El fin sobrenatural de la Iglesia

San Josemaría Escrivá de Balaguer
Homilía pronunciada el 28–V–72
fiesta de la Santísima Trinidad

Para comenzar, quiero recordaros las palabras que nos propone San Cipriano: se nos presenta la Iglesia universal como un pueblo que obtiene su unidad a partir de la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (De oratione dominica 23; PL 4, 553). No os extrañe, por eso, que en esta fiesta de la Santísima Trinidad la homilía pueda tratar de la Iglesia; porque la Iglesia se enraiza en el misterio fundamental de nuestra fe católica: el de Dios uno en esencia y trino en personas.

La Iglesia centrada en la Trinidad: así la han visto siempre los Padres. Mirad qué claras las palabras de San Agustín: Dios, pues, habita en su templo; no sólo el Espíritu Santo, sino también el Padre y el Hijo... Por tanto, la santa Iglesia es el templo de Dios, esto es, de la Trinidad entera (S. Agustín, Enchiridion 56, 15; PL 40, 259).

Cuando el próximo domingo nos reunamos de nuevo, nos detendremos sobre otro de los aspectos maravillosos de la Santa Iglesia: esas notas que dentro de poco recitaremos en el Credo, después de cantar nuestra fe en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo. Et in Spiritum Sanctum decimos. Y, a continuación, et unam, sanctam, catholicam et apostolicam Ecclesiam (Credo de la Santa Misa), confesamos que hay Una sola Iglesia, Santa, Católica y Apostólica.

Todos los que han amado de verdad a la Iglesia han sabido poner en relación esas cuatro notas con el más inefable misterio de nuestra santa religión: la Trinidad Beatísima. Nosotros creemos en la Iglesia de Dios, Una, Santa, Católica y Apostólica, en la que recibimos la doctrina; conocemos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo y somos bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (S. Juan Damasceno, adversum Icon 12; PG 96, 1358, D).

Momentos difíciles

Hace falta que meditemos con frecuencia, para que no se vaya de la cabeza, que la Iglesia es un misterio grande, profundo. No puede ser nunca abarcado en esta tierra. Si la razón intentara explicarlo por sí sola, vería únicamente la reunión de gentes que cumplen ciertos preceptos, que piensan de forma parecida. Pero eso no sería la Santa Iglesia.

En la Santa Iglesia los católicos encontramos nuestra fe, nuestras normas de conducta, nuestra oración, el sentido de la fraternidad, la comunión con todos los hermanos que ya desaparecieron y que se purifican en el Purgatorio –Iglesia purgante–, o con los gozan ya –Iglesia triunfante– de la visión beatífica, amando eternamente al Dios tres veces Santo. Es la Iglesia que permanece aquí y, al mismo tiempo, transciende la historia. La Iglesia, que nació bajo el manto de Santa María, y continúa –en la tierra y en el cielo– alabándola como Madre.

Afirmémonos en el carácter sobrenatural de la Iglesia; confesémosle a gritos, si es preciso, porque en estos momentos son muchos los que –dentro físicamente de la Iglesia, y aun arriba– se han olvidado de estas verdades capitales y pretenden proponer un imagen de la Iglesia que no es Santa, que no es Una, que no puede ser Apostólica porque no se apoya en la roca de Pedro, que no es Católica porque está surcada de particularismos ilegítimos, de caprichos de hombres.

No es algo nuevo. Desde que Jesucristo Nuestro Señor fundó la Santa Iglesia, esta Madre nuestra ha sufrido una persecución constante. Quizá en otras épocas las agresiones se organizaban abiertamente; ahora, en muchos casos, se trata de una persecución solapada. Hoy como ayer, se sigue combatiendo a la Iglesia.

Os repetiré una vez más que, ni por temperamento ni por hábito, soy pesimista. ¿Cómo se puede ser pesimista, si Nuestro Señor ha prometido que estará con nosotros hasta el fin de los siglos? (cfr. Mt XXVIII, 20). La efusión del Espíritu Santo plasmó, en la reunión de los discípulos en el Cenáculo, la primera manifestación pública de la Iglesia (Ecclesia, quae iam concepta, ex latere ipso secundi Adami velut in cruce dormientis orta erat, sese in lucem hominum insigni modo primitus dedit die celeberrima Pentecostes. Ipsaque die beneficia sua Spiritus Sanctus in mystico Christi Corpore prodere coepit León XIII, encíclica Divinum illud munus ASS 29, p. 648).

