillos, con el que se pudieron fabricar ladrillones semejantes a los que había del siglo pasado. Más tarde se acondicionó el pequeño acueducto que llevaba agua al trapiche, que es como se llaman en México las maquinarias de moler caña. También se descubrieron otros elementos, ciertamente menos útiles y bastante más peligrosos, como las serpientes, los alacranes y las víboras.

Había que reconstruir prácticamente todo. Con ese fin llevamos hasta allí a un arquitecto amigo que, al ver aquel montón de paredes derruidas y piedras calcinadas, nos preguntó: "¿Pero cómo es posible que quieran ustedes aceptar esto? ¡Si son sólo ruinas!". Respondimos de acuerdo con lo que tantas veces nos había dicho el Padre: soñad y os quedaréis cortos.

Prescindimos del arquitecto, y con la ayuda de dos jóvenes, futuros arquitectos, comencé la primera y modesta reconstrucción del edificio. Encontramos providencialmente a un albañil de Chalcanzingo, Florentino. Pronto nos dimos cuenta de que era mejor explicarle las obras verbalmente que darle planos: de ese modo él, con su pequeña cuadrilla, interpretaba mejor las ideas y la reconstrucción resultaba más auténtica, ya que los materiales y la mano de obra eran del lugar.

También fue providencial que encontráramos a Bernardo, entonces muy joven, que ha sido el guarda de Montefalco desde los comienzos. Florentino y Bernardo han sido toda una institución en la reconstrucción de Montefalco: han dedicado gran parte de sus vidas a trabajar ahí, y Dios le ha dado a los dos la vocación al Opus Dei.

El primero que se quedó a dormir en Montefalco fue Manuel Alfonso Calderón, otro de los primeros que vinieron a México. Manuel, con la compañía de un perro -Palomo-, se atrevió a quedarse una temporada en Montefalco para dirigir las obras.

Los comienzos fueron duros, pero con el paso del tiempo las dificultades se fueron allanando, y al cabo de los años se alzaban allí una Escuela para campesinos, una Casa de retiros y diversas obras sociales dirigidas por miembros del Opus Dei. El Padre iba alentando el desarrollo de estas labores desde Roma, y es fácil imaginar la alegría que tuvo el día que pudo ver estos edificios con sus propios ojos. Pasó tres días en Montefalco y experimentó la diferencia de lo vivo a lo contado: no se imaginaba la grandeza del conjunto. ¡Pero si tenéis todavía mucho que reconstruir! -exclamó al ver las ruinas que todavía quedaban-; aunque habéis sido muy valientes.

Le fuimos explicando cada una de las labores con las gentes humildes de aquellos contornos que se llevaban a cabo desde allí. No cabía de gozo. Estoy aquí -exclamaba-, esto no es un sueño. Es una realidad que estoy en Montefalco.

Cuando contempló la antigua Hacienda, la iglesia con su gran cúpula y sus dos altas torres, y los nuevos edificios y el conjunto de ruinas y piedras calcinadas aún por reconstruir, nos dijo emocionado: Montefalco es una locura de amor de Dios. Suelo decir que la pedagogía del Opus Dei se resume en dos afirmaciones: obrar con sentido común y obrar con sentido sobrenatural. En esta casa, don Pedro y mis hijas e hijos mexicanos no han obrado más que con sentido sobrenatural. Recibir con alegría un montón de ruinas (...) humanamente es absurdo... Pero habéis pensado en las almas, y habéis hecho realidad una maravilla de amor. Dios os bendiga.

Estoy dispuesto a ir con la mano extendida, pidiendo dinero para terminar Montefalco. Lo acabaremos, con vuestro sacrificio, y con la ayuda, como siempre, de tantas personas que están dispuestas a colaborar en una tarea que será un gran bien para todo México. (...) Es una locura, pero una locura de amor de Dios.

Pienso que Montefalco le llegó especialmente al corazón. ¡Con qué gusto me quedaría aquí!, nos comentó. No os dais bien cuenta de lo que se ha hecho: todo esto ha salido de un montón de ruinas, sin un centavo, con el trabajo de tantos hijos míos que han tenido que luchar y sufrir, con el cariño y la generosidad de muchas personas.

Hoy, ¡es una maravilla!, les decía a un grupo de campesinas. Los que han trabajado en esta labor tienen ahora la alegría de ver que vuestras almas están deseosas de ser mejores; la alegría de que vuestra vida será cada vez más limpia, más alta; la alegría de veros dispuestas a todos los sacrificios para ser buenas cristianas, buenas madres, buenas esposas... ¡Qué hermoso es esto!

En la actualidad Montefalco alberga el Centro de Encuentros, creado en 1952, una Escuela bienal de Economía Doméstica, una Escuela Rural abierta en 1958, la Escuela Femenina de Montefalco y una Escuela Normal para educadoras.

 

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