La Novena de la Inmaculada

 

Una locura

En Llar, como es costumbre en tantos lugares del orbe católico en los primeros días de diciembre, antes de la festividad del día 8, tenía lugar la Novena de la Inmaculada, a la que solían asistir muchas de las chicas que iban habitualmente por aquel centro. Durante aquellos días todo vibraba en aquella casa en detalles de amor a la Virgen.

Montse -recuerda Rosa- quería ir a la novena para rezar a la Virgen. Terminada la Novena, se quedaba en Llar hablando con las chicas que habían ido y haciendo apostolado, aunque hubiese estado mucho más cómoda en su casa, en la cama... Pero le parecía que no tenía derecho a pensar en sí misma cuando había tanta gente a la que podía acercar al Señor. 'Ese es -decía- el empujón que le falta a muchas chicas... y hay que dárselo'. Pensaba que si le quedaba poco tiempo tenía que acelerar..."

Allí, junto al Sagrario estaban las dos orquídeas que le habían regalado. Y allí estaban también, junto a la Virgen, todos sus dolores: "Su devoción a la Virgen Santísima -contaba Ana María Suriol- puedo decir que era (...) 'una locura'". Es cierto: ir a Llar todos los días, en su situación física, tenía mucho de locura... de amor. Pero iba, aunque nada más llegar se tuviera que recostar en la cama turca, eso sí, quitándose primero los zapatos, aunque viniera exhausta, para no manchar el cubrecama... Como atestigua una de las que la acompañaban, "era muy cuidadosa con los detalles pequeños, que a veces resultan heroicos".

Una página del Diario de Llar relata uno de estos días de la novena: "Rosa Mª Pantaleoni se vino prontico -se lee con fecha del 2 de diciembre- y estuvo animando a la gente cantando y haciendo que todas las chicas lo pasaran bien. (...) Montse ha venido y se echó un rato en la cama (...). Desde allí cantaba con todas (...). Están impresionadísimas al verle la alegría que tiene. Muchas vienen a decirnos: ¿es verdad que está tan mala? ¡pero si está contentísima...! y claro que lo está, porque su disposición es maravillosa para darle al Señor con garbo y alegría todo lo que le ha pedido".

"Venían muchas chicas a la novena de la Inmaculada -cuenta Rosa-: cuarenta, cincuenta, sesenta... de ese orden; y el Oratorio estaba completamente lleno. Recuerdo que un día Montse estaba sentada, con la pierna apoyada en una silla, porque ya no podía doblarla y en esa posición se encontraba mejor. Procuraba, como siempre, no llamar la atención".

El sacerdote comenzó la meditación. En el Oratorio quedaban encendidas sólo las luces que iluminaban el Sagrario y una pequeña lamparilla puesta sobre la mesa desde la que hablaba el predicador, de tal modo que todo quedara en penumbra para favorecer la oración personal con el Señor.

"En aquel momento -cuenta Rosa- entró una chica que, en la penumbra, no se dio cuenta de que Montse tenía la pierna apoyada en la silla, y le preguntó: '¿está libre?'. Ella sonrió y contestó: 'sí, sí, siéntate, por favor...', fue retirando la pierna sin que la otra se diera cuenta y le cedió el sitio.

Yo, en cuanto la vi, me llevé un disgusto, y me acerqué por detrás como pude y le dije en voz baja -porque estábamos en el Oratorio- que hiciera el favor de apoyar la pierna en mi silla. 'Si te levantas -me dijo poniendo cara de enfadarse, para que me sentara- toda la vida estaré disgustada contigo'.

Y me tuve que volver a sentar, porque además tampoco estaba yo en muy buenas condiciones físicas como para quedarme de pie todo el rato..."

Un día, a la hora de la meditación -recuerda Roser-, intentamos entre algunas llevarla hasta el Oratorio. Pero a la mitad del pasillo, cuando faltaban pocos metros para llegar, Montse nos dijo con mucha serenidad:

-Mira, no podéis conmigo; estoy cansada. Lo mejor es que me dejéis aquí, en Dirección, en el sofá cama y vosotras os vais a la meditación. No os preocupéis por mí; yo me quedo aquí haciendo la oración.

Esa fue la última vez que la vi; yo era muy joven, casi de su misma edad y me sorprendió la sencillez con la que le quitaba hierro al asunto. No hizo ningún drama: se quedó allí, sonriente, haciendo la oración".

El día de la Madre

Había llegado a una situación en la que ya no podía valerse físicamente por sí misma, y eso, en una joven desenvuelta, deportista y llena de vitalidad como ella, era algo humanamente muy duro. Pero lo aceptó. Y aceptó también algo de lo que era enemiga por propia naturaleza: llamar la atención, porque se daba cuenta de que, allá donde iba, se convertía, aunque no lo pretendiera, en el centro de todas las miradas. Si no hubiera sido por la Virgen, se hubiera quedado en casa...

Llegó el 7 de diciembre. Al día siguiente era la fiesta de la Inmaculada y en esa fecha se celebraba por entonces en toda España, unida a la de la Virgen, la fiesta de las Madres. ¿Cómo voy a dejar a mi madre -debió pensar Montse- en una fiesta como ésta sin su regalo?

Lo consultó con Lía y dicho y hecho. Un día, de vuelta de la Novena -a pesar de lo mal que se encontraba- llegó como pudo hasta una tienda donde sabía que vendían unos zapatos que a su madre le gustaban (porque una vez, al pasar junto al escaparate, se lo dijo), entró con mucha dificultad; vio que eran de la talla que usaba su madre y se los compró. No fue una tarea fácil; y no pudo evitar que todos los clientes se fijaran en la pierna hinchada de esa chica joven que andaba tan dificultosamente...

"Ahora (Montse) ya no puede sostenerse en pie -le escribía Lía, el 8 de diciembre, a Josefa Castelló-. Da sólo unos pasos, se le ha puesto la pierna impresionante de hinchada, y ya no es sólo eso, sino también su estado general. Aunque así y todo no pierde el ánimo. Está, si cabe, más maja. Hace una labor de apostolado no ya entre las chicas, sino la gente mayor que la van a ver. Está siempre contenta, sacando chispa a todo. Estos días de la Novena de la Inmaculada ha podido subir todos los días. La visten a última hora. Sube en coche y aguanta la pobre como puede el rato de la Meditación. Pero el final no se lo pierde mientras pueda. Tú sabes el jaleo que arman estirada en la turca de la oficina... cantan. Pide a la gente para que vayan a Ejercicios. No sabes la gente como se va de impresionada. No me extraña, porque hay días que da pena verla. Cómo se arrastra, con una cara que parece más muerta que viva".

Todas estas cosas forman parte de ese "heroísmo de la vida cotidiana", que está compuesta, como un mosaico, de mil pequeñas teselas: un detalle de servicio, una sonrisa cuando no apetece y un regalo en el día adecuado, aunque tengamos todas las excusas para no hacerlo... En esto consistió la santidad de Montse: supo ser heroica en lo pequeño, en lo ordinario. "Santidad heroica", había escrito el Fundador en 1930. "Es una exigencia de la llamada que hemos recibido. Hemos de ser santos de veras, auténticos, canonizables; si no, hemos fracasado. Santidad auténtica, sin paliativos, sin eufemismos, que llega hasta las últimas consecuencias: sin medianías, en plenitud de vocación vivida de lleno. De modo que hemos de poner un cuidado extremado hasta en las cosas más pequeñas".

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