Nuestro Padre Dios –ese Padre amoroso, que nos cuida como a la niña de sus ojos (Deut XXXII, 10), según recoge la Escritura con expresión gráfica para que lo entendamos– no cesa de santificar, por el Espíritu Santo, a la Iglesia fundada por su Hijo amadísimo. Pero la Iglesia vive actualmente días difíciles: son años de gran desconcierto para las almas. El clamor de la confusión se levanta por todas partes, y con estruendo renacen todos los errores que ha habido a lo largo de los siglos.

Fe. Necesitamos fe. Si se mira con ojos de fe, se descubre que la Iglesia lleva en sí misma y difunde a su alrededor su propia apología. Quien la contempla, quien la estudia con ojos de amor a la verdad, debe reconocer que Ella, independientemente de los hombres que la componen y de las modalidades prácticas con que se presenta, lleva en sí un mensaje de luz universal y único, liberador y necesario, divino (Pablo VI, alocución el 23–VI–1966).

Cuando oímos voces de herejía –porque eso son, no me han gustado nunca los eufemismos–, cuando observamos que se ataca impunemente la santidad del matrimonio, y la del sacerdocio; la concepción inmaculada de Nuestra Madre Santa María y su virginidad perpetua, con todos los demás privilegios y excelencias con que Dios la adornó; el milagro perenne de la presencia real de Jesucristo en la Sagrada Eucaristía, el primado de Pedro, la misma Resurrección de Nuestro Señor, ¿cómo no sentir toda el alma llena de tristeza? Pero tened confianza: la Santa Iglesia es incorruptible. La Iglesia vacilará si su fundamento vacila, pero ¿podrá vacilar Cristo? Mientras Cristo no vacile, la Iglesia no flaquerá jamás hasta el fin de los tiempos (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 103, 2, 5; PL 37, 1353).

Lo humano y lo divino en la Iglesia

Como en Cristo hay dos naturalezas –la humana y la divina–, así, analógicamente, podemos referirnos a la existencia en la Iglesia de un elemento humano y un elemento divino. A nadie se le oculta la evidencia de esa parte humana. La Iglesia, en este mundo, está compuesta de hombres y para hombres, y decir hombre es hablar de la libertad, de la posibilidad de grandezas y de mezquinidades, de heroísmos y de claudicaciones.

Si admitiésemos sólo esa parte humana de la Iglesia, no la entenderíamos nunca, porque no habríamos llegado a la puerta del misterio. La Sagrada Escritura utiliza muchos términos –sacados de la experiencia terrena– para aplicarlos al Reino de Dios y a su presencia entre nosotros, en la Iglesia. La compara al redil, al rebaño, a la casa, a la semilla, a la viña, al campo en el que Dios planta o edifica. Pero resalta una expresión que compendia todo: la Iglesia es el Cuerpo de Cristo.

Y así el mismo Cristo a unos ha constituído apóstoles, a otros profetas, y a otros evangelistas, y a otros pastores y doctores, a fin de que trabajen en la edificación de los santos, en las funciones de su ministerio, en la edificación del Cuerpo de Jesucristo (Eph IV, 11–12). San Pablo escribe también que todos nosotros, aunque seamos muchos, formamos en Cristo un solo cuerpo, siendo todos recíprocamente miembros los unos de los otros (Rom XII, 5). ¡Qué luminosa es nuestra fe! Todos somos en Cristo, porque El es la cabeza del cuerpo de la Iglesia (Col I, 18).

Es la fe que han confesado siempre los cristianos. Escuchad conmigo estas palabras de San Agustín: y desde entonces Cristo entero está formado por la cabeza y el cuerpo, verdad que no dudo que conocéis bien. La cabeza es nuestro mismo Salvador, que padeció bajo Poncio Pilato y ahora, después que resucitó de entre los muertos, está sentado a la diestra del Padre. Y su cuerpo es la Iglesia. No esta o aquella iglesia, sino la que se halla extendida por todo el mundo. Ni es tampoco solamente la que existe entre los hombres actuales, ya que también pertenecen a ella los que vivieron antes de nosotros y los que han de existir después, hasta el fin del mundo. Pues toda la Iglesia, formada por la reunión de los fieles –porque todos los fieles son miembros de Cristo–, posee a Cristo por Cabeza, que gobierna su cuerpo desde el Cielo. Y, aunque esta Cabeza se halle fuera de la vista del cuerpo, sin embargo, está unida por el amor (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 56, 1; PL 36, 662).

