Amor a la Universidad

Álvaro d'Ors 
Homenaje a Mons. Josemaría Escrivá. 26-VI-1985

Su «amor a la Universidad»: éste es el tema. Un modo de referirnos a un hondo sentimiento personal de Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei, cuyo dies natalis piadosamente conmemoramos, y de aludir también a lo que su mensaje espiritual ha podido significar para la historia de la institución universitaria en general. 

Conviene destacar aquí cómo siendo la espiritualidad propia del Opus Dei, cada día difundida en el orbe cristiano, una espiritualidad eminentemente laical, ese amor suyo a la Universidad se refería a todas las universidades en general, y, por ello mismo, muy principalmente, a las establecidas, organizadas y mantenidas por el Estado. La forma más expresiva de ése su amor por las universidades estatales se manifestó desde muy pronto en la constante creación de Residencias y Colegios Mayores, con cuya actividad se venía a completar la labor educativa de esos centros oficiales. Porque no se trataba de discriminar instituciones por su diferente estatuto, sino, antes bien, de abrir para toda la sociedad, y en concreto para los centros universitarios ya existentes, nuevas vías de progreso en la condición espiritual y moral del estudio universitario de los futuros profesionales. Lo que tantas veces repetía Mons. Escrivá: los cristianos hemos de ser levadura de una masa común, se cumple en estos Colegios Mayores, acogidos a un régimen legal ordinario, que había sido restablecido en España hará ya más de cuarenta años. Cada uno de esos Colegios y Residencias de estudiantes fue como la concreta expresión de amor al estudio de los universitarios. Esto era explicable, porque Mons. Escrivá, aparte de sus estudios eclesiásticos, había cursado igualmente los de la Universidad civil, y así se sentía íntimamente, también él, un universitario más. Sus doctorados ordinarios y honoríficos fueron como la señal del reconocimiento oficial de ésta su condición de universitario.

No movió al Fundador, para poner en marcha esta Universidad de Navarra, el deseo de hacer otra nueva, en competición con las ya existentes, o de suplir sin más un vacío universitario regional, sino una razón mucho más elevada, como era la de promover una iniciativa apostólica en colaboración con las demás universidades, para la santificación del estudio universitario. Todo lo demás, la posible perfección con la que se ha querido realizar el trabajo en esta Universidad, a pesar de las múltiples deficiencias personales y materiales, no tienen razón de ser por sí misma, sino en función de aquella santificación del trabajo universitario, que obedecía a una muy especial voluntad de Dios y que el fundador no hizo más que seguir con ejemplar fe y sublime docilidad. Sólo ese más alto fin apostólico podía justificar el esfuerzo de crear algunas nuevas universidades en distintas partes del mundo.

Este carácter en cierto modo excepcional de la promoción de centros de estudio universitario explica que se aproximaran más a la antigua idea medieval de universidades extraterritoriales, como fueron las más antiguas, antes de que surgiera la tendencia territorialista del siglo XIV. A esta reminiscencia del más genuino carácter extraterritorial de la universidad parece corresponder también el hecho anecdótico pero significativo de que las Facultades de la de Navarra iniciaran su existencia al estilo de aquellas primeras medievales; así, la de Derecho, alojada en un edificio civil cedido por el gobierno regional; la de Medicina, en un hospital de beneficencia pública; y la de Teología, en un recoleto ángulo del claustro catedralicio. Se repetía de este modo la historia de los «estudios generales» de la Edad Media, que tampoco habían empezado su existencia en locales propios, sino como agrupaciones personales de maestros y alumnos accidentalmente asentados en locales ajenos, hasta que las mismas exigencias les vinieron a dar sus propias sedes más estables. Todavía hoy, el gran conjunto de edificios de la Universidad de Navarra en Pamplona se aloja en esta especie de pequeño edén que es el Campus, pero éste es también un ameno parque público abierto a todo el mundo.

El mismo hecho de que algunas dependencias de la Universidad se hallen localizadas en ciudades e incluso naciones distintas es una manifestación más de esta concepción no-territorial de los centros universitarios promovidos por miembros del Opus Dei.

Esta desvinculación de unos límites territoriales parece ajustarse mejor a la espiritualidad del Opus Dei, que no se concibe encerrada entre unos muros de edificación: porque el Opus Dei no es propiamente una Casa, ni un Claustro, sino que se abre al mundo como un verdadero «Camino». Esta palabra que resulta hoy tan familiar por ser el título de un libro de Mons. Escrivá de Balaguer leído por millones de lectores de todas las lenguas, es la que da una mejor idea, no sólo de lo que el Opus Dei ha significado en la historia de la Iglesia -un camino para la santificación del trabajo ordinario-, sino también la razón de sus eventuales universidades, que también ellas son caminos para la santificación del estudio universitario. Porque, en definitiva, ése su amor a la universidad al que nos referimos es una concreción especial de ese otro más amplio amor al mundo, a ese mundo que fue creado bueno por Dios, y al que el Fundador, en la conocida «Homilía del Campus», proclamaba amar apasionadamente.