Epílogo: Por todos los rincones de la tierra

La fama de santidad de que gozó en vida Mons. Joseniaría Escrivá de Balaguer se ha ido luego extendiendo por todos los rincones de la tierra, como ponen de manifiesto los abundantes testimonios de favores espirituales y materiales, que se atribuyen a la intercesión del Fundador del Opus Dei, entre los que no han faltado Curaciones médicamente inexplicables.

A partir de junio de 1975, fueron numerosísimas las cartas procedentes de los cinco continentes pidiendo a la Santa Sede la apertura de su Causa de Beatificación y Canonización. Entre ellas, como va he relatado anteriormente, se encontraban las de rnás de un tercio del Episcopado mundial. Efectivamente, con el nihil obstat de la S. Congregación para las Causas de los Santos, ratificado por Juan Pablo II, el Cardenal Vicario de la diócesis de Roma emanó el Decreto de Introducción de la Causa el 19-11-1981; este Decreto queda recogido en un apéndice de este libro.

El Proceso sobre la vida y virtudes del Fundador del Opus Dei comenzó el 12 de mayo de 1981 en Roma, donde han prestado declaración decenas de testigos. Simultáneamente, testigos de habla castellana declararon en Madrid ante otro Tribunal, constituido por el Cardenal Enrique y Taraneón, y confirmado después por el Cardenal Suquía al ser nombrado Arzobispo de la diócesis. Presidió este Tribunal el Rvdo. P. Rafael Pérez, agustino, que había sido durante muchos años Promotor General de la Fe en la S. Congregación para las Causas de los Santos.

Al mismo tiempo han tenido lugar, también en Madrid, otros Procesos sobre dos curaciones, presuntamente extraordinarias, en una religiosa aragonesa, y en una mujer catalana, atribuidas a la intercesión de Mons. Escrivá de Balaguer.

Son innumerables los testimonios de personas, que han manifestado públicamente su agradecimiento al Fundador del Opus Dei, porque las ha escuchado en sus peticiones, y han enviado por escrito esos testimonios a la Postulación General en Roma, y a las Vicepostulaciones de los diversos países. Pero dejemos hablar a los protagonistas de unos pocos.

Ahora canto mejor que en mi juventud

"A mis años canto mejor que en mi juventud", ha declarado Pedro Vargas, el gran cantante mexicano, a Rosario Camargo. Tras una grave enfermedad que le tuvo más muerto que vivo, curó por intercesión de Mons. Escrivá de Balaguer.

Tere su esposa, estuvo noche y día junto a él, en aquellas terribles semanas en las que pareció inminente que se extinguía la vida de Pedro Vargas.

Una noche en la clínica, esperando el cambio de turno de las enfermeras, Tere toma de su ropero una caja de esas que uno tiene siempre llenas de papeles, postales, estampas, cartas viejas. Abre la caja y aparece ante sus ojos una Hoja Informativa, sobre el Opus Dei y su Fundador Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer.

Sí, fue en Roma. Hacía... ¿cuántos años? Varios. ¿Cinco, sietc? Pedro y ella visitaban la Ciudad Etcrna y, naturalmente, quisieron ver al Papa. Su Santidad los recibió junto con un numeroso grupo donde había muchos latinoamericanos. A1 terminar la audiencia y salir de ella muy conmovidos, se les acercaron algunas personas de las que habían estado con ellos, pues habían reconocido al famoso cantante mexicano y solicitaban su autógrafo. Entre aquellas personas, una señora se acercó a Tere y le dio la citada Hoja Informativa, más una estampa con la fotografía de Monseñor, y la oración para pedir, por su intercesión, favores particulares.

Tere recuerda muy bien que aquella señora le había dicho que podía pedirle que intercediera por "cosas muy grandes". Ahora, junto a la cama de Pedro, el corazón le dio un vuelco: Dentro de su alma surgía la esperanza, más aún:. una certeza que la llenó de paz. Hojeo el folleto, leyó que había que rezar una oración, hacer una novena; recordó entonces, que también aquella persona le había regalado una estampa. Con dedos nerviosos revolvió los papeles, las cartas... ¡Allí estaba la estampa!"Rezó la oración, diciéndole en su interior a Monseñor. Escrivá: "Sé que tú me lo vas a aliviar, que vas a lograr que Nuestro Señor me haga este milagro. ¡Lo sé!".

¿Alcanzó a terminar la novena? No lo recuerda bien. Lo que sí tiene muy presente es que a muy pocos días de este "encuentro", estando como siempre a la cabecera de su marido desahuciado por todos los médicos, quienes únicamente esperaban ya el fatal desenlace, de pronto notó que Pedro abría los ojos. Tere se sorprendió pero no demasiado, pues su fe era tal que esperaba ya la milagrosa recuperación. Se acercó más a él y le dijo: "¿Cómo te sientes?". "Regular...". "¿Quieres tomar algo?". "Sí..., un café con leche...".

Hacía mucho que Pedro había perdido el habla y que no se alimentaba más que con sueros. El asombro debería haberla paralizado, pero en vez de esto, corrió a traerle lo que pedía. Pedro bebió su café con leche y a continuación se quedó dormido -con sueño natural- 24 horas seguidas.

A partir de aquel momento, la salud de Pedro Vargas fue normal. Los médicos no se lo explicaron. Pero el hecho era de una realidad aplastante: Pedro estaba sano. Y muy poco tiempo después dio un concierto "en solo" en el Teatro de la Ciudad de México que se vio abarrotado. Previamente había sido entrevistado en el programa de noticias de más audiencia de la República mexicana. Allí había dado un testimonio público de "su agradecimiento a ese santo sacerdote ya desaparecido, Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, a quien él no conocía de nada sino hasta después de haberse curado" y "por cuya intercesión, Dios Nuestro Señor le había hecho recobrar la salud", y le había vuelto a la vida, le había hecho traspasar, de regreso, esa línea de término que ya estaba cruzando hacia la dirección del más allá, donde lo humano se topa con el secreto de lo eterno.

Al final del camino

Desde hace más de veinticinco años encomendaba a Dios la conversión de mi padre, originario de China, que vino a estas tierras a principios de siglo. En su hogar nacimos once hijos, y todos fuimos bautizados y educados cristianamente sin que nunca nos pusieran ningún obstáculo. Pero tanto papá como mamá seguían sin bautizarse.

Cuando pedí la admisión en el Opus Dei, tenía ya la preocupación de su conversión: había conseguido catecismos en chino, Santos Evangelios y algunos libros de religión, pero la barrera del idioma, que yo no dominaba, hizo difícil descender a mayores precisiones.

Mis padres practicaban una mezcla de religión natural, con influencia de ideas morales de Confucio. Normas sobre la práctica del bien, la verdad, la honradez, el respeto y veneración por los antepasados y, sobre todo, la piedad filial. Todo esto era práctica ordinaria en su casa, que luego se vio reforzada por la enseñanza cristiana que recibimos.

Mi madre fue la primera en hacer el recorrido hacia la fe. Poco a poco incorporó a su vida diversas prácticas de piedad cristiana, comenzó a rezar, aprendió el padrenuestro y el avemaría, iba a Misa, mandaba celebrar otras por diversas intenciones suyas... Así, hace diecinueve años, ella recibió el Bautismo.

Mi padre era más difícil de abordar, pues decía que le bastaban las prácticas de su religión natural. Sugerí a mi madre que le plantease la posibilidad de convertirse, pero los resultados fueron negativos. Entretanto, me fui muchos años del país, aunque con frecuencia recomendaba a mi madre o a alguno de mis hermanos la posibilidad de un bautismo de última hora; incluso les había instruido para tal emergencia.

Así pasó el tiempo, rezando constantemente por la conversión de mi padre. Con la marcha de nuestro Fundador, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, al Cielo, le pedí este gran favor desde el primer momento. Mi madre también se lo pedía, aunque me escribía que papá no quería hablar nada sobre este punto.

Retorné al país, después de mi ordenación sacerdotal. Insistí más en la oración, sobre todo a nuestro Fundador, y recordaba con frecuencia a mi madre que rezase mucho, dada la avanzada edad de mi padre. Yo insistía a Mons. Escrivá de Balaguer.

-No puedes permitir que muera sin el bautismo. Formó una familia cristiana, te ha dado un hijo sacerdote, no se ha opuesto a mi vocación...

En mayo de 1980,-me pidieron que acudiese a una reunión con todos mis hermanos para sacarnos la última fotografía familiar. En esa reunión, una de mis hermanas me dijo:

-Es la última, efectivamente, pues papá tiene proyectado viajar a China y morir allí. Ese es su último deseo.

