Hijos en el Opus Dei

Javier Ropero
Ediciones B. Barcelona. 1993

Comentario al libro, realizado por Fernando Rosales

 

El libro, como indica su título, está dirigido a los padres de personas jóvenes que entran en relación con el Opus Dei. El subtítulo es aun más explícito: "una guía práctica para orientar a las personas con allegados en la polémica institución".

 

 

Esta primera aproximación al libro refleja acertadamente su contenido, al menos en parte. Habría que añadir este matiz: los destinatarios del libro no son los padres de todos los jóvenes del Opus Dei, sino sólo aquellos que ven con profundo desagrado la vocación de sus hijos, y se proponen romper los vínculos que les unen con el Opus Dei.

El contenido del libro, en efecto, se puede resumir del siguiente modo:

1. Aportar "argumentos" para justificar las iniciativas —cualquier iniciativa— que tienda a separar a los hijos de la vocación al Opus Dei. Unos padres que eventualmente reciban con disgusto la entrega a Dios de su hijo en el Opus Dei, pueden verse frenados para reaccionar por dos motivos:

  • el respeto que, en general, merece la libertad de las personas;
  • la aceptación, en particular para los cristianos, de una llamada de Dios dentro de una institución bendecida y aprobada por la Iglesia.

El libro se propone romper esos "frenos" y desculpabilizar a quienes emprendan acciones que, en la práctica, suponen violentar la libertad de sus hijos y poner obstáculos a una vocación de entrega a Dios. Para eso, se empeña en "demostrar" que la vinculación de una persona joven con el Opus Dei no supone ni un acto libre, ni una llamada divina.

2. Sugerir procedimientos prácticos para llevar a cabo esta labor de alejamiento. La característica común a estos procedimientos es que se apoyan en las mismas artimañas que el autor —injustamente— atribuye a la labor del Opus Dei: el engaño, la simulación, la mentira, la amenaza, la coacción, la manipulación de las conciencias y el recurso a refinadas técnicas de terrorismo psicológico. Esta es una de las grandes paradojas del libro, como analizaremos más adelante.

3. La parte final del libro no está dirigida a los padres, sino a aquellos que han roto su vinculación con el Opus Dei. Se propone todo un itinerario de alejamiento de las anteriores convicciones y formas de vida. La fase final de este itinerario —y garantía de que se ha alcanzado por fin el "equilibrio" perdido— es sumarse al coro de críticos contra la institución.

Como se puede observar, el libro no es ni pretende ser una explicación sobre el Opus Dei. Se puede comparar, más bien, a la visión microscópica de un aspecto muy particular del Opus Dei: la situación de padres fuertemente contrariados por la incorporación de sus hijos a esta institución de la Iglesia. Se podría añadir que la lente de este microscopio está bastante sucia y deformada —como se mostrará a continuación—, y que el punto sobre el que fija la atención en modo alguno es representativo del conjunto del organismo. Para describir la anatomía de un cuerpo sano a nadie se le ocurriría mostrar la imagen ampliada y desfigurada de un pequeño foco de infección.

Estamos, por tanto, ante un tipo de literatura asimilable al de cierta prensa del corazón. En primer lugar, porque se nos presenta un segmento social muy reducido. Los "famosos", los que ocupan sus páginas, no son las personas corrientes que trabajan, gozan y sufren, y que viven sus relaciones familiares —más o menos gratificantes— con normalidad. Sólo alcanzan la fama quienes plantean rupturas escandalosas, y las exhiben con una total falta de pudor y de respeto a la intimidad. Imaginemos a un extraterrestre informándose de la civilización de la tierra a través de una de esas revistas. Pensaría que se trata de un conjunto de seres ociosos, de sentimientos tan arrebatadores como fugaces. Una imagen tan irreal obtendría del Opus Dei quien se acercara a este libro sin ninguna información previa.

A pesar de todo su pretendido aparato científico, este libro se sitúa en el género "rosa" (con algún ribete negro). Y al igual que en los "culebrones", donde los protagonistas se van repitiendo, nos presenta un refrito en el que vemos siempre las mismas caras: basta haber seguido las publicaciones reciente sobre el Opus Dei, para poder saltar páginas enteras de este libro, que recoge textualmente largos relatos ya conocidos.

El autor, en efecto, no tiene en cuenta el cuerpo social del Opus Dei, formado por hombres y mujeres maduros, solteros y casados, de todas las profesiones y situaciones sociales, de los ámbitos culturales más diversos. Se detiene, tan sólo, en quienes se relacionan con el Opus Dei en los años de su adolescencia. Y entre estos, sólo fija su atención en quienes viven esta relación con el Opus Dei de una manera problemática y conflictiva. Olvida, por tanto, a la gran mayoría de estos jóvenes, para los que su contacto con el Opus Dei es una garantía de equilibrio personal y una fuente de concordia familiar.

