Chiesa e politica in Cile. Storia potere e dottrina dell’Opus Dei

Annunziata Savio
ed. Prospettiva, 2010, 145 pp.

Comentario al libro realizado por Alfredo Méndiz

Las facilidades que existen actualmente para editar textos hacen muy sencillo publicar como libro la tesi di laurea, es decir, la tesina que todo estudiante italiano debe presentar para obtener la licenciatura. Hay incluso una editorial, Prospettiva, de Civitavecchia (Roma), que dedica a eso una buena parte de su actividad. Se trata de  “libros” que no se distribuyen comercialmente, aunque la editorial los incluye en su catálogo, de modo que si alguien está interesado en uno de ellos puede encargarlo.

Chiesa e politica in Cile. Storia potere e dottrina dell’Opus Dei, de Annunziata Savio, es uno de esos títulos. La verdad: nadie espera gran cosa de una tesi di laurea, pero tras la lectura de ésta uno se pregunta si el profesor que la ha dirigido —Loris Zanatta, asociado de Historia de América de la Universidad de Bolonia (sede de Forlì)— la ha visto en algún momento.

En el libro hay frases en las que, ya a primera vista y sin necesidad de una particular cultura, se descubren tres errores de bulto: en la página 18 se nos informa de que en 1651, Felipe II de Borbón nombró al primer obispo de Santiago de Chile, dando así origen al derecho de patronato real. Pues bien, Felipe II no reinó en el siglo XVII, sino en el XVI; no era un Borbón (los borbones llegarían a España en el siglo XVIII), sino un Habsburgo; y no creó el patronato real, pues éste era un privilegio que se remontaba a los Reyes Católicos (finales del siglo XV).

¿Qué decir del “origen inca” del término “caudillo” (p. 21)? Es un despropósito que habrá hecho remover en su tumba al monje poeta Gonzalo de Berceo, quien en Castilla y tres siglos antes del descubrimiento de América usaba ya esa palabra, derivada del latín “caput” (cabeza).

Sobre el Opus Dei se ve de todo. Por ejemplo: la prelatura está compuesta por laicos y prelados (p. 60); además de los congresos generales, en el Opus Dei hay congresos regionales y locales (p. 62); cierto personaje influyente de la época de Pinochet es próximo al Opus Dei porque su mujer es numeraria (p. 134); Joaquín Lavín, padre de siete hijos, es un “numerario histórico” del Opus Dei (p. 135). En la bibliografía figuran, entre otras obras de valor muy desigual, algunas realmente útiles para tratar de estos temas, como El Opus Dei en la Iglesia o el pequeño manual de Dominique Le Tourneau, pero evidentemente no han sido consultadas: en ellas salta a la vista que en el Opus Dei sólo hay un prelado, y que los fieles de la prelatura son laicos o sacerdotes; que los numerarios y las numerarias se comprometen, entre otras cosas, a vivir el celibato; y que en el Opus Dei hay congresos generales, pero no regionales ni locales (el consejo regional y el consejo local tienen cierta analogía con el consejo general, pero no con el congreso general, que es otra cosa).

En realidad, hay que decir que el contenido del libro justifica el título, pero no el subtítulo, en el que el Opus Dei es un elemento tan exótico como Pilatos en el credo. Por lo demás, como se ve, el conocimiento que la autora tiene del Opus Dei es mínimo, y lo que ha encontrado en internet es burdo y contradictorio.

Lo más “serio” son las insinuaciones —genéricas, gratuitas, ingenuas— sobre el papel del Opus Dei en el golpe de estado de Pinochet (p. 103). Se trata de historias tomadas del libro de Michael Walsh (la autora no lo incluye en la bibliografía, pero ha dado con él en internet y lo cita anónimamente), repetidamente aclaradas en su momento. Coinciden casi literalmente con las afirmaciones que los tribunales alemanes, en 1985, declararon difamatorias y carentes de fundamento, por lo que no podían ser publicadas: entre ellas, “que varios importantes líderes políticos del frente reaccionario contra el gobierno, democráticamente elegido, de Allende eran miembros del Opus Dei”, y “que el Opus Dei ha ayudado y legitimado movimientos fascistas en Chile y en otros países”.

En fin, el Opus Dei del que se habla en este libro es una especie de fantasma sin carne. Sólo aparece un miembro real del Opus Dei, Joaquín Lavín, que nada especial parece haber hecho por el régimen de Pinochet (en los años setenta se fue a Estados Unidos a hacer un máster), y que en el momento del golpe ni siquiera era del Opus Dei. Aparece también, como “miembro numerario”, el nuncio monseñor Sodano, pero se trata de una pieza más del repertorio de errores de esta publicación. Todo lo demás son generalidades: los miembros del Opus Dei sostuvieron el régimen de Pinochet, se beneficiaron de él, ocuparon puestos importantes... ¿Qué miembros, por favor?

Al cabo, el miembro real del Opus Dei, Lavín, resulta haber hecho política en la fase democrática de la historia de Chile, no en la dictadura: democráticamente ganó la alcaldía de Santiago, y democráticamente perdió las elecciones a la presidencia del país en el año 2000. Su partido, ciertamente, ha acogido a muchos pinochetistas reciclados, pero es un partido democrático. Y, desde luego, no es el “partito di riferimento dell’Opera” (p. 131): quien está al día de las cosas de Chile sabe que tanto en el bloque parlamentario conservador como en su rival, la Concertación (democracia cristiana y socialismo), hay católicos, y entre ellos fieles del Opus Dei.

El único dato cierto sobre el Opus Dei y Pinochet es que en 1974, durante su estancia en Chile, Escrivá de Balaguer rechazó una invitación de la junta militar. Annunziata Savio lo recoge (p. 105), y hay que reconocérselo como gesto de honradez, aunque ve con suspicacia el hecho de que el viaje se realizara precisamente con aquel gobierno en el poder. Sin embargo, como es sabido, aquel viaje no tuvo por destino solamente Chile, sino casi toda Sudamérica. Con la misma suspicacia cabría preguntarse por qué el fundador del Opus Dei fue a Perú precisamente en un momento en que gobernaba el país una junta militar de izquierdas, la del general Velasco Alvarado.

También es de agradecer a la autora que no se haya hecho eco del chisme más burdo que circula sobre la estancia del fundador del Opus Dei en Santiago de Chile. Según él, Escrivá de Balaguer habría dicho, en un encuentro público, que el esparcimiento de sangre provocado por los militares había sido algo necesario. Se trata de un disparate inventado en 1992 por un periodista de la revista española Cambio 16. La realidad es que en ningún momento hizo san Josemaría un comentario de ese tipo. Lo más cercano a temas políticos que salió de sus labios es la siguiente frase, que le fue registrada el 30 de junio de 1974: “Que os comprendáis los chilenos, que os disculpéis, que conviváis, que os queráis. Y después, cada uno tiene derecho a defender sus propias ideas respetando las de los demás”.

Alfredo Méndiz
Historiador