Redoblé mi oración. Pedía un verdadero milagro, pues cuando mi padre se marchara a China, sería mucho más difícil su conversión. Por esos mismos días, de manera inesperada, empeoró su condición física, hasta el punto de que se hacía imposible el proyectado viaje, ya inminente. Le internamos en un hospital para practicarle una intervención quirúrgica. Según la opinión de los médicos, la decisión era de mucho riesgo por su avanzada edad.

Dejé todo en manos de nuestro Fundador, mientras le pedía la conversión de mi padre con mayor vehemencia. Tres días después, me avisaron que había accedido a ser bautizado antes de la operación. No daba crédito a lo que oía.

Después de pedir la autorización necesaria a la autoridad eclesiástica, administré a mi padre los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación.

La intervención quirúrgica no tuvo mayor contratiempo; ahora mi padre se ha repuesto de esos achaques providenciales, que han sido la ocasión de que se ha servido Dios -por intercesión de Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer- para moverle a recibir el Bautismo.

Un cambio repentino

Mi familia paterna era de carácter laicista e iluminista, y desde niño consideraba la religión y sus planteamientos como ridículas supervivencias de una civilización ya superada. A los veinte años conocí el Opus Dei e inicié una larga marcha de aproximación al Señor, que duró años en medio de crisis y de dudas, determinadas siempre por mi antigua convicción de que la cultura es la medida de todas las cosas, y el hombre de cultura, lo único que tiene algún valor. Con los años, estas dudas crecieron y abandoné casi completamente toda práctica religiosa y mis relaciones con la Obra.

Pasado el tiempo, reanudé repentinamente algunas prácticas de piedad que la Obra me había hecho conocer. Sin embargo, me dominaban aún las más extrañas contradicciones; por ejemplo, iba a Misa todos los días, menos los domingos, pues rechazaba toda imposición; y era muy crítico con respecto al Magisterio.

La muerte de Mons. Escrivá me removió hasta el punto de comprender lo insensata y ridícula que era mi actitud. Mis desviaciones doctrinales desaparecieron de repente: todo cuanto había sido sembrado veinte años antes sobre un terreno particularmente árido por un orgulloso intelectualismo, floreció milagrosamente.

Horas dramáticas

Mi hijo, que tiene casi diecisiete años de edad, fue al Estadio Nacional para ver un partido de fútbol. En el momento de terminar el partido un fallo eléctrico dejó el campo y las gradas completamente a oscuras. Había más de setenta mil aficionados. Eran las diez de la noche.

El pánico cundió entre los espectadores. En pocos momentos se organizó una fuga precipitada hacia la salida y ocurrió algo terrible: al terminar todo, se encontraron más de cien cadáveres, la mayoría de adolescentes.

En casa tuvimos la primera noticia por la televisión, a las doce y cuarto de la noche. Aún estábamos levantados, esperando a nuestro hijo. Nada más enterarme del desastre lo encomendé a Monseñor Josemaría. A pesar de la hora, mi marido y yo conseguimos ponernos en contacto con algunos amigos de mi hijo que habían ido al partido con él. Pero no conseguimos saber nada.

Nos desaconsejaron que fuéramos al Estadio en aquel momento. Al día siguiente, muy temprano, me dirigí al campo de fútbol. Lo primero que vi fueron cientos de zapatos esparcidos por todas partes. Sólo estaba el portero. Pregunté dónde estaban los cuerpos y me dijo que en el Hospital de Posgraduados de la Universidad de Lagos. Cuando llegué allí me llevaron a la sala de emergencias. Vi a varios heridos graves. Busqué a mi hijo pero no estaba. La enfermera de guardia me informó que más de cien cadáveres habían sido trasladados a la sala mortuoria de Ikeja.

Con tres parientes que me acompañaban me dirigí directamente hacia el Hospital General de lkeja. No encontré a mi hijo ni en la sala ni en el mortuorio. Tampoco estaba en el Hospital Ortopédico. Nos aconsejaron que fuéramos al Hospital General de Lagos. Lo hicimos, pero sin éxito. Durante todo este tiempo rogaba a Dios y a la Virgen, a través de la intercesión del Siervo de Dios, Monseñor Escrivá de Balaguer.

Mientras tanto, mi marido buscaba por otros lugares. En la estación de policía cercana al estadio le dijeron que algunos marinos que presenciaron el partido recogieron a varios chicos heridos y los llevaron a su hospital, en Apapa. Ese hospital es uno de los mejores de Lagos. Mi marido encontró a nuestro hijo allí, todavía inconsciente, a las tres de la tarde del martes.

Un médico le explicó que siempre lleva consigo su maletín con instrumental y medicinas para caso de accidente. Aquella noche, cuando vio el trágico espectáculo, empezó a asistir a los heridos. Encontró a mi hijo tirado en el suelo, próximo a morir. A la luz de una linterna le puso una inyección en ese mismo momento, y le metió con gran esfuerzo en su coche. Otros siete chicos fueron llevados en otros automóviles directamente a ese hospital.

Muchos que no tuvieron a nadie que les prestase esa atención murieron en el Estadio. Otros, en el camino hacia los hospitales. Algunos, mientras esperaban ser atendidos. Pero mi hijo recibió cuidados médicos desde el mismo campo de fútbol.

Cuando me enteré de que vivía, marché a toda prisa a su lado. Le habíamos pedido a Dios que pudiese verlo vivo y hacer que recibiese los últimos sacramentos; así no lamentaría tanto su muerte. Por eso, enseguida fui a la parroquia más cercana en busca de un sacerdote. Mientras le administraba la Unción de Enfermos, el chico abrió sus ojos y nos miró con fijeza:

-¿Dónde estoy? ¿Quiénes sois?

-Soy tu madre...

Inmediatamente volvió a cerrar los párpados y entró en coma de nuevo.

Antes de irnos, esa misma tarde, puse una estampa de Monseñor Josemaría debajo de su almohada y encargué una Misa. Me acerqué a un centro del Opus Dei para pedir que rezasen por la recuperación de mi hijo.

El miércoles por la mañana, cuando llegué al hospital, un oficial de la marina, paciente en la misma sala, me felicitó, según dijo, por ser una buena cristiana. Y me animó a seguir adelante. Le pregunté qué quería decir, y me respondió que le había gustado que mi preocupación mayor fuera llamar a un sacerdote. Añadió que desde nuestra visita, el chico progresaba de forma inexplicable. Por ejemplo, ya se daba cuenta de dónde se encontraba, había pedido el desayuno, y se levantó sin necesidad de ayuda. Lo encontré mucho mejor. Sin embargo, su rostro inexpresivo me preocupaba.

Marché a casa. Mi marido, que fue más tarde, me trajo una nueva alegría: el chico había sonreído. El jueves por la mañana también me sonrió a mí. Me dijo que la primera vez que lo hizo fue al coger la estampa de Monseñor Escrivá que dejé debajo de su almohada.

Fue dado de alta esa misma mañana. Los médicos estaban sorprendidos de que no hubiese sufrido ningún daño en el cerebro. El chico está ahora sano y robusto y siente un especial cariño por el Siervo de Dios, Josemaría Escrivá de Balaguer.

Reconocieron mi inocencia

Hace tres años que me vi envuelta en un problema terrible, por causa de una amiga en quien tenía depositada mi confianza. No quiero pensar que fue por maldad o ambición, sino por pura necesidad económica: no tenía ninguna formación cristiana.

El hecho ocurrió así. En un viaje a los Estados Unidos me pidió que llevara en la maleta unas carteras que -sin yo saberlo- contenían gran cantidad de droga. En la aduana descubrieron la mercancía, e inmediatamente me arrestaron. En medio de mi espanto di gracias a Dios de que esa gente que se enriquece a costa de la desgracia ajena no hubiera podido servirse de mí.

Estuve nueve días en la cárcel de Miami, y luego tres meses y medio sin poder salir de los Estados Unidos, separada de mis hijos -los tres de poca edad- y de mi esposo. No es fácil imaginar lo que sufrían ese tiempo. Pero confié en el Señor y en la Virgen e invoqué la intercesión del Siervo de Dios Monseñor Escrivá de Balaguer, segura de que me sacaría de aquel atolladero. Eso fue lo que me mantuvo lo suficientemente serena para no hacer sufrir más a mi familia, meditar las decisiones que debería tomar, y responder adecuadamente y con toda verdad en los interrogatorios. El juicio podía acabar con una sentencia de quince años de prisión, reducida a cinco por buena conducta y algunos atenuantes.

