Los aplausos de la esperanza

José Luis Olaizola
Publicado en “Crónica de la beatificación” (Rialp)

En vísperas de los solemnes acontecimientos de los días 17 y 18 de mayo de 1992 me trasladé a Roma en compañía de mi asesor literario que, como conocen mis lectores asiduos, es al mismo tiempo mi mujer. Lo primero que hicimos fue ir a rezar ante los sagrados restos del fundador del Opus Dei a la basílica de San Eugenio.

Confío que plumas más doctas que la mía explicarán en las páginas de este libro las excelencias artísticas de San Eugenio; yo sólo me detendré en las excelencias humanas de gentes llegadas de los cinco continentes para dar gracias al Beato Josemaría. ¡Qué manera de rezar con el cuerpo y con el alma! En el silencio sobrecogedor de gente que sabe estar dentro de una iglesia, cada uno agradecía, impetraba, y yo tuve la sensación de que estaba participando de la oración de todos ellos, saliendo ganancioso, porque cualquiera, a juzgar por el fulgor de sus miradas y la mesura de sus más mínimos movimientos, sabía rezar mejor que yo. E incluso que mi asesor literario que, lo reconozco, es más piadosa que yo.

Lo propio de los miembros de la Obra es estar abiertos a los demás, rehuyendo formar capillitas, pero cuando tenemos la ocasión de estar juntos nos encontramos muy a gusto. Como es natural, todos los que estuvimos en Roma pasamos por San Eugenio y ahí se nos presentó la primera oportunidad de encontrar viejos amigos a los que hacía años que no veíamos. ¡Qué manera de abrazarnos y congratularnos! En mi caso, para colmo de dichas, me encontré con cientos de amigos a los que no conocía de nada, pero ellos a mí sí. Alguna ventaja habíamos de tener los escritores. Acababa de salir un libro mío, en cuya portada lucía mi efigie (Viaje al fondo de la esperanza, Rialp, Madrid, 1992), y los que me reconocían se acercaban para decirme cosas agradables. Que Dios se lo pague. Algunos hasta me pedían perdón por su atrevimiento de presentarse sin conocerme, y yo no encontraba palabras para agradecérselo. Salí tan emocionado de San Eugenio, que le dije a mi asesor literario:

- Para intentar corresponder a tantas gracias he prometido que, durante estos tres días en Roma, no voy a cometer ni tan siquiera un pecado venial.

Mi mujer me echó una mirada de reojo y asintió:

- Buena idea.

- Y creo que tú deberías hacer lo mismo -añadí. Antes de contestar, se lo pensó y me dijo, reflexiva:

- Te recuerdo que en la Sagrada Escritura se dice que el justo peca siete veces al día. ¿Tú crees que nosotros vamos a ser menos?

Pese a los años que llevamos casados, yo no se, todavía, cuando habla en serio o me está tomando el pelo. Por eso yo procuro corresponderle con la misma moneda. Así que insistí:

- Por lo menos podíamos intentarlo. Sobre todo nada de discutir por nimiedades. ¿De acuerdo?

- De acuerdo.

A continuación, como todavía no habíamos podido asistir a misa, me propuso que fuéramos a oírla a Santa María la Mayor.

- ¿A Santa María? -me extrañé-. ¡Si está muy lejos de aquí! Mejor nos quedamos en alguna iglesia cercana.

- ¿No habíamos quedado en que no íbamos a discutir?

Y fuimos a Santa María la Mayor. Y luego a comer a una tabernita de ésas que le gustan a ella, y a mí no. Creo que ha quedado claro lo que mi mujer entiende por no discutir. Eso me pasa por meterme en su vida interior y pretender darle consejos espirituales.


Cuando volvimos al hotel me encontré con una sorpresa: una invitación para asistir a la recepción que aquella misma tarde tendría lugar en la Embajada de España. Era una sorpresa inquietante, porque las recepciones diplomáticas pueden resultar excepcionalmente aburridas. Hasta los mismos embajadores lo admiten.

- ¿Y a nosotros qué se nos ha perdido en la Embajada? -le dije a mi mujer iniciando una clara operación de desmarque.

- Pues a Covadonga O'Shea también la han invitado y piensa ir -fue su respuesta.

