Sacerdote de Dios, trabajador ejemplar

Alfonso Nieto 
Homenaje a Mons. Josemaría Escrivá. 26-VI-1985

Hoy es el décimo aniversario del fallecimiento de Mons. Escrivá de Balaguer, Fundador y Primer Gran Canciller de la Universidad de Navarra; diez años han transcurrido desde aquella dolorosa separación, y su presencia llena con mayor fuerza nuestro quehacer universitario. 

Los profesores que me han precedido en este Acto Académico de homenaje y agradecimiento a quien fue alma mater de esta Alma Mater, han sabido espigar con finura intelectual y sensibilidad de espíritu, aspectos de la vida y de las enseñanzas de Mons. Escrivá de Balaguer. Al ponderar cuál podría ser el eje de esta intervención, dos palabras sonaron con fuerza en mi mente: trabajador y trabajo. Queremos recordar a un sacerdote de Dios, trabajador ejemplar, pregonero infatigable de la santificación del trabajo ordinario. Por este y otros muchos títulos, su nombre figura ya inscrito en el libro de oro de la historia.

Intentar hacer un resumen de lo que enseñó sobre el trabajo como valor humano y sobrenatural, y reseñar su vida de trabajador, puede parecer -realmente lo es- tarea imposible de abarcar. Nunca quiso hablar más que de Dios, por lo tanto, sólo con mirada de eternidad es posible encontrar el significado pleno de sus escritos. Trabajó intensamente y vivió las realidades más humanas del trabajo, ya fuera intelectual o manual, abrazando en su enseñanza a todas las profesiones y oficios realizados con honradez. Pero además, son tan abundantes los textos sobre el trabajo que nos ha legado, que cualquier intento de selección se asemeja a tomar pequeñas piezas de un caudal ofrecido sin límite.

Por qué el trabajo

¿Por qué el trabajo humano es la clave de su mensaje espiritual?. Sólo adentrándonos en la intimidad de los designios divinos, será posible encontrar cumplida respuesta a esta interrogación, sin limitarnos a repasar la historia del mundo con criterio exclusivamente terreno que podría calificar de casual lo que en verdad es Providencia. No fue casual que aquel dos de octubre del año 1928 comenzara en la tierra la difusión de un mensaje renovador del trabajo. Podríamos preguntarnos: ¿por qué Dios, Señor del tiempo y de la eternidad, «esperó» hasta ese día? Para los humanos quizá sea necesario partir de una realidad sencilla: la memoria del hombre es flaca y el paso del tiempo le hace olvidar el verdadero fin de la naturaleza creada. Pero si la memoria humana es frágil, Dios siempre nos tiene en presente y, cuando incurrimos en olvidos durante siglos, envía mensajeros que anuncian de nuevo la verdad olvidada. Son los hombres de Dios quienes recuerdan y redescubren las encubiertas maravillas de la Creación.

Durante muchos siglos el género humano había olvidado que el medio más habitual para entablar la relación entre la criatura y su Creador es el trabajo ordinario, los oficios y tareas profesionales que mujeres y hombres realizan día a día. Por contraste, esos mismos siglos vieron crecer la importancia del trabajo en los órdenes económico y social, hasta constituir uno de los elementos esenciales en la configuración del mundo. Como factor de producción, llegó a ser una de las claves de las relaciones humanas y, en algunas épocas y países, el trabajo desplazó a la valoración de la persona humana, al trabajador. El mandato divino fijado en el momento de la Creación -el hombre fue creado para que trabajara-, parecía tan sólo aplicable a un sector de personas, mientras otras declaraban con sus vidas que el texto del Génesis no estaba vigente para ellas. El trabajo fue -desafortunadamente todavía lo es en algunos casos- estigma de clase, divisor del género humano, proyectando su acción sólo en sentido horizontal para satisfacer nuevas necesidades de producción de bienes o de prestación de servicios. La trascendencia del trabajo -que se podría trazar con línea vertical, uniendo tierra y cielo- permanecía ignorada, con olvido de sus entrañables raíces en la primitiva cristiandad. Ante esta situación, se puede comprender que, en sus comienzos, el mensaje del Fundador del Opus Dei resultara novedoso para unos, objeto de contradicción para otros; mas también camino lleno de luz para quienes se decidieron a seguirlo de cerca. Hace nueve años escuchamos en esta Aula Magna a quien por designio de la Providencia vivió muchos años junto al Fundador del Opus Dei. Nos decía entonces nuestro Gran Canciller, Mons. Álvaro del Portillo: Su fundamental afirmación de que toda ocupación honesta puede ser santificarte y santificadora sonó a novedad, especialmente en los comienzos de su tarea. Se oponía irremediablemente a esa doctrina, la estimación del trabajo, habitual durante siglos, como cosa vil e incluso como un estorbo para la santificación de los hombres .