Comprendéis ahora por qué no se puede separar la Iglesia visible de la Iglesia invisible. La Iglesia es, a la vez, cuerpo místico y cuerpo jurídico. Por el hecho mismo de que es cuerpo, la Iglesia se discierne con los ojos (León XIII, encíclica Satis cognitum ASS 28, p. 724), enseñó León XIII. En el cuerpo visible de la Iglesia –en el comportamiento de los hombres que la componemos aquí en la tierra– aparecen miserias, vacilaciones, traiciones. Pero no se agota ahí la Iglesia, ni se confunde con esas conductas equivocadas: en cambio, no faltan, aquí y ahora, generosidades, afirmaciones heroicas, vidas de santidad que no producen ruido, que se consumen con alegría en el servicio de los hermanos en la fe y de todas las almas.

Considerad además que, si las claudicaciones superasen numéricamente las valentías, quedaría aún esa realidad mística –clara, innegable, aunque no la percibamos con los sentidos– que es el Cuerpo de Cristo, el mismo Señor Nuestro, la acción del Espíritu Santo, la presencia amorosa del Padre.

La Iglesia es, por tanto, inseparablemente humana y divina. Es sociedad divina por su origen, sobrenatural por su fin y por los medios que próximamente se ordenan a ese fin; pero, en cuanto se compone de hombres, es una comunidad humana (León XIII, encíclica Satis cognitum ASS 28, 710). Vive y actúa en el mundo, pero su fin y su fuerza no están en la tierra, sino en el Cielo.

Se equivocarían gravemente los que intentaran separar una Iglesia carismática –que sería la verdaderamente fundada por Cristo–, de otra jurídica o institucional que sería obra de los hombres y simple efecto de contingencias históricas. Sólo hay una Iglesia. Cristo fundó una sola Iglesia: visible e invisible, con un cuerpo jerárquico y organizado, con una estructura fundamental de derecho divino, y una íntima vida sobrenatural que la anima, sostiene y vivifica.

Y no es posible dejar de recordar que, cuando el Señor instituyó su Iglesia, no la concibió ni formó de modo que comprendiera una pluralidad de comunidades semejantes en su género, pero distintas, y no ligadas por aquellos vínculos que hacen a la Iglesia indivisible y única... Y así, cuando Jesucristo habló de este místico edificio, recuerda sólo a una Iglesia a la que llama suya edificaré mi Iglesia (Matt. XVI, 18). Cualquier otra que fuera de ésta se imagine, al no haber sido fundada por El, no puede ser su verdadera Iglesia (León XIII, encíclica Satis cognitum ASS 28, pp. 712 y 713).

Fe, repito; aumentemos nuestra fe, pidiéndola a la Trinidad Beatísima, cuya fiesta celebramos hoy. Podrá ocurrir todo, menos que el Dios tres veces Santo abandone a su Esposa.

El fin de la Iglesia

San Pablo, en el primer capítulo de la epístola a los Efesios, afirma que el misterio de Dios, anunciado por Cristo, se realiza en la Iglesia. Dios Padre ha puesto todas las cosas bajo los pies de Cristo y le ha constituido cabeza de toda la Iglesia, que es su cuerpo, y en la cual aquel que lo completa todo en todos halla el complemento (Eph I, 22–23). El misterio de Dios es restaurar en Cristo, cumplidos los tiempos prescritos, todas las cosas de los cielos y las de la tierra (Eph I, 10).

Un misterio insondable, de pura gratuidad de amor: porque nos escogió antes de la creación del mundo, para ser santos y sin mancha en su presencia, por la caridad (Eph I, 4). No tiene límites el Amor de Dios: el mismo San Pablo anuncia que el Salvador Nuestro quiere que todos los hombres se salven y vengan en conocimiento de la verdad (1 Tim II, 4).

Este, y no otro, es el fin de la Iglesia: la salvación de las almas, una a una. Para eso el Padre envió al Hijo, y yo os envió también a vosotros (Ioan XX, 21). De ahí el mandato de dar a conocer la doctrina y de bautizar, para que en el alma habite, por la gracia, la Trinidad Beatísima: a mí se me ha otorgado toda potestad en el cielo y en la tierra. Id, pues, e instruid a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñando a observar todas las cosas que yo os he mandado. Y estad ciertos de que yo permaneceré continuamente con vosotros hasta la consumación de los siglos (Mt XXVIII, 18–20).

