Un artículo en contra del Opus Dei

Allá por el año 1955 ó 1956, cuando me relató esto, fue precisamente cuando apareció un artículo sobre el Opus Dei en Atisbos. Atisbos era un periódico singular; no era exactamente un diario ni un semanario -me parece recordar que se editaba cada tres días-, y se caracterizaba más por su estilo polémico que por el rigor informativo. El director, el propietario de la publicación y el autor del artículo en cuestión eran la misma persona: un periodista, llamado René Capistrán Garza.

Ese artículo fue el primero de una serie de artículos sobre el Opus Dei en los que se vertieron numerosos errores: se afirmaba, por ejemplo, que la Obra tenía finalidades políticas. Yo sabía poco del tal Capistrán, salvo lo que había oído comentar acerca de su talante polémico. Pensé, por tanto, que lo más prudente por mi parte era visitarle personalmente para aclararle sus equivocados puntos de vista. Como conocía a muy pocas personas en el mundo de la prensa, se me ocurrió acudir a doña María Teresa Muro, viuda de Martínez Pando, que, por haber trabajado muchos años en la secretaría de Hacienda y Crédito Público, tenía bastantes relaciones en ese ambiente. Dio la casualidad de que esta señora había conocido a Capistrán Garza en La Habana, hacia 1947, con ocasión de una reunión de cancilleres y ministros de Hacienda en la capital de Cuba. Ella me puso en contacto con Capistrán.

Mi primer encuentro con Capistrán no fue precisamente fácil. Capistrán tenía numerosos prejuicios contra el Opus Dei, fruto de las presiones e informaciones tendenciosas que recibía de España. A pesar de todo, llegó a entender al menos lo suficiente acerca de los fines y los apostolados de la Obra.

Poco tiempo después tuve que hacer un viaje a Roma, y durante una conversación con el Padre salieron a relucir los artículos en Atisbos y mi entrevista con Capistrán. Este hombre -me comentó el Padre- tiene que ser bueno. Cuando vuelvas a México deberías tratarle con cariño y comprensión. Puedes hacerle mucho bien. Probablemente tiene sus amarguras porque ha debido de sufrir mucho y tendrá necesidad de desahogarse. Ahora -me dijo, con expresiones más o menos parecidas a éstas- tenéis paz, aunque no hayan cambiado las leyes; pero yo recuerdo cómo fue probada la fe en México; con qué fe acudían a Cristo Rey y a la Virgen de Guadalupe; yo también pedía a Cristo Rey y a la Virgen que no destruyeran la fe de ese pueblo. Recuerdo que del año 26 al 29 no hubo cultos.

Evocó el Padre, como muestra de la gran devoción a Cristo Rey del pueblo mexicano, el monumento que se había levantado en 1923 en el Cerro del Cubilete, y destacó la extraordinaria piedad eucarística de los mexicanos, capaces de celebrar un Congreso Eucarístico un año después de estos sucesos, en 1924, en circunstancias verdaderamente heroicas.

Y recuerdo -prosiguió el Padre- que muchas veces seguí aquellos dolorosos acontecimientos leyendo las crónicas, precisamente de René Capistrán Garza, que publicaba un periódico de Madrid.

Concluyó el Padre diciéndome que un hombre que había sido capaz de escribir aquellas crónicas forzosamente debía tener una fe recia y un gran corazón; y un hombre así merece respeto y cariño, aunque por alguna influencia se ofusque alguna vez.

Animado por estas palabras del Padre, cuando volví a México me entrevisté de nuevo con Capistrán; y todo lo que había predicho el Padre se cumplió a la letra. Capistrán -al que recuerdo con gran cariño- se desahogó conmigo, me contó sus sufrimientos, las calumnias y enredos en las que se había visto envuelto, y la pobreza y la soledad que había padecido en sus años de exilio en la Habana. Fue el comienzo de una honda amistad que duró muchos años, hasta su muerte, ya muy anciano.

 

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