Lo que hoy resulta lógico, hace más de medio siglo parecía una locura. No fue tarea fácil retornar valor al trabajo, infravalorado en su dimensión humana y sobrenatural. Mons. Escrivá de Balaguer revalorizó el trabajo otorgándole valor inmenso. Tan profundo era su amor al trabajo que le llevó a decir: si alguno de vosotros no amara el trabajo, ¡el que le corresponde!, si no se sintiera auténticamente comprometido en una de las nobles ocupaciones terrenas para santificarla, si careciera de una vocación profesional, no llegaría jamás a calar en la entraña sobrenatural de la doctrina que expone este sacerdote, precisamente porque le faltaría una condición indispensable: la de ser un trabajador.

Tan inhumano resulta pensar que el hombre es sólo trabajo, como negar la obligación universal de ser trabajador. Oficios y profesiones acompañan inseparablemente la andadura terrena de las personas, son elemento común para relacionarnos con nuestros semejantes y con quien nos ha creado a Su semejanza, con Dios. Si trabajadores debemos ser todos los hombres, si el quehacer laboral es motor de relaciones sociales, si no existe un bien más universal que el trabajo, ¿no es lógico que el trabajo sea el crisol habitual donde se funden vida natural y vida sobrenatural? Esta lógica divina y humana fue proclamada por Mons. Escrivá de Balaguer recordando la llamada universal a la santidad.

Non recuso laborem!

Hablar de trabajadores y de trabajos implica invocar a la libertad, pues sólo el hombre libre, con autonomía en su laborar, merece el noble título de trabajador. Quien separa trabajo y libertad, abre puertas a la esclavitud. La libertad es indispensable para conseguir que el trabajo se multiplique en nuevas formas de satisfacer necesidades, haciendo de la división del trabajo mucho más que un modo de especializar los quehaceres del hombre. Gracias a la libertad el trabajador promueve nuevos trabajos, y participa en la continuada actividad creadora. La división del trabajo no significa dividir el concepto de trabajador. Lo natural en el hombre es trabajar, esforzarse para alcanzar un resultado, pero el resultado material no es única medida del trabajador, sino medio para que Dios mida.

Trocear la esencia del hombre que trabaja equivaldría a enmendar la página de la Creación, donde todas las personas están inscritas con igual título: hijos de Dios. La radical igualdad del trabajador ante su Supremo Hacedor, se proyecta en la igual consideración del trabajo. Como señalaba Mons. Escrivá de Balaguer, es hora de que los cristianos digamos muy alto que el trabajo es un don de Dios, y que no tiene ningún sentido dividir a los hombres en diversas categorías según los tipos de trabajo considerando unas tareas más nobles que otras. Universal es la igualdad del trabajo porque pueden ser divinos todos los caminos de la tierra, todos los estados todas las profesiones todas las tareas honestas. Desde aquel dos de octubre de 1928, lo que para muchos era impensable se hizo asequible, aunque no cómodo o fácil. Fue como si la imagen del trabajo -humana y divina a la vez- se enfocara con nitidez, fijando una nueva dimensión que siete lustros después sería acogida, con gozo y esperanza, por el Concilio Vaticano II.

La visión positiva y animosa que lleva a definir el trabajo como un don de Dios, no excluye el esfuerzo y la fatiga, esa fatiga que -como señalaba recientemente Juan Pablo II- es creativa por cuanto el trabajo, a la vez, forma al hombre y en cierto modo lo crea. En la vida de Mons. Escrivá de Balaguer se comprueba la eficacia creadora de su trabajo. Trabajó mucho y bien, animando a poner como medida del trabajo trabajar sin descanso, pues el hecho de descansar debe suponer atender tareas que reclaman otro tipo de esfuerzo. Porque fue muy exigente consigo mismo, pudo rechazar, con plena equidad, la chapuza, la inconstancia y la labor inacabada por holganza o desidia, estimulando a trabajar como el mejor y, si fuera posible, mejor que el mejor. Fijó para el tiempo un valor superior al del oro, de ahí que el hombre no deba perder o despreciar ni un segundo. Tiempo y trabajo tienen valor de eternidad, y tan elevada dignidad se fundamenta en la íntima inserción del trabajo en la Voluntad de Dios que lo asume, lo hace Suyo, cuando el trabajador lo ofrenda como humilde correspondencia a su participación en la tarea creadora.