Este libro describe, en definitiva, la excepción de la excepción. Tiene el mérito de situar al lector, desde la primera página, en un ambiente enrarecido y asfixiante; pero se excede en sus pretensiones cuando procura convertir esta descripción deforme de lo excepcional en una regla general. El texto, que se presenta como una gran revelación, es en realidad como una pantalla que oculta la realidad. Al volver la última página, cualquier lector razonable se preguntará: ¿acaso no hay personas del Opus Dei que vivan su vocación con normalidad?, ¿no puedo aceptar, ni siquiera como hipótesis, que una persona que se incorpore al Opus Dei lo haga por una llamada de Dios?, ¿por qué el término vocación, en este libro, siempre es calificado como "supuesta vocación"?, ¿cómo es posible que la Iglesia, a lo largo de 60 años, haya aprobado, bendecido y alentado la labor de "ese" Opus Dei?

Estas y otras preguntas ponen en evidencia la incoherencia interna de un libro que incurre en numerosas contradicciones. Pero para demostrar la falsedad de sus apreciaciones sobre el Opus Dei, resulta mucho más ilustrativo cotejar la descripción patológica que nos ofrece, con la realidad de esta institución de la Iglesia: con las vidas de hombres y mujeres —equilibrados, maduros, responsables, dentro de sus limitaciones— que ponen su empeño, junto a otros hombres y mujeres, en la construcción de la sociedad civil y eclesiástica; y con las iniciativas apostólicas dirigidas a resolver problemas reales de la sociedad —en ocasiones, en los lugares más desfavorecidos—, promovidas por miembros del Opus Dei.

Hechas estas observaciones previas, podemos adentrarnos ya en esta pequeña "galería de los horrores"; o, si uno se lo toma con más humor, en la "galería de los espejos de la risa", pues las imágenes deformes que vamos a encontrar sólo asustan a los niños.

 


 

El agradecimiento del libro está dirigido, en primer lugar a Dios, que también aparece en la dedicatoria. No podemos dudar de la buena fe de nuestro piadoso autor, pero llama la atención este pensamiento sobrenatural en alguien que, a lo largo del libro, aplica una crítica supuestamente racional a multitud de fenómenos sobrenaturales y a los cauces a través de los cuales el pueblo cristiano —no sólo el Opus Dei— ha procurado relacionarse con Dios. La oración se interpreta como autosugestión, la penitencia es una práctica masoquista, los milagros se explican por causas paranormales, etc.

Por otra parte, el autor sugiere una cierta inspiración divina en la composición de su libro (p. 11). No vamos a discutir su edificante convicción, pero podría al menos admitir que otras personas también mantengan una relación con Dios, en la que puedan discernir la orientación de su vida. En realidad, no concede este privilegio a los miembros del Opus Dei, para quienes todo vínculo con Dios sería ficticio.

El prólogo, debido a la pluma de John Roche, está pésimamente traducido. Este autor formula un juicio global sobre la situación de la Iglesia y considera que la beatificación del Fundador del Opus Dei supuso un desprestigio para ésta. Es un juicio muy respetable, aunque no coincida con el de Juan Pablo II, que calificó esa ceremonia como una "impresionante manifestación de fe"; o el de cientos de obispos, que manifestaron su alegría por esta decisión de la Iglesia; o el de los 300.000 fieles que llenaron la Plaza de San Pedro el 17 de mayo de 1992 para unirse a la ceremonia; o el de tantas otras personas, de todo el mundo, que procuran vivir su fe cristiana apoyados en las enseñanzas y el ejemplo de Josemaría Escrivá.

Esta simple observación pone en entredicho la observación del Prof. Roche, para quien el Opus Dei sólo recibe el apoyo de la Jerarquía, y no del pueblo cristiano. Por el contrario, el mensaje del Opus Dei —la llamada universal a la santidad— cala profundamente en personas de todas las profesiones y culturas. Hay, sin duda, otros modos de vivir la fe cristiana, pero resulta penoso el exclusivismo elitista de algunos críticos de salón, como el Sr. Roche, que pretenden imponer un modelo único y cerrado. Quienes no piensen como ellos pasan a ser una "extraña y apocalíptica organización" (p. 13), sobre la que sólo pueden hablar —de acuerdo con estos nuevos inquisidores— quienes hayan superado un proceso de purificación, y hayan consultado "la literatura más adecuada" (p. 14).

