Amor a la Iglesia

Pedro Lombardía 
Homenaje a Mons. Josemaría Escrivá. 26-VI-1985

El título de esta intervención -Amor a la Iglesia- no es mío. Me fue sugerido por el Rector Magnífico de la Universidad de Navarra cuando me invitó a hablar en este acto. Puedo, por tanto, elogiarlo sin inhibiciones: amor es, en efecto, la única palabra adecuada para sintetizar la actitud radical con que Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer vivió su condición de miembro de la Iglesia militante o peregrina. Amor humano y caridad sobrenatural en una pieza. Caridad teologal encarnada en un corazón aragonés, grande y generoso. 

Si contemplamos su existencia terrena con una mirada que la abarque por completo y, al mismo tiempo, esté atenta a los detalles, advertimos en el progresivo desarrollo de su personalidad un ininterrumpido movimiento de la voluntad para poner en juego las fuerzas humanas en el ejercicio de la Caridad infusa, recibida en la Catedral de Barbastro, con el sacramento del bautismo.

El crecimiento biológico y psicológico se entreteje en su vida con la aventura de la santidad. De sus días de niño en trance de recibir la Primera Comunión datan los primeros actos suyos de los que tengo noticia, en los que con silencio heroico aceptó el dolor físico como mortificación pasiva. Durante el periodo de la adolescencia experimentó lo que solía llamar «barruntos» del Amor divino. En el tramo final de su caminar terreno se funden el ofrecimiento de su vida por la Iglesia en crisis y el anhelo por ver el rostro de su Señor.

Amor a la Iglesia. El amor estuvo presente en su vida con dos paradójicos rasgos: es global, unitario, totalizante; no admite excepciones ni fisuras, porque reclama fidelidad absoluta; pero es también tangible y concreto: se manifiesta en cada uno de los pequeños actos de la vida cotidiana, hechos grandes por el amor.

De aquí que su sensibilidad eclesial fuera unitaria, por ser la síntesis de múltiples facetas, que concurren en armónica sintonía, como la talla de un diamante. El asunto es importante y lo es siempre, en cualquier momento; pero adquiere el valor de un testimonio precioso en nuestros días, en los que no faltan impulsos hacia determinados aspectos del Misterio de la Iglesia, impetuosos hasta el desgarro; pero que se descalifican por unilaterales, ya que implican olvidos de otras exigencias no menos esenciales. Mons. Escrivá de Balaguer ofreció en su vida una lección de eclesiología práctica, que es serena, no por descomprometida o cautelosa, sino por su delicada armonía. Nunca sus ímpetus hacia cada dirección del complejo panorama que al cristiano se abre, fueron en detrimento de la atención debida a los restantes puntos cardinales. Pero cada una de sus palabras y acciones tenía tal intensidad, que difícilmente podía situarla en su contexto, lleno de riqueza humana y sobrenatural, quien las contemplase -o se permitiera enjuiciarlas- sin meditar, al mismo tiempo, en el sentido de su unidad de vida.

Un pecador que ama a Jesucristo

Se definió a sí mismo, en multitud de ocasiones, con profunda humildad, como un pecador que ama a Jesucristo. Hay que pensar a fondo en el contenido de esta frase.

Por de pronto, pone de manifiesto el tema clave de la santidad de la Iglesia, siempre fuente de gracia en la eficacia de los sacramentos y, sin embargo, cargada en su peregrinar histórico por el peso de las debilidades de los hombres, tan grande, que necesita del ininterrumpido auxilio del Espíritu Santo, para no decaer, entre las tribulaciones del camino, de la fidelidad nupcial que debe a su Señor.

Para la comprensión de la Iglesia y de su eficacia salvadora son fundamentales unas palabras del Señor: «No vine para llamar a los justos, sino a los pecadores para que se arrepientan». Mons. Escrivá de Balaguer se autodefinía como un pecador, que considera a los actos de contrición como la mejor de las devociones. Le complacía hacer muchas veces -incluso repetidas veces en cada jornada- el papel de hijo pródigo. Recibió con frecuencia, al menos cada semana, el sacramento de la Penitencia. Experimentó un gran dolor cuando en la Iglesia algunos abandonaron el uso de este sacramento, hizo -y enseñó a hacer- una gran catequesis de la confesión sacramental y pidió al millar largo de hijos suyos, que durante su vida llegaron al sacerdocio, dedicar lo mejor de sus fuerzas a este ministerio.

El título de pecador, como punto de partida de una vida santa, es el fundamento sólido de la incansable actividad de su alma enamorada. Busca a Cristo a lo largo de toda su vida, a todas horas y en todas las personas y las cosas y ve en el Pan y en la Palabra, en la Eucaristía y en la oración, las ocasiones privilegiadas para el encuentro.

El trato con la Humanidad de Cristo es su tarea preferida -en definitiva la única, porque consigue hacerlo en todas las circunstancias- y el camino de oración que enseña a multitud de almas: vivir las escenas del Evangelio, ser en ellas un personaje más, ofrecer a Jesús Sacramentado la confianza y afecto que el Señor, en su peregrinar por los caminos de Palestina, encontraba en el hogar de Lázaro y sus hermanas en Betania. Oración contemplativa, para quienes quieren amar a Cristo sabiéndose pecadores, que encontramos cálidamente sugerida en un libro -Santo Rosario- y en multitud de textos de otros escritos suyos. Impulsó a las almas al trato con Cristo, que siente hambre y sed, que se fatiga en el camino, que enseña humildad en Belén, dedicación al trabajo en Nazaret, bienaventuranzas en el sermón de la montaña, entrega incondicionada en la Cruz, esperanza de la vida definitiva en su gloriosa resurrección; siempre serenidad, paz, alegría, amor a todos y predilección por los niños, los enfermos, los pobres, los pecadores. La vida cristiana de Mons. Escrivá de Balaguer fue -y no es una tautología- vida de trato amoroso con Cristo, que es maestro, médico y, sobre todo, un amador que reclama una amorosa respuesta.

Cuanto acabo de decir es algo bien conocido de cuantos trataron a Mons. Josemaría Escrivá o han leído alguno de sus escritos. Era, sin embargo, necesario repetirlo ahora, al hablar de su amor a la Iglesia. Su eclesiología vivida es, ante todo y sobre todo, una cristología, que cada creyente ha de aprender meditando el Evangelio, en una oración que no puede quedarse en mera reflexión; sino que ha de llevar a la apertura suplicante del alma, que se sabe en diálogo personalísimo con su Señor. De aquí su insistencia en que se evite, en el trato divino, cualquier tendencia hacia el anonimato, encubridor de cautelas respecto de las exigencias del Amor.

Este trato con Cristo nos descubre el sentido más profundo de su ser: es verdadero Dios y verdadero hombre. El misterio de la doble naturaleza en la unidad de persona lo meditó profundamente Mons. Escrivá de Balaguer, comprometiéndose íntimamente en ello y viviéndolo al mismo tiempo in Ecclesia.

