Amar la Voluntad de Dios

 

Borrico, si quieres amar,
si sabes cantar,
cántale, cántale.

Rosas de conformidad

"Montsita cada día va perdiendo más -escribía Lía a Crucita Tabernero el 29 de noviembre-. Desde que vino de Roma, no ha podido subir más que un solo día en Llar. Está, eso sí, animadísima con una paz y serenidad impresionante. Se habla ahora, sin ninguna seguridad de mejora, de cortarle la pierna. Tanto el Dr. Cañadell como sus padres se resisten un poco, ahora están esperando la visita de un médico italiano de mucho prestigio, aunque todo el mundo está muy desesperanzado de que se le pueda hacer algo positivo.

Da mucha pena verla agotarse día a día, pero, a la vez, una alegría tremenda. ¡Cómo lo está llevando ella y sus padres!"

A partir de la estancia en Roma se abre un capítulo decisivo en la vida de Montse. Casi sin darse cuenta, empezaba a recorrer los últimos escalones del Amor a Dios que el Fundador del Opus Dei señalaba en "Camino": "Resignarse con la Voluntad de Dios: Conformarse con al Voluntad de Dios: Querer la Voluntad de Dios: Amar la Voluntad de Dios".

Transmitía a los demás esa confianza en Dios. "Cierto día, en su habitación -cuenta Encarnación Ramos-, Montse me preguntó por mis circunstancias de vida, hijos que tenía, etc. Al responderle que tenía ya suficiente con dos hijos (...), me alentó a confiar siempre en la Providencia de Dios, a 'esperar' en El".

No era simple resignación; sino búsqueda amorosa del querer de Dios. "Una vez hicimos la lectura espiritual juntas -cuenta Carmen Salgado- con el capítulo de un libro que se llamaba 'Sí, Padre', en el que el autor hablaba de entrega y conformidad con la Voluntad de Dios, y cuando terminamos Montse me dijo: '¡Es bárbaro este libro! ¿Verdad que es una maravilla?'. Lo dijo con tanta fuerza y con una alegría tan honda que se me quedó muy grabado".

Tenía apuntados en su agenda -que no era más que una libreta pequeña de pastas azules, con las páginas sujetas por una sencilla espiral de alambre- unos versos de José María Pemán que leía con frecuencia y espoleaban su abandono filial:

"No quiero que en mi cantar mi pena se transparente..." Ese deseo le llevó, día tras día, a vibrar cada vez con mayor sintonía, en un diapasón fidelísimo, con el querer divino. Por esa razón un día que su madre le leyó un pasaje de una obra de San Francisco de Sales en el que hablaba del sentido del sufrimiento y de aceptar la muerte con alegría, le dijo entusiasmada: "Qué bien nos viene esto, ¿verdad?"

Esta es una de sus últimas fotografías. Está sonriente, junto a su madre, en la cama. Sabe que se acerca el final y sigue intentando que todo no gire alrededor de ella y que la vida familiar transcurra con el ritmo normal de siempre.

Se podía decir de ella lo que el Fundador escribió de María Ignacia, aquella mujer del Opus Dei que también murió sonriendo: "Contemplaba la muerte con la alegría de quien sabe que, al morir, se va con su Padre".

"Cuando le hice esta fotografía -cuenta su padre- estuvo contemplando un rato a su madre y le dijo, muy cariñosa: 'mirando a mi mamá, que la quiero mucho'".

Dos o tres días antes de la Novena a la Inmaculada, cuando estaba en cama, fueron a verla dos amigas de su madre, también Supernumerarias del Opus Dei. Una de ellas era María Gambús, que le llevó dos orquídeas como regalo. Se encontraba Lía también allí en aquel momento, y les contó que dentro de poco iría a Llar don Florencio para hablarles de la futura Escuela Hogar que se pensaba construir -el nuevo Llar- y que luego les daría una meditación y la Bendición con el Santísimo.

Las perspectivas de esa labor apostólica -que comenzó dos años más tarde, en 1961- la entusiasmaron: "¡Qué maravilla la Escuela-Hogar -le comentó a Lía-, ¿te imaginas?"

Al final cuando se fueron las amigas de su madre, le sugirió a Lía:

-"Oye, ¿por qué no te llevas esas flores y las pones al lado del Sagrario?"

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