Le demostré con contundentes razones que el caso de Covadonga, directora de una importante revista para la mujer, nada tenía que ver con el de un modesto escritor cuya obligación es rehuir el bullicio social en busca del sosiego creativo. Efectivamente, a las siete de la tarde, escoltado por mi asesor literario y Covadonga O'Shea, ascendía la bellísima escalinata Bernini del Palacio de España y estrechaba las manos de los señores embajadores. Fue una brillante entrada, porque mi mujer tiene muy buena pinta y Covadonga es una chica, numeraria del Opus Dei, que como anda metida en el mundo de la moda, a cualquier hora del día parece que acaba de salir de una portada de Vogue. Nos une una antigua amistad y, ahora, una relación de dependencia, ya que escribo una columna en Telva, que es la revista que ella dirige.

Difícilmente podré olvidar aquella velada. Nos lo pasamos tan bien, que aquello no guardaba ningún parecido con un acto social. Todos los invitados estábamos allí por el mismo motivo, el acontecimiento del día 17, y ni en los guateques de mi juventud recuerdo gente tan alegre, tan deseosa de saludarse, de abrazarse, de comunicarse emociones. Y en lo más álgido de aquel fasto corrió la noticia de que acababa de llegar el Prelado de la Obra, Monseñor Álvaro del Portillo, a quien también llamamos Padre. Mi mujer se limitó a mirarme y me dijo:

- Conque no querías venir, ¿eh?

¿Qué podía yo hacer? Lo que hice. Agaché la cabeza y me puse en una pequeña cola que se había formado para saludar al Padre. El Padre es lo más parecido que he visto a un santo en vida. Las pocas veces que he estado cerca de él se me ha puesto un nudo en la garganta. Y en esta ocasión se me saltaron las lágrimas porque me dio dos besos, al tiempo que me animaba a seguir escribiendo las tonterías que escribo; y para colmo a mi mujer le felicitó por ser mi asesor literario. Es decir, derrochó con nosotros la benevolencia propia de un padre que es todo corazón.

Lo siento por la progresía intelectual, pero me da la impresión de que cuando don Álvaro del Portillo nos deje, Dios quiera que sea dentro de muchos años, no nos va a quedar más remedio que promover su beatificación.


Cuando salí de la Embajada escoltado por mis dos acompañantes, los tres flotando, tomamos tierra al toparnos con una cola de más de un centenar de personas esperando taxi, y los que hacían cabeza nos comunicaron que llevaban más de media hora sin que llegara ninguno. Covadonga, como viajera cosmopolita de la moda, oteó el horizonte y dijo:

- Estamos salvados. Aquel edificio es el de Valentino y detrás está el Hotel Hassler, uno de los mejores de Roma. Seguidme.

Así lo hicimos y cuando llegamos, Covadonga -y yo detrás a prudencial distancia- entró por una puerta, poniendo cara de huésped del Hotel y se dirigió a un conserje: "Prego, un taxi per favore". Covadonga, a su natural elegancia, une la confianza que le da el ser de Bilbao, y el resultado fue que el interpelado requirió la ayuda de varios botones para que, presto, localizaran un taxi para la signora, como así fue. Ella se lo agradeció con una sonrisa encantadora y yo con una buena propina. Mi impresión es que les gratificó más lo primero.

Advierto al lector que estoy llegando al límite de las menudencias que soy capaz de contar. Lo que sucedió a continuación me excede. Ni tan siquiera me siento capacitado para distinguir entre lo que ocurrió el 17 y el 18 de mayo. Quizá dentro de unos años pueda hacerlo, pero en esta crónica, personal e íntima, me limitaré a esbozar algunas emociones.

La ceremonia del 17 comenzaba a las diez horas y nos levantaron de la cama, las respectivas organizaciones, a las cinco de la madrugada para acercarnos lo más posible, en los autobuses, a la plaza de San Pedro. ¡Qué mañana romana, santo cielo! Tersa, azulada, tan fragante, que todos nos sentíamos ingrávidos cuando caminábamos bordeando el castillo de Sant'Angelo, dispuestos a aguantar lo que fuera. Y lo primero que aguantamos fue una cola multitudinaria para acceder a la plaza, bien compactada, en la que se hablaban todos los idiomas del mundo. Se mezclaba el bronco griterío de los españoles, con las maravillosas cadencias de nuestros hermanos de Hispanoamérica, desde México hasta la Patagonia, más el sesudo lenguaje de alemanes y anglosajones, y el más florido de franceses e italianos. Los más audaces, para que no quedaran dudas sobre su identidad, vestían de gauchos, de mariachis, de baturros; una locura, todos felices de que la policía italiana, en medio de educados apretones, nos cacheara de arriba a abajo y obligara a las señoras a abrir sus bolsos.