Dios, uno y trino

Hay en su alma un eco de aquella petición que hace Felipe en la prolongación de la primera Celebración Eucarística de la Iglesia naciente: «¡Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta!». No faltó la clara respuesta del Maestro: «¿Tanto tiempo con vosotros, Felipe, y aún no me habéis conocido? Quien me ve, ve también al Padre». Esta enseñanza de Jesús, que se amplía en los versículos siguientes del cuarto Evangelio, la recibió nuestro primer Gran Canciller, como todos los cristianos de todos los tiempos, leída en la Iglesia, gracias a las afirmaciones cristológicas y trinitarias de los primeros Concilios Ecuménicos y de los Padres de la Iglesia. Y este legado lo asume en su alma como un camino hacia la Trinidad, al mismo tiempo personalísimo y comunitario.

El trato íntimo, personal, con Jesús, María y José -a los que llamaba la Trinidad de la tierra- era su camino para ir también al trato íntimo y confiado con cada una de las Personas divinas.

¿Intimismo? Digamos mejor intimidad de alma enamorada, que se sabe -en la presencia de la Santísima Trinidad- uno de los fieles congregados en la Iglesia. En la Tradición eclesiástica -en los símbolos y en las doxologías- encontraba las palabras de su silencioso y activo coloquio, que a su vez le llevaban a la recitación piadosa de estos textos en las acciones litúrgicas.

Dos profesores de esta Universidad recordarán muy bien un rato de conversación con don Josemaría Escrivá, hace ya unos quince años. Se palpaba que, para él, cada instante del acto litúrgico por excelencia de la Iglesia -la celebración eucarística- era de personal coloquio con Dios Uno y Trino. A su vez, los textos de las colectas, las lecturas, los símbolos, las doxologías eran materia frecuente de su oración personal. Esta síntesis entre textos repetidos millones de veces por fieles de todos los tiempos y movimientos amorosos de una voluntad, que se elevaba a Dios en silencio, en medio de una existencia hecha de continuo e intenso trabajo, explica muchas cosas, entre ellas los cimientos mismos de su eclesiología y que su piedad fuera, al mismo tiempo, tan litúrgica y tan personal. Repitió muchas veces que hay que tener piedad de niños y doctrina de teólogos. El fondo de este programa se entrevé cuando nos damos cuenta que era el mismo hombre quien acunaba dulcemente la imagen del niño Jesús de las monjas de Santa Isabel y, quien hacia oración piadosa y encendida de los abstractos versículos del Símbolo atanasiano. Quien se daba cuenta -para entender el valor de la Tradición- que la reunión de un representante de cada generación cristiana, desde la que escuchó con sus oídos la predicación del Señor hasta la actual, cabría holgadamente en una sala de mediano tamaño, y quien fomentaba el canto de la Doxología mayor o del Símbolo niceno-constantinopolitano antes de la bendición con el Santísimo. Quien «asaltaba» sagrarios caminando por las calles de las ciudades o viajando por las carreteras y quien insistía en que la Santa Misa es el centro de la vida interior.

De la contemplación de Cristo, nacido de mujer y obediente a José en el trabajo cotidiano, a la adoración de la Trinidad. Esta era la línea maestra de una eclesiología, que sólo tiene sentido a luz de la fe.

"Materialismo cristiano"

El engarce de esta perspectiva, eterna y trinitaria, con el humanismo de su modo de entender la vida del cristiano, está en la contemplación de Jesús hombre, cuya biografía se encontraba resumida en algunos textos del Nuevo Testamento: «les estaba sujeto»; «todo lo hizo bien»; «pasó haciendo el bien».

Su primer Gran Canciller legó a esta Universidad muchas cosas: el impulso fundacional; el espíritu que informa la vida académica; la imagen de la Virgen que se venera en la ermita; prudentes medidas de gobierno, algunas de histórica importancia; discursos en actos académicos llenos, al mismo tiempo, de personales aportaciones y de sensibilidad a los rasgos permanentes deja institución universitaria; la fuerza inagotable de su oración y de su afecto. Entre todas estas riquezas quisiera recordar ahora, por ser fundamental para comprender su visión de la Iglesia, la homilía que pronunció el día 8 de octubre de 1967 ante el Edificio de bibliotecas de este campus. Muchos de vosotros participasteis en aquella celebración eucarística. Resonará, por tanto, en vuestras almas el tono de su voz, que la frialdad de la cita de unos textos no puede reproducir.

Ante todo la perspectiva eterna: «Celebramos la Sagrada Eucaristía, el sacrificio sacramental del Cuerpo y de la Sangre del Señor, ese misterio de fe que anuda en sí todos los misterios del Cristianismo. Celebramos, por tanto, la acción mas sagrada y trascendente que los hombres, por la gracia de Dios, podemos realizar en esta vida: comulgar con el Cuerpo y la Sangre de Cristo viene a ser, en cierto sentido, como desligarnos de nuestras ataduras de tierra y de tiempo, para estar ya con Dios en el Cielo, donde Cristo mismo enjugará las lágrimas de nuestros ojos y donde no habrá muerte, ni llanto, ni gritos de fatiga, porque el mundo viejo ya habrá terminado».

Esta comprensión de la Eucaristía, que significa y realiza la unidad de la Iglesia, como la raíz misma del horizonte eterno de la esperanza cristiana, nada tiene que ver, sin embargo, con alienaciones que descomprometan de los problemas terrenos.

El mismo lo dijo con diáfana claridad en aquella inolvidable ocasión: «Esta verdad tan consoladora y profunda, esta significación escatológica de la Eucaristía, como suelen denominarla los teólogos, podría, sin embargo, ser malentendida: lo ha sido siempre que se ha querido presentar la existencia cristiana como algo solamente espiritual -espiritualista, quiero decir-, propio de gentes puras, extraordinarias, que no se mezclan con las cosas despreciables de este mundo, o, a lo más, que las toleran como algo necesariamente yuxtapuesto al espíritu, mientras vivimos aquí». Poco después añadía con impresionante fuerza: «En esta mañana de octubre, mientras nos disponemos a adentrarnos en el memorial de la Pascua del Señor, respondemos sencillamente que no a esa visión deformada del cristianismo».

Y tras la resuelta negación, el núcleo positivo de su mensaje: «... allí donde están nuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo. Es, en medio de las cosas más materiales de la tierra, donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres».

Esta afirmación lleva consigo multitud de consecuencias, que respondiendo a una misma raíz, se han de aplicar en distintas facetas de la comprensión de la existencia cristiana.

Señaló el núcleo mismo del diálogo Iglesia-mundo, que sólo puede ser entendido con verdadera fuerza a partir del misterio de la Encarnación del Verbo, que al ser fuente de la eficacia sacramental, nos da la medida de un compromiso con el mundo, por completo opuesto a evasiones por alienación: «El auténtico sentido cristiano -que profesa la resurrección de toda carne-, se enfrentó siempre, como es lógico, con la desencarnación, sin temor a ser juzgado de materialismo. Es lícito, por tanto, hablar de un materialismo cristiano, que se opone audazmente a los materialismos cerrados al espíritu». La acuciante actualidad eclesial del texto que acabo de citar, la engarzó sin violencia con la tradición sacramentaria de la mejor eclesiología: «¿Qué son los sacramentos -huellas de la Encarnación del Verbo, como afirmaron los antiguos- sino la más clara manifestación de este camino, que Dios ha elegido para santificarnos y llevarnos al Cielo? ¿No veis que cada sacramento es el amor de Dios, con toda su fuerza creadora y redentora, que se nos da sirviéndose de medios materiales? ¿Qué es esta Eucaristía -ya inminente- sino el Cuerpo y la Sangre adorables de nuestro Redentor, que se nos ofrece a través de la humilde materia de este mundo -vino y pan-, a través de los elementos de la naturaleza, cultivados por el hombre, como el último Concilio Ecuménico ha querido recordar?».