Casi cuatro meses después de los hechos, en la audiencia preliminar al juicio, el abogado de la persona más comprometida y culpable intentó que yo me acusara sólo de posesión de drogas y me autodeportara; así no habría lugar al juicio. Era justamente lo que convenía a las personas involucradas en aquel tráfico.

Pedía al Fundador del Opus Dei que me iluminara para tomar una decisión recta. En consecuencia, rechacé ese consejo, aun corriendo el riesgo de verme obligada a permanecer mucho más tiempo en Estados Unidos, en espera de un juicio que podía retrasarse dos años. Ante mi negativa, el juez separó mi caso de los expedientes de las demás personas que habían viajado en las mismas condiciones que yo; dos también eran inocentes, pero prefirieron aceptar el cargo de detcnción de drogas y la autodeportación.

Mi abogado aprovechó la decisión del juez para presentar más pruebas de mi inocencia. Y aquí sucedió el milagro, pues no hay precedentes de este tipo: los jueves federales y el fiscal de la Corte, tras escuchar a mi abogado, hablaron unos momentos y decidieron de común acuerdo retirarme todos los cargos. Me devolvieron mi pasaporte y a los pocos días pude regresar a mi casa.

Nunca olvidaré los padecimientos de la cárcel, el verme con esposas en las muñecas como si fuera una delincuente, las humillaciones que comportaba cada registro, las cuarenta detcnidas con las que compartí la celda... Cosas muy duras que me ayudaron a ser más fuerte y a valerme sólo del poder de Dios. Sé que el Siervo de Dios Monseñor Escrivá de Balaguer estuvo siempre conmigo, y que le debo la libertad.

Volviendo a descubrir todo

En octubre del 79 se recibió esta carta en la Vicepostulación del Opus Dei en Nueva York:

Hace unas pocas semanas, mi madre les escribió con el fin de relatar un favor recibido a través de la intercesión de Monseñor Escrivá de Balaguer. Yo lo hago para darles más detalles del mismo caso.

Tengo treinta y seis años, y toda mi vida la he pasado sabiendo que mi madre es casi ciega. Tenía el ojo izquierdo totalmente inutilizado debido a un glaucoma; recientemente hemos descubierto que se trata de un desprendimiento de la retina, y que no hay posibilidad de recuperación. Conservaba un mínimo de visión en el ojo derecho, pues tenía una catarata que su antiguo doctor se negaba a tocar, porque ya era tarde -explicaba-, y había grave riesgo de perder la poca visión que le quedaba.

Mi madre lograba manejarse en casa, porque sabía dónde se encontraba cada cosa; pero nunca se atrevía a salir a la calle sin alguien que la condujera. Para dar una idea de su poquísima vista: tropezaba a menudo con nosotros, cuando la íbamos a visitar, si no oía nuestra voz, que la orientara; cuando ni¡ padre se levantaba de la mesa, en un restaurante, para saludar a algún conocido, mi madre continuaba hablándole, sin darse cuenta de que se había marchado; cuando yo la acompañaba a comer, le indicaba -usando la imagen de las manecillas del reloj- en qué parte del plato se encontraba la comida: la verdura está a las tres; la carne a las seis.

Sin embargo, todo esto no le impedía asistir a la Santa Misa diariamente, pues mi padre la acompañaba.

En mayo pasado, mi padre -que tenía setenta y cinco años, seis más que mi madre-, fue hospitalizado con síntomas de cáncer. Ella se preocupó mucho por él, y por sí misma, ya que su marido era como sus ojos. Por esta razón, decidió buscar el consejo de otro doctor, que habló de la posibilidad de operar la catarata del ojo derecho. Después de mucha oración, mi madre accedió, consciente de que existía mucho riesgo de quedar totalmente ciega.

El 20 de agosto, a las doce treinta de la noche, tuvo lugar la intervención. Ese día, mamá nos tranquilizaba diciendo que Dios iba a dirigir las manos del doctor, y todo saldría bien. Rezábamos con intensidad por ella, en la familia y en el barrio. La operación marchó bien, según nos informaron; ahora quedaba esperar a ver los resultados. A1 día siguiente, le quitaron el parche y le colocaron una cubierta protectora con un agujero en el centro, que servía de marco a una pequeña lente de aumento. Nos daba alegría comprobar que veía un poco nuestras caras.

Al día siguiente estaba peor. La incisión encima del iris sangraba, y causó un coágulo en el frente del ojo. Sólo veía claro y oscuro, sin poder siquiera distinguir su propia mano. Nos informaron de que se aclararía en un par de días. Pero no hubo mejora; incluso, después de una semana. El médico pidió a un colega que examinara el ojo de mamá; recetó una medicina para el derrame, que produjo efectos secundarios, bajándole considerablemente la presión arterial, adormeciéndole las manos y los pies, etc. Por eso le suspendieron esa medicación la mañana del 30 de agosto, diez días después de la operación. El ojo quedaba como antes, viendo sólo claro-oscuro.

Me marché del hospital el 31 de agosto, viernes, hacia las seis y media de la tarde, y seguía en esta situación. Esa noche, pensé que debía rezar el Rosario por la curación del ojo de mi madre. Al tratar de sacar del bolso su fotografía, que llevaba conmigo desde su operación, salió en su lugar la estampa de Monseñor Escrivá de Balaguer, a quien había acudido durante la intervención. Sentí un poco de desilusión al recordar que mamá estaba peor que antes. Sin embargo, dejé las dos fotografías juntas. Al terminar el rezo del Rosario, pedí una vez más al Fundador del Opus Dei que curase a mi madre.

Al día siguiente, día 1, llamé al hospital y, ante mi asombro, la respuesta de mamá fue llena de vida:

-Tengo las maletas hechas: me voy a casa. Ha sucedido un milagro anoche, y ¡puedo ver!

Me quedé sin palabras, mientras ella me explicaba que durante la noche, se levantó varias veces, siempre guiándose por las paredes, pero notó que podía ver; al levantarse por la mañana, se sorprendió de ver a la enfermera que entró en la habitación para tomarle la presión arterial; distinguía incluso las rayas del gorro. Pocos minutos después llegó el médico; mamá lanzaba exclamaciones de alegría...

Lo que comenzó como una operación de catarata, y que se esperaba que llevaría no más de tres días, se convirtió en una estancia de doce días en el hospital, con un final feliz e inesperado. Grabé en cinta magnetofónica las reacciones de mi madre al vernos a todos por primera vez: tiene tres pequeñas nietas a quienes nunca había visto prácticamente. Mi marido, mis hijos y yo, regresamos a Maryland; siempre que hablo con ella por teléfono tiene algo nuevo que contarme: sus amigas, a las que conocía por la voz, tienen ahora facciones bien delimitadas; cuando se miró al espejo, se dio cuenta de que había olvidado el paso de los años... La hizo mucha ilusión ver las teclas de la máquina de escribir.

Mamá sigue asistiendo diariamente a la Santa Misa; mi padre, enfermo como está, la lleva en coche cada mañana.

Era una encefalitis

Durante la segunda semana de agosto mi hermano comenzó a quejarse de mareos, al tiempo que se sentía francamente mal. Pensábamos que todo era resultado del cansancio físico y mental debido al estudio. Sin embargo, su salud empeoró rápidamente y fue cerrándose en sí mismo, sin querer hablar con nadie. Le llevamos a un médico, quien observó que decía cosas incoherentes y que su habla era dificultosa y difícil de entender. El médico llegó a sospechar una ingestión de drogas, pero no existía la sintomatología característica en estos casos. Le recetó una medicación para limpiar el sistema digestivo.

A pesar de eso, el estado de mi hermano no mejoró nada. Entonces, decidí encomendarle al Fundador del Opus Dei durante mi rato de oración diaria. En vista de que su situación empeoraba, la noche del sábado 14 de agosto le llevamos al Hospital de la Universidad. Aquí pensaron que se trataba de un problema psiquiátrico, pero después de varias pruebas no encontraron nada anormal. Sin embargo, la salud de mi hermano iba de mal en peor. Al cuarto día de su ingreso en el hospital, era incapaz de comunicarse con el mundo exterior. Pedí oraciones por él.

Un día pedí al sacerdote que le administrara el sacramento de la Penitencia. Cuando llegamos, mi hermano estaba dormido, recibiendo alimentación por un tubo. Como el sacerdote tenía que marcharse pronto, acudí a la intercesión de Mons. Escrivá para que diera señales de consciencia. En silencio, recé la oración para la devoción privada y, cuando el sacerdote se ponía la estola, mi hermano abrió los ojos. Cuando el sacerdote terminó de darle la absolución, mi hermano se quedó de nuevo inconsciente. Hacia el final del día, le administraron la Unción de Enfermos. Poco después, entró en coma.