Allí tuvimos nuestros primeros contactos con los de Bahkita, Josefina, la esclava africana que subía a los altares ese mismo día. Tengo para mí que el Beato Josemaría y la Beata Josefina se habrán entendido muy bien en el cielo que están compartiendo, porque ambos tenían un denominador común: la alegría de vivir. Muchos de la Obra la consideramos un poco nuestra, ya para siempre, y a ella nos encomendamos. A los de Bakhita se les distinguía porque llevaban un pañuelo amarillo al cuello.

Pasado el control policial fuimos a caer en manos de esa organización desorganizada que es el Opus Dei, en palabras de su fundador, y que en esta ocasión fue más lo primero que lo segundo. Jóvenes de la Obra, de distintas nacionalidades, hicieron posible que cerca de trescientas mil personas encontráramos el lugar que nos correspondía en la plaza.

Comenzó la larga espera que, por muy diversos motivos, casi se nos hizo corta. Serían poco más de las ocho de la mañana y el sol lucía esplendoroso, todavía sin excesivos rigores. Desde el altar que se alzaba inmediato a la basílica, se nos impartían instrucciones, por megafonía, al tiempo que ensayábamos los cánticos litúrgicos. Tuve la suerte de que me correspondiera un lugar de privilegio, en un altillo sobre el que dominaba la inmensidad de la plaza de San Pedro, y era un gozo ver cómo se iba tapizando por una multitud abigarrada, ordenada, silenciosa, maravillosa, decidida a aguantar lo que hiciera falta; miles de almas dispuestas a unirse en oración para festejar que Bakhita y Escrivá de Balaguer subieran a los altares.

¡Y tanta gente joven! Qué esperanza tan grande para esta humanidad dolorida que parece que sólo sabe reír cuando consume.

¡Y tanta gente mayor! Hasta nonagenarios en sillas de ruedas. Qué satisfacción tan grande en el ocaso de sus vidas.

(Una hermana mía, que me tiene prohibido decir su edad, pero se la pueden ustedes imaginar si les digo que es bastante mayor que yo -que, a mi vez, soy bastante mayor- se vino desde San Sebastián en autobús. Cuarenta y cuatro horas de carretera y residencia en un modesto hotel a 120 kilómetros de Roma. ¡Arriba Perú, como diría mi amigo, el chacarero Alfonso Vargas!)

Confieso que aquel cúmulo de satisfacciones nos tenía a todos medio atontados y nos mirábamos unos a otros, esbozando sonrisas beatíficas, saludándonos conocidos y desconocidos como si nos conociéramos de toda la vida. Al filo de las nueve de la mañana, desde el puesto de mando de la megafonía, se requirió la presencia en el altar de alguna de las personas que hubieran venido con el grupo polaco. Pese a la singularización del llamamiento, de entre la asamblea se destacó el multicolor de un grupo ataviado con el traje regional de aquel país, banderas y cintas al viento, colores verdes y blancos, el cual enfilando por la avenida central de la plaza, se dirigió al altar a paso ligero, que acabó convirtiéndose en paso de baile cuando la multitud prorrumpió en un inmenso aplauso. Fue el primero de los aplausos de la esperanza de aquellas inolvidables jornadas. Polonia se lo merecía. La libertad y la democracia le deben mucho. Y los católicos más aún, por ser la patria de Karol Wojtyla. Los polacos, para corresponder, saludaban a diestro y siniestro, brindando con sus gorros, como toreros en tarde de triunfo.

A las diez en punto comenzó la ceremonia de beatificación con un Lauda Jerusalem que ponía la carne de gallina. Tuve la fortuna de estar situado muy cerca del coro principal y, dadas mis aficiones canoras, estuve muy atento y fui testigo de los esfuerzos que hacía el maestro de ceremonias -roquete blanco sobre sotana carmesí- para dirigir orquestas y coros, procurando que la asamblea, en las partes señaladas, se incorporase también al canto. Por el vigor y ampulosidad de sus movimientos deduje que tanta gracia y armonía sólo podía proceder de un italiano, pues no en vano Italia es la patria del bel canto, cuando he aquí que me entero que el tal maestro de ceremonias es un sacerdote de Valladolid, llamado don Pedro Colino. También son ganas de fastidiar y dejar en evidencia la imaginación del escritor.

