La última Navidad

Primer aniversario

Aquella era su última Navidad en esta tierra y Montse lo sabía. También sabía que sería muy diferente a las anteriores. Ya no iría como otros años con su madre y sus hermanos a la plaza de la Catedral, en el barrio gótico, en busca de alguna figura para el belén -un pastor, una burra- entre la algarabía de los tenderetes:

-"¡A peseta! ¡Todas a peseta!"

-"Musgo para el pesebre! ¡Muérdago! ¡A peseta! ¡Corderos a real!"

Musgo para el pesebre... hacía un año, justamente un año, paseaba por ese mercadillo con Pepa. Y horas más tarde escribía la carta en la que pedía ser admitida en el Opus Dei y se entregaba plenamente al Señor. Llamó a Rosa por teléfono para decírselo, llena de alegría:

-"¡Rosa! ¡Es mi aniversario!"

Sólo había pasado un año, y ahora... ¡era todo tan distinto! Mientras escuchaba la cantinela de la lotería de Navidad por la radio, contemplaba los adornos navideños de su habitación desde la cama. A cada uno de esos adornos le daba una intención apostólica y le servían para rezar por unos y por otros. Su padre había bajado de lo alto de un armario, con la solemnidad de un viejo rito, el viejo armazón del belén: una caja grande, cuadrangular, en la que cada año se disponían de diversa manera las montañas, el portal y las figuras el pesebre. Aquel belén tenía de todo: molino, castillo de Herodes y río de zinc... (Un año le pusieron agua de verdad: agua corriente que desfilaba rápida entre las figuras inmóviles y se perdía misteriosamente por un agujero... Pero como a veces, se producían inundaciones en las que naufragaban juntos pastores, patos y lavanderas, decidieron volver al papel de plata: era menos expresivo, menos "realista", pero más seguro). Se puso el belén y se cantaron villancicos, como siempre: todo debía seguir igual que siempre: "hay muchos pequeños -comentaba Manolita- y no tenemos derecho a robarles la alegría".

Pero era una alegría silenciosa. Este año no se escuchaban, como en otras Navidades, los gritos por el pasillo de los pequeños al estrenar sus vacaciones. Todos intentaban guardar el mayor silencio para no molestar a Montse. "Una tarde -cuenta Lía- en que estaba con ella y sus padres, en silencio y la habitación estaba casi a oscuras, con todas las ventanas entornadas. De pronto exclamó:

-¡Abrid las luces! ¡Y los postigos de las ventanas! ¡Y no habléis en voz baja...! A ver... ¿por qué no cantamos una canción? ¡Un villancico!

Quería que hubiese alegría... y nos pusimos a cantar su villancico preferido".

Soy una mula, mi Niño, mi Niño
pero te quiero, te quiero.
Cógeme de las orejas,
dame un beso y otro beso,
que yo no quiero besarte,
que tendrás miedo.

La voz se les ahogaba en la garganta. Pero Montse, seguía, jubilosa:

Niño, móntate a caballo,
ven al sendero.
Yo te enseñaré la tierra,
enséñame el Cielo...

El tratamiento ruso

Aquella Nochebuena sus padres querían llevarla a Llar, porque pensaban que a Montse le gustaría poder celebrar aquella fiesta allí. Sin embargo, a lo largo del día 24 los dolores arreciaron. La pierna se iba inflamando cada vez más. Montse se pasó todo el día disimulando su sufrimiento.

"Y precisamente el mismo día 24 -cuenta su padre- llegaron unas pastillas procedentes de Rusia que llevábamos esperando desde el mes de agosto, y que habíamos conseguido a través de nuestra embajada de Bélgica. Las traía la secretaria de la Embajada de Bélgica en Moscú, que venía a Barcelona a pasar las Navidades. Yo había leído en una revista médica que ofrecía ciertas garantías de curación y estaba muy esperanzado".

Le consultaron al doctor Cañadell. "Su padre -recuerda el doctor Cañadell- estaba dispuesto, como es natural, a hacer lo que fuese para salvar la vida de Montse, y en más de una ocasión me había planteado la posibilidad de amputarle la pierna; pero yo le había explicado que en este caso una amputación no resolvería nada; sólo contemplaba esa posibilidad si la pierna, al hincharse, se volviese tan voluminosa y tan pesada que las molestias fueran insufribles...

