En Italia

Desde octubre de 1958 hasta mayo de 1966, estuve junto al Padre, trabajando en el Consejo General del Opus Dei y en la Región de Italia. Hice varios viajes a diversos países, pero mi trabajo habitual se desarrolló en Italia.

Se agolpan en mi mente muchos recuerdos sobre las numerosas iniciativas apostólicas que promovía el Padre durante esos años en la tierra de mis antepasados. Era el Padre quien la impulsaba, aunque, como siempre, fuéramos otros los que aparecíamos en primer plano.

En el otoño de 1958 se estaba ya acabando la construcción e instalación de la Residenza Universitaria Internazionale RUI, y simultáneamente algunos miembros italianos del Opus Dei iniciaron la Fondazione RUI. Esta fundación nacía con la finalidad de conseguir donativos de las empresas e industrias más importantes de Italia para proporcionar un fondo de becas que hiciera posible a muchachos italianos y de países afroasiáticos, de pocos o nulos recursos, cursar una carrera en las universidades italianas.

Fue entonces cuando comencé a tener mucha relación con el Prefecto de la Sagrada Congregación de Propaganda Fide (que luego se llamó de Evangelización de los Pueblos), Cardenal Agagianian; y también con S. E. Pietro Sigismondi y S. E. Mons. Nigris. Todos estos eclesiásticos sentían veneración por el Padre. Mons. Sigismondi, que comprendió muy bien la Obra, estaba muy interesado por la formación profesional y cristiana de los laicos de los nuevos países de reciente independencia o próximos a ella. En aquel momento, un porcentaje muy significativo de los estudiantes que tenían beca en la RUI eran afroasiáticos.

Yo iba casi diariamente a la RUI y fui como el cauce del afán apostólico del Padre con aquellos estudiantes procedentes de Africa y Asia. Al Padre le gustaba que siguiera de cerca la labor apostólica de la RUI; se alegraba mucho con las anécdotas que le contaba de aquellos estudiantes procedentes de países exóticos y encomendaba aquel trato, que fue, en muchos casos, el comienzo del apostolado del Opus Dei en países africanos y asiáticos muy alejados de Roma.

Algunos meses antes de morir Juan XXIII, se reunieron en la RUI los metropolitanos de Italia. Se alojaron en la Residencia el Patriarca de Venecia, Cardenal Urbani y el Arzobispo de Milán, Cardenal Montini. Cuando tuvo lugar la elección de Pablo VI, los residentes llamaban al cuarto que había ocupado el cardenal Montini "la habitación de Pablo VI".

No puedo acabar esta breve evocación sin una alusión al Centro Elis. Resumiré brevemente su historia: en la periferia romana existían, durante los años del Concilio, algunos barrios conflictivos, pero pocos como el Tiburtino, que se consideraba, con toda razón, uno de los más peligrosos. Era un barrio obrero, de mayoría comunista, que había sido frecuente escenario de crímenes y tensiones sociales. Se daban cita allí la pobreza, la delincuencia, el abandono cultural, la ignorancia religiosa y un rabioso anticlericalismo.

Esas fueron algunas de las razones que movieron a Juan XXIII a utilizar los fondos recogidos entre los católicos de todo el mundo para honrar el octogésimo aniversario de Pío XII, en la promoción en este barrio de una labor social que decidió encomendar a los miembros del Opus Dei.

No fue tarea fácil, y los primeros que llegaron allí tuvieron que sortear mil dificultades. Sin embargo, al cabo de unos años, con el constante aliento del Padre, se levantaba en medio del Tiburtino la silueta del Centro Elis -Educazione, Lavoro, Istruzione, Sport- junto con la parroquia de San Juan Bautista al Collatino. Con el tiempo irían surgiendo una Escuela de Enseñanza Media, un Centro de Adiestramiento profesional para jóvenes obreros, una Escuela femenina de Hostelería... El 21 de noviembre de 1965 tuvo lugar la solemne ceremonia de inauguración del Centro Elis, a la que quiso asistir personalmente Pablo VI.

-Quise esperarlo de rodillas -comentaría a la mañana siguiente el Padre-, como un sacerdote que ama con locura al Papa y a la Iglesia Católica.

Sin embargo, en cuanto el Papa le vio, fue a su encuentro, lo levantó y, rompiendo el protocolo, le dio un abrazo emocionado.

"Es una obra del corazón, es una obra de Cristo, es una obra del Evangelio -dijo el Papa, refiriéndose al Centro Elis-; toda ella orientada en beneficio de los que la usan. No es un simple albergue, no es una simple oficina o una simple escuela: es un centro en el que la amistad, la confianza, la alegría, constituyen el ambiente; donde la vida halla su dignidad propia, su auténtico sentido, su verdadera esperanza; es la vida cristiana, que aquí se afirma y se desenvuelve y que aquí quiere demostrar en la práctica muchas cosas de interés para nuestro tiempo".

Durante ese acto, el Padre recordó que el Opus Dei había acogido aquel encargo apostólico de la Santa Sede con especial agradecimiento no sólo porque, como acostumbro a repetir, el Opus Dei quiere servir a la Iglesia como la Iglesia quiere ser servida, sino también porque la tarea que se le confía corresponde perfectamente a las características espirituales y apostólicas de nuestra Obra. Explicó la razón: en el Centro Elis se enseñaba a aquellos chicos de condición humilde, hijos de aquel barrio obrero -más tarde vendrían también de las regiones más pobres de Italia -a hacerse santos en medio de su trabajo, santificándolo, haciéndolo con perfección humana y sobrenatural.

Al finalizar el acto, el Papa, apoyando sus manos en los hombros del Padre, le dijo: Tutto, tutto qui è Opus Dei. "Todo, aquí todo es Opus Dei".

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