Para entonces, los médicos habían llegado por fin a un diagnóstico preciso: encefalitis viral. Pero enseguida surgieron complicaciones: a los cinco días contrajo una pulmonía. Tuvieron que hacerle además una traqueotomía.

Esta situación hizo que nuestra familia quedara más unida. Todos los días, los compañeros de clase de mi hermano ofrecieron por él la Misa que se celebra en la Universidad. Se ofrecieran Misas y oraciones. En el hospital distribuimos estampas y Hojas Informativas entre los visitantes, los médicos, las enfermeras...

Una semana después de la traqueotomía mi hermano abrió los ojos. El médico nos dijo que probablemente vería imágenes, pero que éstas no serían reconocidas por el cerebro. A1 cabo de otra semana, Riehard sonrió -era su primera sonrisa- a causa de la risa contagiosa de un amigo que vino a visitarle. Lentamente, con dificultad, comenzó a mover brazos y piernas, a coger algunos objetos y a asentir con 1a cabeza a lo que le decíamos. Sin embargo, la parte derecha del cuerpo estaba paralizada.

El médico anunció que había superado la gravedad, pero desconocía si tendría alguna lesión cerebral. Poco después comenzaron sesiones de fisioterapia. Cuando le suprimieron el tubo de la tráquea pudo comer normalmente y hablar. Su memoria cubría el pasado y el presente: nos dijo que desde el momento de su ingreso en el hospital hasta que recobró el conocimiento sólo recordaba la confesión. Antes de su regreso a casa se ofrecieron Misas de acción de gracias en el Centra y en la Capilla de la Universidad. La salud de Ríc es ahora normal, gracias a la intercesión de Mons. Escrivá de Balaguer.

Trabajo para todo el año

Durante mi veraneo en el balneario de El Pinar, en Uruguay, una señora vino la primera semana a ayudarme en la limpieza de la casa. Conversando con ella, me dijo que era católica. Aproveché la oportunidad para darle la Hoja Informativa y una estampa con la oración para la devoción privada a Mons. Escrivá de Balaguer, diciéndole que rezase la oración siempre que pudiera, pues le ayudaría mucho. Ella me respondió:

-Dios quiera que me ayude a conseguir un trabajo estable para todo el año, ya que lo necesito mucho. Mi marido no gana lo suficiente y queremos terminar la casa donde vivimos, pues la estamos construyendo nosotros.

Antes del fin de semana regresó para decirme:

-Señora, el Padre de su estampa es milagroso; me han llamado de una confitería para hacerme cargo de la cocina durante todo el año. Vengo a despedirme porque no la podré ayudar, pero le mando una señora que también necesita trabajo. Ella se hará cargo de la limpieza de la casa, durante las horas que usted desee.

También me dijo que antes le había sido imposible encontrar trabajo, y que desde que el Fundador del Opus Dei le concedió este favor, ha comenzado a rezar diariamente la oración de la estampa.

Se ha trabajado con profundidad

El día 26 de junio de 1984, al cumplirse nueve años de su fallecimiento, concluyó en Madrid el Proceso que se instruía sobre la vida y virtudes del Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei. Mons. Angel Suquía, Arzobispo de la diócesis, lo clausuró públicamente en la Cripta de la Basílica Pontificia de San Miguel.

En esta ocasión Mons. Suquía manifestó: "es, sin duda, un gran gozo para la Iglesia, que cuantos estamos en comunión con Ella compartimos hoy, en la segura esperanza de que este sencillo acto sirva para despertar y promover deseos y propósitos de santidad". Y finalmente, señaló: "A nosotros nos toca ahora vivir abiertos, como el Siervo de Dios, a la gracia de cada día y de cada hora; esforzarnos por descubrir la voluntad de Dios en nuestros deberes y ejecutarlos con absoluta exactitud y desbordante caridad; siempre atentos al camino que nos señaló con sus enseñanzas, y confiados en su intercesión de Siervo de Dios. Yo no adelanto el juicio que pueda dar la Iglesia sobre la vida y virtudes de Mons. Escrivá de Balaguer".

El P. Rafael Pérez, agustino, Presidente del Tribunal en este Proceso de Madrid, comentó en una entrevista: "La investigación ha sido muy rigurosa. Esta ha sido una Causa bien informada, y se ha trabajado con profundidad y mucha seriedad: así se explican las más de seiscientas sesiones que se han celebrado. Desde luego, ha sido el proceso más largo que yo he conocido ".

Las pruebas recogidas en documentos o declaraciones de testigos fueron inmediatamente remitidas a la S. Congregación para las Causas de los Santos, el Dicasterio de la Santa Sede al que compete su estudio.

En los años 1982 y 1983 se había entregado también a la Sagrada Congregación la documentación relativa a las dos curaciones antes mencionadas atribuidas a la intercesión del Siervo de Dios. Estos Procesos fueron presididos por el Dr. Feliciano Gil de las Heras, auditor de la Rota.

Apéndices

Me ha parecido interesante completar este reportaje con varios documentos que he citado, parcialmente, a lo largo de los capítulos.

Se trata del Decreto de Introducción de la Causa de Beatificación y Canonización del Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, firmado por el Cardenal Ugo Poletti, y publicado en la "Revista Diocesana di Roma" en marzo de 1981. Contiene una breve síntesis de la vida del Fundador del Opus Dei, de su espiritualidad, y de las fases preliminares de su Proceso de Beatificación.

En segundo término, incluyo la Constitución Apostólica " Ut sit", por la que Juan Pablo 11 erigió el Opus Dei en Prelatura personal con fecha 28-XI-1982, tras un detcnido estudio de años por parte de la S. Congregación para los Obispos, presidida por el Cardenal Baggio, y una amplísima consulta a Obispos de todo el mundo.

Finalmente, he transcrito, por su interés, las declaraciones que Mons. Alvaro del Portillo, Prelado del Opus Dei, concedió a The New York Times, pocos meses más tarde.

DECRETO DE INTRODUCCIóN DE LA CAUSA DE BEATIFICACIÓN Y CANONIZACIÓN DEL SIERVO DE DIOS JOSEMARIA ESCRIVA DE BALAGUER

El Concilio Ecuménico Vaticano II "ha exhortado con premurosa insistencia a todos los fieles, de cualquier condición o grado, a alcanzar la plenitud de la vida cristiana y la perfección de la caridad. Esta fuerte invitación a la santidad puede ser considerada como el elemento más característico de todo el Magisterio conciliar y, por así decir, su fin último" (Motu proprio Sanctitas cdarior, 19-III-1969).

Por haber proclamado la vocación universal a la santidad, desde que fundó el Opus Dei en 1928, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer ha sido unánimemente reconocido como un precursor del Concilio precisamente en lo que constituye el núcleo fundamental de su magisterio, tan fecundo para la vida de la Iglesia.

El Siervo de Dios nació el 9 de enero de 1902, en Barbastro (España), en el seno de una familia de fervientes raíces cristianas. Desde su juventud se distinguió por la agudeza de su inteligencia y por su carácter fuerte y amable. Hacia los quince años advirtió por primera vez el presentimiento de la llamada del Señor a una misión que el Siervo de Dios aún ignoraba. Para disponerse plenamente a la Voluntad divina, decidió hacerse sacerdote, cultivando una vida de piedad y de penitencia intensísima. Tras haber cursado los estudios en el Seminario de Logroño, primero, y después en el Seminario de San Francisco de Paula y en la Universidad Pontificia de Zaragoza, fue ordenado sacerdote el 28 de marzo de 1925, en Zaragoza.

En 1927 se trasladó a Madrid, donde ejercitó un vasto apostolado con los enfermos, los necesitados y los niños. Fue Capellán del Patronato de Enfermos desde 1927 a 1931. En 1931 pasó a ser Capellán en el Patronato de Santa Isabel, del cual fue nombrado Rector en 1934.

El 2 de octubre de 1928, durante los ejercicios espirituales, el Señor le mostró con claridad lo que hasta ese momento había sólo barruntado; y el Siervo de Dios fundó el Opus Dei. Movido siempre por el Señor, el 14 de febrero de 1930 fundó la Sección femenina del Opus Dei. Se abría así en la Iglesia un nuevo camino, dirigido a promover, entre personas de todas las clases sociales, la búsqueda de la santidad y el ejercicio del apostolado, mediante la santificación del trabajo ordinario, en medio del mundo y sin cambiar de estado.

Desde el primer instante, con la bendición y el aliento del Ordinario del lugar, el Siervo de Dios se dedicó plenamente a esta misión, y el Señor le bendijo con frutos abundantes.