El prefacio nos relata la historia del libro. El autor toma cuidado en advertir que está escrito "sin apasionamiento ni demagogia" (p. 17). En la misma página insiste en que sometió el texto a un posterior proceso de depuración de demagogia. Aparte de que podría dejar al lector que se forme él mismo un juicio sobre el libro, tanta insistencia suena a excusatio no petita. Si el libro no es demagógico, ¿por qué esa reiteración en advertirlo?, ¿quizá para intentar negar la evidencia?

Entramos ya en el cuerpo del libro y, desde el primer párrafo, nos encontramos con su tesis central: la asimilación del Opus Dei con las sectas (p. 19). Se alude, a continuación, a instituciones que hacen frente a esta desviación, "deseosos de limpiar el rostro de la Iglesia". Nuestro campeón de la ortodoxia exalta la buena intención de estos grupos reducidos. De la buena intención, en principio, no se debe dudar. Pero nos preguntamos de nuevo: ¿por qué no se aplica el mismo rasero al Opus Dei?, ¿por qué se le supone, a lo largo del libro, mala fe en sus actuaciones?, ¿por qué este maniqueísmo simplista? Consta, por el contrario, que no sólo subjetivamente —en la intención—, sino también de un modo objetivo —en los hechos—, la labor del Opus Dei presta un servicio real a la Iglesia, y que su esfuerzo —sumado al de otros muchos cristianos— ayuda a mostrar su rostro amable.

Después de hablar de algunos de esos grupos reducidos (dos), menciona a obispos católicos. En realidad, las citas están sacadas de contexto, pues ninguno de esos obispos se ha referido al Opus Dei en los términos que lo hace el autor de este libro: una cosa es que, en alguna contada ocasión, hayan recibido como pastores a padres de familia preocupados, o que en un caso, hace doce años, se haya hecho pública una declaración para "salir al paso de inquietudes comprensibles"; y otra muy distinta es que desautoricen la labor de la Prelatura. Es manifiesto, por el contrario, que el Opus Dei realiza su labor con toda normalidad en las diócesis de esos obispos, con pleno conocimiento de las autoridades eclesiásticas.

Como el autor considera que el problema afecta también al ámbito civil, se refiere a la investigación de una comisión parlamentaria para el estudio de las sectas. No nos dice, sin embargo, que las conclusiones de esa comisión no mencionan al Opus Dei —como es lógico, dada la naturaleza de su investigación—, y sólo es capaz de aportar una declaración hipotética, a título personal, de uno de los miembros de la comisión (pp. 22-23).

El siguiente capítulo comienza con una larga cita de un documento de la Santa Sede sobre "El desafío de los nuevos movimientos religiosos" (pp. 25 ss.). Naturalmente, el documento no hace ninguna referencia —directa ni indirecta— al Opus Dei. El autor, sin embargo, en una curiosa labor de exégesis, aplica a esta Prelatura cada una de las características descritas en el documento. Hay que observar, en primer lugar, que en derecho la interpretación auténtica es la que hace el propio legislador. En este caso, la interpretación tendría que hacerse a la luz de los documentos de la Iglesia en los que sí se cita al Opus Dei: de ninguno de ellos se deriva que el Opus Dei pueda ser asimilado a las sectas, o que sus métodos puedan ser calificados como sectarios. Por el contrario, demuestran lo contrario: tanto desde el punto de vista teológico, canónico y espiritual, el Opus Dei es descrito como una institución de la Iglesia Católica, con fines y modos apostólicos docenas de veces bendecidos y aprobados. Cito sólo algunos: Breves Apostólicos Cum Societatis y Mirifice de Ecclesia, de Pío XII; Decretum laudis de la Sociedad Sacerdotal del Opus Dei como institución de Derecho Pontificio; Decreto Primum inter, de aprobación definitiva del Opus Dei como institución de Derecho Pontificio (1950); Constitución apostólica Ut sit, por la que se erige al Opus Dei como Prelatura personal.

El documento sobre los nuevos movimientos religiosos resulta, así, burdamente manipulado. En un intento —contra toda evidencia— de interpretarlo como una crítica a la actividad del Opus Dei, se fuerza el sentido de sus expresiones. Las páginas que comentan dicho documento (32-55) se convierten en un pueril juego de palabras. Mediante esa misma técnica, se podría aplicar el contenido del documento a realidades tan distintas como la actividad de una agencia de publicidad, la disciplina de un ejército, las técnicas de marketing, el fervor colectivo de los seguidores de un equipo deportivo, el entusiasmo de los asistentes a un concierto de Rock y, en definitiva, a cualquier institución —religiosa, deportiva, comercial, lúdica, benéfica, asistencial, profesional, sindical, etc.— que pretenda ampliar de algún modo su número de miembros, afiliados o clientes.