Entonces su padre leyó en una revista médica que los rusos habían experimentado con un medicamento que se llamaba sarcolisina y se consiguió, tras mil gestiones, un frasquito... El tenía mucha confianza en la sarcolisina; yo no. Era algo puramente experimental... Pero decidimos hacer por Montse todo lo que estaba en nuestra mano y comenzamos a administrarle aquellas pastillas..."

Con el visto bueno del doctor, ¿qué hacer? ¿Dárselas ya, en un día como aquel? ¿Por qué no esperar a mañana? Sin embargo -pensaban- cuanto antes empezara el tratamiento, mejor.

Prefirieron que lo decidiese ella. Sí; eso sería lo mejor.

-"Montse -le preguntó su madre- ¿Qué prefieres?: ¿tomarte las pastillas hoy o mejor esperamos a mañana?"

Contestó con su serenidad habitual: -"Haced como mejor os parezca..."

"Montse -comenta el Dr. Cañadell- aunque tenía gran ilusión por asistir a la Misa de Navidad y sabía que la medicina le podía ocasionar algunos trastornos, se la tomó. Se mostró, como siempre, discreta y juiciosa. Tenía lo que llamamos en Cataluña un 'gran seny'".

"Nosotros -explica su padre-, como veíamos que la enfermedad avanzaba, deseábamos comenzar cuanto antes (...). Jamás se negó a ningún tratamiento, por doloroso que fuese. Nunca preguntó: ¿por qué me hacéis esto? ¿Para qué es esta medicina? Por eso decidimos que se empezara a tomar aquellas pastillas enseguida, aunque le provocaran alguna reacción..."

"...¡Alguna reacción! -comenta su madre- ¡Aquellas pastillas eran terribles! Cada vez que tomaba una se pasaba de seis a ocho horas seguidas con vómitos y con un malestar tremendo...

No pudimos ir a Llar, a pesar de la ilusión que le hacía... y nos quedamos toda la noche con ella de esta manera tan penosa. Los tres más pequeños, Pili, María José y Crucina, ¡ah! y Rosario -en realidad Pili era algo mayor, pero también formó parte del conjunto- en los momentos en los que la veían más calmada, le cantaban algún villancico:

El vint-i-cinc de desembre,
fum, fum, fum
ha nascut un minyonet
ros i blanquet
Fill de la Verge Maria...

De pronto dejábamos de cantar porque volvía a sentirse mal y empezaba a vomitar. Cuando se reponía, seguíamos...

La Verge y el Fillet
n'estant tots morts de fred...

Pero a mitad del villancico se empezaba a poner de nuevo mal. Vómitos y más vómitos. Y cuando se sentía bien, seguíamos:

Josep, a poc a poc
encén allá un gran foc,
i els angels canten,
i els angels canten.

Era muy de madrugada cuando pudo descansar al fin... Y así pasó su última Nochebuena en casa".

Alegría y dolor

Así pasó también -entre villancicos y vómitos- la noche de fin de Año, con la pierna cada vez más inflamada, mientras llegaba hasta la habitación el estruendo y la algazara de las calles de Barcelona, que celebraba jubilosa la llegada de 1959.

"¡Mil felicidades en este nuevo año! -le escribía Lía al Fundador-. El día nueve nos acordamos intensamente de Ud y el Señor nos regaló en este día con una nueva vocación. Desde hace una temporada en Llar, constantemente, el Señor se está volcando (...). Estamos seguras que los sufrimientos de Montsita tienen ante Dios un gran valor. No sabe Padre lo mucho que impresiona a todas las chicas, está de un humor que infunde ánimos a todo el mundo. Pasa ratos muy malos, pero sabe llevarlo con alegría y optimismo".

La visitó de nuevo el doctor Cañadell. "Yo, como he dicho -recuerda el dotor-, no tenía ninguna confianza en la sarcolisina. Pero quisimos poner todos los medios. Sin embargo, al ver que cada pastilla que tomaba le creaba una situación angustiosísima le dije:

-Mira Montse: si te sienta tan mal, si te parece, no te lo tomes.