Son las palabras sencillas y sublimes del final del Evangelio de San Mateo: ahí está señalada la obligación de predicar las verdades de fe, la urgencia de la vida sacramental, la promesa de la continua asistencia de Cristo a su Iglesia. No se es fiel al Señor si se desatienden esas realidades sobrenaturales: la instrucción en la fe y en la moral cristianas, la práctica de los Sacramentos. Con este mandato Cristo funda su Iglesia. Todo lo demás es secundario.

En la Iglesia está nuestra salvación

No podemos olvidar que la Iglesia es mucho más que un camino de salvación: es el único camino. Y esto no lo han inventado los hombres, lo ha dispuesto Cristo: el que creyere y se bautizare, se salvará; pero el que no creyere, será condenado (Mc XVI, 16). Por eso se afirma que la Iglesia es necesaria, con necesidad de medio, para salvarse. Ya en el siglo II escribía Orígenes: si alguno quiere salvarse, venga a esta casa, para que pueda conseguirlo... Ninguno se engañe a sí mismo: fuera de esta casa, esto es, fuera de la Iglesia, nadie se salva (Orígenes, In Iesu nave hom., 5, 3; PG 12, 841). Y San Cipriano: si alguno hubiera escapado (del diluvio) fuera del arca de Noé, entonces admitiríamos que quien abandona la Iglesia puede escapar de la condena (S. Cipriano, De catholicae Ecclesiae unitate 6; PL 4, 503).

Extra Ecclesiam, nulla salus Es el aviso continuo de los Padres: fuera de Iglesia católica se puede encontrar todo –admite San Agustín– menos la salvación. Se puede tener honor, se pueden tener sacramentos, se puede cantar "aleluya", se puede responder "amén", se puede sostener el Evangelio, se puede tener fe en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo, y predicarla; pero nunca, si no es en el Iglesia católica, se puede encontrar la salvación (S. Agustín, Sermo ad Caesariensis ecclesiae plebem 6; PL 43, 456).

Sin embargo, como se lamentaba hace poco más de veinte años Pío XII, algunos reducen a una fórmula vana la necesidad de pertenecer a la Iglesia verdadera para alcanzar la salvación eterna (Pío XII, encíclica Humani generis ASS 42, p. 570). Este dogma de fe integra la base de la actividad corredentora de la Iglesia, es el fundamento de la grave responsabilidad apostólica de los cristianos. Entre los mandatos expresos de Cristo se determina categóricamente el de incorporarnos a su Cuerpo Místico por el Bautismo. Y nuestro Salvador no sólo dio el mandamiento de que todos entraran en la Iglesia, sino que estableció también que la Iglesia fuese medio de salvación, sin el cual nadie puede llegar al reino de la gloria celestial (Pío XII, Carta del S. O. al Arzobispo de Boston Denzinger–Schön. 3868).

Es de fe que quien no pertenece a la Iglesia, no se salva; y que quien no se bautiza, no ingresa en la Iglesia. La justificación, después de la promulgación del Evangelio, no puede verificarse sin el lavatorio de la regeneración o su deseo establece el Concilio de Trento (Decreto de iustificatione cap. 4, Denzinger–Schön. 1524). Es ésta una continua exigencia de la Iglesia, que si –por una parte– pone en nuestra alma el aguijón del celo apostólico, por otra, manifiesta también claramente la misericordia infinita de Dios con las criaturas.

Ved cómo lo explica Santo Tomás: el sacramento del bautismo puede faltar de dos modos. De una manera, cuando no se recibió ni de hecho ni con el deseo; es el caso de quien ni se bautizó ni quiere bautizarse. Esta actitud, en los que tienen uso de razón, implica desprecio del sacramento. Y en consecuencia, aquellos a quienes de esta forma les falta el bautismo, no pueden entrar en el reino de los cielos: ya que ni sacramental ni espiritualmente se incorporan a Cristo, y únicamente de El procede la salvación. De otra manera, le puede faltar a una persona el sacramento del bautismo, pero no su deseo: como es el caso de aquel que, deseando bautizarse, le sorprende la muerte antes de recibir el sacramento. A quien esto sucede, puede salvarse, aun sin el bautismo actual, por el solo deseo del sacramento, deseo que procede de la fe que obra por la caridad, por la que Dios, que no ligó su poder a los sacramentos visibles, santifica interiormente al hombre (Santo Tomás, S. Th. III, q.68, a.2).

