Sólo puede ser en Roma

Rafael Gómez Pérez
Crónica de la beatificación

En la mañana del 17 de mayo, nada más empezar la ceremonia de beatificación de Josemaría Escrivá de Balaguer, recordé una frase de Goethe: "Sólo en Roma me he encontrado a mí mismo, sólo aquí he sido feliz y sabio en la íntima armonía de mi ser".

Más que Goethe había vivido yo en Roma. Casi dieciocho años cerca del fundador del Opus Dei. Me son familiares, como un paisaje transitado, estas columnas de Bernini, donde ahora estoy por falta de sitio. Eso sí: aquí alienta una brisa de mármoles. Por entre dos columnas, esos macizos redondos de travertino, se me aparecía el centro del centro, el altar.

Aquel hombre, aquel padre, cuya sonrisa tan bien conocía, estaba ahora rodeado de doscientas mil personas que le querían. Juan Pablo II, il dolce Cristo in terra -como decía él, el Padre, repitiendo palabras de Santa Catalina de Siena- iba a reconocerlo, gracias a esa suprema potestad heredada del Redentor, como un santo de altar, el ideal que él, el Padre, había democratizado, popularizado.

Me vino a la cabeza lo que le oí contar de su primera visita a Roma, en 1946, lo mismo que contará en la homilía, al día siguiente, aquí mismo, el Prelado del Opus Dei, Monseñor del Portillo. Y ya fue una riada de recuerdos. Cuando nos contaba sólo algo -porque el respeto y la delicadeza le impedían entrar en detalles-, de la primera audiencia que tuvo, años más tarde, con Juan XXIII, la sonrisa abierta y franca, ancha como toda su humanidad. O las veces que estuvo con Pablo VI, quien no se cansaba de darle todo lo que tenía a mano -crucifijos, medallas, rosarios-, "para sus hijos".

Vibraba cuando se refería al Papa, con un amor impetuoso que podía hasta escandalizar a los funcionarios de lo sagrado. Con ese don que tenía de la síntesis, lo escribió hace mucho tiempo, en Camino, y lo enseñó de continuo: por eso me gusta repetir: Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam, ¡todos, con Pedro, a Jesús por María!

Un niño pequeño llora, pero se duerme al poco rato. Una mujer mayor sale del sol y se refugia en la sombra de Bernini. Tres adolescentes se turnan radio y prismáticos para seguir todo con una seriedad ligeramente exagerada. Me subo a la basa de la columna y miro hacia atrás, hacia el mar de colores y de cantos, una voz unísona como jamás había oído. Toda esta gente tiene una no común familiaridad con Dios, a pesar de cualquier otra cosa. Humanos y divinos, pero humanos, humanos, porque, si no, no se puede ser divino, le oía decir al ahora Beato Josemaría hace más de diecisiete años.

Habla el Papa del nuevo Beato, porque ya lo es. Hace un momento lo ha declarado: "Con sobrenatural intuición predicó incansablemente la llamada universal a la santidad". Sí, y cuánto le costó. Y cuántas, hasta hoy mismo, las incomprensiones, cuántos los ataques. El Papa de nuevo: "es necesario atravesar muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios".

Yo recuerdo al Padre, en los últimos años, muchas veces cansado, agotado, casi sin poder andar. Si había alguien, intentaba que no se notara, pero a veces no podía más. Le dolían como puñaladas los ataques a Cristo, a María, a la Iglesia. Me contó una vez, para que me quedara tranquilo, por qué aquella mañana estaba así, sin fuerzas. No había dormido. La tarde anterior se enteró de que en una iglesia vecina, donde se solía dar culto continuo a la Eucaristía, se había acordado que aquello resultaba ya antiguo y desfasado ¿Cómo puede estar desfasado el amor? No pudo dormir. Y ahora sonreía para no traspasarme el dolor.

Gente común la que hay aquí, gente muy común. Esto es pueblo pueblo. Aquí apenas hay élite. Aquí no importan esas distinciones. Cuando se canta con todo el cuerpo "amor por siempre a Ti, Dios del Amor", ¿qué puede importar?

Termina la ceremonia. Ya está. Ha sido. Mañana iré a la basílica de San Eugenio, a rezar ante sus restos mortales. Un sencillo féretro, el de aquel 27 de junio de 1975, día del entierro, cuando parecía imposible que el Padre que yo había visto por última vez el domingo 23 hubiese dejado la Tierra. Me había dirigido, como solía hacer, un comentario lleno de cariño, con esa sonrisa viva, con el brillo vivísimo de los ojos.

Ahora lo veía en el repostero que cuelga de la fachada de San Pedro. No se pueden contar estas cosas. Lo que es único sólo se puede vivir.

Me gustan más que nunca en esta mañana las palomas, los vuelos rasantes de los vencejos, el sol, el cielo azul de Roma. Aquellos pinos, densos de historia contenida. "Dios está aquí". En la solemnidad y cuando termine la solemnidad, en el cansancio del viaje, en el hotel descuidado y ruidoso, en las largas esperas de los transportes, en el desfallecimiento. Y ahora, dos días después, en Madrid, con atascos, con la inocente resaca.

Ahora entiendo por qué un tipo particular de gente no entiende nada de esto: porque el Beato Josemaría Escrivá unió la fe, con la libertad y con el pueblo. Santidad desde abajo, santidad de lo común. Y esto es lo que hay aquí: pueblo pueblo.