Feliz hasta el último momento

 

La prima rosa rossa è già sbocciata...

Aprite le finestre al nuovo sole

è primavera, è primavera...
Aprite le finestre ai nuovi sogni
bambine belle, innamorate
e forse il piu bel sogno che sognate
sarà domani la felicità

'E primavera, festa dell'amor.

"Poco después del fallecimiento -recuerda Fernanda Mallorga- su madre comentó que, como era Jueves Santo y los oficios eran por la tarde, a esa hora estaría ya con Jesús en el Cielo.

Permanecimos todo el tiempo de rodillas alrededor de su cama. Entre otras, estábamos: Lía Vila, Carmen Francés y algunas más.

Más tarde llegó el sacerdote del Opus Dei -don Emilio Navarro-, a darle la absolución. Le dijo en voz alta: 'Montse, ¿me oyes?, te voy a dar la absolución; se hizo más intenso el silencio, mientras recitaba la fórmula de la absolución. Después de breves momentos indicó que le cerraran los ojos, pues ya había fallecido: era la 1.20 p.m. La amortajamos entre Lía Vila, Carmen Francés y yo".

La pusieron en la cama, envuelta en una sábana blanca, sencilla, como ella, rodeada por una guirnalda de tulipanes blancos, flores alegres, también como ella. Parecía como si en vez de perder la vida, la vida le hubiera vuelto al rostro. Estaba con una expresión plácida y serena, aunque se advertían las huellas del sufrimiento. Y tenía una levísima sonrisa.

"En aquellos momentos -cuenta Rosa- pensé en lo feliz que había sido Montse en esta tierra y en lo feliz que sería en el Cielo; y me acordé de lo que decía el Fundador del Opus Dei: que la felicidad del Cielo es para los que saben ser felices en la tierra. Y ella fue feliz, feliz, hasta el último momento...

¿Verdad que parece increíble? Pues es verdad; hasta el último momento fue profundamente feliz; y nos hizo felices a los que tuvimos la suerte de tratarla y de conocerla, a pesar de lo mucho que sufrió... Yo, cuando me encuentro con un cliente en la farmacia que está muy grave, me entristezco, no lo puedo remediar. Sin embargo, con ella no me entristecí nunca ... porque el amor de Dios se apoderó de su alma y supo amar a Dios por encima del sufrimiento, por encima de su desgracia, por encima de la enfermedad y por encima de... de la muerte y de todo".

Allí, junto a la imagen de la Virgen de Montserrat, junto a la palma del domingo de Ramos que Rosa le había llevado, había una rosa. Y sobre la sábana, encima de su pierna enferma, había otra rosa roja, que había traído su tía Adela, y que se mantuvo fresca y lozana durante dos días enteros, desde el día 26 hasta la mañana del 28 de marzo, Sábado Santo, en que la enterraron.

Sus padres, sus hermanos, las de Llar, pasaron aquellas dos noches junto a ella, en vela. Y durante una de esas noches, ante el cuerpo de su hija, que parecía, más que muerta, dormida, su padre le decía a los que la velaban:

"No creáis que mi hija, porque era tan joven, no sabía lo que era el amor. Mi hija estaba enamorada. Se enamoró de Dios. Ese fue el sentido de su vida. Por eso rezaba, y hacía apostolado, y obedecía, y luchaba. Yo me di cuenta como se fue uniendo a Dios, con una lucha continua, día a día... Y todo lo hizo porque estaba enamorada..."

Le cambiaron el crucifijo que llevaba siempre por uno de madera, que le había hecho su hermano Jorge. Luego la amortajaron y le pusieron una rosa junto a los pies.

"Y yo pensé -recuerda Rosa-, después de que se la llevaran, en aquel villancico que tanto nos gustaba cantar cuando se acercaba las fiestas de Navidad:

No hay tal andar
como buscar a Cristo.
No hay tal andar
como a Cristo buscar.
Que no hay tal andar".

Llegó don Vicente Salvá, el párroco, a expresar su condolencia. "En un caso así -comentó- en lugar de estar tristes hay que entonar el aleluya".

28 de marzo de 1959

"Montse nos había pedido dos cosas -recuerda María del Carmen Delclaux-: que la metiéramos en el ataúd lo más tarde posible y que fuéramos al cementerio a acompañarla. Y así lo hicimos. No la pusimos en el féretro hasta que se la llevaron a enterrar; y aunque no era costumbre en Barcelona que fueran las mujeres al cementerio, fuimos y la acompañamos, como nos había pedido, hasta el último momento.

La enterramos en el Cementerio del Sudoeste, en el nicho ojival nº 89 de la Vía Juan Bautista. Eran las 9.30 de la mañana del 28 de marzo: un día de Sábado de Gloria, como se llamaba entonces, lleno de claridad y de luz. Era el 33 aniversario de la ordenación sacerdotal del Fundador del Opus Dei, que tuvo lugar en Zaragoza el 28 de marzo de 1925".

"Su madre quiso verla por última vez. Abrimos la tapa, y nunca me olvidaré de su rostro, allí, iluminado por los rayos del sol...

El funeral se celebró unos días más tarde, el 4 de abril, en la Parroquia del Pilar. Durante la ceremonia reinó un ambiente de gran serenidad, de paz y de alegría".

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