Quiero ver tu rostro, Señor

 

En esta fotografía aparece junto con María Teresa González Garay. Se la ve serena y feliz. Amaba la vida, porque es un don de Dios; y aceptaba con la misma alegría la muerte, si era la Voluntad de Dios. Deseaba vivir y deseaba morir al mismo tiempo: en definitiva, deseaba lo que Dios quisiese. Pero, a medida que pasaban los días, lo mismo que le sucedió a María Ignacia García Escobar, crecía en su alma, con ímpetu irrefrenable, el deseo de ver el rostro del Señor: "Vultum tuum, Domine, requiram! ¡quiero ver tu rostro, Señor!" Aquel deseo de ir al Cielo que hacía suspirar a María Ignacia "ay si fuera hoy mismo!" se fue apoderando también, con una fuerza inusitada, del alma de Montse.

Por eso, cuando hablaba con unos y otros, no fingía. Era sincera con ellos: deseaba vivir y deseaba irse al Cielo. Tomaba las medicinas con aquella indiferencia que tanto sorprendía a su madre, porque sabía que por encima de aquellas medicinas estaba la Voluntad de Dios. Y como veía a Dios como a un Padre amoroso, que siempre disponía lo mejor -aunque fuera, tantas veces, humanamente incomprensible-, esperaba la vida -o la muerte- con serenidad y paz, tranquila y sonriente. Si Dios era la felicidad plena y esa felicidad era para siempre, ¿por qué se iba a poner triste? ¡Hasta tenía tiempo para arreglarse!

Nunca, a pesar de su situación, abandonó el cuidado de su aspecto externo. "Se cepilló los dientes -anota su padre- hasta el último día".

Esto sorprendía a los que la cuidaban, pero no había por qué asombrarse: era una muestra delicada, pequeña como todo lo suyo, de caridad con los demás. ¿No había aprendido a tocar la guitarra para alegrar a los que la rodeaban durante aquellos días duros? Aquel cuidado personal era también una manifestación de caridad, pequeña pero eficaz, porque nada desanima más que ver a un paciente desmadejado en la cama, con un desaliño que es la muestra externa, tantas veces, de la desesperanza interior, del desaliento, del "ya, qué más da".

"A veces -recuerda Carmen Salgado- le decíamos al llegar: 'Montse, ¡qué guapa estás hoy!'. Y contestaba divertida:

-¡Es que me he acicalado para estar guapa cuando vinierais!"

Sin embargo, por mucho que hiciera por disimularlo, su estado de salud se iba empeorando a ojos vista. Había perdido casi totalmente el apetito y se repetían día tras día, penosamente, las recomendaciones de sus padres:

-"¿Montse, no quieres un poco más?... Esto de aquí, que está muy rico..."

Al final, para animarla a tomar algo, invocaban el argumento decisivo:

-"Montse, ánimo... mira: esto ofrécelo por una vocación".

Entonces se lo tomaba, aunque cada cucharada era un verdadero tormento. Y nunca pidió comida especial.

Llegó un momento en que sólo podía calmar la sed con líquidos, como la leche con cacao. "Como no la vendían en los alrededores de su casa -cuenta Carmen Salgado-, yo se la llevaba. Pero ella no quería que eso me causara molestias. '¿Has tenido que venir expresamente?', me preguntaba siempre...; y yo le daba siempre alguna excusa para que no sospechara que iba sólo a donde lo vendían para comprar eso".

Una novena a Isidoro

Mientras tanto todos rezaban para que se curase y su familia acudía también a la intercesión de Isidoro Zorzano:

"Oh Dios -leían en voz alta en la estampa para su devoción privada-, que llenaste a tu siervo Isidoro de tantos tesoros de gracia en el ejercicio de sus deberes profesionales, en medio del mundo: haz que yo sepa también santificar mi trabajo ordinario y ser apóstol de mis amigos y compañeros..."