Durante la guerra civil española, sin preocuparse por los peligros que le amenazaban, no abandonó su intensa actividad sacerdotal. A1 final de la guerra regresó a Madrid, desde donde pudo dar mayor impulso a la labor de la Obra en España: a pesar de la absoluta carencia de medios, abrió nuevos Centros en numerosas ciudades y preparó la expansión fuera de la península ibérica.

Muchísimos sacerdotes y laicos acudían al Siervo de Dios para la dirección espiritual. A petición de los Obispos y de los Provinciales de diferentes órdenes y Congregaciones religiosas, predicó gran número de ejercicios espirituales a sacerdotes y religiosos, además de los dirigidos a los laicos. Con su apostolado, suscitó muchísimas vocaciones de todas clases.

El 14 de febrero de 1943, Mons. Escrivá fundó, dentro del Opus Dei, la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, haciéndose así posible la ordenación sacerdotal de algunos miembros laicos del Opus Dei, con una disponibilidad total para la asistencia espiritual de los demás miembros y de las actividades apostólicas promovidas por la Obra. Prácticamente toca el millar el número de profesionales de la Obra (médicos, abogados, ingenieros, periodistas, etc.) que, ya durante la vida del Siervo de Dios, recibieron las órdenes sagradas, dejando perspectivas profesionales muy florencientes para dedicarse enteramente al ministerio sacerdotal.

En 1946 el Siervo de Dios se trasladó a Roma, donde fijó definitivamente su residencia. En 1947 obtuvo de la Santa Sede el deeretum laudis para el Opus Dei que, el 16 de junio de 1950, recibió la aprobación definitiva como institución de derecho pontificio. Simultáneamente fue aprobada la Asociación de Cooperadores del Opus Dei, en la que podían ser admitidos también los acatólicos.

Desde Roma, Mons. Escrivá estimuló y guió la difusión del Opus Dei en todo el mundo, prodigando todas sus energías para dar a sus hijas y a sus hijos una sólida formación doctrinal, ascética y apostólica. Ejemplar se demostró la dedicación del Fundador a la propia misión: fue incansable en el trabajo y, movido por su celo, llegó a emprender viajes muy duros y fatigosos por toda Europa y por América, también en épocas en que se encontraba gravemente enfermo. A pesar de las constantes estrecheces económicas, no se desalentó, y puso en marcha los oportunos instrumentos apostólicos, tanto en Roma como en otros países.

Su celo se plasmó en una amplísima gama de iniciativas apostólicas que -como un mar sin orillasse han extendido por los cinco continentes, en todos los sectores en los que más vivamente se experimenta la necesidad de que la verdad de Cristo ilumine el esfuerzo de los hombres: centros de formación profesional, de enseñanza elemental y media; universidades (Mons. Escrivá había fundado y era Gran Canciller de la Universidad de Navarra, en España, y de la Universidad de Piura, en Perú); ambulatorios médicos; clubs para la formación de la juventud; residencias para empleadas del hogar, para campesinos, para estudiantes universitarios; centros culturales; instituciones académicas de especialización; escuelas agrarias, etcétera.

Con sus enseñanzas, el Siervo de Dios ha abierto un capítulo nuevo en la historia de la espiritualidad. Sus escritos han alcanzado una significativa difusión: basta considerar que sólo el libro Camino ha tenido una tirada de tres millones de ejemplares, con traducciones en 34 lenguas. Semejantes son los datos que conciernen a las otras obras de Mons. Escrivá: Santo Rosario, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa, Amigos de Dios.

El Siervo de Dios era doctor en Derecho y en Sagrada Teología; había sido nombrado Prelado doméstico de Su Santidad, Consultor de la Pontificia Comisión para la interpretación del Código de Derecho Canónico y Académico de la Academia Teológica Romana.

En Roma, el 26 de junio de 1975, a mediodía, un repentino ataque cardíaco truncó su vida terrena. Murió después de recibir, cuando ya había perdido los sentidos, la absolución y la Unción de los Enfermos, que ardientemente había deseado toda la vida, dando repetidas veces a sus hijos indicaciones precisas en este sentido. También aquel día -según una confidencia hecha a cuatro miembros de la Obra- había renovado el ofrecimiento de su propia vida por la Iglesia y por el Papa, durante la celebración de la Santa Misa, cuatro horas antes de morir.

A la muerte del Siervo de Dios, el Opus Dei, difundido por los cinco continentes, contaba con más de 60.000 miembros, en representación de 80 nacionalidades.

La raíz de tanta fecundidad consiste en la actualidad del mensaje espiritual del Fundador del Opus Dei y, a la vez, en el vivo ejemplo que en primer lugar dio el mismo Siervo de Dios. Proclamando la llamada a la santidad a través de las ocupaciones cotidianas, enseñó que cada acción del hombre es santificable y santificante y contribuye a la edificación del Pueblo de Dios.

Al enseñar que todos han de buscar la santidad en el marco de la vida ordinaria, Mons. Escrivá subrayó que el trabajo ha de considerarse como instrumento y ámbito de la santificación; por eso, mientras recalcaba la importancia de alcanzar la máxima perfección posible en el cumplimiento de los deberes temporales, insistía en la necesidad de desarrollarlos en unión con Dios mediante la gracia y con una piedad viva y sincera. De ahí su empeño en poner de relieve la primacía de los Sacramentos en la edificación de una existencia auténticamente cristiana, y en mover a las almas a la práctica de la oración.

En la base de la espiritualidad del Siervo de Dios se halla una profunda percepción del misterio de Jesús, perfecto Dios y perfecto hombre, que se manifiesta en el entrelazamiento de lo divino y lo humano, en unidad de vida. En su' vida personal demostró esta íntima fusión de contemplación y acción, de vida interior y actividad cotidiana. Las virtudes sobrenaturales se unían con las virtudes humanas, haciendo de él el ejemplo de una santidad entretejida de sencillez y naturalidad, construida de fidelidad en las cosas pequeñas. Vivía profundamente el sentido de la filiación divina, que se traducía en un confiado abandono en Dios Padre, en la primacía de la oración respecto al esfuerzo humano -que podía convertirse así en trabajo hecho con Dios y por Dios-, en un amor ardiente a la Humanidad Santísima de Cristo, en una devoción tierna y fuerte a la Virgen, a San José y a los Angeles Custodios, en un espíritu de sobrenatural optimismo y de contagiosa alegría.

En consonancia con esta unidad de vida, el Siervo de Dios no consideró el apostolado como una actividad más junto a otras, ni como una misión reservada a algunos iniciados en las cosas eclesiásticas, sino como un deber constante que concierne a todos los fieles, como consecuencia de las gracias recibidas en el Bautismo y en la Confirmación y sucesivamente desarrolladas por los demás sacramentos, y que debe ejercitarse en cada situación de la jornada.

Estas y otras enseñanzas -piénsese sobre todo en su consideración de la Santa Misa como centra y raíz de la vida interior, y en el amor que, consiguientemente, derrochó por el Sacramento de la Eucaristía y la liturgia toda- han aportado indudables beneficios también a los sacerdotes, para quienes la doctrina predicada por el Siervo de Dios está destinada a producir frutos de alcance insospechado.

Mons. Escrivá vivió el propio ministerio como servicio desinteresado a la Iglesia, y enseñó a sus hijos, repartidos por el mundo, a actuar en firme unión con la jerarquía ordinaria y en absoluta fidelidad al Magisterio, de modo que, en todas las diócesis donde trabaja el Opus Dei, la fidelidad al Romano Pontífice y la lealtad a la Jerarquía son inconfundibles características suyas.

Un papel determinante en el mensaje de Mons. Escrivá lo desarrolla el amor a la verdadera libertad, valor tan agudamente sentido por la mentalidad contemporánea. En particular insistió sobre la libertad en las cuestiones temporales, indispensable en la acción ele los cristianos en el mundo; quiso que siempre se ejercitase con la consiguiente responsabilidad y en el respeto de las normas establecidas por la fe y la moral, según los dictámenes del Magisterio de la Iglesia. Respetó escrupulosamente las legitimas opciones de todos los cristianos en materias opinables. Así defendió una propiedad irrenunciable de la vocación secular cristiana y salvaguardó la finalidad exclusivamente espiritual del Opus Dei.

