Pedro Casciaro

Enero de 1935. En la Residencia de la calle de Ferraz 50, don Josemaría Escrivá de Balaguer recibe a un estudiante: se llama Pedro Casciaro. Al abrir la puerta, en la pequeña salita de la entrada, don Josemaría se para un momento, sonriente, en un gesto muy habitual. Tiene delante a un muchacho joven, espigado, de ojos azules, que trae un aire de curiosidad y una chispa alegre, casi irónica, en la mirada.

Don Josemaría sabe que Pedro es hijo de un Catedrático, que estudia Ciencias Exactas y Arquitectura, y que es un compañero que aprecian cuantos conocen.

En esta brevísima pausa, mientras median los saludos, Pedro repasa las circunstancias que le han llevado hasta la calle de Ferraz. Ha cursado sus estudios en instituciones laicas. En el círculo de amistades en que se mueve y en su ambiente familiar hay cierta prevención hacia los curas. Tiene fe, pero su formación religiosa no es profunda. Nunca ha hablado con un sacerdote cara a cara. Los profesores clérigos que tuvo en el Instituto han pasado por el filtro de su crítica intelectual y acerva. Por eso, cuando oye hablar de don Josemaría con admiración, contesta con sarcasmo y autosuficiencia.
Sin embargo, llevado de su insaciable curiosidad por todo, y empujado, también, por la insistencia de aquel amigo, accede a la presentación que está teniendo lugar en este momento. Pero acude con el firme propósito de no hablar de nada personal.

El vestíbulo de la Residencia le ha impresionado bien. Es, piensa, como el de una familia de la clase media, más bien modesta, pero de buen gusto. Y, sobre todo, muy limpio. No es la característica más frecuente en los alojamientos de estudiantes.

Ahora, ante la presencia de don Josemaría, se han debilitado sus prejuicios. Este sacerdote impone un respeto muy superior a su edad pero, al mismo tiempo, despierta una simpatía arrolladora y una alegría contagiosa. Con toda delicadeza, pide perdón al amigo que le acompaña para que les deje solos unos minutos. Y, durante esta conversación, Pedro pierde la noción del tiempo y ve derrumbarse sus reservas. Ganado por completo, va abriéndole su alma, hasta los pliegues más recónditos,. como no había hecho jamás con nadie. Hablarán más de una hora. Cuando se marcha, le pide insistentemente que sea su director espiritual, aunque no tiene ni la menor idea de lo que es la dirección espiritual. No puede medir hoy el alcance que va a tener en su vida esta petición.

A partir de este momento, Pedro acude regularmente a Ferraz para confesarse y hablar a don Josemaría de sus proyectos y de su alma. En los intercambios de su amistad, va descubriendo progresivamente la hondura espiritual de este sacerdote, su inteligencia y su cultura. Dentro de su familia ha sido educado en absoluta libertad, y no encontrará jamás, en este apoyo espiritual y humano de don Josemaría, estrechez de miras, coacción, rigidez o cuadrícula de ninguna clase: nunca cercena sus aspiraciones, despierta en él su generosidad con Dios, le recuerda la responsabilidad con sus padres, le habla de santidad en el mundo sin hacer nada raro, primero a través de sus estudios y, luego, en su profesión y trabajo.

Al llegar el verano, Pedro, asombrado, comprueba que ha conseguido cumplir un plan de vida que le acerca a Dios, que ha dado un nuevo rumbo a sus ideales, que ha forjado una buena amistad con aquellos que comparten la dirección y ayuda de don Josemaría, y que ha hecho apostolado con sus compañeros para conducirles a la alegría de un cristianismo vivo y verdadero.

Le parece que es el máximo. Nadie le ha planteado otra cosa y jamás se ha hecho la idea de que Dios pudiera necesitar su vida entera.
Y con esta renovada juventud se marcha a Torrevieja, en la provincia de Alicante, a pasar unas felices y largas vacaciones frente al mar.
Durante aquellas luminosas tardes de Levante, llegarán hasta Pedro las noticias de sus amigos de Madrid que le escriben. Siempre, don Josemaría añadirá unas líneas. Y estas cartas le dan la fuerza y el vigor para seguir poniendo a Dios delante de su vida.
Cuando regresa a la capital, un compañero de la Escuela de Arquitectura, con el que le une una antigua y profunda amistad, le dice que está a punto de pedir la admisión en la Obra. A través de él, Pedro entiende que en Ferraz hay un grupo de hombres, profesionales y estudiantes, que viven una entrega total a Dios y que han renunciado al matrimonio.