Apostolado en medio del mundo

Esta radical interpretación del encuentro en la Iglesia de lo divino y lo humano, de lo espiritual y de lo material, no se queda, sin embargo, en los etéreos campos de la filosofía de la cultura o de la teología política, como algo sólo comprensible para cristianos de élite; constituye además un programa de vida, que ha de impulsar la acción apostólica que la Iglesia realiza a través de sus fieles, inmersos en el mundo, de las más diversas condiciones y oficios.

Habló de ello -e impulsó a vivirlo- en multitud de ocasiones. Baste recordar estas palabras de una homilía suya, predicada el Domingo de Resurrección de 1967: «Nuestra misión de cristianos es proclamar esa Realeza de Cristo, anunciarla con nuestras palabras y con nuestras obras. Quiere el Señor a los suyos en todas las encrucijadas de la tierra. A algunos los llama al desierto, a desentenderse de los avatares de la sociedad de los hombres, para hacer que esos mismos hombres recuerden a los demás, con su testimonio, que existe Dios. A otros, les encomienda el ministerio sacerdotal. A la gran mayoría, los quiere en medio del mundo, en las ocupaciones terrenas. Por lo tanto, deben estos cristianos llevar a Cristo a todos los ámbitos donde se desarrollan las tareas humanas: a la fábrica, al laboratorio, al trabajo de la tierra, al taller del artesano, a las calles de las grandes ciudades y a los senderos de montaña».

La santificación de las realidades terrenas

«A la gran mayoría -acabamos de recordar estas palabras suyas-, los quiere en medio del mundo, en las ocupaciones terrenas». Pero no se trata sólo de estar inmerso en el tejido de las relaciones sociales. Para ello basta nacer y dejarse llevar por los impulsos del ambiente y por los deseos del corazón y de los sentidos; pero si se está así, pasivamente, no se llevará a nadie hacia Cristo. Me parece que el nervio de su mensaje consistió en descubrir al cristiano que el único camino no es llevar al mundo un vigor espiritual, adquirido apartándose de él, sino que es posible también que las propias realidades profanas, no sólo sean obstáculo para la unión con Dios, sino que se conviertan en medio propicio para lograrla.

Las realidades creadas han hablado del Creador, a lo largo de los siglos, a las almas contemplativas cuando han sabido apartarse del bullicio y admirar la belleza del firmamento y de la tierra. San Pablo, haciéndose eco de las primeras páginas del Antiguo Testamento, escribió a Timoteo que todas las criaturas de Dios son buenas. «Los cielos -cantó el salmista- narran la gloria de Dios y el firmamento anuncia las obras de sus manos». Durante siglos, la Iglesia ha aconsejado convocar a toda la creación, que existiendo bendice al Señor, para agradecer el don de la Eucaristía mediante la recitación del canto de los tres jóvenes, que recogió el profeta Daniel. Francisco de Asís, experimentaba el gozo de ser criatura de Dios llamando hermanos al sol, a la luna, a la tierra, a los animales... ¡Es, sin embargo, tan difícil al hombre de nuestro tiempo alzar la mirada al firmamento, observar el rocío sobre las plantas y oír el canto de las aves! Y, sin embargo, Mons. Escrivá de Balaguer, a lo largo de toda su vida, enseñó a los hombres a ser contemplativos entre el fragor de la sociedad industrializada, sobre el asfalto de nuestras ciudades, con el sudor del trabajo que transforma la naturaleza creada. Dios quiso -y este misterioso designio es ya una gracia para todos los cristianos- que uno de los momentos de mayor plenitud espiritual de su vida transcurriera mientras viajaba en un tranvía por las calles madrileñas. Allí repitió muchas veces las palabras de San Pablo Abba, Pater, en las que la experiencia de la filiación divina se expresa con un infantil balbuceo.

La homilía del campus es quizás la fuente más expresiva de este dato de su mensaje, capital para entender el sentido profundo de su amor y le su servicio a la Iglesia:

«Lo he enseñado constantemente con palabras de la Escritura Santa: el mundo no es malo, porque ha salido de las manos de Dios, porque es criatura suya, porque Yahvé lo miró y vio que era bueno. Somos los hombres los que lo nacemos malo y feo, con nuestros pecados y nuestras infidelidades. No lo dudéis, hijos míos: cualquier modo de evasión de las honestas realidades diarias es para vosotros, hombres y mujeres del mundo, cosa opuesta a la voluntad le Dios.

»Por el contrario, debéis comprender ahora -con una nueva claridad- que Dios os llama a servirle en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana: en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en a cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada día. Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir.

»Yo solía decir a aquellos universitarios y a aquellos obreros que venían junto a mí por los años treinta que tenían que saber materializar la vida espiritual. Quería apartarlos así de la tentación, tan frecuente entonces y ahora, de llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas.

»¡Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser -en el alma y en el cuerpo- santa y llena de Dios: a ese Dios invisible lo encontramos en las cosas más visibles y materiales.

»No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca. Por eso puedo deciros que necesita nuestra época devolver -a la materia y a las situaciones que parecen más vulgares- su noble y original sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas, haciendo de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro continuo con Jesucristo».

El heroísmo en lo pequeño

Se ha puesto en los últimos años de relieve, por personas de incuestionable conocimiento de la realidad eclesial, que la predicación incansable de Mons. Escrivá de Balaguer, desde el 2 de octubre de 1928, anticipó la doctrina del Concilio Ecuménico Vaticano II sobre la vocación universal a la santidad. Tan claro es esto que resulta por completo ocioso insistir aquí de nuevo sobre ello.

Importa, en cambio, subrayar que cuando afirmó, entre el escándalo de algunos, que la santidad no es cosa de privilegiados, llamados al claustro o al ministerio sacerdotal, porque a todos fue dirigida la invitación de Cristo a imitar la perfección del Padre celestial, en manera alguna pretendía trivializar el horizonte de la santidad. Lo explicó con certeras palabras, cuando Mons. Josemaría Escrivá acababa de dejar este mundo, un prestigioso profesor de esta Universidad: «La llamada universal a la santidad no supone de ninguna manera un `abaratamiento' de la vida cristiana, de tal modo que la santidad quede más o menos devaluada o se reduzca el nivel de sus heroicas exigencias. Se trata, precisamente, de lo contrario: de extender a todos los fieles, haciéndolas universales, las grandes exigencias del heroísmo cristiano. Pero, eso sí, del heroísmo que corresponde a cada cual, no de otro que, por el orden natural de las cosas, resultaría impropio; de aquel en suma que Dios pide a cada individuo concreto como su propio heroísmo, atendiendo a los deberes de estado y a las peculiares circunstancias de la vida».

El heroísmo en la vida ordinaria, camino de santidad. He aquí una afirmación suya, que aparece en nuestros días como un bien del patrimonio espiritual de la Iglesia, cuya importancia en la pastoral del postconcilio quizá aún no haya sido suficientemente ponderada.