Digna de particular mención es la atracción que la espiritualidad del Siervo de Dios ejercita sobre los intelectuales: estudiantes, profesores universitarios y profesionales de las ramas más diversas advierten la gran fuerza de un mensaje en el que la vida interior y el empeño por alcanzar una seria competencia profesional constituyen dos aspectos igualmente necesarios de ese camino hacia Dios. Del mismo modo, empleados, campesinos, obreros, padres e hijos, hombres y mujeres, todos los componentes de la sociedad civil -la gente de la calle, como decía Mons. Escrivá encuentran en este espíritu la ayuda para descubrir el divino designio de salvación que late en las más pequeñas realidades de la vida. Perennemente actual se muestra, pues, la figura de este sacerdote, y es punto de referencia desde el que la luz del apostolado cristiano se irradia sobre la sociedad de todos los tiempos.

Lo confirma la vasta fama de santidad que circundó ya en vida al Siervo de Dios, respaldada por abundantes y autorizados testimonios. Desde que el Señor lo llamó a Sí, esta fama de santidad se ha ido progresivamente extendiendo, con significativa espontaneidad. Son millares las cartas -de eminentes personalidades y de gente común- llegadas al Santo Padre desde los más lejanos rincones de la tierra, con el fin de pedir la apertura de la Causa de Beatificación y Canonización del Siervo de Dios. Entre estas cartas, nos place recordar la de la Conferencia Episcopal del Lazio, con sus expresiones de gratitud por los frutos que sembró en Roma el celo sacerdotal de Mons. Escrivá. Personas de todas las condiciones sociales y de las más variadas nacionalidades atestiguan el cúmulo de favores, grandes y pequeños, espirituales y materiales, recibidos del Cielo por el recurso a la intercesión del Siervo de Dios. La Cripta del Oratorio de Santa María de la Paz, en la Sede Central del Opus Dei, en Roma, donde reposan los restos mortales del Fundador, es meta de una peregrinación ininterrumpida de fieles, que confían a su mediación ante Dios todas sus necesidades o le agradecen favores obtenidos.

Ante esta realidad, el Presidente General del Opus Dei, Revmo. don Alvaro del Portillo, nombró Postulador de la Causa de Beatificación y Canonización del Siervo de Dios Josemaria Escrivá de Balaguer al Rev. don Flavio Capucci, cuyo cargo fue legalmente reconocido el 4 de febrero de 1978. A petición del Postulador, persuadidos del beneficio que la acogida de nuestra súplica traería a la Santa Iglesia, con fecha 15 de marzo de 1980, dirigimos a la Sede Apostólica la instancia de concesión del Nihil obstat para la introducción de dicha Causa, adjuntando los documentos requeridos a ese fin por el Motu proprio Sanctitas clarior.

Tras un atento estudio de la documentación, la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos, en el Congreso Ordinario del 30 de enero de 1981, concedió el Nihil obstat para que fuese introducida la Causa. El Santo Padre Juan Pablo 11, el día 5 de febrero de 1981, ratificó y confirmó la decisión de la Sagrada Congregación.

En virtud de lo expuesto, y de las facultades que nos competcn a tenor del Código de Derecho Canónico y del Motu proprio Sanctitas clarior, DECRETAMOS la introducción canónica de la Causa de Beatificación y Canonización del Siervo de Dios Joscmaría Escrivá de Balaguer, Sacerdote, Fundador del Opus Dei, y la instrucción del correspondiente Proceso canónico para el día 12 de mayo de 1981.

UGO Carel. POLETTI
Vic. Gen.
Roma, 19 de febrero de 1981

CONSTITUCIÓN APOSTÓLICA "UT SIT"
(Documento Pontificio de erección del Opus Dei en Prelatura personal)

JUAN PABLO OBISPO
Siervo de los Siervos de Dios
Para perpetua memoria

Con grandísima esperanza, la Iglesia dirige sus cuidados maternales y su atención al Opus Dei, que -por inspiración divina- el Siervo de Dios Josemaría Eserivá de Balaguer fundó en Madrid el 2 de octubre de 1928, con el fin de que siempre sea un instrumento apto y eficaz de la misión salvífica que la Iglesia lleva a cabo para la vida del mundo.

Desde sus comienzos, en efecto, esta Institución se ha esforzado, no sólo en iluminar con luces nuevas la misión de los laicos en la iglesia y en la sociedad humana, sino también en ponerla por obra; se ha esforzado igualmente en llevar a la práctica la doctrina de la llamada universal a la santidad, y en promover entre todas las clases sociales la santificación del trabajo profesional y por medio del trabajo profesional. Además, mediante la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, ha procurado ayudar a los sacerdotes diocesanos a vivir la misma doctrina, en el ejercicio de su sagrado ministerio.

Habiendo crecido el Opus Dei, con la ayuda de la gracia divina, hasta el punto de que se ha difundido y trabaja en gran número de diócesis de todo el mundo, como un organismo apostólico compuesto de sacerdotes y de laicos, tanto hombres como mujeres, que es al mismo tiempo orgánico e indiviso -es decir, como una institución dotada de una unidad de espíritu, de fin, de régimen y de formación-, se ha hecho necesario conferirle una configuración jurídica adecuada a sus características peculiares. Fue el mismo Fundador del Opus Dei, en el año 1962, quien pidió a la Santa Sede, con humilde y confiada súplica, que teniendo presente la naturaleza teológica y genuína de la Institución, y con vistas a su mayor eficacia apostólica, le fuese concedida una configuración eclesial apropiada.

Desde que el Concilio Ecuménico Vaticano 11 introdujo en el ordenamiento de la Iglesia, por medio del Decreto Presbyterorum Ordinis, n. 10 -hecho ejecutivo mediante el Motu proprio Ecclesiae Sanctae, 1, n. 4- la figura de las Prelaturas personales para la realización de peculiares tareas pastorales, se vio con claridad que tal figura jurídica se adaptaba perfectamente al Opus Dei. Por eso, en el año 1969, Nuestro Predecesor Pablo VI, de gratísima memoria, acogiendo benignamente la petición del Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, le autorizó para convocar un Congreso General especial que, bajo su dirección, se ocupase de iniciar el estudio para una transformación del Opus Dei, de acuerdo con su naturaleza y con las normas del Concilio Vaticano Il.

Nos mismo ordenamos expresamente que se prosiguiera tal estudio, y en el año 1979 dimos mandato a la Sagrada Congregación para los Obispos, a la que por su naturaleza competía el asunto, para que, después de haber considerado atentamente todos los datos, tanto de derecho como de hecho, sometiera a examen la petición formal que había sido presentada por el Opus Dei.

Cumpliendo el encargo recibido, la Sagrada Congregación examinó cuidadosamente la cuestión que le había sido encomendada, y lo hizo tomando en consideración tanto el aspecto histórico, como el jurídico y el pastoral. De tal modo, quedando plenamente excluida cualquier duda acerca del fundamento, la posibilidad y el modo concreto de acceder a la petición, se puso plenamente de manifiesto la oportunidad y la utilidad de la deseada transformación del Opus Dei en Prelatura personal.

Por tanto, Nos con la plenitud de Nuestra potestad apostólica, después de aceptar el parecer que Nos había dado Nuestro Venerable Hermano el Eminentísimo y Reverendísimo Cardenal Prefecto de la Sagrada Congregación para los Obispos, y supliendo, en la medida en que sea necesario, el consentimiento de quienes tengan o consideren tener algún interés propio en esta materia, mandamos y queremos que se lleve a la práctica cuanto sigue.

I

Queda erigido el Opus Dei como Prelatura personal de ámbito internacional, con el nombre de la Santa Cruz y Opus Dei o, en forma abreviada, Opus Dei. Queda erigida a la vez la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, como Asociación de clérigos intrínsecamente unida a la Prelatura.

II

La Prelatura se rige por las normas del derecho general y de esta Constitución, así como por sus propios Estatutos, que reciben el nombre de "Código de derecho particular del Opus Dei".

III

La jurisdicción de la Prelatura personal se extiende a los clérigos en ella incardinados, así como también -sólo en lo referente al cumplimiento de las obligaciones peculiares asumidas por el vínculo jurídico, mediante convención con la Prelatura- a los laicos que se dedican a las tareas apostólicas de la Prelatura: unos y otros, clérigos y laicos, dependen de la autoridad del Prelado para la realización de la tarea pastoral de la Prelatura, a tenor de lo establecido en el artículo precedente.

IV

E1 Ordinario propio de la Prelatura del Opus Dei es su Prelado, cuya elección, que ha de hacerse de acuerdo con lo que establece el derecho general y particular, ha de ser confirmada por el Romano Pontífice.

V

La Prelatura depende de la Sagrada Congregación para los Obispos y, según la materia de que se trate, gestionará los asuntos correspondientes ante los demás Dicasterios de la Curia Romana.

