Las curas

 

Se sucedían las noches en blanco: noches larguísimas y dolorosas en las que Montse seguía ofreciendo sus dolores por unos y por otros. Y durante el día le esperaban las curas, que ofrecía, como recuerda Carmiña, por una intención concreta: por la Iglesia, por el Papa, por los sacerdotes... "La cura de la mañana, que era tremenda -cuenta Carmiña- la ofrecía siempre por el Fundador del Opus Dei y todos los que vivían con él en Roma".

Como a medida que avanzaba la enfermedad, las curas eran más dolorosas y complicadas, "venía una amiga de su madre, que era enfermera, a curarla -recuerda Carmiña- y su padre la levantaba de la cama, sosteniéndola con los dos brazos en el aire, mientras ella cantaba: '¡Tachín, tachín, tachín!', para quitarle dramatismo a la situación, mientras le cambiaban las sábanas, totalmente empapadas a consecuencia de lo de la pierna... Hasta que decía: '¡ya no puedo más!', y la dejábamos en la cama, quieta..."

"Además -añade María del Carmen- teníamos que darle fricciones en la otra pierna, para que no se le durmiera ni se le anquilosara por la falta de ejercicio. Hasta que llegó un momento en que no se la podía ni tocar sin causarle un dolor tremendo. Y tuvieron que ponerle un armazón para que no le rozaran las sábanas. Y cada vez que se le hacía una cura y le aplicábamos una toalla la sacábamos empapada del líquido que le supuraba de la herida".

"¡Aquella llaga! ¡Aquel olor! -recuerda Enrique-. ¡Con lo sensible que ella era...! No era coqueta, pero sí muy femenina. Y seguro que su sensibilidad se rebelaba ante esos aspectos tan desagradables de su enfermedad. Pero, sin embargo, lo soportaba todo con una paciencia increíble... ¡cuando uno de los rasgos de su carácter había sido siempre, precisamente, la impaciencia!

¡Cómo había cambiado! De pequeña, lo quería todo 'ya'. Y se molestaba si algo no salía como ella había previsto. Y se enfadaba. Ahora, por el contrario..."

"Un día me encontré con que la pierna se le había abierto y fue cuando se empezaron aquellas tremendas curas, que no cesaron hasta que murió -sigue contando Lía-. Le supuraba tanto que era preciso cambiar algodones y toallas dos o tres veces al día. Para curarla teníamos que estar tres o cuatro y sujetarle la pierna que requería una maña especial; el vendaje, en fin una serie de cosas molestísimas todas, que aguantaba con una calma tremenda, sus únicas quejas eran siempre:

-Mamá, mona, ten cuidado, papá guapo.

Y de ahí no salía. Algunos días a mitad de la cura había que esperar un rato porque se mareaba, hacía un olor espantoso que ni ella misma podía resistir".

Sus amigas le iban diciendo intenciones para que las encomendara: una persona que podía entregarse a Dios, una enferma... "A los enfermos -dijo en una ocasión- los quiero de una manera especial..." Se sentía especialmente unida a ellos por el sufrimiento.

Otros dolores los ofrecía por la Iglesia, por el Papa, por la labor del Opus Dei en París, donde ya no podría ir..., por sus amigas de Llar... Un día, nada más despertarse le preguntó a su madre a primera hora de la mañana cuántas chicas habían pedido recientemente la admisión en el Opus Dei, en Llar.

-"Once. ¿Por qué lo preguntas?"

-"Porque esta noche pasada, como no podía dormir, las iba encomendando una a una, pero sólo me salían diez. Tendré que ofrecer muchas cosas esta mañana por la que falta, porque la pobre se ha quedado sin nada".

Pedía que todos la ayudaran a luchar. "Y sus padres -recuerda Pilar Martín- la ayudaron con una generosidad sin límites a lo que el Señor le pedía, con cariño y reciedumbre a la vez, sin ceder nunca en lo que se debía de hacer".

"A mi modo de ver -recuerda el doctor Cañadell- sus padres tenían dos actitudes diferentes y complementarias frente aquella enfermedad.

Su madre nunca creyó que Montse se fuera a curar: por eso la ayudaba a abandonarse en las manos de Dios, y hacía todo lo posible para que Montse aprovechara aquel dolor para acercarse más a Dios y para que acercara a mucha gente al Señor...

Su padre sí confiaba en su curación y puso todos los medios para, por decirlo de algún modo, hacer fracasar todos los pronósticos médicos...

No son dos posturas contrapuestas: los dos actuaban unidísimos; y esto no quiere decir que Manolita dejase de poner los medios humanos para su curación ni que Manuel no se abandonase en la Voluntad de Dios, como le vi hacer siempre. Lo que quiero señalar es que cada uno puso el acento en un modo de actuar, siendo los dos modos profundamente cristianos y ejemplares".

"El ambiente que la rodeaba -comenta Rosa- era muy recio, muy sobrenatural y al mismo tiempo, ¡tan humano! Llegaba el niño pequeño del colegio, que tendría tres años, cuatro a lo sumo, y su madre le decía: 'no grites, que Montse no debe sentir ruidos'. Y yo le oía jugar con el cochecito por el pasillo: chisssss, chissss, empujándolo con voz muy bajita: chu-cu... chucu... chu-cu... chu-cu... No se oía ni una mosca. Todo el mundo se hacía cargo...

Nadie estaba amargado, ni enfadado: y sus padres, ¡tenían una alegría siempre! Su madre era tan entrañable, tan cariñosa con ella, y conmigo, con todos... Eso la ayudó a luchar hasta el último momento".

En esa lucha, las palabras que el Fundador le había dicho en Roma eran su fundamental fuerza inspiradora, y le prestaban energía y alientos cada día. Tenía en su habitación la fotografía que Elena Serrano le había hecho en Roma, durante su encuentro con el Padre. "Le sirvió de ayuda y fortaleza durante su enfermedad: la tenía delante y encomendaba las intenciones del Fundador de la Obra", cuenta Encarnita Ortega. Pero, ¿sería capaz de resistir hasta el final? Necesitaba la ayuda de la oración de todos. Por medio de su madre, escribió a Encarnita:

"Querida Encarnita:

Me está costando mucho y confío en vuestra ayuda que me va haciendo mucha falta en este final tan largo. Yo, no os olvido ni os olvidaré. Muchas felicidades y un abrazo.

Montse"

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