Aun siendo completamente gratuita, a nadie debida por ningún título –y menos aún, después del pecado–, Dios Nuestro Señor no rehúsa a nadie la felicidad eterna y sobrenatural: su generosidad es infinita. Es cosa notoria que aquellos que sufren ignorancia invencible acerca de nuestra santísima religión, que cuidadosamente guardan la ley natural y sus preceptos, esculpidos por Dios en los corazones de todos, y están dispuestos a obedecer a Dios y llevan una vida honesta y recta, pueden conseguir la eterna, por la acción operante de la luz divina y de la gracia (Pío IX, encíclica Quanto conficiamur moerore 10–VIII–1863, Denzinger–Schön. 1677 (2866)). Sólo Dios sabe lo que sucede en el corazón de cada hombre, y El no trata a las almas en masa, sino una a una. A nadie corresponde juzgar en esta tierra sobre la salvación o condenación eternas en un caso concreto.

Pero no olvidemos que la conciencia puede culpablemente deformarse, endurecerse en el pecado y resistir a la acción salvadora de Dios. De ahí la necesidad de predicar la doctrina de Cristo, las verdades de fe y las normas morales; y de ahí también la necesidad de los Sacramentos, instituídos todos por Jesucristo como causas instrumentales de su gracia (cfr. Santo Tomás, S. Th. III, q.62, a.1) y remedios para las miserias consiguientes a nuestro estado de naturaleza caída (cfr. Ibidem q.61, a.2). De ahí se deduce además que conviene acudir frecuentemente a la Penitencia y a la Comunión Eucarística.

Queda, por tanto, bien concretada la tremenda responsabilidad de todos en la Iglesia y especialmente de los pastores, con los consejos de San Pablo: te conjuro, pues, delante de Dios y de Jesucristo que ha de juzgar a los vivos y a los muertos, al tiempo de su venida y de su reino: predica la palabra de Dios, insiste, con ocasión y sin ella, reprende, ruega, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá tiempo en el que los hombres no podrán sufrir la sana doctrina, sino que, teniendo una comezón extremada de oír doctrinas acomodadas a sus pasiones, recurrirán a una caterva de doctores propios, para satisfacer sus deseos, y cerrarán los oídos a la verdad y los aplicarán a las fábulas (2 Tim IV, 14).

Tiempo de prueba

Yo no sabría decir cuántas veces se han cumplido estas palabras proféticas del Apóstol. Pero sólo un ciego dejaría de ver cómo actualmente se están verificando casi a la letra. Se rechaza la doctrina de los mandamientos de la Ley de Dios y de la Iglesia, se tergiversa el contenido de las bienaventuranzas poniéndolo en clave político–social: y el que se esfuerza por ser humilde, manso, limpio de corazón, es tratado como un ignorante o un atávico sostenedor de cosas pasadas. No se soporta el yugo de la castidad, y se inventan mil maneras de burlar los preceptos divinos de Cristo.

Hay un síntoma que los engloba a todos: el intento de cambiar los fines sobrenaturales de la Iglesia. Por justicia algunos no entienden ya la vida de santidad, sino una lucha política determinada, más o menos teñida de marxismo, que es inconciliable con la fe cristiana. Por liberación no admiten la batalla personal por huir del pecado, sino una tarea humana, que puede ser noble y justa en sí misma, pero que carece de sentido para el cristiano, si implica una desvirtuación de lo único necesario (cfr. Luc X, 42), la salvación eterna de las almas, una a una.

Con una ceguera que proviene de apartarse de Dios –este pueblo me honra con los labios, pero su corazón se encuentra lejos de mí (Mt XV, 8)–, se fabrica una imagen de la Iglesia, que no guarda relación alguna con la que fundó Cristo. Hasta el Santo Sacramento del Altar –la renovación del Sacrificio del Calvario– es profanado, o reducido a un mero símbolo de la que llaman comunión de los hombres entre sí. ¡Qué sería de las almas, si Nuestro Señor no hubiese entregado por nosotros hasta la última gota de su Sangre preciosa! ¿Cómo es posible que se desprecie ese milagro perpetuo de la presencia real de Cristo en el Sagrario? Se ha quedado para que lo tratemos, para que lo adoremos, para que, prenda de la gloria futura, nos decidamos a seguir sus huellas.