El trabajo se hace más humano cuando se dirige a lo divino, y adquiere dimensión sobrenatural, mediante la gracia de Dios, al realizarlo con perfección humana. Desde esta perspectiva, todos los trabajos llevan impreso el carácter de originalidad. Las manos del trabajador pueden repetir mil veces el mismo movimiento, y cada movimiento puede adquirir un irrepetible valor humano y sobrenatural. Es regla de oro para alcanzar ese resello de autonomía y de singularidad, que el trabajo sea ocasión para relacionarse con Dios, donde está presente el amor y no cabe la rutina. Aparece una nueva forma de división del trabajo, singularizado en tantos actos como sean capaces de elevar la mente y el corazón del hombre en su tarea, convirtiendo cada uno de ellos en algo nuevo, único, original, distinto, como distintas son las gotas de agua que hilvana la lluvia.

Ponderar el mensaje espiritual del Primer Gran Canciller de esta Universidad sobre el trabajo, es ocasión próxima de apasionarse por la profesión o el oficio, y de entender la necesidad de trabajar más y mejor. En la intimidad gustaba repetir la frase pronunciada hace mil seiscientos años en un pueblecito francés -Candes-, allá donde confluyen las aguas del Vienne y del Loira: non recuso laborem! Disculpadme si rememoro una historia, sin duda conocida por muchos de vosotros.

En el siglo IV de nuestra era vivió en la Galia un militar de la guardia imperial que, un buen día, partió su capa para entregar la mitad a un pobre. Así nos representa la iconografía a San Martín, Obispo de Tours. Cuenta la historia que al final de su vida los discípulos le pidieron que asumiera nuevas tareas, a lo que contestó con estas palabras: «Señor, si todavía soy necesario a tu pueblo, no rehúso el trabajo». Aquel non recuso laborem cobra universalidad en la vida y en el mensaje de Mons. Escrivá de Balaguer: nunca rehusó el trabajo, sirvió con fidelidad para hacer de mano tendida por Dios a fin de que ningún trabajo, ningún trabajador cabal, quedara recusado de los caminos de santidad.

Noble fatiga creadora

Si la memoria del hombre es frágil para recordar el origen y el fin del trabajo, también la voluntad es débil cuando de trabajar se trata. Ciertamente la imaginación humana no ha volcado alegría y optimismo sobre el concepto de trabajo, comenzando por el significado etimológico del término, que invoca traba u obstáculo (trabs) o, en consideración más siniestra, instrumento de tortura compuesto por tres palos (tripaliare). La elección entre obstáculo o tortura, no deja mucho margen para la visión positiva y esperanzada del laborar humano. Por otra parte, la doctrina económica clásica sobre el trabajo tampoco abre puertas al optimismo, pues contrapone el trabajo a una «cosa» -el capital- y le fija como meta la producción de riqueza. Con tales presupuestos, fácilmente se comprende que el trabajo sea configurado por algunos como pena, castigo, o precio impuesto para vivir en la tierra, y el hombre busque tareas en las que el esfuerzo sea mínimo, estimando como un éxito encontrar sustitutivos que atenúen la carga; algo parecido a la propuesta que formulan ciertos estudiantes en vísperas del examen final: hacer un «trabajo» en lugar de examinarse. Por fortuna la sociedad de nuestro tiempo cada vez es más sensible a valorar el trabajo, quizá porque comienza a escasear. Sin embargo, todavía no se ha borrado la visión pesimista que llena de angustia y tristeza el laborar humano.

