A los pies de la Virgen de Guadalupe

Mientras tanto, en mayo de 1966, yo había vuelto de nuevo a México como Consiliario del Opus Dei. Eso me permitió conocer los útimos años de nuestra vieja casa de la calle Nápoles número 66. Pronto nos trasladamos a la calle de Rodín, en la colonia Mixcoac, en una casa que, por primera vez, había sido proyectada y construida según nuestras necesidades.

En esta segunda etapa mexicana, Dios me concedió una de las grandes alegrías de mi vida. Cuando el Padre me dio la bendición del viaje en Roma para volar a México, me dijo: ahora sí te prometo que iré a México. Y lo cumplió.

El Padre pisó tierras mexicanas el 15 de mayo de 1970, alrededor de las tres de la madrugada. Fui a recibirlo al aeropuerto. El motivo principal de su viaje era rezar a la Virgen; estaba tan deseoso de postrarse ante sus plantas y exponerle sus súplicas, que esa misma noche, poco después de recogerle en el aeropuerto, cuando íbamos de camino hacia la sede de la Comisión Regional del Opus Dei, nos preguntó si era posible pasar por delante de la Villa, que es como se conoce en México la Basílica de la Guadalupana. Le dijimos que la Villa se encontraba en dirección opuesta y que a esas horas de la noche estaba cerrada.

-He venido a ver a la Virgen de Guadalupe -nos explicó- y de paso a veros a vosotros. ¿No os enfadáis por ser el segundo motivo?

Poco después aclaró, con humildad: no he venido a enseñar, sino a aprender.

Habitualmente, los viajeros que vienen desde Europa suelen descansar, al llegar a México, uno o dos días tras su llegada, para adaptarse al cambio de altura y de meridiano. Sin embargo el Padre quiso acudir inmediatamente a la Basílica al día siguiente de llegar. Era sábado. Visitó primero al arzobispo primado de México, Cardenal Miguel Darío Miranda, que estaba gozoso por aquella visita largamente esperada. "¡Por fin lo conseguimos! ¡Por fin lo conseguimos!", comentaba alborozado el Cardenal, cuando pudo abrazarle por vez primera en tierra mexicana.

A continuación, el Padre se dirigió al templo, entró por la parte de la sacristía y se quedó arrodillado en el presbiterio, absorto, sin moverse, durante largo tiempo. Rogaba sin cesar por la Iglesia, por el Papa, por la salvación de todas las almas...

Me resulta difícil describir la emoción de aquellos momentos. Iba pasando el tiempo y el Padre permanecía inmóvil, con los ojos fijos en la Virgen, rezando intensamente. Comenzaron a llegar miembros de la Obra a la Basílica. Al cabo de un largo rato me acerqué para decirle que la iglesia estaba llena de hijos suyos en el Opus Dei, hombres y mujeres que habían venido a rezar a su lado. El Padre permaneció rezando durante hora y media: una hora y media de amor, de intensa súplica y ferviente petición.

He venido a México -explicaba a un grupo de miembros del Opus Dei de Estados Unidos, que vinieron a verle desde su país- a hacer esta novena a nuestra Madre. Hubiera ido de rodillas, como los inditos hacen aquí, pero no me han dejado. Para esto he venido a México: para querer más a Nuestra Madre. Y creo que puedo decir que la quiero tanto como los inditos la quieren.

Al día siguiente, 17 de mayo, volvió de nuevo a rezar a la Villa, y se emocionó al contemplar la muchedumbre de gentes que se acercan habitualmente hasta la puerta de la Basílica caminando de rodillas por la explanada. Muchos son campesinos que vienen andando descalzos desde lugares lejanos; o inditas que traen a sus hijos pequeños arrebujados a la espalda, según la costumbre local; o enfermos, que llegan acompañados por sus familiares... A partir de ese día 17 pudo rezar de forma más discreta, porque nos facilitaron una tribuna situada sobre el presbiterio, a la que se accedía por una escalera de caracol de peldaños desiguales. De ese modo el Padre podía rezar sin llamar la atención de los fieles. Le acompañábamos don Alvaro del Portillo, don Javier Echevarría, Alberto Pacheco, Adrián Galván y yo.

Presididos por esa súplica ferviente a la Virgen, fueron pasando los días de aquella novena, que solía ser más o menos así: al comienzo, el Padre hacía la oración en voz alta. De vez en cuando se quedaba en silencio y rezábamos un misterio del Rosario. Luego seguía rezando, y a continuación recitábamos uno a uno los misterios, hasta completar las tres partes.

Desde lo alto de esa tribuna la imagen de la Virgen quedaba muy cerca del Padre, que iba dirigiendo a Nuestra Señora su oración confiada.

Da mucha alegría contemplar con los ojos -físicamente- y con el entendimiento y con el corazón -dijo en su oración, el quinto día de la Novena, mirando la imagen de la Guadalupana- a esta Madre de Dios y Madre nuestra, que siempre está pendiente de sus hijos: ha vivido ¡y vive! para dar paz, felicidad y fortaleza a los demás. Nosotros venimos aquí a pedir con mucha confianza; a pedir y a sentirnos muy hijos de Dios, porque Ella es la Madre de Dios.