El magisterio eclesiástico, al proponer en la Lumen gentium la doctrina de la vocación universal a la santidad, ha dicho sin recortes ni rodeos, que el heroísmo cristiano es camino de todos los fieles sin excepción y lo ha dicho a sabiendas de que ello implica renunciar a una visión de la comunidad de los creyentes de índole sociológica, dejar atrás cualquier confusión de los verdaderos discípulos de Cristo con el conjunto de los que se limitan a jalonar su vida con unas cuantas ceremonias religiosas, asumidas en los usos sociales de una civilización de cristiandad, que resultaría ilusorio añorar.

La doctrina de la vocación universal del Concilio Vaticano II nada tiene que ver con un triunfalismo. Con ella no se afirma que todos los fieles la vivimos, sino que debemos vivirla y que la Iglesia santa posee todos los auxilios sobrenaturales necesarios para llevar a la práctica tan ambicioso programa.

No puede sorprender, por tanto, que el mismo documento del Magisterio que la enseña, recuerde que la Iglesia, Pueblo de Dios, «aunque no comprenda en acto a todos los hombres, y aparezca a veces como una pequeña grey, constituye para toda la humanidad un firme germen de unidad, esperanza y salvación». He aquí un dato del Misterio de la Iglesia con el que hay que contar a la luz de la fe: un fermento para todos -radicalmente católico- y que, sin embargo, en determinados momentos históricos, lo será, pese a estar plenamente encarnado en la vida de muy pocos.

Este problema pastoral no lo afrontó nunca -que yo sepa- Mons. Escrivá de Balaguer analizando datos sociológicos. Una vez se lo hizo considerar un amigo no creyente, mostrándole en un mapa mundi el fracaso de Cristo. «Me llené, en un primer momento de tristeza -nos confiesa-: es un gran dolor, en efecto, considerar que son muchos los que aún no conocen al Señor y que, entre los que lo conocen, son muchos los que viven como si no lo conocieran». También nos relata su reacción, llena de fe y esperanza: «Pero esa sensación duró sólo un instante, para dejar paso al amor y al agradecimiento, porque Jesús ha querido hacer a cada hombre cooperador libre de su obra redentora. No ha fracasado: su doctrina y su vida están fecundando continuamente el mundo. La redención, por Él realizada, es suficiente y sobreabundante».

Su afán fue estimular a los hombres a dar una respuesta libre a la llamada divina, mostrándoles un camino difícil -de vivir una vida heroica se trata-, pero asequible. Volvamos otra vez a esa bella síntesis de sus enseñanzas que encontramos en la homilía del campus:

«Se comprende, hijos, que el Apóstol pudiera escribir: todas las cosas son vuestras, vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios. Se trata de un movimiento ascendente que el Espíritu Santo, difundido en nuestros corazones, quiere provocar en el mundo: desde la tierra, hasta la gloria del Señor. Y para que quedara claro que -en ese movimiento- se incluía aun lo que parece más prosaico, San Pablo escribió también: ya comáis ya bebáis, hacedlo todo para la gloria de Dios.

«Esta doctrina de la Sagrada Escritura, que se encuentra -como sabéis- en el núcleo mismo del espíritu del Opus Dei, os ha de llevar a realizar vuestro trabajo con perfección, a amar a Dios y a los hombres al poner amor en las cosas pequeñas de vuestra jornada habitual, descubriendo ese algo divino que en los detalles se encierra ¡Qué bien cuadran aquí aquellos versos del poeta de Castilla!:

Despacito, y buena letra, 
el hacer las cosas bien 
importa más que el hacerlas.

«Os aseguro, hijos míos, que cuando un cristiano desempeña con amor lo más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios. Por eso os he repetido, con un repetido martilleo, que la vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa de cada día. En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria...

«Vivir santamente la vida ordinaria, acabo de deciros. Y con estas palabras me refiero a todo el programa de vuestro quehacer cristiano. Dejaos, pues, de sueños, de falsos idealismos, de fantasías, de eso que suelo llamar mística ojalatera -¡ojalá no me hubiera casado, ojalá no tuviera esta profesión, ojalá tuviera más salud, ojalá fuera joven, ojalá fuera viejo!...-, y ateneos, en cambio, sobriamente, a la realidad más material e inmediata, que es donde está el Señor: mirad mis manos y mis pies, dijo Jesús resucitado: soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo».

El Opus Dei en la pastoral de la Iglesia

Ahora, cuando hace ya diez años que dejó este mundo y está en curso su causa de beatificación, me parece llegado el momento de ponderar el valor pastoral de su mensaje. Predicó la vocación universal a la santidad y se dijo por muchos que esta doctrina era un despropósito. Tal reproche no es ya posible, porque su afirmación fundamental la ha hecho suya la Iglesia reunida en Concilio. Lo que en nuestros días importa recordar es que ni él, ni el Magisterio eclesiástico, han dicho que los fieles dan una respuesta congruente con esta llamada por el solo hecho de estar bautizados y participar en algunas ceremonias del culto comunitario. La santidad es una llamada personal -«... te he llamado por tu nombre...»- que exige una heroica y personalísima respuesta. Mons. Escrivá de Balaguer enseñó una manera concreta -ciertamente no la única, pero que ha demostrado su eficacia en la vida de muchos millares de almas de corresponder a tan excelsa vocación. Y lo hizo, no minimizando las exigencias, pero sí mostrando que es posible seguirla en el ejercicio de cualquier profesión honrada, desde cualquier lugar de la sociedad en que nos ha tocado vivir. Estamos ante una teología que enseña a encarnar la doctrina en la praxis cotidiana, ante una teología pastoral en el sentido más genuino del término.

Una consideración serena del momento actual de la vida de la Iglesia, debe llevar -me parece- a esta fundamental conclusión: ayudar a los fieles a que tomen conciencia de la radicalidad de la vocación cristiana y la vivan es, desde la perspectiva del evangelio y de la doctrina del Vaticano II, un objetivo pastoral prioritario; más exactamente es la motivación de la tarea de la Iglesia que resume y da sentido a cualquier otra.

La Iglesia se esfuerza en renovar sus estructuras, en remodelar su ordenamiento jurídico, en buscar los planteamientos adecuados con el momento presente de sus relaciones con la comunidad política, en potenciar cristianamente la opción preferencial por los pobres, en ser fermento de libertad y justicia, para que sea efectivo en este mundo el respeto de los derechos humanos...

Estas perspectivas, y otras muchas de fácil enumeración para quien medite los textos del Magisterio y las directrices pastorales del Romano Pontífice y de los Obispos, sólo tienen sin embargo un auténtico sentido salvador cuando los cristianos, al realizar estas tareas, se esfuercen en la búsqueda de su unión íntima con Dios. La raíz misma de esta autenticidad fue explicada por Mons. Escrivá de Balaguer mediante su doctrina de la unidad de vida, en la que se realiza existencialmente la armonía entre la lucha por la propia santidad, el esfuerzo por el fiel cumplimiento de las obligaciones profesionales, familiares y sociales y la acción apostólica, no sólo en el mundo, sino también, ex saeculo: dando una dimensión apostólica a la profesión, a la vida familiar y a las relaciones humanas, que son la natural consecuencia del sitio que cada cristiano ocupa en el entramado de la sociedad.