En su intento de forzar el sentido de las palabras, el autor —en el papel de hábil equilibrista— debe acudir a las citas oportunas en el momento oportuno, sin deslizarse línea arriba ni línea abajo, no vaya a ser que el contexto deshaga su interpretación. Por ejemplo, para calificar al Opus Dei de elitista —característica que, por otra parte, no es ni exclusiva ni específica de las sectas— acude a la siguiente cita de Camino: "...Atraer a tu apostolado a aquel hombre sabio, a aquel otro poderoso, a aquel lleno de prudencia y virtudes...". Hasta aquí la cita de la página 27. Pero acudamos a la fuente y sigamos leyendo: "Ora, ofrece sacrificios y trabájalos con tu ejemplo y con tu palabra. —¡No vienen! —No pierdas la paz: es que no hacen falta.

¿Crees que no había contemporáneos de Pedro, sabios, y poderosos, y prudentes, y virtuosos, fuera del apostolado de los primeros doce?" (Camino, n. 802).

Como se puede apreciar, el sentido cambia al eliminar las frases que completan el punto de Camino. Por cierto, este mismo punto es citado en dos ocasiones más a lo largo del libro, en algún caso en una versión más amplia. Las repeticiones de citas son, por otra parte, frecuentes: una revisión que eliminara esas reiteraciones reduciría la extensión del libro y sería agradecida por el lector.

En otros casos, las citas no son sólo incompletas, sino que están tomadas de documentos que, desde hace tiempo, no están en vigor, y que además han sido consultados en una versión espuria y desautorizada, como por ejemplo las "Constituciones de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y Opus Dei, de 1950" (pp. 27 y ss.).

Pero no son sólo los texto los que se someten a la atenta observación de nuestro infatigable investigador; también los hechos y actitudes son analizados para descubrir rastros sectarios. La peculiar óptica que se aplica en este análisis es la de la sospecha: de este modo, la amabilidad y la cordialidad, en vez de ser una muestra de caridad cristiana o simplemente de educación, son interpretadas como un postizo instrumento de captación (pp. 33-34).

A veces, en fin, no es un problema de interpretación, sino de simple ignorancia. Por ejemplo, afirma que "el Opus Dei no desvela su identidad" en el material informativo sobre la actividad de centros de formación promovidos por sus miembros (p. 34). Como es lógico, si esos centros tienen alguna relación con el Opus Dei, consta así en sus folletos generales —aunque no necesariamente en material informativo de menor entidad—, en las memorias de actividades y, por supuesto, en la explicación que se da a cualquier persona interesada en conocer sus características. Basta acudir a cualquiera de estos centros para comprobarlo.

Esa misma ignorancia se manifiesta al confundir los compromisos que adquieren los miembros del Opus Dei con los votos (p. 38). Reduce, además, el contenido de esos compromisos a las virtudes de la pobreza, castidad y obediencia. En realidad, el contenido de los compromisos —distintos de los votos— se refiere al conjunto de las virtudes cristianas, practicadas de un modo armónico, no a alguna de ellas en particular.

Cuando un persona mayor de edad —antes no es posible asumir una vinculación formal, con validez jurídica— se incorpora al Opus Dei, se compromete a poner todo su empeño por vivir las virtudes cristianas y a buscar la santidad, según el espíritu del Opus Dei y sus propias circunstancias personales. En todos los casos, esa entrega a Dios en el Opus Dei (no entrega al Opus Dei) tiene un sentido de plenitud. Por eso, tampoco es acertada la distinción que establece el autor del libro entre "los miembros en sentido estricto" —los numerarios— y los otros. Esa expresión está tomada de la versión espuria de un documento (p. 38) que, en primer lugar, no está en vigor; y que, además, fue redactado en momentos en que a duras penas se abría paso en el derecho de la Iglesia la figura de una entrega total a Dios en medio de las obligaciones familiares y sociales de un cristiano corriente.

Actualmente, se ha extendido en la Iglesia —aunque nuestro autor, con sus prejuicios exclusivistas parece ser una excepción— la idea de que todos pueden alcanzar la plenitud de vida cristiana en sus propias circunstancias, que se convierten en el lugar donde se realiza el designio de Dios para cada hombre. De este modo, la vocación específica al Opus Dei se realiza de un modo tan pleno en un numerario dedicado a tareas intelectuales en un país de Europa, que en un supernumerario que saca adelante a su familia en la sierra del Perú, o en una aldea africana. Conviene tener en cuenta este hecho —reflejado adecuadamente en el derecho y en la vida del Opus Dei— para no caer en la trampa que nos tiende el autor al reducir el Opus Dei a una parte, importante pero pequeña, de su realidad.