Estos tiempos son tiempos de prueba y hemos de pedir al Señor, con un clamor que no cese (cfr. Is LVIII, 1), que los acorte, que mire con misericordia a su Iglesia y conceda nuevamente la luz sobrenatural a las almas de los pastores y a las de todos los fieles. La Iglesia no tiene por qué empeñarse en agradar a los hombres, ya que los hombres –ni solos, ni en comunidad– darán nunca la salvación eterna: el que salva es Dios.

Amor filial a la Iglesia

Hace falta hoy repetir, en voz muy alta, aquellas palabras de San Pedro ante los personajes importantes de Jerusalén: este Jesús es aquella piedra que vosotros desechasteis al edificar, que ha venido a ser la principal piedra del ángulo; fuera de El no hay que buscar la salvación en ningún otro: pues no se ha dado a los hombres otro nombre debajo del cielo, por el caul podamos salvarnos (Act IV, 11–12).

Así hablaba el primer Papa, la roca sobre la que Cristo edificó su Iglesia, llevado de su filial devoción al Señor y se su solicitud hacia el pequeño rebaño que le había sido confiado. De él y de los demás Apóstoles, aprendieron los primeros cristianos a amar entrañablemente a la Iglesia.

¿Habéis visto, en cambio, con qué poca piedad se habla a diario de nuestra Santa Madre la Iglesia? ¡Cómo consuela leer, en los Padres antiguos, esos piropos de amor encendido a la Iglesia de Cristo! Amemos al Señor, Nuestro Dios; amemos a su Iglesia escribe San Agustín. A El como a un Padre; a Ella, como a una madre. Que nadie diga: "sí, voy todavía a los ídolos, consulto a los poseídos y a los hechiceros, pero no dejo la Iglesia de Dios, soy católico". Permanecéis adheridos a la Madre, pero ofendéis al Padre. Otro dice, poco más o menos: "Dios no lo permita; yo no consulto a los hechiceros, no interrogo a los poseídos, no practico adivinaciones sacrílegas, no voy a dorar a los demonios, no sirvo a los dioses de piedra, pero soy del partido de Donato". ¿De qué sirve no ofender al Padre si El vengará a la Madre, a quien ofendéis? (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 88, 2, 14; PL 37, 1140). Y San Cipriano había declarado brevemente: no puede tener a Dios como Padre, quien no tiene a la Iglesia como Madre (S. Cipriano, o.c.; PL 4, 502).

En estos momentos muchos se niegan a oír la verdadera doctrina sobre la Santa Madre Iglesia. Algunos desean reinventar la institución, con la locura de implantar en el Cuerpo Místico de Cristo una democracia al estilo de la que se concibe en la sociedad civil o, mejor dicho, al estilo de la que se pretende que se promueva: todos iguales en todo. Y no se convencen de que, por institución divina, la Iglesia está constituida por el Papa, con los obispos, los presbíteros, los diáconos y los laicos, los seglares. Eso lo ha querido Jesús.

La Iglesia, por voluntad divina, es una institución jerárquica. Sociedad jerárquicamente organizada la llama el Concilio Vaticano II (Concilio Vaticano II, Const. Lumen gentium n. 8), donde los ministros tienen un poder sagrado (Ibidem, n. 18). La jerarquía no sólo es compatible con la libertad, sino que está al servicio de la libertad de los hijos de Dios (cfr. Rom VIII, 21).

El término democracia carece de sentido en la Iglesia, que –insisto– es jerárquica por voluntad divina. Pero jerarquía significa gobierno santo y orden sagrado, y de ningún modo arbitrariedad humana o despotismo infrahumano. En la Iglesia el Señor dispuso un orden jerárquico, que no ha de transformarse en tiranía: porque la autoridad misma es un servicio, como lo es la obediencia.

En la Iglesia hay igualdad: una vez bautizados, todos somos iguales, porque somos hijos del mismo Dios, Nuestro Padre. En cuanto cristianos, no media diferencia alguna entre el Papa y el último que se incorpora a la Iglesia. Pero esa igualdad radical no entraña la posibilidad de cambiar la constitución de la Iglesia, en aquello que ha sido establecido por Cristo. Por expresa voluntad divina tenemos una diversidad de funciones, que comporta también una capacitación diversa, un carácter indeleble conferido por el Sacramento del Orden para los ministros sagrados. En el vértice de esa ordenación está el sucesor de Pedro y, con él y bajo él, todos los obispos: con su triple misión de santificar, de gobernar y de enseñar.