Isidoro y Montse: dos miembros del Opus Dei, de mentalidades, circunstancias, talante humano y origen muy diferentes, unidos por un mismo afán de santidad y una misma vocación. Isidoro es un ejemplo admirable del trabajo cotidiano hecho por amor a Dios. También ella debía ser santa, como Isidoro, en su propio trabajo: su enfermedad. Ese era "su Opus Dei", lo que tenía que convertir en trabajo de Dios.

Como Isidoro, como María Ignacia, como Carmen Escrivá, ella también se iba hacia el encuentro definitivo con Dios con serenidad, dando paz a los que la rodeaban, sonriendo... "¡Qué frutos tan magníficos está dando la Obra!", escribió Isidoro, al conocer la muerte de María Ignacia. "Y todavía no ha empezado", explicaba, aludiendo a la juventud del Opus Dei. "Contamos ya con verdaderos santos..."

Qué paradoja: todos rezaban para que "se quedara", y ella, sin embargo, estaba deseando "irse", aunque no lo decía, para no entristecerlos. Hasta que un día preguntó:

-"¿Qué pedís para mí?"

-"Lo que más te convenga".

-"Pero, ¿no pedís que me vaya pronto?"

-"No, Montse, eso no podemos pedirlo".

-"Es que... yo me quiero ir".

-"Sí, pero cuando Dios quiera..."

Se quedó en silencio y dijo:

-"Bueno".

"Bueno..." Es la traducción al habla coloquial de la aceptación rendida a la Voluntad de Dios; la versión familiar de una jaculatoria que repetía con frecuencia: "Señor, cuando quieras, como quieras, donde quieras"; la misma oración que repetía sin cesar, hacía un cuarto de siglo, en su lecho de muerte, María Ignacia García Escobar... Como María Ignacia, pedía una vez y otra:

-"¿Por qué no me hablas del Cielo?"

No os dejaré nunca

"Hijina, da gusto hablarte del Cielo -le dijo un día su madre-, porque así te veo sonreír".

Era verdad. Se sentía feliz al pensar que el Cielo estaba cada vez más cerca. Y se lo decía a todo el mundo: a sus amigas, a sus hermanos, a Lía:

-"Nadie lo creería, pero estoy muy contenta".

-"Pues nada Montse -le animaba Lía-, un poco más de paciencia y a disfrutar para siempre".

¡Para siempre! Aquella palabra de ecos teresianos -así animó la Santa de Avila a su hermano cuando salieron a escondidas por la Puerta del Adaja, "a que los descabezasen los moros"-, le daba ánimos y fuerzas: ¡Para siempre!

-"Jorge, ¿te das cuenta? -le comentaba a su hermano- Feliz, feliz para siempre, recuérdalo, ¡para siempre!"

No era un "para siempre" egoísta. "Os aseguro -repetía- que desde el Cielo os ayudaré mucho; no os dejaré nunca".

Pero, en la tierra -le recordaban- ¡aún podía hacer tanto! Esa seguridad la llevó a "la sed de padecer" de las almas santas, y a una confianza filial basada en que, si Dios le daba la carga, El le daría la fuerza...

Qué desgrasia

Cada vez venían a verla más familiares, amigos y conocidos. "Un día vino un sacerdote muy mayor a verla -sigue contando Rosa-. Era un hombre muy bueno, pero estaba muy viejecito".

"Era don Jeroni Viñolas -precisa Manuel Grases- el capellán de las monjas Josefinas de la calle Ganduxer, que era muy amigo de nuestra familia y quería mucho a Montse".

"...y cuando llegó -prosigue Rosa- y la vio en aquella situación le dijo, muy compungido, medio en catalán, medio en castellano:

-Hija mía, qué 'desgrasia'; que a mis años haya tenido que verte con cáncer y saber que te vas a morir...

Al oírle decir esto nos moríamos de risa las dos; a Montse estas cosas no le afectaban nada; al revés...

-...qué 'desgrasia', Montse -seguía don Jeroni -, con lo que te conozco de toda la vida...

Estaba muy mayor, muy mayor y no sabía cómo decirle lo apenado que estaba por verla así. Y seguía: "pero qué 'desgrasia', hija mía, con lo joven que eres"...