La enseñanza sobre el trabajo que Mons. Escrivá de Balaguer ha legado a la humanidad, está empapada de serena alegría y visión alentadora, sin excluir el dolor que el trabajador puede llevar consigo. El dolor no es ajeno a los designios divinos, entra en los planes de Dios. Esa es la realidad aunque cueste entenderla. El trabajo realizado en ámbitos de libertad, fatiga pero no aliena, gasta al hombre pero no anula su personalidad. A lo largo de la historia del trabajo no han faltado quienes lo manipularon revistiéndolo de sentido destructor. Supondría cerrar los ojos a la realidad desconocer que con el trabajo se han cometido, y cometen, injusticias al trabajador; pero la maldad está en el hombre, no en el trabajo. A poco que se analicen esas situaciones injustas, se encontrarán comportamientos egoístas generadores de tristeza. Para nuestro primer Gran Canciller, el trabajo es una estupenda realidad, noble fatiga creadora de los hombres. Con imagen expresiva, llena de fino sentido del humor, definió el trabajo en el Opus Dei como una enfermedad crónica, contagiosa, incurable y progresiva. Ante esa «enfermedad» no cabe poner cara de víctima ni evadirse.

Su visión del trabajo está llena de sentido humano y sobrenatural, es realista y esperanzada, sin utopías ni ensoñaciones bobaliconas. Toma como punto de partida la bondad natural de las cosas creadas, de todos los aconteceres honestos. Desde ahí abre al trabajador un inmenso panorama con singular poder de atracción: cualquier oficio o profesión tiene virtualidad de ser encuentro de la criatura con su Creador. Es una cita encubierta que corresponde al hombre descubrir. El trabajo se convierte en aventura, donde el riesgo del esfuerzo y del cansancio, recibe como premio el hallazgo de la huella de Dios. Es un algo indubitable pero ignorado, oculto y conocido a la vez, recreación para quienes apuestan por el mundo sin jugar a ser mundanos. Quien permanece a la espera tiene posibilidad de encontrar lo esperado; pero aquel que busca con constancia y está en constante descubierta, tiene la seguridad de descubrir lo buscado. La aventura del trabajo no está en esperar a Dios, sino en correr a su encuentro, en afanarse por realizar con la mayor perfección posible el deber de cada instante, casi siempre desde el silencio.

Tan verdad es que el hombre ha sido creado para que trabajara, como que no ha sido creado para que estuviera triste trabajando. Como no existe una situación intermedia entre la alegría y la tristeza -pues la indiferencia es un modo triste de vivir-, trabajo y alegría no sólo son compatibles sino que son inseparables, y la aventura del trabajo es alegre aventura. El verdadero trabajo, cansa y alegra a la vez, mas la alegría siempre adelanta al cansancio cuando hasta en el más pequeño quehacer se intenta descubrir ese «algo divino» que en los detalles se encierra.

Dijo un poeta francés, «sólo amo el trabajo del trabajo», dando a entender de este modo su predilección por el laborar consciente, reflexivo y tenaz, no improvisado ni espontáneo. El esfuerzo del trabajo tiene la belleza de cuanto es arduo y supone conquista del hombre que, al compás de la fatiga, va desarrollando su propia personalidad. Mediante el trabajo -dice Juan Pablo II- el hombre no sólo transforma la naturaleza adaptándola a las propias necesidades, sano que se realiza a sí mismo como hombre, es más, en cierto sentido se hace más hombre. Manifestación del crecimiento de la personalidad del hombre, es la impronta de solidaridad en todo lo que realiza. En la entraña del trabajo está su carácter solidario que busca el bien temporal de la humanidad entera. Si el trabajo se agotara en el trabajador, afloraría el egoísmo que borra el servicio solidario; no sería auténtico trabajo. Porque el trabajo es servicio a los demás, se deben poner todos los medios para que desaparezca cualquier atisbo de insolidaridad. Son dos las situaciones extremas de insolidaridad ante el trabajo. Una la padece quien quiere trabajar y no encuentra trabajo; otra, quien abusa de la solidaridad ajena y, teniendo posibilidades de encontrar empleo, se niega a trabajar. A quien no tiene empleo se le priva de un derecho de la persona: el derecho a trabajar. Al vago -que ése es su nombre- es preciso fustigarle para que no continúe atentando contra el más fundamental de los principios de la equidad. el del trabajo.

