Santidad en medio de la calle

Cardenal Sebastiano Baggio
Prefecto de la S. congregación para los Obispos

Desde los comienzos del Opus Dei su fundador proclamó que la santidad no es un ideal para privilegiados, sino para todos aquellos que se esfuerzan en vivir el Evangelio hasta sus últimas consecuencias, cualquiera que sea su situación en la vida, y siempre atentos al Magisterio de la Iglesia. A muchos parecía eso una herejía (aunque hubiese bastado recordar la Introducción a la vida devota de San Francisco de Sales); después del Concilio Ecuménico Vaticano II esta tesis se ha convertido en un principio indiscutible.

 

Pero lo que continúa siendo revolucionario en el mensaje espiritual de Monseñor Escrivá de Balaguer es la manera práctica de orientar hacia la santidad cristiana a hombres y mujeres de toda condición, en una palabra: al hombre de la calle. El modo de concretar, en la práctica, este mensaje se basa en tres novedades características de la espiritualidad del Opus Dei:

 

1) Ante todo, los seglares no deben abandonar ni despreciar el mundo, sino quedarse dentro, amando y compartiendo la vida de sus conciudadanos;

2) quedándose en el mundo, los seglares deben saber descubrir el valor sobrenatural de todas las normales circunstancias de su vida, incluidas las más prosaicas y materiales;

3) en consecuencia, el trabajo cotidiano es decir, el que ocupa la mayor parte del tiempo y caracteriza la personalidad de la mayoría de las personas– es lo primero que hay que santificar y el primer instrumento de apostolado. Para ilustrar estas tres ideas fundamentales, nada más breve y eficaz que las palabras del mismo fundador del Opus Dei. Las tomaré de una de sus homilías, pronunciada en 1967, y que ha sido luego publicada con el significativo título de Amar al mundo apasionadamente, en el volumen Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer.

 

Publicado en AVVENIRE. Roma, 1976