La alfombra del Oratorio

Un día de primavera, no sé por qué razón, no fui a clase. Salía yo a eso de las once de la mañana del oratorio de la Residencia, cuando me encontré con el Padre en el vestíbulo. Estaba rezando el Breviario sentado en un banco, bajo un repostero que tenía como lema "per aspera ad astra" (por lo dificultoso hasta las estrellas). No quise decirle nada, para no turbar su recogimiento, pero al pasar me hizo una señal con la mano, sin levantar los ojos del libro, y me indicó que le esperase un instante. Terminó el salmo, puso el dedo sobre el Breviario señalando el lugar donde se había detenido y, mirándome con afecto, me preguntó algo que no me esperaba en absoluto:

-Pedro, ¿estarías dispuesto a ser sacerdote, si recibieras la llamada?

Me quedé de una pieza: era lo último que me esperaba escuchar en aquel momento. Pero le respondí enseguida:

-Pienso que sí, Padre.

Volví al oratorio. Poco después entró el Padre. Se puso de rodillas a mi lado y me señaló la alfombra roja que cubría a la tarima del altar: El sacerdote -me dijo en voz baja- tiene que ser como esa alfombra; sobre ella se consagra el Cuerpo del Señor; está en el altar, sí, pero está para servir; más aún, está para que los demás pisen blando, y ya ves, no se queja, no protesta... ¿Comprendes cuál es el servicio del sacerdote?: Ya verás que más adelante, en tu vida, reflexionarás sobre esto.

Desde aquel día, hice muchas veces la oración contemplando primero el Sagrario y luego, aquella alfombra: no necesitaba más tema...

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