Esta armonía entre vida interior, trabajo y apostolado no es sólo una adecuada armonización en la psicología de cada persona de tres dimensiones de suyo inconexas. Por el contrario, es fruto de la comprensión de las relaciones Iglesia-mundo desde una fundamentación rigurosamente cristológica y trinitaria de la eclesiología. No se trata sólo de que el cristiano busque, a partir de la contemplación de la humanidad de Cristo, el trato con las tres Personas divinas mientras realiza unas tareas al margen de lo sagrado, sino de que entienda también que todas sus tareas se reducen, no sólo a decir «¡Señor, Señor!», sino también a decirlo «haciendo la voluntad del Padre», de la que nos instruye ante todo la «lex creationis». De este modo, la genuina comprensión de la autonomía de lo temporal, aunque impide hacer sacro lo profano, también veda «construir la sociedad prescindiendo en absoluto de la religión». En efecto, la religión nos religa, no sólo a Dios elevante al orden sobrenatural, sino también a Dios, autor de todo el universo creado. De aquí la importancia, en el plano de la teología espiritual, de evitar una drástica distinción entre «mandamientos» y «consejos», puesto que la vocación universal a la santidad reclama ante todo el ejercicio heroico de las virtudes --uniendo las cardinales y las teologales- en el delicado cumplimiento de la ley de la creación. Obviamente, esto sólo es posible con la ayuda de los auxilios sobrenaturales: los sacramentos y los dones infundidos por el Espíritu Santo a cada alma.

Dada la importancia de esta aportación doctrinal para la aplicación del Concilio Vaticano II, no puede sorprender que el fruto más tangible de la tarea apostólica de Mons. Escrivá de Balaguer -un «coetus fidelium» empeñados en responder personalmente a la vocación universal a la santidad y en la difusión de este ideal- haya sido asumida por la suprema autoridad de la Iglesia como la base sociológica de una estructura jurisdiccional para la realización de una peculiar -y vastísima: de un mar sin orillas, habló en repetidas ocasiones el Fundador del Opus Dei- tarea pastoral; la primera Prelatura personal de la Iglesia, a cuyo frente se ha puesto -como prelado-, a Mons. Álvaro del Portillo, el hombre que más de cerca siguió la experiencia espiritual y apostólica de Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer.

Recientemente, un teólogo de esta Universidad, refiriéndose a la función eclesial de las Prelaturas personales, las ha descrito como «ofertas de servicios pastorales jerárquicamente estructuradas desde la exousía presente en la Iglesia universal». No es del caso analizar ahora el alcance técnico de este planteamiento. Quería, sin embargo, señalar que -en el caso del Opus Dei- esa oferta de servicios -aunque, obviamente, no puedan excluirse colaboraciones de fieles de la Prelatura en el asesoramiento técnico o en aspectos organizativos de la pastoral de las distintas Diócesis- alcanzará su mayor eficacia en el plano de la presencia de la Iglesia en el tejido vivo de la sociedad; es decir, en el plano de la vida cristiana, donde la «índole sagrada y orgánicamente estructurada de la comunidad sacerdotal se actualiza por los sacramentos y las virtudes».

Ni que decir tiene que es aquí donde la pastoral encuentra la piedra de toque de su autenticidad; si así no fuera, quedaría en vana retórica o en estéril burocracia. En este orden de cosas ninguna valoración de los resultados puede establecerse antes del fin de los tiempos; porque es claro que las técnicas de las que se vale el sociólogo nunca le permitirán cuantificar los frutos de la gracia. Cabe, eso sí, vislumbrar la acción del Espíritu, tratando de calar, a la luz de la fe, en los acontecimientos -grandes o pequeños, según la medida de los hombres- que suceden a nuestro alrededor.

Por ello, no me parece inadecuado traer a este solemne acto académico las reflexiones que me sugirieron dos hechos que casualmente tuve oportunidad de observar hace pocas semanas. Viajaba por las calles de Madrid en un autobús de transporte urbano. En uno de los asientos de aquel vehículo, una mujer joven, en evidente estado de buena esperanza, leía atentamente -en un folleto popular- una de las homilías de Mons. Escrivá de Balaguer. Una de sus manos sostenía el folleto; con la otra sujetaba a un niño muy pequeño, que jugueteaba con un trozo de papel, desgarrado de la contraportada de la modesta edición de la homilía que leía su madre. Al llegar a casa, vi en el telediario de la noche a Mons. Antonio Rouco Varela reafirmar valientemente ante los informadores, en comunión con los demás miembros de la Conferencia Episcopal española y con el Romano Pontífice, la doctrina de la Iglesia sobre el aborto.

¿Como no ver entre los dos hechos una íntima relación, que cobra todo su sentido a la luz del Misterio de la Iglesia? Aquella lectura doctrinal en un autobús, alimentando el alma de una mujer comprometida con las consecuencias de su fe, alentaba un servicio a la pastoral de la única Iglesia, no menos esencial que el ministerio de los Obispos. Veía, al final de aquella jornada, de manera particularmente viva, el sentido de una enseñanza del Concilio Vaticano II: «Aunque algunos por voluntad de Cristo son constituidos para los otros como doctores, dispensadores de los misterios y pastores, rige entre todos una verdadera igualdad en lo que se refiere a la dignidad y a la acción común de todos los fieles en la edificación del Cuerpo de Cristo». Es posible -y en ocasiones conveniente- la promoción organizada de esta acción común; sin embargo, nunca debe olvidarse -como recientemente se ha apuntado- que la Iglesia es «una realidad viviente, hecha de hombres y mujeres, realizada día a día, desde la Palabra y los Sacramentos, que es Pueblo de Dios y Cuerpo de Cristo».

Una vocación divina

Esta intervención tiene como título «Amor, la Iglesia», como expresión del propósito de subrayar, en la evocación de la vida santa de Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, una dimensión fundamental: su condición de fiel cristiano, enamorado del «corpus christianorum», en el que gozosamente estuvo integrado desde su bautismo, durante todo el periplo de su peregrinar terreno.

Acabo de referirme a la trascendencia histórica de la Obra que fundó, síntesis de sus obras, -obras son amores y no buenas razones, oyó en una ocasión en el fondo de su alma- de oración, de mortificación, de trabajo agotador, de entrega a Dios y a los hombres, en respuesta a la vocación, para la que la acción de la gracia le fue preparando sin pausa, y que recibió una mañana de otoño madrileño, el 2 de octubre de 1928. Con su respuesta generosa aquel día quedó fundado el Opus Dei; ya era universal en el alma de un joven sacerdote, sobre quien había recaído la responsabilidad de cumplir un designio divino.

La Obra, como es bien sabido, fue creciendo desde entonces en su alma y en las de las mujeres y hombres que podemos llamarnos, pese a las debilidades y flaquezas personales, hijos suyos; es decir, hijos de su oración y de su mortificación. Es importante meditar en este hecho, precisamente ahora, cuando el Opus Dei -de acuerdo con un planteamiento presente en el alma de su Fundador desde hace muchos años ha sido jurídicamente configurado como una estructura jurisdiccional de la organización eclesiástica.

