José María González Barredo

Dios en medio del trabajo

Estamos en el curso académico de 1929. Cada mañana, desde la calle de Caracas, en Madrid, un estudiante de Ciencias Químicas emprende el camino de la Universidad, pero antes hace una parada en la capilla del Patronato de Enfermos, que le queda de camino, atravesando la calle de Santa Engracia. Es una cita diaria a la que no falta desde su juventud. Ha puesto las raíces de su esfuerzo en las manos de Dios.

Hace meses que advierte la presencia de un nuevo sacerdote en la capilla. Tiene su confesonario muy cerca de la entrada, a la derecha. En las contadas ocasiones en las que se han saludado por la calle, ha podido advertir que es muy joven y se cubre con una «teja» intentando dar a su talante un aire de gravedad. Algunas veces ha coincidido en un acto litúrgico que oficiaba en el Patronato y le han impresionado profundamente su devoción y naturalidad.

Lo que José María González Barredo desconoce es que, desde 1928, este sacerdote reza por él, y ha escrito en un pequeño diario que lleva habitualmente la petición de que llegue a ser del Opus Dei. Porque en su confesonario de la iglesia, don Josemaría Escrivá sigue llamando, a veces “in mente”, a todos los que Dios ha señalado para hacer su Obra en la tierra.

González Barredo tiene diecinueve años y se ha planteado una dedicación de servicio a los demás. Pero no acaba de ver la solución a sus dudas a pesar de repetidos intentos para encontrar el camino.

Entre 1931 y 1932, José María G.B. comienza su actividad profesional en el Instituto de Linares (Jaén) y pierde de vista temporalmente a este sacerdote que le ha saludado en varias ocasiones, pero sin llegar a tener ninguna conversación con él.

En las Navidades de 1932, regresa para trabajar en su Tesis Doctoral en el Instituto Rockefeller de Madrid. Se aloja en una residencia alemana para familiarizarse con este idioma que ahora resulta indispensable en el ámbito científico.

Una mañana, camino de su trabajo, se cruza con aquel sacerdote del Patronato, que le ha reconocido y viene a su encuentro. En un primer momento intenta eludirlo, pero no lo consigue. Y he aquí que le propone, insistentemente, una entrevista este mismo día.

No está muy animado José María G.B. porque imagina que le va a reclamar para cualquier actividad parroquial y no desea dedicar su tiempo a nada que le aparte del quehacer profesional. Con todo se plantea una pregunta: ¿y si tuviera la solución a sus dudas?, ¿y si le diera luz para el camino que está buscando?

Las horas pasan inexplicablemente lentas en el Instituto Rockefeller durante esta jornada. Pero, al fin, puede acudir a la cita concertada.

Don Josemaría le recibe cordialmente y le habla de muchos temas; también le explica en qué consiste la Obra. Años más tarde, este futuro científico, miembro de varias Academias, conferenciante asiduo en las reuniones de más alto nivel técnico, Catedrático de Física y Química, y profesor de dos Universidades americanas, escribirá:

«La impresión que me produjo fue muy intensa. Se veía su santidad, las virtudes sobrenaturales que tenía, y también sus virtudes humanas de cordialidad, fortaleza, fuerza de voluntad, alegría y, sobre todo, un extraordinario sentido del humor. Además, mostraba horror a toda clase de ostentación, a todo lo que pudiera parecer extraordinario (...). Me dijo solamente que la Obra no era una obra puramente humana, que no era un grupo de hombres buenos que se reúnen para hacer una cosa buena: eso es mucho, pero es poco. La Obra es una cosa sobrenatural, que Dios quiere.

(...) A pesar de que yo llevaba tantos años sin ver claro, fue tal la impresión que me produjo el Padre, y la tranquilidad y la paz al mismo tiempo, que me decidí a pedir la admisión en la Obra inmediatamente y sin ningún género de duda».

Más tarde intentará comunicar esta certeza que le inunda a sus amigos. Y cuando expone su entusiasmo, alguno le responde: «Pero... ¿y los medios?».

Cuando traspasa al Padre este interrogante, don Josemaría Escrivá, sin pararse a pensarlo, responderá aquello que un día va a quedar escrito en el punto 470 de «Camino»: «-Son los mismos de Pedro y de Pablo, de Domingo y Francisco, de Ignacio y Javier: el Crucifijo y el Evangelio...
-¿Acaso te parecen pequeños?
».

