Acción de gracias en Lourdes

 Sin embargo no fuimos directamente a Hendaya: el Padre deseaba hacer una escala en Lourdes para dar gracias a Nuestra Señora. Los recuerdos que conservo de aquella visita son muy opacos, como fruto del agotamiento de aquellas jornadas. El viento era cortante y estábamos todos mojados hasta los tuétanos, muertos de frío y tiritando.

Durante el viaje guardamos el silencio necesario para hacer la oración de la tarde. Yo sólo conseguí ofrecer el malestar de la humedad y el frío, mientras pedía al Señor que el Padre no cayera enfermo. Iba sentado a su lado y no se me ocurría nada que decir para hacer ameno el viaje. Sin embargo el Padre, a pesar del cansancio, procuraba distraernos. Al pasar por Tarascón hizo un comentario lleno de buen humor acerca del conocido personaje de la novela de Daudet -Tartarín de Tarascón-, al que se había referido algunas veces al predicar sobre el realismo en la lucha interior: no había que actuar -nos decía- como Tartarín, que salía a cazar leones por los pasillos de su casa.

Hicimos noche en una modesta pensión de Saint Gaudens, que se autotitulaba pomposamente Hotel Central. No dejé de tiritar hasta que me quité la ropa mojada y me acurruqué bajo un rimero de mantas. A la mañana siguiente, 11 de diciembre, nos levantamos antes de que se hiciera de día y reemprendimos el viaje.

Salimos hacia Lourdes muy temprano. El Padre iba en silencio, muy recogido, preparando la Santa Misa. Hicimos un rato de oración y rezamos el Rosario. Al llegar, tras superar alguna dificultad en la sacristía del Santuario -el Padre no había podido conseguir una sotana y no le querían dejar celebrar Misa-, pudo celebrar, convenientemente revestido con una casulla blanca de corte francés, en el segundo altar lateral de la derecha de la nave, bastante cerca de la puerta de entrada de la cripta. Yo le ayudé. Los otros se situaron en lugares cercanos. Al comenzar, cuando ya levantaba la mano para hacer la señal de la Cruz, se volvió hacia mí, que estaba arrodillado en la grada, y me dijo en voz baja:

-Supongo que ofrecerás la Misa por la conversión de tu padre y para que el Señor le dé muchos años de vida cristiana.

Me quedé profundamente sorprendido: realmente yo no había ofrecido la Misa por esa intención; es más, estaba poco concentrado y con la atonía natural de quien se ha levantado muy temprano y aún se encuentra en ayunas. Me impresionó además que el Padre, precisamente en esos momentos en que con tanto fervor se disponía a dar gracias a Nuestra Señora, y que tantas cosas iba a encomendarle, tuviera el corazón tan grande como para acordarse de mis problemas familiares. Conmovido, le contesté en el mismo tono:

-Lo haré, Padre.

Entonces, en voz baja, añadió: Hazlo, hijo mío; pídelo a la Virgen, y verás qué maravillas te concederá.

Y comenzó la Misa: In nomine Patris... Introibo ad altare Dei...

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