Vivir la solidaridad es dar trabajo, procurar que todos trabajen, esforzarse por que aumente el número y calidad de los trabajos, ayudar a los demás en su trabajo y con el propio trabajo. Un lema del Fundador de esta Universidad, sintetiza el espíritu solidario en el trabajo: hacer, hacer hacer, dar quehacer. Pocos de nuestros contemporáneos han contribuido tanto a promover trabajo y a trabajar más. Quizá algún profesional o experto de la estadística -esas personas a quienes gusta cifrar o cuantificar las realizaciones humanas-, podría intentar dar respuesta a una pregunta que en mas de una ocasión me he planteado: ¿cuántos millones de horas de trabajo ha aportado, y continúa aportando a la humanidad, el ejemplo y el mensaje espiritual de Mons. Escrivá de Balaguer? Si difícil fuera dar contestación a esta pregunta, en cambio resulta fácil comprobar que vivió la solidaridad en grado sumo, porque hizo de toda su vida un constante servicio a los demás. También en este punto su vida es reflejo de sus palabras: yo la solidaridad la mido por obras de servicio.

Con felicidad de poeta, con seguridad de maestro

Conocer la vida ejemplar de un hombre de Dios, exige prestar atención a los detalles y modos de actuar en su quehacer cotidiano. ¿Cómo trabajaba Mons. Escrivá de Balaguer? Las almas grandes viven con fidelidad cuanto predican, por eso quiero traer al recuerdo un texto que escribió hace más de medio siglo, donde con profundidad y belleza delinea cómo debe actuar profesionalmente un cristiano: con sabiduría de artista, con felicidad de poeta, con seguridad de maestro, y con un pudor más persuasivo que la elocuencia, buscando -al buscar la perfección cristiana en su profesión y en su estado en el mundo- el bien de toda la humanidad. Así trabajaba el Fundador del Opus Dei.

Con el paso de los años, las personas que esforzadamente rinden su inteligencia en servicio del Espíritu, se ven inundadas por la Sabiduría divina. En premio reciben luces para ver nuevas realidades -dones gratuitamente otorgados- que completan y elevan hacia las más altas cotas la espiritualidad que están sembrando por el mundo. Mons. Escrivá de Balaguer puso especial empeño en mostrar que la Misa constituye el centro y la raíz de la vida espiritual del cristiano. En su constante avanzar de contemplativo en medio del mundo -desde el trabajo y con el trabajo-, después de tantos años, aquel sacerdote hizo un descubrimiento maravilloso: comprendió que la Santa Misa es verdadero trabajo: «operatio Dei», trabajo de Dios. Y ese día, al celebrarla, experimentó dolor, alegría y cansancio. Sintió en su carne el agotamiento de una labor divina. Con ese descubrimiento maravilloso el Fundador de esta Universidad llevó el trabajo a lo más íntimo y sublime del vivir cristiano, allí donde el sacerdote pone en sus manos a Dios, y Dios demanda la colaboración de la palabra del hombre. De algún modo inefable, el trabajo entrelaza la adoración, el sacrificio y la alabanza, a la Divinidad.

Sabiduría, seguridad, pudor más persuasivo que la elocuencia, felicidad. Estas palabras cobran eco en una historia que contaba en forma de parábola, con prosa poética. El protagonista es un pequeño animal, de esos que los humanos calificamos como «de carga»: un borrico; concretamente el borrico que gasta su vida entre tañer de cangilones y saltar de agua, dando vueltas a la noria. Admiraba a esa pequeña bestia de carga, sobre todo por una cosa: porque trabajaba. Con la reciedumbre del alma curtida en alegrías y sufrimientos, quiso que esa historia tuviera un final feliz, porque -decía- la historia de mi borrico termina bien: muere trabajando. Aquella mañana del 26 de junio de 1975 -ahora hace diez años- Dios quiso culminar la andadura terrena de Mons. Escrivá de Balaguer, y lo llamó en un lugar bien preciso: en el cuarto donde solía trabajar.

Llega el momento de cerrar este solemne acto académico, celebrado cuando se cumple el décimo aniversario del fallecimiento de Mons. Escrivá de Balaguer. Por mucho que alargáramos nuestras palabras, resultarían pobres para reflejar el homenaje de gratitud que esta Corporación desea tributar a quien ha sido -es y será- el primer universitario de la Universidad de Navarra. Somos conscientes de poseer un inestimable legado de doctrina y espíritu que obliga con toda la fuerza de la generosidad fundacional. Un modo de hacer llegar gratitudes al cielo, es incorporar a nuestro quehacer el mejor patrimonio que siempre tendrá la Universidad de Navarra: el ejemplo y las enseñanzas de su Fundador.