Contemplar la marcha del Opus Dei -larga y difícil- hacia su calificación canónica definitiva, nos ayuda a entender otra faceta -a mi juicio importantísima- del modo de vivir su Fundador el amor a la Iglesia. Impresiona, al meditar la vida de Mons. Escrivá de Balaguer, su aceptación y puesta en práctica de manera heroica, de lo que sabía era voluntad de Dios que llevara a cabo. El Señor quiso que, en 1933, experimentara momentáneamente el sufrimiento de la duda acerca de si lo que estaba haciendo era realmente la voluntad divina o una aventura alentada por su personal imaginación. En tan duros trances brotó su petición sobrecogedora: «Si el Opus Dei no es para servirte a Ti y a mi Madre la Iglesia, te pido que la destruyas ahora mismo». Y al filo de tan radical petición recobró la gozosa certeza de su vocación divina -y de la de sus hijos-, junto con el desamparo de saberse por completo sin medios para cumplirla.

En relación con este desamparo se entienden raíces no poco significativas de algunos rasgos de su modo de vivir la común vocación de fiel cristiano: porque se sabe sin medios y cree en la comunión de los santos, mendiga oraciones; porque se sabe sin medios, y sabe qué María es Madre de Dios, Madre nuestra y Madre de la Iglesia, se acoge con ternura filial a su protección.

Y confiando en la ayuda del Cielo -que nunca le regateó Dios, pero que siempre le obligó a obtenerla perseverando (y haciendo perseverar a muchas personas) durante años en peticiones concretas-, llevó a cabo su tarea con abnegado y penitente optimismo sobrenatural, ajeno por completo a cualquier actitud que pudiera semejarse a la seguridad en sí mismos de algunos artífices de grandes empresas humanas o a la euforia de los inconscientes.

Sabía -sencillamente- que las mujeres y los hombres que iban correspondiendo a la vocación al Opus Dei no seguían unos hermosos ideales que hubieran brotado de unos corazones generosos. «Esto es mucho... pero es poco». Cumplían -él ante todo- «un mandato imperativo de Cristo».

Aunque tengo la impresión de que él hubiera bromeado con la terminología técnica -como bromeó a veces con la palabra «fundador»- no cabe duda de que se sabía portador de un carisma del espíritu, que tenía el deber de ejercer para utilidad de la Iglesia.

Desde esta consideración se entienden, me parece, tanto un rasgo fundamental de su amor a la Iglesia, como determinados aspectos de la figura técnica, en la que ha encontrado su acomodo canónico definitivo el Opus Dei.

Amor a la jerarquía de la Iglesia

La seguridad que tenía Mons. Josemaría Escrivá en que Dios mismo le había pedido la fundación del Opus Dei, nunca le llevó a sentirse dispensado del deber de obtener el refrendo jerárquico. En su eclesiología vivida, aunque tuvo que soportar por ello sufrimientos muy grandes, no se planteó el conflicto entre institución y carisma. El ejemplo de su vida, también en este capital aspecto de la teología de la Iglesia, es una gracia para cuantos vivimos el momento actual de la peregrinación del Pueblo de Dios por los caminos de la historia.

Era llamativo ver cómo un hombre, que sabía de manera tan clara que su tarea le había sido confiada por Dios, se preocupaba con ejemplar delicadeza de los sucesivos actos de la autoridad eclesiástica, que jalonan la historia jurídico-canónica del Opus Dei. ¡Cuánta oración y cuánto trabajo antes! ¡Qué alegre acción de gracias a Dios después de cada uno de ellos!

No es posible detenernos en esta ocasión a describir las distintas etapas de esta sucesión de actos de la potestad de la Iglesia. Quisiera, sin embargo, que consideráramos unos instantes la última de ellas: la larga preparación inmediata -la preparación remota se inicia con el nacimiento del Opus Dei- de la erección del Opus Dei como Prelatura personal, que él vio concluida desde el Cielo.

Corresponde esta etapa a los últimos años de su vida, que -como es bien sabido- fueron años difíciles para la Iglesia santa.

Mons. Escrivá de Balaguer, por lo que a la configuración jurídica del Opus Dei se refiere, adoptó las medidas de gobierno oportunas y realizó los estudios teológicos y canónicos necesarios para perfilar la fórmula jurídica. En esta tarea contó con la ayuda de algunos hijos suyos y muy especialmente, con la de Mons. Álvaro del Portillo, a quien la providencia divina reservaba las funciones de impulsar las últimas fases de la tarea de preparación del acto pontificio de erección de la Prelatura y de desempeñar el oficio de primer Prelado.

El Fundador del Opus Dei, sin embargo, no se limitó, en relación con este asunto, al estudio y a la labor de gobierno. Sobre todo rezó y movilizó a muchos cientos de millares de almas, esparcidas por todo el mundo, a unirse a su oración, a importunar al Cielo para que se dignara conceder su «intención especial», como decía en algunas ocasiones. Otras veces -en este ininterrumpido mendigar oraciones- pedía, sencillamente, a las almas, que se unieran a las intenciones de su Misa.

Quien estaba atento a sus palabras y a sus obras, durante estos años, quien recibía su petición de oraciones, quien le acompañaba, físicamente o con el corazón, en sus romerías penitentes a tantos santuarios marianos de Europa y América (de manera muy especial sus repetidas oraciones en la Villa mexicana de Guadalupe el año 1970), difícilmente podría distinguir si la gracia que con tanto ahínco imploraba era la definitiva configuración canónica del Opus Dei o que «cesara el tiempo de la prueba»; es decir, los sufrimientos que veía padecer a la Iglesia: desviaciones doctrinales, defecciones de sacerdotes y almas consagradas, anarquía disciplinar y litúrgica, penuria de vocaciones.

Me parece que en realidad tal distinción era sencillamente imposible, porque ambas intenciones estaban íntimamente unidas en su alma. Ni él concebía el Opus Dei para otro fin que el de servir a la Iglesia, ni podía separar su amor a la Iglesia del cumplimiento del querer divino que le había sido confiado el 2 de octubre de 1928.

De aquí que su petición ardiente para que fuera otorgado al Opus Dei un estatuto canónico congruente con su espíritu, se desarrollara en perfecta simbiosis con el modo como vivió el hecho de la «prueba» de la Iglesia: poniendo en juego toda su capacidad de amor y sufrimiento, toda su fortaleza y toda su piedad. Su oración por la Iglesia era continua. Su espíritu de fe y de desagravio aparecía continuamente. Celebraba la Santa Misa ofreciéndola por la Iglesia cada día. Mendigaba oraciones para que él fuera leal a la Iglesia; «en estos tiempos de deslealtad», añadía a veces con profundo dolor. Parece como si Cristo hubiera querido que la oración de los años de plenitud espiritual de un alma tan santa, fuera dedicada a su Esposa, que pasaba momentos de tribulación.

Este clima espiritual intensísimo de los últimos años de su vida fue la culminación de una actitud, cuyas raíces encontramos en los años de su juventud.