Luego pasaron muchas más cosas que espero puedan leer ustedes en otro lugar de este mismo libro; sólo les comentaré que cuando llegó el momento de la Eucaristía, las gafas oscuras que me puse para protegerme del sol, me vinieron muy bien para disimular las lágrimas. Aquel río de sacerdotes, cientos de ellos, que se derramaba al llegar al altar en arroyos que profundizaban hasta los más recónditos extremos de la gran plaza, es de las cosas más hermosas que he visto en mi vida. Ante aquella juventud consagrada a Dios -¿qué sacerdote no es siempre joven?- el aplauso fue silencioso, con el corazón. Como me comentó el editor Jesús Domingo, aquel silencio era la respuesta al vacuo estruendo de quienes se habían rasgado las vestiduras porque Josemaría Escrivá de Balaguer subiera a los altares.


Sería la una del mediodía cuando abandonábamos la plaza en la que habíamos entrado cinco horas antes; salíamos requemados por el sol que, según avanzaba el día, se tornaba implacable; cansados, sedientos, pero felices. Y el que tenía la oportunidad de hacerse con una bebida, se sentía más feliz todavía. Y no digamos el que tuviera la suerte de encontrar un taxi. ¿Pero cómo soñar en encontrar un taxi en medio de aquella riada humana que ocupaba calzadas, jardines y arcenes?

- Pues pidiéndoselo al Beato Josemaría -me sugirió mi asesor literario.

- Imposible -dictaminé-. La mayoría de los que están aquí siente por él la misma devoción que nosotros. Si todos hicieran lo mismo le pondríamos en un apuro. No hay suficientes taxis en Roma para atendernos a todos.

- Pero mi caso es distinto. Nuestro Padre lo comprenderá. Yo no sirvo para estar mucho tiempo en pie. Me agoto.

Lo cual es cierto. Entre los muchos talentos que tiene mi mujer, la resistencia física no es uno de ellos. Por eso volvió la cabeza, levantó la mano, y paró el único taxi que, calculo yo, había en veinte kilómetros a la redonda. Y al volante un taxista sonriente, feliz, porque le acababan de dar un golpe al coche cuya reparación estima en unos dos millones de liras.

- ¡Ah! Mio protettore -nos explica al tiempo que nos señala una estampa de Josemaría Escrivá de Balaguer (de las más grandes) enmarcada y colgada del espejo retrovisor.

Y en un italiano, que sólo medio entiendo, nos cuenta que esa misma mañana una señora en una maniobra imprudente y peligrosa -"Ah, le donne! ", dice, mirando a mi mujer de reojo- le ha machacado todo el lateral derecho, como tendremos ocasión de comprobar. Pero a él, gracias a Dios y a su protettore, no le ha pasado nada; por eso está feliz y no se olvidará, fácilmente, de este 17 de mayo de 1992. Nosotros tampoco.

Al día siguiente, 18 de mayo, redoblaron los aplausos de la esperanza porque después de la misa concelebrada, en honor del nuevo Beato, tuvimos la oportunidad de felicitar al Santo Padre que en tal fecha cumplía 72 años. Nos recibió en audiencia en la misma plaza de San Pedro, que ofrecía un aspecto muy parecido al del día anterior. Cuando apareció en su coche descubierto y discurrió entre nosotros, se dio cuenta de que le queremos de verdad. Le aplaudimos hasta la extenuación y le cantamos el "Cumpleaños feliz" en diversos idiomas. Nos abrió los brazos y todos nos sentimos abrazados entre ellos. Sabe que le queremos porque hemos aprendido de nuestro fundador a amar al Papa, sea quien sea, y a servir a la Iglesia como quiere ser servida. Pero en tan feliz ocasión se lo manifestamos de todo corazón, porque a Juan Pablo II es muy fácil quererle.

Gracias a la urbanidad en la piedad que nos enseñó nuestro Padre Josemaría, a ese saber estar en la presencia de Dios, se consiguió en esa hermosa jornada una gran intimidad en medio de la multitud. Allí estábamos buena parte de los miembros de la Obra de los cinco continentes, más miles de amigos que han entendido la espiritualidad del Opus Dei. Y también sentí, en posición de privilegio, a todos mis amigos de la Obra que ya están en el Cielo en compañía del Beato Josemaría. Allí estaban con nosotros Gregorio López-Bravo, Joaquín Esteban Perruca, Adolfo Cotelo, Javier Ayesta, Antonio Serrano, Fernando Delapuente, Florentino Pérez Embid, por citar los primeros que me vienen a la memoria. Por eso estábamos tan a gusto. Por eso aplaudimos a la menor ocasión porque en Roma, en Pedro, fundamento de la Iglesia, está la única esperanza de la humanidad.

A rivederci, Roma