VI

Cada cinco años, el Prelado presentará al Romano Pontífice, a través de la Sagrada Congregación para los Obispos, un informe acerca de la situación de la Prelatura y del desarrollo de su trabajo apostólico.

VII

El Gobierno central de la Prelatura tiene su sede en Roma. Queda erigido, como iglesia prelaticia, el Oratorio de Santa María de la Paz, que se encuentra en la sede central de la Prelatura.

Asimismo, el Reverendísimo Monseñor Álvaro del Portillo, canónicamente elegido Presidente General del Opus Dei el 15 de septiembre de 1975, queda confirmado y es nombrado Prelado de la Prelatura personal de la Santa Cruz y Opus Dei, que se ha erigido.

Finalmente, para la oportuna ejecución de todo lo que antecede, Nos designamos al Venerable Hermano Romolo Carboni, Arzobispo titular de Sidone y Nuncio Apostólico en Italia, a quien conferimos las necesarias y oportunas facultades, también la de subdelegar -en la materia de que se trata- en cualquier dignatario eclesiástico, con la obligación de enviar cuanto antes a la Sagrada Congregación para los Obispos un ejemplar auténtico del acta en la que se dé fe de la ejecución del mandato.

Sin que obste cualquier cosa en contrario.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 28 del mes de noviembre del año 1982, quinto de Nuestro Pontificado.

AUGUSTINUS Card. CASAROLI +SEBASTIANUS Card. BAGGIO
Secretario de Estado Prefecto de la Sagrada Congregación para los Obispos

Iosephus Del Ton, Protonotario Apostólico Marcellus Rossetti, Protonotario Apostólico

 

Declaraciones de Mons. Álvaro del Portillo a "The New York Times"

El 28 de noviembre de 1982, la Santa Sede otorgaba al Opus Dei su definitivo status jurídico como Prelatura personal, en la Constitución Apostólica "Ut sit".

En este año 1984 se han cumplido dos años desde aquella fecha. Con este motivo publicamos una entrevista hasta ahora inédita en castellano en la que su actual Prelado, Mons. Alvaro del Portillo, responde a las preguntas formuladas por el corresponsal en Roma del "New York Times".

-Todo organismo vivo se desarrolla. He leído lo que ha escrito Mons. Escrivá de Balaguer sobre el Opus Dei: ¿me puede decir cuál es el papel actual del Opus Dei en la Iglesia y también en la sociedad? Y en concreto: ¿a qué se deben las controversias sobre el Opus De¡?

-El Opus Dei, en efecto, crece y se extiende por todo el mundo, con la gracia de Dios. Su fin consiste en promover, entre personas de todos los ambientes de la sociedad, una toma de conciencia de la vocación a la santidad en el ejercicio del propio trabajo; es decir, de la llamada a vivir una existencia cristiana plena, en medio de las situaciones comunes de la vida.

No se trata sólo de difundir una idea, un mensaje, sino de fomentar la puesta en práctica de un cristianismo sin mediocridades, en el ejercicio del trabajo profesional. Contribuimos así a la misión salvífica de la Iglesia, en íntima unión con el Papa y la Jerarquía eclesiástica.

Con esta finalidad quiso Dios el Opus Dei, y con su ayuda seguirá por este camino, sin modificaciones. Por tanto, con el transcurso del tiempo, no será necesario ningún aggiornamento de su espíritu, ya que, mientras haya hombres sobre la tierra, habrá trabajo que santificar.

Me pregunta usted por las controversias en torno al Opus Dei. En primer lugar, es preciso valorar en su justa dimensión eso que usted llama controversia y que yo no dudo en calificar de murmullo: he de agradecer a Dios que el Opus Dei sea una de las más amadas instituciones de la Iglesia, como lo demuestran los cientos de miles de personas -católicas o noque acuden a recibir de la Obra aliento para su vida espiritual y que colaboran con sus apostolados.

Por otra parte, son corrientes las incomprensiones cuando los hombres se enfrentan con realidades de carácter espiritual, y no tienen mayor categoría cuando sólo se busca el cumplimiento de la voluntad de Dios: ¿no ocurrió algo semejante con los primeros cristianos? Podríamos hablar también de tantas figuras de la Iglesia que, con frecuencia, fueron maltratadas o ridiculizadas por sus contemporáneos, o de instituciones católicas que han padecido vejaciones, mediante el ofrecimiento a la opinión pública de una imagen deformada y antipática. Y no es necesario limitarse a los hechos de la vida religiosa: cualquier persona que quiera hacer algo de importancia chocará con la crítica y se arriesgará a las objeciones que otros le ponen: es ley de vida. Por esto, repito, no hay que exagerar la importancia de esas incomprensiones que, al fin y al cabo, nos estimulan a seguir más fielmente a Jesucristo, sirviendo a nuestros hermanos los hombres.

También pregunta usted por qué se producen esas controversias. El origen podría encontrarse en la acostumbrada intolerancia de algunos grupos y personas que se oponen a la Iglesia católica y a la difusión del Evangelio; en otras personas, seguramente bien intencionadas, que no nos entienden o conocen sólo la falsa imagen de una noticia sensacionalista, y en algunos pocos que intentan justificar y encubrir sus propias frustraciones.

Puedo asegurarle que esos enredos no nos quitan la paz ni un segundo. Mons. Escrivá de Balaguer rezaba todos los días por quienes con su oración, con su trabajo y sus limosnas cooperaban con el Opus Dei. Y rezaba con la misma caridad por quienes trataban de denigrarnos. También en esto queremos ahora seguir los pasos de nuestro Fundador, para imitar así a Jesucristo: que Él nos cuide a todos.

-Sé que el Opus Dei no tiene un papel político, pero la espiritualidad no es algo abstracto separado de la vida secular: ¿cuáles son los "peligros espirituales" que afectan hoy a la vida política, profesional, intelectual?

-Mire, la gran revolución de Mons. Escrivá de Balaguer ha sido ésta: llevar precisamente la espiritualidad cristiana a la vida secular, porque entendió claramente que nada de este mundo debe ser ajeno a Dios. Como ve, se trata de una revolución que, como afirmaba nuestro Fundador, "es vieja como el Evangelio, y como el Evangelio nueva". Los peligros a los que se ven expuestos todas las personas en este mundo son los mismos. Cualquiera los podría enumerar fácilmente: en primer lugar, el deseo desordenado de autoafirmación, el egoísmo, el afán de poder, el orgullo; detrás, la codicia, la sensualidad, hasta completar la lista de los siete pecados capitales.

Sin embargo, quiero subrayar que, a ¡ni .juicio, lo que usted llama "vida secular" -es decir, el ambiente en el que se desenvuelven las personas- no debe verse como un conjunto de peligros para la vida espiritual. Entre los aspectos del espíritu que Dios ha querido que practiquemos en el Opus Dei, está el convencimiento de que el mundo es el lugar donde cada cristiano tiene que santificarse, y que los quehaceres temporales honestos son la ocasión de un encuentro cotidiano con Cristo. Con una visión que desgaje la vida espiritual de la vida secular, que no han de estar separadas, parece que detrás de cada situación acechan peligros. Un cristiano no puede entenderlo así. Además, yo tengo plena confianza en mis hernianos los hombres, y me enamora la aventura cotidiana del quehacer humano.

Santificar el trabajo significa llenarlo de amor a Dios y de amor al prójimo. Estoy persuadido de que el mundo necesita con urgencia que las tareas terrenas se llenen de este espíritu, que hará más justo y humano todo el conjunto de las actividades seculares. Sería bien triste qúe los católicos se ausentaran de este quehacer, porque comporte unos riesgos. Lo importante es que los cristianos trabajen bien y se esfuercen por empapar con el espíritu de Jesucristo las propias ocupaciones profesionales. Esto, desde luego, implica una lucha interior, para no dejarse dominar por las pasiones personales o por los postulados del materialismo.

Para vencer en esta contienda, el cristiano se apoya en la gracia de Dios, y emplea los medios adecuados: la oración y los Sacramentos, especialmente la Penitencia y la Eucaristía. De esta manera, va desarrollando las virtudes humanas y sobrenaturales, a la vez que se esfuerza en realizar con perfección su trabajo cotidiano.

Como le gustaba repetir a nuestro Fundador, los miembros del Opus Dei viven con los pies bien firmes en la tierra -trabajando con intensidad en su oficio o profesión-, procuran hacer todo por amor a Dios y en servicio del prójimo, mantienen una constante unión con El durante la jornada y van felices por esta tierra del brazo de sus hermanos los hombres.

-El Papa denuncia frecuentemente el materialismo. El Opus Dei vive dentro del mundo material. ¿Cómo evitar los peligros del materialismo, y en qué medida afectan a la institución que usted dirige?