En la etapa anterior a la primera aprobación canónica mantuvo una estrecha relación con el entonces Obispo de Madrid-Alcalá, Mons. Leopoldo Eijo y Garay, que conocía con detalle su vida y su trabajo apostólico. Por expresa indicación suya preparó Mons. Josemaría Escrivá la documentación necesaria para la aprobación del Opus Dei por el Prelado de la diócesis madrileña -como Pía unión-, el 19 de marzo de 1941. La expansión de la Obra ha ido siempre precedida de una información confiada y precisa a los respectivos Obispos diocesanos, que excedía con creces a lo estrictamente necesario para la solicitud de una venia canónica. Hasta que la expansión universal de la Obra lo hizo materialmente imposible, estas visitas a los Obispos las hacía personalmente Mons. Escrivá de Balaguer. Más tarde se aseguraba con particular cuidado de que los Directores regionales del Opus Dei cumplían este deber con actitud de veneración afectuosa hacia los sucesores de los Apóstoles. Una frase, tantas veces repetida, con la franqueza proverbial de su tierra «tiramos siempre del carro en la misma dirección que el Obispo de la diócesis» es todo un compendio de su actitud apostólica: se trata en definitiva -ya lo hemos apuntado- de remover a las almas para que se decidan a seguir las exigencias de sus compromisos bautismales. Cuando esto sucede, encontrará el pastor de cada iglesia particular almas mejor dispuestas para recibir sus enseñanzas y obedecer desde cualquier lugar de la vida social, sus directrices pastorales.

Tuvo siempre especialísima veneración al Romano Pontífice, fuera quien fuera la persona que en cada momento ocupara la cátedra de Pedro. Hay en su obra muchos textos expresivos de su amor al Papa. Quisiera subrayar ahora solamente éste: «Gracias, Dios mío, por el amor al Papa que has puesto en mi corazón». Se lee entre líneas que él, que tanto hubo de luchar en su vida espiritual, no veía el amor al Vicario de Cristo como algo esforzadamente conseguido; sencillamente lo tenía y lo agradecía a Dios.

Así se comprenden hechos de su vida de emocionante y heroica sencillez, en relación con su actitud de amor al Vicario de Cristo: su primera noche romana, tras un viaje agotador para seguir personalmente las gestiones para la primera aprobación del Opus Dei como institución de derecho pontificio, la pasa entera orando en una pequeña terraza desde la que se divisaban cercanas las ventanas de las habitaciones de Pío XII. El amor al Papa tuvo en su vida un delicado acento de piedad, en el doble sentido del término. Piedad filial de quien se sabe hijo del Padre de todos los creyentes. Devoción piadosa al «dolce Cristo in terra», como solía llamar al Romano Pontífice con palabras de la Doctora de Siena.

Piedad llena de ternura; pero cimentada en muy sólidos fundamentos doctrinales. Era expresión práctica y amorosa de una fe, que transmitía a sus hijos y a todas las almas, gráficamente expresada en estas líneas: «Et unam, sanctam, catholicam et apostolicam Ecclesiam...! -Me explicó esa pausa tuya, cuando rezas, saboreando: Creo en la Iglesia, Una, Santa, Católica y Apostólica... ».

Su fe en la Iglesia tenía, como lógica consecuencia, una inquebrantable adhesión al dogma católico. Conocía muy bien la Sagrada Escritura y este conocimiento, anclado al mismo tiempo en su entendimiento y en su amor, fluía con la frescura de un manantial en su predicación, en la que la correcta exégesis se proyectaba, como fuerte impulso, en la vida cristiana de quienes le escuchaban. Era una exégesis caldeada en los afectos de su alma; pero recibida en sintonía con la tradición. Su familiaridad con los escritos de los Padres de la Iglesia se advierte con claridad cuando se leen sus homilías. Fue fiel al Magisterio de la Iglesia y enseñó a serlo. Cuidó siempre -siguiendo las directrices de los Papas- de que en los centros docentes que de él dependían se enseñara la teología según la mente de Tomás de Aquino.

Un hombre con tal sólido bagaje, fue sin embargo un audaz innovador. El mismo formuló plásticamente la paradoja: el espíritu del Opus Dei es viejo como el Evangelio y como el Evangelio nuevo. Es lógico que así fuera, porque lo había depositado en el alma de un sacerdote fiel, El que hace nuevas todas las cosas. Tachado en su. juventud de hereje, por afirmar que Dios llama a todos a ser santos, en los momentos de gran confusión doctrinal, a los que asistió al final de su vida, supo discernir con clarividencia que muchas de las aparentes novedades del momento, que a tantos subyugaban, no eran más que una tosca repetición de las más viejas herejías.

Opus Dei y libertad cristiana

La sintonía entre carisma e institución se reflejó también en su espíritu, en la identidad del Opus Dei, que él mismo describió en esta Universidad con una fórmula sintética y expresiva: «una gran familia de hijos de Dios en su Iglesia Santa». El Opus Dei es una familia y un camino en la Iglesia. No es comprensible extra Ecclesiam; pero no es el único modo de vivir la vocación cristiana.

Para entender esta faceta del espíritu del Fundador del Opus Dei hay que tener muy presentes estas palabras del Concilio Vaticano II: «La Iglesia santa, por divina institución, se ordena y se rige con admirable variedad». Por otra parte, bien sabemos que el misterio de la unidad y de la variedad eclesial debe considerarse desde la contemplación de la multiforme gama de los impulsos del único Espíritu.

Es, en efecto, la fuerza del Evangelio la que rejuvenece y renueva a la Iglesia; pero para que este efecto se produzca no basta entender por Evangelio cuatro libros breves de la segunda mitad del siglo I, interesantes para el esfuerzo investigador de los filólogos. El Evangelio es la Palabra esparcida hace veinte siglos por Cristo en los campos de Palestina, que sigue viva en la Iglesia, porque toda ella -el Magisterio y cada uno de los fieles-, asistida por el Espíritu Santo, continúa una aventura, en la que fue pionera la Virgen Madre de Nazaret: la búsqueda de la fecundidad de la vida conservando todas las palabras en el corazón. Porque el mismo Espíritu asiste a la jerarquía y a cada uno de los creyentes, no hay «examen» de la Sagrada Escritura más libre y más nuevo que el del alma fiel al Magisterio eclesiástico.

Algo parecido ocurre en el plano de la disciplina y en la dimensión jurídica de la edificación de la Iglesia. No se entiende la estructura orgánica de la sociedad eclesiástica si no se tiene en cuenta que el Espíritu Santo la dirige y gobierna, no sólo con dones jerárquicos, sino que también «distribuyendo a cada uno sus propios dones como quiere, distribuye entre los fieles de todo orden gracias especiales, con las cuales los hace aptos y prontos a asumir varias obras y oficios útiles para la renovación y mayor edificación de la Iglesia».

En el marco de esta enseñanza del Magisterio de la Iglesia se entiende, no sólo la vida santa de Mons. Escrivá de Balaguer y el sentido de su personal servicio a la Iglesia, sino también su modo de comprender la vocación de sus hijos en el Opus Dei. Cuando los llamaba «cofundadores» no utilizaba una expresión retórica. Aunque su cariño de Padre le impulsaba a magnificar las palabras, sabía muy bien que el mismo Espíritu Santo, que le impulsó a vocear la vocación al Opus Dei, asistía también a las almas que, correspondiendo a una llamada divina, empeñaban su vida en seguirla. El protagonismo sólo es de Dios; por ello, aunque para hacer el Opus Dei eran y siguen siendo necesarias muchas almas, a ninguna en concreto consideraba indispensable; ni siquiera la suya, pese a haber recibido la semilla fundacional.

Llamada divina. Cofundadores. Nadie indispensable. No se trata de bellas palabras, ni de audaces paradojas, sino de las consecuencias de una profunda meditación del Misterio de la Iglesia, que incluye el misterio de un Dios que asume el riesgo de la libertad humana.

