Ricardo Fernández Vallespín

Don Ricardo Fernández Vallespín recuerda, de modo imborrable, el día en que conoció a don Josemaría Escrivá de Balaguer. Es el 14 de mayo de 1933, y tiene veintidós años. Conserva también, perfectamente anotadas, las circunstancias que rodean el encuentro.

Vive en la calle de Argensola y estudia el último curso en la Escuela Superior de Arquitectura. Ha de cruzar Madrid, cada día, para llegar hasta la calle de Estudios, muy cerca de la Puerta de Toledo, donde se imparten las asignaturas de su carrera.

Su ambiente familiar se ha visto alterado, recientemente, por la situación política de España. El hermano mayor, Arístides, también estudiante de Arquitectura, y el pequeño, Carlos, han ingresado en la cárcel por tomar parte en el levantamiento de agosto de 1932 contra el Gobierno de la República. Su padre, ingeniero militar, acaba de retirarse, y los ingresos económicos han disminuido.

A pesar de estos incidentes, Ricardo no se siente inclinado a militar en ninguna de las asociaciones políticas. Tiene el empeño de concluir cuanto antes sus estudios y, mientras, para ayudar a la familia, da clases de materias relativas a los dos últimos años de la carrera particularmente difíciles. Es uno de los más brillantes alumnos de la Escuela Superior.

El 14 de mayo de 1933, se encuentra junto a Pepe Romeo. Cuando está desarrollando la lección en un pequeño encerado, se abre la puerta y entra don Josemaría. Interrumpe momentáneamente su trabajo y le presentan a este sacerdote, que es amigo de la familia Romeo. Inmediatamente se siente atraído por su cordialidad y buen humor. En un pequeño diario, donde anota los acontecimientos más importantes de cada jornada, va a dejar escrito: «Hoy he conocido a un sacerdote, joven y entusiasta, que no sé por qué pienso que va a tener una influencia grande en mi vida».


Por eso, cuando le cita para una entrevista amistosa en su casa, acude a ella el 29 de mayo, quince días más tarde, como quien va a intercambiar impresiones con un antiguo conocido. Sin embargo, Ricardo saldrá cambiado de esta reunión.

Actualmente, la familia Escrivá de Balaguer vive en una casa de la calle Martínez Campos, número 4. Don Josemaría le recibe y le habla de vida interior. Le anima a ser mejor, a acercarse al amor de Cristo. Luego, coge un libro y escribe en la primera página:


+ Madrid 29-V-33 
Que busques a Cristo Que encuentres a Cristo Que ames a Cristo
.

Se trata de la «Historia de la Sagrada Pasión» del Padre Luis de la Palma.

Treinta años más tarde, don Ricardo Fernández Vallespín -sacerdote desde 1949- regresará de trabajar por el Opus Dei en América del Sur. Hace tiempo que ha dado por perdido aquel pequeño libro. Y cuando pasea su mirada por los ejemplares de una biblioteca en casa de sus hermanas, ve el título de la «Historia de la Sagrada Pasión». Lo coge y, al abrirlo, observa su nombre escrito en la contraportada; pasa la hoja y allí está, en la primera página, la dedicatoria de don Josemaría.

Lo recibe como un nuevo regalo y así se lo escribe al Fundador, que no tarda en contestarle, lleno de cariño:
«También a mí me conmovió aquella dedicatoria, que nos lleva a tiempos tan lejanos: ¡cuánto ha bendecido el Señor su Obra! (...). Reza por mí, y haz rezar por mí»

A la primera entrevista en Martínez Campos seguirán algunas más; pero Ricardo, en esta época de su vida, es un muchacho de gran actividad, divertido, que saca el mayor jugo posible a las vacaciones de verano. Las excursiones, el deporte y la alegre camaradería de chicos y chicas, que comparten sus días libres, le hacen olvidar, temporalmente, aquellas reuniones.

En septiembre regresa a Madrid con una ambición: terminar su carrera, situarse lo antes posible, empezar a ganar dinero. Sin embargo, un contratiempo importante va a cruzarse en sus afanes. Cuando tiene encima los exámenes, contrae una enfermedad grave: reumatismo poliarticular agudo. Los médicos le aconsejan reposo absoluto y un tratamiento intensivo que prevenga las complicaciones. Tiene pendiente la última asignatura de sus estudios: el proyecto de un edificio. Y apenas le queda un mes para desarrollarlo.

Recuerda, de pronto, una excursión a la Virgen de Sonsoles que hizo en el verano, desde Avila. La impresión que le produjeron la ermita y los exvotos colgados en la pared. Y promete a la Señora que irá a pie desde Madrid para rezar de nuevo junto a Ella, si se cura a tiempo para recuperar la asignatura. Cede la enfermedad y, aunque le cuesta un gran esfuerzo, termina felizmente en el curso 1933-34. Es uno de los arquitectos más jóvenes de España.

En noviembre acude a visitar nuevamente a don Josemaría. Quiere hacerle partícipe de su alegría, del final de esta pequeña batalla ganada con buen pulso. En esta reunión, el sacerdote le habla de la Obra, de la cual no tiene aún noticia alguna.

Durante el caer de aquella tarde, Ricardo escucha y entiende que Dios quiere que se lleve a cabo una misión, no para solucionar un problema temporal de España, sino que tiene envergadura universal. Conoce la existencia de hombres que han elegido entregar su vida a fin de llevar el amor de Dios a las criaturas. Y todo, en el ejercicio de su profesión, en la calle, entre sus iguales. Como los primeros cristianos.

Oye la exposición cálida, personal, de don Josemaría, que abre ante su alma el horizonte espiritual de dar la vida por la Vida, el amor humano por el Amor.

Mientras escucha, sin haber tenido antes el menor pensamiento de darse enteramnte a Dios, cae en la cuenta de que éste es su camino. Y con una alegría que escapa a toda explicación lógica, le dice: «Yo quiero ser de eso».

De «eso» que ve en su enorme trascendencia, pero a lo que aún no acierta a poner un nombre concreto.

Ricardo rezará pidiendo luz al artífice de toda inspiración: al Espíritu Santo. Y se siente tan gozoso, que no piensa en lo que tiene que dejar sino en lo que ha encontrado. Jamás había ido a comulgar tres días seguidos. Esta vez lo hace, y reafirma su petición sincera y tranquila. Acaba de cumplir veintitrés años y su formación religiosa es la corriente de un muchacho que procede de una familia cristiana. Pero no le faltará, desde el primer momento, la fe en el espíritu sobrenatural de la Obra ni en su vocación. Tiene la seguridad de que don Josemaría es un hombre elegido por Dios como instrumento de una gran siembra de amor y de paz.

Unos días después de la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer, don Ricardo escribirá: «No puedo menos, al escribir estas líneas, de dar gracias a Dios y pedir que llegue a todo el mundo este torrente de su Amor, que abra y llegue a todos los rincones de la tierra en un cauce hondo y ancho, luminoso y fecundo. Y que glorifique al fiel instrumento que fue el Padre, durante su vida en la tierra».

Doce años después, el 30 de julio de 1988, don Ricardo Fernández Vallespín morirá en Madrid después de una entrega total a la Obra de Dios. Sin duda el Padre esculpió en su alma aquellas palabras escritas como dedicatoria, en la «Historia de la Sagrada Pasión»: buscar a Cristo, encontrar a Cristo, amar a Cristo.