Permitidme esta insistencia machacona, las verdades de fe y de moral no se determinan por mayoría de votos: componen el depósito –depositum fidei entregado por Cristo a todos los fieles y confiado, en su exposición y enseñanza autorizada, al Magisterio de la Iglesia.

Sería un error pensar que, como los hombres han adquirido quizá más conciencia de los lazos de solidaridad que los unen mutuamente, se deba modificar la constitución de la Iglesia, para ponerla de acuerdo con los tiempos. Los tiempos no son de los hombres, sean o no eclesiásticos; los tiempos son de Dios, que es el Señor de la historia. Y la Iglesia puede dar la salvación a las almas, sólo si permanece fiel a Cristo en su constitución, en sus dogmas, en su moral.

Rechacemos, por tanto, el pensamiento de que la Iglesia –olvidando el sermón de la montaña– busca la felicidad humana en la tierra, porque sabemos que su única tarea consiste en llevar las almas a la gloria eterna del paraíso; rechacemos cualquier solución naturalista, que no aprecie el papel primordial de la gracia divina; rechacemos las opiniones materialistas, que tratan de hacer perder su importancia a los valores espirituales en la vida del hombre; rechacemos de igual modo las teorías secularizantes, que pretenden identificar los fines de la Iglesia de Dios con los de los estados terrenos: confundiendo la esencia, las instituciones, la actividad, con características similares a las de la sociedad temporal.

El abismo de la sabiduría de Dios

Recordad las consideraciones de San Pablo que hemos leído en la Epístola: ¡oh profundidad de los tesoros de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán incomprensible son sus juicios y cuán inapelables sus caminos! Porque, ¿quién ha conocido los designios del Señor? o ¿quién fue su consejero? ¿Quién es el que le dio primero a El alguna cosa, para que pretenda ser por esto recompensado? Todas las cosas son de El, y todas son por El y todas existen en El: a El sea la gloria por siempre jamás. Así sea (Rom XI, 33–36). A la luz de las palabras de Dios, ¡qué pequeños resultan los designios humanos cuando intentan alterar lo que Nuestro Señor ha establecido!

Pero no os debo ocultar que ahora se comprueba, por todas partes, una extraña capacidad del hombre: no logrando nada contra Dios, se enseña contra los demás, siendo instrumento tremendo del mal, ocasión e inductor de pecado, sembrador de esa confusión que lleva a que se cometan acciones intrínsecamente malas, presentándolas como buenas.

Siempre ha habido ignorancia: pero en estos momentos la ignorancia más brutal en materias de fe y de moral se disfraza, a veces, con altisonantes nombres aparentemente teológicos. Por eso el mandato de Cristo a sus Apóstoles –lo acabamos de escuchar en el Evangelio– cobra, si cabe, una apremiante actualidad: id y enseñad a todas las gentes (Mt XXVIII, 19). No podemos desentendernos, no podemos cruzarnos de brazos, no podemos encerrarnos en nosotros mismos. Acudamos a combatir, por Dios, una gran batalla de paz, de serenidad, de doctrina.

Hemos de ser comprensivos, cubrir todo con el manto entrañable de la caridad. Una caridad que nos afiance en la fe, aumente nuestra esperanza y nos haga fuertes, para decir bien alto que la Iglesia no es esa imagen que algunos proponen. La Iglesia es de Dios, y pretende un solo fin: la salvación de las almas. Acerquémonos al Señor, hablemos con El en la oración cara a cara, pidámosle perdón por nuestras miserias personales y reparemos por nuestros pecados y por los de los demás hombres, que quizá –en este clima de confusión– no aciertan a advertir con cuánta gravedad están ofendiendo a Dios.

En la Santa Misa, este domingo, en la renovación incruenta del sacrificio cruento del Calvario, Jesús se inmolará –Sacerdote y Víctima– por los pecados de los hombres. Que no lo dejemos solo, que surja en nuestro pecho un deseo ardiente de estar con El, junto a la Cruz; que crezca nuestro clamor al Padre, Dios misericordioso, para que devuelva la paz al mundo, la paz a la Iglesia, la paz a las conciencias.

Si nos comportamos así, encontraremos –junto a la Cruz– a María Santísima, Madre de Dios y Madre nuestra. De su mano bendita llegaremos a Jesús y, por El, al Padre, en el Espíritu Santo.