En verdad no tienen ningún medio material. Pero José María González Barredo aprenderá del Fundador a confiar plenamente en la Voluntad de Aquel que ha escrito ya la historia de la Obra sobre el mundo. Y con su trabajo incesante contribuirá a abrir los caminos de Dios.

En 1933 encontrará el piso bajo de la calle de Luchana donde va a instalarse la futura Academia DYA. Y aportará para sacar adelante este empeño todos los ahorros que tiene en una cartilla de Banco. Así se paga el primer alquiler. Como anécdota, José María G.B. recuerda que, a los dos días, el Banco anunció suspensión de pagos por quiebra. La Academia había iniciado su andadura con el tiempo justo.

En los primeros tiempos de la Obra en Madrid, José María González Barredo será testigo de la dedicación, del espíritu y el esfuerzo del Padre. Recordará siempre la formación espiritual y humana que recibe del Fundador a lo largo de esta etapa. Además, impulsado por su estímulo, no descuida su dedicación profesional e interviene, a pesar de su juventud, en congresos y reuniones de la Sociedad Española de Física y Química.
Acompañará al Padre en múltiples avatares de la guerra civil, y, cuando concluya el conflicto, visitará con él los restos de la Residencia de Ferraz 16. Allí mismo, sobre un montón de escombros, don Josemaría Escrivá de Balaguer improvisará una meditación sobre la generosidad en la entrega total a Dios. Y les hará ver que está contento a pesar de que a la Obra no le queda ninguna cosa más que las ruinas sobre las que están rezando. Desde este punto de partida, todo volverá a empezar con mayor fuerza que antes.

Durante uno de los viajes a que le obliga su constante actividad científica, José María González Barredo tiene la oportunidad de ser recibido en Roma por el Papa Pío XII. La audiencia se desarrolla alrededor del mediodía y puede hablar con Su Santidad hasta de amigos comunes: Pío XII ha sido Nuncio en Alemania y conoce al profesor Euken de Góttingen, con quien trabaja actualmente José María. Este punto de encuentro alemán es la Universidad más importante en estudios de Física y Matemáticas. Aquí escribirá este doctor, miembro del Opus Dei, una de sus obras fundamentales: «Distance space and time». Y además va a traducir «Camino» al alemán para enviárselo al capellán de la Universidad.

En 1946, enviado por el Fundador, llega a Nueva York como pionero de la Obra en Estados Unidos. Cargado con un gran arsenal de libros del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, sabe, sin embargo, que su mejor equipaje es la bendición con que el Padre le ha despedido camino de un nuevo continente. Sus primeros contactos son difíciles. Un día que sale de la Delegación Apostólica en Washington, ve al otro lado de la Massachusets Avenue el Observatorio Astronómico de la Marina Naval. Y se le inunda la memoria con el recuerdo de su querida Residencia de Ferraz. Porque allí, en un respostero se leía: “Per aspera ad astra” -por lo áspero a las estrellas-. Y el estímulo de esta frase -que también campea en el escudo de los Estados Unidos- vuelve a acelerar su ánimo.

Durante algún tiempo trabajará en la Harvard University y en la Columbia University. Pero no podrá desarrollar su verdadera especialidad en fenómenos de velocidades ultrarrápidas hasta que no consiga un contrato en el National Bureau of Standards. Al fin, por lo difícil -áspero- empieza a llegar a las estrellas. Sus relaciones con científicos de la talla de Enrico Fermi, o de Raman, el primer premio Nobel de la India, no impedirán su dedicación a instalar una Residencia para estudiantes en Chicago, ni la traducción de «Camino» al inglés con un preámbulo escrito por el Cardenal Stritch.

Ana Sastre. Tiempo de caminar

Antes de 1949 el Fundador enviará a los Estados Unidos a Pedro Casciaro. José María G.B. le acompañará a través del Canadá, buscando nuevos horizontes para el Opus Dei.

Cuando uno de los tres primeros sacerdotes de la Obra, don José Luis Múzquiz, llegue para dejar su vida en la inmensidad de esta América del Norte, José María G.B. le acompañará con mayor ilusión e intensidad de las que ha puesto en ningún otro encuentro humano o científico. Porque en la raíz de todo su quehacer permanece intacta aquella vocación por la que rezaba un sacerdote joven, en el año 1928 y en la iglesia del Patronato de Enfermos: ganar el mundo para Cristo santificándose en el trabajo, santificando el trabajo y santificando a los demás con el trabajo.