Otra muestra del método reduccionista de este libro, es la identificación entre apostolado y la tarea de "atraer más socios que engrosen sus filas" (p. 40). De este modo, al proclamar el Opus Dei que sus fines son apostólicos, estaría excluyendo positivamente de su actividad las prácticas de misericordia. Esta brillante conclusión pone de manifiesto la falta de lógica de nuestro autor, y su desconocimiento de la labor apostólica del Opus Dei en todo el mundo. El apostolado, también en el Opus Dei, es mucho más que "atraer más socios": es practicar la caridad con las personas que nos rodean, es ayudar material y espiritualmente a los que lo necesitan, y es —muy particularmente para los miembros del Opus Dei— esforzarse mediante su propio trabajo por resolver los problemas de la sociedad, en cada momento.

Como consecuencia de este espíritu, hay miembros del Opus Dei que promueven en todo el mundo labores asistenciales y educativas en las regiones más desfavorecidas, o en las zonas marginales de los países desarrollados. Está bien documentada la actividad de escuelas agrarias en países del Tercer Mundo, de dispensarios de atención sanitaria en lugares desasistidos, de centros de promoción para la mujer, etc. Pero como los miembros del Opus Dei buscan la santidad en el propio lugar en que han recibido la llamada de Dios, la mayoría prestan su servicio a Dios y los demás en su propio trabajo profesional, en sus ocupaciones familiares y sociales, entre sus compañeros y amigos. ¡Cómo contrasta esta extensa labor apostólica —un mar sin orillas, como la describía el Fundador del Opus Dei— con la visión que nos presenta el autor de este libro!

Admite, sin embargo, que uno de los medios que utiliza el Opus Dei en la labor de formación de gente joven son las visitas a los pobres (pp. 41 ss.). Lamentablemente, interpreta este medio de formación como un instrumento para el proselitismo. Conviene hacer, a este respecto, dos observaciones:

 

  • las visitas a los pobres y otras obras de misericordia no pretenden resolver, de modo inmediato, un problema social, pero facilitan que, quienes las realizan, fomenten virtudes como la generosidad, la caridad, el espíritu de servicio, la dedicación a los demás, etc. No se puede negar que los jóvenes se ven sometidos a la presión de modelos de conducta egoístas, insolidarios, volcados en el afán de posesión material o el disfrute. El contacto con el dolor, la soledad y la marginación rompe el hechizo de esos paradigmas y capacita a los jóvenes para ser unos profesionales íntegros, con espíritu de solidaridad y de servicio, y sensibles a las necesidades de quienes les rodean.
  • la finalidad de la labor apostólica del Opus Dei con gente joven no es el proselitismo, sino la preparación de personas que, mediante el ejercicio de las virtudes humanas y sobrenaturales, presten un servicio a la sociedad y a la Iglesia con su trabajo profesional bien hecho y con su ejemplo de vida cristiana en todos los ambientes. Como es lógico, entre estas personas se suscitan algunas vocaciones al Opus Dei. Esta es, por otra parte, la praxis normal de todas las instituciones de la Iglesia.

 

Volviendo al empleo de citas falsas, nos encontramos con las siguientes perlas: "Presidentes generales del Opus Dei tendréis muchos, pero padre no hay más que uno" (p. 43), frase atribuida al Beato Josemaría Escrivá. Ni en sus escritos, ni en los testimonios fidedignos de quienes le conocieron aparece semejante afirmación. Y otra: "queremos más a Nuestro Padre que al mismo Dios" (p. 44), atribuida a un numerario anónimo y —según el autor— propuesta como ejemplo en el Opus Dei. Ninguna persona del Opus Dei puede haber pronunciado ni propuesto como ejemplo semejante aberración. El autor no tiene más remedio que acudir a estos ejercicio de invención para intentar demostrar lo indemostrable: que la veneración que en el Opus Dei se rinde a su Fundador es incondicionada y excluyente.

En realidad, ocurre lo contrario. Hay que advertir, en primer lugar, que es la Iglesia quien ha propuesto al Beato Josemaría Escrivá, ante todos los cristianos, como un modelo en el seguimiento de Cristo, y ha autorizado su culto. Además, casi todas las personas que le conocieron aseguran que siempre dirigía a las almas hacia Dios. Por ejemplo, nunca aceptaba un agradecimiento o reconocimiento personal, sino que reorientaba siempre ese agradecimiento hacia Dios.

Fernando Rosales