-Doctor -me contestó-, usted no me diga si me parece o no me parece...; dígame si me las tomo o no...

Le aconsejé que dejase de tomarlas".

"A pesar de lo mal que se encontraba -cuenta María del Carmen Delclaux- me dijo que, como ella sabía hacer punto y yo también, le podíamos preparar entre las dos una prenda para regalársela por Reyes a Lía. Yo le dije que no se preocupara, estando como estaba, pero me insistió tanto, que al final me convenció. Recuerdo que estuvo haciendo punto totalmente tumbada en la cama, porque no podía incorporarse, poniendo muchísimo esfuerzo. Pero, ¡con una ilusión!"

Quería que todos estuviesen contentos, felices. Y a veces, tarareaba una canción o les pedía que cantaran. No siempre era fácil. Había ocasiones en la que no se sentían capaces. En una ocasión que lo pidió, su madre fue la primera en ponerse a cantar; su padre, con lágrimas en los ojos, hizo como que leía el periódico, para disimular. Montse se dio cuenta y le dijo:

-"Papá, que no te oigo... Quiero que estéis alegres".

Que nadie sufriera por ella: ésta era una de sus grandes preocupaciones. Un día llamó a su padre y le preguntó: "Papá, ¿estás contento?" Y lo mismo hizo con cada uno del resto de la familia. Y añadía: "Somos la familia más feliz de Barcelona. Cuando yo me muera no quiero que nadie esté triste: ha de haber alegría".

"Se olvidaba completamente de ella y de sus dolores -comenta Encarnita Rubio- para alegrar a los demás. Una tarde, en que estaba algo más cansada que de costumbre, cuando llegué, para tratar de animarla, le conté una historieta muy graciosa que había visto en la televisión. Se reía muchísimo y, cuando más tarde, llegaron otras de la Obra, me pidió que se la repitiera para alegrarles un rato. Más tarde supe que le contó a Lía, en la confidencia, que aquella tarde le dolía mucho la pierna y que se sentía mareada pero que le daba pena decirlo porque veía cómo disfrutaban todas al escuchar aquella historieta".

"Eso era una de las cosas que más me impresionaban de ella -cuenta María del Carmen- porque se entregaba tanto a los demás que era muy difícil saber cuando algo le dolía o no. Recuerdo que un día llegué a su casa y vi que estaban con ella sus primas y sus amigas de Seva, contándole cosas divertidas. Entonces su madre me tomó antes de entrar y me dijo:

-Mira, yo creo que se encuentra muy mal. Tú entra, y si ves que está sufriendo, corta la visita y pídeles que se vayan.

Entré; y la vi tan animada, recordando tantas cosas de Seva y del verano, y de las funciones del teatro, que no comenté nada, hasta que nos dijeron ellas que se iban. Y entonces, en el mismo momento en el que salieron y cerraron la puerta, exclamó: 'Ay, ¡no puedo más, no puedo más, no puedo más', y se quitó de golpe las mantas porque ya no podía soportar más su peso sobre la pierna. Yo llamé enseguida a su madre y la tranquilizamos como pudimos, porque estaba con un dolor intensísimo, un dolor que yo, minutos antes, no se lo pude ni notar..."

Aquel "vivir para los demás" le llevó a Montse no replegarse en su dolor y a vivir pendiente de los otros, incluso en las cosas más pequeñas. Algunas tardes parecía que el dolor cedía un poco y la llevaban a Llar. Durante esos desplazamientos no se olvidaba de los demás. "Hoy me he fijado -le dijo a María del Carmen- en un chaquetón que te podía ir a ti muy bien. Vete a verlo".

Su alegría era contagiosa: "Nunca la vi triste o amargada o apesadumbrada", recuerda el Dr. Cañadell. "Todas las visitas tuvieron un carácter vivo, alegre, animado, sin la menor sombra de tristeza, a pesar de la gravedad de la enfermedad que padecía..."

Una carta a sus majestades

...Amb alegria i amor
celebrem el dia
que ha nat el Diví Senyor
en una establia.

Si no tenim més tresor
Oferim-li el nostre cor
amb tota la finesa
de nostra fermesa...