En ese preciso momento me llamaron por teléfono, y me tuve que levantar... ¡Ay, cuando me vio...! Se echó las manos a la cabeza y me dijo:

-¡Y esta otra! ¡Ay qué otra 'desgrasia', madre mía!

Al escuchar esto, no nos pudimos contener la risa, y ante la sorpresa del bueno del cura, nos echamos a reír las dos.

Y se marchó, pobrecito, entristecido de ver a Montse así y de verme a mí andar así, lamentándose de que él, a su edad, hubiese tenido que contemplar, juntas, aquellas 'dos desgrasias'..."

"No había nada en este sentido que la alterase -sigue contando Rosa-" (...). Se despreocupaba de su enfermedad: pensaba siempre en el apostolado; por eso, lo que más sentía era no poder ir a Llar con más frecuencia, ni poder asistir a la meditación que daba el sacerdote, ni estar con las chicas, ni hacer apostolado con ellas...

Yo le decía: 'chica, tú ahora piensa en tu pierna, piensa en ti'. Pero no me hacía ni caso. Ella quería continuar... en pie de guerra.

Y estuvo, hasta el último momento, en pie de guerra. Nunca... ¡nunca! bajó la bandera. Nunca se rindió. Como en aquella película de Errol Flyn, 'Murieron con las botas puestas'... Ella igual; hasta el último momento estuvo rezando, luchando, riendo..."

Cuando estaba a su lado...

Dios camina por el alma, veíamos al comienzo de las páginas de este libro, con un ritmo insospechado. Pero cuando un alma corresponde con todas sus fuerzas a la Gracia, Dios aprieta el paso. Eso es lo que sucedió en el alma del Fundador: Dios se presentó de improviso el 2 de Octubre, y luego en los sucesivos 14 de febrero de 1930 y 1943. También había sucedido en el alma de María Ignacia y en la de Isidoro. Y ahora, en el alma de Montse se producía esa maravilla insospechada de la Gracia divina. "Era sorprendente: como si cada día que pasaba -recuerda su padre- fuese uniéndose más y más con el Señor".

"En poquísimo tiempo -comenta Rosa-, maduró humana y espiritualmente muchísimo. Tenía una vida interior que se palpaba... Yo lo notaba en todo. Hasta tal punto que, durante el último mes, iba apuntando todo lo que decía y cuando llegaba a mi casa me lo llevaba a la oración, porque aquellas cosas me ayudaban mucho a tratar al Señor..."

"Yo al principio, como era mayor que ella, en edad y en tiempo en el Opus Dei, me consideraba como más 'preparada' y, en fin, todas esas tonterías que piensas... hasta que me di cuenta de la intimidad profundísima que Montse tenía con el Señor... Sin embargo, seguía comportándose como siempre; no apabullaba: no te sentías incómoda a su lado, no. Yo nunca me sentí como abrumada por su vida interior; al contrario: me comunicaba ese amor de Dios. A su lado, notaba que ella estaba muy cerca, muy cerca, de Dios y que eso me acercaba a Dios a mí... Era algo parecido a lo que me sucedió cuando conocí al Padre por primera vez...

Fue muy importante para mí el haberla conocido. Comprendí por qué Dios me había dado esta enfermedad que padezco, y por qué me daba también la gracia de conocer a una persona como ella, que era como yo he pensado siempre que debemos ser las personas del Opus Dei... Era tan humana, tan sobrenatural, y sabía compaginar las dos cosas con tanto salero... Vivía una unidad de vida tan fuerte... En realidad, lo humano y lo espiritual en ella no eran dos cosas, sino una sola. Pero estaban tan unidas, que no sabías si era la una o era la otra...

No sé como explicarlo: sus palabras me ayudaban a rezar más que una meditación o la homilía de un sacerdote... Cuando le oía decir aquella oración del comienzo: 'Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí; que me ves y que me oyes...', tenía la certeza de que Dios estaba allí, entre nosotras, que nos veía y nos oía..."

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