Las luces de la Navidad

 

Una partida de parchís

Durante aquellos días, con las que venían a acompañarla, rezaba, cantaba, charlaba... y de vez en cuando, jugaba una partida de parchís, o al Juego de la Oca, o al "tres en fila".

Unas veces ganaba Montse... y otras no. Nunca la vio Rosa lo suficientemente triste como para dejarla ganar, aunque ella disfrutaba mucho cuando ganaba. "Y jugábamos cada partida -comenta Rosa- con toda la ilusión del mundo: de oca en oca, y tiro porque me toca... Y cuando yo caía en el pozo..., ¡qué alegría le daba!

Es curioso, pero me acuerdo perfectamente de estas tonterías... Es comprensible. ¡Eramos tan jóvenes! Rabiosamente jóvenes...

Y sin embargo, cuando pienso en estas cosas intrascendentes es cuando la admiro más, porque veo que sabía compaginar el sufrimiento con la alegría... A su lado entendí con una fuerza especial aquellas palabras de Fundador del Opus Dei, cuando decía que la tristeza es laescoria del egoísmo... Me decía: 'Es verdad, esto es así... pero hay cosas más tristes'. Y es verdad: la única desgracia es el pecado. Y yo me daba cuenta de que se esforzaba en sonreír cuando estaba conmigo para que yo no sufriera..."

Rosa no lo acababa de creer... ¿Cómo era posible que hubiese cambiado tanto, tanto, en tan poco tiempo? Luego comprendió que todo fue obra del Espíritu Santo, de aquel amor de Dios que se fue apoderando de su alma a medida que ella iba correspondiendo a la gracia... Pero entonces se quedaba sorprendida, por ejemplo, de que una persona tan impaciente en ocasiones como ella, fuese adquiriendo tanta mansedumbre; y que, a pesar de que sufría muchísimo, nunca se comportase como una "enferma crónica", ni se compadeciese de sí misma. No le gustaba que le compadecieran, ni que le dijeran: "Pobre Montse"... Aquello era el fruto de los sacramentos, de su oración, de su trato con Dios... y de algo que le influyó muchísimo: aquel encuentro en Roma con el Padre. Las cosas que le dijo le ayudaron profundamente.

No hay tal andar

Por la radio comenzaban a escucharse los primeros villancicos. Se aproximaban las fiestas de Navidad. Ana María y varias amigas comenzaron a adornar la habitación de Montse, poblada de banderines de procedencia varia -de Lima, de Córdoba y de las motos "lambretta", junto con uno del Domund, que tenía la efigie de Pío XII- con estrellas alusivas y ramas de abeto, por debajo de la estantería corrida, llena de libros, que bordeaba la cama. Uno de esos libros le había gustado especialmente: "Viento del Este, Viento del Oeste", de Pearl S. Buck, autora que entonces estaba muy en boga. Montse desde la cama, dirigía la operación: "esa estrella azul, allí; esa guirnalda en la lámpara; ahí dejad un hueco para los christmas que vayan llegando". Tenía también un azulejo con una leyenda expresiva: "Siempre alegres".

"Recuerdo que por aquel tiempo -sigue contando Rosa- vino a atenderla un sacerdote del Opus Dei, el Dr. Vall, que era más bien serio. Estaba la puerta medio entornada y de pronto me dijo Montse: 'Chisss, Rosa, acércate; corre, corre, corre; mira, está el Dr. Vall paseando a Rafaelito...'; me asomé sin hacer ruido y allí estaba el Dr. Vall, en el pasillo, jugando con el más pequeño...

Estos detalles le llegaban al corazón. 'Fíjate qué buena es la gente en el Opus Dei -me comentó-. Qué suerte tenemos, ¿verdad?'

Aquello me hizo pensar mucho... Entendí lo que me había querido decir: que la vocación es una suerte, una gran gracia de Dios, por la que le debemos estar siempre agradecidos. Nuestro Fundador nos decía que Cristo Jesús nos había llamado desde la eternidad, que nos había besado en la frente... La vocación es eso: un don inmerecido, la suerte de caminar muy cerca del Señor, siguiendo sus pasos. Por eso pienso que le gustaba tanto aquel villancico:

No hay tal andar
como buscar a Cristo.
No hay tal andar
como a Cristo buscar.
Que no hay tal andar..."

Rosa recuerda su lucha en lo pequeño, contra los propios defectos. "Y si eres diferente -continúa-, porque tienes una limitación física de cualquier tipo como nos pasaba a nosotras dos... pues mira, lo que tienes que procurar es adaptarte tú a los demás y no esperar que los demás se adapten a ti. De esto hablábamos mucho: somos nosotras las que tenemos que aproximarnos a ellos más que esperar que ellos se aproximen a nosotras..."

