Sacerdote cien por cien

Su profunda piedad, su laboriosidad incesante, su afán de almas llenaban su existencia: el Padre era -y yo fui testigo de visu, día tras día- un sacerdote cien por cien. Y esto, en todas las circunstancias de su vida: en el Madrid de la preguerra, en los tiempos duros de la persecución, en nuestra difícil travesía por el Pirineo, y en medio de aquel clima bélico exaltado que se respiraba en Burgos, lo que resultaba más soprendente todavía. Nunca, en ninguna de estas situaciones, le oí decir una palabra de política. Mi misión como sacerdote -aclaraba- es exclusivamente espiritual. Esto, insisto, era especialmente llamativo en aquel ambiente, tan proclive a la exaltación y al partidismo: el Padre tenía siempre los brazos abiertos a todos, para salvarlos a todos, sin excluir a ninguno.

Durante aquellos meses fui testigo de su gran amor a la libertad y la responsabilidad personal, que le llevaría a no proponer nunca, a lo largo de su vida, a los miembros de la Obra ninguna directriz u opción determinada en el campo económico, político o cultural. Años más tarde precisó contundentemente este modo de actuar de los miembros del Opus Dei: Cada uno -recalcaba con fuerza- tiene plena libertad para pensar y de obrar como le parezca mejor en este terreno. En todo lo temporal los miembros de la Obra son libérrimos: caben en el Opus Dei personas de todas las tendencias políticas, culturales, sociales y económicas que la conciencia cristiana puede admitir.

Dio las indicaciones oportunas para que los directores de la Obra no pudieran imponer nunca un criterio político o siquiera profesional a los demás miembros. Y explicó que, si algún miembro de la Obra intentara hacerlo, o servirse de otros miembros para fines humanos, saldría expulsado sin miramientos, porque los demás se rebelarían legítimamente.

En sus conversaciones se manifestaba siempre celoso defensor de la libertad de las conciencias, que no es lo mismo -aclaraba- que la libertad de conciencia; y celoso defensor también de la dignidad de la persona humana, respetando siempre las opiniones de los demás; aunque jamás se inhibió a la hora de manifestar de su propia fe, una fe gorda -decía-, que se puede cortar.

Su apertura de mente -muy singular en aquel tiempo- no se quedaba sólo en palabras. En aquella época había cierta confusión político-religiosa por parte de algunos: una confusión que podía advertir cualquier persona no fanatizada. Por eso, el Padre sufría cada vez que la radio o la prensa informaba de actos o ceremonias oficiales que podían ser interpretadas como una instrumentalización de la religión para fines políticos.

Recuerdo una anécdota expresiva de aquel periodo que puede situar al lector: algunas autoridades franquistas habían organizado una ceremonia solemne en el Monasterio de las Huelgas. Lo habían preparado todo, pero se habían olvidado de un pequeño "detalle": pedir permiso al Arzobispo, don Manuel de Castro, de quien dependía aquel recinto. Cuando se lo pidieron, tardíamente, el Arzobispo se negó diciendo que él "era el amo de la burra" y que aquel día el Monasterio estaba cerrado. Tuvieron que mediar varias personas para que accediera en el último momento.

Trató el Padre también durante aquel tiempo a muchos que no eran católicos -o al menos, que no practicaban- o que no estaban bien vistos en el ambiente político imperante. Intervino más tarde para mitigar alguna que otra injusticia, independientemente de la filiación política del interesado. Por ejemplo, era frecuente que algunos exiliados, cuando volvían a España, se encontrasen con un vacío, o al menos, con cierto ambiente de recelo. Recuerdo perfectamente que algún tiempo después y siguiendo una sugerencia del Padre, hice unas gestiones para que Gregorio Marañón dictara una conferencia en la Residencia de la Moncloa, obra corporativa del Opus Dei. Al terminar su conferencia, Marañón me comentó en privado -luego lo hizo en público- que aquélla era su primera conferencia pública después de haber sido desposeído de su cátedra en la Universidad Central.

Uno de los temas que salían a relucir frecuentemente en nuestras conversaciones de Burgos era el deseo del Padre de que, en cada nación, los católicos estuvieran al corriente de lo que sufrían sus hermanos en la fe en otros países donde la Iglesia estaba perseguida o no gozaba de libertad; quería que los intelectuales católicos de cada país estuvieran informados de los esfuerzos y logros de los católicos de todo el mundo, sin divisiones, sin particularismos miopes o espíritu de "capillita". Sobre este punto recuerdo una anécdota muy significativa, que surgió con ocasión de uno de los retiros que predicó en Burgos en la Capilla de las Esclavas del Sagrado Corazón, junto al río Arlanzón, un poco más allá de la parroquia del Carmen.

Aquel retiro había sido organizado por la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, y la capilla, bastante amplia, estaba repleta de profesionales e intelectuales, algunos de ellos muy conocidos en el ambiente cultural de entonces. Recuerdo muy bien aquel retiro, porque fue de las pocas ocasiones que tuvimos Paco y yo de escuchar predicar al Padre durante aquel tiempo a otras personas que no fuéramos nosotros.

El Padre predicó con su fervor de siempre, quizá con mayor vehemencia que en otras ocasiones. Su predicación era directa. Estaba basada en el Santo Evangelio y se servía de imágenes sencillas, pero incisivas y difíciles de olvidar. Habló desde el presbiterio, como tenía por costumbre, sentado, con una mesita delante. Comenzó diciendo que, al contemplar aquel auditorio tan selecto, se encontraba como un relojero en su taller, ante una infinidad de piezas maravillosas de reloj: veía las ruedas dentadas de platino, los puntos de apoyo de zafiro...; pero -señaló-, al tratar de armar esas piezas para construir el reloj, podía darse el peligro de que cada una fuera de un tamaño no proporcionado, que no lograran encajar bien unas con otras, que el roce entre ellas impidiera poner en marcha el reloj, que se atrasara, o que se parara a los pocos minutos de estar en marcha. Si el reloj no funciona -decía el Padre, con gran fuerza-, si no da la hora, ¡no me sirve! Prefiero un despertador de cinco pesetas de los que venden en "Sepu"! (Sepu era un conocido gran almacén de Madrid donde se vendían mercancías de todas clases a bajo precio)

Con la delicadeza de quien predica, no como dirigiéndose a un auditorio, sino haciendo su propia oración personal, siguió desarrollando la imagen del reloj; vino a concluir que son imprescindibles la comprensión, la caridad y la unidad para que el trabajo profesional de un cristiano sea servicio de Dios y servicio a los demás por Dios.

En aquella predicación diferenció claramente dos aspectos: una cosa es el "deseo noble de subir" que un hombre puede experimentar en el desempeño de su trabajo profesional, como fruto de su esfuerzo personal -estudio, investigación científica, orden, perseverancia- y de la gracia de Dios -que le lleva a hacer fructificar los talentos recibidos-; y otra cosa muy distinta es ese otro "afán de subir", por ambición, por afán de poder, por miras egoístas.

En una palabra: denunciaba el hábito de medrar, a base de bombos mutuos, de poner zancadillas, de atropellar a los demás... A ese subir yo le llamo trepar, encaramarse..., y eso no lo podéis hacer vosotros. Afirmaba que lo importante no es estar arriba o abajo; lo importante es estar cerca de Dios, servirle y servir a los demás por El; se trataba de poner en alto a Dios, en la misma cúspide; no de ponerse uno mismo en lo alto.

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