Se queda de una pieza y trata de calmar a su amigo. Pero nota que, según imparte tranquilidad, va perdiendo, paulatinamente, la suya. A él nunca le han hecho la menor insinuación.

En la primera oportunidad habla con don Josemaría. Pero, ante su asombro, no da importancia a las inquietudes que han ocupado su pensamiento durante aquellos días. Le recomienda, eso sí, que intensifique su vida de piedad, que estudie mucho, y que deje sus preocupaciones en manos del Señor de la paz. ¡Ah!, y que no falte al retiro mensual que harán los chicos de la Residencia.

Efectivamente, allí está. Y desde la primera meditación, Pedro sabe con certeza que no puede «irse triste» como el joven del Evangelio que no tuvo suficiente generosidad para ir tras Jesucristo. Busca impacientemente a don Josemaría y le pide ser admitido en la Obra. Aunque le vuelve a recomendar calma, forcejea para convencerle de la seriedad de sus palabras.

Don Josemaría le mira, con el cariño que le inspiró desde el primer día, y le envía a rezar al Espíritu Santo para que le ayude a decidir con libertad. La vocación, le dice, sólo puede afrontarse en absoluta libertad de alma.

Unos días más tarde, Pedro Casciaro, alegre, gozoso por el hallazgo de una nueva tierra, de un horizonte más ancho que el Mediterráneo de sus vacaciones, pone toda la fuerza de su corazón en manos de Dios. Esta aventura divina que comienza junto a don Josemaría en el año 1935 le llevará mucho más lejos y le hará edificar construcciones más altas de las que hubiera soñado nunca para sus ambiciones de arquitecto. Años después, en 1946, será ordenado sacerdote y, un tiempo más tarde, partirá hacia México para iniciar allí la singladura del Opus Dei.

Durante un viaje a España, en 1975, tras la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer, tiene ya el pelo blanco. Pero conserva el brillo jovial de sus ojos, que han mirado tantas maravillas, como le pronosticara un día, en su juventud, el Fundador. Vuelve a México, el lugar donde ha desarrollado, durante más de veinte años, una enorme labor para dar solidez a los cimientos de la Obra; donde miles de almas conocen ya la misma luz con que el Espíritu Santo inundó su alma un día de invierno madrileño.

Coincidiendo en el tiempo con Pedro Casciaro, hay un estudiante que frecuenta la Residencia de Ferraz y que acabará viviendo en ella. Es alto, muy delgado, y habla con el inconfundible acento de la región levantina. Su familia está en Valencia. Pero él permanece en Madrid haciendo Ciencias Exactas y Arquitectura. Francisco Botella estudia a marchas forzadas. Tiene gran fuerza de voluntad y también la responsabilidad de ser el único hijo varón, en quien se cifran tantas esperanzas familiares. Sus dos hermanas viven en Valencia, con sus padres.

Por esta afinidad cronológica, los primeros pasos de Pedro Casciaro y Paco Botella, desde el invierno de 1935, van a estar tan unidos que, cuando años más tarde, doña Dolores Albás les conozca, formará con ellos un binomio indisoluble: cada vez que tenga que referirse a uno, le acompañará inevitablemente con el nombre del otro. Pregunta siempre por los dos a la vez, de modo que la «entente» Pedro y Paco comienza a cobrar carta de naturaleza.

Cuando estalle la guerra civil española, Pedro y Paco se encontrarán en Levante, y en octubre de 1937 acompañarán al Fundador en su salida de España a través de los Pirineos.

Don Francisco Botella recibirá la ordenación sacerdotal en 1946. Su dedicación plena a realizar la Obra se pondrá de manifiesto a lo largo de su vida, hasta su muerte en Madrid, el 29 de septiembre de 1987.

Durante más de cuarenta años atenderá a los alumnos de las Universidades de Barcelona primero y de Madrid después, desde su Cátedra de Geometría Analítica. También desarrollará amplias actividades académicas desde el Consejo Superior de Investigaciones Científicas de Madrid. Pero esta dedicación no menguará nunca sus largas horas de servicio a multitud de personas que acudieron a su ayuda sacerdotal.

En la festividad de los arcángeles San Miguel, San Gabriel y San Rafael su cuerpo yacente, revestido con los ornamentos sacerdotales, será el mejor testimonio de fidelidad al Opus Dei.

Ana Sastre. Tiempo de caminar