Montse actuaba con esta mentalidad, que la llevaba a hacer una vida aparentemente normal para no llamar la atención; aunque esa "sorprendente normalidad" fuese lo que más llamase la atención de ella. En esa normalidad de la vida corriente llegó hasta la identificación plena con Jesucristo, como pedía el Fundador: "Tú, alma entregada a Dios, a Jesucristo, ¿qué haces?... ¿Amas con obras, con esas obras pequeñas? Porque, con obras grandes, pocas veces podrás servirle. Porque cosas grandes, de ordinario se presentan sólo en la imaginación".

Un ejemplo entre muchos: Un día fue a Monterols para hacer un retiro mensual de medio día, como tenía por costumbre. Llegó al Oratorio, se sentó, apoyó su pierna en dos sillas bajas y allí estuvo todo el tiempo sin moverse. Carmiña Cameselle le dijo que si se cansaba y quería cambiar de postura se lo dijera, "pero no se movió en todo el tiempo que duró la meditación -cuenta- y eso que tenía un malestar continuo".

¡Una televisión!

"Su familia le ayudo muchísimo. Especialmente, sus padres... -cuenta Rosa- ¡qué sacrificios hicieron para darle todo lo que le podía hacer ilusión...!"

Muchos domingos su hermano Enrique traía la máquina de cine que utilizaba en la catequesis y así conseguía que se distrajera un poco. Pero hubo un domingo en el que no pudo venir. "¡Qué lástima -dijo Montse, cuando se enteró-, con lo que me gustaría ver cine!"

En el mismo momento en que acabó de pronunciar estas palabras llamaron a la puerta. Era Paisa Zóbel, una amiga de su madre, que le traía una sorpresa: ¡un aparato de televisión!

En aquellas fechas la televisión era todavía algo inusual en los hogares españoles; aunque se popularizó muy pocos años después, seguía siendo un "invento americano" del que disfrutaban fundamentalmente los extranjeros. Sólo unos cuantos privilegiados podían ver, dentro del país, las retransmisiones de la única cadena nacional. Y todavía por las calles, cuando algún establecimiento exponía uno de aquellos aparatos, voluminosos, se formaban pequeños corrillos de televidentes improvisados en la acera, frente al escaparate, que comentaban con admiración:

-"¡Esto va a ser el fin del cine!"

¡Una televisión! En realidad lo que le trajeron era un artefacto curioso, compuesto con urgencia en la fábrica del Sr. Zóbel, para darle esa alegría a Montse. Pero al fin y al cabo, funcionaba, y se veían, después de mover muchos botones y batallar para que desaparecieran mil rayas misteriosas, películas americanas y corridas de toros...

"De todas formas -comenta su madre-, ella vio pocos programas. Ya estaba muy mal..."

"Recuerdo -sigue contando Rosa- que un día su padre consiguió que le prestaran un coche porque tenía la ilusión de que Montse viese las calles de Barcelona iluminada con las luces de la Navidad.

Ya estaba preparada para salir. Pero en el momento de bajar al coche le sobrevino un ataque de dolor y no pudo ir.

Y entonces... todos reaccionaron como si no hubiese pasado nada. Ella disimuló el dolor como pudo, mientras que sus padres le decían: 'no te preocupes, no pasa nada, Montse, ¡qué más da! Ahora mismo despedimos el coche; tú no te preocupes por eso...'. Había siempre aquel ambiente de cordialidad y de alegría..."

Un hogar luminoso y alegre

"¡Qué cariño había en aquella casa! Era verdaderamente uno de esos 'hogares luminosos y alegres' de los que hablaba el Padre... Nunca me dijeron 'vaya por Dios, que cruz nos ha caído encima' o 'qué desgracia tenemos en esta casa', ni nada parecido. Al revés, su madre, siempre que yo iba a acompañar a Montse, en vez de hablarme de sus penas, me preguntaba cómo estaba yo, cómo estaban mis padres, si mi madre se encontraba bien, si me gustaba la carrera que hacía en la Universidad y qué asignatura me costaba más... Se les veía a todos tan cerca del Señor que yo palpaba a Dios a través de su comportamiento. Porque esto de sonreír es fácil hacerlo un día. Pero un día y otro, y otro, y otro, y otro... y otro, y otro, y otro... y siempre con el mismo carácter... y siempre con el mismo cariño y la misma dulzura..."

"Recuerdo -sigue contando Rosa- que cuando a Montse el dolor se le hacía insoportable y ya no podía más, su madre nos pedía que saliéramos de la habitación, y se quedaba sola con su hija, y la consolaba:

-Montse, Montse, ya verás cómo se pasa... Hijita mía, quéjate; porque si te quejas te podemos ayudar mejor...

-No, no -le decía Montse, con lágrimas en los ojos-, no te preocupes, mamá, si estoy muy bien, si estoy muy bien...

Pero el ambiente de aquella casa no era dramático, o tenso, o deprimido, no: si hubiese sido así yo no lo hubiese podido soportar... Es curioso: a pesar de todo lo que estaba pasando, yo lo recuerdo como un ambiente muy agradable, especialmente durante aquellas navidades..."

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