Sin formar quistes

Cuando yo llevaba ya ocho años en México, el Padre, con el Consejo General, me encomendó algunos trabajos de carácter apostólico para los que tuve que desplazarme a Centroamérica, Colombia y Ecuador. Habitualmente, al concluir esos viajes volvía a Roma y refería al Padre mis impresiones y experiencias. Podría relatar numerosos sucedidos de esos viajes y, en particular, de los comentarios del Padre; me limitaré, por exigencias de espacio, a los que testimonian su visión universal; en concreto, a lo que me comentó a mi vuelta de Panamá.

Por diversas circunstancias, había conocido en la ciudad de Panamá y en Colón a un grupo de estudiantes panameños de color: unos conservaban los rasgos y el carácter de su marcada ascendencia africana de hacía siglos; otros, eran hijos o nietos de orientales. El Padre se interesaba vivamente por el apostolado que podía hacerse con estos muchachos y el que eventualmente ellos mismos podrían hacer en sus respectivos países de origen. Comprobé de nuevo que su espíritu universal pasaba por encima de fronteras y de todo tipo de barreras étnicas o culturales, con frecuencia más cerradas que las nacionales.

Los miembros de la Obra, cualquiera que sea su nacionalidad de origen, que han ido a comenzar la labor en Africa o en Oriente saben muy bien cuánto rezó nuestro Padre y cuanto cariño puso en las primeros pasos que se dieron en esos continentes; y cómo deseaba que llegaran al Colegio Romano de la Santa Cruz, que se había erigido en la capital italiana en la fiesta de San Pedro de 1948, las primeras vocaciones de esos nuevos países.

En el Colegio Romano de la Santa Cruz se formarían, a partir de su erección, miles de miembros del Opus Dei de diversos países del mundo. Algunos de ellos recibirían la ordenación sacerdotal; y todos, al concluir ese periodo de formación, contribuirían a dar a la Obra en sus respectivos países de procedencia un espíritu universal o reforzarían el trabajo apostólico en otras naciones.

Ese espíritu universal fue siempre un motivo de profunda alegría para el Padre: le agradaba comprobar que la universalidad del Opus Dei se había reafirmado "en Roma y desde Roma"; es decir, llevaba una fuerte impronta de romanidad, que para él era sinónimo de universalidad.

Por esa razón nos indicaba el Padre con mucha fuerza que, donde quiera que estuviéramos, debíamos evitar aun la apariencia de ser como un quiste, como un núcleo que no se integra en la vida del país. Esto explica que nunca quisiera que fuéramos a una misma nación un grupo numeroso de extranjeros, y menos de la misma nacionalidad. Y para no formar quiste, nos indicó, en concreto, que no centráramos nunca nuestra labor en la colonia de extranjeros de nuestro país de origen.

No nos resultó fácil, a los españoles que comenzamos en México, donde había un elevado porcentaje de emigrantes hispanos, cumplir estas indicaciones: tuvimos que ingeniarnoslas con frecuencia buscando amables disculpas, ante las numerosas invitaciones que recibíamos por parte de la colonia española. Mantener este criterio nos ocasionó algún que otro sinsabor, pero gracias a su fiel cumplimiento, tanto en México como en el resto de los países el Opus Dei arraigó plenamente desde los comienzos.

 

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