Otra intervención de este acto académico va a tener como específico tema su doctrina y su actitud respecto de la libertad. No es, por tanto, del caso insistir aquí sobre esta fundamental dimensión de su pensamiento y de su testimonio. Baste recordar que su reflexión sobre la libre respuesta a la vocación y sobre la dignidad y libertad de los hijos de Dios da razón, no sólo del espíritu del Opus Dei, sino también de un modo de entender la función de los fieles laicos en la Iglesia, ajeno tanto a cualquier afán por insertarlos en las estructuras oficiales, como a reducir la visión de la función de la Iglesia en las tareas propias de la jerarquía eclesiástica o de los fieles que abrazan la vida consagrada. La eclesiología subyacente en su homilía del campus de esta Universidad y en tantos otros escritos suyos, acerca de la santificación de las realidades profanas y sobre el apostolado en medio mundo, abre amplios panoramas sobre la libertad y responsabilidad eclesial de los fieles, cuyo alcance se ha subrayado en la bibliografía canónica.

Yo mismo me he sentido personalmente estimulado en mi trabajo en el campo del Derecho Canónico, por el vigor de su palabra y de su ejemplo. Nunca olvidaré aquel 19 de marzo de 1966 en el que estuvimos un rato con él tres canonistas, profesores de la Universidad de Navarra. Nos habló, con gran claridad, profundidad y sentido sobrenatural, del espíritu de amor a la Iglesia y a la justicia con que debíamos realizar nuestro trabajo profesional. Amor a la Iglesia y a la justicia al mismo tiempo, que le llevaba a defender con vigor un régimen jurídico del ejercicio de los poderes jerárquicos, que impidiera su abusivo ejercicio en detrimento de la dignidad y libertad de los fieles.

Contemplación del misterio de la acción del Espíritu Santo en el alma de cada fiel, que explica la variedad de vocaciones. Libertad, dignidad y responsabilidad del cristiano, fundamentada en la filiación divina, que ha de fecundar la vida interior y la acción profesional, social y apostólica y, por tanto, su posición en la Iglesia-sociedad: «Sin libertad -decía- no podemos amar a Dios ni darle gloria. Sin libertad, seríamos una cosa». Sin estas premisas el Opus Dei no puede ser entendido ni teológicamente, ni desde el punto de vista jurídico. Por ello, me parece que esta perspectiva es fundamental también para valorar el alcance de su configuración canónica como Prelatura personal e incluso para delinear los rasgos generales de esta nueva figura técnica del Derecho Canónico, cuyas posibilidades de aplicación en el futuro de la vida de la Iglesia el estudioso sólo puede ahora intentar intuir.

No es el momento de detenerse en esta interesante cuestión, sobre la que desearía volver en otra ocasión con más sosiego. Basten hoy unas brevísimas reflexiones.

No dudo de que la aludida descripción de las Prelaturas personales como «ofertas de servicios pastorales jerárquicamente estructuradas desde la exousía presente en la Iglesia universal», pueda ser utilísima para comprender las relaciones -y la distinción- entre Iglesias particulares y Prelaturas personales y la fundamentación de la naturaleza de estas últimas como piezas de la organización oficial de la Iglesia. Sin embargo, también ha de tenerse en cuenta en la construcción jurídica, el dato de la libertad cristiana y la variedad de llamadas al cumplimiento de determinadas facetas del inmenso panorama de trabajo apostólico, que la misión de la Iglesia presenta a los sacerdotes seculares y a los fieles laicos.

Un excelente canonista italiano, reflexionando sobre determinados contenidos del Codex iuris canonici de 1983 afirma que en él queda «textualmente reconocida la pluralidad de caminos (no determinables de manera apriorística) que conducen a la santidad y, al mismo tiempo, queda reconocido en sus contenidos concretos (y no sólo afirmado en línea de principio), el ámbito de autonomía personal del fiel en las cosas espirituales, que tiene rango constitucional y dimensión universal».

Y más adelante añade: «Si se acepta... la enseñanza conciliar de la llamada universal a la santidad y al apostolado y la conexa autonomía de los fieles en materia espiritual (siempre en el cauce... de la doctrina y de las leyes de la Iglesia), no será difícil concebir la oportunidad de estructuras jurídicas institucionales (es decir, queridas por la propia Iglesia) que contemplen materias comprendidas en la libre disponibilidad del fiel».

Refiriéndose concretamente a las Prelaturas personales, el mismo autor precisa con finura los términos del problema: «Estas estructuras, aun teniendo naturaleza jurisdiccional y obedeciendo a un esbozo específico de la Iglesia, serán libres en lo que se refiere a los laicos que se adhieren a ellas mediante convención, y podrán presentar múltiples connotaciones: libres, ya que el fiel no tiene obligación de incorporarse a ellas, sino que lo hará solamente si quiere hacer propio el programa espiritual y apostólico por ellas propuesto; de múltiples connotaciones, en el respeto de su común naturaleza, porque múltiples, de diverso signo y de diversa forma, podrán ser las propuestas de compromiso de vida cristiana que la autoridad eclesiástica podrá hacer a los fieles, a través de las propias prelaturas personales».

Conclusión

No es posible prolongar más esta exposición; sin embargo, al concluirla, tengo la impresión de que apenas si han quedado esbozadas algunas de las facetas del inagotable amor que Mons. Escrivá de Balaguer demostró a la Iglesia con su vida santa.

El 12 de junio de 1976, en esta misma aula, Mons. Álvaro del Portillo, tras citar unas palabras del Fundador del Opus Dei, comentaba: «Ante el recuerdo de estas recomendaciones suyas, predicadas hace muchos años, me conmuevo y no puedo dejar de recordaros que ese amor apasionado y heroico por la Iglesia y por el Papa ha animado de manera permanente su existencia, creciendo cada día más. Amor que le llevó a ofrecer al Señor su vida y mil vidas que tuviera, subrayaba-, por la Esposa de Cristo y por el Romano Pontífice».

El Gran Canciller de esta Universidad, en esa misma ocasión, añadía: «Estoy seguro de que Nuestro Señor ha aceptado este holocausto del Padre por la Iglesia. Tengo la convicción de que, desde el Cielo, intercederá poderosamente por todo el Pueblo de Dios y por sus Pastores para que, atentos al querer de Jesucristo, se hagan patentes la unidad en la fe y en la doctrina, de modo que haya verdaderamente un solo rebaño y un solo Pastor».

Solamente así -viéndole hacer activamente Iglesia en la quietud definitiva del Cielo- podía concluir la evocación del amor a la Esposa de Cristo que Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer tuvo, mientras compartía, con la muchedumbre de los fieles de su tiempo, la peregrinación del Pueblo de Dios por los caminos de la historia. En este mundo su vida estuvo llena de alegría en el dolor de la entrega abnegada y penitente, de trabajo incesante en la serenidad de su íntima unión con el Señor, de lucha esforzada por hacer en la Iglesia todo y sólo lo que Dios le pidió una mañana de otoño madrileño, cuando sólo tenía veintiséis años, gracia de Dios y buen humor. Ahora, el comienzo y el final, el anhelo y el logro, se funden en la contemplación de la Esencia divina. Un camino que puede resumirse en un verso, en cinco palabras de un poeta: «Navegar, navegar hasta ser agua...».