Villancico tras villancico, llegó la fiesta de la Epifanía, que en las tierras de España guarda un sabor especial. La noche del día cinco es noche de ilusión e incertidumbre, de esperanzas y nerviosismos. Hubo que insistir a los pequeños para que se durmieran pronto: "si no, los Reyes pasarán de largo con sus camellos y no os traerán nada..." No les fue fácil conciliar el sueño, con la incógnita de si les traerían o no todo lo que habían pedido aquellos misteriosos personajes del Oriente, cuyos pasos creían percibir de un momento a otro en el extremo del pasillo... A Montse le dijeron que pidiera un regalo también, algo "para estrenar", porque como sentencia el refrán catalán: "Per Nadal qui res no estrena res no val..."

"No sé qué pedir -comentaba- porque ha de ser algo que sirva para ahora y para después". Pensó en un bolso. "Nunca había tenido ninguno -comenta María del Carmen- y le hacía ilusión tener uno, 'de persona mayor'". Dudaba, le preguntó a Lía: no sabía en aquel momento qué era lo más importante: la caridad o la pobreza. Hacer gastos en ella, en aquella situación, le parecía algo superfluo... Sin embargo, pensaba -cuenta Lía-" que si pedía cosas para salir a la calle, p. e. un bolso, unos guantes, una bufanda, sus padres verían que estaba animada y también se animaban ellos; por otra parte eran objetos que luego podrían servir para sus hermanas".

Aquel año no podría pasear por las Ramblas, iluminadas con las luces de la Navidad, ni contemplaría el espectáculo de los guardias de circulación -habitualmente altos y orondos, con un breve bigotillo bajo el casco, y una gruesa tira de cuero blanco cruzándole el pecho-, dirigir el tráfico con el aguinaldo a sus pies: una montaña festiva de cajas de botellas de champán, turrones y, a veces, un pavo... No iría a ayudar a vender juguetes a la tienda de su tío, ni acompañaría a sus hermanos a ver la cabalgata, que tuvo aquel año una animación especial: después de los elefantes, de los camellos con los regalos, de los lanceros, los heraldos, los farautes, los pajes con antorchas y los "pooneys", vino una carroza alusiva al satélite artificial americano, el "Explorer I", que había sido puesto en órbita en febrero del año anterior. Y al llegar a la Plaza de San Jaime, gran sorpresa: un paje se había subido en una escalera de bomberos y le había entregado el regalo de los reyes en persona al mismísimo señor Alcalde, entrando por la ventana de su despacho...

Llegó el día 6. Sus Altezas los Reyes Magos de Oriente -por vía de los Sres. Grases- no se olvidaron de Montse y le trajeron un bolso a ella y otro a su madre. Aquel regalo le gustó mucho; pero luego, al ver el de su madre, bromeaba con ella, diciendo que el otro era mejor: ¿y si se lo cambiaban?

Tampoco se olvidaron sus Majestades de regalarle una guitarra. "Manolita le dijo que se la íbamos a regalar -cuenta su padre- y ella sintió que hubiésemos hecho ese gasto, porque pensaba que la podría utilizar por poco tiempo...; pero todavía le estaba diciendo esto a su madre cuando llegué yo a casa con la guitarra. Entonces vio que el asunto no tenía remedio y lo aceptó diciendo:

-¡Bueno! Luego servirá para Ignacio..."

Mientras tanto, los médicos seguían intentando frenar el avance rápido y doloroso del mal. La pierna se le iba inflamando cada día, hasta alcanzar un tamaño desmesurado. Le recetaron unas inyecciones de hígado muy dolorosas, que le solían poner sus padres. "Un día -cuenta una de las que la atendían- su madre me preguntó si sabía ponerlas y le dije que sí. Le puse la primera y fue muy bien: me dijo que ni siquiera había notado el pinchazo. Pero al ponerle la segunda no me di cuenta de que era el lado de la pierna enferma, y le di, como es habitual, tres golpes con los dedos antes de clavar la aguja con bastante fuerza y le puse la inyección.

Al acabar Montse se abrazó a su madre mientras le saltaban las lágrimas. Fue la única vez que la vi llorar. Se repuso al momento y me dijo:

-No, si no me has hecho nada; lo que pasa es que es del lado izquierdo...

En ese instante me di cuenta de que, sin quererlo, le había hecho un daño horrible".

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