-Indudablemente, los hombres y mujeres del Opus Dei están presentes en todas las encrucijadas del mundo, de la misma manera que las demás personas, insisto, nuestros iguales. Contra todos acometc la presión asfixiante del materialismo; también, y con maneras brutales, el mundo pagano presionaba sobre los primeros seguidores de Cristo.

La actitud cristiana ha sido y será siempre un claro desafío, lleno de caridad, a los establishment que impongan como regla del juego la reducción del hombre a un número o a un ser sin un destino trascendente. Al "no os conforméis a este siglo" (Rom 12, 2), de San Pablo a los cristianos de la Roma pagana, hace eco hoy el clamor del Papa Juan Pablo II en defensa de la dignidad del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios.

La idea que Mons. Escrivá de Balaguer predicó incansablemente desde 1928 era que este enfrentamiento con el materialismo no puede llevar a los católicos a ausentarse de las tareas seculares, a no ser a los que Dios llama al retiro del claustro. Insistió siempre, sin miedo ni cansancio, en que los católicos deben esforzarse en impregnar de espíritu cristiano los respectivos ámbitos de la vida familiar y social.

Los peligros del ambiente materialista de que usted habla los supera el creyente, hoy como hace veinte siglos, con una intensa vida de oración; con una profunda penetración en la visión cristiana del hombre y del mundo; con el recto desempeño de los deberes y derechos profesionales, familiares y sociales, y con un constante recurso -esto es primordial, ya lo he dicho antes- a los Sacramentos.

La formación que facilita el Opus Dei va precisamente encaminada a preparar hombres y mujeres, para que, cada uno en su ambiente, dé testimonio y estimule a otros a vivir los valores que Cristo ha predicado. Este es el nivel de acción de la Prelatura en cuanto tal, mediante una continua ayuda doctrinal y pastoral a sus miembros y a cuantos participan en las iniciativas de carácter religioso, educativo o asistencial, que promueven los miembros del Opus Dei en unión con otras personas decididas a superar el conformismo materialista.

El esfuerzo por santificarse, en medio de los quehaceres más corrientes y normales, es lo que Mons. Escrivá de Balaguer tuvo la audacia de llamar materialismo cristiano, cuando afirmaba: "No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca. Por eso, puedo deciros que necesita nuestra época devolver -ala materia y a las situaciones que parecen más vulgares- su noble y original sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas, haciendo de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro continuo con Jesucristo. El auténtico sentido cristiano -que profesa la resurrección de toda carne- se enfrentó siempre, como es lógico, con la desencarnación, sin temor a ser juzgado de materialismo. Es lícito, por tanto, hablar de un materialismo cristiano, que se opone audazmente a los materialismos cerrados del espíritu" (Conversaciones..., nn. 114-115).

-Alguno afirma que hay secreto en las actividades del Opus Dei. Le pregunto: ¿Es ver-dad esto? ¿Hay cosas secretas entre los miembros?

-Le acabo de manifestar mi opinión sobre el se dice, que tan desgraciadamente hoy se utiliza. No. No tenemos ningún secreto. Ni aunque quisiéramos -y j amas hemos querido- habríamos podido mantenerlo, ya que trabajamos a la luz del día, en estrecho contacto con todo tipo de hombres y mujeres, grupos e instituciones. Las sedes de nuestros Centros abren sus puertas a cualquier persona que desee frecuentarlos. Los miembros del Opus Dei son conocidos como tales en el ambiente familiar, social y profesional en el que se mueven, porque nada tienen que ocultar.

La Obra, además, insisto, anima por todo el mundo centenares de actividades educativas, sociales, de promoción humana bien conocidas. La finalidad de la Prelatura es proporcionar a sus miembros una sólida e intensa vida cristiana y apostólica, bien fundamentada en el conocimiento de la doctrina católica. En esta tarea de formación agota el Opus Dei todas sus energías. Una tarea que quizá no es vistosa y que no requiere acompañamiento publicitario, sino paciencia y humilde perseverancia. Nuestro Fundador nos animaba a trabajar por tres mil, pero a hacer el ruido de tres: en nuestra labor de apostolado detestamos los secretos: no buscamos el autobombo, los golpes de efecto, la primera página de los periódicos; nos interesa sólo el eficaz servicio a la Iglesia y a la humanidad.

Algunas personas, de cuando en cuando, han pretendido hacer "revelaciones" sobre presuntos secretos del Opus Dei, y, como no existen, los han inventado. En ocasiones, la técnica que han empleado ha sido la de presentar una información, amalgamando hechos y palabras sacadas de su propio contexto y puestos arbitrariamente bajo la luz que más convenía, para ofrecer una visión complicada y esotérica del Opus Dei; alargan o encogen a capricho los trazos del dibujo, y añaden además algún otro detalle ridículo y falso, que confiere al cuadro un aspecto grotesco. El resultado final es, por tanto, una caricatura irreal, contraria a la sencilla transparencia de la Obra, y que deja sin explicación los abundantes frutos espirituales que el Opus Dei produce en los ambientes en que trabaja y entre personas de todas las condiciones sociales. Digo esto último con agradecimiento al Señor, y estoy convencido de que la buena salud espiritual de que goza la Prelatura es un don gratuito, que Dios nos otorga por la mediación de la Santísima Virgen.

-Usted ha vivido durante cuarenta años junto al Fundador del Opus Dei, y es su sucesor. ¿Querría terminar esta conversación hablándonos de la figura de Mons. Escrivá de Balaguer?

-Me resulta imposible sintetizar en pocas palabras mis cuarenta años junto a nuestro Padre, como llamamos en el Opus Dei al Fundador. Tampoco podría resumir fácilmente todo lo que debo, en el terreno espiritual y en el humano, a Mons. Escrivá de Balaguer. Agradezco a Dios de todo corazón haber pasado la mayoría de mi vida al lado de tan gran maestro de santidad, que se sintió siempre muy mariano y muy romano.

Monseñor Escrivá de Balaguer fue un hombre ardientemente enamorado de Jesucristo. Irrumpió en la historia con vigor, recordando a los hombres de la calle, incluso a quienes quizá se interesaban muy poco en la práctica religiosa, que Cristo los llamaba para que le siguieran, sin que tuvieran que abandonar su estado y oficio.

Presentaba como ideal un cristianismo con sabor de primera hora, en el que las palabras, los hechos y los gestos de la vida de Cristo arrojaban de modo inmediato su luz sobre las mil menudas circunstancias de la vida diaria. Por esto, la vida y las obras del Fundador del Opus Dei -o, mejor dicho, lo que Dios obraba en su alma- tenía que ser para tantos signo de contradicción.

Aunque ya se ha escrito mucho sobre nuestro Fundador, es tan densa su historia, en servicio de la Iglesia y de las almas, que su estudio requerirá años de trabajo. Sin duda, seguirán apareciendo publicaciones que recogerán tantos aspectos de una biografía que no dudo en calificar de heroica.

Fue un hombre de fe robusta y contagiosa, que se apoyaba en la fortaleza de Dios, al tiempo que se consideraba nada y menos que nada y no dudaba en calificarse a sí mismo de instrumento inepto y sordo,- y, con esta confianza en Dios, promovió una inmensa movilización apostólica entre gentes de toda condición. Tan firmemente convencido estaba de la desproporción que existía entre lo que Dios le iba pidiendo y sus fuerzas humanas que no vacilaba en asegurar que la Obra era sólo de Dios.

Un rasgo característico de la personalidad de Mons. Escrivá de Balaguer fue su transparencia, la autenticidad de su vida: quien había experimentado tantos sufrimientos para sacar adelante lo que Dios le urgía, conjugaba una gran fortaleza de carácter con una sencillez y sinceridad que cautivaban. Y otra nota de su temple sobrenatural y humano fue el buen humor: no concebía un cristianismo de caras largas. Con su hacer cotidiano, inculcó en sus hijos y en los que le rodeaban el afán de ser sembradores de la paz y de la alegría propias de los hijos de Dios.

Su generosa entrega a todos y el ejemplo de sus virtudes cristianas explican cómo llevó a tantas almas a seguir a Jesucristo; y, después de su muerte, el creciente recurso a su intercesión, por parte de miles y miles de personas en el mundo entero.


La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer
Luis Ignacio Seco

 

Prólogo
El Opus Dei en el mundo
Algo de historia
¿Qué es el Opus Dei?
Gobierno del Opus Dei
La gente del Opus Dei
El apostolado: Un mar sin orillas
Iniciativas apostólicas de los miembros del Opus Dei
Epílogo: Por todos los rincones de la tierra