¿Habéis visto cómo corre la gente detrás de un personaje, de una reina? Se entusiasman todos con haberla visto pasar; y, si les mira, se llenan de un gozo que no cambiarían por nada del mundo; y lo cuentan, y lo repiten. El pueblo corre por un personaje de la tierra, Madre mía, ¡y Tú eres la Reina del Cielo y de la tierra!

Venimos con mucho cariño, pero en ocasiones parece que no sabemos decirte nada: y eres -insisto- la Madre, la Reina que todo lo puede. Yo os aconsejo, en estos momentos especialmente, que volváis a vuestra edad infantil, recordando, con esfuerzo si es preciso -yo lo recuerdo claramente-, el primer acto vuestro en el que os dirigisteis a la Virgen, con conciencia y voluntad de hacerlo. Rezad ahora con la misma confianza de entonces, sirviéndoos, si es necesario, de aquellas oraciones ingenuas y piadosas que aprendisteis de labios de vuestras madres.

En España, hace tiempo -imagino que también ahora- se decía: rezarle a la Virgen. Y cuando llegaba el mes de mayo, todos le llevaban flores; yo también lo hacía lo mismo que este maravilloso pueblo mexicano. Señora nuestra, ahora te traigo -no tengo otra cosa- espinas, las que llevo en mi corazón; pero estoy seguro de que por Ti se convertirán en rosas.

¡Cuántos hijos míos, en todos los lugares del mundo, hoy mismo, te llevarán flores!, y se unirán a esta petición mía que, con tanto dolor, te presento. No dejes de escucharnos pronto: ¡corre prisa! Y aquí, en este México por Ti bendito, donde hay rosas espléndidas durante todo el año, en este detalle material encontramos otro motivo para hablar contigo y para rogarte que consigas que, en nosotros, en nuestros corazones, cuajen a lo largo de todo el año rosas pequeñas, las de la vida ordinaria, corrientes, pero llenas del perfume del sacrificio y del amor. He dicho de intento rosas pequeñas, porque es lo que me va mejor, ya que en mi vida sólo he sabido ocuparme de cosas normales, corrientes, y, con frecuencia, ni siquiera las he sabido acabar; pero tengo la certeza de que en esa conducta habitual, en la de cada día, es donde tu Hijo y Tú me esperáis.

Al recordar ahora ese primer hecho de infancia, cumplido con voluntad de rendirte homenaje, me resulta más fácil, Madre Mía, cogerme de tu mano con audacia y con seguridad. Ahora hago lo mismo que entonces, aunque en esta tribuna de esta iglesia tuya estoy materialmente más alto que Tú -ya me entiendes lo que digo, porque bien sé que soy de hojalata pobre, y lo que ocurre siempre es que lo que no tiene valor flota, sube con facilidad hacia arriba; lo que es bueno, el oro, está oculto, sirve de base y fundamento-; perdóname, Madre mía, porque al hablar así sólo quiero suplicarte que me veas, que me mires. Aquí estoy, porque ¡Tú puedes!, porque ¡Tú amas!

Siguió haciendo requiebros de amor a la Virgen y suplicando por la Iglesia. Y poco después comentó: Te amamos en todas las imágenes. Todas tus imágenes nos enamoran. Pero hemos venido aquí, donde Tú te dignaste dejar los rasgos que reflejan tu amor a los que somos tus hijos. En Torreciudad quiero poner -porque estoy seguro de que nos oirás- la fecha de esta novena, con un mosaico espléndido de tu imagen, allí junto a los confesonarios, donde obrarás tantos milagros maravillosos, para convertir a las almas al amor de tu Hijo (...).

Si me escuchas, yo daré el primer beso a ese mosaico, con todo el amor de un hijo agradecido. Estaremos presentes, en acción de gracias, los cinco que ahora rezamos aquí. Y si no estoy yo, porque no viva, será el más antiguo de nosotros en la Obra. Querría dártelo yo, que no siento apego alguno a la vida: me interesa exclusivamente el amor de Dios y el tuyo. Trabajo con estima a la vida, porque así puedo traerte almas; si es sólo para tu Hijo y para Ti esta entrega mía, ¿cómo puedo tener apego a la vida?; aunque si el Señor no dispone otra cosa, pienso que es mejor que me quede en la tierra, para amarte más y para acercar más almas a Ti.

Pero ahora me doy cuenta. Ha sido un primer impulso del fuego de mi amor. Madre: no pongo condición ninguna, ¿cómo me atreveré a hacerlo? La imagen estará allí, y aquí hay cinco testigos, para que sepan todos que la colocaremos. Además, ¿cómo voy a fijar condiciones, si Tú nos alcanzarás, antes, más y mejor, lo que de Ti esperamos y lo que te pedimos?

 

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